domingo, 7 de julio de 2024

El retorno de Moby Dick


La ciencia designa umwelt al medio ambiente experimentado por cada especie gracias a los sentidos que ha desarrollado. Solemos imaginar que los animales perciben la realidad con nuestros cinco sentidos, pero no siempre es así. En los océanos por ejemplo, hay una criatura descomunal de cabeza cuadrada que, por así decirlo, ve con sus oídos. Millones de años de evolución le han perfeccionado un sistema de ecolocalización con el que obtiene una imagen holográfica sonora tan precisa como una ecografía. Así, en las noches de los abismos percibe como a plena luz del día, y de esta manera puede conseguir los 450 kilógramos de cefalópodos que consume cada veinticuatro horas. El cachalote —de esa criatura prodigiosa hablamos— escanea a otras especies mediante la emisión del sonido más poderoso del reino animal.


Un libro cautivante tiene como protagonista al titán del azul profundo: El retorno de Moby Dick (Fondo de Cultura Económica, 241 páginas) fue entregado la imprenta hace siete años por François Sarano (Valence, 1954), biólogo y buzo profesional. No se nos ocurre mejor carta de presentación que ésta: el oceanógrafo fue asesor científico y jefe de expedición a bordo del legendario Calypso de Jacques Cousteau. Como si fuera poco, Sarano escribe muy bien, incluso fue premiado por la Academia Francesa.


Durante años, Sarano estudió un clan de cachalotes en la costas de Mauricio. Les dio un nombre a cada uno de esos paralelepípedos bulbosos y les trazó el árbol genealógico. Forman ya parte de su vida. Fruto de ese amor intenso es el libro que no es solo un ameno ensayo de zoología, también configura un valioso mensaje. Da razones irrefutables sobre la conveniencia para la humanidad de preservar a los cetáceos. Página 231: 

"La diversidad de lo viviente y la diversidad cultural constituyen la riqueza del planeta. ¿Qué sería nuestra Tierra sin vida salvaje? ¿Sin cachalotes? ¿Sin elefantes? ¿Sin gorilas? Sería como un mundo sin Mozart y sin Rembrandt".


MITO Y REALIDAD


Primero, la descripción del soberano del océano. Es un mamífero, de figura algo grotesca, que puede permanecer una hora y media sin respirar para cazar al calamar a más de dos kilómetros de profundidad. Monsieur Sarano destruye un mito: los calamares gigantes, con músculos pocos desarrollados, no son rivales para una criatura cuyos machos pueden llegar a los 20 metros y pesar 50 toneladas (las hembras no obstante raramente superan los 12 metros y las 15 toneladas). El cachalote a pesar de todo tiene sus predadores: las orcas y las ballenas picudas los atacan como lobos, usando la estrategia cobarde de morder y salir rápido, hasta debilitarlos. Pero la criatura maligna que los colocó en peligro de extinción es el Homus No Sapiens.


El ensayo nos sorprende con los parangones. Los cachalotes son seres eminentemente sociales, que se agrupan en clanes matriarcales (los grandes machos viven aislados, una sabia decisión). Tienen el cerebro más grande de todos los seres vivos (la estructura paralímpica es mucho más importante que la de los humanos). Su poder cognitivo les permite tener conciencia de sí mismos, abstraerse del contexto, pedir ayuda, sentir empatía, desarrollar una lingüística con variaciones regionales, sobreproteger a las crías, e incluso mostrar conductas altruistas. El investigador francés corroboró estas capacidades sobre el terreno Mejor dicho, dentro del agua, nadando con cachalotes.


Hay un segmento de la obra que causa tristeza e indignación. En busca de aceite y carne, el hombre casi exterminó al Physeter macrocephalus, primero con cacerías homéricas en el siglo XIX que hasta inspiraron una novela sublime (Moby Dick de Herman Melville) y luego con el genocidio industrial de nuestra era, que recién terminó por completo en 2016. Hoy la principal amenaza que jaquea a los grandes cetáceos -en realidad a toda la fauna marina- es la contaminación con metales pesados, hidrocarburos y plásticos.


NUESTRAS ORCAS


Enriquece Sarano el escrito con historias asombrosas de otras especies marinas, como las delfines y las focas leopardo. Hay una que nos toca de cerca. Las orcas de la Península de Valdés han desarrollado una habilidad única desde que hace 55 millones de años los antepasados de los cetáceos -tenían cuatro patas- volvieron al mar. Nuestras ballenas asesinas atrapan lobos marinos en las playas mismas, es decir cazan sobre la Tierra. Han aprendido a volver después al mar reptando y moviendo las aletas. Es una técnica contra natura que las madres deben enseñar a sus crías. Algunas medrosas, vea usted, se niegan a ensayarla por temor a encallar, la muerte segura para cualquier cetáceo. Así somos los argentinos, al fin y al cabo, siempre forzados a encontrar soluciones creativas.


Finalmente hay que destacar la moraleja. Se nos dice que la naturaleza salvaje, la que escapa nuestras reglas, puede ofrecernos armonía contagiosa y ser fuente de paz. Monsieur Sarano nos advierte sobre un aspecto siniestro de la modernidad; rebajó al animal silvestre al estado de recurso explotable y consumible. Hemos sellado en piedra un dogma maldito: la idea de una disolución del origen divino entre el hombre y el resto de las criaturas. Nos quiere decir este libro extraordinario que los cachalotes también son criaturas de Dios.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

miércoles, 26 de junio de 2024

Lecciones


Hay una buena noticia para los lectores de fuste. Ian McEwan ha alcanzado su madurez literaria. A los 74 años entregó a la imprenta una extraordinaria novela océanica que corrobora —por si hiciera falta— que el realismo personal, social, histórico nunca perderá vigencia. Digamos que Lecciones (Alfaguara, 579 páginas) tiene envergadura tolstoiana, para usar una expresión del autor de Aldershot.

Tal como exige esa insuperable especie literaria inventada en el siglo XIX que se concentra en la variedad de la colmena humana, la obra une un destino individual con grandes acontecimientos internacionales. La absorbente narración traza un arco entre la nacionalización del Canal de Suez y la epidemia de covid.

Es la historia y el fluir de la conciencia del inquieto y frustrado Roland Baines, un ser marcado a fuego por el precoz descubrimiento de la orgía erótica. Poeta fracasado, sin trabajo fijo, un ardiente autodidacta aunque procrastinador tenaz, adulto con exigencias sexuales excesivas del que se hartaría cualquier mujer razonable. De hecho, su esposa lo abandonó a él y a su bebé de siete meses, con sólo dos años de matrimonio. ¿Puede perdonarse a una madre que se aleja de su hijo para forjar una destacada carrera literaria? Es una de los afilados interrrogantes que plantea la novela.

En el club selecto de la literatura británica contemporánea, que combina en partes iguales genialidad con monotonía, McEwan siempre había descollado por el punto de depravación o el tizne macabro. Aquí, justamente, el núcleo incandescente es la relación delincuencial entre Roland y su profesora de música, Miriam Cornell. El tiene 14 años; ella 25. El había sido recluido por su padre, un rústico capitán del Ejército, en un internado rural de Suffolk, donde la maestra lo sedujo y lo convirtió en una suerte de esclavo sexual (“una paraíso infernal”). La Crisis de los Misiles de 1962 arrojó al muchacho a los brazos de Afrodita. El contexto siempre es importante en la novela.

McEwan es un virtuoso de la metáfora. Escribe con tanta elegancia y tanta emoción en el lenguaje, que nos olvidamos por un momento que el desfloramiento de Roland es un hecho que, lisa y llanamente, podría encuadrarse en abuso sexual.

Hay muchísimas frases que refulgen —“de oído perfecto”, como dice el propio autor—. Hay pocos párrafos que no contengan un hermoso giro poético o una observación inteligente sobre el arte de sobrellevar una vida corriente (de ahí el título).

ALISSA SE FUE

Otro momento candente de la novela es la inesperada desaparición de Alissa Eberhardt Baines. Estamos en 1985 y una ponzoña letal se desprende de Chernobyl. Pero, ¿qué es una nube radiactiva comparada con ser abandonado por tu mujer? Para colmo, la policía inglesa sospecha que Roland mató a su esposa alemana. No es así. Se fue para siempre y sólo dejó una nota, En el gran mercado postmoderno, un marido fracasado en lo laboral y un bebé que lloriquea son enemigos de la realización personal.

