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jueves, 2 de octubre de 2025

Bajo la piel


En El idioma analítico de John Wilkins, Jorge Luis Borges establece la belleza (y futilidad) de las clasificaciones. ¡Esa fantasía tan humana de organizar el conocimiento para intentar controlarlo! En este capricho, quizás nada supere en encanto a la taxonomía del reino animal que incluye cierta enciclopedia china (apócrifa) que se titula 'Emporio celestial de conocimientos benévolos'. Claro, se trata de otra sublime invención borgeana.


Podríamos seguir el juego y postular que existe una categoría literaria muy interesante: Novelas europeas que se ambientan, total o parcialmente, en la Argentina. El cónsul honorario, claro. También esa singular joya de Colm Tobin llamada La historia de la noche. Además, El faro del fin del mundo de Julio Verne. Y aquí venimos a recomendar otra: Bajo la piel (Adriana Hidalgo, 517 páginas), primera obra de Gunnar Kaiser (Colonia 1976-2023). Fue entregada a la imprenta en 2018 y hoy se consigue en las mesas de saldo de la calle Corrientes.


El profesor Kaiser dedicó casi treinta páginas a la Argentina, la segunda parte del Libro III. Al final de la novela trae a nuestro país la cacería fantasmal de un asesino en serie, pero cae en imprecisiones y folclorismos. Estamos en 1990. El narrador dice que el viaje en ómnibus entre Buenos Aires y Córdoba insume seis horas (!?). Observa por la ventanilla del micro "gauchos que desde su montura y con el cigarrillo prendido en la comisura de la boca nos miran pasar". Define a la próspera llanura pampeana como "tierra de nadie en el fin del mundo, abandonada de Dios". El paisaje le parece "todo falso, como salido de un Western barato...". Finalmente, la trama nos lleva a una improbable colonia alemana -mitad nazi, mitad judía- en Mar Chiquita, provincia de Córdoba.


En rigor, es el segmento más flojo de un libro extrañamente complejo y ambicioso, tratándose -como se dijo- de una ópera prima.


UN JAY GATSBY JUDIO

Gunnar Kaiser narra en Bajo la piel las peripecias de un dandy germano, un hombre de gusto y estilo exquisito, afincado en Nueva York. En su tierra natal se las había arreglado para ocultar su origen judío de las bestias nazis. Se llama Josef Eiseinstein.


He aquí un texto dedicado a los bibliófilos. El joven Eiseinstein era en los años treinta un fetichista de la palabra impresa que se convirtió en ladrón de incunables en museos y bibliotecas privadas. Luego, con los mejores maestros de Berlín, aprendió el arte de la encuadernación. A la adultez, ya en Estados Unidos, asesinaba jovencitas para convertir su piel en el cuero que embellece tapas y lomos de obras maestras. Es decir, comercia con libros encuadernados con piel humana. Hay compradores para todo en el submundo de la perversidad.


En la Gran Manzana, este Jay Gatsby hebreo traba relación con un estudiante de literatura de veinte años. Jonathan Rosen es también descendiente de exiliados alemanes. Se hacen amigos. Eiseinstein lo convierte en una suerte de discípulo intelectual y le consigue chicas. Le gusta mirar mientras los jóvenes hacen el amor en su departamento-biblioteca de Brooklyn Heighs. Estamos a fines de los años sesenta. El telón de fondo es la conmoción causada, justamente, por el Desollador de Williamsburg.


Los amigos terminan distanciados por una cuestión de faldas. Einseinstein desaparece de la faz de la tierra después de que la policía lo interrogara tras la desaparición de una chica rica. Saltamos a los noventa, Jonathan, escritor fracasado, vive en Israel. Llega a su kibbutz, una ex agente del FBI, obsesionada con los crímenes de Nueva York, una historia vieja, nunca resuelta, casi olvidada. Sigue la pista de Eiseinstein; se le escapó por un pelo en Alemania oriental. Así llegamos a una Argentina caricaturizada.


SOFISTICADA Y CAUTIVANTE

Como se ve, Kaiser concibió una historia sofisticada y cautivante que nos lleva a cinco escenarios diferentes, en distintas épocas. Es una buena novela (hoy no es poco), aunque tiene un defecto del diletante: su ejecución es muy despareja, va de la genialidad a lo mediocre y viceversa. El autor, además, tenía el vicio de la enumeración, cansa con sus listas. Ya hablamos de la mirada tonta del turista europeo.


Todos los hombres mueren jóvenes, dijo Stevenson. En el caso del autor de Bajo la piel, la setencia está plenamente justificada. Murió a los 47 años. Un cáncer cortó su promisoria carrera. Kaiser fue un intelectual y bloguero a contracorriente, es decir, alejado del wokismo, el progresismo y esa tontería de la corrección política. Alzó la voz contra los excesos de las cuarentenas y contra la llamada cultura de la cancelación. No se lo perdonaron Fue censurado en YouTube y la Wikipedia lo minimizó. Escribió tambiénDer Kult’, en el que describe como una democracia occidental deriva hacia el totalitarismo. Uno de sus admiradores lo recuerda con una frase de Ernst Jünger: 

«Hay lobos escondidos en el rebaño gris, es decir, personas que aún saben lo que es la libertad»

Guillermo Belcore 

Calificación: Buena

domingo, 12 de enero de 2025

La nieta


 Ya que el Cielo no nos ha dado la posibilidad de salvaguardar el mundo (ni siquiera la Patria o el barrio), al menos nos puso al alcance de nuestras fuerzas la posibilidad de poder salvar a una persona. Este es el mensaje primordial de la penultima novela de Bernhard Schlink (Bielefeld, 1942), uno de los escritores idolatrados por la prensa europea.


La nieta (357 páginas) fue entregada a la imprenta en 2021 y ahora el sello Anagrama cree oportuno lanzar una segunda edición. La novela recibió el favor del público y de la crítica diarística que lo cubrió de elogios desmesurados. Nicolás Weill de Le Monde la comparó con Guerra y paz de Tolstoi. ¿Se entiende por qué la prensa tradicional está en crisis, verdad?

Pues bien, qué tenemos aquí. Un formato que le encanta a los alemanes, un bildungsroman (novela de formación) que plantea la clásica antinomia civilización vs. barbarie. Pasajes interesantes no faltan, pero la escritura no es gran cosa y nunca se logra evitar ese feo vicio de la cursilería.


El protagonista es un librero de Berlin, quintaesencia de la respetabilidad burguesa. Kaspar es su nombre. Una noche llega a su casa y se encuentra con su esposa muerta en la bañera. Birgit era alcohólica, con el alma entristecida por alguna razón oscura. Kaspar la había rescatado de Alemania oriental, casi cincuenta años atrás.


Desolado, el viudo hurga en los papeles de Birgit. Busca una novela que supuestamente escribía. En su computadora descubre Kaspar que se esposa le ocultaba información sobre su vida. El secreto más impactante es que en el “paraíso socialista” había abandonado a una hija recién nacida. Y desde hace tiempo, el deseo de encontrarla y ponerse a su disposición la desgarraba. El miedo no se lo permitió.


Kaspar decide buscar a la hija de Brigit. Después de una minuciosa indagación encuentra a Svenja en un comunidad rural de Mecklemburgo-Pomerania occidental. Es una ama de casa amargada, con ideas neonazis, al igual que el bruto de su esposo. Pero tiene una hija luminosa de catorce años. Sigrun conecta de inmediato con Kaspar. Ganar un abuelo la ilusiona.


A cambio de una herencia abultada pero entregada en cuotas, Kaspar consigue que el matrimonio de palurdos acepte que Sigrun pase cinco semanas por año con él en Berlín. A los setenta años, el librero ha encontrado una misión redentora: abrir la mente de la niña, mostrarle la belleza del mundo, acercarla al arte, rescatarla en fin de esa horrible secta de ultraderecha que admira a Rudolf Hess y cree que el Holocausto es una invención creada por los enemigos de Alemania para avergonzarla.


EL BUEN JUEZ


Bernhard Schlink es un ex juez del Tribunal Constitucional de Renania del Norte-Westfalia y catedrático de historia metido a escritor de ficción. Comenzó con novelas policiales y luego dio un gran salto de calidad con El lector que se convirtió en un bestseller global e, incluso, saltó a la pantalla grande. Algunas de sus obras fueron comentadas en este blog (1).


En su decimosexto libro, Schlink confirma que es el pináculo de la corrección política; ha publicado un texto que parece haber sido diseñado para no ofender a nadie ilustrado. Nunca hay que minimizar en la literatura posmoderna el papel del editor.


La trama se describe con indulgencia al comunismo alemán. Lo pinta como un estilo de vida diferente; un punto de vista equivocado aunque comprensible, cuando en realidad se trató de una aberración histórica impuesta a punta de bayoneta por las tropas de Stalin.


Más cercano a la realidad es el fresco de las tribus volkish. La participación de Kaspar de una fiesta pagana en el municipio de Lohmen redondea uno de los puntos altos del libro.


Hay algo también de buena filosofía en las reflexiones del librero acerca de esa controversia ética en torno a si el civilizado todavía debe dominar a lo salvaje.


Cuando observamos en el el siglo XXI adultos incluso educados, adorando a las esvástica y a la runa, reemplazando la Navidad por la festividad de Yule uno no puede dejar de admirar la clarividencia de G.K. Chesterton. quien hace unos noventa años advertía al mundo sobre los peligros de las “herejías raciales del prusianismo”, una especie particular de idolatría que envenenó Alemania desde los tiempos de Federico el Grande. El hitlerismo fue su última expresión en el poder.


"Quiero hacer constar -escribió el pensador ingles- que jamás dije que Alemania fuese una tribu bárbara. Tan sólo he dicho que en Alemania hay una tribu bárbara. Los destinos de ese gran pueblo heterogéneo, y a veces muy estimable, han dependido casi siempre de hasta qué punto se le ha permitido a ese elemento tribal ser punta de lanza o se la ha usado como tal". (2)


Así pues, las tribus bárbaras aparecieron de nuevo en Alemania y en su penúltima novela Schlink quiso advertir al fatigado lector europeo que está emergiendo la vieja antinomia germana de modernidad cosmopolita vs. ideología volkisch; es decir, Alemania integrada en la corriente de civilización europea versus el cruel dictamen nórdico.


Para resumir, este texto desparejo permite una lectura fácil pues carece de densidades estilísticas. Narra una historia atractiva, pero no es una gran novela. Podría decirse, además, que es un libro útil. Usted dirá.

Guillermo Belcore

(1) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2012/06/mentiras-de-verano.html

(2) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2015/12/chesterton-y-la-cuestion-alemana.html


Calificación: Regular

lunes, 10 de abril de 2023

Izquierda y derecha

 


En 1894, Moses Joseph Roth nació en la ciudad de Brody, región de Galitzia (hoy Ucrania) en el seno de una familia judía. Su padre lo abandonó antes de nacer. Estudio filosofía y literatura en Lemberg (hoy Lviv) y en Viena. Vio el derrumbe de su amado Imperio Austrohúngaro. Se ganó el pan como periodista, recorrió media Europa y en la URSS perdió la última de sus ilusiones socialistas. Asistió en Berlín a la erupción del nazismo. Su esposa padeció esquizofrenia y murió en un manicomio vienés. Roth acabó sus días en París en 1939, pobre, refugiado y dipsómano. Se había convertido al catolicismo; una neumonía liquidó al pequeño y delicado escritor a los 44 años de edad. Es natural que su prosa haya sido -además de pulcra- cínica y desesperanzada. Se lo considera hoy una de las cimas de la literatura alemana de su época.


Escribió Roth diecinueve novelas, entra ellas una de las mejores del siglo XX: La marcha Radetzky, un extraordinario retrato del ocaso de la dinastía de los Habsburgo (1). Ediciones Godot -sello argentino especializado en gemas exóticas- publicará este año otras cinco obras. La primera entrega de la colección se titula Izquierda y derecha. Sobre este texto cautivante versa la entrada de este blog.


Rechts und links (también traducida al español como A diestra y siniestra) fue entregada por primera vez a la imprenta en 1929, cuando su autor era uno de los periodistas mejor pagos de Europa como colaborador frecuente del Frankfurter Zeitung, pero aspiraba a ser reconocido como literato. Su bigote irregular -se recuerda- solía ya estar manchado de ajenjo, whisky y coñac. 


Fue un año difícil para la frágil democracia alemana que había surgido de las ruinas de la Primera Guerra Mundial; fue el año del llamado Mayo sangriento, cuando el gobierno socialdemócrata logró aplastar a sangre y fuego una insurrección comunista, digitada desde Moscú. En las elecciones del año anterior, el nacionalsocialismo había logrado menos del 3% de los votos, pero ganaba adhesiones todos los días entre los partidarios del orden. La catástrofe económica -causada por el colapso de Wall Street- estaba a la vuelta de la esquina.


Todo ese clima de agitación, inconciencia política y degradación cultural colorea las páginas de Izquierda y derecha. Como las grandes novelas de Francia y Centroeuropa, une travesías individuales con el destino de una gran nación. Leemos la historia de una familia de provincias, quintaesencia del arribismo, cuyos dos vástagos emigran a la capital alemana para defraudar expectativas. 


LA VIDA DE PAUL


El eje de la novela es la vida de Paul Berheim. Todo indicaba en su pequeña ciudad natal que se convertiría en un genio; se transformó en un bueno para nada. Seguimos al muchacho -una pompa de jabón elocuente, inescrupulosa y hiperquinética- en la escuela secundaria, Oxford, el Ejército alemán, los negocios en Berlín, el matrimonio con la hija de un magnate, las riñas con el hermano, la traición a un benefactor. Un alma miserable que encarna la ambición desaforada de su clase, la pequeña burguesía. El ascenso social como obsesión, en un mundo cuya moral se rige únicamente por el dinero constante.


Su hermano Theodor es el perdedor de la familia. Un mequetrefe relegado por sus padres que alivia sus frustraciones en el pantano putrefacto del fanatismo, en una organización de extrema derecha llamada Dios y Hierro. Hasta que un día el hambre lo obliga a concesiones humillantes.


Dadme a un militante radical y yo te mostraré a un resentido, a un lastimado en la infancia o en los años formativos, a un don nadie con complejo de inferioridad, parece ser uno de los mensajes del libro, que, por cierto, no ha perdido vigencia. Roth apela al psicologismo para explicar las turbulencias políticas de su época. En la página setenta y cinco, conjetura que "las ideas son meros pretextos, siempre lo fueron... Aquellas dos fuerzas que nos empujan son el miedo y la sed, como a los animales". Los idealistas no sólo no tienen alegrías, también son unos hipócritas.


Hay un personaje positivo. El inmigrante Nikolai Brandeis, desertor del Ejército Rojo, despreciado por los alemanes -por judío y por su aspecto de mongol- a pesar de que se las arregla para edificar un imperio económico que da trabajo a miles de personas y auxilia a legiones de desesperados. Es la voz de la conciencia lúcida en un mundo que se cae a pedazos.


Ese mundo es la República del Weimar, justamente. La novela pinta un fresco inteligente aunque pesimista de ese efímera centella de libertad que cruzó el cielo de Alemania durante la entreguerra. Estamos a cuatro años de la toma del poder de un demagogo de cevecerías, a quien cualquier psiquiatra podría diagnosticar su incapacidad mental. Su nombre era Adolf Hitler.


De alguna manera, Roth vio venir la llegada del diablo -en un escalofriante pasaje se describe una marcha paramilitar, acaso las S.A.- y dejó constancia de ello en el último libro de lo que se considera su primera etapa como escritor.


Atormentaba a ese artista apátrida la obsesión por opinar. Tenía algo que decir sobre el adefesio del teatro moderno, los zares de la industria, la ilusión del amor, la influencia de las novelas sobre la sensibilidad popular, el honor de las mujeres, etc. Cultivó la paradoja con la habilidad de un Chesterton y adornó sus páginas con un humor fínisimo. Tres hurras por el rescate

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno


jueves, 4 de febrero de 2021

Una maestro de Alemania. Martin Heidegger y su tiempo


Martin Heidegger
(1889-1976) es considerado por muchos como el filósofo más influyente del siglo XX. También se ha dicho que nunca nadie entendió del todo su filosofía del ser-ahí. El hijo del tonelero y sacristán de Messkirch “quiso ser un maestro del principio“ (soñó repetir el comienzo griego de la filosofía); con su monstruosa pesadez, su sutil arquitectura, sus ingeniosos aforismos y su elevada creación terminológica, "cultivó la pasión de preguntar no de responder", explica Rüdiger Safranski (1945, Rottweil, Wüttemberg) autor de la biografía que hoy venimos a recomendar.

La persona medianamente informada ha escuchado, al menos, que Heidegger fue un palafrenero del régimen nazi. Su vida plantea, en efecto, un problema capital de todos los tiempos, el problema de que el espíritu -incluso el más eminente- puede ser seducido por la Voluntad de Poder, incluso la más inescrupulosa. Lo vemos hoy en la Argentina.

¿Dijimos Argentina? José Pablo Feinmann, en una de sus peores novelas (pinche aquí), sentenció que Heidegger era peronista. El de la década del treinta, seguramente, el que veía al “pueblo como depositario de lo verdadero” y estaba sediento de experiencias de masas, por lo que confundió el advenimiento de Hitler con una revolución metafísica (cuatro años duró el equívoco).

Ese rebajamiento del pensador alemán contrasta con la calidad intelectual que encontramos en Un maestro de Alemania. Martín Heidegger y su tiempo (Tusquets, 543 páginas, edición argentina 2010), la mejor biografía que se ha escrito sobre el autor de Ser y tiempo, al decir del estudioso Luis Diego Fernández. Este blog confirma que se trata de una obra extraordinaria, colosal, indispensable para todo aquel al que le interese la Alta Filosofía.

Uno sólo podría cuestionar cierto desequilibrio en el volumen. El texto es minucioso hasta la Segunda Guerra Mundial y a partir de allí, avanza con botas de siete leguas. Es un vicio bastante común en los biógrafos, es como si fueran perdiendo fuelle.

Pero se trata de un detalle menor. Otra virtud destacable del libro es que despierta el apetito. Al confrontar el pensamiento de Heidegger con sus contemporáneos (y con sus predecesores como Nietzsche), el opus magnus de Safranski rescata escritos valiosos que uno se siente obligado a conseguir. Es el caso de Historia del materialismo del neokantiano F.M. Lange. Y de Religiones sustitutivas de un tal Carl Bry que analiza la monomanía política -tan habitual hoy en día- que se convierte en un “culto enmascarado“ que pasa a ser “el único principio de la interpretación del sentido y de la salvación“. Fascinante, ¿no?

Heidegger fue amado, física y espiritualmente por Hanna Arendt; fue despreciado por los gerifaltes nazis que lo consideraban un hombrecillo estrafalario, un místico y un infiltrado jesuita; y fue fuente de inspiración para casi toda la filosofía existencialista de posguerra desde una premisa fúlgida: “El todo es lo falso“. Escribió: “En una vida humana son necesarios varios nacimientos y puede suceder que nunca lleguemos enteramente al mundo”. El ente no es el ser. Pensad para que el ser sea (la escuela de Heidegger está seca -se lamenta Safranski- y no nos ha dejado una imagen del mundo o una doctrina moral).

Los buenos libros, tengo para mí, son los parteros que nos traen al mundo. Como éste, que nos permite entender a un pensador esencial “tanto en lo bueno como en lo malo y más allá del bien y del mal”. El placer de comprender al erudito suabo que quiso enseñarnos a mirar el mundo -no sólo la filosofía- como si se tratara de la primera vez.

 

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: El lector encontrará también una cautivante Teoría del Arte que Heidegger meditó siguiendo los pasos de Hölderlin. Es un tema magnífico para una próxima entrada en este blog.


domingo, 15 de septiembre de 2019

Serverland

Por Josefine Rieks
Adriana Hidalgo. Novela, 189 páginas. Edición 2019. Precio aproximado 680 pesos.

En 2021, la Humanidad resuelve -por medio de un referendo- la desconexión definitiva de Internet. Nace un mundo nuevo; mejor dicho se recupera el anterior con mapas y guías telefónicas de papel, carteros y estampillas. Décadas más tarde, una pandilla de inadaptados quiere recuperar hebras de ese mítico pasado digital, algunos chicos como negocio (se pagan fortunas por los antiguos perfiles de Facebook), otros como arma para un movimiento contestatario.

Básicamente, he aquí la trama de Serverland, primera novela de Josefine Rieks (Höxter, 1988). La retiración de tapa nos informa que vive actualmente en Berlín, estudió filosofía, ganó la beca Alfred Döblin y escribió un guión. Las fotos de Internet revelan que es una de esas personas que le gustan esos raros peinados nuevos.

El narrador de Serverland es un tal Reiner, veinteañero que trabaja en el Correo Alemán. Se ha aficionado a las reliquias de la época anterior como los videojuegos y las computadoras portátiles, que en el presente literario se consiguen en remates, anticuarios y chatarrerías.

Un amigo buscavidas de Reiner -el pillastre de Meyer- lo lleva a Holanda, a un centro de datos abandonado de Google, que fue un nodo de conexión muy importante en tiempos de Internet. Allí, nuestro héroe menudo se sumará a una comunidad, pequeña y variopinta, de rebeldes sin causa. Su crimen será módico: aprovechando un programa que diseñó Reiner encienden los servers, desconectados largo tiempo atrás, para apoderarse de los videos de YouTube.

Da la impresión que la señora Rieks ha querido hacer lo que hizo Doris Lessing, con más talento y ambición, en La buena terrorista: mofarse de una célula de sediciosos de pacotilla, que albergan ínfulas revolucionarias. Bobos en busca de una familia ampliada que los contenga. Pero en Serverland prácticamente no ocurre nada de relieve. 

Hay otro punto flaco: el contexto es pobre. Se supone que todo aquél que proponga al lector una utopía, una distopía o un universo paralelo debe esforzarse por atrapar nuestra imaginación con detalles. Un futuro sin computadoras ni teléfonos celulares por decisión del pueblo soberano es una premisa cautivante. La señora Rieks la desperdicia, está insuficientemente desarrollada.

Del estilo narrativo no puede escribirse mucho. En realidad no hay aquí un estilo en juego. La prosa es seca, plana, rústica por momentos y cuanto mucho, funcional. Sin poética ni filosofía, la novela zozobra en la intrascendencia.

No obstante, como sabían los antiguos no hay libro tan malo que no contenga algo bueno. En este caso, se deslizan críticas atinadas a "la época de los medios sociales", cuando "toda una generación había hecho accesibles sus pensamientos a todo lo demás. Uniendo a ello la promesa de algo que no podían definir claramente, que no podían describir".

Esta muy bien que un texto nos invite a reflexionar sobre las tonterías (¿el 90% del material que circula en el ciberespacio?) de las redes contemporáneas, sobre la obsesión por figurar, por ser visto como un quía listo, afortunado, cool. Soy percibido, luego existo. No podemos ser inmunes -vaya a saber por qué- a esa extraña vanidad.
Guillermo Belcore

jueves, 22 de agosto de 2019

Olga

Los frutos de la ambición desaforada son letales. Para una persona o para un país. Arruinaron, por ejemplo, a Alemania; y también condujeron a la muerte al joven terrateniente Herbert Schröeder, gran amor de la maestra Olga Rinke, protagonista de la novela más reciente del juez Bernhard Schlink (Bielefeld, 1944).

Está mal, se nos dice, que una gran nación o un individuo no sepan medir sus fuerzas. Pero en el caso de la literatura, la ambición sigue siendo un factor decisivo. Un Thomas Mann o un Günther Grass creaban extensas, pesadas, magníficas maquinarias narrativas, que aspiraban a retratar buena parte de su época.

Hoy en día, un Thomas Pynchon o John Irving -por citar dos casos ilustres- mantienen la llama sagrada de su majestad la Novela Oceánica. El señor Schlink, por el contrario, ha preferido tratar en Olga (Anagrama, 254 páginas) la dramática historia alemana a vuelo de pájaro, lo que resulta decepcionante.

En la página sesenta, por ejemplo, Herbert viaja a la Argentina a principios del siglo XX en busca de aventuras. El lector se frota las manos, pero el autor despacha el asunto en... ¡cinco párrafos! (una página y media). Y lo mismo con la Segunda Guerra Mundial. Uno se siente tentado a pensar que Schlink es algo así como el Pablo Ramos de la literatura alemana: un escritor absolutamente sobrevaluado.

¿Qué tenemos aquí? Una historia de amor imposible y el ciclo existencial de una mujer valerosa que desafió las convenciones de su tiempo. También, el mensaje que mencionábamos en el primer párrafo. Demasiado explícito. Esta columna coincide con Jorge Luis Borges en que los procedimientos oblicuos suelen ser los más eficaces.

Olga nació en la pobreza de Breslau. Su abuela la lleva a Pomerania donde asalta, con éxito, las gruesas murallas del machismo y logra recibirse en el seminario nacional para maestros de Posen. Descubre, intuitivamente, el valor del aprendizaje y el saber. 

También se enamora de un amigo de la infancia, el hijo del hombre más rico de la ciudad. Naturalmente, los aristócratas Schroëder impiden que el primogénito se case con una obrera intelectual. Deben limitarse entonces a una relación de amantes en Prusia Oriental (territorio hoy dividido entre Rusia y Lituania), pero lo peor de todo es que Herbert tiene pájaros en la cabeza como tantos de sus compatriotas. Sueña con la grandeza y el destino manifiesto de Alemania. Se la pasa viajando. Hasta que desaparece en una mal concebida expedición al Artico. Olga nunca podrá olvidarlo. Tienen un hijo, pero él nunca lo sabrá.

ARQUITECTURA INGENIOSA


Lo mejor del libro es su ingeniosa arquitectura. Un ensamblaje perfecto de puntos de vista que va revelando hitos de la existencia de nuestra heroína socialdemócrata. Llegados a este punto debemos destacar que Olga comulga con la visión política del autor de la novela, un juez constitucional que gusta de hacer profesión de fe igualitaria: en el amor y en el cementerio somos todos iguales; no hay diferencias sociales y económicas que valgan ante la muerte.

La novela consta de tres etapas. En la primera se narra la vida de Olga en tercera persona. Es la voz de Ferdinand. De niño, había trabado una intensa relación afectiva con la señorita Rinke, modista de la familia, ya en la posguerra, en una apacible ciudad de Alemania Occidental.

La segunda parte fue compuesta en primera persona. Ferdinand quiere reconstruir la existencia de su vieja amiga (murió nonagenaria por culpa de un atentado con bomba), hasta que consigue, de manos de un anticuario de Noruega, las cartas que regularmente le había enviado Olga a Herbert a la remota y gélida Tromsö, incluso cuando el sentido común indicaba que el muchacho estaba muerto. Esas cartas conforman y embellecen la tercera parte.

Por encima de todo, Olga es una novela de ideas. Al prolífico doctor Schlink le interesa denunciar la vacía y peligrosa codicia de su Patria:

"...la perdición había comenzado con Bismarck: éste había puesto a Alemania a lomos de un caballo demasiado grande, que de todos modos no podía montar, y desde entonces a los alemanes los podía una ambición exagerada...".

Esta bien, cuestionar el Deutschland, Deutschland über alles, que tanta devastación ha causado en el planeta, pero se cuelan algunas hipérboles: llega a decirse que el milagro económico tras la desaparición del nazismo también "fue una exageración". 

Ese candoroso egoísmo nacional se manifiesta a través de los delirios coloniales y árticos de Herbert (quería ser Amundsen) y de su hijo Eik que participó en el saqueo nazi de Rusia. ¿Por cierto, qué tipo de madre decide abandonar a su retoño porque sus ideas políticas son radicales e inmundas? Es que la señorita Rinke es un personaje plano (como todos los de la novela), que se rige por imperativos categóricos y ñoñerías. Aquí no existen moralidades grises.

La obra satisface, no obstante, las demandas posmodernas. Tiene perspectiva de género. Plantea antinomias fáciles: sabiduría femenina vs. arrogancia machirula. Realismo con faldas vs. fantasías testiculares. La intrepidez varonil es ridícula, sobre todo cuando se viste con pomposos discursos.

Finalmente, algo de la prosa hay que decir. La ausencia de poética y su filosofía elemental tornan monótono al texto. Los capítulos son breves como meada de sapo. Lástima. Con trescientas o cuatrocientas páginas más hubiese sido una gran novela. Pero esto es sólo una opinión. Olga ha recibido desaforados elogios de los críticos de los diarios, incluso en la Argentina.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular

lunes, 28 de agosto de 2017

Milena

¿Por qué no puede uno conformarse con el hecho de que lo correcto es vivir con esta tensión tan especial, de suicidio demorado? 
F. Kafka

La buena novela documental -como la que aquí venimos a recomendar- es una ofrenda fabulosa para el lector que se apasiona por la Historia. En Milena (Tusquets, 225 páginas) se examinan dos maldiciones del siglo XX (el bolchevismo y el nacionalsocialismo), la Viena y la Praga de entreguerras, los círculos intelectuales de una Centroeuropa que fue devastada, el martirio del pueblo judío, el calvario de Checoslovaquia, el infierno de Ravensbrück. La autora también arroja una sonda a los abismos de la personalidad de Franz Kafka, ese genio de las letras, bueno y clarividente.

Milena Jesenská es la protagonista del libro. Frank Kafka la amó y le escribió unas magníficas cartas que han llegado hasta nosotros. Pero la animosa periodista de Praga “merece atención no sólo como amante de Kafka, sino porque ella misma era una personalidad fascinante, alguien que en su juventud no hizo caso de los convencionalismos burgueses, y que a lo largo de su dura vida, en vez de optar por el individualismo extremo, se decantó por la responsabilidad social y política. (…) Cuando Hitler ocupó Checoslovaquia, Milena empezó a salvar, arriesgando a su propia vida, a los más amenazados”, escribió en el prólogo Margarete Buber-Neumann (1901-1989), otra mujer extraordinaria que padeció los campos de concentración de las dos dictaduras más infames de la historia, la que esclaviza en nombre del socialismo y la otra, que lo hace para el bienestar y la prosperidad de la Raza Superior. 

En octubre de 1940, Margarete conoció a Milena a ochenta kilómetros al norte de Berlín, en un agujero de pesadilla denominado Ravensbrück. Forjaron una amistad íntima ante los ojos implacables de los carceleros SS, que perseguían con una saña especial las relaciones amorosas. En 1944, la valerosa checa, una auténtica luchadora contra la tiranía, murió extenuada. Sobrevivió la activista alemana para remembrar la trayectoria vital de su compañera de infortunio en un libro -concluido en 1977- que acaba de ser reimpreso en español.

Buber Neumann, esposa de un famoso agente del Komitern, se convirtió con los años en una pluma formidable contra las maldades tanto de la Alemania nazi como de la Rusia soviética. Una arrepentida al estilo Arthur Koestler. Queda patente en Milena esa correcta percepción del pasado. El libro no ahorra detalles de los sufrimientos que ambos totalitarismos infligieron a la humanidad, ya sea desde el Estado como desde la militancia o el cautiverio, incluso. El infame papel de las reclusas comunistas -la elite de los campos alemanes- es una aberración no bien conocida.

La prosa de MBN no carece de un punto de romanticismo. Se confirma que aún en la llamada literatura factográfica, las personalidades adquieren vida propia, superan la mera evocación histórica. La Milena-personaje es encantadora, como seguramente lo fue la chica de carne y hueso, un cometa que llegó a convertirse “en el polo magnético de toda una generación literaria de checos y alemanes“ (aunque nunca tuvo suerte con el amor) y cuyo fulgor inquebrantable incluso alivió los más sórdidos barracones de prisioneras. Hay un procedimiento muy bien trabajado por Buber-Neumann: el montaje. Las páginas yuxtaponen testimonios, cartas, artículos periodísticos a la narración propiamente dicha. Cierta tendencia al estereotipo sólo puede achacarse a la escritura.

Junto a las conmovedoras páginas que testimonian la lucha por la vida y la dignidad en Ravensbruck, el capítulo ‘Franz Kafka y Milena’ puede que sea la cúspide del libro. El amor empezó en 1920 en Merano, pero fracasó irremediablemente en poco tiempo (nunca fue pleno en lo físico, sólo relumbró en lo epistolar) y no por culpa de ella. El atormentado literato era “demasiado bueno para este mundo”. Su autodiagnóstico fue lapidario: "el miedo es la infelicidad“. Todas las cosas le parecías ajenas. Pánicos incubados en la infancia; una salud frágil como la porcelana de la dinastía Ming. Qué belleza es el obituario que Jesenská escribió a la muerte de Kafka.

Si una enseñanza deja la novela es que -por desgracia- algunos vicios de las personas instruidas nunca serán desterrados: hace exactamente ochenta años la mayoría de los intelectuales de Praga, marcadamente antifascistas, cerraban los ojos ante la barbarie soviética. ¿No ocurre ahora lo mismo con la brutalidad chavista o caribeña? Milena Jesenská, que gozaba del don del pronóstico político, ha dejado pues un mandamiento a la posteridad: Reconoce las amenazas a la libertad, vengan del lado que vengan. Ten el suficiente valor de la juzgar con la misma firmeza tanto la dictadura de Stroessner como la de Fidel Castro.
Guillermo Belcore

lunes, 10 de octubre de 2016

El fin de los días

Estableció Jorge Luis Borges: “…No esperes que el rigor de tu camino/ que tercamente se bifurca en otro,/ que tercamente se bifurca en otro/, tendrá fin. Es de hierro tu destino…” La idea del poema Laberinto se prolonga en un magnífico cuento. El Jardín de senderos que se bifurcan nos recuerda que cada destino abarca todas las posibilidades. Fue A, pero pudo haber sido B. ¿Qué hubiera pasado si?… es un ejercicio intelectual fascinante, ya sea aplicado a nuestra propia vida o a la Historia. La escritora Jenny Erpenbeck (Berlin Oriental, 1967) usa los contrafactuales como procedimiento de una novela que el Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania ha querido promocionar en la Argentina. La fórmula, a la sazón, es lo mejor de El fin de los días (Edhasa, trescientas siete páginas).

La señora Erpenbeck ha encerrado en su libro casi cien años. Desde fines del siglo XIX hasta la estrepitosa caída del Muro de Berlín. Viajamos a Brody, ciudad fronteriza de la extinta Galitzia Lodomeria, el confín del Imperio Austrohúngaro. Una familia mixta es golpeada por la tragedia, muere su bebita. El padre, funcionariogoy de la escala más baja, huye a América; la madre, judía, se deshonra en la prostitución. En el segundo capítulo, la niña no muere. Todos dejan la provincia oriental para intentar salvarse en Viena, como en un gran banco, sin sospechar que ese barco estaba empezando a hundirse. La Primera Guerra Mundial ha concluido con el colapso de las Potencias Centrales y cunde en Austria el hambre y el antisemitismo. La niña crece y se hace escritora revolucionaria. Emigrará años después a la Unión Soviética con su marido. Serán dos víctimas más de un paranoico llamado Stalin. En el Libro IV nuestra chica sobrevive por un pelo a las purgas, se convierte en una heroína de la República Democrática Alemana, pero poco antes de alcanzar la sexta década de vida la camarada H se rompe el cuello en un accidente doméstico. En el tramo final de la novela, la señora Hoffmann no se resbala en la escalera y puede asistir, con noventa años de edad, al derrumbe del mundo comunista. Ingenioso, ¿no? El azar rige nuestra endeble existencia.

Los giros argumentales, en verdad, rescatan una novela fragmentaria, pueril por momentos, cuya prosa no se destaca por su belleza ni por su sabiduría. No hay mucho que subrayar por aquí. Es verdad que Erpenbeck conserva esa espléndida pasión centroeuropea por desmenuzar la carga de la Historia, pero lo hace sin brillantez.  Además, incurre en una de las tecniquerías más desafortunadas: el goteo de frases. Al margen de la forma, no puede dejar de elogiarse la descripción de la crueldad y estupidez de los regímenes comunistas. Al igual que en la Argentina que ha concluido en diciembre, en Moscú o Berlín oriental “las palabras hace mucho que ya no eran del todo reales, como un paquete de harina o un par de zapatos, han fracasado, además de ser totalmente insostenibles desde el punto de vista económico”.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular



domingo, 3 de julio de 2016

Mujer bajando la escalera

Por Bernhard Schlink Anagrama. 247 páginas, Novela, edición 2016


Ante una propuesta tan enclenque como la que acaba de llegar desde Alemania, el lector de fuste no puede sino añorar la pesada y compleja maquinaria de la novela total a lo Thomas Mann o Gunther Grass, rebosante de historia, filosofía y profundidad psicológica. La obra más reciente del juez Bernhard Schlink (Bielefeld, 1944) es todo lo contrario. Literatura inane, etérea, insustancial. La escasa ambición la condena.

Confiesa el autor que un cuadro de Gerhard Richter titulado Ema. Desnudo en la escalera, inspiró la trama. Tres hombres (un abogado, un pintor y un magnate) se obsesionan con una mujer joven. Hay un cuadro que la retrata como vino al mundo y una treta de la muchacha para robarlo. Hay una traición por triplicado. Estamos en Frankfurt. En la segunda parte, volamos a Australia. Reaparecen la pintura y su musa cuatro décadas más tarde. La psicosis masculina permaneció intacta. Al fin y al cabo, son alemanes, gente con ideas fijas.

El tema de fondo es, por enésima vez, la denuncia de que la vida auténtica no es la de la oficina, el supermercado, la esposa y los hijos, el abono a la ópera. La liberación está en algún paraíso natural del hemisferio sur, con una chica extraordinaria. Es el mito clásico del ciudadano europeo, próspero y hastiado de la civilización; a esta altura, un cliché posmoderno que suele estragar las narrativas.

Cuando la falta de originalidad se expresa sin vuelo ni belleza, por medio de personajes planos, en un texto trozado en cien capitulitos sin ton ni son, la consecuencia no puede ser otra que el tedio, gris y frío como el otoño de 2016. El sello editorial, no obstante, demuestra en la contratapa que la prensa alemana cubrió de elogios a la pequeña novela. Puede que el amiguismo, el perjurio, la cobardía y el esnobismo no sean vicios exclusivos de la crítica argentina.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Malo

lunes, 19 de octubre de 2015

El lienzo

Benjamín Stein
Adriana Hidalgo. Novela, 473 páginas

Una arquitectura extraordinaria. La prosa diáfana. La belleza del judaísmo, en especial de su versión mística. La evocación, no sin denuncia, de ese absurdo país extinto al que llamaban República Democrática Alemana. La novela premiada de Benjamin Stein (Berlin oriental, 1970) conviene ser leída. Aunque también incluye levedad filosófica, digresiones no siempre interesantes y tendencia al melodrama y a la puerilidad (a lo Paul Auster en sus días malos).

Hay que destacar, en primer lugar, el artificio.
La obra, que data en 2010, ofrece dos entradas y varios recorridos de lectura. Puede comenzar usted en el sendero de Jan Wechsler o bien dar vuelta el libro y arrancar en el de Amnon Zichroni. Los senderos se unen en la mitad del tomo (doscientos y pico de paginas cada uno); comparten un glosario. Puede leerse una parte de corrido y después la otra; o un capítulo de Wechsler y luego saltar a Zichroni; o dos y uno; o dos y dos; en fin, las combinaciones son múltiples. Es interesante reflexionar sobre cómo afecta a nuestra capacidad cognoscitiva el camino elegido. Jueguitos narrativos inspirados en los franceses, aunque el truco del perspectivismo en que se basa todo el andamiaje lo había hecho célebre Wilkie Collins en el siglo XIX.

En efecto, desde el punto de vista de dos personajes la trama examina un mismo acontecimiento: la publicación de unas memorias apócrifas del Holocausto. Un luthier suizo apellidado Minsky se convierte en estrella mundial tras haber dado a la imprenta el relato de su supuesto calvario durante niño en el ghetto de Riga y en los campos de exterminio. Lo opinión pública lo amó, hasta que se descubrió que todo era un invento. Entonces, los mismos que lo elogiaban lo crucificaron. Jan Wechsler se llama el escritor (amnésico) que desbarató la mascarada; Amon Zichroni, el terapeuta con superpoderes (!?) que había animado a Minsky a recuperar los supuestos recuerdos infantiles (le costó muy caro al doc el consejo). Wechsler y Zichroni se encuentran por casualidad en el Estado de Israel.

Dos ideas primordiales, como si de pilares de roca se tratase, sostienen tan ingenioso entramado. La primera es que somos lo que recordamos. Nada más que eso. La segunda, tiene ecos de Nietzsche: verdad es lo que nos conviene (la mentira puede tener un propósito noble, o el asunto de la verdad se mide en otras balanzas: sentido vs. vacío existencial, por ejemplo). Con todo derecho se podría afirmar que lo mejor del libro son los contenidos autobiográficos que Stein va incluyendo con habilidad de prestidigitador. Vale decir, los que atañen a sus padecimientos juveniles durante el marxismo cuartelero o la gloriosa reivindicación, ya de adulto, de las diversas formas de ser judío.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

domingo, 4 de octubre de 2015

Hemanos de sangre

Miserias de la república de Weimar

Por Guillermo Belcore

"Dar o regalar no es virtud de ricos. Solamente el pobre da con la naturalidad de quien conoce el hambre y la miseria".
E. Haffner


Un mes atrás, la jefa de Estado de la Argentina tachó de burro a un catedrático de la Ucema por cuestionar su interpretación de las causas de la llegada de Adolf Hitler al poder. Cristina Fernández había postulado como razón primordial, no la hiperinflación, sino el hecho de que Alemania fue humillada por el Tratado de Versalles. El profesor Alejandro Corbacho discrepó por medio de un artículo y se ganó un rapapolvo presidencial. Es interesante la cuestión de fondo. ¿Fue la política o la economía la gran responsable del triunfo del nazismo? Una novela extraordinaria escrita con material de primera mano en 1932 -y recuperada por suerte ahora- parece sostener la hipótesis socioeconómica. En la República del Weimar, un ejército de seis millones de famélicos pavimentó el ascenso de la variante más diabólica del fascismo, sugiere una lectura atenta de Hermanos de sangre (Seix Barral, 243 páginas). Como dijo George Steiner, un hombre desesperado y hambriento que se cuelga del cogote un letrero que dice "Hago cualquier trabajo", es un hombre que hará incluso un trabajo infame para las SS.

Resulta muy interesante la travesía editorial de Hermanos de sangre. La novela fue publicada, como se dijo, hace ochenta y tres años en Berlín. Se vendió bien, pero cuando el nacionalsocialismo tomó las riendas no sólo se la prohibió, sino que las bestias pardas la confinaron a la hoguera. De Ernst Haffner, su autor, poco se sabe. Fue periodista y trabajador social. El régimen lo citó para discutir su obra. La Segunda Guerra Mundial se lo tragó y al parecer no dejó descendencia. La reimpresión en 2013 del libro en Alemania no ha generado reclamos por derecho de autor. Acaba de llegar a la Argentina.

Estamos ante una de esa fascinantes novelas documentales, donde la imaginación rellena esos pequeños huecos que dejan los hechos reales. Es la historia de una pandilla de chicos de la calle. Muchachos de menos de veinte años en perpetua guerra contra el Estado; porque el Estado alemán nunca fue un chiste como en la Argentina de nuestro tiempo. Hasta para dormir en un asilo de vagabundos se necesitaban papeles con la firma del comisario. Los pandilleros no resultan desagradables, los mueve un afán de libertad y los redime, en parte, la camadería. Son casi divertidos. En el caso de los Hermandad de Sangre el bautizo consiste en, el espacio de una hora, consumar cuatro veces el coito hasta el orgasmo en presencia de toda el grupete y puede que de invitados. Son fanfarrones con una incurable avidez por el alcohol. Se prostituyen algunos para conseguir los marcos indispensables para sobrevivir a las nevadas y para llenar el estómago. Los más audaces y con menos escrúpulos derivan hacia una banda en delincuentes profesionales: carteristas, ladrones de casas y autos, no respetan siquiera a las mujeres de la clase trabajadora. Con toda la ruindad de su oficio, la rufianería no perdona a nadie. ¡Ojo con condenarlos! Advierte Haffner:

"¿Un destino elegido voluntariamente? No siempre. ¡No siempre! Los años de juventud sometidos a la educación de un centro tutelar, punto menos que años de aprendizaje del futuro transgresor de la ley, no son, maldita sea, ningún destino elegido a voluntad. Y por añadidura, ¡con antecedentes penales! El muro infranqueable, duro como el vidrio, de los prejuicios y la sed de castigo burgueses condena a muchos al fracaso. A un sinnúmero de personas que de buena gana habrían emprendido una vida ordenada".

LOS BAJOS FONDOS

El libro siempre es interesante porque se trata, en última instancia, de la exploración minuciosa de los bajos fondos de la exasperada República del Weimar. Recorremos tabernas atroces, tugurios, centros desalmados de atención al menesteroso, calles hostiles, boites donde el erotismo pervertido de los varones se enciende con la carne de jóvenes pobres, cárceles y reformatorios. Ante nuestros ojos desfilan prostitutas en el colmo de su degradación, gente arrabalera, mendigos y mendigas de todas las edades, gigolos incluso más desagradables que el señor Bazterrica, funcionarios que irradian maldad, el hampa berlinesa. También se nos permite visitar esas grandes cervecerías de pueblo con estruendosos instrumentos de tiempo que intentan imponerse sobre el infernal griterío y alboroto. En una de estos locales muniqueses, durante la década del veinte, comenzó su carrera cierto cabo austríaco que hizo fama. De agitador a Führer en poco más de diez años, aupado por los lobos y la basura que frecuentaban las cervecerías.

Con prosa tan elegante como certera, Haffner produjo un invaluable cuadro triste de su época. Es fácil compararlo con George Grosz. Arte degenerado lo rotularon las bestias nazis. Afortunadamente, la novela pudo sobrevivir. Es de lo mejor que ha producido el miserabilismo alemán.
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

lunes, 14 de septiembre de 2015

Pasado los setenta V

Ernst Jünger

Tusquets, Memorias, 196 páginas.

Dígase de entrada para que no quede alguna duda. La lectura del último volumen de las memorias de Ernst Jünger es un acto tan placentero como la de cualquiera de de los tomos anteriores. Fue redactado cuando el escritor alemán -uno de los imprescindibles del siglo XX y no sólo por el valor documental de sus obras- frisaba la centuria. Hay poquísimos casos en la Alta Literatura de una senectud tan lúcida, esmaltada con referencias clásicas y erudición sobre la Historia y sobre esas pequeñas creaturas del Señor que suelen estudiar la botánica y la zoología. El libro se disfruta.

Con una prosa clara que abomina de las muletillas (como "aproximadamente'' o "acaso'') y de los signos de exclamación porque suponen "un condimento en exceso'', Jünger ha compuesto una especie de juego de dominó. Va alineando reflexiones, microcuentos surrealistas que provienen de los sueños o no, cartas recibidas o despachadas, testimonios de su amistad con Francia, pasmo ante el esplendor de la naturaleza. Los diarios abarcan desde 1991 hasta 1996, dos años antes de que la Parca visitara al artista.

En El Escorial, donde la Universidad Complutense de Madrid le concedió el segundo doctorado honoris causa, Jünger destacó un dato sorprendente. La primera traducción de su monumental Tempestades de acero se imprimió en español, en una ciudad extraordinaria llamada Buenos Aires. Y uno de sus primeros lectores fue un jovencito apellidado Borges. Poco antes de morir, el autor de Ficciones visitó al alemán en Wilfingen. Dios, seguramente, debe haber registrado ese encuentro entre colosos. Ojalá, en un hipotético Paraíso, se nos conceda la facultad de revivir tan ilustre conversación.

Las memorias tienen un hilo conductor pero resulta un tanto hirsuto, como casi todos los conceptos que provienen de la filosofía alemana. Siguiendo a sus faros Hölderlin-Schopenhauer-Nietzsche, el literato profetiza un siglo XXI dominado por los titanes, que con los dioses se han ido alternando en la hegemonía sobre los asuntos humanos. Apolo se aleja y se lleva lo político, lo artístico, con él, se nos advierte. La Era de las Radiaciones aventaja a la Edad de Hierro. A la superación de la guerra clásica sigue la de la moral clásica. Con el triunfo de los titanes, aumentar  también el peso de las masas que, por su parte, dependen de las elites frente al caos. El titán no es otro que el superhombre de cuna de bronce, para quien la racionalidad tradicional no sería más que un estorbo. El triunfo rotundo de la voluntad de poder. Impavidus, el y ella, los que no tienen miedo, y nos dominan.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

PD: Jünger es uno de los escritores favoritos de este blog. Pincha aquí:
* http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2013/07/diarios-de-guerra-1914-1918.html  
* http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2014/07/el-teniente-sturm.html
* http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2008/12/sobre-los-acantilados-de-mrmol.html 

domingo, 27 de julio de 2014

El teniente Sturm

Ernst Jünger

Tusquets. Novela, 124 páginas. Edición 2014


Flandes, 1916. Los ingleses preparan una gran ofensiva para aliviar la presión sobre Verdún. En las filas alemanas, cada compañía de guerreros semeja a un animal disimulado en la arena que bajo una aparente tranquilidad vibra con los músculos en tensión. Tres jóvenes oficiales se distraen con charla culta, se fusionan en un cuerpo espiritual, ante el inminente estrago. Uno de ellos, zoólogo en la vida civil, les lee lo que ha escrito, esbozos de un cuento o una novela. El teniente Sturm reflexiona sobre lo que la guerra hace a los hombres, en qué monstruo frío los convierte. Es el alter ego de un escritor indispensable del siglo XX, Ernst Jünger (1895-1898), sobreviviente de escenarios donde la muerte era tan habitual como el fogonazo de los disparos.

A cien años de la Primera Guerra Mundial, el sello Tusquets reimprime una obra breve que combina Alta Filosofía con una rara poética de las trincheras. Más allá de las cualidades literarias, cuantiosas pues hay aquí alguna de las páginas más bellas y estremecedoras que ha escrito Jünger, el libro también tiene un valor histórico; indaga una época terrible cuyos hijos no podían darse el lujo de ser compasivos. Llevaban la guerra en los genes. Inquietud, pasión y febril exaltación eran las señas de identidad de ese tiempo no tan remoto.

La novela lanza también un grito ronco, educado, en favor de la persona: “El Estado con, cada vez más desconsideración, limita las funciones del individuo a las de una célula especializada. Hace tiempo que uno no goza de estima por lo que realmente vale sino sólo por lo que vale en relación al Estado”. Uno podría agregar hoy con una mueca triste “o por lo que vale en relación al mercado”.

Es admirable como Jünger fue capaz de destilar del barro, de la sangre vertida, y de la lluvia de acero y fuego, algunas gotas de néctar. El esculpido de los personajes es perfecto. Y la mirada es profunda, atisba bajo la cresta de la espuma de los acontecimientos, incluso de los más terribles.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Los amigos de este blog saben que aquí hay un lector voraz de Junger. Se han comentado varias novelas del alemán. Por ejemplo, pinche aquí: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2013/07/diarios-de-guerra-1914-1918.html

domingo, 22 de junio de 2014

Sólo en Berlín

Hans Fallada

Océano. 686 páginas. Edición 2013.


Berlín, 1940. Ofuscado por la muerte de su hijo en el frente de batalla, un ebanista que sólo deseaba tranquilidad se rebela. Junto a su esposa, el obrero reparte postales con arengas contra Hitler. La Gestapo, las SS, la policía intentan cazar al enemigo del Estado alemán. No les resulta fácil. Dos años después, cuando se les acaba la suerte, son arrestados Otto y Anna Quangel. Hombres-bestia hacen tronar el escarmiento. Esta es la trama de una novela imprescindible del siglo pasado. Fue la última obra (acaso la mejor) del olvidado Hans Fallada; un año después, en 1947, el escritor alemán puso fin a su vida con una sobredosis de morfina.

Primo Levi, palabra autorizada, dijo de Solo en Berlin que es “el libro más importante jamás escrito sobre la resistencia alemana”. Hay que creerle, amigo lector, la novela tiene un inmenso valor testimonial (de hecho se basa en un caso real que el autor encontró en los archivos nazis) pero ese anclaje con la Historia en ningún momento rebaja la calidad artística. Su fuerza estética deviene, sobre todo, de la intensidad dramática: Fallada se las ha ingeniado para encadenar escenas tremebundas que se leen con un nudo en la garganta. Afortunadamente, se nos permite un desahogo: cunde cierto clima de farsa generado por pilantras que recuerdan a los bribones de Chaucer o de Shakespeare. Es decir, lo específicamente literario se impone sobre la pesadez de aquello que llamamos realidad. Caracteres memorables, seña de identidad de los grandes libros, por otra parte.

Fallada, que vivió recluido en una suerte de exilio interno durante los años satánicos del Tercer Reich, nos obliga reflexionar sobre un misterio insondable: la conciencia que dice ’no’ al Poder, a costa de sus propios intereses, en este caso de la vida y de la dignidad del cuerpo. Qué es lo que hace que un hombre mantenga la decencia, incluso en los hediondos calabozos de la Gestapo, acaso el lugar del Universo más alejado de la presencia de Dios. Quién sabe. 
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente

domingo, 28 de julio de 2013

Diarios de guerra 1914-1918

Ernst Jünger

Tusquets. 669 páginas. Autobiografía

 

Por Guillermo Belcore


No suena descabellado proponer que el acontecimiento crucial del siglo XX fue la Primera Guerra Mundial. Ese trágico e innecesario conflicto no sólo destruyó una civilización basada en las creencias optimistas de la Ilustración sino que ha tallado los rasgos primordiales de lo que Eric Hobsbawm denominó el siglo corto (1914-1989), a tal punto de que la Segunda Guerra Mundial no fue otra cosa que su consecuencia directa. Es decir, sin matanzas como las de Verdún no hubiera habido Auschwitz, ni revolución bolchevique, ni marcha fascista sobre Roma, ni guerra fría (¿Perón hubiera capturado el poder?) e incluso el imperialismo europeo se habría apagado con otro ritmo. Hasta el arte cambió violentamente de rumbo. Más aún, el totalitarismo -fenómeno perverso y típico de la centuria pasada- no fue otra cosa que la continuación de la Gran Guerra por otros medios, según la autorizada opinión de John Keegan.

Toda aproximación a esa pavorosa carnicería resulta, por ende, interesante. He aquí una de primer orden: Tusquets trae por primera vez al castellano el Diario de Guerra de Ernst Jünger (Heildelberg 1895-1998), el más lúcido de los guerreros alemanes, quintaesencia del conservador fino, empapado de cultura clásica. El libro destila quince libretas de apuntes y dibujos que el extraordinario escritor garabateó entre 1914 y 1918, mientras las balas de fusiles, los balines de los sharpnel, los fragmentos de metralla y los nubarrones de gas mostaza se afanaban por liquidarlo. Jünger sobrevivió de milagro y legó esos textos palpitantes aunque sobrios al Archivo de Literatura de Marbach. Su publicación en 2010 en Alemania, después de un examen erudito, no merece sino aplausos por la doble naturaleza del texto. Tiene un gran valor documental y, al mismo tiempo, es la más alta expresión de la literatura bélica.
Heidegger, ese monstruo magnífico, sostenía que el pensamiento filosófico sublime y la mutación de dicho pensamiento en poesía ha tenido lugar solamente en dos lenguas: el griego antiguo y el alemán. Puede que la máxima sea falsa, pero tras la lectura de este libro uno concluye que sólo podía ser escrito por un soldado de infantería alemán o por un hoplita griego. Es la oda culta a la batalla, fría y racional, sin odios ni piedad al enemigo. La indiferencia ante la muerte es brutal. Se manifiesta, al mismo tiempo, una profunda curiosidad ante la experiencia histórica. El guerrero, que ansía tener contacto cuerpo a cuerpo con el enemigo, define una ética que Martín Fierro aceptaría con un leve movimiento de cabeza: "si no ponéis en juego la vida, nunca tendréis ganada la vida". El valor es la única virtud del varón.

EL PRINCIPIANTE


Vale aclarar que el autor empezó a escribir sus diarios a los veinte años. Era un don nadie, aunque de próspera familia burguesa, al que el peligro le atraía. Ya narraba, no obstante, con un estilo excelente, aderezado con algunos desbordes románticos que lo llevan a afirmar, por caso, que una muerte mejor no podría encontrarse en cien años. Con el tiempo, parte del contenido fue a nutrir la espléndida Tempestad de acero, a la que quizás Jünger le debe que los nazis nunca lo hayan molestado. Hitler amaba esa novela.

El lector encontrará una detallada descripción de la vida (y la muerte) en la trincheras y en la retaguardia. El alférez (subteniente) Jünger va de un lado a otro por el frente occidental, ese gran Moloch que exterminó con titánicos duelos de artillería y asaltos condenados de antemano a unos cuatro millones de personas. Al campeador ese interminable desfile de la Parca le provoca, por lo general, una impresión "heroica y grandiosa". Pero a veces lo asaltan las dudas: "fluye un río de sangre, de sangre quizás inútilmente derramada, para precipitar a millones de madres en la aflicción y el dolor... ¿Para qué esta matanza, ese continuo matar y matar". Filosofía del puesto de guardia, lo llama con desdén un párrafo más tarde.

El inglés es su principal adversario. Establece Jünger que la diabólica batalla del Somme "parece ser un producto de la demencia". Pinta sin énfasis y con elogiable ausencia de ideología cuadros medievales de devastación. Siempre flota en el aire el tufo dulzón de los cadáveres. Consigue evadirse el joven esteta -no era un sádico como los SS- con toscas francachelas, con la escritura del diario, con la captura de coleópteros y con la lectura elevada. Hay escenas surrealistas: en julio de 1917, entre el humo de la pólvora, se distrae en un profundo cráter de granada con su pipa y leyendo Casars Denksaule (la columna conmemorativa de César) de Ignatius Donnelly. A su lado, huyen soldados despavoridos.

Resulta casi inconcebible que este libro (y todo lo que E. J. escribió después) haya llegado a nosotros. En Flandes, en el Artois y la Champaña, la muerte lo persiguió con saña. Vió caer uno a uno a sus camaradas. Pero una suerte colosal -cómo no pensar en la mano de Dios- lo ha salvado. Fue herido catorce veces, lo que le permitió salir del campo de batalla cuando los volcanes hacían erupción. Una bala le atravesó el cuero cabelludo; otra le dejó un orificio de entrada y de salida en el pulmón. Jünger murió a los 102 años en su cama. Y nos dejó un testimonio conmovedor de la locura bélica. Bien leído, Diarios de la guerra se trata de una alegre afirmación de la vida. Todos, al fin y al cabo, somos sobrevivientes.

Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Excelente