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viernes, 1 de julio de 2011

Viajera crónica

Por Hebe Uhart
Adriana Hidalgo Editora. Relatos de viaje, 321 páginas, edición 2011. Precio aproximado: 70 pesos.

Una idea feliz baña con una tonalidad cálida todas las páginas de este libro: la gente, desde cualquier lugar, siempre tiene algo interesante que decir. La belleza se encuentra, incluso, en el nombre de una panadería arrabalera de Montevideo (La fuerza del destino). Así como los necios ansían el oro, la escritora Hebe Uhart se ha dedicado a perseguir la metáfora criolla. Atesoró refranes, modismos y humoradas que vienen a ser las esmeraldas, rubíes y zafiros del lenguaje. Una palabra fragante, una costumbre dulce, un ingenio verbal merecen ser documentados es el lema de un libro de viajes que combina la curiosidad de la notera y el rigor del filólogo, con la ingenuidad del turista, y el vagabundeo del pata'e perro. Algunos textos, como la visita al caserío entrerriano de Irazusta, pueden ser leídos como si un cuento fuese.

La obra incluye cien páginas (lástima que no sean más) sobre la República Argentina, setenta sobre el Uruguay y el resto es un popurrí que se extiende desde Santiago de Chile hasta el sur de Italia (la parte más flojita). Fue escrito con gentileza y con una prosa trasparente como lámina de cristal. Aparece, muy de tanto en tanto, lo poético: “había un mercadito tan chico que era casi una ilusión“. ¡Y qué nombres se rescatan! Erasmo Bogorja, Helio Vera, László Erdelyi, Nahuel Pan, Mixy Solar, Lenín de la Caridad. ¡Y los refranes! “Va en gustos, dijo una vieja, y se tragó una alpargata“. “Siempre igual como cara de oveja”. “Qué sabe el burro de confites si nunca fue confitero”. A un culeao de Córdoba le dicen “huevo de pascua“, porque es negro por fuera y lleno de estupideces por dentro. Pueblo -establece Hebe- no es otra cosa que la expresión de los habitantes.


Hace unos años, Fogwill postuló (y la contratapa se encarga de recordarlo) que la señora Uhart es hoy la mejor narradora argentina. El delicado y sabio costumbrismo de esta obra, el estilo perfecto para el género, llevan a pensar que la sentencia no es en absoluto descabellada.

Guillermo Belcore
Una versión más corta se publica en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

PD: Propongo designar a Viajera crónica mejor libro argentino del semestre.

sábado, 4 de julio de 2009

El paisaje en las nubes

Roberto Arlt­
Fondo de Cultura Económica. Crónicas y comentarios periodísticos, 766 páginas. Edición 2009.­ Precio aproximado: 100 pesos.
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Abre el volumen una curiosa sentencia de Ricardo Piglia: "El estilo de Roberto Arlt es un gran estilo". ¿Habla en serio, profesor? Esta recopilación extraordinaria de 236 crónicas y comentarios publicados entre 1937 y 1942 en El Mundo confirma, en realidad, que hasta el diarismo más defectuoso puede ganar con el tiempo valor literario. La eficacia de Arlt -como dijo Borges de Cervantes o de Sarmiento- no puede explicarse mediante la estética. Sus cacofon¡as nos abruman, pocos son los párrafos que no sean corregibles. Alguien que usa "talmente" o que compara el sol con "una yema de huevo reventada sobre un muro de cemento azul" no seduce precisamente por su estilo. ¿Por qué entonces el libro se devora con deleite? Porque el ritmo, la garra y la candidez también pueden ser suculentos. Los escritos desbordan de encanto plebeyo. Hay descripciones que de tan malas resultan adorables.­
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La erudita francomexicana Rose Corral compiló para gloria de nuestro acervo cultural los últimos escritos de Arlt. Cuentos breves y deliciosos derivan de las avaras l¡neas de un cable de noticias. Desde la fiebre del petróleo en R¡o Cuarto hasta un añoso tallador de diamantes en Amsterdam nutren una imaginación que se propuso ser la conciencia moral del abstra¡do hombre de la calle y "escalofriar a los plácidos burgueses".­

Hay retratos de D'Annunzio, Edgar Wallace (el escritor favorito de Arlt), Al Capone, Charles Lindbergh, y el dictador Juan Vicente Gómez, entre otros. Conmovedoras son las crónicas de las hambrunas en Santiago del Estero y muy cómica, la repulsa de la guaranguer¡a porteña. Uno de cada tres relatos, empero, se refiere a la situación pol¡tica y militar de una Europa que "trabajaba tres turnos en el preparativo de su suicidio". Arlt, que nada malo vio en Stalin, denunció la maldad sin parangones de los nazis. Aun en sus disparates -como se dijo- el texto resulta gracioso. ­¡Frick von Himmler, director de la Gestapo!­
Guillermo Belcore­
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Publicado en el suplemento de Cultura de La Prensa, el domingo 5 de junio.­
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Calificación: Excelente­
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PD: No faltará quien me tache de incoherente. "¿Belcore, usted sostiene que Arlt escribía casi con los pies pero califica al volumen de "excelente", acaso ha perdido el juicio? Claro que no, un libro es mucho más que el estilo de su autor. Creo que la edición en su conjunto tiene un enorme valor histórico. Contiene, además, algunas cavilaciones memorables. Quien se interese en nuestra literatura canónica, o quien desee explorar los problemas de aquellos tiempos malditos, no debe soslayarla.­
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Arlt, por lo demás, no tenía tiempo para pulir hasta que brille cada una de sus frases. Lo sé como periodista que debe trabajar contrarreloj. Piglia reflexiona en el prólogo sobre esa tensión por hallar un tema, que "dramatiza la exigencia de escribir''. Tiene razón. Mella la mejor pluma tener que escribir una columna en tres patadas.­

miércoles, 18 de marzo de 2009

En el país del viento

Roberto Arlt­
Simurg. Recopilación de crónicas periodísticas, 154 páginas.­
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Encantador es el adjetivo que mejor define este libro. Proviene de una época en que la gratificación de la lectura no había entrado en decadencia. La gente aún demandaba crónicas de viaje. La Patria era una territorio exótico para descubrir. En el verano de 1934, el diario El Mundo encomendó pues al inquieto Roberto Arlt (1900-1942) retratar el país del viento. Viajó al Neuquén munido de un cuaderno de notas, un saco de cuero como para invernar en el Artico, botas de las siete leguas y una pistola automática.
La edición de esta gema es obra de la erudita Sylvia Saítta. Como prologuista es amena pero no duda en emplear expresiones tan horribles como “aparato de percepción”, “sistema de metaforización”, “deícticos”. Así resume el material del volumen: descripciones de paisajes procesados por una sensibilidad urbana; trascripciones de relatos orales centrados en personajes marginales (¡los contemplativos de la calle Roca!); narración de anécdotas personales; breves análisis sociales, económicos o políticos.
El relato, desprolijo pero talentoso, nos lleva de la mano a Carmen de Patagones, a la fea Viedma, a las fastidiosas estepas rionegrinas, al salvaje Neuquén, a Traful, a Mallín de las mulas. Menudean las exageraciones, pero siempre despiertan ternura. La prosa tiene una gran fuerza expresiva y la belleza de lo imperfecto. El escritor concluye extasiado en una Bariloche de tres mil habitantes, prodigio de la laboriosidad alemana y el trabajo duro de los chilotes. ¿Y los argentinos? Arlt pone el grito en el cielo por la extranjerización de la Patagonia y por una pobreza sin cuento. Hay niños que se abalanzan hacia las miguitas que se desprenden del pan de uno de sus compañeros. Igualito a la Argentina de hoy, ¿verdad?­

Guillermo Belcore­
Publicado en los suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata el 1 de marzo de 2009.­
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Calificación: Bueno­

viernes, 8 de febrero de 2008

Un escritor en guerra


Por Antony Beevor­
Editorial Crítica. Crónicas, 479 páginas, publicado en 2007. Precio aproximado: 78 pesos.­
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Es probable que Antony Beevor sea -junto a John Keegan- el mejor historiador militar vivo. Quien se interese por la Segunda Guerra Mundial no puede ignorar sus dos obras imprescindibles: Stalingrado (2000) y Berlín. La caída (2002). Al elaborar la primera de ellas, justamente, tropezó con los cuadernos de notas inéditos y los artículos periodísticos de Vasili Grossman, uno de los grandes escritores rusos del siglo pasado, eficazmente amordazado por el Kremlin.­
Beever define a Grossman como el más perspicaz y honrado testigo de lo sucedido en el frente soviético entre 1941 y 1945. De origen judío fue un milagro que sobreviviera al terror estalinista. El periódico del Ejército Rojo lo reclutó como corresponsal. Estuvo en la primera fila del infierno y -como el Dante- volvió para contarlo. Presenció el colapso de su Patria en los primeros meses de la invasión nazi. Por un pelo, no lo atraparon las vanguardias del general Guderian. Colaboró con la defensa de Moscú en diciembre de 1941, el momento decisivo de la contienda. Permaneció en Stalingrado más tiempo que cualquier otro periodista. En 1943, Estrella Roja lo envió a Kurks a cubrir la mayor batalla de tanques de la historia. Fue uno de los primeros en llegar al campo de concentración de Majdanek. Sus escritos sobre Treblinka cortan el aliento. No omitió los detalles sórdidos del asalto final a Berlín.­
El libro enriquece los párrafos secos y escalofriantes de Grossman con los comentarios esclarecedores del erudito inglés. Hay buenos mapas y fotografías. Cuando la Unión Soviética luchaba por sobrevivir, el escritor idealista estaba muy cerca de la línea oficial, pero despu‚s se distanció para retratar como pocos “la verdad despiadada de la guerra” en el Frente Oriental. Le tocó un tiempo en que el sufrimiento se había convertido en destino universal.­
Guillermo Belcore­
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Publicado en el suplemento cultural del diario La Prensa.­
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CALIFICACION: Excelente­
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PD: Sí, es caro. Como todos los libros de este magnífico historiador. Pero si te interesa la Segunda Guerra Mundial no podés soslayarlo.­