Uno está tentado a definir a Roland como "un bueno para nada", pero sería una definición inexacta. El hombre del corazón hecho pedazos se convierte en un padre amoroso, responsable, eficaz. Advierte McEwan a sus lectores sobre la importancia del llamado capital social: es mejor tener alguien para amar y que te quiera, que una cuenta abultada en el banco. Estos tiempos degradados han acuñado, incluso, una expresión terrible: personas en situación de soledad.

El cromado de esta novela excelente, como dijimos, es su amplia perspectiva histórica. El escritor inquiere a los occidentales prósperos de nuestra generación: ¿Tienes derecho a quejarte de los sinsabores menores de tu vida cuando la historia te ha tratado tan bien; es decir cuando no naciste en Polonia en 1928 o en Corea del Norte de 1970?

Además de una gran capacidad inventiva, McEwan tiene el don de la descripción brillante. La maldad totalitaria en Alemania oriental, por ejemplo es retratada con precisión y confianza: "... el experimento comunista, su imperio impuesto por medio de la violencia, su instinto para el asesinato y las mentiras inverosímiles ha sido un fracaso grotesco…".

Los pasajes sobre la caída del Muro de Berlin (Roland había llegado a la ciudad por casualidad y encuentra a...) también hacen cumbre, aunque incluyan un error histórico que han pasado por alto editores y correctores, pero no los ojos de halcón de este blog. Dice en la página 272: “en Washington el presidente Reagan estaba triunfante". En 1989, en realidad, el presidente era George Bush…

Es un detalle nada más. Lecciones es una verdadera obra maestra.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

viernes, 24 de mayo de 2024

Todo un hombre


Man in full
 

Serie de seis capítulos de 45 minutos cada uno. País: Estados Unidos. Dirección: Regina King, Tomas Schlamme. Guion: David E. Kelley (basado en la novela de Tom Wolfe). Elenco: Jeff Daniels, Tom Pelphrey, Bill Camp, Aml Ameen, Diane Lane, Lucy Liu, John Michael Hill, Chanté Adams, Sarah Jones, William Jackson Harper. Disponible en Netflix.


Hasta que publicó Bloody Miami a los 82 años, uno bien podía afirmar que la mejor novela que escribió Thomas Kennerly Wolfe Jr. (Richmond 1930-Manhattan 2018) era Todo un hombre, entregada a la imprenta por primera vez en 1998. En esa obra majestuosa, el Balzac de Park Avenue narraba la decadencia de una gloria del fútbol americano devenido en magnate inmobiliario: Charlie Croker es uno de esos personajes tremebundos que, con sus grandezas y miserias, atrapa nuestra imaginación.


Por fortuna, el bueno de Charlie reapareció en la televisión. Netflix acaba de estrenar A Man in Full, una serie de seis capítulos de 45 minutos cada uno, basada en el libro de Wolfe. La adaptación, naturalmente, se toma sus licencias pero es casi tan buena como el original.


El primer agrado es que el personaje principal lo interpreta un peso pesado de Serieslandia (también músico): Jeff Daniels. Es un papel carismático, a su medida. Primero, por las similitudes físicas. Wolfe describía así a Croker : 

“¡...Por el amor de Dios, era un bestia, para tener sesenta años! Era un auténtico toro. Tenía el cuello más ancho que la cabeza y tan macizo como un roble… Croker era casi calvo, pero su calvicie es de las que proclaman virilidad, como si de su cuerpo brotara tanta testosterona que se le caía el pelo en la parte superior de su cabeza…”


Hace 69 años, Daniels nacía en Athens, estado de Georgia, por lo que no muestra dificultad alguna para encarnar a un auténtico rústico del Sur, con ese acento tan característico. La acción transcurre en Atlanta: los trapos sucios de la política y de los negocios, y la tensión racial de Dixieland son el telón de fondo de una historia atrapante.


CAIDO EN DESGRACIA


La analepsis comienza con la fiesta de cumpleaños número sesenta de Charlie, en su cuartel general, la torre faraónica Croker Concourse, el gran proyecto de su vida (le llevó quince años terminarlo), que lo obligó a endeudarse hasta las cejas. Todo el mundo va a besarle el anillo, pero es el canto del cine. ¡Pobre Charlie!, él cree que es uno de los promotores inmobiliarios más poderosos al sur de la línea Mason-Dixon, pero la Croker Global Corporation está al borde de la bancarrota y aún no lo sabe.


El segundo gran escenario es una tenebrosa sala de reuniones del PlannersBanc. Una mañana de cristal que se hace añicos es convocado Charlie al banco, sin tener la menor idea de la causa. El empresario les debe ochocientos millones de dólares (y cuatrocientos millones más a otros bancos y compañías de seguro) y se anoticia de que ha llegado el momento fatal de la restitución, se ha atrasado en los pagos. Van por la confiscación o la hipoteca de los bienes tan queridos del magnate: sus empresas, su Gulfstream Cinco, su plantación de doce hectáreas (la segunda más grande de Georgia) con bosques, marismas, caballos de raza y bandadas de codornices para solaz del patrón y sus invitados. Van por su cuello, en realidad. Hay revanchas personales de por medio: Raymond Peepgass (Tom Pelphrey), el neurótico oficial de préstamos, había sido menospreciado por Charlie en su momento.


De ahí hasta el final, vemos los esfuerzos titánicos del arrogante y ególatra shogun (pero también campechano, jovial y paternalista) para salvar su imperio y no perder en proceso la dignidad personal. Hay choques memorables con un tal Harry Zale (Bill Camp), un tiburón de PlannersBanc, ex marine, uno de esos metamorfos con brazos cortos y pecho imponente de luchador profesional. De esto se trata: de la lucha sin cuartel entre gladiadores.


El segundo hilo de la urdimbre narra el calvario de Conrad (Jon Michael Hill), aquí esposo de la secretaria privada de Charlie. El chico pierde los nervios en un incidente de tránsito y termina noqueando a un agente de la ley. La situación es terrible: un joven negro agredió a un policía blanco en la ciudad de Atlanta. El juez que se encarga del caso desea sentar un precedente y Conrad, el estoico, termina en la prisión del Fulton, una especie de infierno sobre la tierra. Se encarga personalmente de su defensa el letrado corporativo de Charlie, el doctor Roger White (Aml Ameen), también afroamericano.


El asesor legal, justamente, es antiguo hermano en la fraternidad Omega Zeta Zeta de Morehause del alcalde de Atlanta, Wesley Dobbs Jordan (William Jackson Harper), una joven estrella de la política. Dobbs le ofrece una tabla de salvación a Charlie a cambio de un truco sucio frente a las cámaras de televisión que aseguraría su reelección como jefe comunal. El señor Croker, el emprendedor que salió de la nada y construyó un imperio, descubre que también tiene escrúpulos, en especial respecto a la imagen que desea transmitir a su hijo Wally, un chico cansado de la vida a los dieciséis años.


SER UN HOMBRE

Hay un cuarto factor de tensión en la trama. Charly está casado en segunda nupcias con un bombón de 28 años llamada Serena (Sarah Jones). Usted sabe cómo es esto: puede que encuentre en su madurez una joven afectuosa pero es sólo para los buenos tiempos. Las dificultades económicas de Croker Corporation y las intrigas de Raymond, el del banco, desatan una guerra entre el empresario y su primera esposa Martha (Diane Lane), la despechada.


Digamos finalmente que la versión simplificada del libro tiene otra virtud: se las arregla para empotrar un juego de ideas que había planteado Mr. Wolfe mediante el estudio de un carácter. ¿Qué significa realmente ser un hombre? ¿Dejar un legado al precio de reventar cabezas ("Soy un mal perdedor y un ganador implacable, al rival hay que aplastarlo para que no vuelva a buscar revancha", se jacta Charlie)? Raymond, el resentido, añade que todos llevamos en nuestro interior "un perro rojo malo y sólo los grandes hombres se atreven a soltar la correa". ¿La vida es sólo una cuestión de virilidad y agallas?


Creemos que la respuesta correcta al dilema existencial la ofrece Conrad, el estoico.

