domingo, 7 de agosto de 2022

En los más profundo del sur

 


En los más profundo del sur de Estados Unidos hay un lago maldito. Siempre está frío, como el algor mortis; siempre es negro, como el alquitrán. Un explorador, con algunos conocimientos de educación clásica, lo bautizó Karagol, en alusión al espejo de agua de Esmirna donde Tántalo -el antropófago, el filicida, el ladrón- fue atormentado por los dioses.


Algunos hombres no muy listos han erigido un pueblo en las cercanías de ese lago tóxico. La población se llama Cargill y está ubicada en el centro de Burdon County, el más pequeño y deprimente de los municipios del estado de Arkansas. Es un pozo de maldad. Su vida política, social y económica ha sido controlada por el clan de los Cade -una verdadera manada de lobos- desde que se tenga memoria, incluso desde antes.


A Cargill llegó a fines de la década de los noventa el atribulado Charlie Parker en busca de pistas sobre el demonio que asesinó a su mujer y a su hija, y lo destrozó a él. Es que en el Bosque Nacional de Oauchita han aparecido los cadáveres de tres chicas negras, con ramas clavadas en la boca y en el ano. Crímenes espantosos y exhibicionistas. Quién sabe, puede que sea el mismo demente. Los Cade decidieron, no obstante, que la investigación se estanque hasta tanto el condado consiga firmar la radicación de una industria armamentista que sacará de la miseria secular a sus habitantes y en el proceso volverá más ricos y poderosos a los cuatro miembros del clan. Gobierna en la Casa Blanca un hijo de Arkansas: William Jefferson Clinton -el “Taimado Billie”, para los lugareños- se ha convertido en el cuadragésimo segundo presidente de Estados Unidos y llueven los incentivos para la inversión en su estado natal.


Bienvenidos, lectores, a la novela número diecinueve de la magnífica saga Detective Charlie Parker. El irlandés John Connolly (Dublin, 1968) la había entregado a la imprenta en enero de 2020. En lo más profundo del sur (Tusquets) es un thriller atrapante, que incluye sólo un par de elementos fantásticos, la especialidad de la casa.­


­LA CORTINA DE MAGNOLIA­


­El libro se despliega en dos tiempos: el ahora y el entonces. El primero ocupa poquitas páginas, al inicio y al final. Un llamado telefónico desata la evocación. Como dijimos, Parker cruzó hace veinticinco años la Cortina de Magnolia para seguir una pista que le había proporcionado su amigo, Woolrich, agente especial del FBI. Pero el monstruo de Cargill no es el mismo que le ha roto el alma en Nueva York. Uno de los pocos hombres justos del condado le pide ayuda a Parker para poner fin a la matanza de las inocentes. El ex policía (no era aún detective privado, ni si había afincado en Maine) se encoge de hombros, no es su problema. Una visión, empero, lo hace recapacitar (“¿quién puede distinguir la realidad de la fantasía?”) y el sabueso de treinta y pocos años -pero que habla como Phillips Marlowe y obra como un veterano de guerra- se suma a la cacería humana en una región empobrecida, donde muchísimas personas cultivan el resentimiento y el odio como si se tratase de plantas de interior.


Hay muchas razones para recomendar esta novela policial. La pequeña filosofía, por ejemplo. Como todo literato de la católica Irlanda, Connolly suele reflexionar sobre el problema del mal y de la perversión moral. La antinomia fundamental de la trama es entre hombres rectos y hombres torcidos. El jefe de la Policía Evander Griffin vs. el investigador principal del sheriff, Jurel Cade.


Una vez más, muestra Connolly una destreza inusual para el retrato. Los personajes secundarios son formidables, sobre todos los pecadores. Atrapan nuestro interés los matones Pruit Dix y Leonard Cresil, hombres abominables con una veta de crueldad de dos kilómetros de ancho. ¿Qué son estas entidades malignas? Acaso, aberrantes anomalías de la evolución que se sienten atraídas por una fuerza del universo anterior a la humanidad: el mal. Pero sería injusto calificar a la literatura de Connolly de maniquea: sus criaturas son complejas, sumidas en contradicciones. Parker sobre todo.­


La carpintería de la obra también merece elogios. El ritmo, el manejo de los tiempos narrativos, es excelente. Parker entra en acción en la página ciento veinte; el asesino aparece en la doscientos cuarenta. Nunca el tedio asoma su fea cara; el cuadro costumbrista entretiene. Se nota el trabajo de campo. Connolly ha querido denunciar “una cultura particular y un conjunto distintivo de resonancias históricas”. En Burdon County nada está limpio: “Trace usted una línea con la regla y le saldrá torcida”.­


Debe destacarse también el tono justo de la prosa que ha conseguido el experimentado autor. Se ha dicho que la buena novela policial es, además del tema, una técnica narrativa, perfeccionada en Estados Unidos. Es un retintín, un feliz exceso de la ironía y la hipérbole con un ping pong de ingenio en los diálogos. El forastero John Connolly ejecuta con sublime habilidad el procedimiento.­


Para sintetizar, En lo más profundo del sur podría definirse como el escape ideal para cualquier argentino que desee leer algo diferente a su penosa realidad. A todos, amigo lector, nos duele la Patria en el cuerpo.­

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa


Calificación: Muy bueno


PD: En este blog laborioso elogiamos otros libros de Mr. Connolly:


https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2018/04/el-invierno-del-lobo.html.

http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2008/11/los-atormentados.html.

http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2015/03/cuervos.html.

http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2013/12/nocturnos.html.


domingo, 17 de julio de 2022

El agua electrizada

 


Como una estrella fugaz, Carlos Eduardo Feiling (Rosario, 1961-1997) cruzó el universo literario argentino. La metáfora no es antojadiza. Bien puede ser comparado el literato con un meteoroide, esos pedacitos de roca del espacio que arden en cuestión de segundos cuando ingresan a la atmósfera. La escueta obra de Feiling, en efecto, tuvo un brillo singular; deslumbró a los entendidos. Una maldita leucemia se llevó al hombre demasiado pronto. Pero nos quedan sus artículos periodísticos y sus pocos libros. Hace treinta años publicaba la mejor novela policial de su generación y una de las más exquisitas de toda la literatura en español.


Aquí, pues, el rescate del El agua electrizada (169 páginas). Puede conseguirse; no hace mucho fue reimpresa por un sello local. Es una obra extraordinaria. Plantea Feiling un misterio policial que involucra a la represión ilegal de los setenta. Crea un antihéroe fascinante, pura intelectualidad que va por la vida pensando en latín e inglés pero honra tradiciones porteñas como el culto a la amistad. Cada frase refulge; la influencia de Borges es poderosa y decisiva en el estilo minucioso de Feiling.­


El protagonista-narrador se llama Anthony Edward Hope, guardiamarina de la reserva que se gana la vida enseñando lenguas muertas a adolescentes renuentes. Un alfeñique de cuarenta y cuatro kilogramos con bigote militar, color de rata con tiña; canas incongruentes con su edad y dientes podridos. El alcohol y las citas clásicas son su refugio.


Tony se lanza a investigar el improbable suicidio de un viejo compañero del Liceo Naval: Juan Carlos Lousteau, el Indio. No lo mueve sólo la curiosidad (el deseo de saber) y el afecto, sueña con seducir a Irene, la hermana del amigo muerto. El Indio dejó una nota intrigante, alude a la muerte de dos mujeres en la bañera ("el agua electrizada''), una era hija de un capitán de corbeta que dirigía la pesada del Servicio de Inteligencia Naval; la otra, una de esas montoneras quebradas por la tortura.


Aparecen personajes fascinantes. Horacio Acosta, el poeta "pulastrón''. Nahum, periodista escriba de asuntos policiales. Los amigos de Tony. El siniestro Doctor Lagormasino de la Policía Federal que ordena moler a golpes al detective aficionado (¡Qué buen capítulo, por Dios!). La resolución del caso es perfecta. Nunca hay que subestimar al azar.


La novela deja testimonio de algo que hoy no podría desmentir ni el más obtuso de los ciudadanos: la pauperización de Buenos Aires. Está repleta de ideas ingeniosas; sólo las declamaciones contra la clase media son un cliché. De todos modos, lo que hace a El agua electrizada una gema rarísima es la prosa de Feiling, esmaltada con "pedantescas menciones'', en palabras del propio autor. No obstante, la elegante erudición nunca es ostentosa. Copiamos un párrafo magnífico de la página setenta:­


"Desde la atmósfera diáfana y rumorosa del bar, cobraba vigor la idea de una armonía preestablecida. Good old Gottfried Wilhem. El mundo real era el mejor de los mundos posibles, y no había mal que no contuviese. Tony terminó su medialuna, tragó el café oleoso mientras examinaba de nuevo a los ocupantes de las mesas, quizá ajenos -quizás no- a cualquier intento de Teodicea. Ninguno parecía ser Nahum: la impuntualidad hubiera merecido el último círculo, ya que después de todo era una forma de traición''.­


¿Se escribe como se vive? Uno mira la foto de C.E. Feiling en la solapa de tapa de la añosa edición de Sudamericana y descubre que la barba bien cuidada, la corbata, el pantalón de vestir, los zapatos impecables se corresponden a un escritura atildada; siempre la palabra justa, el vocablo raro y escogido como exorno. Piénsese en su opuesto, un Horacio González digamos.


Dicen que Feiling, el formidable crítico que abominaba de Jauretche y Osvaldo Soriano (le costó el trabajo en un diario), quiso demostrar a sus amigos que era capaz de fabricar novelas de género, como el que más. Lo logró con creces. Pero tenía una mirada melancólica con respecto al oficio de literato. Página ciento sesenta y seis: 


"...lo verdaderamente patético es ser escritor, perder la vida por completo en la transmutación dolorosa en unas pocas sensaciones  y sentimientos. Que en el mejor de los casos, el hipotético caso de estar bien realizada, sólo proporciona placer a los otros''.­

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

domingo, 26 de junio de 2022

El mentalista


Con un éxito rotundo, la industria editorial ha desarrollado una manufactura ligera que comúnmente se denomina best-seller, pues son los libros que más se venden. Apunta a satisfacer las demandas de esa gran porción del público que abomina de las densidades temáticas y estilísticas, cuyo gusto se ve saciado, por lo general, con una intriga más o menos bien narrada, y si se adereza con melodramas, mejor. El crítico Sergio Crivelli la llama "literatura de supermercado", pues se trataba de su principal canal de venta en el Primer Mundo hasta la llegada del comercio electrónico. Esta columna propone el símil del cinematógrafo: literatura pochoclera.


Desde 2003, cuando entregó a la imprenta La princesa del hielo, la economista Camilla Läckberg (Fjällbacka,, Suecia, 1974) ha prosperado en las estériles mesetas de la literatura pochoclera. Algún ingenioso del marketing, amante de las hiérboles, la ha bautizado como "la reina del policial nórdico", esa cuerda que se ha estirado demasiado desde que Henning Mankell parió al inspector Wallander. 


La señora Läckberg, no obstante, merece respeto. Vendió más de treinta millones de copias en setenta países, y hasta tiene su propia marca de vino. Ahora se ha asociado con el mentalista Henrik Fexeus (Orebro, 1971) para forjar una nueva saga de novela negra: Vincent y Mina. Literatura en colaboración; que Jorge Luis Borges y Bioy Casares los absuelvan en el Parnaso. La primera entrega ha llegado a la Argentina: El mentalista (Planeta, 715 páginas). ¡Cien mil ejemplares la primera edición para la hispanósfera!


EL ESCUADRON SUECO


Mina Dabiri integra en Estocolmo un grupo de elite que se dedica a lidiar con los peores criminales, dirigido por la hija del jefe de Policía. En el escuadrón, por desgracia, no se encuentra el detective Robert Goren sino el erotómano Ruben, el amargado Christer, y el pobre Peder que se muere de sueño porque su esposa tuvo trillizas. Trasmiten, por lo general, la idea de mediocridad.


La unidad se encuentra sumida en el desconcierto. En una caja de madera abandonada en un parque público apareció el cadáver de una joven mujer atravesada por espadas. No hay pistas. La oficial Dabiri -germanófoba a lo Adrian Monk- sugiere contratar, en calidad de asesor externo, al famoso mentalista Vincent Walder para indagar en el mundillo del ilusionismo. Pronto descubrirán que se trata de un asesino en serie con un solo modus operandi: las víctimas mueren -con gran sufrimiento- como consecuencia de trucos de ilusionista fallidos.


La investigación del caso policial -obstaculizada por los estrictos protocolos suecos- es lo mejor del libro. Hay algunos giros interesantes y uno avanza hasta el final ansioso por saber quién (y por qué) perpetra tan espantosos homicidios. Todo lo demás es relleno insulso: la vida privada de Vincent; los defectos y los secretos de los policías; un flashback a Kivibille, 1982. Abundan las sensiblerías, las redundancias y la corrección política (los malos son un grupúsculo ultranacionalista y los periodistas). La sonda psicológica que lanzan Läckberg y Fexeus entre sus caracteres explora tan solo en las profundidades de un dedal.


Ambición no le falta a la obra, pero ojo. La literatura pochoclera tiene sus reglas de acero. La trama debe trozarse en capitulitos, no sea que algún otario se pierda. Otro mandamiento industrial: a cada paso el autor deberá enseñarle algo al lector. Si la Wikipedia hablara, lo haría como los personajes de este libro. En la página 164, por ejemplo, nos enteramos que los seres humanos tienen más dificultad para asimilar la información externa cuando se cruzan de brazos. "Los gestos están tan indisolublemente ligados al pensamiento que de forma automática el cerebro se encierra en sí mismo si tenemos los brazos cruzados", escribió probablemente Fexeus, que se presenta como experto en comportamiento gestual.


En la pagina 513, uno de los investigadores, fastidiado por el embrollo increíble del caso, masculla: "Vivimos en el mundo real y no en una novela policíaca barata, en el mundo real las cosas no son tan complicadas".  Los autores aplican aquí el viejo truco de los anillos de Al Koran (Página 590). Censuran el mismo truco que ofrecen. 


Hasta donde sabemos, nadie ha destruido con más inteligencia está apuesta zonza por la inverosimilitud criminal que Raymond Chandler en El simple acto de matar. Recomendamos con toda convicción la lectura de aquel miniensayo de 1950 que postula la necesidad impostergable del realismo en el género policial.

Guillermo Belcore

Publicada hoy en el Suplemento Cultura de La Prensa.


Calificación: Regular

jueves, 16 de junio de 2022

Piquito en las sombras



 

 De cara al milagro estamos todos, inmóviles en la espera.

Leonardo


­Muchos elogios de la crítica especializada ha recibido durante las últimas tres décadas la producción literaria del señor Gustavo Ferreyra, sociólogo y profesor universitario, nacido en 1963. Alguien podrá decir: ¡Eso no significa nada en la Argentina!, teniendo en cuenta el estado zombi del comentario literario regido -salvo honrosas excepciones- por la cobardía, el amiguismo y la falta de erudición e imaginación del conjunto. Pero cuando el río suena, a veces agua lleva, aunque sea un hilito. Ferreyra compuso doce novelas y un libro de relatos, entre los que se destaca la saga de Piquito de oro.


Acaba de publicarse la cuarta entrega de la serie: Piquito en las sombras (Alfaguara, 619 páginas). El antihéroe es un sociólogo chiflado, condenado a prisión por haber hundido un pico en el cráneo del doctor Cianquaglini. Tiene delirios mesiánicos, quiere encarnar a Simón el Mago; tiene dos fieles amigos de tela, los muñecos Cachimbo y Maloy. Lo visitan dos mujeres incondicionales: Josefina, su pareja, veinte años más grande; su discípula, Bruna Yapolsky, veinte años más joven. El charlatán está obsesionado con los excrementos y con el pueblo calmuco.


La cuidada arquitectura narrativa se divide en dos partes. En la primera (``Que lo que sea, continúe'') se alternan las cartas que Piquito le envía a su amigo Daniel (mejor dicho su ex amigo pues lo ha traicionado) con la propia vida de Daniel Guterman, un hombre neurótico y holgazán, que vive de rentas, muestra veleidades de poeta y tiene un hijo (no reconocido) con su mucama. Desliza Ferreyra que su perfil es ideal para convertirse en dirigente fanático de izquierda, del Partido Obrero digamos. La segunda parte (``Sin espalda'') transcurre tres años más tarde: encontramos a Piquito (se llama Leonardo) confinado en un manicomio tras escaparse de la cárcel; sus peripecias con médicos y mujeres se ensamblan con tediosos ditirambos del `huroncito' Yaposlky. La trama da siempre impresión de tempestad en un tubo de ensayo, excepto cuando aparece la muerte.


Podría decirse que la antinomia primordial que plantea la duodécima novela de Ferreyra está algo gastada: intelectualidad vs. vida auténtica, ``el brillo fugaz de las verdades de la gente que viene de los suburbios''. Hipocresía discursiva vs. pragmatismo del cuerpo. Es el añoso mito del buen salvaje: nos fuimos de Africa demasiado pronto y en las tundras gélidas de Eurasia nos pudrimos por la cabeza, establece el asesino epistolero. El texto se mofa pues de los cultores del ``marco teórico'', de los que tributan a un sistema de ideas; el lector encontrará críticas tan inteligentes como cordiales al mundillo progre en que suponemos se mueve el propio Ferreyra, aquél en que se emanan ``los efluvios marxistas que borbotean como un reflujo ácido''.


Una par de curiosidades. En la página doscientos nueve se lisonjea a Horacio González (``ese hombre fluye como un manantial'') y aparece Néstor Kirchner en una asamblea de Carta Abierta. Naturalmente, tiene la talla del hombre providencial (estamos en 2008). Daniel lo ama ``porque todo lo que detesta de la sociedad se enfrenta a cara de perro con ese hombre''. Es decir, kirchnerismo por odio al antikirchnerismo.


En este punto, debemos aclarar que quien esto escribe no ha leído las tres entregas anteriores de Piquito, por lo tanto de seguro se nos escapan algunos juegos, si bien el autor es un literato amable que permite ser comprendido sin conocimientos previos. Habíamos elogiado hace once años otra novela de Ferreyra, Doberman (1), basada también en los delirios de un psicótico, procedimiento siempre riesgoso.


He aquí el problema de la duodécima novela de Ferreyra: los monólogos de Piquito abruman, degeneran en cacofonía insoportable. Pura verborrea, que no debe confundirse con exuberancia verbal, el barroquismo que relumbra por su poética o su filosofía. Es indudable que Ferreyra es un escritor de fuste que se toma su trabajo en serio y le encanta lo que hace. Compuso aquí capítulos de dimensiones similares: los del profeta Leonardo, diez páginas; los de Daniel, trece. Ese afán por darnos un latido, una especie de musicalidad, se malogra por la catarata de bobadas que escupe el personaje principal. Aburre Piquito. Quizás porque solamente nos resultan interesantes los locos que a su vez son geniales. Relámpagos de lucidez hay; pero no son tantos. Una obra recomendable, por lo tanto, para la grey ferreyreana.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Regular


(1) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2010/11/doberman.html

lunes, 6 de junio de 2022

El inglés en el paraíso


Entre todos los sinvergüenzas que han honrado la literatura europea durante el siglo XX, uno de los más interesantes y fecundos ha sido Curzio Malaparte (1898-1957).
Periodista, intelectual en el sentido amplio del término, Narciso de la política y las artes ha dejado algunos textos notables: agudos y elegantes retratos de época y sátiras. Se lo conoció como El camaleón, por su plasticidad ideológica: militó en el fascismo, en el antifascismo, en el  el comunismo de cuño soviético, en el maoísmo y finalmente abrazó la fe de Cristo. Curzio se consideraba como "un mártir de la libertad'', pues Mussolini -ese loco- lo envió a la cárcel durante cinco años.


  En 1962, apareció en Italia una recopilación de artículos que en la década del treinta Malaparte había publicado en el Corriere della Sera, algunos desde su confinamiento en la isla de Lípari. El libro se tituló El inglés en el paraíso. Tuve la fortuna de encontrar en la feria de libros usados de la Parroquia Nuestra Señora de Loreto -organizada por Caritas- el tomo que Plaza & Janes publicó en 1967, que incluye otras dos obras de Malaparte: Evasiones en la cárcel y Sangre. Oro en letras. El primero de los ensayos reúne, acaso, las más exquisitas injurias que un latino ha escrito sobre el hijos de Albión. Establece Curzio que un hombre y un inglés definitivamente no están hechos para entenderse.


Tal como hizo con los italianos y con los rusos en El Volga nace en Europa (1), el cachafaz de Curzio reflexiona sobre la esencia platónica de una nación. Sus conclusiones son seductoras por extravagantes. La verdadera naturaleza de los ingleses es angelical -afirma-; son seres alados que realizan el bien o el mal con un candor maravilloso y que miran, con un incorruptible desdén, al resto de la humanidad desde lo alto de una montaña... Como de Quincey, son morbosamente virtuosos... no tienen ideas; tienen solamente opiniones... Creen los ingleses que sólo existen dos especies civilizadas sobre la Tierra: los ingleses y los perros...


  Página 203: 

"Quien observe todos aquellos retratos de gentilhombres, de grandes damas, de almirantes, de generales, de altos prelados, de ricos mercaderes, de jóvenes señores, de muchachos y de chicas, se quedará sorprendido de encontrar en todos ellos, las mismas características físicas y morales que la pintura sacra de todos los tiempos y de cada país, especialmente la italiana, ha enseñado a considerar como propias de los ángeles del Paraíso. Idéntico rostro terso y rosado, igual frente clara y pura y la misma expresión notablemente estúpida que en ingleses y ángeles revela la común ausencia de pensamiento, de sentimientos y de escrúpulos humanos''.


  Malaparte, pues, juega a ser André Maurois, para responder esta pregunta: ¿Cuál es el secreto de Albion? Ensaya paradojas y humoradas (a lo Chesterton) y le salen muy bien. Demuestra dotes de fino crítico literario cuando se mofa de la pretensión de Lawrence de regenerar al ciudadano moderno mediante el retorno al instinto sexual. El libro incluye además recuerdos de viajes por Londres, Cambridge, Oxford y la áspera Escocia. Aquí reivindica al salvaje caledonio en contraste con el pérfido inglés, aunque denuncia la pobreza atroz de Edimburgo y Glasgow. Otra rareza: se incluye el cuento Jesús no conoce al arzobispo de Caterbury en el que se reescribe el Misterio esencial de todos los tiempos. José era un carpintero judío de Istria que se casó con una joven mística llamada María y emigró a Palestina para salvar su pellejo tras el derrumbe del Imperio Austrohúngaro. El 25 de diciembre de 1921 nació el niño Jesús que fue adorado por campesinos hebreos y árabes, bajo la creencia de que arrojará algún día a los odiados ingleses al mar. Un cometa detuvo entonces su marcha sobre Belén. El prodigio se discutió en la Cámara de los Comunes.


  Finalmente, digamos que Malaparte aporta en esta obra singular una idea política digna de ser comentada: "La libertad de un pueblo no depende de su forma de gobierno. Más bien es el sistema de Gobierno el que depende del grado de libertad del pueblo''. Si la Argentina fuese una naranja, Perón sería su jugo, ha escrito en su obra capital el historiador Joseph Page.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

(1) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2016/01/don-camaleon-va-la-guerra.html

sábado, 14 de mayo de 2022

Noches de la antigüedad


En el Canon occidental, fiable guía de lectura superior, se aconsejan sólo tres novelas de Norman Mailer (1923-2007). Una de ellas es Noches de la antigüedad, uno de los textos más singulares y exigentes de la literatura estadounidense moderna.


Hizo bien el cascarrabias de Harold Bloom. Noches de la antigüedad -entregada a la imprenta en 1982- es un libro poderoso, sublime y brutal a la vez, como "la mortaja de Osiris y el rastro de Ra". Mailer tardó diez años en concluirlo.


Tuve la fortuna de encontrar un ejemplar usado en una librería de Mar del Plata, editado por Emecé en 1984. Son 597 páginas torrenciales, una de las experiencias más intensas de lectura que pueda imaginarse, aunque como todos los torrentes también arrastra muchas inmundicias, como la sodomía más bestial, el canibalismo o el excremento como centro de la brujería. 


Advertía Bloom hace cuarenta años en una reseña publicada por el The New York Times

"Nuestra energía literaria más conspicua ha generado un libro que desafía los estándares estéticos habituales, incluso cuando se ubica más allá de cualquier idea convencional sobre el bien y el mal". 

En otras palabras, es una creación compleja que pone a prueba no sólo nuestra inteligencia y cultura adquirida, sino también nuestro estómago. No es para flojos ni para apresurados.


HACE TIEMPO Y ALLA LEJOS


Mailer, el niño rebelde, nos lleva al incestuoso Antiguo Egipto. Al fin de la Edad de Bronce, mil trescientos años antes de Jesucristo. Une el reinado glorioso de Ramses II con la mediocridad del Noveno de los Ramses. El hilo conductor son los cuatro nacimientos de Menenhetet I; el ilustre súbdito descubrió el secreto de la transmigración de las almas de boca de un esclavo judío, quien a su vez lo aprendió del mago Moisés.


El núcleo incadescente de la trama es una noche maravillosa en Menfis en la que, después del banquete más exquisito, Ramses IX, sediento de sabiduría, ordena al médico, ex general, (y secreto profanador de tumbas) que narre sus cuatro vidas. Están presentes otras tres personas: el Sobrestante del Arca de los Cosméticos del faraón; su esposa Hazfertiti (y media hermana); el hijo de ambos, Menenhetet II, biznieto del noble, que cumple en la novela -ya muerto- la función de narrador.


Menenhetet, el Viejo, evoca hechos portentosos, sobre todo de su primera vida. Como la batalla de Kadesh, el choque de carros más importante de su era (en el sur de la actual Siria) cuando brilló como auriga de Ramses II. O su labor como Guardían del Jardín de las Recluidas, el harén con cien reinitas, "que se entregaban con devoción al cuerpo del faraón como si estuvieran rezando a su lado en el templo, con lenguas que no se importunaban".. O sus amores tempestuosos con la reina Nofretari... 


El libro reconstruye o fabula tres civilizaciones: la egipcia, la fenicia y la hitita. Recorremos Menfis, Meggido, Tiro y Kadesh. Visitamos el templo de Amón, las minas de oro de Eshunarabid, y la cama de la puta secreta del rey hitita. La segunda parte (El libro de los dioses) podría describirse como El Genésis de la mitología egipcia. Otro pasaje impresionante es la representación del Mundo de los Muertos.


En la segunda vida, Menenhetet fue el más joven Sumo Sacerdote de Tebas. En la tercera, hijo de la meretriz Nub-Uchat, encargado de un burdel y luego acaudalado hombre de negocios que amasó su fortuna con la exportación de papiro a los portencias rivales de los Dos Reinos de Egipto. En la cuarta, logró conservar su fortuna y fue miembro de la nobleza. Es una concatenación triste. Al fin y al cabo, el alma nunca consiguió lo que buscaba en sus cuatro existencias. Ciento ochenta años de soledad.


Vale mencionar que el contenido se organiza en siete partes, porque siete son nuestras almas: Ren, Sejen, Ju, Ba, Ka, Jaibit y Sejú. Es decir, mi nombre, mi poder, mi ángel, mi corazón, mi doble, mi sombra y mis restos. Algunas van al cielo; otras al infierno.


UN ESCRITOR AUTENTICO


Algo hay que decir, siempre, del estilo. Mailer es (era, perdón) un auténtico escritor. Construyó catedrales de palabras. Trabajó aquí con esmero los párrafos hasta que relumbraron como "el crepúsculo sobre el Nilo que acude al sonar del cuerno del sacerdote"...


Como se ve, los embelleció con metáforas que respetaban el marco histórico. Una acción es "oscura como la sangre que se seca en la arena después de una guerra". Un embrujo, "poderoso como la voz del faraón". Un ambiente "desolada como un mercader a quien le han robado la caravana y se ve desnudo bajo la luz de la luna...".


A pesar de su tono de impudicia, de su sensualidad depravada y de un comienzo algo confuso (uno tarda en armar el rompecabezas), Noches de la antigüedad es una obra muy recomendable. Se trata de Alta Literatura: su imaginería es "embriagadora como una noche en que uno está dispuesto a todo"... Nos reconcilia con la idea de que las personas a las que nos agrada leer novelas sólo debemos invertir el escaso tiempo que el El nos ha concedido en el disfrute con esas producciones oceánicas, alarde de erudición global y ambición artística, que encierran un mundo y una época. Como las que componía Norman Kingsley Mailer.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

lunes, 2 de mayo de 2022

La aventura de pensar





El periodismo como profesión da algunas satisfacciones. Una, no menor, es el orgullo de descubrir que lo que se escribió años atrás no ha sido condenado por el tiempo, el más imparcial de los jueces. Que un texto no haya perdido un gramo de vigencia también debe ser motivo de gozo para un pensador de fuste como Santiago Kovadloff (Buenos Aires, 1942). ¡Y qué mejor reconocimiento que un sello se anime -la edición siempre es una apuesta arriesgada- a reimprimir sus creaturas! 

Emecé acaba de publicar, en efecto, un volumen que reúne ensayos enteros que Kovadloff compuso desde los ochenta hasta 2018. La antología se nutre de nueve libros y se titula La aventura de pensar (554 páginas). 

Se trata de un libro de Alta Filosofía, por ende no es para lectores con prisas. Puede que la prosa resulte algo monótona; no tiene la belleza de un George Steiner, una de sus influencias primordiales. Puede también que sobren palabras y, al principio, tropezamos con cierto abuso del calembour (ese ripio que tanto incomodaba a Borges). Pero las virtudes del contenido son muy superiores a los defectos de la forma. 

Kovadloff es un erudito de la cita, siempre pertinentes e inspiradoras. He aquí un libro que se recomienda leer con un lápiz en la mano. También es un fino crítico literario. Montaigne, Rimbaud, Maquiavelo, Pablo de Tarso, Camus, Descartes, entre otros, no escaparon a su ojo atento y su mente prodigiosa. 

Nos ofrece el autor, pues, una síntesis de altísima calidad e infrecuente profundidad de su evolucíon intelectual, consagrada a las mejores causas. La obra exhala arrojo cívico. ¿Hace falta recordar que Kovadloff es un paladín de la República, un tenaz adversario de la cultura autoritaria? 


Los esbirros de Cristina con título universitario deberían leer con atención la sugerencia que se formula en la página treinta y cuatro: 

 "...Cuando un intelectual asume el compromiso de la militancia partidaria en un contexto como el latinoamericano, debiera empeñarse a fondo y ante todo combatir el autoritarismo vigente en sus propias filas, es decir todo lo que en ellas compromete el afianzamiento de la democracia". 

Lo escribió Kovadloff en 1990. 

EL SILENCIO ELOCUENTE 


Frente a lo que no se puede nombrar es mejor quedarse callado, advertía Wittgenstein. Por fortuna, S.K. no ha prestado atención al dictum. El segundo libro resumido es una espléndida meditación sobre el silencio. Toma cuatro experiencias para consignar su trascendencia: poesía, amor, música y pintura.

Podría hacerse un pequeño diccionario con las precisas definiciones del filósofo. Página ochenta y uno: Poeta es aquél que "que ha sido inspirado, convocado para infundir forma, es decir contenido discernible, a lo irreproducible por él escuchado"... "poeta no es quien sabe emplear el idioma, sino aquel que se muestra apto para desembarazarse del uso corriente del idioma...". 

En el compendio de Lo irremediable: Moisés y el espíritu trágico del judaísmo -un viaje al corazón de uno de los tres grandes monoteísmos- encontramos una sagaz conjetura. El autor postula que la primera referencia a la "solución final del problema judío' en la vida intelectual alemana la encontramos en los escritos juveniles de Hegel. Es decir, hay ahí una minuciosa y terrible justificación del antisemitismo exterminador. Algo podrido estaba cocinando el pueblo alemán a principios del siglo XIX. 

Podría escrbirse otra media páginas con los hallazgos filosóficos y estéticos de la vasta obra de Kovadloff. No obstante, para no abrumar, y para dar al lector una idea cabal de la variedad del tomo, baste con mencionar otros temas magníficamente tratados: Elogio de cierta rutina, ¿Progresa el arte?, El enigma del sufrimiento, Retrato de la alegría, las Madres de Plaza de Mayo, La vejez, drama y tarea, Socrates y el profeta. 

En la página doscientos diecisiete, el ensayista republicano se empeña en rescatar un apego, fruto del interés intelectual, no de la curiosidad que siempre será nómade: "Releer es insistir, persistir, demorarse, volver a preguntar y querer llegar al fondo. Un hábito, en suma, hostil al entretenimiento frívolo y a la estética del relax". Y añade: "Acaso una buena definición de los clásicos sea ésta: autores que merecen ser releídos"

Atentos a la descripción del párrafo anterior, no sería erróneo afirmar que los ensayos de Santiago Kovadloff son ya un clásico.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultural de La Prensa.

Clasificación: Bueno


domingo, 17 de abril de 2022

De animales a dioses

 


Hace 70 mil años, un simio omnívoro de Africa experimentó una revolución cognitiva, causada quizás por mutaciones genéticas accidentales. Pequeños cambios en el cerebro le permitieron nuevas maneras de pensar y comunicarse. El Homo sapiens se diseminó por los cinco continentes y en el proceso exterminó a otros seres humanos, como los neanderthales, y a la mayor parte de los grandes mamíferos y aves que no vuelan. Hace 12 mil años, empezó la segunda gran revolución de nuestra especie: la agrícola. Puede que el acuerdo fáustico entre los humanos y los granos haya sido el peor error que hayamos cometido, pues generó una explosión demográfica, elites consentidas y enorme sufrimiento en masas infinitas de campesinos y animales de cría. Creamos órdenes imaginados y diseñamos escrituras, con esos dos inventos llenamos las lagunas que habían dejado nuestra herencia biológica. Creamos instintos artificiales que permitieron que millones de extraños cooperaran de manera efectiva (esa red se llama 'cultura'). Hace 500 años, estalló la tercera revolución: la científica. El descubrimiento de la ignorancia desató un crecimiento vertiginoso y sin precedentes del poder humano. Tres inventos (el dinero, la religión y los imperialismos) hicieron que la historia se desplazara implacablemente hacia la unidad. Hemos conquistado el planeta y los adelantos tecnológicos permiten inferir que la muerte de cada persona no es ya un destino inevitable sino simplemente un problema técnico. Tal vez, en 2050 ya existan humanos amortales. Lo cierto es que la humanidad alcanzó tan pronto la cima (70 mil años no es nada en tiempos biológicos) que no tuvimos tiempo de adaptarnos. Somos criaturas llenas de miedos y ansiedades acerca de nuestras posiciones; no se olvide que éramos los desvalidos de la sábana. Somos el terror de los ecosistemas.


El párrafo anterior, aunque algo extenso, resume (y simplifica) la visión de uno de los libros más vendidos de  este siglo. De animales a dioses. Breve historia de la humanidad (Debate, 493 páginas), un ensayo fascinante que elevó a la fama al profesor israelí Yuval Noah Harari y cuyos hallazgos desafían a la sabiduría convencional. Es que, en lugar de ceñirse a los relatos individuales, el historiador piensa los macroprocesos desde las estadísticas de masas. El darwinismo y la psicología evolutiva son sus herramientas formidables.


El ensayo, entregado por primera vez a la imprenta en 2013, respeta a pie juntillas la triple demanda del género: brevedad, claridad y tono conjetural. En líneas generales, resulta convincente y entretenido.


Además de las tres revoluciones mencionadas (cognitiva, agrícola, científica-industrial) el lector hallará fascinantes ramificaciones como el problema de la felicidad en la sociedad moderna, el secreto del éxito de los holandeses en el siglo XVI, el problema del mal en los monoteísmos o la importancia de la calificación crediticia para una nación, entre otras decenas de subtemas atractivos. Pero vayamos a un tema de actualidad.


El profesor Harari destaca que en el siglo XXI la violencia internacional ha caído al nivel más bajo de todos los tiempos. Lo atribuye a la acción omnipresente del Estado y a que el Imperio global está controlado por élites (políticos, empresarios, influyentes) amantes de la paz kantiana. Las pocas guerras de nuestro tiempo ocurren en los lugares en los que la riqueza es riqueza material a la vieja usanza, como el petróleo de Iraq o los cereales y minerales de Ucrania. Agresiones como la invasión rusa de 2022 nos conmueven tanto porque la mayoría de los seres humanos ni siquieren pueden imaginar una guerra como la que vivieron nuestros abuelos.


Es decir, para Harari la humanidad ha logrado romper la ley de la selva. ¿Cómo entender entonces al zar Vladímir Putin, odioso criminal de guerra? ¿Una excepción o una reversión? Bueno, en la perspectiva del catedrático de la Universidad Hebrea de Jerusalén la historia no es determinista (cada punto es una encrucijada) y el orden social se encuentra en estado de flujo permanente. Más aún, no hay ninguna prueba de que las personas se hayan vuelto más inteligentes con el tiempo.  


No sabemos pues si esta notable caída de la violencia internacional que venía gozando nuestra generación (con dolorosas excepciones, claro) es un cambio fundamental de las corrientes de la humanidad o un remolino efímero de buena fortuna. "La historia no ha decidido dónde terminaremos y una serie de coincidencias todavía nos pueden enviar en cualquiera de las dos decisiones", escribió casi al final del libro. Por eso, colegimos en esta columna, resulta crucial que Putin no se salga con la suya.


La evolución, que no tiene propósito según Harari, nos moldeó de tal forma para pensar que la gente se divide entre nosotros y ellos. Estamos programados para elegir comunidades imaginadas. La que incluye la democracia, la economía de mercado y la paz universal, es seguramente la mejor de todas. Las comunidades putineras son abominables.

Guillermo Belcore

Publicado en el diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

lunes, 4 de abril de 2022

El valle de los arcángeles


Por Rafael Tarradas Bultó
Espasa. 645 páginas

Originado en Francia durante la segunda mitad del siglo XIX, el naturalismo es una orientación literaria cuyo objetivo principal es la descripción detallada de la realidad, con especial énfasis en los aspectos más crudos y desagradables de la vida, establece la Enciclopedia Barsa.

Aún se escriben libros con ese procedimiento. Sólo resultan tolerables cuando incorporan elementos más modernos como una profunda exploración psicológica o social, cuando se experimenta con la forma, o cuando el autor tiene las aljabas repletas de poética o filosofía; es decir, cuando la novela seduce por su potencia estética y su sabiduría.

Ninguna de esas virtudes colorea El valle de los arcángeles , la segunda novela de Rafael Tarradas Bultó (Barcelona 1977), diseñador industrial que trabaja en Madrid en el área de la comunicación y es un apasionado por la historia, según la solapa del libro.

La trama puede que le resulte atrayente a los lectores españoles interesados en la pérdida de su colonia más valiosa en el siglo XIX. Viajamos a 1864. Era una época de transformaciones urbanísticas en Barcelona y de sismos políticos en Cuba. Estamos ante los últimos estertores de la ciudad medieval y del régimen de esclavitud. En los pechos de la Gran Antilla late el deseo de independencia. Al Imperio Español le restan pocas décadas de vida.

El Valle de los Arcángeles designa un jardín del Edén en Cuba. Allí prosperan tres ingenios azucareros en manos españolas, ahora benevolentes. Deben afrontar la evolución del sistema esclavista, que sostiene la boyante economía isleña desde hace siglos, hacia el esquema del salario miserable. Con ese telón de fondo, ocurren espantosos asesinatos de terratenientes y sus mayorales. El asesino les arranca el corazón. Causa un módico suspenso la investigación aficionada. Hay abundante efusión de sangre. Mientras tanto, se incuba la rebelión cimarrona.

Los personajes fueron concebidos para una telenovela de la tarde, tipo Pasión de gavilanes. Abruman los estereotipos. La patrona sabia con inquietudes culturales, el muchacho ingenuo que inesperadamente debe hacerse cargo del negocio familiar, la trepadora cruel y hermosa cuya belleza hace que los hombres coman de su mano, el héroe plebeyo... ¡hasta una bruja clarivente encontramos!

Estableció Voltaire que el secreto de ser aburrido es decirlo todo. El señor Tarrados Bultó nos inflige una y otra vez el vicio de la redundancia, no sea cosa que se pierda el más tarugo de los lectores. La urdimbre prefiere el giro trillado y se apoya en demasía sobre las casualidades ("No podía creer en su suerte"). Los recursos expresivos son pobres; no se expone talento para la metáfora. Se narra y punto. Sobran palabras.

A pesar de su escritura plana y tediosa, la novela no carece de atributos. Debe elogiarle la ambición del autor para la reconstrucción histórica. Trabajó duro para documentarse, parece. Uno puede suponer que así vivían en el siglo XIX la aristocracia, la burguesía y la clase trabajadora (libre y esclava) en el palacete catalán y plantación caribeña. 

Salomónicamente, se podría afirmar que El valle de los arcángeles está a mitad de camino entre el arte y la literatura de supermercado. Casi bueno.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa.

Calificación: regular

lunes, 28 de marzo de 2022

El profesor Donda


Por Stanislaw Lem

Ediciones Godot. 73 páginas 


Entre todos los seres humanos que la literatura ha enviado a las estrellas, el más interesante y divertido es, sin duda, Ijon Tichy. El astronauta no sólo nos ha hecho reír a mandíbula batiente; es en sí mismo una travesía intelectual, el instrumento de una imaginación prodigiosa para caricaturizar los problemas de nuestra especie con una escenografía cósmica, una mente que había conseguido escapar de la Shoá por milagro, y que eludió la implacable censura de una dictadura comunista. La mente de Stanislaw Lem (Lvov 1921 - Cracovia 2006).


Ediciones Godot, sello especializado en delicatessen y que hace unos meses publicó una excelente biografía de Lem, nos trajo otra deliciosa aventura de Ijon Tichy. Una nouvelle traducida al español en 2021: El profesor Donda. Pero esta vez no salimos de la Tierra, vamos a visitar a un par de depravadas naciones africanas (el libro se escribió antes de la era de la corrección política; hoy lo tacharían posiblemente de "racista").

Nuestro chico escribe a la posteridad sobre tablillas de barro (un gorila le ha robado la agenda). Quiere dejar testimonio del fin del mundo, que ocurrió algunas semanas atrás, justo después de las temporadas de lluvias. En realidad, es el fin de la civilización como la conocemos, todas las computadoras han dejado de funcionar. No existe el dólar e IBM fabrica ahora lápices y pizarras. La intención de Ijon Tichy es que la humanidad del futuro sepa que el profesor Affidavit Donda, el hazmerreír de la comunidad científica occidental, había anticipado el colapso global desde sus laboratorios en Gurunduwayu y Lamblia.


La ley de Donda establece que la materia, la energía y la información son los tres estados de la masa y pueden transformarse entre sí. Así como existe una masa crítica del uranio, también hay una masa crítica de la información. Cuando se alcanza ese umbral en los casi infinitos bits de las computadoras, ¡kaput! La información desaparece, pues se convierte en materia, en un microcosmos, idéntico al nuestro. Es la receta de Dios para crear el Universo que conocemos; contó desde el infinito hasta cero. Cuando llegó a cero la información se materializó y ocurrió el Big Bang. (Qué tipo agudo era este Lem, ¿verdad?).


Esta historia se lee de un tirón, con placer y provecho. Es una sátira del Tercer Mundo, del mundillo científico, de la naturaleza humana en general. Es una puerta de entrada a la obra de Lem o un complemento sabroso de una de las mejores novelas de ficción científica del siglo XX: Diario de las estrellas, la obra maestra del maestro Lem.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Muy bueno

jueves, 10 de marzo de 2022

Solo integral

 


La democracia, allí donde funciona bien, se asienta sobre un trípode. Capitalismo para la producción de bienes y tecnología; socialdemocracia en lo tocante a la redistribución y protección social; liberalismo para las creencias y costumbres. Los tres pilares deben ser de la misma altura, de lo contrario pierde su equilibrio el conjunto por el lado de la justicia o de la libertad.


El trípode democrático es una de las espléndidas ideas que que trae el libro más reciente de Fernando Savater: Solo integral (289 páginas, Ariel). El sello editorial lo promociona en la Argentina como un "destilado de su pensamiento".


Nacido en San Sebastián en 1948, Savater es uno de los polígrafos más útiles y estimulantes de la hispanósfera. Odiado por la izquierda radical (qué mejor carta de presentación que ésta) y desdeñado por los esnob de la academia a causa del carácter semiprofesional de su obra (aunque es un éxito de ventas), el pensador es una voz indispensable para todos aquellos que creemos que la sociedad abierta es un proyecto inconcluso aquí, aún no se ha establecido allá, o bien está acullá bajo fuego intenso por parte de sus enemigos de siempre. Por eso, un ensayo de Savater siempre será bienvenido.


En esta ocasión, se han recopilado sesenta y tres artículos breves que reprodujo el diario El País de Madrid entre 2014 y 2020. Una columna de trescientas palabras (lo más breve que publicó en su vida) que participa del arte del panfleto, la crítica literaria y la autobiografía; y que obró como bálsamo para un alma atribulada por la muerte de su esposa.


ELEMENTO NOVEDOSO


Hay un elemento novedoso en el libro. El autor añadió a fines del año pasado a continuación de cada una de las columnas un comentario de idéntico largo "a modo de reflejo en el lago del presente para prolongarla o desmentirla"". Llamó Savater a este juego intelectual Col tempo, en alusión a un cuadro atribuido a Giorgione, que exhibe la Academia de Venecia: ""una anciana devastada por la edad pero que fue y aún sigue siendo bella... a su manera".


Cada entrada se titula con una palabra. Veamos una de las mejores: "Imbéciles". No es novedad afirmar que Savater se distingue también como maestro de lecturas. Sugiere en este capítulo La imbecilidad es cosa seria de Maurizio Ferraris, donde se define dicha enfermedad endémica de nuestra especie de la siguiente manera: "Ceguera, indiferencia, hostilidad a los valores cognitivos, más extendida entre quienes tienen ambiciones intelectuales". La descripción es perfecta, ¿verdad? ¿No encontramos hoy entre la intelectualidad argentina la colección más peligrosa de imbéciles?


Como si se tratase de perlas negras, la recopilación periodística va engarzando a los imbéciles más peligrosos de nuestro tiempo: los fanáticos de la identidad, de la corrección política y de tratar a los animales como humanos (y viceversa); los separatistas catalanes y vascos; los nihilistas blancos; los enemigos de la Constitución; los que celebran a los terroristas como héroes populares; los progres que creen tener el monopolio de la virtud; los extremistas, en especial los Viejos Revolucionarios.


En la página ciento diez, Savater insta, como un acto de salud mental, a odiar el terrorismo, la tortura, la pena de muerte, la intolerancia frente a la libertad de expresión. Su visión es la del iluminista tardío que ha aprendido que "la suposición de que los seres humanos nos regimos habitualmente por la razón utilitaria es una visión demasiado optimista". Su inspiración se llama Immanuel Kant, el de la paz perpetua y la ética cosmopolita. "Todos somos ciudadanos del mundo", sería la premisa ("Todos somos hijos de Dios", decimos los cristianos).


En cuanto a la política real de España, Savater se lamenta por el hundimiento de Ciudadanos y confiesa que la otra causa militante que ha abrazado es la del Partido Radical de Marco Panella y Emma Bonino, un alarde de originalidad "plenamente europeo". Entre Vox y Podemos, prefiere al primero, pero aclara que no votaría a ninguno de los dos.


Otro agrado que tiene el libro es que permite trazar cien analogías. Por ejemplo, los anatemas de Savater a los ""fantoches de Podemos"" le calzan como anillo al dedo a los líderes de La Cámpora. Su repudio muy bien argumentado al fervor identitario y al fanatismo de la identidad nos da argumentos contra las feminazis y los maputruchos. Al fin y al cabo, el populismo de izquierda y las psicopatías políticas son igualmente nefastas en cualquier nación donde asomen su fea máscara.


Nos deja Savater un mensaje imperioso en estos tiempos peligrosos por un tirano moscovita: "Es imprescindible movilizarse contra lo aborrecible".

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

miércoles, 16 de febrero de 2022

El artista de la cuchilla


En 1993, el escocés Irvine Welsh publicó Trainspotting, un ícono de nuestro tiempo que narra las vilezas de una pandilla delincuencial de Edimburgo. La novela se convirtió en objeto de culto y los amantes del calificativo fácil la definieron como "la cumbre de la literatura punk". El libro generó obras de teatro y un film muy popular. Alentado por el éxito global, Welsh escribió una secuela titulada Porno en 2002 y una precuela que bautizó Skagboys en 2012. De todos los caracteres de la saga, sin duda, el más inquietante es Francis Franco Begbie, un matón adicto a la violencia, que siempre tendrá el rostro del actor Robert Carlyle.


Pasaron treinta años, casi. Qué será de la vida del psicópata del barrio, se deben haber preguntado muchos de los aficionados al submundo Trainspotting. Welsh satisfizo su curiosidad con una trepidante novela publicada en 2016 en la anglósfera que acaba de llegar a la Argentina. Bienvenidos a El artista de la cuchilla (Anagrama, 265 páginas). Por cierto, el spin off (término de moda) se convertirá en los próximos meses en una miniserie de seis capítulos, naturalmente con Carlyle en el papel principal, como corresponde.


Begbie de Leith se mudó a California. Tiene una esposa joven, guapa y rica. Tiene dos hijas adorables. Se casó con su arteterapeuta que le cambió la vida en una prisión de Escocia. Se ha convertido en un escultor que gana mucho dinero tallando bustos de personajes famosos con trágicas mutilaciones. Así sublima sus instintos bestiales, su deseo incontenible de herir a un semejante. Hasta cambió de nombre. Ahora se llama Jim Francis, el artista de la cuchilla.


Begbie ama a su familia. Parece que ha conseguido, por fin, evitar que entre en erupción esa lava de rabia que le hinchaba el pecho por cualquier fruslería. Parece. La agresión de dos malvivientes a su esposa en la playa y una llamada que recibe desde su tierra natal ponen en juego su regeneración.


Han asesinado en Edimburgo a Sean, el primogénito de Begbie. No es que nuestro sociópata lo amara; en realidad, no tenía el menor contacto con el fruto de un enlace sin amor de dos décadas atrás. Pero decide hacerse cargo de los gastos del entierro y de encontrar al asesino de Sean. Rugiendo, los demonios de la violencia salen de la jaula y dejan una estela de sangre y destrucción ígnea en la capital escocesa, conforme nuestro antihéroe va encontrando a los fantasmas del pasado y lo van involucrando en una guerra entre mafias.


RETRATO DE LA ESCORIA


Hay que destacar que Welsh, maestro del realismo sórdido, es un hábil constructor de villanos. Begbie, con su perturbadora agresividad, atrapa nuestra imaginación. Pero no es una novela que puede recomendarse así como así a toda clase de público. Welsh es un pornógrafo de la violencia. Hay escenas de rebuscada e inverosímil tortura.


También podría decirse que El artista de la cuchilla no es la puerta ideal para ingresar a la obra de Welsh. Si bien la trama se entiende perfectamente aún sin haber leído sus libros anteriores, la aparición de viejos conocidos la disfrutará más intensamente el conocedor de la saga. Por ejemplo, hace varios cameos el taxista erotómano Terry El Jugo Dawson, que nos había encantado hace cuatro años en Un polvo en condiciones.


Si la línea narrativa principal de la novela, con su delicado misterio policial, es la cacería del asesino de Sean Begbie, el autor desarrolla una muy interesante digresión: los orígenes de la rabia asesina de Franco. Identifica dos fuentes del TEI (trastorno explosivo intermitente): la dislexia y la herencia gansteril. En el seno de la familia -nos advierte- se instila ese veneno en el alma que hace que, por ejemplo, un muchacho descargue su ira sobre alguien que es diferente. La maldad se transmite de generación en generación, sería la hipótesis.


Radicado en Chicago, Welsh es un escritor enrolado en el llamado campo progresista. Los personajes con valores liberales (liberal en el sentido anglosajón) son positivos. Sostiene que peor que un Franco Begbie, cuyo principal talento hasta la adultez era hacer daño a los demás, es un primer ministro que deja sin empleo a miles de familias. Denuncia que en Escocia "hemos aceptado una visión del mundo jerárquica y elitista. Los que están abajo no importan, siempre que se amenacen entre sí y no a los de arriba o los turistas que son fuente de ingresos".


Más extraña es su afirmación de la página ciento dieciocho: "A pesar de la imagen que ofrecen sus películas, del militarismo de su política exterior y del creciente racismo, los Estados Unidos son un lugar mucho más tranquilo que Escocia... el único problema es que cualquier pirado puede comprar una pistola y, claro, eso cambia todo".


Es decir, Welsh usa a Begbie como instrumento para divulgar su dogma progre. Es otro punto flojo del libro. El tipo es un matón irascible; no le da el Pignet para el papel de pensador sofisticado.


Finalmente, hay que decir que Anagrama contrató a tres traductores para lidiar con la jerga escocesa de Irivine Welsh, una de las señas de identidad de su vasta producción narrativa. El resultado es bueno, pero el lector argentino deberá resignarse al caló madrileño. Resulta inevitable. Hoy más que nunca desde 1853, Argentina es la periferia andrajosa de la hispanósfera.

Guillermo Belcore

Calificación: Buena

sábado, 12 de febrero de 2022

Signos de civilización. Cómo la puntuación cambió la historia.

 


Es común que, cuando se habla de grandes inventos, se mencione siempre el hardware: la imprenta, la máquina de vapor, la generación de electricidad, la computadora. Pero el software ha sido más importante para que la humanidad, sin él, aquéllo es metal muerto. El lenguaje escrito es pues la tecnología decisiva; nada cambió más profundamente nuestra mente. Y la parte avanzada de ese hito del desarrollo económico, social y moral son los signos de puntuación, acaso una de las claves de la hegemonía occidental.


"La puntuación es una de las cosas más espléndidas que produjo nuestra civilización, y que conoció un desarrollo glorioso que atravesó desde la Antigüedad al Renacimiento'', destaca el señor Bard Borch Michalsen. Acaba de publicarse un ensayo sustancial de este catedrático noruego. Signos de civilización. Cómo la puntuación cambió la historia (Ediciones Godot, 176 páginas, traducción de Christian Kupchik) es una obra tan amena como profunda que revisa 6.000 años de escritura, rescata a héroes olvidados como el bilbliotecario Aristófanes de Bizancio (desarolló el primer sistema de puntuación del mundo), plantea inquietudes sobre el futuro del lenguaje en la era digital y elabora una filosofía de la corrección gramatical y sintáctica. Un libro valioso, en suma.­


Podría decirse que el profesor Michalsen es una macluhiano tardío, en el sentido de que considera la tecnología como el motor de la evolución humana. La palabra impresa cambió la Historia, generó una revolución cognitiva; la libertad de expresión -duramente conquistada- modificó las relaciones de poder; el capital cultural potenció la economía como nunca antes. Y en ese devenir hubo aceleradores de los cambios poco conocidos como el editor Aldus Manutius (introdujo la primera coma moderna en 1494), el Steve Job del Renacimiento. Siguiendo la analogía, Venecia y Florencia fueron el Sillicon Valley de los siglos XV y XVI.­


El libro de Michalsen es un alarde de erudición. Se basa en una copiosa y bien escogida bibliografía. Hermosas citas exornan las páginas. Como ésta de Claudio Magris: "El uso adecuado del lenguaje es un requisito previo para la claridad moral y la honestidad''. Y esta otra de F. S. Fitzgerald: "Elimine todos los signos de exclamación. Un signo de exclamación es como reírse de sí mismo''.­


¡Scott está totalmente equivocado! En esta trinchera preferimos usar todos los signos de civilización. Y amamos ése que Michalsen considera el más hermoso, el único capaz de añadir un toque de distinción al texto: el punto y coma. Es otro invento renacentista y, acaso, también sirve como indicador de nivel intelectual; quienes lo usan bien son personas que gustan de la complejidad y los matices. En el siglo XIX, causó un duelo con esgrima. Hemingway lo desdeñó (al igual que al papel higiénico) pues temía que lo tomaran por afeminado.­


Después de esta maravillosa travesía por la historia de los signos de puntuación, de evocar algunas polémicas recientes en Europa y de proporcionar algunas oportunas normas gramaticales, Michalsen se adentra en un terreno filosófico. Advierte que la era del WhatsApp nos retrotrae, en cierta forma,  al lenguaje oral escrito de los griegos y a los ideogramas de la Antigüedad, vía emojis. ¿Es una moda? ¿Una tendencia irreversible que conduce a una suerte de esquizofrenia permanente, con dos formas de escritura en tensión? Otra grieta, pues.­


Fecundas reflexiones incluye la segunda parte del libro. El profesor Michelsen se pronuncia en favor de seguir enseñando el uso correcto de los signos de puntuación, pues "cuanto más pautas comunes compartamos en el acto de comunicar, mejor nos entenderemos''. 


Estos códigos comunes del lenguaje -insiste- "fueron sin dudas una de las mayores fuerzas impulsoras detrás de los grandes avances que tuvieron lugar en Europa hace quinientos años''. Uno no puede dejar de preguntarse: ¿Qué Argentina saldrá de esa mayoría de jóvenes exasperados que hoy casi no leen y usan para el diablo todas las magnificas herramientas que la escritura ofrece a la razón? Da miedo pensarlo.­

Guillermo Belcore

Publicado en el diario La Prensa


Calificación: Muy bueno

miércoles, 9 de febrero de 2022

Reacher

 



El mayor (RE) Jack Reacher mide 1,95 de altura y pesa 115 kilogramos. Es una masa de músculos, muy bien entrenada por el Ejército de Estados Unidos en el estilo de pelea más sucio del mundo. Le han enseñado, por ejemplo, a arrancar ojos con un pulgar. El ex comandante de una eficaz unidad de Inteligencia Militar recorre su país en ómnibus ligero de equipaje: un cepillo de dientes, algo de dinero, una tarjeta de débito. Usa ropa de segunda mano. "Sin ningún lugar particular al que ir y con todo el tiempo del mundo para llegar allí", advierte su demiurgo. No obstante, tiene la mala suerte de ser un gorila que atrae los problemas.


Hollywood le ha dado a Reacher el rostro improbable de Tom Cruise. Fueron dos películas; la segunda francamente muy mala. Amazone Prime, por fortuna, vuelve a las fuentes. Produjo una serie que respeta el espíritu y los rasgos físicos, mentales y emocionales de la creatura que protagoniza las novelas de Lee Child. La primera temporada ya está en el streaming; se basa en la primera novela del escritor inglés, Zona peligrosa. El showrunner Nick Santora (guionista de Prison Break) ha hecho un trabajo formidable.

Una mañana de cristal que se hace añicos, Reacher llega a Margrave, un pueblo de menos de 2.000 habitantes en Georgia en busca de historias sobre un as del blues. Ni siquiera puede terminar su café y su tarta de duraznos; la policía local lo arresta, pistola en mano, como sospechoso del asesinato de un John Doe en un descampado. El coloso errante (detesta que lo tachen de "vagabundo") pasa un día en la cárcel (sin decir palabra alguna) hasta que un banquero muerto de miedo confiesa el homicidio. Los dos son encerrados en una prisión estatal, donde intentan matarlos, pero claro, nuestro héroe es capaz de hacer trizas a cinco matones a la vez en los baños de la cárcel.

Ya en libertad, Reacher descubre horrorizado la identidad de John Doe. El asunto se vuelve personal. Se une entonces al envarado jefe de detectives de Margrave, un afroamericano educado en Harvard que se viste con chaleco y tweet en el verano sureño; y  a una agente de policía, rubia, bella y dura de pelar, como marca el canon. Son, acaso, los únicos agentes de la ley & el orden decentes en un estratégico cruce de caminos, dominado por un poderoso y enigmático grupo empresario.

La serie no da respiro. Hay una constante efusión de sangre. El veterano de guerra, fiel a su naturaleza de 'punisher' y azote de las mafias, se enfrenta a una vasta conspiración criminal que ha causado daños ambientales, asesinado a agentes federales e infiltrado a las fuerzas de seguridad; además de haber comprado, como dijimos, el alma y la conciencia del 99 por ciento de una población de Georgia. La mano ejecutora de los malos son comandos venezolanos.

El ex policía militar no es sólo fuerza bruta; es un investigador brillante con un cerebro sherlockiano que aplica a la perfección el método inductivo. Es también lo que los filósofos llaman "un hombre-isla", no quiere establecer lazos permanentes. El papel le calza como anillo al dedo al  musculoso actor y modelo Alan RitchonEl suyo -de ahí su potencia- es un personaje literario. También cumplen con creces Malcon Goodwin como el atribulado y gruñón detective Oscar Finley; y Willa Fitzgerald, interpretando a la oficial Roscoe. Los secundarios no desentonan.

En conclusión, hemos encontrado un thriller trepidante, adictivo y sólido, con algunos baches sentimentaloides, muy recomendable para quien guste de esta clase de manufacturas. Resulta perfecto como entretenimiento. Naturalmente, puede servir como puerta de entrada a la vasta obra de Lee Child (seudónimo de Jim Dover Grant).  La saga Reacher abarca cuarenta y cuatro libros; casi tres décadas de trabajo concienzudo. Ojalá, Amazon Prime recoja el guante.

Guillermo Belcore

Calificación: Buena.


Ficha técnica de 'Reacher': Año: 2022. Duración: 8 capítulos de  50 minutos cada uno. País: Estados Unidos.  Dirección: Nick Santora (Creador), Lin Oeding, Norberto Barba, M.J. Bassett, Sam Hill, Omar Madha, Christine Moore, Stephen Surjik, Thomas Vincent. Guion: Aadrita Mukerji, Lee Child, Nick Santora, Cait Duffy, Scott Sullivan. Novela: Lee Child.  Música: Tony Morales. Fotografía: Ronald Plante, Michael McMurray. Reparto: Alan Ritchson, Malcolm Goodwin, Willa Fitzgerald, Kristin Kreuk, Bruce McGill, Chris Webster, Harvey Guillen, Max Jenkins, Currie Graham, Marc Bendavid, Willie Carpenter, Jonathan Koensgen, Leslie Fray. Productora: Amazon Studios, Paramount Television, Skydance Television. Distribuidora: Amazon Prime.