jueves, 7 de febrero de 2008

Buenos Aires, otoño de 1982

Por Andrew Graham-Yooll­
Editorial Marea. Crónicas, 246 páginas. Publicado en 2007

Varias razones permiten recomendar este libro breve y luminoso. Quien conozca al autor habrá intuido que se trata de un valioso testimonio histórico. El estilo es ameno, claro y riguroso. La sobriedad no rebaja el compromiso: se retratan la estupidez e inmoralidad de los gobernantes, y también de la prensa amarilla. Hay una exquisita pero despiadada vivisección del alma argentina. Queda confirmado, pues, que cuando lo ejercen hombres de vasta cultura el periodismo es capaz de engendrar piezas con valor literario.
Andrew Graham-Yooll (Buenos Aires, 1944) recopiló y tradujo sus crónicas en inglés sobre la guerra de Malvinas en 1982. Tuvo la suerte de ser contratado como corresponsal por The Guardian, prestigioso diario de Manchester con tradición liberal, en el sentido anglosajón del término. Le sumó artículos que aparecieron en revistas literarias o de opinión.
Para gozo de los lectores, el volumen incluye un desayuno con Jorge Luis Borges, el 11 de junio de 1982. ¡Qué lucidez impresionante la del maestro! En la guerra -se lamentaba- los periódicos se vuelven más locos que la gente. Los argentinos somos europeos desarraigados y de baja casta. Pensamos a la América del Sur como en algo que es extraño a nosotros, razonaba el mejor de nuestros escritores.
Acaso como espejo, se narra una cena con el general Mario Benjamín Menéndez. La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no conoce, ha escrito también Borges. Indignante es el relato del clamor popular que exigía una guerra por las islas. Puede entenderse que veinticinco años atrás había en la Patria una necesidad muy fuerte de celebrar algo. Pero, más allá del odio del jactancioso o del adoctrinamiento hueco, ¿qué se puede decir de una sociedad donde guerras y partidos de fútbol se viven de la misma forma?­


Guillermo Belcore­

CALIFICACIÓN: Bueno

PD: Excelente la presentación del libro.

viernes, 1 de febrero de 2008

Los imprudentes


Por Josefina Licitra­
Editorial Tusquets. Crónicas en 218 páginas. Publicado en 2007


Una moda capturó a la nueva camada nacional. Beatriz Sarlo, no sin desdén, la ha denominado lingüística etnográfica. Se trata de abordar una subcultura o un grupo marginal desde la perspectiva progresista. Puede que nos sorprenda alguna pincelada de belleza o de brutalidad, pero la escritura suele ser plana como los documentales de televisión. Es lógico, los jóvenes narradores provienen del periodismo y son hijos de Tom Wolfe y nietos de Rodolfo Walsh (sin su talento, claro). El efecto literario resulta pues muy poco estimulante.­
Por lo general, este atajo de la no ficción se caracteriza por pontificar. Josefina Licitra (La Plata, 1975) se esfuerza aquí en denunciar el odio a la diferencia, en repudiar a los cerebros de mosquito que no aceptan o entienden la diversidad sexual, sean padres, curas o psicólogos. Con ese fin enhebró cinco o seis historias de adolescentes que cargan ``la mochila de estar viviendo una sexualidad a contramano''. Los párrafos están embadurnados con tópicos: ``Caballito es un barrio de clase media en que la gente de clase media tiene miedo a la clase baja''.
A favor del libro, debe mencionarse la claridad de la prosa. La autora es una espléndida cronista. El vocabulario es sencillo, elemental; las metáforas no son memorables. Licitra da rienda suelta al sentimentalismo, que aflora por ejemplo al describir a la loca Nahuelle, ``extracto de lo que debería ser una persona''. Sucumbe también a una vieja pulsión pequeñoburguesa: denostar las miserias de los ricos. Dispara sin piedad contra el más fácil de los blancos: la vieja Iglesia Católica.
Las avaras dimensiones del libro delatan urgencia por publicar. ``Estrategias de comienzo'', en palabras de Sarlo. ¿Puede considerarse literatura la reconstrucción no novelada del reviente en la disco Amerika? Seguro que arte es otra cosa.

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Guillermo Belcore­
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CALIFICACION: REGULAR­