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domingo, 5 de diciembre de 2021

Notas al pie




En la página veintiséis de su última novela, Alejandro Dolina (Morse, 1944) medita sobre el primer principio de Hipócrates (Ars longa, vita brevis):

"¿Cuánto se tarda en leer un libro? ¿Cuánto esfuerzo demanda hacer un trabajo de crítica acerca de algo que no forma parte de nuestros intereses? Leer un libro es no leer otro. Los lectores no inmortales podrán acceder al cabo de su vida a un número limitado de obras. Eso debería ser una advertencia para que uno elija bien. Leer El caso nueve dedos de la colección Rastros es -tal vez- no leer El retrato de Dorian Grey".

Un párrafo impecable, ¿no? Pero nos fuerza a preguntarnos: ¿Para quién es Notas al pie (Planeta, 468 páginas)? ¿Por qué deberíamos leer o pasar por alto la novela más reciente del señor Dolina?

Por supuesto, es un producto absolutamente recomendable para la legión de admiradores del demiurgo del Angel Gris. Desde los adorables cuentos que publicaba en la revista Humor allá por los ochenta, el señor Dolina no se ha movido un centímetro hacia arriba o hacia abajo. A los setenta y siete años, ofrece la misma singular ensalada de erudición bien y mal digerida, filosofía en clave atorrante, cierto tono engolado, coloquialismo, humor del absurdo, prodigios al por mayor, guiños a sus amistades. ¿Es esto Alta Literatura? Lo cierto es que uno lo lee y no puede quitarse de la cabeza la voz del showman de La venganza será terrible, su legendario programa de radio.

Es posible que el Dolina literato se autodescriba en la página dieciseis:

"...Morozov tenía dificultades para escribir y sólo podía construir fragmentos. Alrededor de esa imposibilidad fue desarrollando una ética y una estética de la sinécdoque y por cierto que los resultados fueron muy superiores a los que cabría esperar de sus obras terminadas... Morozov nunca escribió una obra extensa. Sus libros tienden más bien a reunir textos provenientes de momentos y propósitos distintos. Cada tanto, con la inspiración jadeante llegaba al final de un cuento. Sus obras de teatro, que nunca fracasaban, contaban siempre con un coautor, visible u oculto..."

Los que no pertenecen a la extensa feligresía doliniana encontrarán básicamente un libro que se torna tedioso, aunque con algunos fragmentos muy buenos. El autor juega a ser el Borges de Historia universal de la infamia, pero no le da la talla. Abundan las cacofonías y se inflige al lector de fuste una interminable retahíla de anécdotas extravagantes, la mayoría flojas.

La carpintería no es complicada. Se trata de la reproducción de los textos póstumos del escritor Vidal Morozov, comentados por su discípulo Franco De Robertis, quien, precisamente, no muestra la minuciosa devoción que James Boswell tributaba al doctor Samuel Johnson.

A los cuentos de Morozov y los comentarios al pie de De Robertis se añaden "Papeles Sueltos" y trozos de "la película de Laslo Martok con textos de Morozov", en la que intervienen alumnos de la escuela San Ginés (¿el compañero ex ministro?). Nada especial.

La clave artística del señor Dolina es la llamada fe poética (quizás también de sus convicciones ideológicas). Recorren el libros íncubos, magos, alfombras voladores, sillas del olvido, sabios chinos, ciudades semovientes como La Plata que casi choca con Buenos Aires y termina perdiéndose en el océano. La acumulación caótica busca, naturalmente, provocar asombro. Comparte escenario con amores contrariados, otra especialidad de la casa.

VIRTUD SUPREMA

La voluntad de creer es, en efecto, la virtud suprema para el señor Dolina. Podría decirse que la suspensión de la incredulidad (dentro de ciertos límites de la verosimilitud) es pertinente en el terreno de la literatura, pero en la vida real -sobre todo en el ámbito de la política- creer contra toda evidencia ha llevado a la Argentina al fondo de la abyección.

Volvamos a Hipócrates. Notas al pie también podría recomendarse al lector primerizo, adolescente incluso. El lector experimentado, el buscador de densidades formales y temáticas, se verá defraudado, le resultará arduo llegar al punto final. Y como dice el maestro Dolina, leer un libro mediocre es no leer una novela excelente.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa

Calificación: Regular

sábado, 17 de noviembre de 2018

La muerte del comendador I

Las ideas tienen vida propia. En algún momento se liberan de sus creadores y se lanzan a andar. Influyen sobre los otros seres humanos. Para Haruki Murakami (Kioto, 1949) pueden adoptar cualquier forma, incluso la del personaje de un cuadro, pero algunas personas pueden verlas y conversar con ellas y otras no. Las ideas sólo pueden aparecer dos o tres horas por día. Simplemente, se dedican a recopilar información.

Sobre tan hermosa fantasía se asienta la primera parte de la esperada trilogía del más leído escritor japonés de posguerra, candidato permanente al Premio Nobel de Literatura por muy buenas razones: renovó el realismo mágico que América latina ya había agotado, creó un estilo propio y mundos alternativos con pequeñas diferencias pero donde no se puede aplicar la lógica como la conocemos, ha labrado una vasta producción, algunas de sus novelas o relatos breves se cuentan entre los mejores de nuestro tiempo y su prosa es modelo de fluidez, las palabras fluyen con una naturalidad admirable, como si estuviéramos navegando en un curso de agua sin escollos de ninguna clase y con viento a favor.

Muchas de estas virtudes están presentes en la I Parte (Una idea hecha realidad) de la trilogía La muerte del comendador (Tusquets, 476 páginas), pero la historia no tiene la fuerza y el encanto de las mejores novelas murakamianas. Por momentos, causa decepción la primera producción de largo aliento del vate japonés desde la ambiciosa 1Q84 (pinche aquí y aquí), cuya última entrega data de 2011. No obstante, al final uno se queda con ganas de seguir leyendo: quedan varios secretos sin revelar.

La trama está narrada en forma de remembranza. Un pintor, con cierto renombre (comercial no artístico), evoca los increíbles sucesos que le ocurrieron en un período de nueve meses en los que vivió en estado de confusión.
El hombre de treinta y seis años, lacerado por la muerte de su hermana durante su pubertad, se veía obligado a pintar retratos insulsos de gente adinerada para ganarse la vida. Hasta que un día, su esposa le confiesa que se está acostando con otro hombre y le pide la separación, después de seis años de matrimonio (¿feliz?).

En cierta forma, el libro es una elegía del cambio radical: el artista abandona todo y se va a vivir a una casa enclavada en las montañas boscosas que le presta un amigo, hijo de un prestigioso pintor de la escuela clásica japonesa. Nuestro héroe da clases de dibujo y pintura a niños y ancianos en el pueblo y gana una amante (una mujer casada). Aparece en el desván un extraño cuadro que conecta con la opera Don Giovanni de Mozart y con la irrupción brutal de los nazis en Austria. Aparece el misterioso señor Menshiki, un magnate de impoluto cabello blanco, dispuesto a pagar un dineral por un retrato, pero con segundas intenciones. Aparece también una presencia sobrenatural.

Como casi siempre ocurre en las novelas murakamianas, en las costuras de la realidad se produce un ligero desgarro. Como él mismo explica, los límites entre realidad e irrealidad no paran de moverse, como una frontera que se desplaza según le parece. Hay que andarse con mucho cuidado con ese movimiento. Alicia en el país de las maravillas es el modelo, confiesa en la página trescientos cincuenta y dos.

ORFEBRERIA

Puede decirse que lo mejor del libro es la factura técnica, que roza la perfección pero sin salirse un milímetro de la peculiar elocución que ha convertido a Murakami en un fabricante de best-sellers de calidad. El hombre es un maestro en el arte del símil. Verbigracia: "Me esforzaba por calibrar el extraño tono de sus palabras, como si quisiera adivinar el peso de un huevo en la palma de la mano".

También se ha tomado en serio el papel que la ha señalado la crítica de ser una especie de puente entre Occidente y Oriente. Las menciones del arte clásico, provenientes de las dos orillas del planeta, enriquecen el texto. Las apostillas definen un mapa. Sea el octeto para cuerdas que Mendelssohn compuso a los dieciséis años, interpretado por el conjunto de música de cámara I Musici, como la pintura tradicional japonesa del período Asuka. Culturas hay muchas, civilización una sola, parece decirnos Murakami.

Además de las típicas redundancias (en la repetición hay un ritmo, explica el autor), el volumen contiene reflexiones sobre el arte de pintar y, como es habitual, sobre el arte de vivir: Ten el coraje de no temer cambios profundos en la vida; que la curiosidad (que es más fuerte que los reparos y el sentido común, aunque cobra un precio) sea uno de los motores de tu existencia, se nos sugiere.

El lector también disfrutará de pinceladas de erotismo. Vean la belleza de este párrafo: 

"Bajo los suaves movimientos de sus dedos, mi pene había recuperado la dureza. No tardó en usar sus labios y su lengua, y un profundo silencio cargado de sentido nos envolvió. Los pájaros seguían empeñados en sus quehaceres y nosotros pasamos al segundo acto de los nuestros".

Los personajes enigmáticos prometen más en la segunda y tercera parte. También la idea, como ente autónomo. Hay un enigma casi impenetrable, como una cáscara de nuez imposible de abrir con las manos. Tómese entonces como un comentario provisional el desencanto con la trama. Murakami, uno de los grandes literatos de nuestro tiempo, merece el derecho a la duda. 
Guillermo Belcore

Calificación: regular


martes, 24 de abril de 2018

El invierno del lobo

Antes de la Cruz y la Redención, los hombres adoraban a deidades famélicas que exigían, a cambio de favores, una ración de sangre, humana incluso. Como el Hombre Verde, una voracidad malévola dotada de forma vegetal. El culto proviene de la Vieja Europa; sus seguidores se autodesignaron la Familia del Amor. Perseguidos en Inglaterra, los sectarios emigraron a América; piedra a piedra cargaron en los barcos una Iglesia contaminada con imágenes paganas. El espíritu infernal viajó con ellos. Se establecieron en los bosques de Maine y fundaron la localidad de Prosperous. Sus descendientes, mucho más afortunados que la media estadounidense, mantuvieron la pureza étnica y el pacto de Northumberland: cada tanto arrojan a un muchacha del exterior a un agujero en el cementerio a modo de alimento.

Un Pueblo Maldito, el formidable adversario de Charlie Parker y sus dos asesinos de confianza (Louis y Angel) en su décimocuarta andanza. El invierno del lobo fue entregado a la imprenta en 2014. El detective privado investiga la muerte de un mendigo muy peculiar (Jude apareció colgado pero sólo las autoridades concluyen que fue suicidio) y la desaparición de la hija del indigente. La chica, al parecer, había conseguido trabajo en Prosperous. Qué mala suerte.

Una comunidad endogámica, anclada en el pasado, con muy feas tradiciones, adoradores de un demonio es pues el eje de las últimos dos libros de John Connolly (pinche aquí). Se trata de novelas tan policiales como fantásticas. Un híbrido muy bien logrado. Lo confieso: Connolly es uno mis autores favoritos.

En primer lugar, me agradan sus indagaciones teológicas. Como buen irlandés católico establece una verdad histórica: las herejías han causado siempre más daño que las religiones tradicionales. También desliza un pensamiento esotérico inquietante:  los hombres crean a los dioses en igual medida, si no más, que los dioses crean a los hombres. Ergo, los dioses pueden morir. Es la fe lo que les otorga poder. Fascinante, ¿verdad?


En paralelo al combate contra los familistas y los rostros foliados de la Santa Capilla de la Congregación de Adán antes de Eva y Eva antes de Adán, operan tras las bambalinas criaturas escalofriantes que forman parte de la mitología Connolly: el Coleccionista, los Hombres Huecos, el Cambión, los Patrocinadores, que intentan despertar a un divinidad dormida. El detective es una Fuerza de la Luz. Se lo conoce y teme por su eficacia para airear secretos enterrados y aniquilar a sus enemigos. Ha sido tocado por el Divino, reconocen los malos con admiración. Pero en esta ocasión a Parker lo cosen a balazos…

Digamos una vez más que Connolly es un magnífico constructor de villanos. Sus personajes son rotundos, con una doble excepción: Luis y Angel, los sicarios de Parker, una pareja homosexual de contornos no bien definidos. Sus diálogos son sosos, pero se trata de un caso aislado. El literato, por lo demás, siempre quiere enseñarle algo a sus lectores. En esta ocasión, sale en defensa de los sin techo: vivir en las calles es un trabajo agotador del que casi nadie puede escapar.

A esta altura, hay que reconocerle a Connolly que ha logrado el tono justo de la novela negra, con su ironía, su sarcasmo, sus réplicas ingeniosas, sus metáforas para coleccionar. Además nunca es aburrido y ha creado un ambicioso universo fantástico. Falta de ambición, radix omnium malorum. La raíz de todos los males de la literatura moderna.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena

PD: En este blog se han aplaudido otras novelas y cuentos de Connolly.
1 - http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2013/12/nocturnos.html
2 - http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2008/11/los-atormentados.html
3 - http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2015/03/cuervos.html

lunes, 23 de abril de 2018

Leer como niños (a Neil Gaiman)

Los cuentos de hadas son más que ciertos. No porque digan que existen los dragones, sino porque dicen que se los puede derrotar.
G. K. Chesterton

Para disfrutar de las obras de Neil Gaiman (Porchester, 1960) hay que aceptar una premisa de hierro: ahí afuera existe un multiverso, relumbrante y mágico. Están los Angeles, los Dioses del Caos y los Señores del Orden. Están las razas antiguas, altas pálidas y élficas y los reinos jóvenes. Están los trolls y la gente, como nosotros, aburrida, estúpida y normal. En términos borgeanos, es una literatura que exige completa suspensión de la incredulidad. Compórtate como un niño con el libro y serás recompensado. Gaiman es uno de esos autores dignos de confianza, que creen que no debe haber nada oculto baja la superficie de una buena historia.

El sello Salamandra reimprimió ahora Humo y espejos (395 líneas) una colección de cuentos publicados entre 1985 y 1998, la mayoría en antologías específicas (para una de relatos sobre el Santo Grial, otra sobre Navidad, otra sobre la revista Penthouse, otra con relatos de cien palabras, otra más sobre el sexo, etc, etc.).

Descubrimos pues un Gaiman inexperto que, mientras buscaba sus propia imaginería, se ganaba la vida reescribiendo clásicos, como El retrato de Dorian Gray o las pesadillas horrorosas de Lovecraft. Y no lo hacía mal. Realmente, nadie que lea el magnífico Nieve, cristal y manzanas (oímos la atormentada voz de la madrastra) volverá a sentir simpatía -ni siquiera piedad- por Blancanieves y sus infames siete enanos.

El volumen tiene dos puntos flacos. El primero es cierta veta costumbrista, que allí donde aparece nunca levanta vuelo. Por fortuna, sólo lastra uno o dos cuentos. En segundo lugar, los ocho relatos en verso hacen rechinar los dientes. Una de dos. Exigen una traducción más competente (un poeta, sobre todo) o definitivamente Gaiman solo nació para la prosa.

Hecha esta salvedad (doble), digamos que la recopilación atesora entre diez y quince cuentos, entre buenos y excelentes (de un total de treinta), algunos, incluso, con sentido del humor. El recurso de añadir un elemento fantástico a una narración convencional es la piedra de toque del libro. Por ejemplo, una familia adopta un gato negro; poco después descubre que la protege del Diablo y la Mala Suerte. Otra se va de picnic al fin del mundo. Literalmente. Un remedio para curar el cáncer provoca -como efecto secundario- cambio de sexo.

Al parecer, hay una pregunta de los periodistas o de los lectores que Gaiman detesta con toda su alma: "¿Cómo se le ocurren a usted estas cosas?". Es que no sabe bien qué decir a los curiosos. "Confluencia", es una respuesta de compromiso."De pronto, las cosas encajan. Se reúnen los ingredientes adecuados y ¡abracadabra!". La magia de la buena literatura.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: bueno

PD: En este blog, se elogiaron otros dos libros de Gaiman:
1) Un libro de cuentos http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2017/04/material-sensible.html

2) Y una novela http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2017/09/neverwhere.html

martes, 26 de diciembre de 2017

La zona muerta

Si Donald Trump, como tantos temen, arrastra al mundo a una guerra atómica contra Corea del Norte, Rusia, China o quien sea, este libro entregado a la imprenta en 1979 será considerado profético. El protagonista -un buen chico llamado John Smith- adquirió el don de la clarividencia, gracias a dos tremendos accidentes, con sendos golpazos en la cabeza. Le basta tocar un objeto o la piel de una persona para ver lo que le depara el porvenir. Al estrechar la mano del candidato a la Cámara de Representante Greg Stillson -un buscavidas sinvergüenza, falso como un dólar con la imagen de D`Elía- descubre que llegará a la presidencia de Estados Unidos y causará una hecatombe nuclear, por causa de…. Sudáfrica.

Las similitudes entre el personaje de ficción Stillson y el presidente Trump son escalofriantes: ambos surfean sobre el hartazgo popular con el establishment, ambos carecen de escrúpulos y apelan a las malas artes para destruir a sus adversarios, ambos son populistas de manual. Hay una diferencia fundamental, no obstante: al abyecto Stillson, la prensa lo adora y, como establece Stephen King (Maine, 1947), “los trapos sucios de un político lo son tanto como la prensa quiere que sean”.

La zona muerta es, para quien esto escribe, uno de los mejores libros del rey King. La construcción de personajes y escenas, la delicada introducción de un elemento fantástico en la trama (la precognición), el oído para la cultura popular, el suspenso ( el pobre Johnny esperando con un rifle a Stillson en la galería del Palacio Municipal de Jackson, New Hampshire), la claridad de la prosa, salpimentada con metáforas ingeniosas aunque de bajo vuelo, se amalgaman para convertir a la lectura en un acto muy, muy placentero. Las opiniones políticas y metafísicas del señor King (¡Johnny da un apretón de mano al candidato Jimmy Carter!) también son sensatas. El manejo de la voz interior, algo rústico.

El libro encarna lo que Borges llamaba “una fantasía razonada” (son rarísimas en español, notaba el maestro). El señor King se esfuerza para persuadirnos, con argumentos técnicos, de que, en especiales circunstancias, un ser humano puede ver el futuro. John Smith pasó cuatro años en coma y luego se le despertó un sector del encéfalo ubicado dentro del lóbulo parietal, que tiene alguna afinidad con el sentido del tacto. Las corazonadas de Johnny se desatan, justamente, después de un contacto físico. "La zona muerta" son los recuerdos borrados por el trauma cerebral, en el caso del protagonista, los nombres de calles, carreteras y otras localizaciones.

Muchos críticos remilgados -aunque indispensables- como el sublime Harold Bloom se han negado a reconocer el talento literario de Stephen King. Son sensibilidades imperfectas, como la de cualquiera de nosotros: todos, al fin y al cabo, nos negamos a reconocer que puede haber algo allí, en aquello que por alguna misteriosa razón no nos agrada. Este blog, por el contrario, sostiene la tesis de que el rey del terror es uno de los mejores escritores contemporáneos -aunque muy desparejo- que ha hecho más meritos que una Herta Müller o un Le Clezio para el Premio Nobel. La zona muerta es una magnífica puerta de entrada a su vasta creación.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


domingo, 23 de abril de 2017

Material sensible

¿Sabe usted que existen unas criaturas nauseabundas, que se disfrazan de muchachas o de niños, y convierten a sus víctimas en un sonajero de huesos? ¿Se enteró de que Sherlock Holmes descubrió el secreto de la inmortalidad o de que el Doctor Who evitó por un pelo que los Kim, solitaria entidad múltiple escindida de la creación, controlaran el universo? ¿Le advirtieron sobre el síndrome de Jerusalén? ¿Oyó de los efectos tremendos de una tintura naranja llegada desde la India? ¿Conoce el conjuro contra la curiosidad? ¿Alguien le explicó por qué se retiraron de circulación los automóviles voladores? Si la respuesta a cada una de estas cuestiones palpitantes es "no", debería leer un fascinante libro de cuentos de Neil Gaiman (Porchester, 1960) que acaba de llegar a la Argentina.
Para quien no lo conozca, digamos que Gaiman es un autor de culto, con una extraordinaria versatilidad y una imaginación a la que ya es un lugar común calificar de "portentosa". Ha hecho una distinguida -y multipremiada- contribución a la literatura infantil y al mundo de las historietas. Se considera a The Sandman -su creación más alabada- como un cómic extraordinario. Sus novelas encabezan listas de bestsellers y han llegado a Hollywood. Tiene su propio personaje en Los Simpson. Vive en Minneapolis con la cantante Amanda Palmer, su segunda esposa.
La ingesta de Material sensible (Salamandra, 396 páginas) demuestra que Gaiman, sin ser un gran estilista, considera que la manera de contar una historia es tan importante como la historia en sí misma. Encontramos aquí, por ejemplo, una eficaz composición relatada en forma de respuestas a un cuestionario periodístico. "Un calendario de cuentos" integra doce escritos, uno para cada día del año, algunos muy bellos. Encontramos por doquier sutilezas, referencias cultas y un delicioso toque de humor negro. Del tercer libro de narraciones breves de Gaiman (casi todas publicadas en otro lado) se desprende también que es un prologuista regular y, ¡ay!, un poeta de cuarta.
"Hay cuentos que desarrollas y hay cuentos que construyes, y luego hay cuentos que esculpes en una roca de la que vas descartando todas las cosas que no forman parte de la historia", conjetura Gaiman en la introducción. De la primera especie, hay que destacar dos: "La verdad es una cueva en una montaña negra" (33 páginas), fascinante travesía en busca de una gruta en la que, si eres valiente, puedes entrar y apoderarte del oro, pero tras cada una de las visitas la cueva te hará más malvado, te devorará el alma. "Black dog" es otra joya, que incluye fantasmas, la tradición de emparedar personas para proteger templos y viviendas, la religión primordial, la que se practicaba incluso antes de los druidas y los menhires.
Observa el inglés, no sin razón, que los escritores viven en moradas que han levantado los colegas que le precedieron. "Los hombres y mujeres que construyeron las casas en las que habitamos eran gigantes. Empezaron con un espacio árido y construyeron la ficción especulativa, pero siempre dejaban el edificio inacabado para que las personas que llegaran al marcharse ellos pudieran añadirle otra habitación, u otro piso", señala. Gaiman se siente cómodo en los domicilios de Gene Wolfe (lo homenajea con un laberinto lunar), de Arthur Conan Doyle (explica la afición tardía de Holmes con las abejas), de Jack Vance (y sus planetas moribundos) y de Arthur C. Clarke (¡ah, el desinventor Obediah Polkinghorn!). Pero es probable que la principal influencia de su magnífica literatura sea el gran Ray Bradbury. A Gaiman también le interesa más las personas que la ciencia, y que el cuento te hable de una atmósfera, de un lenguaje, de una magia que se va colando en el mundo. Lo confiesa en la introducción, donde detalla la génesis de cada uno de los textos del volumen.
Ha percibido un crítico estadounidense que Gaiman sueña historias como respira. Su producción es, por encima de todo, una encantadora forma de imaginar. Regala al lector el placer de seguir siendo un niño. No carece, además de utilidad práctica; da consejos valiosos. Por ejemplo, nos avisa que las cosas que anhelamos, que deseamos con intensidad, pueden cobrar vida. Otra advertencia: cuidado con esas estatuas humanas que en las calles populosas ofrecen, a cambios de unas monedas, su curioso arte inmóvil a turistas y transeúntes. Algunas, efectivamente, no son humanas.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

domingo, 4 de septiembre de 2016

Las aflicciones

Pequeños milagros de la literatura. La belleza suele brotar donde menos se la espera. En un hospital de Filadelfia, por ejemplo. Un hematólogo eminente, nacido en la India y radicado en Estados Unidos, premiado por sus escritos médicos, invoca a los espíritus de Jorge Luis Borges y de Marcel Schwob, y concibe un libro extraordinario. Una verdadera obra de arte. Milagroso, ¿no?

Las aflicciones (La bestia equilátera, ciento cincuenta páginas) merece ser nominado para el rubro Imperdibles 2016. Bellamente narrado, con una prosa pitagórica, justa, tan anglosajona como borgeana en su estilo. Las frases fueron pulidas hasta que refulgen. No sobra una coma. El género, inescrutable. Un ensayo fraudulento o literatura fantástica. La gracia de la ambigua originalidad consagra el primer texto de ficción de Vikram Paralkar (Bombay, 1981). Una encantadora rareza.

Ha imaginado el doctor Paralkar que atesoran en la Biblioteca Central de cierto Imperio una obra portentosa, única sobre la Tierra, en trescientos veintisiete volúmenes, cada uno con su lomo perfecto, sus palabras límpidas y hermosas, con su propia estantería de teca y su mesa de lectura. Máximo, el boticario, es admitido como aprendiz, al servicio de la colosal Encyclopaedia medicinae.

 
Unos pocos capítulos narran la bienvenida que el Maestro Bibliotecario le prodiga a Máximo, como una suerte de introducción a la retahíla de enfermedades que describe la Encyclopaedia. Son tormentos que un Dios enfurecido ha arrojado sobre la humanidad. Por ejemplo: Amnesia inversa. Las fallas de la memoria no afectan al paciente sino a sus semejantes, primero a conocidos lejanos, luego a los vecinos, finalmente una amante despierta horrorizada y furiosa: '¿Quién es este tipo que apareció en mi cama?'. Allí el doliente comprende que ha sido borrado de toda memoria humana. Ni siquiera los galenos que lo tratan son inmunes. Al ser interrogados sobre sus informes, estos facultativos admitieron la letra como propia pero no recordaron haberlos escrito. ­¡Ja!

FICCION MEDICA


En la alfombra voladora de la ficción medica nos transporta, pues, el doctor Paralkar a los años fabulosos de la Edad Media. Las aflicciones no sólo es el fruto delicioso (desopilante por momentos) de una imaginación desbordante, también deviene de la erudición. Comercia con la filosofía, la historia y la antropología, entre otras disciplinas. No teme arriesgar, asimismo, un juicio teológico. Las yuxtaposiciones de cada breve relato son sublimes. Es uno de esos libros que se devoran con fruición.

Los lectores combativos encontrarán, incluso, orientación para interpretar a los hombres de la política que abusan de nuestra paciencia. Verbigraria: no parece aventurado colegir que cierto dictador caribeño hoy decrépito y cierta ex presidenta de los argentinos jaqueada por la Justicia -ambos aficionados a infligir a sus respectivos pueblos agobiantes discursos por cadena nacional- sufren de Aphasia floriloquens. Explica el texto que el mal es difícil de ubicar entre las "noventa y dos categorías de desequilibrios linguísticos conocidos por el hombre, puesto que es la única afasia caracterizada por un extraordinario exceso de discurso''.

También es posible concluir que en la Argentina de los últimos años afloró una terrible plaga. La Encyclopaedia establece que las víctimas de la Pestis divisionis descubren que "sus lealtades se disuelven para ser reemplazadas por otras. Forman sectas cuyas diferencias son tan profundas y agrias que cada persona abandona su hogar para unirse a sus nuevos hermanos. Estas diferencias nunca tienen que ver con la raza, la religión o el linaje; son meras ficciones impuestas por la plaga''. Añadimos nosotros que en nuestra Patria la epidemia se ha bautizado como grieta. Advierte Paralkar que el verdadero horror de la Pestis estriba en que el pueblo ya nunca se libra de sus cicatrices.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

domingo, 31 de enero de 2016

La invocación y otras historias

"La excesiva preocupación por uno mismo vuelve loco a cualquiera".
M. John Harrison

“Es posible que el verdadero patrón de la vida no sea en absoluto evidente, sino que aceche debajo de la superficie de las cosas, semiescondido y sólo visible en ciertas condiciones excepcionales, y aun entonces sólo para el ojo entrenado“. La cita proviene de uno de los cuentos de Michael John Harrison (Rugby, 1945) que un sello local trajo a la Argentina para gozo de los cazadores de especies exóticas. Cuestionar los esquemas obvios del universo es una creencia que, por cierto, comparten los buenos escritores de ciencia ficción con los marxistas dogmáticos, los chiflados de las conspiraciones y algunos populistas influyentes de la Argentina.

Ese patrón borroso se manifiesta, por ejemplo, en la capacidad de un tal Lyall para producir entropía a su alrededor. ‘Cuesta abajo’ es el reino de la incidencia fortuita. Todo lo que toca la ira de este pobre diablo se desmorona, incluso un milenario sistema político o una antiquísima formación geológica. Sí. Hay ecos de las aventuras en Mulder y Scully en un relato inquietante, como casi todos los de ‘Las invocaciones y otras historias’ (Edhasa, 275 páginas).

Las curiosas tergiversaciones del mundo son la sal de una recopilación que recuerda también a Santiago Dabove: hay una mujer que se convierte en pájaro pues la biología molecular ha logrado insertar cromosomas aviarios dentro de las células cutáneas humanas (ten cuidado con lo que deseas, lector). Harrison, un narrador peculiar, revela en parte y de manera oblicua lo fantástico. Es éste el libro de las parejas misteriosas y de las obsesiones más raras aun. Aparecen ingleses insólitos, no pueden afrontar la madurez sin algún tipo de compañía.

En lo que al estilo se refiere, los textos son desparejos. No todos están bien escritos, pero se nota la ambición artística para elevar un género que solía ser visto como menor por los críticos tiquismiquis. De vez en cuando da la impresión de que Harrison es un gran adjetivador. De vez en cuando, aparecen crípticos y punzantes comentarios al margen. Y de tanto en tanto, seduce cierta poética de la degradación. El autor recrea caracteres ardientes como un niño afiebrado, con hiperestesia. O bien cultiva el miserabilísimo: personajes en proceso de descomposición avanzada o bien en estado de degradación absoluta, como ese escritor de cuarta categoría que en ‘La invocación’ se somete a un sórdido ritual para liberarse. Inglaterra la fea, otra novedad. Llegamos a lugares indescriptiblemente tristes, cubiertos de una capa grasosa de desesperanza y vejez. Es lógico, al fin y al cabo, si se piensa que el autor proviene de una gran nación decrépita, que ha dilapidado un imperio mundial.

No puede dejar de elogiarse también ‘Egnaro‘, la crónica de una obsesión destructiva (¿no lo son todas?). El capitán Ahab es aquí un vendedor de historietas que contagia su peste a un contador. Seres grises. ¿Qué es ‘Egnaro‘? "Es una país o una ciudad donde nunca estuviste; es un idioma desconocido. Al mismo tiempo es como ser cornudo o que se trame algo en su contra. Es parte del universo de hechos que nunca se revelarán del todo: una conspiración cuyo esbozo más básico, una vez visible, te irritará por siempre", leemos al comenzar el cuento que Harrison quiere que sea leído como metáfora de las mitologías occidentales (¡el maravilloso mundo de las grandes empresas!).

‘El gran dios Pan‘ es digno de mención también tanto por lo que muestra por lo que oculta. Los personajes (otro rasgo destacado del conjunto) se imponen sobre la imprecisa trama. Hay un oscuro rito que trajo consecuencias terribles a cuatro personas. Hay figuras alucinatorias en un pasadizo frente a la cocina. Hay una silueta perseguidora que no es un chico ni un enano, sino un poco las dos cosas con los ojos y el andar de un mono grande.

Pornografía y ciencia ficción son similares, conjetura el escritor. Las dos te proporcionan consuelo y sueños. Las dos te pudren el cerebro. Se revela otro dato importante: en el baño del Merrie England Café hay un espejo que comunica con un universo paralelo, que, sin embargo, retuerce de arcadas a los de este lado.
El volumen incluye un bonus track: esbozos de magníficas críticas literarias. La selección del crítico Matías Serra Bradford cumple su cometido, deja a uno con hambre de seguir leyendo al multipremiado M. John Harrison. Quien este escribe va ahora en procura de la novela Light, viaje extravagante a las estrellas.
Guillermo Belcore
 Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

domingo, 23 de agosto de 2015

La muerte y su traje

Santiago Dabove
Editorial Las cuarenta. 190 páginas. Edición 2015. Cuentos

El viernes 11 de diciembre de 1959, Jorge Luis Borges sentenció: 


“Lo que más durará de las obras literarias será el argumento. Desde luego todo se olvidará, pero lo último en olvidarse será el argumento. Las bellezas del estilo se perderán con los cambios de gustos y con la muerte de las lenguas. ¿Qué nos queda de las bellezas estilísticas de un texto sánscrito? Las situaciones también quedarán, pero las situaciones son argumento. Los caracteres durarán quizá más que las bellezas formales y menos que los argumentos”.

¿Cómo no iba a quedar entonces el único libro de Santiago Dabove si incluye alguno de los argumentos más esplendidos de la literatura argentina? En La muerte y su traje hay un hombre que se transforma en tuna. El Apocalipsis es provocado por el magnetismo de los asteroides. Un afiebrado trama su propio velorio para obtener el vigor que le permita volarse la tapa de los sesos. Hay un hombre enfermizo a quien liquidan las vívidas sensaciones provocadas por el peyote. Una venganza flamígera corona varios días de orgías y parrandas… Y un pibe va a Once a cumplir con el mandado de su madre y allí, en el tren, transcurre toda su vida.

Este libro tiene una historia atípica. Fue publicado por primera vez en 1961, casi nueve años después de la muerte de su autor, un excéntrico de quien poco se sabe y de quien siempre se destaca su amistad con Macedonio Fernández y sus tertulias con Borges. Dabove, por otro lado, es el único escritor de valía que ha dado la ciudad de Morón, el corazón del Oeste, mi querida fatherland.

Un párrafo para las conjeturas. De los textos reunidos aquí surge que Dabove no era un hombre dedicado exclusivamente a los placeres intelectuales como don Jorge Luis. No ignora el sexo y habla de "la brasa delicada de los licores fuertes" y de las drogas como experimentado consumidor. Fue violinista y según el Diccionario de César Aira se había aficionado a las religiones orientales. Su filosofía personal -deja entrever este libro- se diluyó en supersticiones. Es obvio que la muerte fue su obsesión, prácticamente todos los relatos que atesora el volumen se refieren al misterio por excelencia, pero no deja la misma impresión deprimente que Howard Phillip Lovecraft, otro narrador macabro. El moronense defiende al amor pues es “verdadero gusto por la vida” que caracteriza a “cierta clase aristocrática de seres“. La idea se parece a un verso de Carlos Solari que cierra El pibe de los astilleros: Ciertos reyes no viajan en camello/ ellos andan al tranco del amor / esos tipos soplan con el viento/ al rebaño y su temor.

Efecto serrucho

¡Qué bueno que el sello Las Cuarenta haya rescatado este libro! Los relatos seducen, a pesar del efecto serrucho, es decir de su calidad despareja. En realidad, lo que ocurre es que les ha faltado ese trabajo obsesivo y postrero que se hace para que la escritura refulja como un copón de plata, o para el caso, también les han faltado los consejos de un buen editor. Es una carencia obvia, por cierto, Dabove nunca se decidió a entregarlos a la imprenta. De ahí que los cuentos avancen con un andar bamboleante, de oso de feria. No obstante, como sabemos los lectores de Sarmiento y de Arlt, las cosas defectuosas también tienen su encanto. Se disfruta el criollismo suave, que se muestra en las metáforas o en la reivindicación del mate, "ese líquido verde que apacigua y sazona tanto las discusiones". Hace crujir los dientes el manejo deleznable de las comillas.

El tomo tiene cuatro partes. La primera es más sistemática, incluye los cuentos más acabados; casi todos cultivan el género fantástico, pero en su variante razonada, rarísima en español como ha señalado el Maestro. Quisiera destacar también a El recuerdo porque imagina un futuro remotísimo donde los átomos adquieren la facultad del recuerdo y la conciencia moral, sin conservar nada formal, sensorial ni sensible. Y El experimento de Varinsky, nuestro Frankestein, es decir aparecen científicos que se emperran en emular el milagro de Lázaro. Las otras tres secciones del libro parecen un cajón de sastre, aunque no carecen de fulgor poético. Léanse estos versos tremendos:


“En el reino de las cosas caducas,Un ojo sin vida parece mirar la Luna;el del Cristo muerto de Holbein.Signo terrestre, no de Paraíso.La Luna le envíaun rayo frío de luz muertacomo un puntero que muestra la corrupción”  (...)



Cabe preguntarse. ¿Qué clase de hombre fue aquél que le canto a una de los cuadros más tenebrosos de la pintura occidental? El mismo que dos páginas más adelante reivindica magistralmente a los lunáticos, es decir a los partidarios de la Luna. Y que nos sorprende con una brevería (en tono de anarquismo lúcido) que condena el sometimiento que el Estado moderno ha propinado a la bestia rubia de Nietzsche.

Los invito a llegar a la última página. Allí hay un cuento que Borges, palabra autorizada, definió como perfecto. Se titula’ ‘El tren’ y también comercia con lo fantástico, pues distorsiona la cuarta dimensión, es decir el tiempo. Yo que he fatigado un millón de veces el tramo Morón-Once sobre el infame Ferrocarril Sarmiento no he encontrado viaje más maravilloso que éste.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno 

domingo, 16 de agosto de 2015

Las doce moradas del viento

Ursula Le Guin
RBA. Literatura fantástica, 350 páginas. Edición 2013.

En una ruinosa construcción de Marte yace la Madre de todas las Revelaciones; una civilización transestelar la ocultó allí hace seiscientos millones de años. Es probable que la decisión de las autoridades terrestres de usar clones, en grupos de diez, con el fin de extraer uranio en mundos remotos concluya en un rotundo desastre. En el planeta 4.470, habitado sólo por pacíficas plantas, un explorador -un biólogo eminente- murió a causa del miedo. Un adjetivo descuidado puede cambiar el tiempo por una semana en Sattins Islands.

Hasta aquí algunas de las formidables historias que Ursula Le Guin (Berkeley, 1929) escribió en los comienzos de su carrera literaria y que se rescatan en Las doce moradas del viento. La recopilación atesora diecisiete textos; se percibe la evolución de la prosa de la autora; hay ocho o nueve cuentos francamente muy buenos.

Rosa Montero destaca en el prólogo que el rasgo mas distintivo de Le Guin es su grandeza: le cabe el Universo en la cabeza. En efecto, es como una diosa gnóstica, creadora habilísima de mundos imperfectos (como el nuestro). El calvario del mago Festín en 'La palabra que desliga' muestra que a nuestra dama podría definírsela también como una J.K. Rowling de alta calidad. Sobresale, por otra parte, en la construcción de tramas fantásticas que se desarrollan no en base a la aventura sino de la psicología de los personajes, lo que nunca es fácil.

Podría decirse que el libro es para toda clase de lectores.  Quien ya conoce a la señora Le Guin descubrirá que estos cuentos anuncian o introducen los temas de las novelas que escribió más tarde. Quien nunca la ha leído hallará una espléndida ventana a su obra. El problema es que le despertará el apetito: sentirá ganas de salir corriendo a comprar Los desposeídos o las sagas de Terramar y Ekumen.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: bueno 


PD: Después de leer esta obra me siento con ganas de agotar la obra de Le Guin. 

domingo, 8 de septiembre de 2013

El vizconde demediado

Italo Calvino

Siruela, Nouvelle fantástica, 92 páginas, Edición 2013.


Somos Jano. La mitad de nuestra naturaleza está abocada a una irreparable e insana crueldad. Es decir, a hacer el mal sin ninguna razón plausible. No todo es color negro, sin embargo. También tenemos un costado benévolo, con una ilógica preocupación por la felicidad ajena. Esas dos pulsiones conviven en la Historia y en el alma, pero la maldad absoluta y la virtud suprema resultan inhumanas por igual.

He aquí la enseñanza de una nouvelle que el enorme Italo Calvino (1923-1985) escribió hace cincuenta y ocho años. Constituye la primera parte de la popular trilogía Nuestros antepasados. Se emplea un truco volteriano: el autor cultiva la fábula fantástica para filosofar sobre el ser humano. La indagación, tan profunda como lúcida, se aligera por el inevitable fondo de picaresca que caracteriza a buena parte de la literatura italiana. Es una historia divertida. Así se explica Calvino: “Yo creo que divertir es una función social; encaja en mi moral… uno (el lector) compra el libro, le cuesta dinero, invierte su tiempo, se tiene que divertir”…

El libro narra pues las peripecias del vizconde Medardo de Terralba, una de las más nobles familias del Genovesado. En la guerra contra el infiel, un cañonazo turco lo partió en dos, de arriba a abajo. La mitad malévola, rugosa y fea como maracuyá de gaveta, vuelve a tomar posesión de su castillo. Perpetra todas las iniquidades posibles: condena a la horca a muchos, incendia propiedades y personas, recluye en un leprosario a su nodriza y vicemadre (sana), planea exterminar a los hugonotes, e intenta asesinar a su sobrino, justamente el narrador de la historia. Así las cosas, hasta que aparece la mitad buena del vizconde, que también termina repudiada por el pueblo sencillo. Se disputan una mujer; se baten a duelo.
 
Somos buenos y malos, concluye Calvino. Actuar solamente como un santo nos hace incompletos, deformes. Vagamos atormentados entre ansias opuestas. Así transcurre nuestra vida, entre caridad y terror.

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

Calificación II: Dos amigos de este blog, Marcos y Santi, consideran que este libro merece un Excelente.


domingo, 14 de julio de 2013

Historia de las pulgas que viajaron a la Luna

Kobo Abe

Eterna Cadencia. Cuentos, 263 páginas. Edición 2013


Después de leer los estremecedores cuentos de este volumen no suena descabellado postular que Kobo Abe (Tokio 1924-1993) ha obrado como una suerte de nexo entre las imaginerías desoladas de Frank Kafka y el pesimismo a ultranza del ciberpunk. Uno se va del libro con ánimo taciturno pero convencido de que ha recibido algo valioso. Le debemos la antología a la feliz conjunción entre el profesor Ryukichi Terao de la Universidad de Yokohama, al becario Gregory Zambrano y al sello nacional Eterna Cadencia. El lector inquieto no puede sino agradecer el rescate y la divulgación de una voz singular del fascinante Japón.

El prologuista nos explica que el hilo dorado que une los once relatos es la ficción científica. Otro factor común es la apelación a lo imprevisto; en un punto el argumento se tuerce de manera tan extraña como irrevocable. También puede mencionarse la sabrosa filiación izquierdista de Abe que lo obliga, con buenas razones, a aborrecer de los plutócratas y la alienación laboral pero que se halla muy alejada del dogma marxista, al punto que el escritor fue expulsado en su momento del Partido Comunista Japonés, medalla de la que bien puede uno enorgullecerse. En lo que al estilo se refiere, los cuentos relumbran por su eclecticismo; van desde lo desmañado hasta el barroco afectado en el soliloquio de un periodista arrogante y superficial (como casi todos, bah).

Sin embargo, la car
acterística primordial de los cuentos de Abe quizás sea la proliferación de elementos siniestros que nos golpean en el rostro como una bandada de murciélagos asquerosos revoloteando al anochecer. Hay un suicida que es transformado en robot homicida; hay dos chicas pobres que estrangulan a su padre; hay un señor que se arroja al vacío delante de sus hijos desde la azotea de un gran almacén y se convierte en palo; hay un demente que busca esposa para cuidar a sus niños hologramas que mantiene confinados en el sótano; hay una convención global de pulgas. El doctor Abe (estudió medicina) transmite la certeza que nada puede ser peor que la especie humana. Pero ese pesimismo es vivificador.    
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno





 PD: En este blog se ha elogiado otro obra del magnífico doctor Abe. Pinche aquí: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2012/01/los-cuentos-siniestros.html

sábado, 28 de julio de 2012

22/11/63

Stephen King

Plaza & Janes. Novela. Edición 2012. 858 páginas.


Hace cincuenta años, la gente era más confiada, amable y honesta con el prójimo, siempre y cuando perteneciera al mismo grupo étnico o religioso, dado que el racismo y el antisemitismo campeaban a sus anchas. Hace cincuenta años, había más árboles, nadie se preocupaba por el colesterol, los chicos respetaban a sus padres y a sus profesores. Funcionaban más fábricas, circulaban más trenes, el aire olía peor por culpa del maldito cigarrillo y de los hedores industriales pero los alimentos eran más sabrosos. Los bancos efectuaban casi todas las transacciones con lápiz y papel, y los automóviles eran realmente de metal. Las chicas no sabían casi nada de sexo. Todo era más ingenuo. ¿Ese mundo era mejor?  ¿Está seguro? Lo cierto es que el movimiento de la humanidad hacia quién sabe donde -esa pulsión confusa que el enorme Stephen King denomina sin rodeos "la puta marcha del progreso''- ha liquidado en el último medio siglo bienes sociales, ecológicos y culturales relevantes, como las relaciones de cercanía.

Reflexiones de este tipo suscita la magnífica reconstrucción histórica que el gran King plasmó en 22/11/63. Su última novela es monumental, ambiciosa, fascinante. Parte del supuesto pueril de que en la despensa de la hamburguesería de Al Templeton existe una fisura temporal. El agujero de gusano, una extravagancia de la naturaleza, comunica con las 11.58 del 9 de septiembre de 1958. Uno puede modificar el pasado (ya volveremos sobre el tema) pero cada viaje es un reinicio (casi) en la misma línea temporal que habitamos.

Heroico profesor

Jake Epping es el nombre del héroe. Debe cumplir una colosal operación encubierta: cambiar el curso de la historia. En efecto, el íntegro profesor de lengua en un secundario de Lisbon Fall (Maine, por supuesto) es reclutado por su moribundo amigo Al, el propietario del secreto, para concluir la tarea de Hércules que su cáncer ha frustrado: prevenir una monstruosidad de los sesenta que condujo directo -como una vaca en una rampa del matadero- a más de un millón de muertos en Vietnam, a un universo degradado. Debe impedir que John Fitzgerald Kennedy sea asesinado en Dallas por un oscuro mequetrefe de 24 años, un tipo anodino desesperado por notoriedad, un marxista maltratador que arrastraba un severo trauma materno. ¿Pero fue realmente Lee Harvey Oswald el responsable del magnicidio? ¿O se trataba de un chivo expiatorio hábilmente manipulado por oscuros poderes como el de la CIA? Bueno, Jake tiene cinco años para averiguarlo antes de descerrajarle un balazo de su 38 Smith & Wesson al repelente sabelotodo.

Como en su momento lo hicieron Norman Mailer y Don DeLillo, Stephen King se asoma con cautela e inteligencia al enigma por excelencia de la historia contemporánea de Estados Unidos. Y su hipótesis se encuentra bien lejos de la histérica palabrería de los obsesionados con la Gran Conjura Americana (al parecer, la aburrida Comisión Warren tenía razón). No obstante, el literato expone su interpretación de los hechos paso a paso, manteniendo la intriga hasta el último capítulo. La tensión proporciona al lector botas de siete leguas; he aquí una de esas novelas que se devoran de cincuenta a cien páginas por sentada, sin pestañear casi.

 

Reivindicado

La crítica erudita -con Harold Bloom, ¡­ay!, a la cabeza del desfile- ha sido injusta con el rey de la novela de terror. Se lo ha desdeñado con fórmulas calumniosas (alguien lo definió como "casi bueno") a causa de los defectos notorios del estilo y por cierta propensión a estropear la trama en algún punto avanzado con un insensato tour de force. Pero no es el caso de 22/11/63. La fantástica arquitectura del libro, con su minuciosa atención a los detalles, es sólida; y la prosa, esmaltada con sabrosos coloquialismos, no merece sino elogios. Hay buenas escenas de sexo y violencia, un apropiado empleo de la redundancia y el tallado de los personajes (de una arpía, por caso, la madre de LHO) es excelente. Alta Literatura, sin dudas, salpimentada con viejo el ardid kingniano de infestar las páginas con esas cosas que a los humanos nos causan mucho, mucho miedo: enfermedades letales, asesinos de niños, lugares oscuros o lugares perversos (sí, hay sitios que apestan), tipos simpáticos que ocultan una vena malvada. ``Después de cincuenta y cinco libros publicados, vean de lo que soy capaz'', parece enrostrar el artesano al hatajo de tiquismiquis que aun lo cuestionan. Uno sólo podría objetarle que, al parecer, las ucronías no son su punto fuerte.

"Provocar una respuesta emocional (o intelectual, agrega el que esto escribe) es lo que debe hacer un escritor sobresaliente, independientemente de su calidad técnica'', se defiende King en un pasaje del libro. Y vaya si lo logra. Como se dijo, la extraordinaria investigación sobre fin de los años cincuenta y principios de los sesenta en Estados Unidos (sus sabores, sus aromas, su música sublime, con el rocanrol en pañales), nos fuerza a cavilar sobre lo que hemos perdido como individuos o como pueblo.

Y además de todo esto, hay un trama desbordante de sucesos, apenas coloreada con elementos sobrenaturales, que nos agarra de las solapas hasta la última página. En una suerte de combate preliminar antes de lo de Dallas, el bueno de Jack descubre en la dickensiana y siniestra Derry (claro, ¡la ciudad ficticia de It!) que el pasado no quiere ser cambiado, es obstinado y ladino con sus efectos mariposa y sus armonías que pueden resultar fatales. Puede hacerse pero requiere de todo nuestro empeño. El tiempo -escribió Henri Bergson- es el supremo misterio de la metafísica, una vez resuelto todo lo demás se nos aclarará por añadidura. Stephen King arriesga una aproximación inteligente al arcano en una obra de lectura adictiva que muy probablemente resistirá el implacable paso del tiempo.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

Este artículo abrió el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

lunes, 23 de abril de 2012

1Q84 Tercer libro

Haruki Murakami

Tusquets. 414 páginas, Novela. Edición 2011


Concebir un universo alternativo con sus propias leyes, su lógica interna, sus creaturas tocadas por la originalidad es una evidencia tanto de imaginación poderosa como de ambición artística que es la primera virtud que debe ostentar aquel fulano que desee ser llamado escritor (destreza que hoy brilla por su ausencia en la Argentina, aunque ése es otro tema). 

Obviamente, no todo el mundo tiene la sensibilidad apropiada (no es un reproche, entiéndase bien) para disfrutar la literatura fantástica, pero los demiurgos a mí siempre me han inspirado respeto, tratase de El Señor de los Anillos, La liebre o Las Crónicas del Ángel Gris. Haruki Murakami -el rey del pop literario- imaginó un cosmos apenas diferente (como los mundos alternativos de Blanqui o de Bioy Casares), con dos lunas de diferente tamaño en el firmamento, conciencias que abandonan al cuerpo para hacer de las suyas, y la influencia decisiva de la Little People, engendros del mal que favorecen la pederastía y son adorados por una secta deleznable. Es como si estuviéramos en el mundo de los sueños, allí puede ocurrir cualquier cosa: una mujer puede quedar embarazada sin que nadie le toque un pelo.

Entonces, 1Q84 es como decir 1984’ (prima). El tercer volumen relata otros tres meses en aquel mundo ilusorio. No se añaden nuevos personajes con la excepción del hijo no nacido de la asesina-serial-por-buenas-razones Aomame (una debilidad del libro, me temo) pero se ahonda en la historia y la psicología de uno de los caracteres murakianos más fascinantes: el señor Ushikawa, a quien este blog dedicó una meditación (pinche aquí), enriquecida por decena de comentarios, y comparó con López Rega o Beria, por su naturaleza de hombre mediocre que nunca cae bien a nadie y está dispuesto siempre a hacer cualquier trabajito sucio para un mandante. Si fuese un animal sería una comadreja (¿Tengo sería un oso?, ¿Fukaeri una gata?). En el pasaje más escalofriante del libro, el desagradable Ushikawa es brutalmente torturado, lo que confirma que la saga 1Q84 es la creación más siniestra del amable Murakami.

Debe advertirse que para el goce profundo de la novela es necesario haber leído la primera y segunda parte. El autor, acaso por exigencia de sus editores, apela a la redundancia para que nadie se quede afuera de la trama, pero esto no es más que un ripio del texto y, a mi entender, resulta insuficiente. La mitología nunca deja de ser interesante, si bien el volumen es una transición algo morosa entre el asesinato del líder de la secta y el desenlace. Los delicados tropos de Murakami hacen de la lectura, como siempre, una acto placentero.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

PD: El bueno de Murakami induce a sus lectores a descubrir la Sinfonietta de Janácek. Pinche aquí y aquí.