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jueves, 11 de abril de 2024

¡Noticia bomba!


El periodismo en todo el mundo está en horas bajas.
En Estados Unidos, el faro de la libertad de prensa, se han perdido en los últimos diez años más de un tercio de todos los puestos de trabajo. En la Argentina, tan degradada después de décadas de régimen populista hegemónico, el 2024 parece ser el año de la destrucción de miles empleos en la profesión, aquéllos que se sostenían artificialmente con los aportes del Estado. La cuestión de fondo es que cada vez menos ciudadanos están dispuestos a pagar por material informativo, incluso de calidad. Se asocia Internet con el sacrosanto derecho a la gratuidad de los contenidos que cuestan mucho dinero producir. Somos de la opinión que esta insensatez se terminará pagando caro con el tiempo, en términos políticos, sociales y culturales.

Por eso, puede ser que no resulte oportuno que esta columna recomiende la lectura de, acaso, la sátira más despiadada que se haya escrito en Occidente sobre la profesión periodística en general. y sobre los grandes diarios en particular. ¡Pero es que es tan divertida! Hay pasajes que se leen a mandíbula batiente. ¡Y además está tan bien escrita! Concluimos que es la evasión ideal para escaparse por un rato del doloroso presente.

Hablamos de ¡Noticia bomba! (Anagrama, 260 páginas), entregada a la imprenta en 1937 por la daga más filosa de la literatura inglesa de enteguerras, el genial Evelyn Waugh, uno de nuestros escritores favoritos (1). En el prólogo de 1963, explica que quiso dinamitar la la inmerecida fama que habían acumulado los corresponsales extranjeros en los años treinta y que para ello narró una historia ficticia pero basada en su experiencia personal en el campo de operaciones. El libro combina agilmente la invasión fascista a Etiopía con la guerra civil en España.

Se trata de una desopilante comedia de enredos. Mrs Stich, influyente esposa de un ministro de Su Majestad, le pide a Lord Cooper, magnate de la prensa, que contrate a su amigo, el escritor mediocre John Boot, para cubrir una revuelta en Ismalía (Abisinia, en la vida real), que involucra a las grandes potencias.

El poderoso empresario da las órdenes correspondientes, pero el subdirector y el jefe de la sección Internacionales de su diario, el Beast, se confunden y terminan mandando a la zona de guerra a William Boot, el opaco autor de la columna Exuberancia que se ocupa de la fauna de la campiña inglesa. William heredó la columna y le pagan una guinea por entrega. Hace lo que puede, el chico.

Nuestro héroe es un joven célibe, quintaesencia de una aristocracia rural en estado de putrefacción avanzada. Teme ser despedido del Beast pues en su última columna su hermana le gastó una broma. El texto versaba sobre las costumbres del tejón (Meles meles), pero allí donde mencionaba al mustélido la maldita entrometida reemplazó esa palabra por "somormujo cuellirojo". Llamado a Londres, imagínense su sorpresa cuando, entre loas, palmadas en la espalda y amenazas, lo reclutan como corresponsal de guerra. La voluntad del vizconde Cooper nadie la discute.

Las peripecias de William en África, su consagración insólita como periodista estrella, la adoración que le tributa una Inglaterra cándida a su regreso redondean una obra maestra del subgénero de la sátira literaria. Es increíble (y una muestra del carácter de la democracia británica) que una una novela tan burbujeante como ésta se haya publicado mientras el mundo se abismaba hacia una hecatombe sin precedentes.

Dijimos que se trata de una sublime lectura de evasión. Sí. Pero hay un sonsonete del tío Theodore Boot, un verdadero pillo, que queda resonando en nuestras conciencias de argentinos: 

"No veo a mi alrededor más que transformación y decadencia".

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno





domingo, 18 de abril de 2021

Escribano, 60 años de periodismo y poder en La Nación

 


Entre mil estropicios, la irrupción de Internet en la vida social y económica ha demolido una institución venerable: la figura señera del Secretario General de Redacción. Esos colosos -cultos por vocación y tiranos por necesidad- ocupaban un lugar central en la Galaxia Gutemberg. Nadie importante rehusaba besarles la mano. Eran un peñasco en medio de pobladas redacciones, que encarnaban, mejor que nadie, el estilo y el espíritu de un gran diario. Entre ellos, uno de los mejores -sino el mejor- es el señor José Claudio Escribano (83 años). Un libro ha venido a rendir homenaje y discutir las acciones más controvertidas del factotum de La Nación durante buena parte de nuestro tiempo.

Los autores de Escribano. 60 años de periodismo y poder en La Nación (Planeta, 471 páginas) son dos ex colaboradores del majestuoso periodista. Hugo Caligaris y Encarnación Ezcurra han hecho los deberes con el viejo maestro. Mantuvieron con él 45 largas entrevistas; consultaron a familiares, colegas y competidores; y exploraron sus archivos personales, unas 40 carpetas.

El tono general del texto bascula entre la hagiografía pudorosa y la pregunta incómoda. Caligaris & Escurra no renunciaron a la pincelada de sensiblería, ese procedimiento tan desagradable en cualquier escrito. Y le infligen al lector dos o tres errores en relación a fechas (páginas 98 y 369), demostrando que los correctores son otra categoría laboral en franco retroceso. Pero son detalles. La obra tiene interés periodístico y valor histórico.

RECUERDOS DE PODEROSOS

Nacido en la clase media pero hombre del establishment al  fin (con casa en Punta del Este y propiedad rural como marca la tradición), Escribano va desgranando recuerdos de otros poderosos. De Frondizi le  impresionaba su frialdad; de Illia, su astucia zorruna. A Juan Domingo Perón le mandó a preguntar por qué había confiscado La Prensa y no La Nación: "Intervine La Prensa porque siempre fue un diario de la plutocracia internacional"
le respondió el "tirano prófugo" a través de Juan Daniel Paladino.

El entrevistado afirma ser un boina blanca, aunque preferiría una Unión Cívica Radical mucho más a la derecha de donde siempre ha estado ubicada (el novelista favorito de Escribano se llama Ernest Jünger, lo que demuestra dos cosas: es un buen lector y tiene talante conservador). Alfonsín le pidió que exculpe a Carlos Menem del escándalo de ventas de armas a Croacia; De la Rúa dependía de los  ansiolíticos, el whisky y los sedantes, revela. Mauricio Macri no le simpatiza; mientras que Marcos Peña es retratado como un petulante que, bajo el influjo duranbarbista, desprecia el periodismo tradicional.

El capítulo 3 está dedicado a la famosa entrevista privada que Escribano mantuvo en 2003 con Néstor Kirchner y Alberto Fernández. Fruto envenenado de la misma fue un artículo de opinión que generó, acaso, la mayor cantidad de repudios en la historia del diario fundado por Bartolomé Mitre. Es especial, porque pronosticaba que el nuevo gobierno peronista no iba durar más que un año. "No hay nada peor que escribir visceralmente", reconoce un caballero que dejó de comprarse mocasines en Guido porque los usaba el ex presidente santacruceño. 

A pesar de esto, Escribano ha mantenido una excelente relación con Julio De Vido y Aníbal Fernández (nos enteramos que el político de Quilmes es en la intimidad mucho más educado y amable). 

Al actual presidente de la Nación lo desprecia al punto de tacharlo de "pastelero'' o "muchachito de los mandados'' de los Kirchner. La venganza florentina de  Alberto Fernández ocurrió el año pasado y le pegó al periodista donde más le duele. Estupendo final del libro.

LINEA POR LINEA

Evoca Escribano con nostalgia la competencia línea por línea con La Prensa durante la edad de oro de los diarios de papel. Y reconoce que Máximo Gainza tenía razón al criticar con vehemencia la alianza promiscua entre Clarín, La Nación y el gobierno militar en Papel Prensa, ejemplo cabal de capitalismo oligopólico para debilitar la competencia y de venta del alma al diablo de un pilar republicano (la prensa libre) que debería mantenerse lo más lejos posible del Estado para cumplir con su razón de ser. Hoy la empresa fabricante de papel pierde mucho dinero y se ha convertido en una carga que La Nación no puede soportar, se lamenta el Gran Mariscal.

Tampoco le hace gracia el hecho insólito de que su diario se imprima hoy en los talleres de Clarín. En efecto, La Nación es el primer gran diario de la región que se ha desprendido de su planta gráfica y no se trataba de un simple rotativa sino de una instalación modelo. Levantar ese Behemot acerado a fines de los noventa dejó a la empresa con una deuda de 150 millones de dólares, que explotó en el default del 28 de diciembre de 2001. El propio Escribano debió pedir auxilio en Nueva York aWilliam Rhodes, banquero con ínfulas de filántropo, para que el Citibank no ejecutara la deuda.

Internet puso todo patas para arriba y aquella magnífica inversión en maquinarias de última generación concluyó en el fracaso de liquidar la planta gráfica y en la debilidad de que tu principal competidor de hoy en día conozcoa tu tapa y tus contenidos muchas horas antes de llegar a los kioscos. Insólito, ¿no?

Escribano abandonó la Secretaría General de redacción a los 69 años. Fue ascendido a Subdirector. Dice que desde 2006 no pisa la redacción de La Nación pero es obvio que nunca perdio su influencia. No le agradan algunas innovaciones que vinieron con la toma de control por parte de otra rama de la familia Mitre, los Saguier. El libro desmenuza, con espíritu crítico, la subordinación absoluta al marketing, la moda de los consultores y de los coaching (hay algunas prácticas francamente siniestras), el ingreso en tropel de los Opus Dei, la pérdida de prestigio del Suplemento Cultural, el rediseño "mamarrachesco'' de la revista dominical y la irrupción de redactores llanos cuyas creencias se encuentran en las antípodas de los valores y las ideas que el diario siempre ha defendido. Hasta el punto de que la redacción se retobó hace poco por un editorial impecable sobre la tergiversación izquierdista de la lucha contra la guerrilla en los setenta. "Si eso me hubiera pasado a mí, cuando era secretario general, habría renunciado'', asevera un viejo lobo de mar que ve espantado la falta de espíritu de cuerpo en su querida nave.

Ezcurra & Caligaris hablan al pasar de "ocaso'' y "decadencia irreversible'' de los medios de papel. Escribano apunta que el 70 por ciento de los periódicos en la Argentina se hacen con menos de veinte personas; son minipymes que sobreviven contra todos los vientos en contra. Con lucidez, entiende que una sociedad que renuncie a los diarios, lo que perderá será ``un mundo organizado por profesionales''.

El autor de este artículo cree que los diarios sobrevivirán quizás mediante algún artilugio tecnológico como los micropagos (se paga un valor ínfimo por nota leída). La lectura en papel de esa "primera versión de la Historia'' será -como siempre ha ocurrido con los libros- para los happy few. Más allá del soporte técnico, necesitarán los medios del siglo XXI de titanes como Escribano (una marca en sí mismos) que combinen erudición, enorme contracción al trabajo e identificación a pie juntillas con la línea editorial.

En todo caso, no es el diario tradicional el que entró en crisis sino la Modernidad entera. Todas sus instituticiones paradigmáticas se están licuado ante nuestros ojos azorados, como explica Zygmund Bauman en sus libros. La posmodernidad mediática es efímera, irresponsable, amateur, vocinglera y comunica, visceralmente, desde una trinchera. Definitivamente, no es mejor.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

lunes, 4 de marzo de 2019

Una casa para el señor Biswas

La vida es sólo una serie de esperanzas.

 V.S. Naipaul

Tres factores explican el progreso de la humanidad, ha enseñado Don Armando Ribas, prócer del liberalismo argentino: el respeto a la propiedad privada, la limitación del poder político y el derecho de cada ciudadano a alcanzar su propia felicidad. Veamos el primero. Es obvio que sin una casa donde volver todas las tardes, el hombre o la mujer no pueden alcanzar la plenitud del ser. El rigor del clima, el hacinamiento, la precariedad extrema, el descanso insuficiente son enemigos del desarrollo personal.

Este principio filosófico y político ha alcanzado encarnadura literaria en una de las mejores novelas del siglo XX. Aquí, venimos a recomendar, a viva voz, Una casa para el señor Biswas (Los libros del mirasol, 528 páginas, edición 1965).

Vidiadhar Surajprasad Naipaul (1932-2018) la entregó a la imprenta por primera vez en 1961, cuando aún era pobre como una rata. Nacido en la actual Trinidad y Tobago, nieto de inmigrantes venidos desde la India (su familia integraba la privilegiada casta de brahmanes), había conseguido una de las cuatro becas que el Imperio Británico ofrecía para estudiar arte en Oxford. La novela lo consagró, le abrió el camino hacia el Premio Nobel de Literatura de 2001.

Forzando el concepto podría ubicarse la obra en el boom sudamericano de los sesenta. Fulgor tropical no le falta; ambientes de fealdad y exuberancia narrativa, tampoco. Pero Inglaterra la reclama para su acervo. Un crítico de Londres escribió: "Naipaul es el heredero más talentoso de la comedia dickensiana". Antes de odiarlo por razones políticas, el poeta Derek Walcott, otro Premio Nobel caribeño, sentenció: "Sir Vidia es nuestro mejor escritor de la oración en inglés".

Ha llegado pues el momento de elogiar la trama. Se trata, en última instancia, de una magistral exploración de la alienación individual (el señor Biswas) y colectiva (los indios de la diáspora). Ingresamos en el nuevo mundo del hinduismo ortodoxo injertado en una pequeña colonia insular de la Gran Bretaña, no lejos de las costas de Venezuela. Miles de indios llegaron para para partirse la espalda en las plantaciones de caña de azúcar (los brahmanes para dirigirlas). Algunos prosperaron (en Trinidad hay petróleo y hubo una base estadounidense); los más se incorporaron en el ejército de los trabajadores pobres. Viajamos a la primera mitad del siglo XX.

Se ha establecido que el señor Biswas es el propio padre de Naipaul, evocado en versión libre. Es también uno de los personajes indelebles de la literatura universal. Una vida llena de peripecias domésticas (el libro rebosa de anécdotas, es uno de los atractivos), de la vida rural a Puerto España, la capital. Periodista de profesión, casado, cuatro hijos (el segundo, Anand vendría a ser Sir Vidia), lector de Epicteto y Marco Aurelio, como consuelo, víctima de la tiránica familia de su esposa. El señor Biswas tenía muy mala salud, al punto que murió a los 46 años, sin un penique en el bolsillo pero propietario de la casa que había soñado, aunque hipotecada y completamente defectuosa.

Naipaul narra las vicisitudes del protagonista con un procedimiento dickensiano que se menciona al pasar en la página 328: en las grotescas circunstancias de la vida del señor Biswas todo lo que lo hace sufrir es puesto en ridículo y minimizado. Eso de escoger como sujeto de amoroso escrutinio a un joven pobre que lucha por salir adelante es también un clásico de la tradición literaria británica.

EL NOMBRE DE ALEJANDRO


La indagación colectiva -como se dijo- atañe al hinduismo clásico, pero fuera de la India. Una sociedad petrificada en la lava de las injusticias y los prejuicios. Con hábitos y un sistema de castas de más de mil años pero que confía plenamente en la educación de los chicos como factor de ascenso social. Una comunidad aficionada a la tragedia, cuyas mujeres siguen asustando a sus hijos por la noche con el nombre de Alejandro. Que considera a ser barbero como una profesión inmemorialmente deshonrosa; aunque el pescador de cangrejos es el más bajo entre los bajos. Que confiere dignidad a las esposas apaleadas por sus maridos, pero cuyas familias numerosas se articulan en torno a una matriarca. De ese infierno de casas clamorosas y sobrepobladas quiso huir el señor Biswas hacia la paz de su propia vivienda. Rema en tu propia canoa, era su lema subversivo. Un verdadero trastornador de rutinas, para escarnio de su esposa Shama.

Algunas palabritas más sobre el estilo y la ideología. La obra impresiona por su fluidez y unidad. Los personajes son rotundos y las anécdotas, siempre interesantes. Hay párrafos memorables, líricos en su simplicidad. El uso de la ironía es formidable; y la gama humorística, enorme. Es decir, forma y fondo son parejos en excelencia. Todo el mundo coincide en que el cuarto libro que escribió Sir Vidia es el mejor de su repertorio.

El contexto es una plácida ocupación colonial, bajo el sol ardiente y la lluvia intensa, que se va deshilachando, sin violencias. Pasa la Segunda Guerra Mundial, pero en puntitas de pie. El pueblo colonizado no es simpático, ni siquiera agradable. Esta es una de las razones por las que la izquierda odiaba a Naipaul. Edward Said lo llamó "proveedor de estereotipos".

Si aceptamos que Anand es Sir Vidia, así explica el novelista su propio temperamento misántropo, que tantos enemigos le había granjeado: 

"...Su sentido de la sátira lo mantenía alejado. Al principio esto sólo fue una postura, una imitación de su padre. Pero la sátira condujo al desprecio... y el desprecio rápido, profundo, incluyente, se convirtió en parte de su naturaleza. Todo ello provocó insuficiencias, una aguda conciencia de sí mismo y una perdurable soledad. Pero lo tornó inexpugnable".

La edición que aquí comentamos fue traducida por Floreal Mazía. Realmente, esta suerte de sabio de Villa Crespo hizo un trabajo magnífico. Trate de conseguirla.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente


domingo, 29 de abril de 2018

Entrevista con la historia

¿Se ha visto alguna vez un rostro tan triste como el del rey Hussein de Jordania?”Oriana Fallaci 

Doy fe de que el periodismo ha gestado alguna de las mejores páginas de la Alta Literatura. Después de haber leído las columnas de Chesterton, los sueltos de Borges y Fogwill, los reportajes (en el sentido español) de Orwell y los artículos de Steiner he llegado a tal conclusión. Al fin y al cabo -y no me canso de decirlo- no existen los géneros o subgéneros menores; existen buenos o mediocres escritores. Punto. 

Añádase a la colección de gemas del periodismo las radiografías que la señora Oriana Fallaci (Florencia 1929-1986) reunió en Entrevista con la historia, entregado a la imprenta en 1974 y reimpreso luego en decenas de oportunidades (una edición corregida y aumentada de 615 páginas, la de Noguer, es la que llegó a mis manos). Aún hoy es un placer enorme leerlo por varias razones, una de las cuales es que contiene algunos de los mejores retratos de estadistas que se han compuesto desde la invención de la tinta y el papel. 

Cada retrato antecede a una entrevista (veintiséis en total) que Oriana realizó entre 1969 y 1976 a personajes de primera línea de la escena mundial para el periódico L‘Europeo. “Veintiséis monstruos sagrados de espaldas a la pared”, como apuntó el crítico Michele Prisco. 

El valor histórico de cada capítulo es excepcional. Y en conjunto conforman una agudísima reflexión sobre los mecanismos de poder. Pero la erótica literaria se encuentra en los detalles que van apareciendo. Se detiene en los ojos del general Giap, por ejemplo, “los ojos más inteligentes que quizás haya visto jamás”… (los de Yasser Arafat, por cierto, eran hipnóticos cuando no estaban ocultos tras las gafas negras; los de Giulio Andreotti despedían un relámpago de hielo que la dejaba aterrada de sólo recordarlo). Y en la voz monótona, triste, siempre igual de Henry Kissinger que extrañamente no movió la aguja del magnetófono durante toda la entrevista: 


 “¿Conocen el rumor obsesivo, martilleante, de la lluvia que cae sobre el tejado. Pues su voz es así. (…) Todo está calculado en él; como el vuelo de un avión conducido por un piloto automático. Pesa cada frase hasta el miligramo”…

QUE MUJERES


De la atenta lectura del volumen surge que si hay algo que cautivaba al espíritu libre de Oriana son las mujeres poderosas, las que han logrado doblegar al imperio universal del macho. Golda Meir e Indira Gandhi, en particular, recibieron pues un tratamiento favorable a más no poder. La propia periodista, incluso, admite su descarada falta de objetividad: 


“En una época avara en que los líderes que tienen en sus manos el destino del mundo, salvo dos o tres casos, parecen los apóstoles de lo gris y lo mediocre, Indira se destaca como un caballo de raza…” 

Dos datos curiosos. La entrevista con la estadista israelí debió repetirse, porque en Roma le rapiñaron las cintas de su hotel cuando había salido a comprar un bocadillo. Fallaci culpó a Kadafi por el robo. Después del encuentro en Nueva Delhi, por otra parte, el presidente de Pakistán, Ali Bhutto, la invitó de inmediato a Rapalwindi para darle su propia versión de los dramas del subcontinente. El sueño de todo periodista: que sean las propias personalidades del poder las que te busquen para hablar a corazón abierto.     

Decía Chesterton que uno de los juegos favoritos de la humanidad es burlarse de los profetas. Hay un agrado adicional en el volumen: descubrir los pronósticos fallidos. Willy Brandt vaticinaba que la reunificación alemana no se produciría antes de setenta años. El sha de Irán estaba convencido de que su monarquía duraría mucho más tiempo que la democracia occidental. El comunista Santiago Carrillo aseguraba que una huelga general tumbaría al decrépito Franco. ¡Qué iluso! Yo no veo solución alguna al sudesarrollo en el capitalismo, sentenciaba Don Helder Cámara, otra necedad.

La Falaci de este volumen, hay que aclararlo, no tiene la lucidez ideológica de sus obras tardías. La riña exasperada y exasperante con William Colby, ex mandamás de la CIA, delata su ceguera ante el fenómeno del comunismo europeo, títere de la Unión Soviética, a pesar de los esfuerzos por mostrarse independiente. “Debajo de los discursos tácticos, se esconde una declaración estratégica”, le advertía el caballero estadounidense, con razón. Con un toque siniestro y palabras de Jefferson, Colby justificaba en 1976 el asesinato de Salvador Allende: “El árbol de la libertad ha de ser regado cada veinte años con sangre de tiranos”. Amparaba a Pinochet, porque claro, nada podía ser peor que una dictadura comunista, de la que nunca se había vuelto (¡otra predicción equivocada!). El rencor de Oriana, no obstante, no se explica sólo por simpatías izquierdistas. La periodista sospechaba que la inteligencia americana estaba vinculada con la sospechosa muerte de su amado, el dirigente griego Alejandro Panagulis, a quien también había entrevistado años antes.

Corran a comprar el libro, nuevo o usado. Es fascinante.
Guillermo Belcore


Calificación: Excelente


domingo, 12 de enero de 2014

Figuraciones mías

Fernando Savater

Ariel. Recopilación de artículos periódicos, 143 páginas


Tiene una obsesión la industria cultural. Convertir lo que ha nacido para ser breve y fugaz en libro, que, por definición y naturaleza, tiende a ser un objeto perdurable. Por eso, el noventa y cinco por ciento -y puede que nos quedemos cortos- de las recopilaciones de artículos periodísticos es deleznable. Por fortuna, en el fragmento restante se encuentra este volumen que atesora reflexiones de Fernando Savater, uno de los pensadores más lúcidos, astutos e estimulantes. 

¿Qué hace que esta obra sea digna de ser leída?, se preguntará usted. Obvie unos poquísimos calditos de pollo, las histéricas diatribas contra la piratería cultural y las fotografías de Savater (quemadas o ridículas) y se encontrará con una formidable herramienta pedagógica para enriquecer su perspectiva. La ética de una ciudadanía caopolita que propone el español refresca y sacia como un vaso de agua helada en el verano porteño. La patria de un hombre razonable, se dice, es el mundo. 

Con modestia y responsabilidad (virtudes primordiales del articulista), Savater brilla también como maestro de lecturas. Traza un itinerario. El alemán Odo Marquard es su filósofo favorito. Invita a seguir a Cioran, Diderot, Pío Baroja y Virginia Woolf. Bradbury y Gidé son otros dos mojones en una vasta formación que no desdeña el género fantástico, pues “que sería de nosotros sin el auxilio de lo que no existe”, como decía Valery. Por cierto, el filósofo es -como Steiner- otro virtuoso de la cita. 

El libro incluye textos esclarecedores acerca de la educación, el trato con los jóvenes y la memoria colectiva, ese combustible tan peligroso que manipulan los nac & pop de todo el planeta. Justísima es la definición savateriana de libertad: 

“Facultad social del ciudadano para hacer lo que le parezca más conveniente por las razones subjetivas que sean: interés, placer, devoción, vanidad, etc. Naturalmente la sociedad tiene el derecho y el deber de poner límites a esa libertad cuando su ejercicio comporta daños o peligros objetivos para otros (inseguridad, lesiones, difamación, destrucción de bienes, expolio laboral, etc”). 

 Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

martes, 7 de enero de 2014

El oficio del editor

“El libro es la fuente que alimenta tu sensibilidad, hace que descubras a ti mismo y que descubras mundos”.
J. Salinas

Por Guillermo Belcore

Había una época en que el editor tenía básicamente una motivación más desinteresada, mezcla de responsabilidad social, cultural y política. Se preocupaba, claro está, de no perder dinero pero no pensaba tanto en amasar fortunas vendiendo libros. Mostraba el coraje suficiente para publicar obras que uno sabe que van a vender poco. Eso se terminó, según la palabra autorizada de un paladín del oficio. Ahora la edición es una empresa como cualquier otra. El factor dominante es el económico.

Es obvio que la prioridad de lo comercial sobre lo cultural tiene consecuencias. Condiciona, en primer lugar, el tipo de escritura. Cunde una especie de mediocridad vendible, un tono monocorde de la literatura en general. Es muy probable que hoy Joyce y Proust se vieran en figurillas para encontrar editores (bueno, en todo caso necesitarían un agente literario muy insistente). “Un libro que tiene un gran valor artístico y no se presta a la mercadotecnia puede pasar absolutamente inadvertido”, sentencia el gran editor Jaime Salinas (1925-2011).

Lo dijo en 1996, pero la sentencia pudo haberse escuchado esta semana y quién se animaría a refutarla. Forma parte de una fascinante conversación que el hijo del poeta Pedro Salinas mantuvo con el periodista Juan Cruz y que Alfaguara, “para empezar a festejar” sus cincuenta años ha decidido publicar ahora. Por primera vez. Es que el objeto libro tiene una historia que contar. ¡Se había extraviado el original! El oficio de editor se titula, pues, un volumen que apela al sobrio diseño morado y gris que imaginó hace décadas Enric Satué para una fructífera colección.

El libro ubica a Jaime Salinas, el de la limpísima calva y nariz un poco ganchuda, a una altura apenas inferior a Antoine Gallimard. Un editor comparable a Jorge Herralde o Beatriz de Moura. Un maestro de editores, incluso. “Uno de esos hombres que se dan poco en España y si se dan son malgastados”, explica Javier Marías en la semblanza que cierra la obra. Además de su labor fundamental junto a Carlos Barral, Salinas estuvo al frente de la primera colección de bolsillo influyente de España, la de Alianza. Luego saltó a Alfaguara. La elevó a los primeros planos y la puso al borde de la quiebra (Salinas perdió todo su dinero), hasta que fue comprada por el Grupo Santillana. Con Felipe González en la Moncloa fue Director General de Bibliotecas. Amigo de Juan Benet y Juan García Hortelano, conoció a casi todos los grandes escritores del siglo. Su pareja por cincuenta años, Gudbergur Bergsson (quien autorizó finalmente la publicación de este volumen) fue quien organizó el ansiado viaje de Jorge Luis Borges a Islandia.

Noble oficio


La entrevista -no podía ser de otra forma- fue magníficamente editada. Juan Cruz sabe preguntar, hay que reconocerlo. En la primera parte (la más interesante), Salinas habla de su noble oficio y detalla una transformación histórica: “Desde el momento en que debe ser algo para las masas, la cultura cambia, no digo que degenere, pero cambia“, sostiene. El editor unipersonal se ha convertido en un ejecutivo de gran, mediana o pequeña empresa. Gobierna la diosa Fortuna. Se pretende ganar dinero con TODOS los libros que se publican. “El escritor ya no tiene nada que ver con los que yo conocí en mi tierna infancia, los amigos de mi padre, ni los que fui conociendo después como editor. Uno de los temas de conversación favoritos del escritor de hoy es hablar de sus computadoras, de sus tiradas, de cuántos ejemplares ha vendido, de si esta o no en la lista de los más vendidos, de si ha sido traducido y a cuántas lenguas. Antes hablaban de tonterías o de política o de mujeres o de hombres o de literatura”, evoca.

El enfoque mercantilista y financiero en las editoriales y el rebajamiento del libro a producto de consumo y como tal a producto de moda, trae -según Salinas- consecuencias catastróficas (palabra tremenda que usa con demasiada ligereza). Como se dijo al comienzo de esta nota, el estatus quo cultural, una suerte de censura indirecta, podría estar bloqueando la irrupción del genio y la experimentación. ¿En verdad, los lectores de raza no estamos perdiendo a los Faulkner o los Musil del siglo XXI? ¿Con las novelas ocurre lo mismo que con el rock, lo nuevo es de segunda categoría, sólo siguen brillando los nombres consagrados? Si uno mira hoy la paupérrima producción literaria argentina, no cabe sino darle la razón a Salinas. Se publica demasiado pronto, hay una altísima cantidad de libros a los que, claramente, les falta horas de horno (y esfuerzo). Apelando a la famosa humorada de Aira (o de Lamborghini), los escritores de la Patria prefieren primero publicar para después dedicarse a escribir.

Por fortuna, podría respondérsele a Salinas en 2013, los Estados vienen trabajando activamente para promocionar su producción literaria (con fines de propaganda nacional), financiando traducciones, becando a escritores, creando mercado para libros difíciles. Y está también el fenómeno de las pequeñas editoriales boutique (el caso argentino es paradigmático) que satisfacen a esa minoría civilizada que es la que siempre ha impulsado el progreso artístico. Pero la mecánica de la cultura dominante sigue siendo la misma que denunciaba el sagaz maestro de editores.


La crítica


De ahí que uno pueda colegir que el papel formativo y orientativo de la crítica literaria resulta hoy más indispensable que nunca. “Si se postula como política, la crítica tiene como función esencial defender el arte verdadero frente a la industria cultural”, postulaba hace unos años el escritor cordobés Roberto Giaccaglia en su notable Crítica creación. A Salinas lo asustaba “el tono triunfalista de la crítica literaria actual”. El amiguismo y la cobardía han sofocado el “análisis de estilos, de influencias y referencias“. Nadie quiere hacerse enemigos.

“La crítica honesta suele ser terriblemente cruel y puede acabar con un libro con una frase“, decía Salinas. “No obstante, es prácticamente imposible leer hoy en un diario una crítica negativa. Hay muy pocos críticos que tengan el valor de escribir una crítica demoledora; si no les gusta el libro se limitan a contar el argumento“. Esto no hace sino que reforzar un estado de las cosas que se caracteriza por la endogamia, la cultura convertida en espectáculo, y la sumisión de los autores a moldes preestablecidos para hacer la manufactura vendible, como por ejemplo ‘conviene que un libro tenga tal número de páginas en función de equis pliegos‘. “Existe aquí sólo la alegría del dinero“, se quejaba el maestro Salinas con toda la lucidez que sólo puede proporcionar el pesimismo.

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Sostiene Pereira

Antonio Tabucchi

Anagrama. Novela, 182 páginas. Edición 1995

Sostiene este blog que refugiarse en un clásico mientras afuera diluvia mediocridad es la decisión más inteligente. Hasta que el adocenamiento escampe, tenemos los libros usados, las reimpresiones, aquellas novelas que se han ganado un lugar irremplazable en los nobles anaqueles ubicados en el fondo de las librerías comerciales. Sostiene Pereyra es una de esas joyas talismánicas que contrastan con (y nos protegen de) la vulgaridad circundante.

Sostiene Mario Vargas Llosa que Antonio Tabucchi (1943-2012) escribió una “perfecta fábula de la libertad y una de las pocas novelas morales laicas del siglo XX que perdurarán”. Es verdad, el contenido es trascendente, pero la forma no le va a la zaga. La belleza de la prosa (límpida y austera como agua de manantial), la erudición clásica, los recursos retóricos, la acertada composición de los personajes (todos de carne y hueso), la sucesión de intensas escenas dramáticas redondean una obra que nada cuesta definir como perfecta, si la perfección en lugar de un ideal fuese un objetivo al alcance de la mano. En todo caso, se trata de una novela imposible de olvidar, de aquellas que piden a gritos relectura. Y consagratoria para el autor, para el querido profesor de Siena, acaso el italiano que mejor conocía al poeta Pessoa.

Sostiene el gran crítico español Ignacio Echeverría que si el libro habla de política, la crítica debe, indefectiblemente, hablar de política. Recojo el guante; creo haber dejado sentado ya la excelencia estética de la obra (a mí, como ustedes saben, me interesa casi siempre hablar de eficacia estética, cuestión de gustos). La novela nos lleva al Portugal de 1938, gobernado por una brutal dictadura derechista, aliada de Franco y simpatizante de Mussolini y la Alemania nazi. Lisboa apesta a muerte; toda Europa, en rigor, despide ese hedor nauseabundo. Nuestro héroe es el señor Pereira. Obeso, gris, entrado en años, sufre del corazón. Vive solo; le habla al retrato de su esposa muerta. Trabaja como editor de la página de cultura de un diario amigo del Estado corporativista; nunca se metió en política, traduce cuentos franceses del siglo XIX. Contrata a un chico para que haga necrológicas anticipadas, pero son impublicables por el sesgo izquierdista. El muchacho es un disidente, un “pobre romántico sin futuro”, y va convirtiéndose en el hijo que el señor Pereira nunca tuvo. Ante la maldad pura y dura, con el ropaje del terrorismo de Estado, el amable y dulce periodista se ve obligado a comprometerse. Una elección machaza.

Sostenía Sartre que hay un hecho relevante en nuestra vida, uno solo, que nos salva o nos condena. Ante el abismo demostramos de qué madera, en realidad, estamos fabricados. Obramos en condición de libertad, acaso por única vez en lo que nos toca de existencia. Bueno, el señor Pereira enfrenta a la tiranía salazarista con la frente bien alta y los principios firmes. Sostiene la novela de Tabucchi una probabilidad herética (desde el punto de vista del cristianismo) y convincente: hay en nuestro interior una confederación de almas, somos legión de personalidades. Un yo hegemónico las gobierna, pero no siempre es el mismo. Es nuestra obligación ir mutando el yo, conforme a las exigencias de la ética. Interesante. Pero me gustaría plantear una objeción a la moral de los principios.

Sostengo que el amigo o la amiga que aún no haya conocido a esta obra maestra, es mejor que se levante ahora y se vaya. Voy a revelar el desenlace, mejor dicho voy a plantear un final alternativo. Se nos dice que, mediante un ardid, Pereira logra burlar la férrea censura del régimen: publica en el diario donde trabaja la crónica indignada del homicidio de su protegido Monteiro Rossi. Y parte para el exilio. Ha realizado su Gran Acto y todos nos sentimos reconfortados por su coraje cívico. Cumplió con su obligación. El periodista tiene el deber de buscar y divulgar la verdad. Noticia ( es la mejor definición que conozco) consiste en todo aquello que el poder prefiere que se ignore.

Pero Tabucchi pudo haber alargado la resolución de la novela. Pudo haber narrado las consecuencias en Lisboa de la intrepidez del señor Pereira. Furioso, el régimen malvado de Antonio de Oliveira Salazar dispone el cierre del diario. Cien familias se hunden en la indigencia. No es tan grave, dirán algunos, un medio colaboracionista no merece sino fenecer. Está bien. Avancemos un paso más. La policía secreta secuestra al jefe de taller que permitió la publicación del volcánico artículo (engañado por Pereira). Después de torturarlo con saña durante días, el pobre hombre delata a gente vagamente izquierdista que conoce o escucho nombrar. El Gran Acto en Libertad del Periodista que se refugió en Francia se salda con cinco muertos. ¿Obró bien, al fin y al cabo? ¿La resistencia a la opresión política es un deber supremo? Juro que no lo sé, pero me siento tentado de reivindicar lo que Weber llamaba la moral de la responsabilidad. “La historia es una bestia que no se puede domesticar“, sentencia esta novela extraordinaria.

Entre otras maldades, el 2012 se nos ha llevado a Antonio Tabucchi. Nos ha dejado un legado inagotable.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: La relectura y el comentario de ciertos clásicos ha sido uno de los objetivos que, felizmente, he podido cumplir en 2012. Ultima reseña del año. Que las diosas Dicha y Prosperidad besen los labios de los amigos y amigas de este blog. Que 2013 nos traiga a todos gozosas novelas y sublimes cuentos y poesías.

sábado, 13 de agosto de 2011

Retratos y encuentros

Gay Talese
Alfaguara, Artículos periodísticos, 302 páginas. Edición 2011.

¿Qué es literatura? ¿Sólo lo que encierran las páginas de un libro? No, claro que no. Las bellas letras pueden florecer en cualquier formato: un periódico, una revista, unas hojitas mimeografiadas e, incluso, hoy en día en un blog con prisas. Este volumen ofrece una definición tan buena como cualquier otra: "literatura es el lenguaje dotado de cualidades perdurables". Literatura de primera calidad es entonces lo que ha elaborado el periodista Gay Talese (Ocean City, 1932) en The New York Times, The New Yorker o Esquire.

Talese demuestra aquí que es una de las mejores plumas del Estados Unidos contemporáneo. Tiene sensibilidad, elegancia, belleza, encanto e inteligencia. Usa recursos estilísticos que solemos asociar a los dramaturgos y a los escritores de ficción. Como los grandes pintores, convierte el retrato en un arte exquisito. Hay riqueza de vocabulario y pinceladas de humor fino. A diferencia de los escritorzuelos argentinos, Talese no muestra la desagradable propensión a glorificar lo infame o lo delincuencial. Más aun, mucho de sus textos nos llevan a la conclusión de que la vida es, al fin y al cabo, algo hermoso.

En cuanto al contenido, ‘Nueva York, ciudad de cosas inesperadas’ es la demostración cabal de que incluso de los gatos callejeros (¿sabía usted que hay tres clases de mininos?) o de los maniquíes de la Quinta Avenida pueden decirse cosas memorables. El volumen incluye semblanzas extraordinarias de triunfadores como Frank Sinatra (“un macho completamente emancipado, acaso el único de América“) o de perdedores como el púgil Floy Patterson, porque “es en la derrota donde el hombre se revela”. La descripción de Joe DiMaggio nos revela a los porteños qué es en realidad “un héroe del béisbol”. Pueden ser asimilados como cuentos hechos y derechos el encuentro en La Habana entre Muhamad Alí y Fidel Castro (a quien pinta como es, una mezcla de matón y payaso) y el desesperado intento de un sastre de Calabria para engañar a un mafioso. El lector disfrutará también la vivisección de dos publicaciones extraordinarias en lo suyo: Paris Review y Vogue, donde trabajan cada mañana, en los días hábiles, “una serie de mujeres relamidas y a prueba de arrugas, que se tratan de ’querida’ y ’encanto’ y son capaces de hablar en letra cursiva y maldecir en francés”. ¿Quién hubiera dicho que el hombrecito gris que escribe los obituarios en el NY Times fuese tan interesante.

Se considera al señor Talese como un campeón del llamado Nuevo Periodismo. Puede que también sea secretamente un precursor de esa rama de la historiografía francesa que pone el acento en las historias privadas. El prefiere definirse como “un escritor de no ficción que practica la literatura de la realidad”.

Guillermo Belcore
Una versión abreviada se publicó en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente

PD: Me gustó mucho la vibrante réplica que Talese hace en ’Paseando a mi cigarro’ al neopuritarismo estadounidense. Cierra con esta magnífica cita de Joyce Carol Oates: “Cuando América no está librando una guerra, el deseo puritano de castigar al prójimo tiene que desfogarse en casa"

sábado, 3 de abril de 2010

En esta gran época

Karl Kraus
Libros del Zorzal. Ensayo de historia y arte, 122 páginas. Edición 2010. Precio aproximado: $ 40.

La sensibilidad moderna es, gran medida, producto del talento centroeuropeo y judío. El diagnóstico, impecable, pertenece a George Steiner. Y en esa constelación aúrea que incluye a Freud, Kafka, Schönberg y Wittgenstein, hay un cometa errabundo y volcánico no tan conocido por el público profano, a quien Elias Canetti, entre tantos, rindió homenaje como "máximo escritor satírico de expresión alemana". Su nombre fue Karl Kraus (1874-1936), quintaesencia y azote de la Viena imperial. Acaba de llegar a la Argentina.

Este blog se complace en informar que un pequeño sello nacional ha recopilado textos de La antorcha (Die Fackel), el periódico de Kraus, un genio triturador, una fuerza pura de pensamiento. El prólogo y la traducción -excelente ambos- son obra de Marcelo Burello. Ha logrado sortear con elegancia el obstáculo del localismo, es decir el texto mantiene su fulgor estético, torrencial y verboso. El eje temático es "de cómo la prensa liberal engendra una guerra mundial", en referencia la Gran Guerra (1914-1918), "ese sanguinario delirio por el que las naciones se persiguieron a cambio de nada". El texto nos obliga a meditar sobre qué cosa es en realidad la prensa, en su carácter de promotor de la opinión pública. "No es un servidor -bramaba Kraus, en su carácter de periodista antiperiodístico-. Es el acontecimiento mismo. El instrumento se nos ha ido nuevamente de las manos".

Si el qué del libro es atractivo, el cómo resulta fascinante. Kraus fue el condestable de la paradoja, la ironía, la diatriba y el aforismo. "Para mí hay guerra cuando se envía sólo a los que no sirven", sentenció por ejemplo. Dominaba también la máxima premonitoria: "El progreso hace monederos de piel humana", avisaba desesperado, mucho antes de que el diabólico Auschwitz se perfilara en el horizonte.
Guillermo Belcore
Este comentario, con ligeras variaciones, se publica en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa el domingo 4 de abril.

Calificación: Bueno
PD: He estado pensando: ¿dónde están hoy los Karl Kraus de la Argentina? Es decir, dónde hay una voz ferozmente independiente, cuya escritura combina ambición literaria con denuncia de la podredumbre y la banalidad de los medios y de los pseudointelectuales. No están en los canales tradicionales, obviamente. Lo más parecido lo he encontrado en Internet. El fantasma es una aproximación bastante cercana a Die fackel. Tengo a Omar Genovese como un maestro del epigrama; no transige un ápice y tiene la mordida del tiburón, siempre llega al hueso. ¿Alguien conoce otra aproximación?

PD II: Libros del Zorzal es uno de mis sellos favoritos. Esa apuesta por las joyas del pasado, presentadas en un elegante envoltorio blanco, merece encendidos elogios.

sábado, 7 de junio de 2008

Cortos

Alberto Fuguet­
Alfaguara. Cuentos, 319 páginas. Edición 2006­.

­En la nueva narrativa latinoamericana, brilla una estrella chilena. Alberto Fuguet es el alquimista que transmuta en literatura el kitch, la cultura pop, el esquematismo ideológico, el melodrama, la frivolidad y las técnicas provenientes de otras expresiones artísticas, en especial del cine. El cóctel es delicioso. Cortos incluye ocho relatos que se entrelazan con elegancia. Las páginas bullen con personalidades fallidas, perdedores en potencia o en acto, sobrevivientes buscando un lugar en el mundo con recuerdos que arden. Hay jóvenes que fracasan en ingresar a la universidad, funcionarios del FMI corroídos por la soledad, víctimas de sus padres, estafadores estafados que se lanzan a la carretera. Tolstoi tenía razón, sólo nos atrapan los infelices.
Debe elogiarse el propósito de Fuguet de fusionar cine, literatura y periodismo. No se trata sólo de una depurada capacidad para recrear escenas visuales, sino que se amalgama el cuento tradicional con el guión basado en diálogos y con el reportaje. Hay una road movie, tomas y escenas, flash backs. No es casualidad que el libro viera la luz en 2004, poco antes de que el autor presentara Se arrienda su primer largometraje.
Más allá de la vía experimental que incluye íconos y distintas tipografías, el libro seduce por sus virtudes clásicas: está muy bien escrito y las historias son entretenidas. Empero, el estilo merece dos reparos. La profusión de menudo color local delata que el autor, que en su momento abominó del realismo mágico, se empeña en cautivar a los extranjeros. En segundo lugar, hay cierta propensión a amonedar aforismos, esa sabiduría de pacotilla. Pero al fin de cuentas se trata de dos ripios que no estropean el valor de la obra.­

Guillermo Belcore­

­CALIFICACION: Bueno

PD: Alberto Fuguet tiene un blog muy bueno:

http://www.albertofuguet.blogspot.com
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viernes, 18 de abril de 2008

La verdad de Agamenón

Javier Cercas­

Tusquets. Colección de artículos, 297 páginas­

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Si hay una especie narrativa que la industria editorial mima con esmero es el articulismo. Cada dos por tres se inflige a los lectores una recopilación de crónicas, opiniones y fragmentos en general que algún plumífero de renombre ha publicado en un diario, sin mucho orden y, en el mejor de los casos, con una pizca de coherencia. Lo que nació para ser efímero sueña perpetuarse, de este modo, en formato de libro. Puede que siempre se encuentre algo de provecho o agrado en el cajón de sastre. Pero, como evidencia este volumen, al escritor de fuste conviene buscarlo en sus novelas, dramas o poemarios.­

Javier Cercas (Ibahernando, 1962) rescató del olvido textos que honraron El País de Madrid y otras publicaciones de España desde 1998 a la fecha. A modo de epílogo, agrega un cuento que en 2002 había intentado actualizar el tema del doble, pero que fastidia por la insistencia del autor en hacerse el chistoso y por pretender que creamos que los escritores son unos pobres tipos que merecen compasión.­

Más allá, como se dijo, de su torpeza como humorista, la prosa de Cercas tiene la virtud de equilibrar lo denso y temperamental con lo razonado. Se percibe el intento de emular a Fernando Savater, aunque sólo llega a igualarlo como glosador de pensamientos ajenos. Varios artículos delatan también que el extremeño arde, intelectualmente hablando, por ajustar cuentas con el franquismo. Por lo general, las ideas políticas que vierte aquí no van más allá del tópico, aunque sus argumentos en pos de revisar el pasado entusiasmarían a Kirchner.­

Acaso, lo mejor del libro sean las críticas de arte. Cercas no sólo halaga a sus amigos sino que también homenajea a Borges, Bioy Casares, Roberto Bolaño, la dignidad de la novela y el pintor Ronald. B. Kitaj.­

Guillermo Belcore

Publicado en el suplemento cultural del diario La Prensa.
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­CALIFICACION: Regular

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sábado, 22 de marzo de 2008

El club K. de la obra pública

Pablo Abiad
Planeta. Ensayo de 332 páginas. Edición 2007. Precio aproximado: 45 pesos­
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La lectura de este libro suscita dudas angustiosas. ¿Puede la República sobrevivir con niveles asombrosos de corrupción? ¿Alcanzará el desarrollo aun cuando sus autoridades subordinan la ley, las instituciones y la decencia a las necesidades políticas? La Argentina ha vuelto a las andadas, so pretexto de que la emergencia habilita excepciones.­
Pablo Abiad (1972 Buenos Aires) legó un valioso documento a los historiadores. Presenta evidencias de que en la reciente ampliación de dos gasoductos -una obra indispensable para que no desfallezca el crecimiento- se pagaron sobreprecios muy por encima del famoso e infame diego, que “las constructoras abonan habitualmente sin sonrojarse”. Asegura que el famoso caso Skanska le causó al Estado perjuicios por 276 millones de pesos. ¿Dónde fue esa fortuna? Retornos para funcionarios, fondos para financiar la política, beneficios extras de los contratistas o un poco para cada bolsillo, conjetura.­
El autor, periodista del diario Clarín, afirma que hay notables parecidos entre los procedimientos del menemato y la actual administración. Condena a Julio De Vido, pero absuelve a Alberto Fernández, si se exceptúan ciertas fechorías políticas. Denuncia a la Patria Contratista, la floreciente industria de las facturas truchas, las canonjías del Roña Castro. Reproduce anécdotas picantes (los relojes y las rubias de Claudio Uberti, los complejos de Fulvio Madaro, las carteras de la Presidenta). No se priva, empero, del error. En la página cincuenta y uno, se atribuye a Enrique Eskenazi la propiedad del Banco Galicia.­
No obstante, Abiad tiene oficio. La investigación periodística cumple con creces su función testimonial. Circulan algunas hipótesis interesantes, pero nada más. Es sintomático que las ideas de Keynes le interesen tanto como su bigotito.­

Guillermo Belcore­
Publicado en el diario La Prensa­

Calificación: regular­

jueves, 7 de febrero de 2008

Buenos Aires, otoño de 1982

Por Andrew Graham-Yooll­
Editorial Marea. Crónicas, 246 páginas. Publicado en 2007

Varias razones permiten recomendar este libro breve y luminoso. Quien conozca al autor habrá intuido que se trata de un valioso testimonio histórico. El estilo es ameno, claro y riguroso. La sobriedad no rebaja el compromiso: se retratan la estupidez e inmoralidad de los gobernantes, y también de la prensa amarilla. Hay una exquisita pero despiadada vivisección del alma argentina. Queda confirmado, pues, que cuando lo ejercen hombres de vasta cultura el periodismo es capaz de engendrar piezas con valor literario.
Andrew Graham-Yooll (Buenos Aires, 1944) recopiló y tradujo sus crónicas en inglés sobre la guerra de Malvinas en 1982. Tuvo la suerte de ser contratado como corresponsal por The Guardian, prestigioso diario de Manchester con tradición liberal, en el sentido anglosajón del término. Le sumó artículos que aparecieron en revistas literarias o de opinión.
Para gozo de los lectores, el volumen incluye un desayuno con Jorge Luis Borges, el 11 de junio de 1982. ¡Qué lucidez impresionante la del maestro! En la guerra -se lamentaba- los periódicos se vuelven más locos que la gente. Los argentinos somos europeos desarraigados y de baja casta. Pensamos a la América del Sur como en algo que es extraño a nosotros, razonaba el mejor de nuestros escritores.
Acaso como espejo, se narra una cena con el general Mario Benjamín Menéndez. La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no conoce, ha escrito también Borges. Indignante es el relato del clamor popular que exigía una guerra por las islas. Puede entenderse que veinticinco años atrás había en la Patria una necesidad muy fuerte de celebrar algo. Pero, más allá del odio del jactancioso o del adoctrinamiento hueco, ¿qué se puede decir de una sociedad donde guerras y partidos de fútbol se viven de la misma forma?­


Guillermo Belcore­

CALIFICACIÓN: Bueno

PD: Excelente la presentación del libro.

martes, 5 de febrero de 2008

El año que viví en peligro

Marcelo Figueras­
Editorial Alfaguara. Ensayo (?) de 276 páginas, publicado en 2007.­ Precio aproximado: 40 pesos.
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El título promete sabrosas aventuras. ¿Acaso el autor visitó Irak o Somalia? ¿Investigó las fauces del narcotráfico? Nada de eso. Fue contratado para escribir un texto por día para un blog de México que procura convertirse en el nexo entre la Galaxia Gutenberg y la Galaxia Google. A esto llaman hoy peligro.­
Marcelo Figueras es uno de los mejores críticos de cine de la Argentina. También es un guionista muy exitoso y publicó cuatro novelas, ninguna -hasta donde sabemos- le ha asegurado inmortalidad. Se supone que la fatigosa obligación de escribir todos los días algo interesante e ingenioso explica que vaya de la genialidad a la facilonería o el engreimiento moral con harta frecuencia. Todos tenemos días malos.­
La recopilación se rige por una regla de acero. Cuando el narrador despliega su vasta erudición o cuando reflexiona sobre una película, un libro o un tema musical se torna muy interesante. Cuando se distrae hablando de sí mismo confirma que el blog es en su abrumadora mayoría un impúdico ejercicio de vanidad. Si un virus informático incendiara esa maleza que sofoca Internet la humanidad no sería mucho más pobre. Somos espectáculo o espectadores en la era de la cultura de masas, pero francamente a quién le interesa que Figueras haya comenzado a coquetear este año con los principios del zen. Resulta revelador, por lo demás, que sentencie que “ser escritor implica por definición estar enfrentado al Discurso Unico”.­
Alguna vez habrá que redefinir el concepto de libro. El vocablo, creemos, designa la intención de un yo artístico por crear algo memorable. El mero rejunte de textos que, a lo sumo, aspiran a ser publicados en una revista no debería ser llamado así. Algún ocurrente inventará el neologismo.­


Guillermo Belcore

CALIFICACION: Regular­