sábado, 3 de diciembre de 2022

El pintadedos


Santa Fe de la Vera Cruz encierra un secreto. Un secreto que, afortunadamente, está saliendo a la luz. Es el hogar de uno de los mejores escritores vivos; Carlos Catania (1932) se llama. Este blog algo contribuyó para que se reimprimiera en 2013 Las Varonesas, su primera novela (1). Ahora, la Universidad del Litoral y el sello Serapis -con el mecenazgo del gobierno provincial- rescatan la segunda novela de Catania. Bien, por ellos. El pintadedos (404 páginas) es otra obra extraordinaria, ubérrima en forma y contenido; ambiciosa y desmesurada en el mejor sentido de ambos términos, en el sentido que quiere, desde lo particular, abarcar toda la condición humana.


El pintadedos, entregada a la imprenta por primera vez en 1984, va a quedar si es que aún quedan buenos lectores en la Argentina, y en la hispanósfera en general. No nos hacemos muchas ilusiones con los críticos, con los diaristas, en especial. La mayoría no está dispuesta al esfuerzo de la Alta Literatura; son contados con los dedos de la mano los que no fueron cooptados por el esnobismo, la cobardía o el amiguismo. Pero eso es otro asunto.


La trama nos lleva a fines de los setenta. Viajamos a un pueblo de Santa Fe, un enclave de inmigrantes prósperos que el excelente posfacio de Rafael Arce identifica como San Carlos (Departamento Las Colonias). Después de tres décadas, vuelve a su lugar natal Carlitos, el Bizco. Es un técnico de la Policía de Santa Fe, el dactilóscopo, es decir "el pintadedos", el identificador de cadáveres, le pinta los dedos a los muertos. La colonia está alborotada por un maníaco, necesitan ayuda de la Capital.


Carlitos ilumina el pasado con una linterna magma. Andanadas de nostalgia en bruto lo asaltan ("...lo más parecido a un vínculo humano es el lugar de nacimiento..."); posterga la visita a los padres pero se reencuentra con sus amigos de la infancia, el Chilín (ahora comisario), el gordo René (ahora industrial), el Bonzo (ahora...). Mientras tanto, desde Tucumán, una columna del Ejército marcha hacia San Carlos para cazar al último líder de la guerrilla, el Indio.


El sentido del libro se arma de a poco; es uno de sus agrados pero conviene la relectura. Catania reconstruye toda la mísera existencia de Carlitos, incluso su concepción y el parto. "Los Inseparables" se autodefinía la barra de sus años púberes; atesoran un secreto tremendo que deja como alfeñiques a la pandilla de It. El misterio se vincula con Moira, una forastera resentida pero con ancas perfectas que inició a los cuatro chicos en el sexo con orgías memorables. También se retrata al pueblo, sobre el que pesa una maldición aborigen. Todos los personajes son interesantes. El elemento fantástico irrumpe con elegancia encarnado en dos retrasados mentales, el Palomino y la Delfita, Los mogolitos.


AÑOS DE PLOMO


La urdimbre añade otros dos hilos narrativos, con el que Catania quiere aportar una explicación oblicua sobre la guerra sucia y sobre la locura de esos dos demonios que atormentaban a la Argentina en los años de plomo. Por un lado, añade la Interpolación de los Perseguidores, puros diálogos entre un Cabo Mayor y un soldado que integran la Brigada Antisubversiva. Por el otro, las cartas de una Madre de Plaza de Mayo, que nos hunden en los laberintos kafkianos e infernales de la represión ilegal. Si en Las Varonesas teníamos el duelo centroamericano entre El Castor y El Flaco Mendieta, aquí la contienda fundamental la libran un general-filósofo (El Camello) y un Guevara santafesino (el Indio). Dios nos libre de aquellos que vomitan discursos humanistas pero obran como el Maligno, parece ser el mensaje.



Al final del libro, uno llega a otra conclusión: Carlitos, el Pintadedos, es uno de los inolvidables personajes de la novelística argentina. Es el hombre gris que carece de ambiciones y no quiere que le concedan atributos. Un viudo con una hija pequeña que vive para su monótono trabajo. Dice que "aguarda, sin tristeza, el soplo que lo conduzca a la diestra de la nada"... La maestría del escritor hace que nuestro Bartebly, nuestro Akaki Akákievich, sea arrastrado a extremos desconocidos "durante los cuales cree tener en sus manos poderes incontenibles de esperanza y destrucción".


Es enorme la caja de herramientas con la que trabajó Catania. Tejió una trama fascinante en la que ocurren hechos espantosos, incluso repugnantes. Los organizó en una compleja arquitectura narrativa que exornan distintas perspectivas y procedimientos, como el diálogo filoso, el párrafo de varias páginas, la digresión interesante, la indagación psicológica, el informe técnico, el barroquismo, la analepsis, la disquisición filosófica, la sentencia grave, la escena conmovedora y algún otro que se nos escapa.


El profesor Arce define a la literatura oceánica de Catania como un "nihilismo lúcido", o "realismo pesadillesco". Es correcta la descripción. El santafesino es nuestro Celine, sin su ideología demencial. O nuestro Onetti. Sentencia su Pintadedos que "el mundo es un barómetro oscilante, entre la inmundicia y la fe...", en el que tenemos "una ínfima oportunidad de ser dignos, en una existencia que será, en su mayor parte, corrompida por el vacío y la imbecilidad".


Arce tiene razón en otra cosa. Las dos novelas tremendas de Catania -Las varonesas y El pintadedos- no tienen parangón en nuestra literatura nacional. Tiene que quedar, diría Borges.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa


Calificación: Excelente


1) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2013/03/las-varonesas.html

jueves, 17 de noviembre de 2022

El camino blanco


Cuando cayeron los ángeles que se rebelaron contra el Señor, uno de los lugares que se les asignó para el destierro fue la Tierra. Aquí perdieron su belleza y fueron condenados a vagar hasta el fin de los tiempos. Algunos se aparearon con mujeres que procrearon a la raza de los gigantes (los
Nifilim), felizmente exterminada por el pueblo de Israel, dice el Zohar. Otros siguen entre nosotros desviando a la humanidad del camino del alma. Hay ángeles caídos que obran directamente; hay otros que se apoderan de un cuerpo. Pero el Altísimo tiene sus espadas para combatir el mal y reestablecer el equilibrio. Una de ellas es el detective Charlie Parker, el azote de los desviados. Sufre un trastorno parapsicológico, tiene el don de la alteración transitoria de la percepción que le permite descubrir a los agentes de las tinieblas.


Tan fascinante teología es la sal de la magnífica saga Charlie Parker inventada por el irlandés John Connolly (Dublin 1968), pero ambientada en Estados Unidos. Es una literatura más norteamericana que el  pavo de Acción de Gracias, pero rompe el estereotipo de la novela negra con la inclusión del elemento metafísico.


En El camino blanco (Tusquets, 464 páginas, primera edición 2002), cuarta entrega de la saga, Parker se enfrenta a dos criaturas demoníacas. El predicador Aaron Faulkner, que esta a punto de salir de la cárcel por tecnicismos; y al matón Kittim, personificación de todos los odios y los temores de los movimientos racistas militantes.


El enfrentamiento final con Faulkner ata los cabos sueltos de la entrega anterior, por lo que conviene leer primero Perfil Asesino, para que el deleite intelectual y estético sea pleno. Pero les lectores avispados no dejarán de disfrutar The White Road, que incluye también -como es norma en la saga- un enmarañado caso policial, que se hunde en la podredumbre del pasado. En esta ocasión, el pretérito esclavista.


Convocado por un viejo amigo en estado de desesperación, el detective privado cruza la Cortina de Magnolia. De Scarborough (Maine), donde vive con su segunda esposa, Rachel, embarazada, vuela a Charleston (Carolina del Sur). Investigará un asunto que quema las manos. Un joven negro es acusado de asesinar a golpes a su novia blanca, hija de uno de los hombres más ricos del estado. La evidencia lo condena, pero el chico jura por lo más sagrado que es inocente. Parker deberá lidiar con el Ku Klux Klan, con la policía y la mafia local, y con una red de mentiras densa y oscura como las aguas del Aqueronte. ¿Dijimos que los casos difíciles son su especialidad? Y necesita éste "como tener escorpiones dentro de sus zapatos".


La novela urde cuatro o cinco líneas argumentales. Se toma su tiempo para narrar hechos tremendos. Encontrarán los aficionados a la literatura de Connolly un bonus track: un detallado relato del pasado de Angel y Louis, los dos sicarios que trabajan para Parker (y lo honran con su amistad incondicional). La pareja gay está del lado de los buenos, sólo eliminan a la escoria de Satán.


Algo hay que decir siempre del estilo. Connolly, graduado en filología inglesa en Dublin, ha logrado el tono justo del subgénero. La réplica filosa como una katana, la hipérbole, la ironía y el sarcasmo, la crítica social y moral, el tallado estupendo de personajes secundarios son herramientas que maneja con admirable destreza. Qué magnífica evasión es la novela policial, ¿no?

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno

viernes, 11 de noviembre de 2022

Raúl Alfonsín. El planisferio invertido



P. Gerchunoff


Un libro para ser memorable debe dar con un símbolo que se apodere de la imaginación de la gente, escribió Borges en su prólogo a Francisco de Quevedo. Homero tiene a Príamo que besa las homicidas manos de Aquiles; Dante, los nueve ciclos del infierno y la Rosa; Kafka, sus crecientes y sórdidos laberintos, ilustró el maestro. El último libro del historiador Pablo Gerchunoff (Buenos Aires, 1944) trae una imagen que se apropia de nuestra mente y aguijonea nuestra memoria: en la Pascua de 1987, Raúl Alfonsín reza en la capilla de la Quinta de Olivos (¿arrodillado?) antes de volar hacia Campo de Mayo para negociar con los sediciosos carapintadas. El Presidente de la Nación pidiéndole al Omnipotente fortaleza y sabiduría para que la sangre no vuelva a correr en la Argentina.


Cuando en unas semanas, los críticos elijan los libros del año es muy probable que incluyan Raúl Alfonsín. El planisferio invertido (Edhasa, 460 páginas), biografía del primer presidente de la democracia, recuperada en 1983 y consolidada gracias a su acción en el poder y en el llano, según propone Gerchunoff. "La de 1976 fue la última dictadura de la historia argentina y fue la última, en buena medida, gracias a Raúl Alfonsín", es, en efecto, una de las conclusiones de este ensayo esclarecedor, polémico e interesante. ¡Ah!, y bien escrito.


Este es, pues, el rasgo feliz de Don Raúl Alfonsín que Gerchunoff ofrece a la posteridad: El arquitecto institucional. El caudillo demócrata que soñó con ambiciosos programas reformistas con base obrera y republicana y sabor socialdemócrata. El político de raza, apasionado (nada se hace en la Historia sin pasión, escribió Hegel), quien, aunque conservador de costumbres, desafió y dio vuelta algunos aspectos de la Argentina tradicional. Su inspiración política alcanzó dos cimas: 1983, cuando alcanzó el poder tras derrotar al peronismo; y 1994, cuando gobernó la Convención Constituyente. La obra de un orfebre.


Digamos que el autor, además de culto y experimentado, es un hombre honesto. Luces y sombras son parejamente señaladas en el libro, con la apropiada distancia afectiva, pues Gerchunoff fue funcionario del Ministerio de Economía con Alfonsín y De la Rúa. Al fin y al cabo, el sujeto de estudio llevó a la venerable Unión Cívica Radical a uno de sus momentos más gloriosos de su Historia, y poco después casi selló su extinción.


AL LIMITE DE LO IMPOSIBLE


La biografía se organiza en cuatro partes: "La muerte de Alfonsín (31 de marzo de 2009)"; "La construcción de una personalidad política (marzo de 1927-octubre de 1983)"; "¿Qué podía salir bien? (10 de diciembre de 1983-8 de julio de 1989)"; Gobernar desde el llano" (9 de julio de 1989-28 de octubre de 2007). 


Naturalmente, la tercera parte constituye el núcleo incadescente del texto. Las otras tres van con prisa; da la impresión de que al libro le faltan unas doscientas páginas; pasa el investigador por el año crucial de 1983 y por este siglo con botas de siete leguas.


El título alude a un regalo encantador que recibió el Presidente de manos de su edecán naval. Era un planisferio en que el norte estaba el sur; es decir, la Argentina era el centro del mapa. "Yo lo que puedo decir es que ese planisferio invertido suscitaba en Alfonsín, un efecto extraordinario", explicó Gerchunoff en un reportaje reciente. Era un símbolo de su voluntad política, infatigable, quue se sentía capaz de transformar el estado de las cosas, conmovedora incluso, pero peligrosa -a la sazón- para sus conciudadanos.


"El suyo fue un gobierno al límite de lo imposible", escribió Susana Lumi en el prólogo. El poder persuasivo de la épica quiso predominar a menudo sobre los grises del realismo político, con penosos resultados. Como si fuese un tahur de pulpería de Chascomus, Don Raúl cultivó, por ejemplo, "el juego de la imaginación, jugando sin dinero, apostando sólo capital político". El libro concluye así aceptando el dictum de Tulio Halperín Donghi: La imaginación de Alfonsín lo llevó demasiado lejos.


Veamos, entonces, los momentos en que la realidad testaruda se impuso durante su paso por la Casa Rosada. Gerchunoff, profesor emérito de la Universidad Di Tella, describe "el triángulo móvil de las corporaciones" que mantuvo en jaque al Presidente del primero al último día de su mandato: la cuestión militar, la cuestión sindical y la cuestión económica ("...fatigantes partidas simultáneas de ajedrez..."). Sólo la primera fue resuelta con eficacia.


Sorprende al historiador "el contraste entre el diseño meditado y complejo -aunque enormemente difícil- de la política militar y la improvisación de la política sindical".


Pero fue la cuestión económica el asunto que venció y humilló al líder radical y lo rebajó al nivel de personaje discutido (y hasta detestado) de la Historia. Es que, estrictamente hablando, las agendas modernizantes del líder radical nunca habían entrado en este campo minado y no sólo por la herencia maldita (crisis de la deuda, régimen de alta inflación), sino también por su defectuoso y decrépito sentido común.


El Alfonsín animal político adoraba a los intelectuales y siempre se empeñó en encontrar una teoría para explicar los hechos. No obstante, desde que llegó a la Casa Rosada nunca contempló como opción el reformismo económico. Entre la Declaración de Avellaneda y el final de su mandato parece no haber aprendido nada en esta asignatura compleja. Fue incapaz de percibir lo que el erudito llama las causas últimas estructurales, es decir "el agotamiento del modelo populista, con su patrón productivo mercado internista y su crisis fiscal estructural".


EL PLAN AUSTRAL


El profesor Gerchunoff explica que, en realidad, el Plan Austral nunca fue plan de estabilización y transformación económica, por eso en nueve meses estuvo liquidado (fue un mero punto de partida). Conjetura que si Cafiero hubiese ganado la interna peronista de 1988, la Patria se hubiera ahorrado la experiencia traumática de la hiperinflación. La inescrupulosidad del tándem Menem-Cavallo resultó letal para una economía agonizante y desequilibrada, pero matengamos a raya nuestra indignación. Al fin y al cabo, hicieron lo mismo que Alfonsín hizo con Frondizi.


Nos revela una ucronía: ¿qué hubiera pasado si Alfonsín hubiera aceptado que el prestigioso Roberto Alemann se hiciera cargo del Ministerio de Economía en abril de 1989 cuando se vio obligado a despedir al fracasado de Juan Sourrouille? El baluarte del liberalismo ya había aceptado, pero el prócer republicano dio marcha atrás. Si hay algo que su ego temió, siempre, fue ser considerado de derecha, un traidor al ideario progresista, un patrocinador de la marea neoconservadora que venía del Norte.


Hasta el último de los días, el caudillo radical quiso que lo encuadraran en las filas de "la socialdemocracia tradicional, enfrentando la agenda de la dependencia, una agenda alejada del reformista (económico), no muy distinta a la de los comienzos de su carrera política". Alfonsín llevó a la UCR al regazo de la Internacional Socialista, pero con una visión anticuada. Admiraba al Laborismo inglés de posguerra; nunca quiso identificarse con Tony Blair.


Entre decenas de anécdotas sabrosas y muchísimas aportaciones intelectuales, el profesor Gerchunoff nos deja en su octavo libro una justísima definición de la historia:


"Es el balance entre monedas en el aire y corrientes profundas, entre azar, voluntad y determinismo. El resultado, como se sabe, es imprevisible".


Nuestra historia de los ochenta tuvo la voluntad titánica de Raúl Alfonsín, el azar de un contexto internacional desfavorable, las corrientes profundas del populismo peronista, el determinismo de la monstruosa deuda externa. Las monedas en el aire fueron el hostigamiento corporativo y los planes económicos. Algunas chirolas salieron cara, otras seca.


Una conclusión tremenda del muy recomendable libro de Gerchunoff es que el Presidente que asuma en diciembre de 2023 (¡falta tanto!) enfrentará el mismo dilema de hierro que encontró Alfonsín en 1983: cómo salir de un maldito régimen de alta inflación, que tanto empobrece a los argentinos, sin hundir al salario real, tan deteriorado en los últimos años. Esta historia circular está matando a la Patria.

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno

domingo, 23 de octubre de 2022

Escuela nocturna


Por Lee Child

Blatt & Ríos. 418 páginas


Qué caso extraño son los escritores europeos cuya obra policial es tan estadounidense como la comida chatarra (aunque de mejor calidad). Veamos dos ejemplos contemporáneos. El irlandés John Connolly añadió al universo imaginario al detective Charly Parker y se consagró como campeón del thriller metafísico. El otro notable es Lee Child. Nació en Coventry (Inglaterra) el 29 de octubre de 1954, como James Dover Grant. Ha tallado una vasta saga -francamente apasionante- que describe la vida militar, las mafias y la vida cotidiana de la gran nación americana con la precisión de un relojero suizo. Su héroe es el mayor Jack Reacher, una impresionante masa de músculos con el cerebro de Sherlock Holmes, a quien Amazon Prime le ha atribuido, acertadamente, el rostro del actor Alan Ritchson (1).


Que un sello argentino siga traduciendo la obra de Child es una estupenda noticia. Blatt & Ríos trajo ahora Escuela nocturna. Es uno de esos libros que magnetizan los dedos, que sobradamente cumplen la prueba de excelencia que propuso el rabí George Steiner: ser capaces de atrapar nuestra atención un día caluroso de verano en un vagón de ferrocarril de tercera clase.


Viajamos a 1997. Reacher, ésta es la novedad, aún está en el Ejército. Tiene treinta y cinco años cumplidos y acaba de recibir la Legión al Mérito por haberles volado la tapa de los sesos a dos asesinos en serie de Bosnia-Herzegovina. Su siguiente misión es, a priori, decepcionante. Deberá asistir a un curso forense en una instalación secreta de Virginia. Allí se encuentra con un sabueso del FBI y un analista de la CIA. Otros dos ases, tan desconcertados como nuestro chico. La escuela, naturalmente, es una tapadera.


El Consejo de Seguridad de la Casa Blanca recluta al trío para investigar una amenaza que pone los pelos de punta. Una organización terrorista de Medio Oriente está dispuesta a pagar cien millones de dólares a un ciudadano estadounidense ignoto a cambio de un material desconocido. Qué diablos puede valer tanto y ser fácilmente transportado. Qué clase de arma devastadora desea una naciente Al Qaeda.


La transacción se realizará en Hamburgo. Hacia esa ciudad hanseática viajará el mayor Reacher, secundado por la sargento Frances Neagle, otro perro de presa. Hay, aproximadamente, doscientos mil ciudadanos estadounidenses en la Alemania reunificada. La tarea es colosal y tiene los minutos contados.


La trama consiste, pues, en una formidable cacería humana. Reacher siempre apuesta fuerte; es un juego de posibilidades (remotas). No sólo deberá lidiar con sus jefes, los obstáculos diplomáticos, la policía local y lo azaroso; una mafia neonazi se inmiscuye en el asunto tras percibir el irresistible olor del dinero. La obra tiene otro agrado: redondea una denuncia de la locura de la extinta guerra fría.


Podríamos mencionar otras potencias de la novela. La traducción de Aldo Giacometti es correcta; la prosa de Child es absolutamente funcional a la acción trepidante; y aquí y allá aparecen esas metáforas ingeniosas que caracterizan a la novela negra. Una curiosidad: con los dólares del terrorismo islámico, el villano planea comprarse un "rancho" de doscientas cincuenta mil hectáreas en el centro de la Argentina (sí, nos ven como tradicional refugio de delincuentes), incluso el pillo compra pesos argentinos en Hamburgo para gastos menores. ¿Dijimos que estábamos a fines de los años noventa? Con Carlos Saúl Menem en la presidencia, aún teníamos una moneda nacional.


La conclusión inevitable de la novela es ésta: Lee Child es uno de esos escritores que despierta deseos de agotar su obra. Como Raymond Chandler y James Ellroy. Como Bolaño, Sciascia y Guimaraes Rosa. Como Borges, Chesterton y Pynchon. Como Eco, Nabokov y Steiner. ¿Quien más?

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno


(1) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2022/02/reacher.html

jueves, 20 de octubre de 2022

Los prisioneros del cielo

 


A mediados del siglo XVIII, el Imperio Británico orquestó una brutal limpieza étnica en la porción oriental de lo que hoy es Canadá. Se la conoce como La Gran Expulsión.   Se calcula que más de 12 mil súbditos franceses -denominados los acadianos- fueron obligados a partir al exilio. Algunos volvieron a Europa y un puñadito llegó a las Islas Malvinas; pero la gran mayoría se asentó en la desembocadura del río Misisipi, por entonces parte de la Louisiana francesa. Allí, se desarrolló una vibrante cultura católica y latina que ha llegado hasta nuestros días. Estados Unidos la reconoció como grupo étnico en 1980; Isabel II se disculpó con los descendientes de Acadia en 2003. El llamado país cajúnno sólo tiene su música identitaria, su dialecto galo y sus riquezas gastronómicas, sino también su propio detective atribulado. El Philip Marlowe de Nueva Orleans y los pantanos sureños se llama Dave Robicheaux, fruto de la imaginación del escritor James Lee Burke . Si le gusta la novela policiaca no puede dejar de conocerlo.

En Buenos Aires, usted podrá encontrar un precio de saldo una de las joyas de la saga: Los prisioneros del cielo (RBA, 330 páginas), que Burke entregó a la imprenta en 1988. El libro nos lleva al condado de Nueva Iberia, a mediados de los ochenta. Después de una década y media en el Departamento de Homicidios de Nueva Orleans, Robicheaux volvió -con el estómago asqueado- a su aldea natal. Lleva la culpa como una red de pesca sobre la cabeza (es católico practicante). Mantiene una heroica pero devastadora lucha por permanecer sobrio: un súcubo alcohólico vive dentro de él con las garras hundidas en su alma. Montó un negocio de alquiler de barcos, venta de carnadas y souvenirs, y parrilla al paso. Vive con su esposa menonita de Kansas, rubia, bella e ingenua.

Hasta que un día, Dave y Anne ven caer una avióneta al mar desde su barco de pesca. Nuestro héroe se arroja al agua y logra rescatar a una niña salvadoreña. Se ahogaron la madre de la pequeña, un sacerdote y un traficante de drogas. La pareja decide adoptar a la nena, pero tendrá dificultades con la DEA y el Servicio de Inmigración por un lado (la guerra sucia en Centroamérica es el telón de fondo); y con hampones forjados en la fragua de un demonio, porque Robicheaux es de esos justicieros capaces de comerse un bol de arañas antes de dejar las cosas como están. Así, más temprano que tarde se cruza en el camino de un amigote de la infancia: Bubba Rocque, que ascendió de niño conflictivo a mafioso local, disfrazado de empresario próspero, con intereses en el tráfico de drogas y la prostitución.

Se sabe que en una buena novela policial pasan cosas. Y aquí ocurren cosas espeluznantes. La trama magnetiza los dedos. El viejo Burke ha logrado redondear el tono justo del subgénero noir : los personajes son rotundos, los diálogos filosos, la musa del comentario irónico muestra su hermoso rostro.   Hay reflexiones sobre los misterios del mal y la violencia, datos sobre el inframundo del delito (¿a quién no le gusta otear detrás de esos negros cortinados?) y, como bonus track,párrafos que capturan el fulgor de la naturaleza en el sur de Louisiana. La denuncia social se canaliza hacia las más altas esferas: ``Estamos al servicio de una vasta, vulgar y prostituida empresa (NR: el gobierno de Estados Unidos)'', concluye un agente antinarcóticos.

Vea usted los meandros sorprendentes de la Historia. Al fin y al cabo, le debemos el arroz cajún y la espléndida saga Robicheaux a la Pérfida Albión . Agreguemos que Los prisioneros del cielo  dio lugar en 1992 a un largometraje, bastante malo, que puede verso hoy por YouTube, siempre y cuando uno tenga paciencia de acero al tungsteno para soportar el calé madrileño de la traducción. Además, al joven Alec Baldwin no la daba la talla para representar aa ese sombrío sabueso, con el alma desgarrada por dos fuerzas antagónicas: Robicheaux tratar de ser un hombre moral en un negocio amoral, al tiempo que deseaba hacer picadillo -como cualquier hijo de vecino- a quienes lo hacían sufrir .

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno

PD: Propongo esta banda sonora:  https://www.youtube.com/watch?v=Jh9CXnoDua4 

martes, 18 de octubre de 2022

Valle Abraham

 


La ignorancia de cualquier lector, incluso el más avezado, puede compararse con una galaxia. Frecuentamos planetas hospitalarios, nos iluminan algunas estrellas ilustres, y de tanto en tanto seguimos esos cuerpos menores que sólo a nosotros interesan; pero en general nuestros mapas son rudimentarios, la bitácora es dolorosamente incompleta.¡Hay tanto para leer! Y una vida no alcanza. Por eso, el placer del descubrimiento. La llegada de un astro deslumbrante que no teníamos cartografiado. Como la señora Agustina Bessa-Luís (Amarante, 1922-2019), poco traducida al español a pesar de que publicó medio centenar de libros y es considerada como una de las glorias de la literatura portuguesa (recibió el Premio Camoes en 2004).


Con apoyo de la República del Portugal, el sello Edhasa ha traído a la Argentina una novela extraordinaria de Agustina B-L. Valle Abraham (355 páginas) tiene la densidad de una enana blanca y la belleza del lucero de la tarde. En una curva fértil del Duero, dedicada a la producción de vinos finos, se recrea la pasión de Madame Bovary. Viajamos a las últimas décadas del siglo XX. La obra fue entregada a la imprenta en 1991 e inspiró un largometraje del director Manoel de Oliveira, también muy elogiado por la crítica.


­La protagonista se llama Ema Cardeano. Su padre, un labrador que no es rico aunque tiene criados (“coloso de la persistencia”), la entregó en matrimonio a Carlos Paiva, un médico viudo y mediocre, excepto para ganar dinero, “que se aburre sin poder sentir curiosidad o desprecio por el mundo que lo rodea”. El grandulón ama a su esposa “con esa obstinación que las personas del campo ponen en las cosas de su propiedad”, pero Ema se asfixia en esa cárcel, se siente aislada y disminuida. Carlos es el cornudo más famoso de Valle Abraham.


La belleza de Ema “constituye una exorbitancia y, como tal, un peligro” entre la nueva burguesía del interior. La han llamado La Bovarita, pero es un malentendido; no la mueve la concupiscencia sino la provocación, el hambre de aventuras, “la oposición al vacío, a la castración con que la amenaza la vida conyugal y la sociedad en su conjunto”. Tiene a su disposición unos pocos amantes, un filósofo y un paje que le abre puertas en la nobleza europea. Ema “sería capaz de dar la vida por los aplausos”. Parió tres hijos.


La novela no sólo reconstruye en un escenario diferente la historia trágica que imaginó Flaubert. También es un minucioso cuadro de costumbres del Portugal profundo. Hay una galería fascinante de esnobs provincianos: Pedro Lumiares, María Semblano, Pedro Dossem, Fernando Osorio, la servidumbre... Deleitan, asimismo, las digresiones filosóficas que, aunque breves, exigen toda nuestra atención. Son como relámpagos sobre el texto. Agustina Bessa-Luís tenía una maravillosa predisposición a acuñar sentencias. He aquí una: 

“La discreción es el emblema de los auténticos”.­


La degradación posmoderna también es retratada y reprobada como se merece. Se hilvana una suerte de metafísica del desgarramiento. Sin embargo, podríamos decir que lo mejor del libro es la sonda que escruta las profundidades de cada alma. La Gran Dama de Portugal era ampliamente reconocida por el detallado análisis psicológico al que sometía a sus personajes.


Hay que advertir que ésta no es una obra para los lectores con prisas, superficiales. La escritura, con sus saltos temporales y sus digresiones incluso teológicas, es difícil porque es excelente. Acumula puntos de vista y hace alarde del dominio de la metáfora -a lo Onetti- con combinaciones sorprendentes, que a priori parecen imposibles. Agustina Bessa-Luís escribía con la cultura clásica y moderna europea en su regazo. Una mujer tiene “el carácter bravo como Medea”. Un hombre, “la altivez de Ossian en cautiverio”.­


­LOS DOS MILAGROS­


­En 2019, la autora de Valle Abraham partió hacia la casa del Señor. La nación lusitana la lloró. El obituario de El País de Madrid recordó un comentario de José Saramago: “Si hay en Portugal un escritor que participe de la naturaleza del genio, es Agustina Bessa-Luís”. Otros críticos y escritores han comparado su excelencia a la de Fernando Pessoa,”los dos milagros del siglo XX portugués”, como dijo Antonio José Saraiva.


La edición argentina trae otro regalo. Un prefacio de António Lobo Antunes, nada menos. Recuerda que Agustina “vino a caer de súbito, como una piedra inmensa y extraña en pleno charco neorrealista”. Nada tuvo que ver con las capillas literarias promocionadas por el Partido Comunista, por un lado; o por la dictadura salazarista, por el otro. Su prosa es “completamente diferente, completamente nueva, rica, casi barroca, enteramente innovadora, aguda, inteligente, irónica, riquísima, surgida de la nada, de un talento desmedido”, añade el prologuista. Digamos que todas estas virtudes están presentes en las páginas siguientes.­


Uno no puede dejar de preguntarse: ¿No merecía el extraordinario talento de Agustina B-L. el Nobel de Literatura? Por supuesto que no, ya que no se trataba de una intelectual progresista, al gusto de los mandarines de Estocolmo. Se cortarían el cogote antes de reconocer a una mujer creyente que escribía esto: “Sólo las personas seguras de sí mismas pueden creer en Dios”. O esto otro: 

“...las cosas siempre fueron moderamente conducidas por el espíritu clerical, que no era riguroso sino indulgente. Gran parte de la dulzura de las costumbres en Portugal es debido al cura de familia...”.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno­

domingo, 25 de septiembre de 2022

Parezca y desaparezca


Obsesionados con el penúltimo rizoma francés o con la nueva variante del realismo sórdido narrada con acento de Kansas, los argentinos hemos crecido ignorando que existe una gran literatura del otro lado del puente Tancredo Neves. ¿Cuántos saben que el Quijote latinoamericano lo escribió un médico y diplomático de Minas Gerais? ¿Cuántos conocen al distinguido polígrafo Paulo Leminski, gloria de las letras paranaenses, al que la Parca llevó -como Rimbaud- demasiado pronto?


Para curar la ignorancia que plantea la última pregunta, el sello Añosluz acaba de publicar una antología poética de Leminski, que no debería ser pasada por alto por todas aquellas almas interesadas en el género lírico, es decir por la élite de la élite en el arte de la buena lectura. Es una edición bilingüe, muy bien cuidada en su forma, francamente extraordinaria.


Leminski nació en Curitiba el 24 de agosto de 1944 y falleció en esa misma ciudad el 7 de junio de 1989. Fue poeta, novelista, crítico literario, letrista de canciones, publicitario, traductor, ensayista y biógrafo de Jesús de Nazaret y León Trotski. Aprendió en el Monasterio de Sao Bento latín, teología, filosofía y literatura clásica. Fue influido por Mallarmé, por Rimbaud y por los adalides del movimiento Poesía Concreta como los hermanos Augusto y Haroldo de Campos. Practicó yudo, estudió la cultura japonesa y escribió haikus. Se lo definió como ``un prisma de saberes''. Lo suyo era el juego de palabras, apunta en el prólogo excelente Alejandro Güerri, quien también hizo un magnífico trabajo de traducción. Como señala su hija Aurea en el posfacio, si bien Leminski perteneció a la generación precomputadora ``su obra es absolutamente actual''.


El volumen atesora creaturas de seis libros de Leminski, la mitad póstumos: Cuarenta clics en Curitiba (1976), Caprichos y relajos (1983), distraídos venceremos (1987), la vie en close (1991), el ex-extraño (1996), winterverno (2001). Hay poemas que -tal como ocurre con Borges- nada cuesta calificar como perfectos. Transcribimos la llamarada amorosa de la página treinta y seis como ejemplo de virtuosismo:


objeto

de mi más desesperado deseo

no sea aquello

por quien ardo y no veo


sea la estrella que me besa

oriente que me rija

azul amor belleza


haga cualquier cosa

pero por el amor de dios

o de nosotros dos

sea.


Como en el piso de la página se reproduce en portugués, el lector siempre puede paladear la delicada música de la rima. Son, en efecto, versos para paladear, como el buen vino. También, por sus epifanías semánticas. Leminski no sólo gustaba de hacer danzar a las palabras, de crear con la fusión nuevos vocablos, de cruzar lo oral y lo escrito, la cultura libresca y la popular, también descolló como poeta de ideas. Era sentencioso.


Escribió el vate: 


nada tan común 
que no pueda llamarlo 
mío

 

nada tan mío
que no pueda decirle
nuestro

 

nada tan blando
que no pueda decirle 
hueso

 

nada tan duro
que no pueda decir 
puedo.


Uno se queda masticando la última estrofa, de eso se trata la vida, ¿no?


El prólogo de Güerri abre con una hermosa cita del literato: 

La poesía es un inutensilio. La única razón de ser de la poesía es que forma parte de aquellas cosas inútiles de la vida que no precisan de un justificativo, porque son la propia razón de ser de la vida... la poesía es una de esas cosas que no necesitan un por qué.


Leer a Paulo Leminski es una excepcional experiencia estética e intelectual. Quién no necesita semejante regalo. Tal vez, el brasileño esté equivocado y la poesía no sea tan inútil, acaso sea una linterna en lo oscuro.

Guillermo Belcore


Calificación: Excelente

sábado, 17 de septiembre de 2022

Flashman y el ángel del señor

Harry Flashman  nació en 1822 y participó en algunos de los acontecimientos más importantes del siglo XIX. Sirvió en el Ejército británico a lo largo y ancho del planeta, y recibió la Cruz Victoria, la más importante de su país; la Reina Victoria lo convirtió en un niño mimado. No fue la única condecoración de su distinguida y deplorable carrera. También consiguió la Medalla de Honor del Congreso de Estados Unidos, a pesar de que participó en ambos bandos de la Guerra Civil. En 1913 -dos años antes de su muerte- escribió sus memorias.Trece tomos fueron hallados en un salón de ventas de las Midlands en 1966. Su descubridor anotó: "...constituyen un escandaloso catálogo en los cuales pocos indicios podemos hallar de sentimientos decentes, y no digamos ya de altruismo...". En efecto, aunque Flashy se jactaba de haber sido intimidado por Bismarck, estafado por Disraeli, engatusado por Lincoln, sugerido por Palmerston y batallado con Sherlock Holmes... la verdad es que fue un cobarde, un bribón y un libertino (en el Volumen IX se ufana de acostarse con 480 mujeres), un oportunista con todas las letras cuya maniobra favorita -después de la seducción de toda clase de damas- era atribuirse el mérito de triunfos en campos de batalla de los que había huido.


Estoy seguro, amigo lector, que ya se ha percatado de que Harry Flashman nunca ha existido. Es un espléndido personaje literario. Fue creado por el ex soldado y periodista inglés George MacDonald Fraser (1925-2008) que revivió la noble especie de la novela de aventuras , confirmando lo que siempre decimos aquí: no existen géneros menores; existen buenos o malos escritores.


Para superar sus dificultades económicas, Fraser presentó el primer libro de la saga en 1969 (son doce en inglés y trece en castellano). Y la fortuna lo besó en los labios. Consiguió legiones de fans en la anglósfera, pero algunos cómicamente engañados. Escribió hace cincuenta años, Alden Whitman en The New York Times :

 ``Hasta el momento, Flashman ha tenido 34 reseñas en Estados Unidos. Diez de ellos encontraron que el libro era una autobiografía genuina''.


EN LIQUIDACION


El propósito de esta nota es advertir a los lectores de este blog que en las librerías de saldo de Buenos Aires están liquidando las existencias de Las aventuras de Harry Flashman que el sello Edhasa había impreso en español hace veinte años. Vale la pena. Quien esto escribe está dispuesto a agotar la serie, pues combina el humor, el escepticismo político y el rigor histórico, en un delicioso formato de impostura al cuadrado : es decir, son las falsas memorias de un falso héroe del Imperio Británico. Tiene, además, el encanto de lo políticamente incorrecto.


Reseñamos aquí el décimo volumen de las memorias apócrifas: Flashman y el ángel del señor (Edhasa, 571 páginas). Nuestro antihéroe de imponente torso, gruesas patillas y cuidado mostacho se ve involucrado en un ataque terrorista en el estado de Virginia. Viajamos a 1859. John Brown, un fanático líder abolicionista que había ensangrentado Kansas, irrumpe en los arsenales de Harper Ferry, con el propósito de robar armas y dar un golpe de efecto para soliviantar a los esclavos negros. Dixieland quedó aterrada. Hoy se considera el ataque como uno de los detonantes de la guerra civil de Estados Unidos.


¿Cómo llegó Flashman hasta allí se preguntará usted? Bueno, es una larga historia, pero trataremos de resumirla en un párrafo. El coronel, después del motín en la India, debió huir de la noche a la mañana de Calcuta tras ser sorprendido por un juez con las manos en su esposa. Recala en Ciudad del Cabo por casualidad (debió subir al primer barco de pasajeros que partía), donde un antiguo enemigo le tiende una celada (usa a su hija como carnada) y lo envía secuestrado a Baltimore. Allí debería rendir cuentas a las autoridades estadounidenses por pecados del pasado, pero Harry se escapa y termina convirtiéndose en agente triple (temible operario del recontraespionaje) al servicio de una sociedad secreta abolicionista, de una masonería sureña predecesora del Ku Klux Klan y del servicio de inteligencia de Estados Unidos. Unos lo contratan para que favorezca los planes del violento Brown, el gobierno para que los frustre, en su carácter de asesor militar.


El libro no sólo es muy divertido, también es escrupuloso en cuanto a la reconstrucción histórica y el retrato de los personajes reales. Hay escenas libidinosas y otras de acción, muy bien urdidas. Encontramos, entre otros, al gobernador de Sudáfrica Sir George Gray; a Allan Pinkerton, el detective privado más famoso de la Unión; al senador y estadista neoyorquino, William Henry Seward; al general Robert Lee, a la postre comandante en jefe de las fuerzas confederadas.


El señor Fraser, que en 1999 recibió la Orden del Imperio Británico, hizo un trabajo formidable, hasta tuvo la delicadeza de añadir un generoso cuerpo de notas para ubicarnos en el contexto histórico. Se plantea una ucronía: ¿Era la guerra de secesión inevitable o Estados Unidos habría podido abolir la siniestra esclavitud sin pagar el precio de 750 mil muertos, como hizo Brasil?


Por su parte, el bueno de Harry Flashman deja una sugerencia a su legión de admiradores: 

``Dedica todos tus esfuerzos mentales a la única cosa que verdaderamente vale la pena: sobrevivir''.

Guillermo Belcore

Calificación: bueno

PD: Hace catorce años, aplaudíamos la primera aventura de Flashy:  https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2008/03/harry-flashman.htm l

domingo, 4 de septiembre de 2022

La libertad política y su historia

Foto: Diego Botana

Una nación declina -escribió Domingo Faustino Sarmiento- cuando no puede plasmar cuatro promesas: las promesas del crecimiento, del bienestar, del conocimiento (educación y ciencia para desarrollar una ilustración práctica) y de la madurez republicana. La decadencia sobreviene cuando estas promesas dejan de actuar en consuno: decadencia de la economía, de la educación y de la ciudadanía. ¿Cabe alguna duda de que el genial sanjuanino prefiguró a la Argentina decadente de 2022?­


Buena parte de las respuestas a las desdichas actuales podemos encontrarlas en los buenos libros de historia. Como éste, del que transcribimos la cita sarmientina: La libertad política y su historia (302 páginas), de Natalio R. Botana (Buenos Aires, 1937), que acaba de lanzar el sello Edhasa.


Se trata, en realidad, de una nueva versión -corregida y alargada- de la obra que Botana entregó por primera vez a la imprenta en 1991. Son trece capítulos más una introducción sobresaliente que se leen con placer y provecho. El volumen se urdió con retazos de excelencias; une conferencias, trabajos y textos incluidos en otras obras, pero transmite idea de unidad y concatenación. Vale la pena, queremos decir. Trae enseñanzas para el presente.­


Con prosa erudita, Botana sigue un hilo dorado: la historia del siglo XIX es, políticamente, el ascenso de la libertad en el mundo. En el terreno intelectual, aquellos prohombres se habían concentrado en el examen y la digestión de tres revoluciones: la del 1688, la de 1776 y la de 1789. No eran historiadores contemplativos; estaban al servicio de la acción.­


Después de desmenuzar con lucidez la revolución estadounidense y la francesa, Botana desarrolla en la primera parte la polémica intelectual entre dos colosos: Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López. Los temas que se revisan son fascinantes: la revolución de Mayo, las ilusiones abnegadas de Belgrano, el Congreso de Tucumán, la desobediencia de San Martín al Directorio, la anarquía del año XX, las constituciones fallidas de clérigos esclarecidos como el deán Funes, el caudillismo, los liberalismos posibles. El libro en sí mismo es un brillante estudio historiográfico, en el sentido estricto del término, es decir revisa los escritos sobre historia y sus fuentes, y de los autores que han contribuido a desarrollar una conciencia nacional.­


­TOCQUEVILLE, INMORTAL­


­En la segunda parte, encontramos un comentario sobre las Memorias del general José María Paz; una reivindicación de Sarmiento; una visita a la obra del colega José Luis Romero; un detalle de la transformación decimonónica del credo constitucional en Iberoamérica. También el jugoso análisis del pensamiento de Alexis de Tocqueville, “el primer teórico político en tratar la democracia como una materia en sí mismo”.­


¿Son las ideas de Tocqueville, el liberal desencantado, la influencia primordial de Botana? Da esa impresión. “Las instituciones de la democracia, sin costumbres que las respalden, son letra muerta”, es una de las advertencias del lúcido pensador francés, una de las muchas que no han perdido vigencia.­


Se nos dice que Tocqueville, por otra parte, fue el referente cercano de Mitre, Alberdi y Sarmiento. Impresiona una de sus ideas desarrollada en la página ciento ochenta y seis. Si la democracia se asienta en determinadas costumbres, el sustento ético de estos “hábitos del corazón y de la moral” debe provenir de la religión. “En el mundo aristocrático, la religión educaba a la sociedad desde el poder político y configuraba, de esta suerte, un orden clerical. En la democracia, la religión educa al poder político desde la sociedad y por eso conforma un poder moral”. Vale incluso para el agnóstico siglo XXI, creemos.­


El historiador formado en Lovaina, por otra parte, nos muestra algunas contradicciones fundamentales de la Patria que, de alguna manera, se las han arreglado para llegar hasta el presente. Podrían reducirse a una antinomia básica: ilustrados vs. caudillos; hoy liberalismo vs. populismo, en sus distintas versiones, moderadas y radicales.­


El impulso hacia “el despotismo popular” -expresión criolla de “esa fuerza de la igualdad de condiciones” que describía Tocqueville y que puede conducir a la servidumbre o a la libertad, a la civilización o a la barbarie- no ha desaparecido en la Argentina, vemos apesadumbrados en la tercera década del siglo XXI. Por desgracia, ese sentimiento subjetivo que “inspira a los hombres y a los pueblos en pos del ascenso social” suele reivindicar los “personalismos prepotentes que destruyen la delicada relación entre opiniones e instituciones representativas propias de la sociedades libres” (tipo Uruguay y Juncal). Hace 150 años así lo denunciaba Vicente Fidel López.­


Como se ve, la colección de ensayos breves de Botana no sólo expresa el humanismo cívico y aquilata teorías políticas del siglo XXI y el carácter de nuestros próceres. También permite que el pasado interpele al presente. Estableció Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu: 

“La libertad depende de la tranquilidad del espíritu que nace de la opinión que tiene cada uno de su seguridad y para que exista esa libertad es necesario que el Gobierno sea tal que ningún ciudadano pueda temer nada del otro”.

Hoy, los argentinos no somos libres, según la lúcida visión del autor de El espíritu de las leyes. ¿Quién puede desmentirlo? Somo un fracaso digno del mundo antiguo.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura del diario La Prensa


Calificación: Muy bueno­

martes, 16 de agosto de 2022

La perdida de El Dorado


A once kilómetros de la costa de Venezuela se encuentra Trinidad, una isla un poco más extensa que la Gran Malvina. Es la llave del Orinoco, ese río caudaloso que emana del Jardín del Edén, al decir de Cristóbal Colón. Por casi trescientos años, formó parte de una fantasmal provincia del Imperio Español, hasta que en 1797 fue arrebatada por los ingleses, un pueblo aficionado a quedarse con islas ajenas. Hoy forma parte de una nación independiente: Trinidad y Tobago, que tiene el tercer Producto Bruto per cápita más alto del continente, gracias al petróleo y al turismo, pero cuyo mayor aporte a la humanidad puede haber sido el nacimiento de
Vidiadhar Surajprasad Naipaul (1932-2018), uno de los mejores escritores de nuestro tiempo.

El premio Nobel de Literatura 2001 escribió una de esas novelas que nadie que quiera ser considerado buen lector debe ignorar: Una casa para el señor Biswas (1), pero aquí venimos a comentar otra de sus creaciones que, si bien está a años luz de su obra maestra, tal vez interese al amante de la Historia y de los textos muy bien escritos. Después de dos años de minuciosa investigación y composición con admirable soltura, Naipaul entregó a la imprenta en noviembre de 1968 La pérdida de El Dorado (Monte Avila, 430 páginas), una reconstrucción del pasado de su patria, desde 1503 hasta principios de siglo XIX. Se trata de una novela histórica híbrida, de no ficción.

Como las musas han dotado a Naipaul del don literario de la descripción de caracteres, recorre las páginas una fascinante galería de personajes de la vida real. El primero, don Antonio de Berrío, el fundador de Puerto España -actual capital de Trinidad & Tobago- y tenaz perseguir de El Dorado, esa ciudad mítica enclavada en algún lugar de la selva sudamericana que avivó hasta la locura la sed de riquezas de los europeos, y también sus fantasías sexuales (las orgías en la tribu del cacique rubio, con polvo de oro y ungüentos pegajosos, eran extraordinarias, se afirmaba). Por cierto, sir Vidia sostiene en la página 88 que la sífilis ``fue la única venganza que el Nuevo Mundo se cobró con el Viejo''.

Aquí, asimismo, tropezamos con sir Walter Raleigh, prototipo del corsario anglosajón, versado en cultura clásica pero cuyo propósito -además de conseguir metales preciosos- era el exterminio de la raza española en el Caribe. Luego, con sir Tomás Picton, primer gobernador de Londres, que -con mano de acero en guante de hierro- convirtió a Trinidad en una colonia infame, similar a las islas azucareras de las Indias Occidentales con sus plantaciones de esclavos.

Aquellos frívolos que sostienen que a la Argentina le hubiera convenido el triunfo de las Invasiones Inglesas y cambiar un amo por otro, deberían mirar de cerca los planes de Londres para convertir a Sudamérica en una nueva Asia, como ocurrió con Trinidad y Tobago, donde llevaron más de 150.000 hindúes de las atribuladas planicies del Ganges para reemplazar a los negros de las fincas, entre ellos a los abuelos de Naipaul.

Las copiosas fuentes documentales de este libro son otros libros -como las narraciones de Raleigh, o de Fray Antonio Caulin, o del historiador Fray Pedro Simón, o del periodista Mc Calllum-, el Archivo General de Indias de Sevilla, cartas y diarios personales, el Courant, periódico trinidense. Realidad y fantasías de la mente se amalgaman como en las mejores obras del género novelístico, aunque La pérdida de El Dorado también tiene sus momentos aburridos.

Francisco Miranda, el revolucionario, es otro de los personajes encantadores que evoca Naipaul. Un inglés amigo suyo fue quien quiso apoderarse de Buenos Aires en 1806, cuando en realidad debía haber capturado Ciudad del Cabo. Miranda fue traicionado por un petiso misterioso -admirador de Napoleón Bonaparte y con un matiz de sangre africana o indígena- que negoció con Gran Bretaña el reconocimiento de la Venezuela independiente. Se llamaba Simón Bolivar.

Aristotélico cabal, las personalidades, las voluntades en pugna, los defectos y las virtudes de cada individuo son más importantes para Naipaul que los movimientos sociales (el rugido de la ola debajo de los pies de cada hombre, como decía Bismark). No obstante, el peripatos, se nos obsequia una perspicaz descripción de los caracteres nacionales. En la entidad colectiva Reino Unido, el novelista encuentra ``esa característica tensión inglesa, que en apariencia era reticencia, y que involucraba jovialidad, ambición, buena reputación y alevosía...''

En el alma de España, la búsqueda de honores va pareja a la de riquezas, y se constata ``la consagración a librar una guerra santa, aferrados a un código caballeresco anacrónico...''. La exploración y conquista de América fue para los hijos de la Madre Patria ``la última aventura medieval''; para los franceses e ingleses, una empresa capitalista. En la página 76, se deja establecido que ``los españoles, ni aun en los casos de extrema necesidad, jamás sembraban, dependían de los nativos para su sustento''.

Es inevitable pensar que muchísimos argentinos han heredado esa tara mental; miles de hidalgos de pacotilla -incluso muy influyentes- desprecian el trabajo agrícola y abominan del comercio internacional. Así le va a la Patria.
Guillermo Belcore

Publicado hoy en el diario La Prensa.

Calificación: Bueno