lunes, 19 de febrero de 2024

Si te dicen que caí


Antes de que un hatajo de franceses ingeniosos y sin talento rebajaran el texto hasta lo insustancial, la novela de la Europa continental era una formidable maquinaria poética y filosófica que aspiraba a explorar el alma del mundo, de una época o de una comunidad, y los pliegues del alma individual. Ambición no faltaba. Incluso se experimentaba con la forma, en una especie literaria que se ha caracterizado, justamente, por su constante mutación, desde que un caballero de triste figura saliera a fatigar los caminos de La Mancha.

Buenas novelas oceánicas se siguen escribiendo, claro está. Allí están Michel Houllebecq y Mircea Cartarescu para atestiguarlo. Pero son cada vez más raras en el Viejo Continente. Ni hablar en la Argentina, donde el compromiso por un proyecto artístico brilla por su ausencia y donde un literato eminente, incluso, ha desarrollado una teoría ad hoc para justificar la novelita infinitesimal -liviana como una pluma- en nombre de "la dicha de la pincelada y de la escena", "de la felicidad del instante". El realismo pesado (en el buen sentido del término), la arquitectura compleja, la profundidad psicológica, la exuberancia verbal parecen fósiles, como el sombrero con plumas de avestruz de la tía Olga o el silencio de esa habitación en que una persona se sienta en su sillón favorito para leer un libro de más quinientas páginas.

Aquellos que aborrecemos la moda de lo fútil y nos gustan los escritores que se toman su papel en serio tenemos todo el pasado por delante, a Dios gracias. Se cumplieron en 2023 cincuenta años desde que Juan Marsé (Barcelona 1933-2020) presentará en un concurso literario de México un manuscrito que a la sazón se convertiría en una obra maestra de la literatura española contemporánea. Leer hoy Si te dicen que caí (Club Bruguera, 290 páginas) es una experiencia extraordinaria y muy placentera, claro, si usted no es un lector con prisas.

AÑOS TREMEBUNDOS


Marsé nos lleva a la Barcelona de 1944 ("el año del trigo argentino"). A una sociedad oprimida por la miseria moral y material, por la arrogancia y la brutalidad de los triunfadores de la guerra civil, y por el rencor de los vencidos. Es un ajuste de cuentas con su infancia; una colección de historias en primera persona, pero desde un yo plural (va alternado las tramas, pero sin aviso tipográfico). El núcleo incandescente es el asesinato de una prostituta rubia, un hecho que lo conmovió de pequeño y que aparece de manera recurrente en su vasta obra.

Los protagonistas son niños y adolescentes. Granujas que sobreviven aprovechando hasta la última migaja. Hace ochenta años, en El Guinardó (barrio desaparecido de Barcelona) se comían gatos y se reciclaban los condones usados, pero -al decir del autor- "nunca volvió a reír la primavera como entonces, nunca". La pandilla se reúne en la trapería de Daniel Javaloyes, Java para los amigotes. Cuentan historias, buscan tesoros entre los escombros y juegan al doctor con huerfanitas.

Java remueve cielo y tierra para encontrar a una furcia roja, Ramona o Aurora Nin, con quien había tenido sexo para complacer a Conrado, un alférez paralítico y mirón. Tiene sus razones secretas para hallarla, además del dinero que le promete una mujer rica deseosa de venganza.

Otro hilo narrativo lo transita la diezmada resistencia anarco-comunista. Son un puñado de perdedores, forjados en cien batallas, viviendo en una clandestinidad sin fin, devenidos en terroristas, atracadores y estafadores. Acecha entre las sombras un peligro para los chicos, el tuerto 'Flecha Negra', "sirviente de la Patria amanecida", con la excusa que recluta voluntarios para los campamentos juveniles de la Falange.

En rigor, todo el libro es una colosal rememoración a partir de la llegada de un cadáver a una sala de autopsias del Hospital. El ayudante de una monja conoce al muerto. O lo conoció hace treinta años, mejor dicho.

LOS AVENTIS


Para tejer los laberintos de la memoria, el novelista catalán emplea un procedimiento muy eficaz: "los aventis" de Sarnita, uno de los perdularios de la barra del Java. Son relatos construidos con desechos por un niño, supuestamente testigo pero que mayormente habla de oídas. Incluye rumores, confidencias, confesiones y ficciones. Hay saltos temporales y el sentido se va armando de a poco. Es una lectura exigente en forma y contenido porque se trata de una obra magnífica. Una segunda lectura de algunos pasajes, incluso, podría ser recomendable. En verdad, al final de la novela el lector se sentirá exhausto pero recompensado. Todos los puntos se unen.

Si te dicen que caí ha envejecido muy bien. Qué envidia. Por cierto, hay una versión cinematográfica de la obra más rica de Juan Marsé. Dicen que la empobrece.
Guillermo Belcore

Calificacion: Excelente

martes, 6 de febrero de 2024

Aniquilación


 "Una mejora en las condiciones de vida va emparejada, a menudo, con un deterioro de las razones de vivir, y en particular de vivir juntos.”

M.H.


Sin duda, uno de los pasajes más emocionantes de la saga cinematográfica de El señor de los anillos es la petición caballeresca de Aragorn frente a la Puerta Negra de Mordor. Viggo Mortensen intenta que sus tropas recuperen el coraje para detener a los ejércitos de las potencias maléficas:

"...Hijos de Gondor y de Rohan, mis hermanos, veo en vuestros ojos el mismo miedo que encogería mi propio corazón.

Pudiera llegar el día en que el valor de los hombres decayera, en el que olvidáramos a nuestros compañeros y se rompieran los lazos de nuestra comunidad. Pero hoy no es ese día.

En que una hora de lobos y escudos rotos rubricaran la consumación de la edad de los hombres. Pero hoy no es ese día.

En este día lucharemos. ¡Por todo aquello que vuestro corazón ama de esta buena tierra, os llamo a luchar, hombres del Oeste!..."


La arenga de Aragorn -similar a la de William Wallace antes de la batalla de Stirling- es destacada en la novela más reciente de Michel Houellebecq (Saint Pierre, 1958). Justamente, el escritor-filósofo más interesante de la Francia contemporánea ha venido reprobando en su vasta obra con inusual valor las miserias y cobardías de los hombres del Oeste, que signan una época líquida que, por pereza intelectual, hemos designado como postmodernidad.


En Aniquilación (Anagrama, edición 2022, 605 páginas) asume Houllebecq una vez más la defensa de la moral judeocristiana, y de la moral en general. Y lo hace con una lucidez y potencia narrativa que demuestra que puede resultar fascinante incluso la literatura con mensaje, ese colmo de horrores, a priori, según Oscar Wilde y Borges. La potencia maléfica contra la que se alza el literato es el nihilismo europeo, que se manifiesta, por ejemplo, en sectas paganas, o panteístas, y politeístas, o que divinizan a la naturaleza.


La novela ubica al lector ante los grandes asuntos existenciales del presente. El problema de la decrepitud de nuestros padres; el problema de la sexualidad en el matrimonio y fuera de él; el problema del trabajo después de los cincuenta; el problema de la representación política; el problema del orden y la seguridad pública; el problema de la salud quebrantada. Estos son sólo algunos de los temas abordados con inteligencia y elegancia. La respuesta de Houellebecq a los retos es nostálgica. Le gustaría recuperar, aunque sea una parte, del mundo pérdido de la infancia. Un mundo accesible, humano, donde aún tenían lugar la comida casera y los platos típicos; y los matrimonios cuidaban a sus hijos, mantenían una intensa vida sexual y creían en Dios.


MONSIEUR RAISON


El protagonista del libro se llama Paul Raison, quintaesencia de la "suficiencia burguesa", es decir un representante cabal de la casta gobernante. Trabaja en el Ministerio de Economía, es confidente y mano derecha del ministro, una suerte de Colbert del siglo XXI, tecnócrata que ha revivido a la industria francesa. Pero Paul, en la cincuentena, no es feliz. Su matrimonio ha fracasado; nunca se les ocurrió tener hijos. No tiene amigos y es distante la relación con sus hermanos y con su padre, un ex funcionario del Servicio de Inteligencia del más alto nivel.


La trama va encadenando los duros golpes que recibe Paul hasta su aniquilación, pero que, paradójicamente, le permiten rehacer la relación con Prudence, su esposa. Al final, nos encontramos con una hermosa historia de amor. Al mismo tiempo, Houllebecq corre los cortinados y nos permite atisbar en el funcionamiento del Estado francés. El jefe de Paul se convierte en 2027 en el nuevo hombre fuerte del gobierno, bajo la presidencia de un telepresentador insustancial. El tercer hilo narrativo esclarece una serie de atentados, que han puesto de cabeza a los servicios de inteligencia de las potencias globales, "la mayor catástrofe en seguridad informática desde la aparición de las computadoras".


Los únicos pasajes que aburren en esta novela son las narraciones de un sueño; como siempre ocurre, un procedimiento que delata déficit de invención. No se entiende, con franqueza, la insistencia de los escritores -incluso de los buenos- con esta bobería. El resbalón, no obstante, se compensa largamente con la hondura psicológica y social de los personajes (a su manera, Houellebecq es un Balzac) y con los juegos de ideas que circulan por el texto.


Entramos en la posdemocracia, nos advierte Houllebecq, desde París. La democracia, tal como la conocíamos, ha muerto; "es demasiado lenta y demasiado pesada". Las relaciones personales y las redes es lo único que funciona, aunque "el idiota moderno vive intoxicado con la web, las teorías conspirativas y las noticias falsas". Caímos en una suerte de epicureísmo mustio; en una desesperación normalizada; "en un ambiente pseudolúdico, pero que realidad está regido por una normativa fascista que, poco a poco, ha ido infestando todos los recovecos de la vida cotidiana". Es la famosa corrección política.


Tal como hizo hace unos días el Presidente de la Argentina en Davos, el perspicaz escritor francés nos advierte que Occidente se suicida, por vestirse con una panoplia de ideas descabelladas, pero la admonición es aquí más cultural que económica. Houllebecq no cree en el librecambio, por cierto. Condena por ingenua la doxa liberal a lo Francis Fukuyama: "...la ingenua creencia de que el afán de lucro puede reemplazar cualquier motivación humana y proporcionar por sí sola la energía mental necesaria para mantener una organización compleja...". Por fin, un escritor eminente que se preocupa por un estilo de vida que conduce a la destrucción de la familia y la vida conyugal.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.

Calificación: Muy bueno

miércoles, 10 de enero de 2024

La ola que lee


 La compilación de relatos y artículos periodísticos no ha cosechado aún la gratitud que merece
. Es injusto. Hay volúmenes que son auténticas obras de arte. No resulta difícil señalar ejemplos: Textos recobrados, de Jorge Luis Borges; George Steiner en The New Yorker; Mea Cuba, antes y después, de Guillermo Cabrera Infante; Maestro de ceremonias de G.K. Chesterton.


El sello Random House ha publicado otro compendio cuya calidad es pareja a los casos mencionados. Involucra a uno de los mejores escritores argentinos; el único que ha elaborado una teoría de la novela para justificar su caudalosa empresa. La ola que lee se titula el libro que hoy queremos recomendar. Atesora escritos de César Aira (Pringles, 1941) publicados entre 1981 y 2010.


El volumen es el fruto del trabajo muy competente de la socióloga María Belén Riveiro. Le cedemos la palabra: 

"Los textos que se transcriben a continuación nos permiten descubrir autores y libros, releer a aquellos que ya conocemos con el tamiz de la mirada de Aira, explorar los debates de cada época, así como conocer desde otros registros su obra".


MAESTRO DE LECTURAS


La señora Riveiro tiene razón. Aira es un formidable maestro de lecturas. Despierta el apetito. Por leer o releer a Cortazar, a Arlt, a Puig, a Copi, a Laiseca, a Saer, a Kafka, a Gombrowicz (pero no a Katchadjian), a Walter de la Mare, cuya obra Memorias de una enana, empalma con uno de los fetiches de la literatura airana: las miniaturas.


Es menester advertir que, como todo comentarista talentoso, Aira no renuncia a la arbitrariedad e incluso al disparate. Llega a decir que nadie debería considerar a Vargas Llosa o a Alejo Carpentier grandes escritores. O que "la novela larga no es arte, es consumo". Las aporías de Aira son deliciosas; y el resto de su producción crítica a menudo da en el blanco. Hay una poderosa reivindicación de la literatura brasileña; y una demoledora descripción del estado de la novela argentina de 1981, con argumentos sociológicos que aún hoy pueden explicar nuestra indigencia creativa.


Por desgracia, los narradores argentinos se ven obligados a escribir en sus ratos de ocio. Establece Aira que el novelista debe comprometerse en serio, sin cálculos ni ironías, con la literatura. Debe jugarse por un proyecto artístico, por un método, incluso. Que es lo que él hizo; lo prueban sus más de cien libritos regidos por un guante de acero al tungsteno que en sus intervenciones periodísticas se ha empeñado en defender.


Podríamos sostener entonces que las reflexiones metafísicas sobre el arte de narrar son otra de las riquezas del libro. Mostrando (o fingiendo) el fervor de los creyentes, Aira sostiene que lanzarse a la aventura de escribir sólo se justifica por la intención de inventar de nuevo la literatura sobre fórmulas desconocidas. Sin la calidad de nuevo, la obra de arte se queda en artesanía, que puede llegar a ser aceptable pero su propósito último no pasa más que por complacer a un público satisfecho, a un consumidor. El creador de paradigmas no necesita ser bueno, avisa incluso (¿y se justifica?).


El creador "si se limita a usar un lenguaje ya inventado no es arte de verdad o, al menos, no se ajusta a la definición más exigente de arte", dispara en la página doscientos treinta y nueve. El vate de Pringles se ha tomado el trabajo de usar revistas y diarios (extranjeros o del interior de la Argentina) para desarrollar repetida, variada e interminablemente su peculiar teoría que le ha dado prestigio y polémica: 

"La literatura debe ser extremista...;  ...la libertad hace al escritor...;  ...los géneros no tienen más función para el escritor que darle algo para abandonar...;  ...la voluntad de preservar el statu quo resulta esencialmente antiliterario...; ...toda gran obra literaria es un experiencia con el estilo; ...la buena literatura vive al borde del fiasco...". 

Y así hasta el final. Uno termina casi convencido, hasta el momento que recuerda la enorme cantidad de novelas esenciales que no pasarían por el ojo de la aguja airana.


Con humoradas, Aira pide no ser juzgado por La Liebre (su mejor novela), o por La guerra de los gimnasios, o por cualquiera de esas dos o tres nouvelles automáticas que compone año tras año: 

"Me espanta que me juzguen por mis libros. Me siento vagamente insultado, siento el riesgo de una mutilación, cuando alguien se toma en serio algún libro mío. Querría prevenirlo contra ese error, y no encuentro otro modo de hacerlo que publicando un libro más...".


Quiere que lo juzguen por su método. "Preferiría que vieran en mí un procedimiento, como lo veo en mi amado Raymond Roussell". Y aquí llegamos al tema feraz de las influencias. Podría decirse que la literatura airana que tantos fanáticos, discípulos y detractores ha generado es el penúltimo campanazo de la broma surrealista o del dadá. Es "el reblandecimiento daliniano de los relojes".


"He llegado a no corregir nada, a dejar todo tal como sale, a la completa improvisación definitiva", asegura el único escritor argentino que se menciona todos los años para el Nobel. ¿Podemos creerle? Hace unos años, Elvio Gandolfo estableció para siempre esta duda existencial: “El método Aira sería el del viejísimo ¿es o se hace?". Tampoco podemos tomar en serio su profesión de fe marxista de la página ciento ochenta y dos. Es un especulador que cultiva con fruición y destreza la paradoja y la broma. "El escritor debe ser enigmático y abierto a interpretaciones", afirma.


LA FELICIDAD

A esta altura, uno debería preguntarse cuál es la apuesta estética de ese sistema general. Cuál es la felicidad que causa ("felicidad" es una palabra muy usada por Aira cuando opina sobre literatura). La dicha del instante, de la escena, de la pincelada. La literatura debe ser la "eternización de un momento de felicidad". Pero debe ser literatura pequeña, insiste: "...en los géneros breves no se escribe para ocupar el tiempo del lector, como en la novela, sino para ocupar su inteligencia. Y eso puede ser cuestión de un instante, o mejor dicho siempre lo es. Cuanto más breve, más eficaz".


La grey airana quedará absolutamente saciada con esta obra. A quienes nos gustan algunas novelitas de Aira pero la mayoría no, también disfrutamos una inteligencia superior, una prosa refinada, un juego de ideas cautivante.  La ola que lee -como intentamos transmitir- es un libro de muchas felicidades. Como aquel párrafo de la página cincuenta y cuatro que consagra las obras de José Bianco. Es probable que nadie lo haya hecho mejor. El diccionario de autores latinoamericanos, por cierto, sigue siendo la obra maestra de Aira.

Guillermo Belcore

Publicado en el diario La Prensa


Calificación: Excelente

martes, 2 de enero de 2024

La Constitución Nacional: Una historia política 1810-1853

 




Por Bernardo Lozier Almazán

Sammartino Ediciones. Libro de historia. 180 páginas.


La grieta, por desgracia, está en los genes de los argentinos. La Revolución de Mayo, esa gesta cívico-militar tan improvisada como trascendente, plantó las semillas de una división fratricida que atrasó la creación y el progreso de la Patria. Así lo explica un nuevo ensayo que aquí venimos a elogiar:


"El juicio de Alberdi nos advierte que, por aquellos días, ya se gestaban las dos alternativas ideológicas que dominarían el futuro escenario político: la federal y la unitaria, y la confrontación entre porteños y provincianos, cuyas consecuencias se proyectarían durante más de medio siglo, postergando la tan necesaria como indispensable unidad nacional, para entonces consagrar la constitución que organizará los destinos de la Patria incipiente. Sin dicho consenso, todo intento constitutivo devenía utópico".


El erudito Bernardo Lozier Almazán resume en su trabajo más reciente el derrotero político de nuestra Carta Magna. De la Primera Junta a la Presidencia de Bartolomé Mitre, cuando la República Argentina empezó a consolidarse como Estado soberano. Es un libro oportuno. La Constitución Nacional cumplió 170 años, en 2023. Y esa travesía en el desierto, con sus frustrados intentos de gobernabilidad, permite extraer enseñanzas para el presente. Hoy también la falta de consensos, ahora económicos, es motivo de desdichas y nos ubica al borde del precipicio. Ya volveremos sobre el punto.


Primero, es necesario describir el ensayo, avaro en páginas pero rico en sucesos, ideas y documentos. El académico Lozier Almazán es un virtuoso de la cita, pero escamotea su propia opinión. Podemos inferir simpatías rosistas: reivindica el Pacto Federal ("embrión de la Constitución de 1853") y exculpa a la dictadura punzó por no haber convocado nunca a un Congreso General Constituyente. Los egoístas unitarios le hicieron la vida imposible a Don Juan Manuel.


Hay que destacar que la lectura del volumen siempre resulta amena e instructiva. El libro es valioso. Fruto del talento del historiador, pero también del esfuerzo, dedicación y amor de la editora Graciela Sammartino, quien ha creado en 2009 un sello que se especializa en el patrimonio histórico, cultural y artístico de la Argentina.


Decíamos que vivimos hoy una circunstancia en cierto punto similar a la que sufrieron nuestros antepasados. Si la organización nacional tardó cincuenta años terribles para concretarse; y la democracia otros cincuenta y tres para establecerse definitivamente (entre 1930 y 1983), aún no podemos encontrar un modelo sustentable de desarrollo económico para el mundo posmoderno, después de cuatro décadas de frustrantes y pauperizadores balbuceos. De Alfonsín a los Fernández, la grieta entre populistas y antipopulistas parece habernos condenando a un vaivén que acelera la decadencia. ¿Será Javier Milei el Urquiza de nuestro tiempo, el estadista que encuentra la fórmula superadora?

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

martes, 12 de diciembre de 2023

La auto-sospecha







El personaje literario es viejo como la máquina de vapor. El hombre del subsuelo (¿por qué no hay mujeres cumpliendo este papel en las novelas?). Un añoso viaje, pues, desde Akaki Akákievich hasta Neftalí de Montevideo, que hoy venimos a presentar.

Ana Grynbaum, una de las voces más interesantes de la narrativa uruguaya actual, ha decidido recorrer en su más reciente nouvelle un sendero trillado pero no por eso menos encantador. Es la clásica historia de un patético cero a la izquierda, sin un cobre en el bolsillo ni razones para vivir, que finalmente encuentra un sentido a la existencia. A pesar de su mezquindad en páginas (ya volveremos sobre el punto), podría decirse que La auto-sospecha (180 páginas, Libros del inquisidor) es una especie de bildungsroman. Una diminuta novela de aprendizaje.

Neftalí vive en la casona de una vieja inválida, medio pariente, bajo un régimen de semiesclavitud. Mal atiende a la despótica mujer a cambio de un altillo mugriento para dormir y las sobras de la comida. Se somete también al escrutinio neurótico. Explica con el símil eficaz por qué ha dejado pudrir su talento en la desidia: 

"Preferí no funcionar, devenir bolsa de nylon enredada en la copa de un árbol; por decisión propia no sirvo para nada... hubiera querido ser optimista, pero naufrago en la mierda".

Un día la señora se muere; más rápidos que un vencejo, familiares lejanos se presentan por la casa. Le dan venticuatro horas al inquilino para abandonarla; Neftalí tiene todo preparado para ahorcarse pero finalmente quien se queda con la propiedad es una sobrina nieta. Rocío, una muchacha tan ingenua como lastimada, planea abrir allí un comedero para pibes de la calle. "Por más indeseable que un hombre sea, siempre se le arrima alguna mujer", se establece. Así pues, la trama evoluciona como suelen hacerlo estas historias menudas.

BLOQUECITOS

La urdimbre se construyó en bloquecitos. Hay una agradable alternancia entre el soliloquio de un Don Nadie y la narración en segunda persona del singular. Muestra la autora, además, una formidable destreza para acuñar sentencias. Cómo ésta de la página cuarenta y siente: 

"la verdad es frágil, exige acolchado... Me parece que todos compartimos la idea de que hay algo nuestro que no debemos revelar nunca, bajo ninguna circunstancia, incluso si desconocemos el contenido...".

En el debe podría mencionarse la escasez de páginas. El lector voraz se queda con hambre. Sería necio acusar a la nouvelle de falta de ambición artística, la señora Grynbaum ha creado, nada menos, su propio sello editorial junto a su marido Ércole Lissardi (¡ah!, esos nombres uruguayos) para componer lo que les plazca, en especial para cultivar la literatura erótica, una apuesta sumamente audaz en estos tiempos de hipersexualidad mediática, que no es arte claro está. Hay un par de páginas eróticas, por cierto, en La auto-sospecha que son poesía pura, y muy buena.

Además, un comentarista nunca debería criticar a un perro porque no es un gato. Pero he aquí un chihuahua que tenía todas las condiciones para ser un gran danés, es decir una novela oceánica, con fascinantes personajes secundarios y un contexto de degradación moral y social que Ana Grynbaum prefirió esbozar al paso en lugar de desarrollarlos. Es una lástima, Onetti y Dostoievski están presentes en su escritura y se la da muy bien el retrato de Montevideo, la fea.

Una última extrañeza. Como si se tratara de burbujas ácidas, consignas de izquierda emergen cada tanto. Habla Neftalí de conciencia de clase y hay un par de menciones despectivas de la meritocracia, del consumismo y del descastamiento de las napas inferiores de la burguesía media "a las que todos suponemos pertenecer". Pero la moraleja del libro no proviene de Marx, sino del Nuevo Testamento. Es Corintios 13, 1 al 7.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura del diario La Prensa.

domingo, 3 de diciembre de 2023

Henry Kissinger en tres libros

Henry Kissinger no sólo fue el estadista que condujo la política exterior de Estados Unidos entre 1969 y 1977 (e influyó tras las bambalinas desde entonces) y en ese lapso consiguió la proeza de consolidar la fractura del mundo comunista; también fue un pensador sofisticado que escribió colosales tratados con la Historia sentada en su regazo.

Dos libros del erudito puede recome


ndar el autor de estas líneas. Son esenciales para el interesado en los asuntos mundiales. El primero es Diplomacia, un ensayo majestuoso entregado a la imprenta en 1994 que abarca desde el cardenal Richeliu hasta Ronald Reagan, aunque se centra en los últimos doscientos años. Examina las relaciones internacionales desde el prisma de un teórico (y firme defensor) de la realpolitik y el balance de poder de las grandes potencias.

Kissinger era un amoral. Admiró a Metternich, a Bismark, a Stalin y a Churchill pues siempre consideró que el interés nacional está por encima de cualquier consideración ética. Si es necesario derramar sangre para servir a los intereses de la Nación, se hará.

Naturalmente, hay algo siniestro en la admiración que el señor Kissinger profesaba por los esos hombres de Estado que han demostrado una eficacia extraordinaria (y pocos escrúpulos) para ampliar el poder nacional. Como Mao Zedong. Desde cualquier perspectiva moral, fue un monstruo; sus decisiones causaron la muerte de millones de personas. Pero el apóstol de la revolución permanente sentó las bases para el resurgimiento de China, lo cual es motivo para que el ex secretario de Estado de Richard Nixon justifique, incluso, la infame Revolución Cultural en otro de sus ensayos imprescindibles: China, publicado en español por la editorial Debate hace una década.


El libro narra el auge, la decadencia y el resurgimiento de una Nación-continente que en dieciocho de los últimos veinte siglos fue la más rica del globo. Es muy posible que la obra se convierta en un clásico. Se forjó con una impresionante bibliografía, documentos hasta ayer secretos y la experiencia personal de un hombre público que piloteó algunos de los acontecimientos más trascendentes de los últimos cuarenta años, en particular la sorprendente reconciliación (y alianza flexible y duradera) entre el paraíso del capitalismo y el país con el comunismo más virulento. El colosal caudal de información que aporte el ensayista es tamizado por una visión ideológica que -guste o no- da el conjunto una sólida coherencia. Como dijimos, Kissinger defiende como verdad manifiesta que para el Príncipe no debe existir nada más importante que la Razón de Estado.

Confucio ha vuelto, es la segunda tesis de China, libro que recomendamos con firmeza. Pekín es de nuevo el centro del universo y la civilización oriental despierta, una vez más, respeto y admiración. Hoy, gran parte de la salud económica del mundo depende de los resultados del milenario Reino Medio, un lugar donde el tiempo tiene un significado distinto al de Occidente, nos advertía Kissinger que en los últimos años medió entre Joe Biden y Xi Jinping para que no se destruyese la alianza estratégica que él había forjado en los setenta.


EL TERCER LIBRO


Nos gustaría señalar un tercer libro para explicar al colosal Kissinger, pero desde una perspectiva más pedestre, no despojada de rigor profesional y belleza expresiva. Nos referimos a Entrevista con la historia (1), una galería de retratos de estadistas que compuso la señora Oriana Fallaci (Florencia 1929-1986).

Uno de los capítulos de ese libro extraordinario está dedicado a Superkraut. Consta de una introducción de ocho páginas en las que se describe al personajón y la entrevista que una de las mejores periodistas de Occidente le hizo el jueves 2 de julio de 1972 en la Casa Blanca "a la nodriza mental de Nixon" (publicada íntegra en el semanario New Republic).

Fallaci concluyó que Kissinger "tiene los nervios y el cerebro de un jugador de ajedrez”. Se quejó de su voz monótona que casi no movía la aguja del magnetófono y su obsesión de pesar cada frase hasta el miligramo. Lo despacho con dos frases hermosas: 

"Desde mi punto de vista es el típico héroe de una sociedad donde todo es posible, hasta que un tímido profesor de Harvard, habituado a escribir aburridísimos libros de historia y ensayos sobre el control de la energía atómica, se convierta en una especie de divo que gobierna junto al presidente, una especie de playboy que regula las relaciones entre las grandes potencias e interrumpe las guerras, un enigma que intenta descifrar sin advertir que, probablemente, no hay nada o casi nada que descubrir. Como siempre que la aventura se viste de gris"
.

Guillermo Belcore


(1) Pinche aquí: https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2018/04/entrevista-con-la-historia.html

martes, 14 de noviembre de 2023

La sombra del mamut

Por Fabio Morábito

Cuentos. Edhasa. 235 páginas. Edición 2023




En octubre de 1929, Alberto Einstein declaró a un periodista: 

“La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado pero la imaginación circunda el mundo”.


Si el talento creativo es importante en la ciencia, qué decir del arte. Cuando hay una imaginación poderosa al timón de una obra literaria -y cuando esa imaginación sabe expresarse- los resultados no pueden ser sino magníficos.


Ésta es la impresión que suscita La sombra del mamut un libro con veinte cuentos que acaba de ser impreso en nuestra Patria. Su autor es Fabio Morábito (1955), polígrafo ítalomexicano, aunque nacido en Alejandría, Egipto. Es un escritor que trabaja con una inusual amplitud de estilos y destrezas.


Por ejemplo, cultiva con igual talento tanto los relatos con final abierto como aquéllos con un desenlace redondito que nos deja con la boca abierta. O conmovidos, como Danzón, exquisita reivindicación de las pequeñas comunidades de intereses donde se forjan amistades entrañables; al tiempo que se nos advierte sobre los malos entendidos que envenenan la vida familiar.


La mayoría de los seres humanos lee el diario para informarse, formarse y encontrar argumentos que confirmen su visión del mundo. Morábito se sirve de la realidad en letra impresa para encontrar esos temas que merecen ser amonedados en un relato. Por ejemplo, un accidente de Swiss Air le permite en La hierba de los aeropuertos contar las peripecias de un jardinero obsesionado (podría decirse que éste es el libro de las obsesiones). En La llegada a la Luna se las arregla para unir los primeros pasos de Armstrong con la muerte de la abuela y el debut delictivo de un niño.


EL SEÑOR PENCROFF


La isla misteriosa de Julio Verne fue, al parecer, el libro favorito de la infancia de Morábito. Boris Pencroff aparece varias veces en el volumen. En Dédalo bajo Berlín es un obrero de la construcción enloquecido por los celos en vísperas de la Caída del Muro. En Persecución, una presencia fantasmal que atormenta a un viajante de comercio. Boris, por otra parte, es un músico que interpreta en el flautín o pícolo una sola nota que nos vincula misteriosamente con la Antigua Grecia. También es un marido obsesionado con la supuesta infidelidad de la mujer, aunque el mismo sea el peor de los traidores. En Extras, el apellido Pencroff designa a un comparsa de Hollywood que coloca a los lectores ante la terrible evidencia de que todos nosotros -los hombres a pie, los ciudadanos comunes- somos extras "de innumerables historias que transcurren a nuestro lado sin que seamos conscientes de ello". Somos polvo en el viento, amigos.


Otra clave del libro es la alegoría, es decir la metáfora continuada en la que se representa una cosa para dar a entender otra. El Gran Camino Volado tiene tintes borgeanos. Comienza con una hermosa frase: "No hay nada que no puedan hacer los chinos cuando los manda un rey". Narra la historia de un autócrata que manda construir una obra colosal para no mezclarse con su pueblo harapiento.


Morábito comenzó su carrera profesional como traductor. Esa profesión indispensable colorea varias páginas. En la ciento trece, se establece que "cada idioma, como cualquier ser vivo, tiene su temperamento, sus inclinaciones y sus preferencias". Se reflexiona sobre Ungaretti y las dificultades que presentan los poemas pequeños y transparentes. "Todos los traductores nos preguntamos alguna vez si no somos unos impostores", establece uno de los personajes de un texto quizás con retazos autobiográficos.


También merece ser destacado el cuento que da nombre al volumen. Enlaza dos tiempos remotos. En la era de las cavernas, el antepasado de todos los traductores busca compañía femenina. La tribu sospecha de sus intenciones. En nuestros tiempos, un traductor cuarentón y solitario tiene como distracción el footing y se desespera por vincularse con otros atletas. La sombra del mamut va y viene de la prehistoria al siglo XXI. ¡Vaya imaginación la de este tipo!

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa


Calificación: Bueno


PD: En este blog se comentaron otras obras de Morábito. Pinche aquí:



lunes, 30 de octubre de 2023

De Mitre a Perón. Historia de la Argentina moderna


Hace 34 años, caía el Muro de Berlín y se anunciaba el fin de la historia: la democracia liberal había triunfado para siempre. Sin embargo, un parásito a lo Alien no tardó en aparecer para roer las entrañas del mundo libre, dejando en claro que fue apresurado declarar el ocaso de las ideologías, es decir de los relatos que explican al mundo desde una perspectiva distinta a los triunfadores de 1989. Ese enemigo insidioso es una expresión neocomunista travestida de progresismo, que dos intelectuales de fuste de la Argentina prefieren designar nihilismo moderno.


En Sudamérica, la viscosa corriente de pensamiento fue articulada políticamente en el Foro de San Pablo primero y en el Grupo de Puebla, después, aunque descafeinada después del fracaso del Socialismo del Siglo XXI. El kirchnerismo hizo suyas las tácticas y premisas nihilistas; se abocó de manera minuciosa desde hace veinte años a reescribir la historia nacional con el fin de quebrar los valores sobre los que se construyó la Patria. De ahí, por ejemplo, los ataques furiosos que han recibido próceres como Julio Argentino Roca. De ahí, la embestida indigenista, "con el claro propósito de resaltar minorías étnicas por encima de la nacionalidad argentina".


Sin embargo, puede que las tornas estén cambiando. "A los jinetes del daño y la destrucción", a una generación de intelectuales sin rumbo, le sale al paso, desde una perspectiva alberdiana, un libro de historia, útil para encarrilar un siglo con una profunda crisis de valores: De Mitre a Perón. Historia de la Argentina moderna (Ediciones SB, 358 páginas).


"A la ciencia histórica le ha llegado la hora de una nueva revisión que cuestione al nihilismo moderno", proclaman el investigador Claudio Cháves y el politólogo Miguel Angel Iribarne. Como saben los lectores del diario La Prensa (diario donde trabajo desde hace 35 años), son dos pensadores de probada inteligencia e independencia de criterio.


El ensayo habla en nombre del revisionismo histórico liberal, y por lo tanto es políticamente incorrecto. ¿Existe mejor carta de presentación? El contenido se despliega en dos secciones. En la primera (“Las etapas históricas”), Chaves hilvana el corpus historiográfico entre la batalla de Pavón y el advenimiento del peronismo. En la segunda (“Las culturas políticas”), Iribarne examina el espíritu de la época, el contexto global y local de ideas-fuerza en que se produjeron los hechos.


Se nos advierte que el libro es el primer tomo de un vasto trabajo que llegará hasta nuestros días. Iribarne lo anticipa en el Capítulo XVIII, en el que desmenuza la cultura política del radicalismo desde Alem hasta Alfonsín.


EJE VIRTUOSO


En los primeros siete capítulos, Chaves nos plantea un eje virtuoso de la organización nacional y la integración con el mundo atlántico: Urquiza-Sarmiento-Roca. Conjetura que la antinomia fundamental de nuestro siglo XIX fue el enfrentamiento entre porteños y provincianos. A causa de esa grieta colosal, el General Paz nunca pudo acordar con Lavalle, ni Rosas con el correntino Farré. Doscientas cincuenta páginas más adelante, Iribarne, un erudito del Zeitgeist, establecerá que la creencia fundamental de la generación liberal-conservadora entre 1860-1916 fue la convicción de la excepcionalidad argentina dentro de Latinoamérica; nuestro país tenía condiciones para ser Europa en el Nuevo Continente. Necesitamos, como el agua las plantas, otro mito fundante con similar potencia para revertir la decadencia, uno no puede dejar de pensar.


Dijimos que el abordaje de la obra es alberdiano. En principio, porque sostiene que "toda nuestra historia deviene incompleta si no se estudia enmarcada en el acontecer mundial", tal como realizó el ilustre tucumano. De ahí, la permanente preocupación de los expertos por el contexto. El lector podrá encontrar, además, valiosos pasajes sobre la geopolítica de las personalidades (desde Mitre al Almirante Segundo Storni) y de los países.


Además del nihilismo contemporáneo, el fecundo tándem Chaves-Iribarne quiere refutar otras dos interpretaciones erradas de nuestra historia; a la sazón, las dos caras de una misma moneda: el revisionismo clásico (nacionalista o marxista) y la historiografía clásica del liberalismo iluminista: "...una mirada al pensamiento de Alberdi -se destaca en la página 83- nos abre un camino riquísimo y diferente, el de un liberalismo de arraigo, esto es criollo y popular, por historicista".


Este último adjetivo implica, en la praxis tanto del investigador como del estadista, "pensar el país desde adentro mismo de la historia, como sujetos moldeados por ella, avanzando por ella". Como la grandiosa Generación del Ochenta (heredera de la Generación del Paraná).


Es menester subrayar que no es el libro un mero ejercicio especulativo. Así nos advierte Chaves en otro párrafo luminoso. El futuro de la Patria, nada menos, está en juego: 

"Estas distintas miradas de un período crucial de nuestra historia no son simplemente una discusión teórica o el devaneo intelectual de personas con inclinaciones librescas, de algo que, por otro lado, ya no tiene remedio. Sin dudas que lo pasado no puede modificarse, pero de cómo lo interpretemos estará fundado el presente".


PARANGONES


Otro agrado del libro son los puentes que tiende entre el estudio del pasado y las desventuras del presente. Es decir, se trazan parangones.


La refutación concienzuda de escritos de Fermín Chávez, por ejemplo, que justificaron el asesinato de Justo José Urquiza y sus hijos, desemboca en la conclusión de que José Hernández, otro excusador del sicariado, fue algo así como el Rodolfo Walsh o el Horacio Verbitsky ("el nihilista más lúcido") de fines del siglo XIX, en tanto que unos y otros intelectuales encarnan esas "minorías iluminadas que se arrogan el derecho de administrar justicia", mediante el uso de las armas.


Por esa moral depravada, a Claudio Chaves no le sorprende que Hérnandez haya creado a Martín Fierro:

 "...un personaje que, maltratado y devastado por las injusticias de un Estado arbitrario y una sociedad indolente, deviniera en un gaucho asesino, capaz de alzarse con dos muertes provocadas intencionadamente".


Asimismo, en el excelente capítulo sobre el problema del indio, la inseguridad en la pampa, y la Campaña del Desierto, Chaves también desgrana enseñanzas para un hoy en el que, de nuevo, existen espacios geográficos, en este caso urbanos, en donde el Estado se encuentra ausente: 

"...Ya no son indígenas los que se enseñorean desafiando a los poderes públicos, se trata de bandas dedicadas al delito y al tráfico de drogas que se han apoderado de vastos territorios, en barrios marginales. Hasta el momento, el combate ha sido defensivo. El general Roca es un buen espejo a mirarse para acabar o acorralar a su mínima expresión a los indígenas redivivos, en estos despreciables personajes".


Además de meterse en el barro de la llamada batalla cultural, Chaves e Iribarne quieren formular aquí una propuesta tan metodológica como ética a los investigadores del pasado y del presente: priorizar la dimensión arquitectónica, pues la Patria -enseñó Ortega- es un vasto proceso de incorporación.


Con este llamamiento, cierra un libro excepcional y muy recomendable:

 "Las escuelas que hasta hoy polemizaron se esforzaban en exaltar o demonizar a nuestras personalidades históricas según se conformasen o no a sus respectivos modelos ideológicos. Lo nuestro, por el contrario, debe ser apreciar lo que, más allá y sin mengua de las diversidades, dichas figuras aportaron a la construcción de la casa común".

Guillermo Belcore

Publicado en el diario La Prensa


Calificación: Excelente

lunes, 2 de octubre de 2023

El asunto


Por Lee Child

Blatt & Ríos. 455 páginas


Desde que la musa cantó la cólera de Aquiles, el de los pies ligeros, los lectores occidentales hemos demostrado hasta el cansancio nuestra fascinación por las aventuras de un héroe. La magia continúa en el siglo XXI. Siempre será un gusto rencontrarse con Jack Reacher, la creatura que imaginó el inglés Lee Child (Conventry, 1954). Una combinación de Hércules y Sherlock Holmes, con un dejo de Jason Bourne.


En esta ocasión, disfrutamos la última correría de Reacher como empleado del Tío Sam. Tiene 36 años, intuye que sus días en el Pentágono están contados y la División de Investigación Criminal de la Policía Militar le ordena viajar encubierto a Carter Crossing, una población rural en el profundo sur. Será un viaje trascendente para su espíritu fatigado.


En ese rincón paupérrimo del estado de Mississippi funciona desde los años cincuenta Fort Kelham, una escuela de formación de Rangers. Opera con disimulo, pues allí despachan a los pelotones de irregulares que Washington infiltra en Kosovo, región en disputa entre serbios y albaneses. Estamos en 1997.


Una noche aparece en el poblado una chica ligera de cascos limpiamente degollada, tal como le enseñan a los soldados de elite. Una luz roja se enciende en Washington. El caso puede convertirse en un desastre de relaciones públicas y sacar a la luz secretos militares. Estamos en los años gloriosos de Bill Clinton: los principales enemigos de las Fuerzas Armadas estadounidenses son los tipos que abren y cierran las canillas del presupuesto, entre ellos el senador Carlton Riley, presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, y, para peor, padre del comandante de la Compañía Bravo de Fort Kelham. "Mierda", exclama Reacher cuando se entera del dato.


El asunto narra, pues, los trabajos de Reacher en Mississippi y sus consecuencias. Debe esclarecer crímenes horrorosos. Ha recibido otro mandato perentorio: “Mantenga todo más cerrado que culo de muñeca”.


Deberá lidiar en el terreno con un hueso duro de pelar: la sheriff Elizabeth Deveraux, retirada de la Infantería de Marina después de trece años de servicio. Es hermosa, si es que a usted le gustan las flacas mandonas. No tiene un pelo de tonta. El pendenciero de Jack también tendrá que enfrentar, a puño limpio, a los palurdos locales y a las víboras traicioneras del Departamento de Defensa.


Como siempre, Child cumple con creces un mandato irrevocable de la industria editorial: enséñale algo al lector. Por ejemplo, cómo degollar a un semejante. Uno se entera, además, que el Chevy Caprice era en los noventa el automóvil favorito de los policías.


Datos al margen, la erótica del libro se concentra en la laboriosa búsqueda de la verdad en un ambiente hostil, con trampas a cada paso. Se trata de una esas novelas que magnetizan los dedos.


La prosa es clara y funcional a una trama brillante; no tiene ornamentos, con la excepción de esas comparaciones filosas y esos giros irónicos en los diálogos y en las cavilaciones que caracterizan a la buena novela negra estadounidense. Otro agrado del libro es la narración metódica y fría de las peleas; pero cuando el procedimiento se aplica al sexo, fracasa. Es como si a un profesor de física se le pidiera describir ese torbellino de los sentidos entre un hombre y una mujer.


El asunto fue entregada por primera vez a la imprenta en 2011. Es la novela número dieciséis de la saga; la que explica por qué nuestro héroe perdió la fe en el Ejército y se convirtió en un vagabundo sin amarras. “Presenta el mito de creación de Reacher”, explicaba por entonces entusiasmada la comentarista de The New York Times. El texto resulta ideal para evadirse -aunque sea por un rato- de la desesperación argentina.

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

PD: En este blog hemos elogiados otras novelas de la saga Reacher:






domingo, 24 de septiembre de 2023

Un canon de la Sci-Fi


Las mudanzas, esa experiencia tan desquiciante, obligan a ordenar (o, ¡ay!, a reducir) las bibliotecas personales. Y uno se demora, inevitablemente, con los recuerdos de los libros que nos han hecho felices. Algunos de ellos se incluyen en esa categoría, algo desdeñada por los eruditos, llamada ciencia ficción, aunque sería más correcto decir ficción científica. Viajes en el tiempo y en el espacio, civilizaciones alienígenas, ucronías y distopías conforman una urdimbre maravillosa. Ratifican que no hay géneros literarios mayores o menores, sino buenos o malos escritores. Aquí seleccionamos diez obras de Sci-Fi que corroboran la sentencia.


1) Pavana. Keith Roberts. 1966. Editorial Minotauro.

Quizás sea la mejor ucronía que se ha escrito. El siglo XX vive como en el Medioevo, porque en 1588 un papista fanático asesinó a la reina Isabel I en el palacio real de Greenwich. España invadió, con éxito, las islas británicas, sumidas en la anarquía. La Iglesia militante se hizo con el poder en toda Europa. No hubo Revolución Industrial, pero todo comienza a cambiar de prisa.


2) Hacedor de estrellas. Olaf Stapledon. 1937 Editorial Minotauro.

A Borges, ese crítico infalible, le encantaba esta espléndida novela. Consideraba que la mayoría de las ideas fundamentales de la fantasía moderna proceden de aquí: razas simbióticas, imperios galácticos, nebulosas y estrellas inteligentes. Stapledon, el socialista libertario, relata toda la historia del universo, desde la creación a su fin. Deja una impresión de sinceridad, notaba nuestro querido Borges.


3) El libro del día del juicio final. Connie Willis. 1992. Ediciones B

En 2054 es una práctica común que las universidades de renombre viajen al pasado para investigarlo. Ahora bien, el tiempo se protege a sí mismo: impide acciones, encuentros o colisiones que puedan modificar la Historia. Oxford envía a una estudiante al siglo XIV para estudiar sus hábitos, pero el operador de la máquina comete un tremendo error y la chica cae en plena epidemia de peste bubónica. He aquí una magnífica escenificación de la oscura Edad Media, es decir una gran novela histórica.


4) Diario de las estrellas. Stanislaw Lem. 1971. Edhasa.

La más divertida comedia cósmica y obra maestra de un polaco genial que escribió sobre mundos alienígenas por la misma razón que Góngora eligió el culteranismo: para no tener problemas con la Inquisición. La obra tiene una primera parte de viajes y una segunda de diarios de un tal Ijon Tichy. El humor mana a raudales. La buena filosofía, también.


 5) Dune. Frank Herbert. 1967. Random Mondadori.

Es una de las obras de ficción científica más vendidas. Inspiró una saga, dos películas (la primera versión de David Lynch es casi cómica), videojuegos, canciones, historietas, otras escrituras. Se la considera “la primera gran novela ecológica a escala planetaria de la historia". Viajamos al futuro, al planeta Arrakis, todo desierto, donde el agua es sagrada y se explota una especia crucial para los viajes interestelares. El emperador le regala el dominio de ese mundo a la Casa de Atreides, pero es un regalo envenenado.

Pinche aquí: https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2023/06/dune.html


6) Cell. Stephen King. 2006. Plaza & Janes

Obvio. Algo del rey de lo espeluznante debe incluir este canon provisional. Imagínese que llega a través de los teléfonos celulares un pulso electromagnético (o lo que fuera) que nos resetea y nos transforma en bestias. Esos subhumanos evolucionan en una forma de inteligencia colectiva que intenta captar al resto de la humanidad que no usa móvil. ¡Cómo sobrevivir en tan terrible Apocalípsis! King lo narra con sus frases sencillas y sus agradables expresiones populares.

Pinche aquí: https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2008/04/cell.html


7) El hombre demolido. 1954. Alfred Bester. Minotauro.

Cuando los géneros se besan amorosamente, el resultado no puede ser sino excelente. Bester nos lleva a una Nueva York donde los detectives tienen capacidades telepáticas. Y hay magnates tan siniestros como hoy en día. Es decir, se trata de un policial del siglo XXIV.


8) La mano izquierda de la oscuridad. 1969. Ursula Le Guin. Minotauro.

En el linde del universo habitado, se encuentra el planeta Gueden. Tiene dos características únicas. Primero, las personas son hermafroditas neutros. Durante el ciclo lunar llamado kémmer (26 días al año), los guedenianos desarrollan algunos de los dos sexos y se aparean. Segundo, al planeta se lo conoce también como Invierno pues la humanidad ha tenido que evolucionar bajo un continua Edad de Hielo. Este mundo fascinante es obra una de las imaginaciones más prodigiosas, la de la californiana Ursula Le Guin.

Pinche aquí: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2021/08/la-mano-izquierda-de-la-oscuridad.html


 9) El hombre en el castillo. 1962. Philip Dick. Hyspamérica.

Entre tantas gemas de Dick, el más gnóstico de los escritores de Sci-Fi, elegimos ésta. Se trata de otra ucronía. Estados Unidos capituló en 1947 y ha sido ocupado por el Eje. Los nazis aplican toda su brutalidad calculada en la costa Este y en el sur profundo (Hay campos de concentración en Nueva York). Los japoneses dominan los estados del Pacífico. En California está de moda el uso del I Ching. Hay tensión entre alemanes y asiáticos. Un escritor rebelde imagina un mundo en que los Aliados… ¡ganaron la Segunda Guerra Mundial! Los opresores intentan aplastar a la resistencia. Digamos que tanto o más valiosas que su imaginería, son las disquisiciones filosóficas de Philip Dick.


10) Los guardianes del tiempo. Poul Anderson. 1962. Hyspamérica

¡Ah, los viajes en el tiempo! En el año 19.352 después de Jesucristo (7841 del triunfo Morenniano) los humanos hallan el modo de viajar en el tiempo. Y algunos sinvergüenzas intentan modificar el pasado para alterar la Historia en su beneficio. Se vuelve imprescindible crear una agencia especial con agentes implacables que detecten anomalías y viajen al año que fuese necesario para corregirlas. ¿Por qué debe leerse este libro? Para conocer cómo sería un mundo en que la cultura dominante fuese la celta, gracias a que Aníbal ocupó e incendió Roma. O para ilustrarnos sobre los persas. O para reflexionar sobre la llegada de los mongoles a América antes que Colón.

Guillermo Belcore

domingo, 20 de agosto de 2023

Todo es soneto


De entre toda la diversidad de la poesía en verso cabe destacar una forma, una especie única, por su solidez y belleza. Si hubiera que destacar una sola forma poética de la literatura occidental, elegiríamos el soneto, escribió el estudioso
Eduardo Madrid Cobos. Su origen es italiano. La especie, que consta de catorce líneas, parece haberse originado en el siglo XIII entre la escuela siciliana de poetas de la corte, que fueron influenciados por la poesía amorosa de los trovadores provenzales, arriesga la Enciclopedia Británica.


Otras fuentes atribuyen la invención a Giacomo Da Lentini, también llamado Jacopo Da Lentini, notario en la corte del emperador Federico II del Sacro Imperio Romano Germánico. Festejado en vida, fue aclamado como maestro por los poetas de la siguiente generación, incluido Dante, quien lo recordó en el Purgatorio (XXIV, 55–57).


El crítico y matemático Carlo Frabetti ha conjeturado:

 "El extraordinario éxito del soneto se debe, en buena medida, a su estructura dramática, que lo hace especialmente idóneo para expresar, de forma tan intensa como sucinta, el eterno drama de la pasión, tanto de la espiritual como de la carnal".


En España, los dos cuartetos seguidos de dos tercetos se aclimataron firmemente en el siglo XV y alcanzaron su máximo esplendor en el Siglo de Oro (a Lope de Vega se le atribuyen 3.000 piezas). En nuestras tierras aparecieron dos siglos después y se multiplicaron como el ganado en la "pánica llanura interminable". El poeta colombiano José María Rojas Garrido (1824-1883) ha sentenciado que "la vida es soneto". Lo dijo en un soneto, claro está:


"Hizo Lope de Vega un buen soneto

sin decir nada, de orden Violante;

y así es la vida: en el primero cuarteto

canta la juventud saliendo avante.


En la edad varonil, el hombre inquieto

que lucha en pos del bien, rima incesante

pensando, iluso, conseguir su objeto

y es una octava el porvenir brillante.


Llega la ancianidad y el gran sujeto

de tanta inspiración surge triunfante:

¡es la muerte que asoma en el terceto!

 

Da la vida el reflejo agonizante

y el final de la estrofa es un secreto...

De la cuna al sepulcro es consonante".


El soneto no sólo ha conservado su encanto para los mejores poetas del español durante cinco siglos. También atrajo a los eruditos. En un momento de su vida, Fernando Sorrentino concibió una tarea colosal y quijotesca que merecería ser elogiada en un cuento de Borges: "Compilar una especie de repertorio total de sonetos argentinos". Pronto se dio cuenta que era imposible, pero por varias razones.


Con el fervor de un coleccionista reunió 800 de estas piezas, casi todas magníficas. Llegan hasta 1952 por la delicada cuestión de los derechos de autor. Y -según su propia confesión- gran parte del tiempo invertido en su trabajo fue para averiguar las fechas de nacimiento y de muerte de sus autores.


De aquel total, 300 fueron atesorados en un libro que aquí queremos recomendar: 300 Sonetos por 70 poetas argentinos. De Luis de Tejeda a Ana María Choouhy Aguirre (Losada, 319 páginas, edición 2022). Aquel que se interesa en la poesía y en nuestro acervo cultural no debería ignorar este volumen. Sorrentino -cuentista, ensayista, entrevistador y destacadísimo columnista del diario La Prensa- ha realizado un trabajo formidable.


El repertorio es muy valioso. Arranca en tiempos de la colonia. Ya por entonces, al parecer, había intelectuales lamebotas del poder, una plaga que tendemos a pensar como característica de nuestros tiempos degradados. Juan Baltazar Maciel (1727-1809) llama a Pedro de Ceballos "hijo de Minerva, que la egida (NR: sin acento) blandió mejor que Ulises y Teseo". El soneto al virrey fue motivado por haber frustrado los planes de los arteros portugueses de apoderarse de Colonia de Sacramento.


Entre los prohombres de Mayo, el laborioso Sorrentino ha encontrado una gema. Domingo de Azcuénaga (1758-1821), hermano del vocal de la Primera Junta y primer fabulista de la Patria, atiza al censor de Buenos Aires. Es probable que el remate del poema nunca pierda vigencia por estos lares:


"porque todos sabemos que hay criollos

que se ponen a hacer papel de gallos

sin que puedan hacer papel de criollos".


El último terceto de “A la Ciudad de Buenos Aires” de Fray Cayetano José Rodríguez (1761-1823) también parece haberse escrito hoy a la mañana:


"Los viles sobre ti cantan victorias

y por despojos sólo te han quedado

de tu antiguo esplendor tristes memorias".


Naturalmente, los próceres, los símbolos patrios, los valientes como Quiroga, ciertas almas modélicas de la Iglesia y la Literatura han sido celebrados por la pluma entintada "con vático furor". Vicente López y Planes (1785-1856) compuso el “Soneto elegíaco a la muerte del general Manuel Belgrano”, quien "formó el universo de la nada". Dígame, con una mano en el corazón, si la última invocación del autor del Himno Nacional no es aún relevante:


"¡Compatriotas! ¿Oísteis? ¿Qué dudamos?:

imitando a Belgrano nos salvamos.


DOBLE JUEGO


Hay un par de juegos muy interesantes en el libro. El primero es el vaivén entre el clasicismo y la poesía atorrante que propone el lunfardo. Por ejemplo, entre Gabriel Alejandro Real de Azúa (1803-1889) que venera la dulzura de Petrarca, la constancia de Epitecto, la bondad de Antonino... y Yacaré (1889-1929) que le canta al curdelón de fonda "rey de los grapines", al pechador "tigre viejo en la manga", y a un par de "rechiflaos por una mina... que buscaron verse frente a frente pa' arreglar el asunto en una esquina".


Como siempre ocurre, la variedad temática y la calidad del volumen delatan las cualidades del seleccionador. El lector de La Prensa ya conoce el ingenio, el amor al detalle y la seriedad de Sorrentino que honra ese diario con las columnas “Acuarelas porteñas” y “La belleza de los libros”. Aquí dedica idéntica atención amorosa al consagrado y al poeta ignoto. Están Lugones, Almafuerte, Storni, Carriego y Leopoldo Díaz. Pero también los poco conocidos. Como Claudio Mamerto Cuenca (1812-1852), doctor y poeta que un mercenario español, al servicio de Urquiza, lo mató a sablazos durante la batalla de Caseros por querer proteger a los heridos de un hospital de campaña.


Cuenca nos hace reír a carcajadas con “Inés”. Resulta que Favonio descubre, en el "lecho apetecido", que no sólo todas las redondeces de su amada son falsas sino que también usa dentadura postiza y peluca. ¡Pobre Favonio!


También nos causan gracia los torpes intentos de una de las glorias de nuestra literatura para componer literatura erótica. Qué puede decirse de esta estrofa, además de que causa ternura por ser lamentable:


"Abrióse con erótica eficacia

tu enagua de surá, y el viejo banco

sintió gemir sobre tu altivo flanco

el vigor de mi torva aristocracia".


El peor Leopoldo Lugones tenía otro vicio que a Borges irritaba. El berretín de querer escribir con todo el diccionario por culpa de su empeño en querer ser original. ¿A quién se le ocurre usar "crisoberilo" y "plinto" en un poema sentimental? Son menudencias, claro está. Creemos que nadie puede discutir, seriamente, que Lugones sea un gran poeta.


Una última curiosidad. En “A la América”, Don Bartolomé Mitre comparó las gestas de nuestra independencia con los trajines de Iván Stepánovich Mazepa, un noble cosaco que en el siglo XVIII luchó por restablecer la independencia de Ucrania frente al dominio de Rusia. Vea usted que la gesta de Volodomir Zelensky, ese conmovedor héroe de nuestro tiempo, viene de muy lejos.


Al final de este libro maravilloso, uno no puede dejar de preguntarse: ¿Siguen escribiendo sonetos los líricos de nuestro tiempo? A priori, podemos suponer que los espléndidos rigores de la rima y de la métrica no se llevan bien con la flojera de la Generación del Milenio.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Muy bueno