Guillermo Belcore


Calificación: Muy buena


domingo, 12 de mayo de 2024

Tiempos de arroz y sal

 




“Si quieres ser liberado de la rueda, persevera”.

Precepto budista


En el siglo XIV después de Nuestro Señor Jesucristo, una segunda oleada de peste bubónica exterminó a casi toda la población de las penínsulas más occidentales del Viejo Continente. Tamerlán, prudente, desistió de ocupar el país de los magiares y el país de los francos. Unos pocos cristianos sobrevivieron en Armenia y en Etiopía. Desde entonces, dos grandes polos de poder y cultura se disputan el mundo: China y el Islam. Sólo han escapado a su dominio la Liga India y la Liga Iroquesa en los profundos bosques y planicies del Nuevo Continente (inventaron la mejor forma de gobierno conocida), ambas con el apoyo decisivo de la industriosa diáspora japonesa. El Renacimiento se produjo en Samarkanda. La Ilustración, en Travancore. En el 1333 de la Hégira, comenzó la Primera Guerra Mundial. Se prolongó por sesenta y siete años y segó mil millones de vidas. Pero un mundo mejor surgió entre las ruinas. El patriarcado fue enterrado y los científicos tomaron el control, después de la Conferencia de Isfahán. La humanidad se evitó un Holocausto nuclear. Aunque persiste la miseria más abyecta en Firanja, Africa y los territorios incas, las civilizaciones trabajan codo a codo para resolver problemas económicos y ambientales en la Liga de Todos los Pueblos por la Armonía con la Naturaleza, cuya sede central se estableció en la hiperdesarrollada Birmania.


Tan espléndida ucronía se desarrolla en uno de los mejores libros de ficción especulativa (la expresión “ciencia ficción” es inexacta) que se escribió en nuestro siglo. Tiempos de arroz y sal (Minotauro, 717 páginas) se entregó a la imprenta por primera vez en 2002. Su autor se llama Kim Stanley Robinson (Illinois, 1952), autor de veintidós novelas y un buen número de relatos cortos y ensayos, famoso por la multipremiada Trilogía marciana. En la obra que aquí recomendamos demuestra un talento y una dedicación extraordinarios para la especulación histórica y filosófica, aunque también relumbra como novelista de aventuras. Con una calidad sublime, responde a una conjetura que quizás usted, amigo lector, alguna vez se ha formulado: cómo hubiera evolucionado nuestro planeta sin hegemonía occidental. Dicho de otra forma, cómo sería el mundo sin Europa.


HISTORIA ALTERNATIVA


Tiempos de arroz y sal, pues, explora setecientos años de historia alternativa, un devenir prácticamente sin gente de tez blanca. Enlaza los momentos decisivos de cambio (clinamen, según los antiguos griegos, una presencia fantasmal en el mundo de Robinson) con un eficaz truco nemotécnico: repite estereotipos en distintos escenarios. Los caracteres principales de cada uno de los diez libros en que se divide la novela encarnan las mismas almas (un grupo de amigos tibetanos en su origen) que van reencarnando aquí y allá, y cuyos nombres “terrestres” comienzan siempre con la misma letra. “K” es el rebelde (acción); “B” el creyente (fe); “S” el gobernante corrupto (pereza); “I”, el científico (pensamiento); “P” el vagabundo (humildad); “Z” el guerrero (fuerza) (1).


Estudioso del budismo, Robinson ubica a esa creencia en un lugar decisivo de la trama. Es la fuerza benéfica que impulsa la ciencia y la moralidad, a partir de un principio luminoso: "Si quieres ayudar a los demás, práctica la compasión; si quieres ayudarte a ti mismo, práctica la compasión". También cumple una función como nexo narrativo. Los capítulos concluyen con el paso por el Bardo: el lugar espeluznante donde el Buda imaginó que nuestras almas son juzgadas -tras la evaluación del karma- y enviadas de nuevo a la Tierra (como mineral, planta, animal o ser humano), después de que la Diosa Meng nos obligue a beber la copa del olvido. "Esto quiere decir que debemos volver a intentarlo. Lo intentamos una y otra vez, vida tras vida, hasta que alcanzamos la sabiduría y por fin somos liberados". Y así entramos en el Nirvana.


Robinson narra -entre otras historias- las peripecias de un guerrero mongol (Bold) y de un muchacho negro (Kyu) esclavizados por la dinastía Ming. Conocemos cien años después a Bistami, el teólogo sufi desterrado por el Gran Mogol Akbar hasta el repoblada Al-Ándalus, y de allí acompaña a la sultana Katima en la fundación de ciudades en los territorios de los francos. El almirante Kheim, con sus colosales naves chinas, descubre América por casualidad. Un samurai exiliado en California enseña a los hodenosauníes a fabricar armas para defenderse del imperialismo del Trono del Dragón y de los emiratos árabes occidentales. En Samarkanda, el alquimista Khalid y el matemático tibetano Iwang llegan a conclusiones similares a las de Isaac Newton. El Kerala de Travancore pone fin a cuatrocientos años de dominio otomano de Constantinopla, gracias a su descubrimiento de los barcos de vapor. Bajo la opresión manchú, un matrimonio de sabios -la viuda Kang y el erudito Ibrahim- sientan las bases del feminismo e intentan una síntesis de Confucio con Mahoma, según el modelo sij. Tres oficiales chinos asisten desde las trincheras del corredor de Gansu a la ruptura del frente oriental, ofensiva final de la Larga Guerra con los estados islámicos. En una posguerra signada por la hiperinflación y la pobreza, Idelba y Budur escapan de una harén en Turín y se convierten en dos puntales del movimiento pacifista global... La travesía, bajo la noción del ciclo, es fascinante. Llega hasta el año 2088 después de Cristo.


La prosa de Robinson es simple y directa, aunque varía el estilo de un libro a otro. Se intercalan poemas, letanías, cálculos científicos y pequeños ensayos, que le permiten al autor especular sobre cuestiones trascendentes de nuestro mundo. Por ejemplo, la causalidad de la historia. ¿Pueden trazarse leyes o es un ejercicio divertido aunque fútil como buscar formas de animales en las nubes?


Para redondear, es ésta una novela fecunda en ideas. Por ejemplo, muy interesante resulta la reflexión sobre las simpatías del islamismo con el extremismo físico. Robinson lo atribuye a la arabización, al fin y al cabo las ideas son consecuencia de su lugar de origen y es éste monoteísmo tardío del desierto, radicalizado por sus clérigos. La adopción del árabe como segunda lengua de los pueblos islámicos habría desencadenado consecuencias nefastas, por cuanto esos feligreses no tienen los pies sobre la tierra: "...su comportamiento está con bastante frecuencia dirigido por el pensamiento abstracto, un pensamiento que flota solo en el vacío del espacio del lenguaje. El islamista necesita al mundo...".


Finalmente, transcribimos una certera meditación sobre la penosa marcha en este Valle de Lágrimas: 

"...hasta que el número de vidas plenas no supere el de las vidas destrozadas estaremos atrapados en una especie de prehistoria, indigna del gran espíritu de la humanidad. La historia digna de ser contada comenzará únicamente cuando las vidas plenas excedan en número a las vidas desperdiciadas. Esto significa que nos quedan muchas generaciones antes de que comience la historia".

Guillermo Belcore

(1) https://www.kimstanleyrobinson.info


Calificación: Excelente

miércoles, 17 de abril de 2024

Las ucronías de Rosendo Fraga

 


“Aun el más pesimista (o ultraliberal) de los historiadores debería reconocer que uno de los hechos más trascendentes y auspiciosos del último cuarto siglo ha sido la creación del Mercosur. El Tratado de Asunción de 1991 puso fin formalmente a las hipótesis bélicas de la mitad de Sudamérica, y eso no es poca cosa, si se recuerdan las terribles guerras del pasado. Insisto: que dos naciones de habla portuguesa y cinco hispanoparlantes hayan acordado la integración es, sin duda, una de las mejores cosas que nos pasó en el tumultuoso siglo XX. Y desde entonces se avanzó muchísimo. Es verdad que todavía no se ha logrado la adhesión plena de Buenos Aires, por culpa básicamente de su tradición librecambista y del paraíso fiscal y financiero que funciona en la city porteña, pero el Mercosur es un actor mundial cada vez más relevante gracias a la poderosa industria paraguaya, cordobesa y paulista, y a la exportación de materias primas desde el Uruguay, el Alto Perú, la República Gaúcha y la República Federativa del Brasil. Chile, por cierto, ha sido uno de los países más beneficiados con el Mercosur. En primer lugar, ha logrado resolver casi de un plumazo los conflictos limítrofes con el diminuto pero pendenciero Buenos Aires y así desmilitarizó sus cuatro provincias de Cuyo. Pero lo que es más importante, el Palacio de La Moneda ha dejado de estar sólo en su sempiterna rivalidad con el Chubut de habla inglesa. Acaso, y esta es una opinión estrictamente personal, no está lejos el día en que los chilenos puedan recuperar sus tierras irredentas, injustamente rapiñadas por el imperialismo británico: Santa Cruz y Tierra del Fuego. Así sea”.


 LA HIPOTESIS

La ucronía del primer párrafo bien pudo ser parte de la realidad. ¿Cómo? Si la corona española no hubiese creado en 1776 -ayer nomás- el Virreinato del Río de la Plata, una brillante decisión política y estratégica, pero una opción entre tantas. Si Carlos III no establecía alrededor de Buenos Aires un núcleo político-militar, de Córdoba para arriba todo podría ser parte de una nación con el centro en el Alto Perú (una Bolivia ampliada y con salida al Pacífico, seguramente); nuestra Mesopotamia se repartiría entre Uruguay y un Paraguay poderoso que llegaría desde, digamos, la mitad norte de Santa Fe hasta el Mato Grosso brasileño (habría derrotado al Imperio de Pedro en alguna guerra del siglo XIX). Mendoza, San Juan y San Luis (acaso también La Rioja o Neuquén) seguirían bajo la órbita chilena. La Patagonia se la repartirían Chile y los ingleses. Buenos Aires puede que en algún momento haya cristalizado como república independiente, pero merced al respaldo de Londres. Otro “algodón entre cristales”, en palabras del intrigante Lord Posomby. Es decir, sin Virreinato del Río de la Plata no hubiera habido una República Argentina, tal como la conocemos hoy. Así de frágiles y aleatorias son las naciones del planeta.

El autor de esta hipótesis fascinante es el abogado, periodista, analista político y historiador Rosendo Fraga. Hace unos años escribió un libro extraordinario: ‘¿Qué hubiera pasado si…?’ (Vergara. Edición 2008. Ensayo de historia, 377 páginas).

Elaboró nada menos que historia nacional contrafáctica, un juego intelectual rarísimo en español pero bastante común en la anglósfera, acaso porque los eruditos estadounidenses e ingleses creen en serio en el papel de la libertad (y del azar) en los asuntos humanos.

Rosendo plantea, pues, en su obra quince contrafactuales y desde allí despliega su imaginación, casi siempre sensata y convincente.

Doy otro ejemplo: ¿Qué hubiera pasado si Rosas hubiese triunfado en la batalla de Caseros? El autor desmenuza las condiciones políticas, sociales y militares en 1952, se pregunta si la derrota de El Restaurador era inexorable, se contesta que no y detalla las razones. Finalmente describe lo que pudo ser: si en ese punto de inflexión la taba caía de otra manera la Argentina sería diferente. Acaso hoy no tendríamos a Entre Ríos y Corrientes.

En el plano de las ideas, digamos que Don Rosendo es emersoniano: cree en el papel decisivo de las grandes personalidades (Pedro de Cevallos, José de San Martín, el general Roca, entre otros). Sostiene que la Historia se asemeja a un juego de dados, especialmente en lo que atañe a las batallas y los golpes militares. Arriba a un puñado de conclusiones asombrosas: verbigracia, si al general Paz no le boleaban el caballo en El Tío la Argentina se hubiese ahorrado veinte años de desorganización nacional. Sostiene más adelante que la Argentina pudo haberse ahorrado fácilmente la experiencia del peronismo. E incluso conjetura que Gran Bretaña habría devuelto las Malvinas a la Argentina en la década del noventa si no el régimen militar hubiese recuperado fugazmente las islas en 1982.

En síntesis, un ensayo de agradable y amena lectura, imprescindible para el interesado en la historia argentina, de lectura obligada para las personas con responsabilidades políticas. ¡Ah!, y un pequeño secreto: se consigue en las mesas de saldos de la calle Corrientes. Maravillosa Buenos Aires.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


domingo, 14 de abril de 2024

Zona de interés

 


Dirección: Jonathan Glazer. Guion: J. Glazer, Martin Amis. Fotografía: Łukasz Żal. Música: Mica Levi (Micachu). Actores: Christian Friedel, Sandra Hüller, Imogen Kogge, Max Beck, Ralph Herforth, Sascha Maaz, Marie Rosa Tietjen. Duración: 106 minutos. Disponible en Amazon Prime.


Impresionada por las insignificancia intelectual y física de Adolf Eichmann, quien en los años sesenta, por fin, se sentó en el banquillo de los acusados, la filósofa Hannah Arendt desarrolló el concepto de banalidad del mal. Los carniceros del hitlerismo -al menos la mayoría de ellos- no fueron impresionantes bestias rubias, el Zarathustra de Nietzsche. Eran hombrecillos comunes y corrientes que perpetraron uno de los peores crímenes masivos en la historia de la humanidad como quien resuelve un problema de gestión en su lugar de trabajo. Esta idea -la del burócrata genocida de 8 a 5 de la tarde- inspira la magnífica obra que consiguió este año los Oscar a la Mejor película extranjera y al Mejor sonido.

Zona de interés -coproducción de Estados Unidos, Inglaterra y Polonia pero hablada en alemán, el idioma del mal- ya se encuentra en el servicio de streaming de Amazon Prime Video.

El director inglés Jonathan Glazer adaptó desde ángulos inesperados -como corresponde- la novela de su compatriota Martín Amis (publicada en 2014), a quien la muerte sorprendió poco antes de la consagración de la cinta.
Narró un fragmento de la vida de Rudolf Hoss (Christian Friedel), el comandante en jefe del complejo de trabajo y exterminio Auschwitz/Birkenau, en el sur de Polonia, justamente aludido por los nazis con el eufemismo “zona de interés”.

El planteo de Glazer es absolutamente original. En primer lugar, si bien transcurre durante la Segunda Guerra Mundial, no hay una sola escena de violencia explícita, con la excepción de un par de gritos y una siniestra amenaza de Madam Hoss a una criada polaca, y del aterrador ruido de fondo que escapa desde el campo.

El lugar principal de la acción es la casona rural donde el teniente coronel, educado en la tradición católica en Baden-Baden, vive con su esposa y sus cinco hijos, al otro lado de la calle que bordea a Auschwitz. La cámara, que siempre mantiene una prudente distancia del atroz personaje, nunca cruza los muros del campo, aunque muestra las columnas de humo de diferentes colores que vomitaban aquellos malditos hornos.

Vemos al SS Hoss, amoroso con su familia y su caballo, apagando las luces de la casa, disfrutando un picnic junto al río Sola, resolviendo problemas técnicos de su trabajo con un estremecedor lenguaje administrativo, cuestionado por su esposa al enterarse de su traslado a Berlín en 1943 ("son cuestiones políticas", se defiende).


ORIGINALIDAD

Demuestra, pues, el distinguido Glazer dos cosas. Primero, que con lo prosaico también puede hacerse arte, aunque sea oscuro. Segundo, que aún hoy pueden transmitirse contenidos frescos y convincentes sobre el Holocausto al fatigado y cínico público del siglo XXI.

Hay que destacar que la película también se atreve a experimentar con la estética. Ya dijimos que renuncia al primer plano; además vemos singulares escenas en blanco y negro (tipo negativo de una foto), en las que una valerosa muchacha esconde manzanas en los campos para que las encuentren los desdichados prisioneros que trabajan hasta la muerte. 

Asimismo, la premiada música de Mica Levi (Micachu), con sus juegos de disonancias y sus ruidos raros, contribuye eficazmente al clima de horror frío, sin alardes ni desahogos sentimentales.

Otro de los puntos altos de la cinta es la poderosa actuación de Sandra Hüller como Hedwig Hensel Hoss, una mujer alemana del montón con sus fórmulas estereotipadas, "completamente incapaz de distinguir el bien del mal", como destacaba Arendt de Eichmann. Las actitudes de la ama de casa demuestran que la rapiña fue otra de las motivaciones de los asesinos nazis. Otra conclusión que podemos extraer es que nadie era inmune al horror, ni siquiera los hijos y la suegra vagamente antisemita del Señor de la Muerte.


EL FINAL

El 11 de marzo 1946 policías británicos detuvieron a Hoss en Alemania occidental. Estaba camuflado de jardinero. Su mujer -bajo amenazas de ser deportada a Siberia con sus hijos- lo había entregado. En los interrogatorios de Nüremberg, el Obersturmbannführer no dio la menor muestra de remordimiento y compasión. Se tenía a sí mismo como un funcionario probo y aplicado cuyo trabajo había sido nada menos que el exterminio masivo de toda una población. Incluso para justificarse en el juicio en Polonia se comparó con el piloto de un bombardero al que se le hubiera ordenado atacar una ciudad a la que él sabía habitada por mujeres y niños.

Ante historias como éstas queda siempre flotando la pregunta: ¿Cómo pueden existir semejantes seres humanos? La película nos ofrece una respuesta: era un psicópata. Al final, en una fiesta con la élite del régimen nazi, Hoss calculaba cómo gasear a todos los presentes.

Guillermo Belcore


Calificación: Excelente

jueves, 11 de abril de 2024

¡Noticia bomba!


El periodismo en todo el mundo está en horas bajas.
En Estados Unidos, el faro de la libertad de prensa, se han perdido en los últimos diez años más de un tercio de todos los puestos de trabajo. En la Argentina, tan degradada después de décadas de régimen populista hegemónico, el 2024 parece ser el año de la destrucción de miles empleos en la profesión, aquéllos que se sostenían artificialmente con los aportes del Estado. La cuestión de fondo es que cada vez menos ciudadanos están dispuestos a pagar por material informativo, incluso de calidad. Se asocia Internet con el sacrosanto derecho a la gratuidad de los contenidos que cuestan mucho dinero producir. Somos de la opinión que esta insensatez se terminará pagando caro con el tiempo, en términos políticos, sociales y culturales.

Por eso, puede ser que no resulte oportuno que esta columna recomiende la lectura de, acaso, la sátira más despiadada que se haya escrito en Occidente sobre la profesión periodística en general. y sobre los grandes diarios en particular. ¡Pero es que es tan divertida! Hay pasajes que se leen a mandíbula batiente. ¡Y además está tan bien escrita! Concluimos que es la evasión ideal para escaparse por un rato del doloroso presente.

Hablamos de ¡Noticia bomba! (Anagrama, 260 páginas), entregada a la imprenta en 1937 por la daga más filosa de la literatura inglesa de enteguerras, el genial Evelyn Waugh, uno de nuestros escritores favoritos (1). En el prólogo de 1963, explica que quiso dinamitar la la inmerecida fama que habían acumulado los corresponsales extranjeros en los años treinta y que para ello narró una historia ficticia pero basada en su experiencia personal en el campo de operaciones. El libro combina agilmente la invasión fascista a Etiopía con la guerra civil en España.

Se trata de una desopilante comedia de enredos. Mrs Stich, influyente esposa de un ministro de Su Majestad, le pide a Lord Cooper, magnate de la prensa, que contrate a su amigo, el escritor mediocre John Boot, para cubrir una revuelta en Ismalía (Abisinia, en la vida real), que involucra a las grandes potencias.

El poderoso empresario da las órdenes correspondientes, pero el subdirector y el jefe de la sección Internacionales de su diario, el Beast, se confunden y terminan mandando a la zona de guerra a William Boot, el opaco autor de la columna Exuberancia que se ocupa de la fauna de la campiña inglesa. William heredó la columna y le pagan una guinea por entrega. Hace lo que puede, el chico.

Nuestro héroe es un joven célibe, quintaesencia de una aristocracia rural en estado de putrefacción avanzada. Teme ser despedido del Beast pues en su última columna su hermana le gastó una broma. El texto versaba sobre las costumbres del tejón (Meles meles), pero allí donde mencionaba al mustélido la maldita entrometida reemplazó esa palabra por "somormujo cuellirojo". Llamado a Londres, imagínense su sorpresa cuando, entre loas, palmadas en la espalda y amenazas, lo reclutan como corresponsal de guerra. La voluntad del vizconde Cooper nadie la discute.

Las peripecias de William en África, su consagración insólita como periodista estrella, la adoración que le tributa una Inglaterra cándida a su regreso redondean una obra maestra del subgénero de la sátira literaria. Es increíble (y una muestra del carácter de la democracia británica) que una una novela tan burbujeante como ésta se haya publicado mientras el mundo se abismaba hacia una hecatombe sin precedentes.

Dijimos que se trata de una sublime lectura de evasión. Sí. Pero hay un sonsonete del tío Theodore Boot, un verdadero pillo, que queda resonando en nuestras conciencias de argentinos: 

"No veo a mi alrededor más que transformación y decadencia".

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno





martes, 2 de abril de 2024

Los elementales


Es muy difícil encontrar una buena novela de terror, casi tan difícil como hallar a un líder piquetero al que le guste trabajar. Pero las hay. Por eso, no merece sino un fuerte aplauso la decisión del sello La Bestia Equilatera de rescatar un texto de Estados Unidos entregado a la imprenta por primera vez en 1981. Hoy, nos dice la promoción editorial, se ha convertido en una novela de culto.

Hablamos de Los elementales (315 páginas, edición 2018), obra maestra de Michael McDowell, uno de esos borrosos literatos que, aunque no no han dejado una obra importante, supieron ganarse la admiración de sus colegas.

En el prólogo, Mariana Enríquez señala tres elementos interesantes de la biografía del autor: fue guionista de dos películas de Tim Burton, fue amigo y colaborador de Stephen King y coleccionaba memorabilia mortuoria.

Había nacido en 1950 en Enterprise, sudeste de Alabama, y se graduó con honores en Harvard con especialización en inglés. Recibió su doctorado en la Universidad de Brandeis en 1978. Su disertación se titulaba “Actitudes estadounidenses hacia la muerte, 1825-1865”. Compuso más de treinta novelas (con su nombre y varios seudónimos), en varios géneros, pero su nicho de mayor éxito fue el terror. Llegó a ese terreno neblinoso por frustración; sus libros serios no se vendían, nos informa la Encyclopedia de Alabama. Se ganó el pan también con la docencia y escribiendo guiones En 1999, se lo llevó el sida.

La tierra natal de McDowell juega un papel crucial en Los elementales. En efecto, la naturaleza, la cultura y las tradiciones de ese estado meridional de la Unión —tan raro y tan cruel con su minoría afroamericana— es una presencia inquietante en la trama, como los espectros.

Digámoslo de una buena vez, he aquí una novela de fantasmas que explota con elegancia e imaginación razonada uno de los más famosos tópicos del género: la casa embrujada. La señora Enríquez sostiene que esta fábula de horror tiene todos los detalles escenográficos del gótico sureño: las familias extendidas y excéntricas, las mansiones victorianas, los secretos, la empleada negra con poderes psíquicos, los fantasmas como maldición, la crueldad subyacente. Fascinante.

EN LA COSTA


Alabama cuenta con solo 85 kilómetros de costa. A dos horas de distancia del puerto de Mobile, se encuentra una franja de tierra conocida como Beldame, donde veranean dos familias tradicionales y opulentas del sur del Estado: los McCray y los Savage. Cuando sube la marea, queda aislada de la península. El vecino más cercano se encuentra a más de dos leguas de distancia

A primera vista, Beldame es un edén que se parece al otro, al paraíso celestial, en que es "luminoso, remoto, atemporal y vacío". A primera vista, dijimos. Tres mansiones victorianas se yerguen al borde de las playas ardientes. La tercera no se usa; está media cubierta por las dunas y en su interior hay una presencia sobrenatural: los elementales. Usted ya sabe cómo es esto. Simplemente hay algunas casas que no conviene visitar, tienen algo adentro... algo que es muy malo.

Después del estremecedor funeral de la matriarca Marian Savage ("la perra más pérfida que pisó alguna vez Mobile"), seis personas esperan pasar un verano reparador en Beldame. Viajan a la costa del Golfo de México el bueno de Dauphin Savage y su esposa Leig McCray, y la madre de ésta, Big Bárbara, uno de los grandes personajes del libro. Es una de esas alcohólicas, a las que una ambulancia suelen rescatar de un bar. También son de la partida el hermano de Leigh, el pecaminoso Luker, y su hija India de trece años, quien actúa como adulto. Ambos vienen de Nueva York. Completa el grupo, Odessa Red, la empleada negra de la familia Savage a la vieja usanza, la única que sabe tratar con esas presencias sobrenaturales que "son sólo engaños y maldad". Odessa e India serán los catalizadores de la pesadilla.

Las vacaciones, naturalmente, terminan para el demonio. Hay abundante efusión de sangre y una segunda línea maligna. Lawton McCray, el ex esposo de Bárbara y padre del Leigh y Luker, conspira en las sombras para venderle a los empresas petroleras su parte (y la de Dauphin) de los terrenos de Beldame. Lawton es un político nefasto, pudre lo que toca.

McDowell va engarzando con delicadeza de orfebre los elementos fantásticos en la urdimbre hasta la impresionante aceleración final. Los diálogos son vivos; los personajes, muy bien tallados. Hay varios comentarios interesantes sobre el estilo de vida sureño esa mezcla de "cordialidad generalizada, malicia displicente y laxitud abrumadora".

Muy perturbador y eficaz es el uso de la arena como indicio de peligro. Por cierto, ¿a quién no lo aterrorizaban de niño las arenas movedizas? La arena, esa sustancia " suave y pesada, que parece haber sido imaginada para medir el tiempo de los muertos", escribió Jorge Luis Borges.

Finalmente, uno no puede dejar de preguntarse: ¿Por qué los McCray y los Savage volvían una y otra vez a las altas casonas sombrías de Beldame. Es la atracción del mal, amigo lector. ¿Quien esté libre de esa tentación que arroje la primera piedra?
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

martes, 26 de marzo de 2024

Cuadernos de Vorónezh


Aquellos intelectuales que adoran al Partido Comunista o alguna de las infames sectas trotskistas (como las que se roban en la Argentina el 2% de los planes sociales de los pobres so pretexto de gasto de organización) deberían descubrir o recordar lo que el marxismo les hace a los artistas cuando conquista el poder e impone la dictadura del proletariado. Deberían conocer el destino trágico de Ósip Mandelstam.


Nació en 1891 en Varsovia dentro de la confortable fe judía, fue compañero de ruta (sin exagerar) de la Revolución bolchevique, pero por ser una conciencia independiente lo condenaron a la miseria más espantosa y al exilio interno, hasta que en 1938 lo liquidó un campo de concentración de Vladivostok.


Ese enigma envuelto en un misterio dentro de un acertijo que conocemos con el nombre de Rusia rehabilitó completamente al poeta cincuenta años después de su asesinato, al calor de la Perestroika. Hoy el sello boutique Blatt & Ríos trae al lector hispanohablante algunas de sus mejores creaciones, las que compuso en un régimen de cautividad semiabierto en una ciudad de provincias. Hay una historia terrible detrás de Cuadernos de Vorónezh (129 páginas). Es una joya que sabrá apreciar tanto el amante de la Alta Poesía como el interesado en la historia del comunismo.


INTENTO DE SUICIDIO


En 1933, Ósip Mandelstam escribió el poema El montañés y lo recitó ante una decena de amigos. Boris Pasternak calificó la empresa de intento de suicidio. Era una sátira despiadada de Joseph Stalin. Veamos media estrofa:

"...Sus dedos gordos, como gusanos, son grasosos,

y sus palabras, como pesas de un pud, cabales,

se ríen sus bigotes de cucaracha

y relucen las cañas de sus botas."


En ese momento comenzó su calvario material, físico; el espiritual se había precipitado mucho antes, cuando la Revolución de Octubre, supuesta epopeya por la libertad del proletariado, confirmó un rumbo totalitario como nunca había conocido la humanidad. El disidente, obviamente, fue detenido, interrogado y confinado lejos de las grandes urbes. Aislar pero preservar fue la orden de Stalin. Primero fue enviado a la localidad de Cherdyn. Allí, Ósip intentó suicidarse. Luego los mastines del déspota le permitieron afincarse en Vorónezh, pero en condiciones paupérrimas, junto a esposa Nadiezhda Jázina. He aquí otra enseñanza del libro. Cuando el universo se desploma sobre tu cabeza, aquellos hombres afortunados que han encontrado una buena esposa nunca se sentirán solos. La cruz de la existencia es demasiado pesada para ser cargada por un solo par de hombros.


En Vorónezh, Mandelstam tenía la soga al cuello pero el genio se impuso. Escribió versos magníficos que atesora este volumen y que permanecieron inéditos hasta su muerte. Difícilmente, amigo lector, hallará en otro lado lírica del destierro de tan sublime factura. El alma atormentada le cantó a la estepa, al cielo y al frío, a los ríos, al jilguero, a las piezas arqueológicas del museo local, a la cantante y al flautista camaradas arrestados por la implacable picadora de carne bolchevique. Hasta le compuso a la Roma fascista. También a esa orden deleznable de rapar a la gurisada el Día del Trabajador:


"Aún la maquinita número uno, mordaz,

recolecta castaños tributos,

y caen sobre una toalla limpia

adensados mechoncitos racionales".


Naturalmente hay un fantasma maldito errando entre estos poemas. En la página sesenta y uno, el vate lo evoca:


"...aquel por quien gritamos en sueños,

el Judas de los pueblos futuros"...


Y así llegamos al núcleo incandescente del libro. La conmovedora, colosal y fascinante Oda a Stalin. Al autor le insumió dos meses redondear el poema, nos explica el traductor y prologuista Fulvio Franchi, quien por cierto ha hecho un trabajo excelente, dando "prioridad a la obtención de un ritmo". Mandelstam envió el manuscrito a diversas organizaciones culturales en 1937, pero ninguna aceptó publicarla. Hubo que esperar hasta 1989 para que la URSS divulgara al poema íntegramente. Malditas dictaduras.


El señor Franchi también resalta que hay dos interpretaciones históricas sobre los motivos de la Oda a Stalin:

a) Fue un intento tan desesperado como magistral (artísticamente hablando) del literato, aunque inútil, para que Stalin olvidase “El montañés” y le perdonara la vida.

b) “Fue la elección de un género lírico elevado que encarna un principio paródico”, escribió Franchi. Es decir, harto de tanto dolor el artista habría querido demostrar al Príncipe Rojo que él también era capaz de componer la más excelsa lamida de botas. Un último gesto de altivez delante del patíbulo. Sostiene esta teoría, la indudable ambigüedad del poema y sus graciosas exageraciones.


Estos cuadernos tan recomendables incluyen al final un puñado de escritos en prosa que corroboran la fineza del sentido crítico de Mandelstam y la belleza de su expresión. Impresiona, por ejemplo, su reprobación a los periodistas bolcheviques sedientos de sangre, que retroalimentaban la represión del régimen: "Una cajera se equivocó en cinco kopeks. -Mátala".


En los años veinte, el poeta había llegado a una conclusión tremebunda: "...en todas partes la literatura cumple un mismo designio: ayuda a las autoridades a hacer que los soldados las obedezcan y ayuda a los jueces a ejercer represalias sobre los condenados".

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa


Calificación: Muy bueno

domingo, 17 de marzo de 2024

BlackBerry, el comienzo de la historia

 


Una de las tantas traducciones de Proverbios 16: 18 al 19 dice así: "Tras el orgullo viene la destrucción; tras la soberbia, el fracaso". En 2007, la altanería de dos constructores de imperios -el visionario Mike Lazaridis y el vendedor implacable Jim Balsillie- dio inicio a la destrucción de la empresa canadiense que había causado una revolución en las telecomunicaciones y el universo laboral. BlackBerry pasó de controlar entre el 30 y 45% del mercado de telefonía móvil en los albores del siglo (difieren las fuentes) a cero en la actualidad. Una película independiente filmada, justamente, en Canadá, narra esa apasionante historia de auge y decadencia. Puede encontrarla en Amazon Prime.


BlackBerry, el comienzo de la historia es un drama biográfico, filmado en 2023. El guión adapta, con absoluta libertad, el libro Perdiendo la señal: la historia no contada del extraordinario crecimiento y la espectacular caída de BlackBerry de Jacquie McNish y Sean Silcoff. Lazaridis es interpretado por Jay Baruchel; Balsillie, por Glenn Howerton. El director Matt Johnson también actúa: es Douglas Fregin, el mejor amigo de Mike y confundador en Waterloo (estado de Ontario) de Research In Motion, la empresa de software que lograría con una manufactura prodigiosa modificar la forma en que los influyentes trabajaban y se relacionaban con sus empleados, sus clientes y sus pares. La tecnología nos hace. El medio es el mensaje, sentenció para siempre otro canadiense ilustre, el profesor Marshall MacLuhan.


RIM fue como un meteoro deslumbrante que cruza los cielos. El mismo Barack Obama llegó a decir que no se imaginaba su existencia sin el BlackBerry. Pero ya en 2013 su cuota de mercado había caído al 3% en América. El ingeniero talentoso Lazaridis y el tiburón de los negocios Balsillie fueron obligados a dejar el timón de una empresa que en pocos años pasó de ser la más valiosa del Canadá a perder el 90% de su capacitación bursátil.


¿Qué pasó? ¿Qué error garrafal habían cometido? Subestimaron la revolución iPhone. Pantallas táctiles, desarrollo independiente de aplicaciones, prioridad al concepto blando de "experiencia del usuario", acceso ilimitado a las redes sociales, productos atractivos y accesibles para todo el pueblo no exclusivos para la casta, incremento constante de las prestaciones. Y, sobre todo, que las corporaciones telefónicas puedan aumentar su rentabilidad facturando al cliente por cantidad de datos, novedad que Lazaridis recibió como obstáculo no como oportunidad ("¡Cada iPhone gasta la misma cantidad de datos que 5.000 BlackBerry!", se queja en la película). "Tu problema es que un minuto es sólo un minuto", le espeta sin rodeos a Balsillie en un aeropuerto de Georgia un peso pesado de AT&T cuando le rogaba que no abandone el barco para saltar a la cubierta de una Apple que iba a convertirse en la firma más valiosa del planeta hasta el día de hoy.


Como si fuera poco, la explosiva aparición del sistema operativo Android de Google que permite replicar las maravillas funcionales del iPhone en todos los aparatos que llegan de Oriente (algo similar a lo que había conseguido Microsoft con el Window en las computadoras domésticas) fue el último clavo en el ataúd de BlackBerry, cuya reacción a tan formidable desafío fue tardía, confusa y torpe. Dicen que lo peor que puede hacer un artista es enamorarse de sus ideas. Termina sacrificando la creatividad.


MUNDO GEEK


La cinta comienza en 1996 cuando dos jóvenes nerds (Lazaridis y Fregin) intentan vender al buitre Balsillie su nuevo invento: el PocketLink. Los chicos habían logrado resolver una encrucijada de la transmisión inalámbrica de datos y diseñaron al antecesor del BlackBerry. Crearon "la oficina de correos más pequeña del mundo". Y portátil. Balsillie no les hace caso de momento, pero algo queda resonando en su cabeza. Después de ser despedido de la firma donde trabajaba por rebelde e inescrupuloso, se convierte en inversor independiente. Hipoteca su casa para comprar un tercio de RIM y el cargo de codirector ejecutivo. Aporta la cuota de racionalidad empresarial que necesitaban los frikis para el despegue. Le venden a Bell Atlantic (hoy Verizon) el primer dispositivo de mano que puede conectarse a una red a escala comercial. El tándem Lazaridis-Balsillie -tan distintos el uno del otro- acelerará la revolución tecnológica en Occidente al comprender la importancia de la mensajería móvil.


Resulta fascinante el contraste que plantea el falso documental entre el caótico mundo geek de los ingenieros, tan pueril como disruptivo, con los hombres de negocios tradicionales, contratados en RIM para mantenerlos a raya (gran papel de John Ironside, estereotipo del hombre duro, como Charles Purduy). En 2002, los smartphone BlackBerry salen a la arena del circo y conquistan a las élites con su elegante teclado QWERTY y su practicidad. Incluso, generaron una suerte de adicción que fue designada como CrackBerry, "palabra nueva del año 2006" e incorporada por el diccionario Webster 's New World Dictionary. Qué anacronismo, verdad.


Vemos en la pantalla como Balsillie se las ingenia para frustrar en 2003 el intento de adquisición hostil de Carl Yankowski, director ejecutivo de Palm, otra pionera que terminó desapareciendo del mapa. Vemos como le roba mentes brillantes a otras empresas tecnológicas para resolver el colapso de la red telefónica. Para ello, usa opciones sobre acciones (a Paul Stannos de Google le promete diez millones de dólares de prima de ingreso), maniobra delictiva que arroja a los mastines de la Securities and Exchange Commission (SEC) al cuello de las autoridades de RIM (Balsillie casi termina en la cárcel).


Hasta que llega el año fatídico de 2007. Por entonces, sólo Nokia vende más smartphones en el mundo que Blackberry. La rutilante presentación de (suenan las trompetas) Steve Job encuentra a RIM distraída. Es el núcleo incandescente del film. Mike está acorralado por la SEC. Jim, obsesionado con la compra de algún equipo estadounidense de hockey sobre hielo para mudarlo a Canadá. Con una mezcla de admiración, miedo y perplejidad, los cerebros de la empresa canadiense reciben el lanzamiento del iPhone. Cambiaban las reglas del juego. La respuesta, como se dijo más arriba, nunca fue la apropiada y, como consecuencia, hoy ya no se fabrican más los teléfonos BlackBerry. Se convirtieron en una hermosa historia para ser contada con una valiosa enseñanza: si te dedicas al mercado tecnológico, innova permanentemente o perecerás.


Como nota al pie de página, digamos que Fregin se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo al vender su paquete accionario de RIM en 2007, después de pelearse con su viejo amigo Mike.


EL PRESENTE MODESTO


Parece que los nuevos dueños de RIM (rebautizada BlackBerry Limited) siguen al pie de la letra el consejo del proverbio bíblico de perseguir la humildad. Veamos su derrotero (barranca abajo) en los últimos diez años.


En 2016 anunciaron la subcontratación a los chinos de TLC de toda la producción de aparatos. La idea era que se encargaran del hardware, mientras los canadienses se centraban en el software. Ya no fabricarían más teléfonos. Pero la nueva camada no usaba el sistema operativo propio, sino que corrían sobre Android. Ni siquiera arañaron el mercado. En enero de 2022, ¡kaput! Todo los aparatos quedaron obsoletos cuando la firma dejó de darles soporte. Ahora, BlackBerry se dedica a producir software de ciberseguridad y ofrece otros servicios para empresas y gobiernos. Es muy apreciada en el segmento de comunicaciones seguras, incluso por la CIA.


Qué es de la vida de Mike Lazaridis y Jim Balsillie, se preguntará usted. Bueno, los socios crearon un fondo de inversión para desarrollar las tecnologías cuánticas (palabrita de moda esta década), se abocaron a la filantropía en el área de la educación y a contar su mejor historia por todo el mundo. Con la perspectiva del paso de los años, uno no puede dejar de ver los últimos minutos sin gritarle a los protagonistas: "¿Qué están haciendo pedazos de tontos", escribió la crítica inglesa Wendy Ide. Es la fatal arrogancia, amiga. ¡Ah, por cierto!, las dos horas de película se pasan volando.

Guillermo Belcore


Calificación: Muy buena

martes, 12 de marzo de 2024

El cocinero de Alcyon


El cocinero del Alcyon

Por Andrea Camilleri

Salamandra. 238 páginas


En 2009, Andrea Camilleri (1925-2019) recibió un encargo de una productora italoestadounidense. "Maestro, necesitamos un guión con el comisario Montalbano". Quizás, le encargaron que incluya una o dos mujeres despampanantes, un empresario malo como un terremoto y una trama en la que nuestro héroe se enfrente a los esbirros de poderosos narcotraficantes.

La película no se hizo. Don Andrea no quiso desperdiciar el argumento. Lo recicló unos años después para un nuevo libro de la saga de Salvo Montalbano, que consta de treinta y dos gemas y convirtió a su demiurgo en el escritor más leído de la Italia contemporánea. Así describe a la serie la eminente Enciclopedia Treccani:

"En 1994, con La forma del agua, A.C. inauguró una serie de novelas y cuentos centrados en un personaje fijo: el comisario de policía Salvo Montalbano, que en la imaginaria (pero inequívocamente siciliana) ciudad de Vigàta debe desentrañar numerosos casos de asesinato y malversación, animado por un sentimiento de justicia tan sustancial como ajeno a las preocupaciones de su carrera y, en todo caso, propensos a procedimientos que no siempre son formalmente impecables".

Camilleri reconoce en la nota final que El cocinero de Alcyon muestra sus costuras innobles, es decir su origen no literario. Se queja además de que los capítulos no se ajusten exactamente a su lecho de Procusto: las habituales diez páginas de computadora. Pero en la "nota a la nota" sentencia que la actualización redondeó una "buenísima novela de Montalbano". ¿Y quienes somos nosotros, modestos escribas del séquito, para desmentir a su majestad, el escritor talentoso? 

Otra de las proezas de Don Andrea es que su ciudad natal -Porto Empedocle, provincia de Agrigento, en Sicilia- haya decidido agregar el término "Vigàta" a su nombre histórico, como consecuencia de la legión de admiradores de la serie que visitan todos los años la urbe para caminar por los mismos escenarios que fatigaba el comisario. Sí, amigo lector, la literatura fomenta el turismo nacional. Ya es hora de que Pringles cambie su nombre por César Aira.

La historia comienza con un conflicto sindical en un astillero. Un obrero despedido se ahorca. El patrón -hijo del fundador de la empresa- es un canalla de primera categoría, de esos que desperdician la herencia familiar en gustos extravagantes, mientras descargan sobre los hombros de los trabajadores el peso del ajuste.

Los policías sicilianos, naturalmente, simpatizan con la rebeldía obrera (¿dijimos que A.C. tenía simpatías comunistas?). Uno de los deméritos de la novela y de la serie policial de esta época es que el detective y sus ayudantes suelen coincidir forzosamente con la ideología de sus creadores; es decir, por lo general pertenecen a la prometeica familia de la izquierda progresista. Por eso las llamamos “ficción”.

La aparición en la soleada Vigàta de una escort texana, veintiañera, rubia, de más un metro ochenta de altura ("Llevaba unos vaqueros tan ajustados que más que una prenda de vestir parecían la piel de una fruta"), doce mil euros la noche, ofrece a Montalbano la punta de un ovillo. Descubrirá que el cretino de Giovanni Trincanato no es solamente el propietario de un astillero. Es alguien mucho más siniestro. Al mismo tiempo, los jefes de la policía intentan apartar al comisario del servicio. ¿Qué diabólico caldo se está cociendo en el sur de Sicilia?

Si hay algo que puede criticarse del texto es cierta propensión al estereotipo. El agente del FBI, por ejemplo, parece una marioneta, es indigno de un escritor de la talla de Camilleri. Todo hay que decirlo: el libro carece de profundidad psicológica. Pero es un entretenimiento formidable. Una última rareza. He aquí a un sicario argentino, un tal Juan Bartocelli. Tiene ojos de serpiente, más fríos que el Polo.

Guillermo Belcore

domingo, 25 de febrero de 2024

El mamífero que ríe


El mamífero que ríe

Gustavo Ferreyra

215 páginas. Ediciones Godot


Desde que la humanidad leyó arrobada las andanzas de un hildalgo de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor, quedó establecido que en una novela deben “pasar cosas”. Claro, esta magnífica especie literaria ha ido mutado y hoy puede que nos atrape el acabado de los personajes, la profundidad de la mirada, la belleza del estilo o cierta originalidad… Pero cuando estos vectores de la potencia estética brillan por su ausencia y al mismo tiempo no pasa prácticamente nada, la novela se instala definitivamente en un lecho de tedio e insustancialidad.


Es una conclusión que deriva de la lectura de la obra más reciente de Gustavo Ferreyra, autor de vasta y reconocida trayectoria, de hecho se trata de su novela número once. El mamífero que ríe desarrolla un procedimiento que parece ser la seña de identidad del autor: el soliloquio de un chiflado.


En este caso, leemos los razonamientos desquiciados de Ricardo, psicólogo de profesión, anarquista borgeano, antikirchnerista recalcitrante (este rasgo es importante), separado con dos hijos pequeños, de claras ideas racistas, con cierta tendencia asesina y pederasta en potencia, enfermo de deseo por su empleada doméstica, Ceferina, la Paraguaya.


Ricardo quiere ser un Zarathustra, la bestia rubia nietzscheana, pero no es más que un pobre tipo, con panza y 42 años que malvive con la consulta en su casa. Al principio, nos enteramos que el pelafustán ha encontrado su epifanía en Puerto Madryn, con la observación de una colonia de lobos marinos. Ve en los machos una suerte de pináculo, “la masculinidad con un vigor esplendente”, en contraste con una represión moderna que siente que lo ha castrado a él y a sus pares. “La civilización es femenina, toda la maldita cultura es femenina”, razona ofuscado. Nada del otro mundo. Es sólo otro auténtico reaccionario por sublimación de sus problemas con las mujeres.


A MEDIAS

La sublime mamifidad es el eje del relato. Pero es un eje que viene y va y se termina difumando. He aquí uno de los inconvenientes del libro. Todo se hizo a medias, como si el autor hubiera temido dar un pasó más allá para adentrarse en lo singular. Por ejemplo, Ricardo decide conocer al marido de Ceferina, un carnicero medio ciego que trabaja en un supermercado chino de Villa Urquiza. Le compra unos bifes de costilla, no pasa nada. Puede que la anécdota sirva para ilustrar el carácter irresoluto del protagonista, pero un narrador experimentado y competente como Ferreyra debe saber que al lector no se lo deja con hambre.


Da la impresión que las peripecias del psicólogo para no perder clientes, para lidiar con su malvada hermana, con su esposa tipo matrona y con sus vecinos que ocultan algo y para llevarse a la cama a su mucama son asuntos secundarios. Es posible que lo que Ferreyra haya querido construir -sobre cualquier otro deseo- sea una formidable máquina de opinar. Sobre todo para dejar establecido su ideario político en el que puede que se entremezclen las convicciones propias como las concesiones al público progresista, seguramente el grueso de sus lectores.


Relucen aquí y allá algunas ideas inteligentes. Como ésta: “No existen hijos rebeldes, sido modos distintos de hacer las mismas cosas”. Pero las consignas políticas no van más allá del cliché. Macri y Trump son “estúpidos”. Carrió es “una protuberancia de Clarín”. Los intelectuales ‘progres’ son un hato de bienhechores. Cristina se ha empeñado en “que los perdedores no pierdan tanto”. La clase media argentina es una calamidad. Página 84: “A diferencia de la moral media del norteamericano: duro con los demás y consigo mismo, el clasemediero argentino es de moralidad completamente señoral: duro con los demás, blando y autoindulgente al extremo consigo mismo”.


La historia que, ¡ay!, nunca llega a ningún lado -el final es tan decepcionante como el resto- se articula en capítulos mensuales de más o menos diez páginas entre enero de 2018 y julio de 2019. Sostiene Ferreyra que el macrismo fue un desastre. Al mismo tiempo, hilvana una de las más desembozadas y entusiastas reivindicaciones de Cristina Kirchner que se puedan encontrar en la literatura argentinaLos que odian son locos malévolos como Ricardo, incluso perversos sexuales. Aquellos que la incomodaron, como Stornelli o el difunto Bonadío, son canallas de primera categoría. Hasta el Plan Qunita ensalza Ferreyra.


El batidor de justa -esa institución porteña- nunca se detiene. Entregada a la imprenta en 2022, Ferreyra también tiene algo que decir sobre la guerra en Medio Oriente, aunque no venga a cuento en la trama. En la página 20, conjetura que los soldados israelíes no parecen humanos, “a lo sumo una combinación de carnes con maquinarias”, como Robocop. Y los parangona con las hordas de Hitler, un lugar común atroz de nuestros intelectuales: ...”buscan transmitir con sus uniformes lo mismo que los nazis: ¡atenti!, que no somos humanos”.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa


Calificación: Regular

PD: Aquí comentamos otras dos obras del Sr. Ferreyra: