domingo, 9 de mayo de 2021

Luna azul

 


Jack Reacher es el Quijote de nuestro tiempo, pero lúcido e implacable. Viaja en ómnibus de un punto a otro a Estados Unidos en busca de aventuras, "sin ningún lugar particular al que ir y con todo el tiempo del mundo para llegar allí". Va ligero de equipaje, sólo lleva la ropa puesta, la tarjeta de débito y un cepillo de dientes (¿qué clase de hombre prescinde del desodorante y de una muda de medias y calzoncillos?). El héroe solitario -1,95 metro de hueso y músculos, 115 kilogramos de masa bien entrenada- se las arregla para atrapar nuestra imaginación; quién no ha fantaseado, antes de la maldita pandemia, con la idea de vagar sin ataduras para conocer el mundo (Reacher cuenta con una ventaja decisiva: una pensión puntual del gobierno de Estados Unidos por haber trabajado durante once años como policía militar).

En el libro número veinticuatro de Lee Child (Conventry, 1954), Reacher llega a una ciudad calurosa de 500 mil habitantes (¿Raleigh?, ¿Cincinatti?) controlada por el crimen organizado. Evita que un ratero le robe un abultado sobre con dinero a un anciano que viajaba en el mismo ómnibus que él; Jack tiene un instinto de supervivencia extraordinario y fue entrenado para percibir las amenazas que nos circundan. 

Por ayudar a don Aaron Shevick y su esposa María, el hombretón termina envuelto en una guerra territorial entre la mafia ucraniana y el hampa albanesa, dos tribus sanguinarias con las que se topan, tarde o temprano, todos los ciudadanos que desean hacer negocios en esta urbe corrompida. Parece Ciudad Gótica antes de la llegada del comisionado Gordón y Batman.

Luna azul (Black & Ríos) es una novela intensísima, repleta de situaciones límite. Corren ríos de sangre. Una vez adentro, al lector le resultará imposible salir hasta la última página (he aquí la verdadera burbuja para aislarse del covid). Reacher debe sobrevivir en una jungla desconocida; lo buscan decenas de matones. Su misión inicial (probono) era conseguir las gruesas sumas de dinero que el hospital le exige a los Shevick para tratar a su hija con cáncer y defenderlos de los usureros (la salud privada de Estados Unidos es como la mafia: si no consigues la plata a tiempo, te ocurren cosas feas). Concluye -junto a un grupete de ex militares- cazando al señor Trulenko, un magnate de la informática que declaró la bancarrota y se hizo humo, el ex jefe de Meg Shevick. 

PUGILATO

El libro ofrece información fidedigna sobre asuntos tan interesantes como el tráfico de mujeres ucranianas para la prostitución en Estados Unidos. Otro agrado que debe mencionarse es la fría y minuciosa descripción de las muchas escenas de pugilato (..."el Ejército de Estados Unidos enseña el combate más sucio del mundo, aunque nunca lo va a admitir en público..."). Child detalla las fuerzas de la física que intervienen, por ejemplo, en un codazo que destroza una nariz o en una patada en la ingle. Veamos el choque de trenes de la página 242:

"...El tipo se lanzó desde lo alto de la escalera, impulsado por piernas potentes, hombros hacia arriba, cabeza hacia abajo, apuntando a cargar, apuntando a plantar un hombro en el pecho de Reacher, apuntando a desbalancearlo y volcarlo hacia atrás. Pero Reacher estaba por lo menos cincuenta por ciento listo, y se sacudió hacia adelante en dirección al tipo, lanzó un violento uppercut de derecha, salvo que no vertical, más a un ángulo de cuarenta y cinco grados, por lo que la cara del tipo cargando y agachándose lo recibió exactamente de lleno, y sus propios cien kilos avanzando se encontraron con los ciento quince de Reacher moviéndose en la dirección opuesta en una ruptura colosal de energía cinética, cara contra puño, suficiente para levantarle los talones y hacerlo caer sobre el trasero, salvo que el piso no estaba ahí, por lo que el tipo cayó escaleras abajo con un salto mortal hacia atrás, una convulsa rotación completa, amplia y alta, y después se estrelló contra la pared de atrás en una salpicadura de extremidades...".

No sólo se trata de fuerza bruta. El investigador, agente del cambio, vengador de los débiles, aplica el método deductivo. Deduce con una precisión asombrosa cómo piensan sus rivales y tiene una increíble buena suerte (el único déficit de invención del libro). Después de sus improbables victorias, se va tranquilo, cabalgando hacia el poniente, como lo exige la tradición del cowboy solitario que signa hasta el día de hoy la cultura popular estadounidense.

La filosofía de vida de Reacher, por otro lado, es la que preconiza la experimentación absoluta. Cada día debe traer una sorpresa; dilapidar el tiempo resulta imperdonable. Pero puede que el grandote desaliñado y mirada desquiciada esté cansado. Le propone que lo acompañe en su vagabundeo continental a una chica, menuda y algo andrógina, que conoció en un bar y se convirtió en su amante. Jack es rechazado; la saga debe continuar. Child y Reacher están en la plenitud de sus condiciones. Sería una pena que, tal como se rumorea, el primero se retire y el segundo quede en manos menos hábiles para narrarlo.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

PD: En este blog se recomiendan otras otra novela de la saga Reacher:

lunes, 26 de abril de 2021

Ultimo viaje


 Por Antonio Requeni

Vinciguerra. 83 páginas. Poesía.

La neumonía de Wuhan, maldición de dimensiones bíblicas, no sólo ha traído a la Humanidad muerte, confusión y miseria. También permitió que brotaran algunas flores en las antípodas de China. El enclaustramiento en Buenos Aires hizo que Antonio Requeni, a los noventa años, volviera a tomar la pluma, "después de un largo período de sequía creativa", según la propia confesión de uno de los poetas más finos de la Argentina. En efecto, entre agosto y octubre de 2020 redactó dieciseis poemas delicados que aquí venimos a recomendar.

El volumen que reúne las dieciséis gemas se titula Ultimo viaje. "Tratar de ser felices a pesar/ de los días nublados, las pandemias/ los políticos y sindicalistas/...", nos sugiere el vate en Felicidad. "...flotar con los violines de Vivaldi/ o en los mágicos versos de un poema./ Tratar de ser felices pese a todo/ para siempre o sólo un rato." Es justamente lo que transmite su última colección de versos (¿última?, ya volveremos sobre el asunto), un instante de felicidad.

"...Siempre nos salva la literatura", canta Requeni en Pandemia 2020: "Hoy es lunes, mañana será martes,/ vendrán luego los miércoles y jueves, /después los viernes, sábados, domingos;/ días iguales a los otros días, / pero con miedo y olor a muerte...", describe la cruel cuarentena. "...¿Quién podrá venir a liberarnos/ de ese lento y tedioso cautiverio?...", se pregunta un literato que además fue periodista y compuso algunas de los mejores textos que han publicado La Prensa y La Nación. Requeni propone los ejemplos de Cervantes en Argel y de Bocaccio urdiendo cuentos lejos de la peste. Nos salvan escribir y leer libros.

A unas pocas cuadras del lugar donde quiere que esparzan sus cenizas (Parque Rivadavia), Requeni asegura -café de por medio- que no tiene ánimos para seguir escribiendo. El cuerpo está fatigado. Ha recibido un premio en España pero no piensa ir a buscarlo cuando termine la pesadilla. Le duele el alma por los que partieron a la Casa del Señor. "...Conmigo ahora el eco de sus nombres. /Fueron poetas, fueron mis amigos" (Amigos). Otras líneas (Cuando un hermano se va) lloran la "cera de tus párpados dormidos" del querido Julio.

Pero quién sabe. La cabeza privilegiada de Requeni está intacta. Caminamos por la Avenida Rivadavia y tras doblar en la calle República de Indonesia surge a mitad de cuadra un imponente edificio que es copia de un palacio florentino. El poeta cuenta su historia y la de los empedrados de madera que ennoblecían estos lindes de Caballito. Sugiere al autor de esta nota un libro: Buenos Aires, museo al aire libre de León Tenembaum, otra gloria de La Prensa. Si el neopobrismo vuelve a encerrarnos un año más, quizás la indignación del poeta estalle en otros versos afortunados.

Escribimos al principio que Requeni había vuelto a tomar la pluma. En Computadora deja en claro que prefiere las antiguas herramientas de redacción, como la Lexicon 80: "Adios pianito de escribir, amigo/ de tantas horas, dócil a mis dedos,/ obediente, capaz de escribir frases / burocráticas, simples o pedestres / ("Le hago saber que el 5 del corriente...")/ o unos versos perfectos e inmortales ("Con el número dos nace la pena"/".

La inspiración lo asalta a cualquier hora. Así lo revela en Insomnio, quizás el mejor de todos los poemas, decisión difícil pues hay muchos excelentes: "La cabeza en la almohada, como un pájaro muerto/ en el oscuro centro de la noche. De pronto/ todavía imprecisa, una palabra irrumpe/ se desprende del sueño, hace señas, insiste, /se desliza en los labios del duermiente poeta/".

Dos escritores reciben un justo homenaje en este librito sublime: Juan Filloy y Julio Verne. Del cordobés (cien años de vida y pico), Requeni recoge consejos existenciales: "Comer la mitad, masticar el doble,/ caminar el triple y reírse más/". Y los desestima no sin dolor: "¿Y de qué reírme cuando el mundo llora?/ ¿Y de qué reirme si todo va mal?". Del inventor del Nautilus, explica: "Me descubrió el placer de la lectura...". Concluye acongojado el poema: "Hoy siento que me invade la nostalgia/ el recuerdo feliz de aquellos días/ de viajero curioso por museos,/ ruinas, mercados, plazas, catedrales./ Ahora, inmóvil en mi cuarto espero/ la aventura del último viaje". 

Ultimo viaje fue entregado a la imprenta setenta años después de que Requeni publicara su primer libro. Lo cierra un romance tristón (Después) que conversa con la nada. "Como antes de haber nacido".

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

domingo, 18 de abril de 2021

Escribano, 60 años de periodismo y poder en La Nación

 


Entre mil estropicios, la irrupción de Internet en la vida social y económica ha demolido una institución venerable: la figura señera del Secretario General de Redacción. Esos colosos -cultos por vocación y tiranos por necesidad- ocupaban un lugar central en la Galaxia Gutemberg. Nadie importante rehusaba besarles la mano. Eran un peñasco en medio de pobladas redacciones, que encarnaban, mejor que nadie, el estilo y el espíritu de un gran diario. Entre ellos, uno de los mejores -sino el mejor- es el señor José Claudio Escribano (83 años). Un libro ha venido a rendir homenaje y discutir las acciones más controvertidas del factotum de La Nación durante buena parte de nuestro tiempo.

Los autores de Escribano. 60 años de periodismo y poder en La Nación (Planeta, 471 páginas) son dos ex colaboradores del majestuoso periodista. Hugo Caligaris y Encarnación Ezcurra han hecho los deberes con el viejo maestro. Mantuvieron con él 45 largas entrevistas; consultaron a familiares, colegas y competidores; y exploraron sus archivos personales, unas 40 carpetas.

El tono general del texto bascula entre la hagiografía pudorosa y la pregunta incómoda. Caligaris & Escurra no renunciaron a la pincelada de sensiblería, ese procedimiento tan desagradable en cualquier escrito. Y le infligen al lector dos o tres errores en relación a fechas (páginas 98 y 369), demostrando que los correctores son otra categoría laboral en franco retroceso. Pero son detalles. La obra tiene interés periodístico y valor histórico.

RECUERDOS DE PODEROSOS

Nacido en la clase media pero hombre del establishment al  fin (con casa en Punta del Este y propiedad rural como marca la tradición), Escribano va desgranando recuerdos de otros poderosos. De Frondizi le  impresionaba su frialdad; de Illia, su astucia zorruna. A Juan Domingo Perón le mandó a preguntar por qué había confiscado La Prensa y no La Nación: "Intervine La Prensa porque siempre fue un diario de la plutocracia internacional"
le respondió el "tirano prófugo" a través de Juan Daniel Paladino.

El entrevistado afirma ser un boina blanca, aunque preferiría una Unión Cívica Radical mucho más a la derecha de donde siempre ha estado ubicada (el novelista favorito de Escribano se llama Ernest Jünger, lo que demuestra dos cosas: es un buen lector y tiene talante conservador). Alfonsín le pidió que exculpe a Carlos Menem del escándalo de ventas de armas a Croacia; De la Rúa dependía de los  ansiolíticos, el whisky y los sedantes, revela. Mauricio Macri no le simpatiza; mientras que Marcos Peña es retratado como un petulante que, bajo el influjo duranbarbista, desprecia el periodismo tradicional.

El capítulo 3 está dedicado a la famosa entrevista privada que Escribano mantuvo en 2003 con Néstor Kirchner y Alberto Fernández. Fruto envenenado de la misma fue un artículo de opinión que generó, acaso, la mayor cantidad de repudios en la historia del diario fundado por Bartolomé Mitre. Es especial, porque pronosticaba que el nuevo gobierno peronista no iba durar más que un año. "No hay nada peor que escribir visceralmente", reconoce un caballero que dejó de comprarse mocasines en Guido porque los usaba el ex presidente santacruceño. 

A pesar de esto, Escribano ha mantenido una excelente relación con Julio De Vido y Aníbal Fernández (nos enteramos que el político de Quilmes es en la intimidad mucho más educado y amable). 

Al actual presidente de la Nación lo desprecia al punto de tacharlo de "pastelero'' o "muchachito de los mandados'' de los Kirchner. La venganza florentina de  Alberto Fernández ocurrió el año pasado y le pegó al periodista donde más le duele. Estupendo final del libro.

LINEA POR LINEA

Evoca Escribano con nostalgia la competencia línea por línea con La Prensa durante la edad de oro de los diarios de papel. Y reconoce que Máximo Gainza tenía razón al criticar con vehemencia la alianza promiscua entre Clarín, La Nación y el gobierno militar en Papel Prensa, ejemplo cabal de capitalismo oligopólico para debilitar la competencia y de venta del alma al diablo de un pilar republicano (la prensa libre) que debería mantenerse lo más lejos posible del Estado para cumplir con su razón de ser. Hoy la empresa fabricante de papel pierde mucho dinero y se ha convertido en una carga que La Nación no puede soportar, se lamenta el Gran Mariscal.

Tampoco le hace gracia el hecho insólito de que su diario se imprima hoy en los talleres de Clarín. En efecto, La Nación es el primer gran diario de la región que se ha desprendido de su planta gráfica y no se trataba de un simple rotativa sino de una instalación modelo. Levantar ese Behemot acerado a fines de los noventa dejó a la empresa con una deuda de 150 millones de dólares, que explotó en el default del 28 de diciembre de 2001. El propio Escribano debió pedir auxilio en Nueva York aWilliam Rhodes, banquero con ínfulas de filántropo, para que el Citibank no ejecutara la deuda.

Internet puso todo patas para arriba y aquella magnífica inversión en maquinarias de última generación concluyó en el fracaso de liquidar la planta gráfica y en la debilidad de que tu principal competidor de hoy en día conozcoa tu tapa y tus contenidos muchas horas antes de llegar a los kioscos. Insólito, ¿no?

Escribano abandonó la Secretaría General de redacción a los 69 años. Fue ascendido a Subdirector. Dice que desde 2006 no pisa la redacción de La Nación pero es obvio que nunca perdio su influencia. No le agradan algunas innovaciones que vinieron con la toma de control por parte de otra rama de la familia Mitre, los Saguier. El libro desmenuza, con espíritu crítico, la subordinación absoluta al marketing, la moda de los consultores y de los coaching (hay algunas prácticas francamente siniestras), el ingreso en tropel de los Opus Dei, la pérdida de prestigio del Suplemento Cultural, el rediseño "mamarrachesco'' de la revista dominical y la irrupción de redactores llanos cuyas creencias se encuentran en las antípodas de los valores y las ideas que el diario siempre ha defendido. Hasta el punto de que la redacción se retobó hace poco por un editorial impecable sobre la tergiversación izquierdista de la lucha contra la guerrilla en los setenta. "Si eso me hubiera pasado a mí, cuando era secretario general, habría renunciado'', asevera un viejo lobo de mar que ve espantado la falta de espíritu de cuerpo en su querida nave.

Ezcurra & Caligaris hablan al pasar de "ocaso'' y "decadencia irreversible'' de los medios de papel. Escribano apunta que el 70 por ciento de los periódicos en la Argentina se hacen con menos de veinte personas; son minipymes que sobreviven contra todos los vientos en contra. Con lucidez, entiende que una sociedad que renuncie a los diarios, lo que perderá será ``un mundo organizado por profesionales''.

El autor de este artículo cree que los diarios sobrevivirán quizás mediante algún artilugio tecnológico como los micropagos (se paga un valor ínfimo por nota leída). La lectura en papel de esa "primera versión de la Historia'' será -como siempre ha ocurrido con los libros- para los happy few. Más allá del soporte técnico, necesitarán los medios del siglo XXI de titanes como Escribano (una marca en sí mismos) que combinen erudición, enorme contracción al trabajo e identificación a pie juntillas con la línea editorial.

En todo caso, no es el diario tradicional el que entró en crisis sino la Modernidad entera. Todas sus instituticiones paradigmáticas se están licuado ante nuestros ojos azorados, como explica Zygmund Bauman en sus libros. La posmodernidad mediática es efímera, irresponsable, amateur, vocinglera y comunica, visceralmente, desde una trinchera. Definitivamente, no es mejor.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

jueves, 1 de abril de 2021

El factor humano


 “Esta es la más inglesa de las convicciones: Toda emoción abiertamente expresada tiene que ser falsa“.
Graham Greene



Resulta difícil de comprender por qué una persona de la inteligencia y sensibilidad de Graham Greene (1904-1991) fue tan indulgente con el comunismo. ¿Era uno de esos esnobs que, contra todas las evidencias, cree que las democracias liberales son iguales a los despotismos marxistoides? ¿Fue un doble agente? ¿Fue un espía fiel a la Corona que hasta último momento quiso despertar la confianza de sus enemigos ideológicos? ¿Sus creencias católicas lo indujeron a respetar y anhelar esa otra Iglesia sin Dios pero con su propio catecismo, sacerdotes y obispos? Lo que está fuera de toda duda es que Greene fue un novelista de primera categoría.

Las preguntas y la aseveración que cierra el primer párrafo se suscitan tras la lectura, gozosa, de El factor humano (Emecé, 302 páginas, edición 1982). Es el fruto de un talento maduro (Graham cumplía 74 años cuando la terminó). Estoy tentado de afirmar que es la mejor de sus novelas, pero no puedo hacerlo porque no he agotado aún -¡ay!- toda la producción greeneana y además temo que la memoria, esa infiel, me juegue una mala pasada. No obstante ello, creo que es una novela perfecta.

 La erótica de la obra deviene de su profundidad psicológico, los juegos de ideas, el manejo de la escena, la elegancia de la prosa y el encanto de la historia. El tallado de los personajes es magistral. Dos villanos atrapan nuestra imaginación: Cornellius Müller, untuoso agente del BOSS (Bureau for State Security de Sudáfrica) y el doctor Emmanuel Percival, sicario amateur del MI6 (la agencia de espionaje externo de Gran Bretaña).

El libro nos lleva a una insignificante oficina del MI6, el Departamento para Africa Occidental y del Sur. La figura central es el analista Maurice Castle, la quintaesencia del burócrata encadenado a su escritorio. Ya está en edad de jubilarse. Vive con su joven esposa bantú y el hijo de ella en un típico suburbio de Londres. Se enamoró de Sarah en Sudáfrica, violando las leyes raciales de entonces. Como la mayoría de los grandes personajes de Greene, es un hombre maduro, atormentado, con la lealtad dividida. Su pueblo, su Patria, son Sarah y el pequeño Sam, un tópico de la literatura británica moderna.

Las autoridades descubren una filtración en la oficina de Castle; alguien está pasando secretos a los rusos. El coronel Daintry, un hombre íntegro, debe encontrar al traidor (¡ah, el extraño apetito por la legalidad del inglés, Borges decía!). ¿Pero qué hacer con el infiel?
Entre trago y trago con otro carcamán del MI6, el doctor Percival, latoso aficionado a la pesca, propone liquidarlo con maní mohoso (aflatoxina). He aquí, pues, otra espléndida trama de espionaje.

El factor humano es también una novela de propósito. Greene, ese moralista, quería denunciar la infamia del apartheid y mostrarle al mundo la podredumbre de los servicios secretos de su país. En el proceso, absuelve a la Unión Soviética de sus peores crímenes (Stalin, Budapest, Praga), pecados “accidentales” que en todo caso “están en el pasado“. Pero no oculta la miseria de la vida moscovita y los turbios manejos del espionaje soviético.

Quién lee con un lápiz en la mano, quedará saciado. En el último capítulo, hallarán dos sentencias memorables que copio para delectación de los amigos:
 

* "La felicidad es siempre una cuestión de personas, no de lugares"...
 

* "Siempre quedará el whisky, el remedio contra la desesperación"...


 

Este blog, discrepa con el maestro británico. Prefiere el vino tinto al whisky para aliviar la desesperación.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente  


domingo, 28 de marzo de 2021

Civilizaciones

 


Se ha afianzado en la Europa continental cierta corriente literaria que bien podría definirse como estilo pueril. No significa que sea un demérito per se una prosa tan simple y plana que hasta un niño podría entenderla, pero el lector adulto que goza con las densidades temáticas y estilísticas es probable que sienta que está dilapidando su tiempo (¡oh, funesto pecado!) con las obras de Michael Tournier o Milena Angus, por citar dos casos.

En esta categoría descafeínada debe incluirse la tercera obra de ficción del profesor Laurent Binet (París 1972), novela de aventuras y delicada intriga que la crítica y público de su país ha consagrado. Civilizaciones (Seix Barral, 442 páginas) recibió el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, lo que delata el estado general de las bellas letras en "la más literaria de las naciones" (Borges dixit).

La trama no carece de encanto ni inteligencia. Binet imagina que allá por el año 1.000 una guerrera vikinga (no es este un libro que carezca de perspectiva de género) conduce a las civilizaciones precolombinas a la Edad de Hierro y les otorga los otros dos elementos que -según los historiadores- les hubiese permitido resistir la conquista europea: el caballo y los anticuerpos. El efecto cascada de ese mestizaje hace que Colón y los suyos sean aplastados por los indios taínos; la corona española renuncia, como consecuencia, a los viajes trasatlánticos.

En 1531 de nuestra era, el emperador Atahualpa, con ayuda de los cubanos y huyendo de su hermano Huáscar, llega a Lisboa con casi 200 súbditos quiteños, guacamayos y un puma. Con un coup de main en Salamanca captura a su colega Carlos V. Con matanzas, guerras, asesinatos selectivos, pactos con potencias extranjeras, alianzas matrimoniales y alivio de los oprimidos logra apoderarse del "imperio donde nunca se ponía el sol", y lo convierte en el Quinto Cuarto.

El Hijo de Sol, inspirado por Maquiavelo, se convierte en rey de España, príncipe de los belgas y de los Países Bajos, rey de Túnez y Argelia, Rey de Nápoles y de Sicilia, emperador del Sacro Imperio Germano (le ciñen la corona de Carlomagno). Francia es su principal aliado. Los Habsburgo se atrincheran en el trono de Viena. Enrique VII se convierte a la religión incaica atraído por la poligamia. Sevilla es el centro del mundo. Desde el Viejo Mundo llegan colonizadores (collas, chimúes, chachapoyas, etc.) y un río interminable de oro y plata; a cambio el Tahuantinsuyo recibe vino, trigo y obras de arte. Ingenioso, ¿no?

NOVELA DE PROPOSITO

Como dijimos, Civilizaciones entretiene como novela de aventuras, pero merece también un análisis como libro de propósito. La ucronía incaica es el vehículo ideal para que Laurent Binet, apostol del izquierdista radical Jean Luc-Melenchon, exprese su ideario progre, al precio de incurrir una y otra vez en anacronismos.

En primer lugar, al autor le interesa persuadirnos del caracter criminal y reaccionario de la civilización cristiana; los representantes del ""dios clavado"" son, en efecto, las villanos de la película, desde el Papa y los inquisidores hasta un Lutero con rasgos de orate. El imperio ecuménico de Atahualpa, en cambio, respeta la libertad de culto, siempre y cuando se honre al Sol, dos veces al año.

También hay un mensaje social y político. El Quinto Cuarto establece el Welfare State, la reforma agraria y el ecologismo con trescientos años de adelanto. Se trata de una civilización benigna que cuida de los débiles y exige a los súbditos, en lugar de impuestos agobiantes, dos o tres meses de trabajo para que el Estado pueda hacer obras públicas y surtir sus almacenes comunales. El monarca sería una suerte de tolerante y sabio líder populista, protector de los pobres. En cambio, la República del naciente capitalismo se define, al pasar, como ""esa forma de gobierno en la que un grupo de nobles se reparte el poder y elige a sus soberanos"".

Binet no ahorra ninguno de los clichés de Francia: los ingleses son pérfidos, los españoles fanáticos y atrasados, los alemanes crueles y desmedidos, los italianos volubles e intrigantes.

CULTO AL PASTICHE

El procedimiento esencial de la novela es el pastiche, el recurso de los holgazanes. No hay aquí un estilo en juego, excepto por el tono irónico muy de vez en cuando. Binet amontona sagas vikingas, el diario fragmentado de Cristóbal Colón, las crónicas de Atahualpa, cartas entre Thomas Moro y Erasmo de Rotterdam, poemas de la Incada (muy malos), el relato de las aventuras de Cervantes (muy divertido).

Usted encontrará en el libro pura narratividad, un suspenso tenue, habilidad para resolver situaciones encastrando los ladrillos del siglo XVI a partir de un hecho que nunca ha sucedido pero con personajes reales como Miguel Angel o Copérnico. Eso está muy bien. No obstante, las buenas descripciones, la poética y la filosofía, y la profundidad psicológica brillan por su ausencia.

En manos más virtuosas para la forma, la original y ambiciosa propuesta de la conquista incaica de Europa (a pesar de sus portentos inverosímiles) hubiera plasmado una de esas novelas oceánicas que mantienen viva la llama de la Alta Literatura. He aquí un libro ideal para adolescentes que gusten de la Historia.

Guillermo Belcore

 Calificación: Regular

domingo, 21 de marzo de 2021

El día del Chacal

 


Los libros son como las personas; algunos envejecen muy bien.
Es el caso de El día del Chacal (Emecé editores, 400 páginas). La opera prima de Frederick Forsyth -y acaso su mejor creación- cumple cincuenta años en 2021 y aún hoy es una cautivante novela policial, que induce a meditar sobre esa magnífica entidad platónica conocida como Francia.

La trama, en efecto, nos lleva a "una de las guerra más sádicas y crueles de la historia moderna" que se libró durante los primeros años de la década del sesenta a partir de la convicción de un grupo de militares extremistas de que el Presidente Charles De Gaulle había mancillado la patria y había prostituido su honor por negociar la retirada de Argelia. Ambos bandos cometieron atrocidades y la novela que lanzó a la fama a Forsyth las documenta.

Viajamos a 1962. Un putsch militar (1) y dos intentos de magnicidio han fracasado. La Organisation del'Armée Secrete (OAS) ha sido infiltrada, diezmada, aislada de sus mecenas. El coronel Marc Rodin, enjuto y fanático, asume el mando de las operaciones encaminadas a asesinar al Judas del Palacio del Elíseo; de inmediato llega a una conclusión: deberá contratar para la faena a un pistolero extranjero, un experto que no figure en los colosales archivos de la seguridad francesa (el punto débil de los Estados cuasi omnipotentes es que son vastas burocracias y lo que no está en sus archivos no existe).

El Carnicero de la Casbah elige a un inglés que, entre otros trabajos, ha liquidado a dos ingenieros alemanes que desarrollaban misiles para el rais de Egipto, por encargo de un magnate sionista de Nueva York. Se sospecha que también mató a Rafael Trujillo. 

La reunión de negocios se celebra en Viena. El profesional llegado de Londres es contratado por 500.000 dólares de entonces, una fortuna que le permitirá retirarse definitivamente del sicariato. La OAS conseguirá el dinero con robos a bancos y joyerías, lo que enciende todas las alarmas en París. El inglés elige como nombre en clave El Chacal, parece ser el hombre ideal, con "un plan que posee en su estructura un solo factor, único, lo bastante insólito para atravesar el muro de seguridad levantado en anillos concéntricos en torno a la persona del Presidente". En la primavera boreal de 1963, Charles De Gaulle era el mandatario mejor protegido del mundo occidental, infinitamente mejor que JFK, por ejemplo. 

A partir de aquí, el lector curioso no podrá dejar el libro. Magnetiza los dedos. Asistimos a los minuciosos trabajos del Chacal -nada dejará librado al azar- para preparar el atentado. (No hay en el mundo un solo hombre a salvo de la bala de un asesino, aseguró a sus mandantes).
 

En Londres roba dos pasaportes y encarga otro a las autoridades (una de las cosas más fáciles del mundo en 1963 -nos dice el novelista- es adquirir un pasaporte británico falso). En Lieja, se hace fabricar un extraño fusil de francotirador y en la capital de Bélgica consigue otros tres documentos apócrifos para ingresar al Hexágono.

"Bruselas tiene una larga tradición como centro de la industria de falsificación de documentos de identidad y muchos extranjeros aprecian vivamente la falta de formalidades con que se puede lograr ayuda en este campo de acción", nos explican en la página ochenta y siete (Obsérvese, por cierto, la elegancia de la prosa de Forsyth).

Sin embargo, el secreto es perforado. El Estado francés descubre la conjura en marcha. La segunda parte del libro ("Anatomía de una cacería") y la tercera ("Anatomía de un asesinato") narran una formidable lucha entre dos voluntades de acero. La administración De Gaulle ha decidido que el desafío de dar un rostro, un nombre y un número de pasaporte al asesino solitario es una labor puramente detectivesca. Por ello, otorga facultades temporales de dictador al mejor investigador policial de Francia: Claude Lebel. 

SABROSA CLARIDAD

La prosa temprana de Forsyth se destacaba no sólo por la delicada ironía y la fineza de algunas expresiones, también relumbra por su estilo periodístico, es decir combina claridad en el decir con toneladas de información. El escritor se había fogueado en Reuters y BBC antes de componer The Day of the Jackal. Ya había sido reclutado por los servicios de inteligencia británicos. Sí, Forsyth pertenece al mismo club afortunado (los escritores-espías) que honraron Graham Greene y John Le Carré, entre otros.

La atención al detalle y la precisión del dato son dos cualidades que merecen elogios. Forsyth corre los cortinados y nos permite atisbar escenarios fascinantes. Desde el espléndido despacho de De Gaulle hasta un tugurio de levante homosexual en París son retratados con esmero. Del primero nos dice: 

"Nada había en la habitación que no fuese sencillo, nada que no fuese digno, nada que no fuese del mejor gusto, y sobre todo nada que no constituyera un ejemplo de la grandeza de Francia".

NOSTALGIA

Un suave tono de nostalgia recorre las páginas. Los hechos ocurrieron en los Treinta Gloriosos, aquella época donde a nadie faltaba un trabajo digno y no estábamos todos colgados de las baratijas tecnológicas. En la meticulosa preparación del asesinato de De Gaulle, el Chacal pasó tardes enteras en bibliotecas leyendo la Encyclopaedia Britannica y colecciones de diarios franceses. También compró varios libros sobre el General. Era 1963, no existía Internet. Era un tiempo tecnológicamente más amable que el nuestro; uno -que está poniéndose viejo- se siente tentado de afirmar.

El filósofo Jean-Franois Revel sostenía que la Francia de posguerra "fue una URSS exitosa". El poder del Estado policial -comprobamos en la novela- era aplastante. Los burócratas se reían del respeto de los policías ingleses a las libertades individuales. Aun antes de la llegada de las computadoras, todos los ciudadanos y legiones de extranjeros tenían un legajo en los sótanos de las fuerzas de seguridad.

Uno no puede dejar de meditar, no obstante, sobre qué hubiera pasado en Francia, en Europa, en el mundo si los militares extremistas lograban asesinar a De Gaulle a principios de los años sesenta. ¿La admirable Nación gala se hubiera despeñado a una guerra civil? ¿Kennedy se hubiera salvado por vía indirecta?

"Los gaullistas habían tenido que luchar para sobrevivir a la enemistad americana, la indiferencia británica, la ambición giraudista y la ferocidad comunista", escribió Fortsyth en la página ciento ochenta. ¡Necesitamos una centroderecha así en la Argentina...!

(1) De Gaulle abortó el putch en abril de 1961, según Fortsyth, con un discurso radial extraordinario, dirigido a los militares: "Os encontráis ante un conflicto de lealtades. Yo soy Francia, el instrumento de su destino. Seguidme. Obedecedme".

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

lunes, 15 de febrero de 2021

El momento Eichmann

El momento Eichmann

Por S. Lineperg y A. Wieviorka
El Ateneo. 364 páginas, edición 2021.


En el El testigo, escribió Borges: 

"Hechos que pueblan el espacio y que tocan a su fin cuando alguien se muere pueden maravillarnos, pero una cosa o un número infinito de cosas, muere en cada agonía, salvo que exista una memoria del universo (...) ¿Qué morirá conmigo cuando yo muera? ¿Qué forma patética o deleznable perderá el mundo".



A comienzos de la década del sesenta, los estadistas de Israel decidieron que la memoria atormentada de decenas de sobrevivientes de las atrocidades nazis no debía morir con ellos. Los testigos vivos fueron el ariete principal de la acusación contra el genocida de escritorio por excelencia: Adolf Eichmann, -maldito sea su nombre- capturado en la Argentina, país que amaba tanto como Alemania y Austria, según confesó a viva voz en el momento de escuchar la confirmación de su sentencia a muerte.

La cita borgeana y la reflexión subsiguiente provienen de un texto de la profesora Shoshana Feldman, incluido en El Momento Eichmann, que el sello El Ateneo acaba de publicar en la Argentina. El libro atesora intervenciones de un coloquio celebrado en Francia, con motivo del quincuagésimo aniversario del proceso al homicida nazi.

Las historiadoras Sylvie Lindeperg y Annete Wieviorka destacan que las trece contribuciones que han compilado en el volumen se enfocan en un aspecto casi no estudiado sobre el juicio a Eichmann: su impacto mediático, desde los corresponsales extranjeros, la radio y la televisión, hasta el famoso libro de Hannah Arendt y las joyas del cine y el documentalismo. Extrañamente, el desarrollo del juicio despertó más interés y pasiones en el público y los medios que su resultado.

En el primer capítulo, la catedrática Isabelle Delpla establece que "el enjuiciamiento al ingeniero de la muerte marcó el apogeo de la crónica judicial en tanto género literario y filosófico". Ningún acontecimiento, en efecto, atrajo nunca más la misma concentración de grandes plumas. Queda claro en las citas que reproduce el texto de Delpla. Poderosas mentes del periodismo tratando de descifrar el ser en sí del Obersturmbannfüher (teniente coronel de las SS, su máximo cargo).

"Ni un Nerón, ni un Nabucodonosor, ni un superhombre: Eichmann se revela como un monigote colosal. Este nuevo tipo de asesino se caracteriza por su mediocridad, su normalidad y sus virtudes sociales. Hombres muy comunes, burgueses normales, metódicos, con todas las virtudes comúnmente elogiadas en nuestra sociedad: devoción al trabajo, regularidad, puntualidad, obediencia"", escribían hace sesenta años los diarios franceses. ¡Ah!, el periodismo como magnífico borrador de la historia.

Otro texto muy revelador es "El proceso de Jerusalén y la representación de la Shoá en la URSS" de la estudiosa Vanessa Voisin. Confirma la bajeza moral del comunismo realmente existente; para Moscú el salón de justicia en Jerusalén y el global media event fueron "un problema de propaganda desde el primer momento". Sólo los países tras la Cortina de Hierro se negaron a colaborar con Israel.

Así el Pravda denunciaba el proceso como una farsa burguesa y un trapicheo político. Era "el árbol que no permitía ver el bosque" (!!!), es decir, el rearme alemán. Llegaron a comparar a las bestias nazis con los nacionalistas ucranianos de entonces. Es decir, -como ocurre en algunos populismos latinoamericanos, caso el cristinismo- el Kremlin subordinó la verdad histórica y la ética a las necesidades políticas del momento.

El lector encontrará en este valioso volumen un análisis de las grabaciones de las audiencias del talentoso Leo Hurwirtz, y de la repercusión de las mismas en la televisión de Alemania Occidental y en la de Estados Unidos; y hasta una aproximación crítica al famoso libro de Hannah Arendt, entre otros aportes significativos.

Cerramos con una frase del documentalista Erwin Leiser, de gran vigencia en esta era de pandemia e infectaduras, como la de China o la de Formosa:

 "Siempre hay que defender los derechos humanos contra el totalitarismo".


Otra conclusión que puede extraerse del libro es que, en la era de la democracia de masas, todas las aberraciones se perpetran en nombre del pueblo.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno 

jueves, 4 de febrero de 2021

Una maestro de Alemania. Martin Heidegger y su tiempo


Martin Heidegger
(1889-1976) es considerado por muchos como el filósofo más influyente del siglo XX. También se ha dicho que nunca nadie entendió del todo su filosofía del ser-ahí. El hijo del tonelero y sacristán de Messkirch “quiso ser un maestro del principio“ (soñó repetir el comienzo griego de la filosofía); con su monstruosa pesadez, su sutil arquitectura, sus ingeniosos aforismos y su elevada creación terminológica, "cultivó la pasión de preguntar no de responder", explica Rüdiger Safranski (1945, Rottweil, Wüttemberg) autor de la biografía que hoy venimos a recomendar.

La persona medianamente informada ha escuchado, al menos, que Heidegger fue un palafrenero del régimen nazi. Su vida plantea, en efecto, un problema capital de todos los tiempos, el problema de que el espíritu -incluso el más eminente- puede ser seducido por la Voluntad de Poder, incluso la más inescrupulosa. Lo vemos hoy en la Argentina.

¿Dijimos Argentina? José Pablo Feinmann, en una de sus peores novelas (pinche aquí), sentenció que Heidegger era peronista. El de la década del treinta, seguramente, el que veía al “pueblo como depositario de lo verdadero” y estaba sediento de experiencias de masas, por lo que confundió el advenimiento de Hitler con una revolución metafísica (cuatro años duró el equívoco).

Ese rebajamiento del pensador alemán contrasta con la calidad intelectual que encontramos en Un maestro de Alemania. Martín Heidegger y su tiempo (Tusquets, 543 páginas, edición argentina 2010), la mejor biografía que se ha escrito sobre el autor de Ser y tiempo, al decir del estudioso Luis Diego Fernández. Este blog confirma que se trata de una obra extraordinaria, colosal, indispensable para todo aquel al que le interese la Alta Filosofía.

Uno sólo podría cuestionar cierto desequilibrio en el volumen. El texto es minucioso hasta la Segunda Guerra Mundial y a partir de allí, avanza con botas de siete leguas. Es un vicio bastante común en los biógrafos, es como si fueran perdiendo fuelle.

Pero se trata de un detalle menor. Otra virtud destacable del libro es que despierta el apetito. Al confrontar el pensamiento de Heidegger con sus contemporáneos (y con sus predecesores como Nietzsche), el opus magnus de Safranski rescata escritos valiosos que uno se siente obligado a conseguir. Es el caso de Historia del materialismo del neokantiano F.M. Lange. Y de Religiones sustitutivas de un tal Carl Bry que analiza la monomanía política -tan habitual hoy en día- que se convierte en un “culto enmascarado“ que pasa a ser “el único principio de la interpretación del sentido y de la salvación“. Fascinante, ¿no?

Heidegger fue amado, física y espiritualmente por Hanna Arendt; fue despreciado por los gerifaltes nazis que lo consideraban un hombrecillo estrafalario, un místico y un infiltrado jesuita; y fue fuente de inspiración para casi toda la filosofía existencialista de posguerra desde una premisa fúlgida: “El todo es lo falso“. Escribió: “En una vida humana son necesarios varios nacimientos y puede suceder que nunca lleguemos enteramente al mundo”. El ente no es el ser. Pensad para que el ser sea (la escuela de Heidegger está seca -se lamenta Safranski- y no nos ha dejado una imagen del mundo o una doctrina moral).

Los buenos libros, tengo para mí, son los parteros que nos traen al mundo. Como éste, que nos permite entender a un pensador esencial “tanto en lo bueno como en lo malo y más allá del bien y del mal”. El placer de comprender al erudito suabo que quiso enseñarnos a mirar el mundo -no sólo la filosofía- como si se tratara de la primera vez.

 

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: El lector encontrará también una cautivante Teoría del Arte que Heidegger meditó siguiendo los pasos de Hölderlin. Es un tema magnífico para una próxima entrada en este blog.


domingo, 24 de enero de 2021

Tres guineas

 


Tres años antes de suicidarse, Virginia Woolf (1882-1941) escribió un pequeño ensayo que hoy bien puede considerarse como otro mojón de la literatura feminista. El sello Ediciones Godot ha creído oportuno traerlo a la Argentina en el año de la peste. Tres guineas (212 páginas) es rico en ideas, copioso en notas, profundo en la mayoría de sus planteos pero cae en el tedio con harta frecuencia, más que nada por culpa de un estilo epistolar que abusa de la redundancia.

El propósito del libro es responder la carta de un eminente abogado que la señora Woolf había recibido tres años antes con una pregunta apremiante: ¿Cómo podemos evitar la guerra?

Desde esa base, la escritora aprovecha para cañonear las infames murallas que por entonces vedaban el acceso de la mujer a la educación superior, a las profesiones liberales, al servicio público, al salario justo y hasta al ejercicio de las artes, con la excepción -reconoce- de las bellas letras. Virginia habla en nombre de "las hijas y hermanas de los hombres instruidos". La razón está de su lado, pero algunas conclusiones son irrelevantes.

UN TORBELLINO

La obra es un torbellino de indignación. Denuncia a Cambridge y Oxford como enemigos de la libertad intelectual, la que puede definirse "como el derecho a decir o escribir lo que uno piensa con sus propias palabras y a su manera".

En la página 48 ofrece como alternativa a las decrépitas instituciones una utopía educativa, la universidad pobre:

"¿Qué debería enseñar la universidad nueva? Ningún arte que sirva para subyugar al otro: los artes de gobernar, matar, acumular tierra y capital. Estas artes requieren muchos gastos excesivos, requieren salarios, uniformes y ceremonias. Las universidad pobre debe enseñar solamente las artes que puedan enseñarse con poco y puedan ejercer los pobres, como la medicina, las matemáticas, la música, la pintura y la literatura. (...) Debería indagar los modos posibles de cooperación entre cuerpo y mente, descubrir combinaciones nuevas que compongan totalidades beneficiosas para la vida humana. Los profesores seleccionados deben contarse entre los que saben vivir, no solamente los que saben pensar".

Si la primera guinea es para rehacer la educación hasta los cimientos, la segunda se dedica al mundo del trabajo. El hecho de que a partir del siglo XX las mujeres pueden ganarse su propio dinero con su esfuerzo laboral es para V.W. un avance histórico trascendental, más importante que, digamos, la Revolución Bolchevique. ¿Cómo podemos ingresar en las profesiones y seguir siendo seres humanos?, se pregunta la bienintencionada escritora.

Es que lo largo de las páginas no se limita a denunciar la injusticia e idiotez de la discriminación de género sino que elabora una crítica afiladísima y total a la civilización moderna. ¿Adonde no está llevando la procesión de hombres instruidos?, le enrostra a su interlocutor imaginario. Así, concluye que la guerra es el resultado natural de "la incurable vileza masculina". Es nuestro instinto.

Qué nobleza tiene convocar a luchar contra las dictaduras extranjeras cuando el dictador está dentro de casa, dispara. Es el marido, el empresario, el clérigo, el rector de la universidad, el director del hospital. Las feministas "luchan contra la tiranía del estado patriarcal al igual que lucha usted contra la tiranía del Estado fascista". Llega a decir la señora Woolf que "como mujer no tengo país". Las personas de su sexo y su clase "tienen muy poco que agradecerle a la Inglaterra del pasado y no mucho que agradecerle a Inglaterra del presente".

Típico del intelectual progre de buen vivir. Odian (de la boca para afuera) lo que disfrutan. Pero como enseñanza para el presente, podría decirse que si es tan importante luchar contra las desigualdades internas de género como combatir el totalitarismo en el mundo, como señala este libro, el razonamiento se aplica a la inversa: una feminista cabal nunca podría respaldar a un Fidel Castro, a un ayatolá Jamenei o al Partido Comunista Chino

A los fanáticos de la vicepresidenta argentina, Virginia les espetaría sin rodeos que "el servilismo intelectual es el más degradante de todos los servilismos" y que no existe tarea más perentoria para el hombre y la mujer de la esfera pública que "liberarse de las lealtades falsas". Para ello, sugiere permanecer en castidad intelectual (negarse a vender el cerebro por dinero), así como optar por el estado de pobreza, a la que define "como no tener más dinero que el necesario para vivir".

Veamos: 

"Es decir, usted debe ganar el dinero necesario para ser independiente de cualquier otro ser humano y solventar ese mínimo de salud, tiempo libre, conocimiento y demás que hacen falta para desarrollar de manera plena el cuerpo y la mente. Pero no más. Ni un penique más".

PERORATA

Como dijimos, el texto fue compuesto como si se tratara de una carta. El problema es que suele degenerar en perorata, y la señora Woolf lo reconoce. Bascula entre la lógica más exquisita y el idealismo resentido e irresponsable que cierra los ojos ante la urgencia capital de fines de los años treinta: Adolf Hitler alistaba a una gran nación para la guerra. Y Josef Stalin maquinaba destruir la democracia liberal, el peor de los sistemas de gobierno si se exceptúan todos los demás como decía sir Winston Churchill.

Destaquemos, por último, las 125 notas que se añaden al final; el comentarista está tentado a decir que son más interesantes que los tres capítulos del libro. "¿Acaso los mejores críticos no son las personas privadas y la crítica sin reservas la única que vale la pena ejercer?", escribió, por cierto, la ensayista.

Una de las imágenes más poderosas de la literatura universal es la pobre Virginia ingresando en las aguas del río Ouse el 28 de mayo de 1941, con los bolsillo llenos de piedras, para nunca más salir con vida. En este ensayo irregular, leemos estupefactos en la página 93:

"¿No sería mejor lanzarnos al río desde el puente, rendirnos, declarar que la totalidad de la vida humana es un error y que por lo tanto debe terminar?".


viernes, 15 de enero de 2021

Conversaciones con Stalin


Ciertos hechos y ciertos personajes de la historia atrapan por completo nuestra imaginación. Tienen fulgor hipnótico; una y otra vez volvemos a ellos tratando de descifrarlos. Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, mejor conocido como Stalin, es uno de ellos. “Desde el punto de vista del humanismo y de la libertad, la historia no ha conocido un déspota tan brutal y cínico como él. Metódico, como los criminales que lo subordinan todo a la realización de una pasión delictuosa, era uno de esos dogmáticos extraños y terribles, que son capaces de destruir al noventa y nueve por ciento de los seres humanos para dar la ‘felicidad’ al uno por ciento restante“, lo describió un idealista que lo admiraba, se reunió cuatro veces cara a cara con el monstruo y terminó repudiándolo, incluso en letra impresa, lo que le valió más años de cárcel, no en la Unión Soviética, sino en otra dictadura roja, la del croata Josip Broz Tito.

El autor de la cita es el escritor y revolucionario Milovan Djilas (Mojkovac 1911-Belgrado, 1995), uno de los cuatro dirigentes más poderosos de la Yugoslavia comunista que emergió de la Segunda Guerra Mundial, pero una década más tarde cayó en desgracia por haber denunciado los vicios del sistema, en particular la llamada nomenklatura, condenada con toda razón y justicia en un libro que dio vuelta al mundo a partir de 1957: La nueva clase.

En uno de los mejores artículos periodísticos publicados en 2020 (http://www.laprensa.com.ar/493030-La-nueva-clase.note.aspx), Dardo Gasparré ha demostrado que los filosas denuncias de Djilas respecto a la nueva casta gobernante que se había enseñoreado detrás de la Cortina de Hierro podrían aplicarse perfectamente a la Argentina de nuestro tiempo.
 

La nueva clase ofendió a los Señores Bolcheviques que se vengaron extendiendo los años de cárcel de Djilas. En 1961, el régimen de Tito liberó al pensador montenegrino (al fin y al cabo era uno de los suyos), quien aprovechó la ocasión para escribir Conversaciones con Stalin con el propósito de ilustrar a los investigadores, “y en especial a los que luchan por una existencia humana más libre”.

Seix Barral lo publicó en España en 1963, edición de ciento setenta páginas que ha llegado a nuestras manos y nos gustaría recomendar a todo lector amante de la Historia en general, y al interesado en particular en esa aberración llamada “comunismo”.

Djilas, que nunca abjuró de sus ideas marxistas, organizó el libro en cuatro partes que lo dicen todo: Entusiasmo (1944); Dudas (1945); Desilusión (1948); Conclusiones. Y añadió una esclarecedora sección de ‘Notas biográficas‘.

El libro ofrece información de primera mano sobre el monstruo, con quien el vicario de Tito compartió no sólo discusiones políticas y estratégicas en el Kremlin, sino también esas cenas grotescas de más seis horas con que se relajaban Stalin, el glotón, y su camarilla, árbitros de la vida o la muerte de millones de personas:

 “En estas cenas se decidía la suerte del gran imperio ruso, la de los nuevos territorios adquiridos y, hasta cierto punto, la de la raza humana. Lo más seguro es que aquellas cenas no les inspirarán a aquellos ‘ingenieros del espíritu’ grandes empresas pero allí, probablemente, se enterraron muchas’.

PEQUEÑO BARRIGON


 Así describe el montenegrino a Stalin en su primer encuentro:

“Me sorprendió lo pequeño y mal construido que era. Tenía el tórax estrecho y los brazos las piernas, largos. Movía el brazo y el hombro izquierdos con dificultad y rigidez. Gozaba de una buena barriga y tenía poco pelo aunque no llegaba a la calvicie. Su cara era blanca, excepto las mejillas, coloreadas de un rosa intenso. Más tarde supe que ese colorido tan característico de quienes permanecen mucho sentados mucho tiempo en trabajos de oficina, era conocido como ‘tez del Kremlin’ en las altas esferas soviéticas. Los dientes de Stalin eran oscuros, irregulares y metidos hacia dentro. Su bigote no era muy espeso y tendía a ser lacio. Pese a todo, su cabeza no desagradaba; había en ella algo popular, campesino y patriarcal, que, junto a sus ojos pardos, constituía una curiosa mezcla de severidad y picardía”.


Los retratos de los serviles colaboradores del tirano son interesantísimos: Dimitrov, Molotov, Beria, Zadanov, Malenkov, Jruschev, entre otros. Una curiosidad: casi todos eran petisos, en el Politburó estaliniano casi no había hombres altos.

El libro parece una novela de aprendizaje. Djilas va de la fe del carbonero al escepticismo. “En aquella época creía aun que era posible ser comunista sin dejar de ser hombre libre”, escribe en la página ochenta y cinco. Le desagrada especialmente la rusificación de la Revolución de Octubre, lo que implicaba “atraso, primitivismo, chauvinismo, sentido de superioridad‘. Pero halla en el Gran Jefe una cualidad honorable: “tenía gran sentido del humor; humor áspero, seguro de sí mismo pero dotado de finura y profundidad”. Como el diablo, añadimos.

Una se va de este libro necesario con una obsesión en la cabeza. El régimen comunista de ayer y el neocomunismo de hoy es una calamidad para la especie humana, que favorece el ascenso de los chiflados en los que “cualquier delito es posible”, por lo tanto debe ser combatido con todas las armas intelectuales a nuestro alcance allí donde se encuentre, en La Habana, Caracas o Pyongyang. Stalin, “cuyo gusto por los crímenes gratuitos era propio de un Calígula, y poseía además la refinada crueldad de un Borgia y la brutalidad de Iván el Terrible“, fue la consecuencia lógica de un régimen de partido único. La alternancia en el poder es nuestro mejor seguro de vida.

Hay un pensamiento del tirano, delineado en 1945, que quizás explique mucho del mundo actual:
 

Hoy en día el socialismo es posible incluso bajo la monarquía inglesa. La revolución no es siempre necesaria...

 
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno