lunes, 17 de enero de 2022

Los desposeídos


Hace 170, años los seguidores de la profeta Lais Oddo abandonaron el planeta Urras. Un millón de almas eligió una nueva vida en una luna inhóspita, fría y ventosa que no había producido especies más evolucionadas que peces y plantas sin flores. No obstante, los disidentes prosperaron; construyeron en Anarres una civilización sofisticada que se rige estrictamente por los principios solidarios del anarquismo.


Siete generaciones después, ninguna forma de propiedad es tolerada en el planeta satélite. Los odonianos desconocen el dinero, el matrimonio, las jerarquías, el sometimiento de la mujer, la religión. En sus toscas ciudades ninguna puerta está cerrada con llave, pero todas las casas cuentan con una habitación privada para quien desee intimidad sexual. Los ciudadanos no pueden tener cosas, ni siquiera el amor incondicional de una madre. La vida privada sólo tiene valor cuando cumple una función social.


El Nuevo Mundo se rige, además, por los principios de la economía orgánica. Todo excedente, cualquier lujo se define como "excrementicio". La tecnología es tosca: la construcción de una simple barcaza para transportar grano por mar requiere todo un año de planificación y un gran esfuerzo para la economía. En la práctica, el mundo libre de Anarres sobrevive porque se ha convertido en una colonia minera de Urras. El trueque es el vínculo institucional entre dos planetas que se desprecian mutuamente. Se toleran, empero, esporádicos intercambios científicos.


Algunos librepensadores de Anarres se han revelado contra el status quo, creen que es hora de poner fin al aislamiento. El más notable es Shevek, un físico genial que casi deja el pellejo en su afán de convertirse en el primer odoniano en volver al Planeta Madre en más de un siglo y medio. Esa decisión lo ha convertido en un maldito entre su gente; la utopía anarquista tiene lo suyo, no se crea, la censura se ha generalizado y el miedo al cambio más la mentalidad burocrática sofocan el pensamiento individual. El revolucionario viaja a Urras en uno de los cargueros que, ocho veces al año, unen los cuerpos celestes.


Fascinante, ¿verdad? Es el argumento de una novela magnífica que Ursula Le Guin (1929-2018) -acaso la demiurga más culta de la llamada ficción imaginativa de Estados Unidos- entregó a la imprenta en 1974. Minotauro acaba de reimprimir en la Argentina Los desposeídos (462 páginas). La autora ha confesado que sus elucubraciones filosóficas se inspiran en las ideas del príncipe ruso Peter Kropotkin y del filósofo de la nueva izquierda sesentista Paul Goodman. Y que el científico J. Robert Oppenheimer, un amigo de sus padres, fue el modelo de Shevek, el exiliado.


DE NINGUN LUGAR


La trama se expande en dos direcciones. En primer lugar, leemos los esfuerzos del Shevek para encajar en Urras como invitado de una prestigiosa universidad con la que mantenía contacto epistolar. No le resulta sencillo. En el Viejo Mundo, rigen doctrinas y costumbres que los odionianos han sido entrenados para odiar como el propietariado (nuestro capitalismo) y el "arquismo", similar al comunismo de cuño soviético. La comodidad, las vestimentas extravagantes, la comida abundante, los pájaros, el cuero, el patriarcado, la servidumbre, todo le resulta extraño al justiciero. Sus anfitriones lo miman porque Shevek ha desarrollado la Teoría de la Simultaneidad que podría acortar increíblemente los viajes espaciales.


Le Guin usa con destreza el recurso del flashback. La narración de las peripecias en Urras se alternan con capítulos que detallan el arduo camino que debió recorrer Shevek en Anarres hasta convertirse en puente entre dos mundos, con todos los vientos en contra.


Hay que repetir lo que habíamos señalado hace unos meses tras la lectura de La mano izquierda de la oscuridad. La escritora californiana -hija del destacado antropólogo Alfred Kroeber- fue bendecida por el Altísimo con un talento sublime para imaginar sociedades alternativas, en este caso, como dijimos, una anarquista que va sacrificando ideales en el altar del utilitarismo más ruin. El amor al detalle de Le Guin es extraordinario. Hasta la lingüística fue atendida con rigurosidad: en Anarres desaparecieron los pronombres posesivos y el insulto más escuchado es "¡egotista"!


Podría pensarse que la tensión entre Urras y Anarres es un subproducto de la guerra fría. Dos modelos ideológicos en pugna: capitalismo vs. anarquismo. Pero no se trata de una obra maniquea; los planteos conceptuales de Le Guin nunca son doctrinarios o simples, incluso su feminismo es delicado y sabio. Los desposeídos obtuvo los premios más importantes de la ficción científica (Hugo, Locus y Nebula) en 1975.


El juego de ideas, la historia de una conciencia pura que desafía a los poderes establecidos, y esa minuciosa atención a los pormenores de una raza alienígena hacen muy recomendable a esta novela. Escuchen esto: los pueblos del planeta Urras tienen su propia versión de la caída de Adán y Eva. Dios expulsó del Jardín del Edén a Pinra Od porque se atrevió a contarse los dedos de las manos y los pies, hasta sumar veinte, y dejar así el Tiempo suelto por el Mundo.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

miércoles, 5 de enero de 2022

Las ideas de nuestro tiempo

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En el arte del panfleto nadie ha demostrado mayor vigor y eficacia durante el último tramo del siglo XX que Jean Francois Revel (1924-2006), estableció don Fernando Savater en Sin contemplaciones.


El panfleto no es una especie menor. Es un campo ilustrado donde cabalgan los librepensadores que deciden escribir no sobre un tema, sino contra un adversario (Y a éste no se lo concede nada). Revel lo hizo con vivacidad, mordacidad de estilo y con el apoyo crucial de los datos concretos. Ha brillado así como cruzado de las ideas correctas, en particular de la libertad de espíritu. Ha sido el azote del comunismo, tanto de vieja escuela como el finisecular, camuflado de otra cosa. Ha escrito algunos de los libros políticos más importantes de nuestra era (por lo esclarecedores) como La tentación totalitaria, Cómo acaban las democracias, La obsesión antiamericana y El conocimiento inútil.


Antes de esas obras fundamentales, entre 1966 y 1971, fue editorialista literario de la revista L'Express. Esos artículos semanales, también lúcidos, son piezas de crítica del más alto nivel. Se han atesorado en un volumen maravilloso que encontramos en la Biblioteca del diario La Prensa y que venimos a recomendar con toda convicción: Las ideas de nuestro tiempo (Emecé Editores, 376 páginas, edicion 1973). La traducción es de Ramiro de Casasbellas. Hay que destacar que las ideas revelianas no han perdido un gramo de vigencia.­


La antología examina, con afilada precisión, el pensamiento de Marx, Erasmo, Marcuse, Aron, Chomsky, Mc Luhan, Trotsky, Freud, Montagne entre otros colosos. Revel observaba tanto las mutaciones subterráneas como los epifenómenos de superficie. Opinó sobre el Mayo francés, la Unión Soviética, Franco, la revolución de la costumbres en California, De Gaulle, la guerra de Vietnam, Israel y la idea del sionismo, el impacto de la publicidad, la democracia representativa. Comentó obras de Borges, Edgard Morín, Pirandello, Le Clezio, Malraux, Mauriac, Napoleón, Peyrefitte, Balzac, Vance Packard...­


Casi al pasar, el maestro Revel recomendaba a los comentaristas "mantenerse equidistante de la apología o el anatema, comprender antes que elogiar o condenar''. Por fortuna, casi nunca siguió una sugerencia tan inane. Así, nos regala una definición insuperable del Estado: 

"...institución destinada a promover a los mediocres, cuya esterilidad quedó demostrada de una vez y para siempre en los países del Este''.­


Y a los futboleros nos advierte en un pasaje de amarga ironía que el deporte de masas es una fuente primordial de demencia: 

"...a las enfermedades mentales más conocidas (maníaco-depresión de los atletas, paranoia de los simpatizantes, estado semiesquizoide de los dirigentes) se agrega el trance colectivo del público que llega hasta la locura mortífera...''.­


Un libro extraordinario, en síntesis. Haga el esfuerzo de encontrarlo, amigo lector.­


Guillermo Belcore


Publicado en el diario La Prensa



Calificación: Excelente

lunes, 27 de diciembre de 2021

Encrucijadas


¿Por qué no hay balsaquianos en la Argentina? Tenemos sí algunas novelas oceánicas aisladas como Las Varonesas de Carlos Catania y Pretérito Perfecto de Hugo Fuguet, tenemos a Saer y Laiseca, pero no ha engendrado la Patria un autor que de manera sistemática haya edificado una carrera profesional usando el procedimiento de Tolstoi y de Dickens que consiste en unir destino individual con el devenir de la sociedad. Alguien que, por ejemplo, narre la historia de una familia nacional por ochenta años, abuelos inmigrantes italianos, padres que prosperaron hasta los setenta, un nieto peronista en la universidad y en la guerrilla, el otro liberal en las finanzas, un primo en los Grupos de Tareas. ¿Será porque implica mucho trabajo?


Por fortuna, los amantes de la novela tradicional -un formato que nunca pasará de moda- encontramos al norte del Hemisferio literatos excelentes que nos satisfacen el gusto. Acaba de llegar a la Argentina, el más reciente trabajo de Jonathan Franzen (Western Springs 1959), una ambiciosa reconstrucción de la vida a comienzos de los setenta en un próspero suburbio de Chicago.


Encrucijadas (Salamandra, 630 páginas) es la primera parte de una trilogía. Es, acaso, la más completa, profunda y estimulante creatura de Franzen (mejor que Las correcciones, incluso); bien puede postularse como la novela del año. Uno simplemente puede abandonarse al goce la lectura.


Narra el autor las peripecias de los Hildebrandt. El paterfamilias es el reverendo Russ H., un paleto de Indiana, nacido menonita, que se ha transformado en clérigo progresista en la Primera Iglesia Reformada. Es un pacifista, un promotor de la justicia social, pero ha sufrido una crisis humillante en su trabajo y vive amargado por el hecho de que sólo ha practicado el sexo con su esposa Marion, a quien ya no encuentra deseable. ¡El pastor auxiliar de New Prospect está obsesionado con remediar esa carencia! Incluso al punto de poner en riesgo su carrera y convertirse en un ser despreciable a los ojos de sus hijos mayores. "Que fuera suya (la viuda pícara Frances Cottrell) incluso una sola vez, valdría cualquier precio que Dios le hiciera pagar luego", nos dice el narrador omnisciente.


Marion, la esposa del vicario y "madre sin atributos", tampoco es feliz. Hizo cosas deleznables en su juventud en California, estuvo encerrada en un manicomio y ahora sufre por su exceso de peso. Ha encontrado en el psicoanálisis un sucedáneo de la amistad y del confesionario (la religiosidad de los personajes es una de las claves del libro). Clem, el primogénito, está obsesionado con demostrar mayor valentía e integridad que su padre. Becky, la reina de la escuela secundaria, se convierte en esa clase de chicas que le roban el novio a otra. Perry, consumidor y traficante de drogas, opera a un nivel de racionalidad inaccesible para los demás. Jay es sólo un niño, pero parece el más sano de la familia. Uno no puede sino recordar el dictum de Sigmund Freud en El porvenir de una ilusión: "Piénsese en el contraste estristecedor que existe entre la inteligencia de un chico sano y la debilidad intelectual de un adulto medio''.


El título de la novela tiene un doble sentido. 'Encrucijadas' es un grupo parroquial caracterizado por sus aspavientos emocionales. Russ Hildebrant fue desplazado del timón por pánfilo y jamás se lo perdonó a su joven sucesor, el pastor Rick Ambrose. Estamos en 1971. La idea básica de la comunidad es que "Dios puede encontrarse en las relaciones, no en la liturgia y los rituales y el modo de adorarlo y acercarse a El parte de emular a Jesucristo en la relación con sus discípulos, practicando la honestidad, la  confrontación y el amor incondicional".


Pero también alude el título a las encrucijadas que enfrentan los Hildebrandt a lo largo de su existencia. ¡Los dilemas morales son el núcleo incandescente de la trama! No sólo es una novela magnífica que medita sobre cuestiones teológicas (la existencia del alma, la naturaleza de la bondad, el verdadero mensaje de la Navidad). También reflexiona Franzen sobre la Alta Filosofía de Albert Camus; en particular sobre la necesidad de ejercer la libertad moral. Cuestiona, no obstante, que exista una conciencia unitaria que delibera objetivamente sobre las opciones que encuentra sobre la mesa. Fuerzas oscuras y abismales distorsionan la acción humana.


Sea como sea, nos encontramos en el texto con un infrecuente nivel de espiritualidad y pensamiento elevado. Es una de sus glorias. Cuestiones más pedestres urden un clima de suspenso: ¿yacerá finalmente el torpe pastor Hildebrandt con esa rubia encantadora de los barrios residenciales que le ha sorbido el seso? ¿Qué consecuencias traerá el adulterio? Esas dos simples preguntas atrapan nuestra atención durante cientos de páginas.


Sin ser un gran estilista (aunque encontramos algunas metáforas coloridas), Franzen narra historias con una magnífica soltura. Demuestra además un brillante manejo de la escena y el diálogo. La traducción de Eugenia Vázquez Nacarino es competente, no arruina la erótica de la obra, pero el lector argentino deberá soportar esos feos coloquialismos de la Madre Patria. Uno se entera, por ejemplo, que "...echaron la pota sobre la nieve del jardín trasero..." quiere decir que habían vomitado. ¿Qué podemos hacer? La Argentina es hoy un arrabal pobre de la iberósfera.


Ha establecido Marcel Schwob que el arte del novelista consiste en convertir en interesante la vida de cualquier funambulero. Franzen lo logra con creces en Encrucijadas. Es el mejor sociólogo -al decir de jean Francois Revel-, "aquél que da la impresión de no hacer sociología". Resultan fascinantes pues las andanzas de un menesteroso párroco auxiliar, de su mujer y de sus cuatro hijos. Esperamos con ansias el segundo tomo que se ambientará -según deslizó el autor- en el año 2000. 

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

domingo, 5 de diciembre de 2021

Notas al pie




En la página veintiséis de su última novela, Alejandro Dolina (Morse, 1944) medita sobre el primer principio de Hipócrates (Ars longa, vita brevis):

"¿Cuánto se tarda en leer un libro? ¿Cuánto esfuerzo demanda hacer un trabajo de crítica acerca de algo que no forma parte de nuestros intereses? Leer un libro es no leer otro. Los lectores no inmortales podrán acceder al cabo de su vida a un número limitado de obras. Eso debería ser una advertencia para que uno elija bien. Leer El caso nueve dedos de la colección Rastros es -tal vez- no leer El retrato de Dorian Grey".

Un párrafo impecable, ¿no? Pero nos fuerza a preguntarnos: ¿Para quién es Notas al pie (Planeta, 468 páginas)? ¿Por qué deberíamos leer o pasar por alto la novela más reciente del señor Dolina?

Por supuesto, es un producto absolutamente recomendable para la legión de admiradores del demiurgo del Angel Gris. Desde los adorables cuentos que publicaba en la revista Humor allá por los ochenta, el señor Dolina no se ha movido un centímetro hacia arriba o hacia abajo. A los setenta y siete años, ofrece la misma singular ensalada de erudición bien y mal digerida, filosofía en clave atorrante, cierto tono engolado, coloquialismo, humor del absurdo, prodigios al por mayor, guiños a sus amistades. ¿Es esto Alta Literatura? Lo cierto es que uno lo lee y no puede quitarse de la cabeza la voz del showman de La venganza será terrible, su legendario programa de radio.

Es posible que el Dolina literato se autodescriba en la página dieciseis:

"...Morozov tenía dificultades para escribir y sólo podía construir fragmentos. Alrededor de esa imposibilidad fue desarrollando una ética y una estética de la sinécdoque y por cierto que los resultados fueron muy superiores a los que cabría esperar de sus obras terminadas... Morozov nunca escribió una obra extensa. Sus libros tienden más bien a reunir textos provenientes de momentos y propósitos distintos. Cada tanto, con la inspiración jadeante llegaba al final de un cuento. Sus obras de teatro, que nunca fracasaban, contaban siempre con un coautor, visible u oculto..."

Los que no pertenecen a la extensa feligresía doliniana encontrarán básicamente un libro que se torna tedioso, aunque con algunos fragmentos muy buenos. El autor juega a ser el Borges de Historia universal de la infamia, pero no le da la talla. Abundan las cacofonías y se inflige al lector de fuste una interminable retahíla de anécdotas extravagantes, la mayoría flojas.

La carpintería no es complicada. Se trata de la reproducción de los textos póstumos del escritor Vidal Morozov, comentados por su discípulo Franco De Robertis, quien, precisamente, no muestra la minuciosa devoción que James Boswell tributaba al doctor Samuel Johnson.

A los cuentos de Morozov y los comentarios al pie de De Robertis se añaden "Papeles Sueltos" y trozos de "la película de Laslo Martok con textos de Morozov", en la que intervienen alumnos de la escuela San Ginés (¿el compañero ex ministro?). Nada especial.

La clave artística del señor Dolina es la llamada fe poética (quizás también de sus convicciones ideológicas). Recorren el libros íncubos, magos, alfombras voladores, sillas del olvido, sabios chinos, ciudades semovientes como La Plata que casi choca con Buenos Aires y termina perdiéndose en el océano. La acumulación caótica busca, naturalmente, provocar asombro. Comparte escenario con amores contrariados, otra especialidad de la casa.

VIRTUD SUPREMA

La voluntad de creer es, en efecto, la virtud suprema para el señor Dolina. Podría decirse que la suspensión de la incredulidad (dentro de ciertos límites de la verosimilitud) es pertinente en el terreno de la literatura, pero en la vida real -sobre todo en el ámbito de la política- creer contra toda evidencia ha llevado a la Argentina al fondo de la abyección.

Volvamos a Hipócrates. Notas al pie también podría recomendarse al lector primerizo, adolescente incluso. El lector experimentado, el buscador de densidades formales y temáticas, se verá defraudado, le resultará arduo llegar al punto final. Y como dice el maestro Dolina, leer un libro mediocre es no leer una novela excelente.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa

Calificación: Regular

viernes, 19 de noviembre de 2021

Todo verdor perecerá


Hay libros que se devoran como un plato suculento, casi sin respirar. Hay otros que deben paladearse como el buen vino. Estos, más difíciles, exigen saborear párrafo por párrafo... ¡qué digo!, línea por línea para entender las ideas del autor y disfrutar los inagotables recursos de la poética que pone en juego.


A esta última categoría -la de los obras exigentes y ambiciosas- pertenece una novela que Eduardo Mallea (1903-1982) entregó a la imprenta cuando las hordas hitlerianas irrumpían en la Unión Soviética. Todo verdor perecerá (Espasa-Calpe Argentina, 175 líneas, edición 1945) es un texto muy denso en el buen y en el mal sentido del término. 


Fue compuesta para lectores que cultivan la paciencia, que gozan de la exuberancia verbal y de los conceptos alambicados, que leen con un lápiz en la mano, que no les desagrada volver atrás constantemente para releer y que soportan con entereza los pasajes tediosos. Sólo si usted fue hecho con esa madera noble llegará sin prisas al final (decepcionante) de la novela.­


Quiero decir, no es un libro para todos. A un tal Jorge Luis Borges no le agradó. Parafraseaba el título. "Todo lector perecerá'', bromeaba. Stefan Zweig, en cambio, cubrió al texto de elogios, pero esto debe tomarse con pinzas. Mallea dirigió el Suplemento Literario de La Nación entre 1931 y 1955 y había contratado como colaborador al pobre y errante Zweig.


EL TORMENTO DE JOB­


­Narra Mallea el calvario de Agata Reba, con un empaque literario similar al de un Emile Zola o un Thomas Hardy. Se la ha definido como "novela naturalista'', "novela psicológica'', "novela metafísica'' y "novela sombría''. Es decir, he aquí un estilo decimonónico tardío, embebido en filosofía existencialista (Kierkegaard sobre todo) y en ese pesimismo abrumador que tan bien esgrimía Juan Carlos Onetti. Aquí no encontrará el lector desahogos sentimentales. Son todas pálidas, diría un chico, hasta la última página.


Agata es hija de un mediocre médico de provincias, nacido en Suiza y afincado en el rústico puerto de Ingeniero White, a un tiro de piedra de Bahía Blanca, ciudad natal de Mallea. La vida condenó a la chica a la soledad. No conoció amor de madre. "Creció sin creencia, dura, hermética, huraña como un cachorro en despoblado''. Luego fue mal querida por su marido Nicanor Cruz, El amargao para más señas, y después (en la II parte) será abadonada por el abogado Sotero, su amante, el Hombre Instante , un sinvergüenza que cultiva la `teoría de la vida urgente'. Todos los días de la mujer parecen "como un único día largo de frío''.­


La trama nos lleva, como dijimos, al sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Los escenarios son White más una floreciente Bahía Blanca, más la sierra arenosa de los alrededores donde Nicanor y Agata se establecen, arruinados en todo sentido. La naturaleza aquí es una fuerza hostil. Sequías implacables estragan cosechas, esperanzas de prosperidad y matrimonios. Estamos en la primera mitad del siglo XX. Los personajes sufren maldiciones bíblicas. Padecen como Job.


Los personajes, bien tallados, exhalan fracaso. Casi todos. Mallea trae recuerdos sureños (el del infame malón por ejemplo) y algunas hermosas metáforas coloridas. Define a la Ema de Volpe, mujer de la vida, como una "rosarina condenada a la locuacidad como la raya de puerto al anzuelo fortuito''. Dice que algo es siniestro "como usurero en años de ruina''. O "irrisorio y sarcástico como la confitura que le traen al moribundo''.


Pero el procedimiento más significativo del libro es el uso que hace de su heroína trágica para la meditación filosófica. Transcribimos algunos pensamientos:­


* "Siendo la felicidad el estado más alto de la plenitud es también el que más se parece al balbuceo''.­


* "Si estamos hechos de multitud, ¿por qué somos tan poco soluciones?''.­


* "Somos animales frágiles, nuestra más terrible ilusión es creernos angeles andantes. De pronto estalla una arteria y somos una piltrafa''.­


* "Al fin, acabámos pareciéndonos a lo que odiamos''.­


* "La soledad sirve sólo si no hemos sentido lo que hay de mejor''.­


* "Las palabras no están hechas para entendernos, están hechas para que nos comentemos''.­


* "¿Será posible que todo sea en este mundo discordia, mal prevenimiento, cansancio del amor?... Feroces caídas, fuegos y las mil formas reptantes del resentimiento... Que el corazón humano no se aclimate en la unión nunca, nunca, nunca...''

Guillermo Belcore

Calificación: Regular 

domingo, 14 de noviembre de 2021

Atlas de micronaciones


El Principado de Sealand fue fundado en 1967 por el aventurero británico Paddy Roy Bates. Se asienta sobre el Mar de Norte no lejos de la Gran Bretaña, tiene una superficie de quinientos cincuenta metros cuadrados y cinco habitantes permanentes. El príncipe Michael I es la máxima autoridad y su historia ostenta un golpe de Estado y un gobierno rebelde en el exilio. Sí, un coup d"Etat con una población que equivale a un equipo de basquet. Las micronaciones dicen mucho -o, mejor dicho, nos dicen todo- sobre la naturaleza humana.


Decenas de parajes diminutos y fascinantes como Sealand se describen en el Atlas de micronaciones, recopilación del periodista, crítico y escritor italiano Graziano Graziani. Fue publicado por primera vez en 2015; el sello Ediciones Godot, lo trae a la Argentina con la impecable traducción de Guillermo Piro. Es, por encima de todo, un libro muy divertido. Atesora historias de países minúsculos que -como destaca el prólogo- "aunque parecen inventados son rigurosamente verdaderos". La mayoría, ¡cómo no! están en Europa, la tierra de lo que los españoles llaman "nacionalismo de campanario".


Las motivaciones de esos hombres y mujeres que han protagonizado epopeyas en miniatura son variadas. No se trata solamente de la "búsqueda irreductible y a veces, surrealista de autonomía e independencia". También interviene el esnobismo, el sentido del humor, la chifladura y el afán de lucro, que siempre será legítimo cuando no cause daños. El lector del Atlas de Graziani se sorprenderá por el ingenio del ser humano para convertir su terruño en una meca del turismo. Ese esfuerzo titánico, quizás, sólo puede ser comparado con los descomunales trabajos que suele emprender un varón para seducir a una dama.


El volumen deja una enseñanza a los políticos: si no permiten que la tarea de los artistas siga su curso hay peligro de secesión. Ahí están las esculturas del Principado de Ladonia en Suecia y las casas esféricas de la República de Kugelmugel en Austria para atestiguarlo. Una parte del Atlas se ocupa, en efecto, de los microestados surgidos de la imaginación de un artista. Lisbekistán es muy tentador. Su moneda es el pezón (el valor está vinculado al precio de un paquete de cigarrillos Marlboro); el segundo lema de la nación de la princesa Liz resulta estimulante: "Optimismo en tiempo de crisis".


De las ideas de Graziani puede decirse que, como a todo progresista, se le escapan algunas tonterías. Por ejemplo, cuando evoca aquella locura decimonónica del patán francés Orélie Antoine de Tounens que aspiraba a crear a ambos de la cordillera patagónica el Reino de Araucanía (o Nueva Francia), denuncia "las políticas expansionistas de Chile y la Argentina en detrimento de los pueblos mapuches". Unas páginas más adelante reprueba la desintegración de Yugoslavia. Cree que los Balcanes degeneraron del "ideal socialista a la pesadilla del nacionalismo".


En fin. Son pequeñas máculas que no estropean la belleza del tema y el permanente humor de estas anomalías geopolíticas. El libro está repleto de perlas, como la Constitución de la República de Uzupis. Desde una barriada liberada y chic de Vilna (Lituania) proclama en su artículo tres que todos sus ciudadanos "tienen derecho a equivocarse". El artículo trece estipula que "un gato no está obligado a amar a su dueño pero lo debe ayudar en sus momentos difíciles".


HOMBRE-REPUBLICA


Quizás el capítulo que toque más de cerca a los argentinos sea el que detalla la República de los Piani Sottani, fundada en 1950 por un campesino de Lucania (la actual Basilicata), quien pasó a la posteridad como el "hombre-república". Nos interpela porque se trata de un corajudo que declaró la independencia de Italia, harto de la inepcia estatal y de que sin contar con una recomendación apropiada le resultara imposible progresar. Página doscientos cuarenta:

"La burocracia es un laberinto imposible y contradictorio donde quien entra da vueltas eternamente, entre leyes y reglamentos, sin esperanza alguna de encontrar la salida, escribió el patriarca de Grassano".


Es una historia no sólo conmovedora, sino también didáctica. Los argentinos deberíamos adoptar al pie de la letra una de las premisas de Don Michele Mulieri: El verdadero patriota es el que lucha contra la burocracia, no quien se aprovecha de la política para hacer sus propios negocios.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Bueno

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Las partículas elementales


 Todos los grandes escritores son reaccionarios: Balzac, Flaubert, Baudeleire, Dostoievsky, escribió Michel Houllebecq. Uno podría agregar muchos nombres a la lista como Borges, Nabokov, Thomas Mann, Chesterton, Vargas Llosa o Celine y advertir sobre algunas excepciones como Thomas Pynchon, pero el asunto de este artículo es destacar el exito tanto artístico como comercial de Houllebecq al transitar el sendero fecundo del conservadorismo, ya sea por afinidad ideológica, estrategia promocional o resentimiento del feo. Nada menos importante en literatura que las motivaciones de un autor.

La segunda novela que Houllebecq entregó a la imprenta es un magnífico manifiesto reaccionario. Las partículas elementales (Anagrama, 273 páginas) sostiene, en efecto, que ninguna sociedad es viable sin el eje federador de una religión, abomina de la visión hedonista de la vida y plantea que el concepto de libertad individual no puede servir de base a ningún progreso humano. En el fondo de la nausea contemporánea -remarca- brillan sólo un par de chispas, el amor conyugal y la familia. Y las mujeres siempre son mejores que los hombres.

La novela fue publicada por primera vez en 1998 y aún tiene mucho que decirnos, pues está empapada en Alta Filosofía. Narra la vida del científico Michel Djerzinski, artífice de la "tercera mutación metáfisca'', que supuestamente se producirá durante este siglo cuando se apliquen a la genética principios de la física cuántica.

Por "mutación metafísica'' debemos entender una "transición radical y global de la visión del mundo adoptada por la mayoría de los seres humanos''. La primera fue el cristianismo; la segunda, la aparición de la ciencia moderna hace 500 años que degeneró en el racionalismo individualista. El libro pretende ser un panfleto erudito que denuncia "el suicidio de Occidente'', un testimonio de su decadencia moral y social. Al final del texto, veremos que quizás todo se trate de un juego metalingüístico de la trama, pero no importa: antes de eso encontramos un torrente de ideas -como campanazos- que atrapan toda nuestra atención. ¡Un escritor que cita a Kant!­

El segundo carácter rotundo del libro es el hermanastro del biólogo, un tal Bruno que se gana la vida como profesor de literatura moderna. Si la vocación de Michael D. es contribuir al progreso del conocimiento, la meta principal en la vida de su medio hermano es la cacería sexual, lo seguimos a campamentos nudistas y clubes de swinggers. Ambos personajes, no obstante, están anestesiados para el amor. Tienen una parte del alma amputada. A Houllebecq le interesa retratar los desastres que provoca tanto en las personas como en la sociedad "el consumo libidinal de masas de origen norteamericano''. Los hippies -dispara- "representan el mal, trajeron el mal''. Cuando una madre o un padre asumen ese estilo de vida los resultados son devastadores para los hijos.

Oigamos su vozarrón jupiterino: "la liberación sexual no ha sido la culminación de un sueño comunitario sino más bien se trató de un nuevo escalón en la progresiva escalada del individualismo que provocó la destrucción del último islote de comunismo primitivo en el seno de la sociedad liberal: la familia, el último tabique que separa al individuo del mercado''.

UNA TRADICION­

­Atento a una profunda tradición de la literatura francesa que consiste en elevar al artista a la categoría de pensador de la evolución (o la descomposición) social, Houllebecq juega magistralmente al sociólogo, al antropólogo, el economista y al filósofo. A veces al voleo y a menudo no tiene razón. Arroja, por así decirlo, al niño por el desagüe en lugar de desahacerse sólo del agua sucia. ­

La opinión de este blog es que, más allá del "vacío existencial en muchos días, del consumismo desaforado, de la exarcebación del deseo en proporciones inauditas que devora a tantas almas desorientadas'', Occidente -como expresión histórica de la democracia liberal- sigue siendo la mejor opción disponible para la humanidad en su conjunto. Fukuyama dio en el blanco hace treinta años en El fin de la historia.

Puede que el malestar europeo que se expresa en novelas como Las partículas elementales parezca a un lector criollo algo esnob. En medio de una vida desordenada, con tantas urgencias, la melancolía de los pueblos prósperos difícilmente nos conmueva. Pero admitamos que los atribulados habitantes de países en desarrollo tenemos problemas comunes con los ciudadanos del Primer Mundo. Sabemos de que habla Houllebecq cuando denuncia que "la violencia física -la manifestación más perfecta del indiviadualismo- reapareció en nuestras calles por la tendencia a la atomización social''.

Pucha, la Argentina tiene muchos vicios del Primer Mundo pero pocas de sus virtudes.

"Ya no estamos en tiempos de Celine, ya nadie escribe lo que se le da la gana sobre ciertos temas'', se lee en otro pasaje afortunado de Las partículas elementalesuna novela espléndida, con una prosa cristalina, cargada de conceptos y términos científicos. Afortunadamente, queda un puñado de talentosos como Houllebecq que, con la lucidez de los depresivos, desafía la peste de la corrección política, otro síntoma de nuestra decadencia cultural.­

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

lunes, 25 de octubre de 2021

Studiolo




 Por Giorgio Agamben

Adriana Hidalgo editora. 127 páginas

Designa la palabra écfrasis el ejercicio literario de describir una obra de arte. Esa habilidad es vieja como Homero. En efecto, el canto XVIII de la Ilíada inauguró el procedimiento en la literatura occidental. En aquel pasaje, el vate detallaba los relieves que el dios Hefesto había labrado en el escudo de Aquiles.

Pasaron veintisiete siglos y seguimos disfrutando de una especie que el estudioso James Heffernan resumió de manera magistral en un ensayo de 1991 muy visitado: "Ecfrasis es la representación verbal de una representación visual en un modo literario". Acaba de publicarse en la Argentina otro ejemplo destacadísimo: Studiolo. El autor es nada menos que Giorgio Agamben (Roma, 1942).

En el prólogo, el filósofo italiano advierte que su estudio de una veintena de pinturas y esculturas eminentes pertenece "a la tradición del comentario, no de la crítica o de la historia del arte"". No obstante, en el mismo párrafo se contradice y acepta que su mirada incluye los "aspectos críticos", pero entendidos éstos como el arte "de desbrozar el campo de los obstáculos que impiden la visión".

Las cavilaciones de Agamben son un alarde de buen gusto y sabiduría. Confirman el dictum del rabí George Steiner: escribir mal es sólo el producto de una erudición deficiente. Este libro, pues, es excelente porque derrocha erudición. Con delicadeza une puntos. Por ejemplo, cuando reflexiona sobre El cuerpo de Cristo muerto en la tumba de Holbein el Joven, nos trae a Dostoievski, quien confesó a su mujer que podía perder su fe delante de ese conmovedor óleo y témpera sobre madera. El desollamiento de Marsias (pintura en la que Tiziano se autorretrata como el rey Midas) nos conduce a Aristóteles y la importancia de la educación musical. Al parecer, el estagirita consideraba que aprender a tocar la flauta es inmoral -porque impide el uso de la palabra- y tiene cualidades orgiásticas. Todo clásico puede contener alguna sorpresa instructiva, nos advierte Agamben.

Hay un aspecto de fondo que, en esta era tan crudamente materialista, sorprende gratamente y debe destacarse. La mirada del estudioso no parece profana. Dios es una presencia palpitante en el libro. No es que el pensador reflexione sobre las cosas divinas, sino que el análisis de una pintura lo hace "con Dios", incluso cuando el tema del cuadro es banal como Cobertor y cubrecama, de Sonia Alvarez. Una cama somnolienta no sólo es un paisaje también puede ser "un espíritu puramente metafísico". Se percibe en varias entradas que Agamben es un atento lector del panteísta Spinoza.

En otra Argentina -en una nación más próspera- Studiolo se hubiese publicado en papel ilustración y con páginas más grandes que lo habitual, para poder apreciar y disfrutar mejor la destreza de la composición o de la pincelada que se comenta. Pero éste es un país con salarios miserables. Si bien las fotos no son excelentes, atesoramos los textos, la sublime hermenéutica de Agamben. Pintura es poesía que calla, se establece en la página sesenta.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

viernes, 8 de octubre de 2021

Louvre


Por
Joselin Guillois

Edhasa. 207 páginas

Entre los héroes franceses que resistieron al nazismo, bien merece un homenaje en letra impresa Jacques Jaujard, director de los museos nacionales. Con ingenio y tesón, dispersó por la Francia remota miles de tesoros del Louvre, entre ellos La Gioconda. Impidió así que, después de la derrota, el Gran Arte cayera en las manos ávidas y brutales del enemigo. Una novela escrita en 2020 por el debutante Josselin Guillois (1986) evoca aquella sombra corajuda "que arriesgó su vida por una sonrisa pintada hace cuatrocientos años".

Louvre hilvana los diarios de tres mujeres vinculadas a Jaujard: Marcelle Jaujard, la esposa (París 1939); Carmen Leloup, la sobrina (Castillo de Chambord, 1940); Jeanne Boitel, la amante y agente de la Resistencia (París, 1942). Hay un déficit de invención en el autor: las voces son muy parecidas; la adolescente Carmen reflexiona y escribe como una persona madura. Otro vicio es que el autor sucumbe a la tentación de las listas, le inflige al lector catálogos de obras salvadas o arrebatadas, pero como entremezcla ficción con realidad, uno descubre que una joya atribuida a Matisse en realidad fue compuesta por Picasso (no obstante, hay un agrado en buscar y observar en Internet esos cuadros y esculturas eminentes).
Básicamente, Guillois, profesor de escuela secundaria, ha querido unir la fenomenal Operación Masa Crítica, fuga del patrimonio del Louvre, con las zozobras de tres mujeres. Vale decir, la deriva de La victoria de Samotracia más la angustia por buscar sin suerte el embarazo, por la primera menstruación, por un aborto y el adulterio. El conjunto es desparejo; son las reglas del inexperto.

La prensa francesa ha elogiado la minuciosa documentación, la elegancia y nitidez de la prosa, el delicado erotismo (¡oh!, las modelos de Boucher!). Esta columna cree que Guillois no muestra talento para la écfrasis y reprueba la falta de ambición del autor para edificar una colosal novela histórica (el tema es fascinante), pero aplaude, entre otros aciertos, la reconstrucción de los pérfidos Alfred Rosenberg y Herman Göering como personajes. Definitivamente, el último tercio del libro es el más sabroso.

En la página sesenta y nueve, Guillois aporta una reflexión histórica digna de mención. La Francia que se alzó contra la depredación del invasor teutón es bisnieta de la Francia del pillaje napoleónico. El Emperador saqueó toda Europa (especialmente Italia); como Hitler, deliraba con crear el Museo Más Grande del Mundo. Lo logró. Esa maravilla se llama Louvre. Notable frase: "Puesto que es el vencedor el que mejor sabe gozar de la belleza".

 Guillermo Belcore

Calificación: Regular

martes, 21 de septiembre de 2021

La odisea de Gilbert Pinfold


 


La decisión de este blog de agotar la obra de Evelyn Waugh (Londres, 1903-1966) fue recompensada con el hallazgo de un sublime librito humorístico. La odisea de Gilbert Pinfold (Emecé, 240 páginas) fue entrega a la imprenta en 1959 (1). Es una novela muy divertida pero tiene un lado morboso: se basa en hechos reales, en las alucinaciones que el escritor inglés sufrió después de los cincuenta años por abusar del alcohol y del bromuro como somnífero.


Mr. Gilbert Pinfold es un literato católico que vive de rentas, aislado con su esposa e hijos en una propiedad rural no lejos ni cerca de Londres. Es también un aburrido, un dipsómano, un paranoico con insomnio y los nervios destrozados. Mira al mundo con desdén. Su salud física y mental va de mal en peor; para sanarse y para volver a escribir decide escapar de los rigores del invierno en un crucero. Viajará, solo, a la isla de Ceylan. Una cura de tres semanas. De más está decir, que Pinfold es el propio Waugh; él también vivió un calvario en alta mar.


Se embarca Pinfold en el Calibán, un barco de vapor algo anticuado de clase única y sin baños privados. Saturado de píldoras fuertes, cloral, bromuro, whisky, cogñac y champaña, nuestro hombre empieza a delirar. Voces le llegan desde las cañerías, el artesanado del techo del salón comedor y de una lámpara de mesa. Lo atribuye a un problema eléctrico, a los restos de un sistema de comunicaciones de tiempos de la guerra, luego a un experimento psicológico de la BBC. Escucha al capitán y a su amante torturando a un marinero bengalí, capta los planes de una pandilla que lo odia y trama molerlo a golpes, oye que lo ridiculizan en la radio pública y descubre un plan de las autoridades para entregarlo a la España de Franco. También conversa mentalmente con una joven que se ha enamorado de él y pretende que la desflore.  Gilbert es "el único perturbado en un mundo de paz", resume el texto.


El efecto de la degradación de esta personalidad (el único carácter que se describe en el texto) es hilarante.


Otra rareza, al parecer el escritor de  carne y hueso no estaba orgulloso de su talento y menos aún de su reputación; creía que encarnaba la quintaesencia de la decadencia artística. En la página noventa y ocho,  un crítico imaginario juzgaba así su obra:


"...Las cualidades básicas de una novela de Pinfold varían muy pocas veces y pueden ser enumeradas de la siguiente forma: argumento convencional, falsedad de personajes, sentimentalismo morboso, comedia burda y vulgar alternada con melodrama aún más burdo y más vulgar; religiosidad excesiva que puede encontrarse aburridora o blasfema según las ideas doctrinales del lector; sensualismo extraordinario y ofensivo, que indudablemente se ha introducido por motivos comerciales. Todo esto presentado en un estilo que, cuando se lo separa de lo trillado, cae en positiva ignorancia..." 


Nada que ver. Ya lo dijimos en este blog, el lector simplemente tiene que abandonarse al goce de las estupendas novelas de Waugh. Además, si admiramos a Fogwill por su talento literario para transmitir los efectos alucinógenos de las drogas (cocaína), un inglés maldito y enajenado lo hizo medio siglo antes con una prosa de elegancia perfecta

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno


(1) Leímos la edición de 1969, con la traducción de María Inés Oyuela de Estrada.

domingo, 19 de septiembre de 2021

Chocolate sin grasa



Observe, lector, la esquina de Avenida 9 de Julio y Moreno una de estas tardes. ¿Qué ve? Tristeza, la Argentina se ha empobrecido a niveles inconcebibles años atrás. ¿Qué más? Un puñado de pillos, enmascarados bajo el rótulo de dirigentes sociales, explota esa desesperación que perturba las calles. ¿Algo más? Sí señor, una antigua y peligrosa ideología está tratando de pescar en aguas revueltas.

En el alba del siglo XXI, el neobolchevismo ha concluido que aquel dictum de Karl Marx de liquidar al capitalismo con el martillo del proletariado industrial ya no tiene sentido (ni fuerza). El "Excluido" debe ser ungido como sujeto revolucionario, no se puede contar con los obreros de Toyota. Escuchemos a uno de sus más lúcidos ideólogos, Slavoj Zizek:


"Si la tarea principal de las políticas emancipadoras del siglo XIX fue romper el monopolio de la burguesía liberal por medio de la politización de la clase obrera, y si la tarea del siglo XX fue despertar políticamente a la inmensa población rural de Asia y Africa, la tarea principal del siglo XXI es politizar -organizar y disciplinar- 'las masas desestructuradas' de los barrios pobres"


Ediciones Godot acaba de presentar una recopilación de artículos periodísticos de Zizek, que incluye el párrafo anterior. Uno de ellos -El legado ambiguo del 68, publicado en Londres en 2008- da sustento teórico al manual de operaciones del líder piquetero. "...Si ignoramos el problema de los Excluidos todos los demás antagonismos pierden su arista subversiva...", advierte el pensador nacido en Ljubljana en 1949.


MERITO PRINCIPAL

Chocolate sin grasa (128 páginas) reúne veintidós textos publicados en las últimas dos décadas; es decir va desde el 11S a Trump. No han perdido un gramo de vigencia en un 99 por ciento; la selección es formidable. Y no hace falta compartir el ideario marxista-lacaniano del autor para extraer enseñanzas valiosas. El libro -he aquí su mérito principal- nos induce a pensar.


El título alude "a los impasses del consumismo actual". El exceso del goce no está permitido porque es insano; de ahí la persecución a los fumadores y a las productos con muchas calorías. Es una línea que traza en la arena el llamado capitalismo cultural, nacido de la Revolución Francesa de 1968, estructurado en forma de redes, que se preocupa por la ecología y "usurpó la retórica de la izquierda de la autogestión de los trabajadores"... En este nuevo ecosistema, "compramos cada vez menos productos (objetos materiales) que queremos poseer, y adquirimos cada vez más experiencias de vida...", argumenta Zizek en la página 15. Interesante.


Como los grandes escritores, Zizek hace uso y abuso de fetiches. El suyo, el más repetido, agobiante incluso, es la idea de emancipación. Nos habla de tradición, políticas, potencial, legado, valores "emancipadores"..., una y otra vez. Luchar por "la emancipación radical" vendría a ser la acción principal del comunista del siglo XXI. Y martillea a su público: "...el Excluido es el producto necesario de la lógica más recóndita del capitalismo global...". Esta figura conceptual -tan pueril- es su archienemigo.


La tarea primordial radica en buena medida en la retórica, subraya. El heraldo de la auténtica política emancipadora" advierte a su público que "la tarea más difícil de la revolución es la creación de clichés para la vida cotidiana", es decir "expandir el mismísimo horizonte de lo que parece posible"". Ahora que lo dice, ¿no es eso el kirchnerismo? ¿No es una obsesiva creación de clichés para establecer una revolución cultural?


Hasta un reloj maltrecho puede dar la hora correcta una vez al día, suele decirse. Hay una contradicción (o un punto de inversión) de la globalización que Zizek describe con lucidez. La libre circulación de capitales y bienes -explica- se estrella hoy en día con la separación creciente de la esfera social; los muros entre países y grupos de personas no son compatibles con el capitalismo global e impedirían su reproducción in aetérnum.


El pensador establecido en Londres considera que el siglo estadounidense terminó en 2008. Vivimos en un Nuevo Orden Mundial multicéntrico. Estados Unidos representa el capitalismo neoliberal; China el capitalismo autoritario; Europa lo que queda de la socialdemocracia con Welfare State; América latina, el capitalismo populista. Aquí, en la Argentina no funciona; en Brasil, Chile y México, sí, añade el comentarista de este blog. ¿Será que nuestra clase política es mucho más corrupta e incompetente que la media regional?


EL CASTRISMO HA MUERTO


A pesar de que en un artículo Zizek suelta algunas tonterías en favor de Hugo Chávez (uno de los pocos textos con algún párrafo desactualizado), es un rojito lo suficientemente honesto e inteligente como para abominar públicamente del castrismo. "La revolución cubana no produjo un modelo social relevante para el posible futuro comunista", establece. El estalinismo del trópico no sólo "se ha despojado de los últimos vestigios del potencial emancipador", sino que "ni siquiera ha podido establecer un sistema económico que sea capaz de convencer al pueblo cubano de que trabaje".


Zizek es famoso por adornar con elementos de la cultura popular sus disquisiciones filosóficas y psicológicas. En particular, con chistes. Este es genial:

 "Podemos decir que en las últimas décadas, el socialismo cubano siguió vivo porque todavía no se dio cuenta de ya murió".


Habría que avisarle a Cristina y a sus seguidores que practican la necrofilia. Adoran el cadáver insepulto de la dictadura cubana.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura del diario La Prensa.


Calificación: bueno

domingo, 29 de agosto de 2021

Lem, una vida fuera de este mundo


 


El delegado de Thuban abrió por un sitio previamente marcado un enorme volumen que tenía ante sí sobre el pupitre y se puso a leer: 

"(...) y aquella extraña especie calva en todo el cuerpo, descubierta por Grammplus en el rincón más oscuro de nuestra Galaxia, Monstroteratum Furiosum (Ignomen Furibundeo) que escogió para sí mismo el nombre de Homo Sapiens...".

Hay que reconocerlo. Somos, en la galaxia, una especie anormal. Los astrozoólogos nos han clasificado en el tipo Aberrantia (Viciosa), subtipo antisapientinales (Contrasentidos), grupo Necroludentia (Cadaverófilos), orden Lasciviaceae (Repugnoides), familia Horrorisimae (Hocimonstros).

Por eso, la Organización de Planetas Unidos nos ha rechazado la solicitud de ingreso. Más aun, reveló asqueada el origen de los terrícolas. Dicen que hace millones de años, un par de marineros borrachos de una nave espacial (los infames Ñor y Zioss) vertieron sobre las rocas de nuestro planeta muerto un cubo de impurezas fermentadas. Y uno de ellos, incluso, estornudó varias veces sobre el cultivo plasmático infectándolo con virus peligrosos (1).

De esa sopa primodial provenimos, según la imaginación portentosa de una de las glorias de la ficción científica: Stanislaw Herman Lem (Lvov 1921-Cracovia 2006).

Es lógico que el maestro polaco haya coloreado el Viaje Octavo de Ijon Tichy (1) con semejante pesimismo. "Un hombre que por milagro ha logrado salir de debajo de un montón de cadáveres es un hombre con una profunda decepción con la humanidad tal cual es", escribió Wojciech Orlinski, autor de una biografía que aquí venimos a recomendar: Lem, una vida fuera de este mundo (409 páginas, traducción Bárbara Gill), que el sello Ediciones Godot trajo este año a la Argentina desde la renacida Varsovia. 


INDIVIDUO Y SOCIEDAD


Como regla general, podría afirmarse que una biografía idónea es aquella que une con elegancia e inteligencia una notable vida individual con el devenir de una sociedad. La definición le cabe como anillo al dedo al libro del señor Orlinski, periodista de profesión pero más culto y laborioso que su colega argentino promedio. La atención nunca flaquea. Es que el tema, además, resulta muy interesante. Por un lado, tenemos una genial inventiva que sobrevivió a las dos fuerzas más destructivas e irracionales del siglo XX (bolchevismo y nazismo) y consiguió vencer a fuerza de talento y prudencia a la implacable censura de la República Popular para forjar libros que han pasado la prueba del tiempo; y por el otro, una nación heroica, atormentada por los dos matones del barrio (Alemania y Rusia) que anduvo a la deriva durante cinco décadas pero nunca perdió su alma. Lem es Polonia y Polonia es Lem.


"Decimos 'una pesadilla cuando el hotel confunde nuestra reserva. Decimos un calvario" cuando un trámite se prolonga. Por lo tanto carecemos de un aparato cognitivo capaz de aprehender el horror al que los Lem sobrevivieron", escribió Orlinski. En efecto, el joven Stanislaw y sus padres (burgueses judíos asimilados) sobrevivieron de una manera casi inverosímil a la doble ocupación rusa, al Holocausto y a los pogroms ucranianos en la ciudad de Leópolis (hoy Lvov), capital de la región de Galitzia, en su momento último confín del Imperio Austrohúngaro.


Lem se salvó por su habilidad como maestro soldador, porque sus padres tenían las monedas de oro para el soborno y nunca fueron traicionados por el corrupto o el amigo, y a causa de una increíble buena suerte. No obstante, el "trauma del sobreviviente" lo persiguió toda su vida y se refleja en su obra. Durante toda su vida evitó el literato hablar de sus raíces judías.


EL ALMA DE CRACOVIA


Después de la Segunda Guerra Mundial, los Lem se mudaron a Cracovia. Y en 1956, un Stanislaw, que había estudiado medicina pero su gran pasión era la construcción de máquinas experimentales, alcanzó la fama literaria con la publicación, como cuento, del "Viaje catorce de Ijon Tichy". Era la prueba de una mente excepcional.


Sus libros posteriores -Solaris, Diario de las estrellas, Retorno de las estrellas, Ciberíada, Summa technologiae, entre otros- lo convirtieron en el rey de la ciencia ficción del bloque soviético, pero viviendo siempre de forma decente, por lo menos tanto cuanto era posible bajo el régimen comunista. Lem, con la excepción de un par de textos intrascendentes, nunca adscribió al abominable realismo socialista; y supo describir los desatinos de la utopía bolchevique disfrazándolos de sociedades extraterrestres. Literariamente hablando, su grandeza sin par fue caricaturizar a los grandes problemas humanos con un fondo de escenografía cósmica. Como Borges o como Bolaño, el texto apócrifo fue una de sus herramientas formidables.


Naturalmente, tuvo encontronazos con la censura. ¿Hace falta decirlo? Un sistema totalitario es aquel que busca que todo se subordine a una sola ideología. Los chacales rojos lo acusaron de eludir "la didáctica progresista" y de cultivar el humor del absurdo, ese "fenómeno social peligroso" (la risa era contrarrevolucionaria, ¿leyeron La broma de Milán Kundera?). No obstante, el régimen le permitió publicar y viajar al extranjero. Lo protegía su popularidad dentro y fuera del país, y sobre todo el hecho de que los científicos, intelectuales y astronautas rusos lo adoraran. Cada viaje de Lem a la URSS era comparable a la gira de una estrella de rock y Gorbachev llegó a sostener que Summa technologiae fue uno de los libros más influyentes de su vida. El inquisidor polaco, entonces, fingía que no llegaba a captar las alegorías y los simbolismos lemianos.


EPISTOLAS


El tono general del libro es de ditirambo; es decir, se disimulan defectos y bajezas. El autor abreva en el voluminoso archivo Lem. Centenares de cartas son citadas. El único punto flojo que pudimos encontrar es que Orlinski presta demasiada atención a los asuntos domésticos -caso las vicisitudes de su hombre con los autos- en desmedro de cuestiones más trascendentes. Verbigracia: se menciona al pasar el escepticismo del escritor respecto a Camino de servidumbre de Von Hayek, pero no se transcribe una sola línea de ese texto jugoso. Nunca dejéis con hambre al lector, es el consejo que este articulista deja a los biográfos.


Hay toneladas de información y pasajes muy divertidos como la pelotera de Lem con Tarkovsky por la versión rusa de Solaris, y la larga disputa epistolar con el loco lindo de Philip Dick a raíz de la publicación de Ubik en Polonia.


Y como todo ensayo que aborda la historia del siglo XX en Europa oriental, Una vida fuera de este mundo resulta muy instructivo. Hoy que tantos cenutrios sienten nostalgia por la Unión Soviética y que el neocomunismo se hace carne en Occidente, libros como éste confirman ese dictum memorable de Karina Mariani: Todo socialismo es una cárcel. No sólo se trata de alambre de púa, el sistema inspirado en el marxismo ha demostrado ser terriblemente ineficaz, en su seno la economía, los autos, los ferrocarriles, los teléfonos y hasta los baños de los hospitales no funcionan.


(1) Diario de las estrellas. Stanislaw Lem. Edhasa, edición 2003.

martes, 10 de agosto de 2021

La mano izquierda de la oscuridad




Entre todos los planetas habitados por seres humanos, Gueden tiene una característica única: las personas son hermafroditas neutros. Durante el ciclo lunar llamado kémmer (26 días al año), los guedenianos desarrollan algunos de los dos sexos y se aparean. Los que se convierten en hembras y son fertilizados, lo seguirán siendo hasta fin de la lactancia; luego vuelven a la condición de andróginos. Como la conversión es aleatoria, la madre de varios niños puede ser el padre de otros.

En Gueden no hay violaciones ni erotismo en la vida cotidiana. Se cree que la excepcional naturaleza de ambisexualidad es el resultado de la ingeniería genética de colonizadores que buscaban un atajo para evitar las guerras. Si es así, fue un éxito. La historia planetaria no registra matanzas comparables a la de la Tierra, aunque no son raras las ejecuciones, los asesinos políticos y las enemistades, e incluso en algunos países funcionan gulags.

La otra característica singular de Gueden es su clima. Al planeta se lo conoce tambien como Invierno pues la humanidad ha tenido que evolucionar bajo un continua Edad de Hielo. Es un mundo hostil sin criaturas que vuelan, sin ganado y sin flores. Allí, nuestra especie ha tropezado con un enemigo más cruel que ella misma: el frío, siempre al límite de lo tolerable.

Ha llegado el momento de aclarar que Gueden es el fruto de una de las imaginaciones más prodigiosas de la literatura fantástica, la de la californiana Ursula Le Guin (1919-2018). Ese mundo helado, en el linde de los planetas habitados, está incluido en la novela La mano izquierda de la oscuridad, entregada a la imprenta por primera vez en 1969 (¡como libro de bolsillo de 95 centavos!). Este año fue recuperada por el sello Minotauro (333 páginas), con la impecable traducción de Francisco Abelenda de 1973.

FEMINISMO INTELIGENTE

Harold Bloom, nada menos, considera a La mano izquierda de la oscuridad como la obra maestra de Ursula L.G. La novela ganó los dos honores principales de la ciencia ficción (Premio Hugo y Nebula) y es material de enseñanza en escuelas y universidades. Tiene el texto una clara sensibilidad feminista pero inteligente. La política nunca estropea la trama, ni las profundas indagaciones sobre la condición humana. "Escribí el libro desde el punto de vista de un hombre, prisionero de su virilidad... Eliminé el género para ver que quedaba", ha declarado la autora.

Se narran los esfuerzos del diplomático Genly Ai para que Gueden se una al Ecumén, una liga de mundos, con espíritu místico, fundada por un pueblo ancestral que sembró humanos en todos los planetas habitables de la galaxia. Recuerda a la Federación Unida de Planetas de Star Trek, aunque aquí el Primer Contacto lo efectúa un embajador solitario.

Trabaja el Enviado en dos países, rivales por borrosas cuestiones fronterizas: Karhide, gobernado por un monarca loco y miedoso; y Orgoreyn, un Estado policial, diezmado por las intrigas de facciones. En este último dominio, el mensajero interestelar es encerrado en la "Tercera Granja Voluntaria y Agencia de Reeducación de la Comensalía de Pulefen", donde casi lo matan. Lo rescata el señor-señora Estraven, su promotor en Karhide.

A la fuga del campo de trabajos forzados le sigue un viaje de mil doscientos kilómetros hasta la frontera. Genly Ai y Estraven cruzan en trineo y con esquíes montañas, hondonadas, desfiladeros, glaciares, volcanes, capas de hielo, pantanos congelados, todo desolado, inhóspito, muerto, en medio de las tormentas de pleno invierno en plena Edad Glacial. Esta travesía de 88 días (unas ochenta páginas) conforma una de las aventuras más apasionantes que pueden encontrarse en la literatura (a secas) del siglo XX. Uno no puede dejar de leer.

Vale decir, el lector encontrará aquí una obra filosóficamente significativa, desbordante de sucesos y con una atención al detalle impresionante. Le Guin -hija del distinguido antropólogo Al Kroeber y de la escritora Theodora Kroeber- no sólo se había documentado sobre astronomía, geografía y geología, sino que nos ofrece una visión convincente de la sociología y la psicología de una sociedad alienígena. Una Tierra alternativa.

Esta cualidad de demiurgo, acaso gnóstico, es la que caracteriza a los mejores escritores. Es posible que no sea una exageración sostener que la creadora del fascinante planeta Gueden-Invierno, puede compararse con el Jorge Luis Borges de Tlon Uqbar Orbis Tertius.

"Ursula Le Guin es una creadora magníficamente imaginativa y una gran estilista que ha elevado la fantasía a la Alta Literatura de nuestro tiempo", escribió H. Bloom hace unos años. E incluyó La mano izquierda de la oscuridad en su Canon Occidental.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente