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viernes, 21 de agosto de 2026

Variaciones Turner

 


Desde los textos fundadores de la primera mitad del siglo XIX, el conflicto principal de la literatura argentina se ha dado entre un nacionalismo excesivo de tipo reactivo y el deslumbramiento -secreto o confesado- por el arte europeo. La descripción, impecable, es de Juan José Saer.

Advierte también el magnífico novelista que esa adhesión a todo lo que proviene de Europa ha sido, felizmente, de naturaleza crítica. Así de peleones somos los argentinos.

Añade, en tercer lugar, que los criollos han demostrado que podemos manejar todos los temas universales sin sus supersticiones, “con una irreverencia que ha tenido consecuencias afortunadas”.

En la trinchera de la intelligentsia europeizante debe ubicarse una novela que el polígrafo Danilo Albero (Mendoza, 1947) compuso hace más de una década.

Variaciones Turner (Editorial Bajo la Luna, 290 páginas, edición 2013) es una de esas joyas poco conocidas de una literatura argentina cuyos mecanismos de promoción, por desgracia para el buen lector, dependen del esnobismo de la academia, los intereses comerciales, el amiguismo de la tribu y la ignorancia diarística. Tenemos aquí un caso similar al de Las Varonesas, de Carlos Catania, o Pretérito perfecto, de Hugo Foguet. Son tres ejemplos de Alta Literatura criolla que urge rescatar.


NOVELA HÍBRIDA


Se trata, pues, de una novela híbrida, posmoderna en su insistencia estética en combinar materiales de diferentes procedencias. Albero ha edificado una catedral de palabras para reflexionar sobre el siglo XIX, una modernidad en que “las líneas maestras eran espléndidas y los detalles sórdidos”. El libro es un alarde de filología, erudición, espíritu curioso y amor al arte.

La trama gira en torno a dos hitos de Gran Bretaña en el cénit de la era imperial. Primero, una obra de Joseph Mallord William Turner, firmada en 1838 (El Combatiente Temerario remolcado a su último fondeadero para ser desguazado); segundo, un transatlántico prodigioso que batió récords (el SS Great Eastern) y condensó su época, aunque fue un pésimo negocio.

En la primera parte, el autor explica su progresivo contacto con esas dos obsesiones; en la segunda, narra el nacimiento, obra y muerte del Gran Oriental, considerado en su momento como la octava maravilla del mundo.

No obstante, reducir la obra a esos dos únicos movimientos sería pecar de reduccionista: todos los capítulos se van ramificando en hermosas direcciones. Da la impresión de que la pintura y el barco son solo el pretexto del autor para expresar su asombro, su perplejidad, ante el encanto de las historias decimonónicas y de su propia experiencia libresca. Siempre tiene algo sensato que decir sobre decenas de temas relevantes, desde el ecosistema de las palabras hasta la desdichada Carga de la Brigada Ligera.

Como César Aira -otro notable estilista-, Albero prefiere exponer sus cartas ante el lector, es decir, detallar sus herramientas de trabajo. Página 51:

 "Resolví refugiarme en una figura retórica, la amplificatio, a la cual Curtius define como el desarrollo de un tema exponiéndolo desde diferentes aspectos y puntos de vista, recurriendo a diversos procedimientos, entre ellos la digresión y la acumulación".


DOS TURBINAS


Así las cosas, hay dos turbinas que elevan el texto al Parnaso: un yo ubicuo (el libro, en parte, son unas supuestas memorias) y la narración histórica a lo Hobsbawm (Danilo admite que un amigo editor le ha reprochado esa influencia demasiado notoria).

Todo esto, bruñido con un virtuosismo de la cita y en la elección de personajes excepcionales y datos sugerentes. El conjunto no carece de poética.

Albero es, además, un fino humorista, al que le gusta juguetear con palabras y conceptos. Un irreverente que llega a comparar la literatura con las prostitutas. Dice, en la página 25, que todo relato es una burda imitación de la mal llamada "profesión más antigua del mundo", pues si no seduce con sus insinuaciones y movimientos procaces, de entrada no hay trato con el cliente, es decir, con el lector.

La técnica de combinar memoria personal e investigación del pasado recuerda, por supuesto, a Emmanuel Carrère, aunque en el caso del argentino el mapa de conexiones es más denso.

De todos modos, la novela entera bien podría ser una broma fenomenal. El autor nos lo advierte parafraseando a un colega estadounidense que algo de camino en las bellas letras ha recorrido: “Si para Mark Twain existen tres clases de mentiras -las mentiras, las mentiras abominables y las estadísticas-, bien se puede inferir que también existen otras tres: las mentiras, las mentiras abominables y las mentiras sustentadas en fuentes documentales”.

Si así fuera, sería la clásica chanza borgeana.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno






miércoles, 18 de marzo de 2026

El fin de las embajadas


Entre todas las elites que ha engendrado la Ilustración una de las más interesantes es la aristocracia diplomática.
Una especie de sacerdocio; una casta cosmopolita que fue devorada por aquel furor ideológico y chauvinista que provocó dos guerra mundiales en la primera mitad del siglo XX. “La finalidad de nuestra carrera es conciliar los patriotismos, no exacerbarlos”, era su premisa.

Uno de los hildalgos de la diplomacia historió ese proceso de destrucción en una novela deliciosa que no debería ser ignorada por todo aquel lector interesado en la marcha de Francia hacia el abismo, la ocupación nazi de París, el régimen de Vichy, la liberación de 1944 (y sus miserias).

El fin de las embajadas fue entregada a la imprenta por primera vez en 1953 y aún hoy se lee con placer y provecho. Es una sátira muy divertida. Su autor, Roger Peyrefitte (1907-2000), es considerado el homosexual francés más famoso del siglo XX. Descolló por su pluma mordaz (escribió más de cincuenta libros) y por su gusto por encandalizar. Se hizo famoso por su fervor militante en favor de los derechos de la minoría y por -todo hay que decirlo- una inclinación atroz: buscó adolescentes por toda Europa. Se jactaba de preferir los corderitos por sobre los carneros.

Pero a esta columna nunca le interesó indagar en las preferencias sexuales; le interesa la calidad de una obra. Y Peyrefitte nos ha dejado algunos libros muy buenos. La fin des ambassades es uno de ellos. Una nación en decadencia narrada por un aristócrata decadente. ¿Qué más se puede pedir?

En rigor de verdad, se trata de la continuación de Las embajadas, novela que recoge las experiencias del propio autor como secretario de la embajada francesa en Atenas. Antes de dedicarse de lleno a la literatura, Peyrefitte sirvió en el servicio diplomático de Francia. Ajustó cuentas con los burócratas del Quai d'Orsay con esos dos libros, justamente.

Con prosa elegante y límpida, que parece más inglesa que gala (aunque el ingenio es volteriano), Peyrefitte narra en El fin de las embajadas hechos relevantes de la II Guerra Mundial; evoca personalidades de la época, como el mariscal Petain ("un anciano que le declaró la guerra al goce"); delata traiciones; execra oportunistas; despelleja a colegas de la pluma (Paul Claudel, Jean Giraudoux) y el funcionariado. Crítica social de alto vuelo, con magníficos retratos. Hay personajes demoníacos, como el Sturmbahhführer Karl Bömelburg, jefe de la Gestapo (sección IV) en la Francia ocupada.

Su alter ego en la trama se llama George de Sarré, diplomático de carrera, que sirvió a la Tercera República Francesa y a Vichy. Fue purgado dos veces; por los fascistas, primero, por los antifascistas después, so pretexto de “indignidad diplomática”.

Estoico en horas trágicos nos deja un consejo útil: ante la adversidad, dedicarse a los ocios, a la lectura y a la pereza (“las delicias del reposo”). Dedicarle el menor tiempo posible a la vida mundana, pues.

El esteta Peyrefitte fue un halcón para identificar las debilidades humanas y la estupidez contemporánea, incluso la institucional. Y se mofó de ellas. Pasaron casi ochenta años y sus estiletazos no han perdido vigencia. Como éste: 

“Los que no están seguros de su talento ponen mucho empeño en llamar la atención”.


Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

lunes, 20 de octubre de 2025

La hoguera de las vanidades


En agosto pasado, el Presidente de la Nación intentó realizar una caravana electoral en un territorio hostil: la ciudad de Lomas de Zamora. No pudo. Esas hordas de militantes que el peronismo y el ladritrotkismo movilizan cada vez que Javier Milei aparece en las calles lo corrieron a pedradas. ¡Pero esa barbaroe acabo de leerlo!, pensé en ese momento. Como decía Oscar Wilde, la naturaleza copia al arte.


En efecto, en el primer capítulo de una monumental novela estadounidense escrita hace cuatro décadas un gobernante electo por el pueblo es obligado a huir de una acto por belicosos agitadores, los cuales fueron movilizados por un oscuro dirigente social. Como en Lomas, en Harlem cero espontaneidad.


Así abre La hoguera de las vanidades (Anagrama, 637 páginas) la obra maestra de Tom Wolfe (Richmond 1930-2018), sublime agente del llamado realismo social. Con tres novelas exuberantes (1), aquel dandy de traje blanco a lo caballero sureño, sombrero y corbatas de seda demostró que el procedimiento dickensiano nunca pasará de moda. Venimos a recomendar ahora el primero de esa triada.


LA ROCA MAGNETICA

La hoguera de las vanidades nos lleva a los años ochenta cuando asomaba la era de Wall Street y los aristócratas estadounidenses dejaban de ser austeros y refinados. Es un fresco colosal, aunque con una pizca de exageración (Wolfe manejaba la hipérbole con gran destreza), de la capital de Occidente. Nueva York, “la ciudad de la ambición, la roca magnética, el destino irresistible de todos los que están empeñados en vivir en el lugar donde ocurre todo”.


Gira la trama en torno a la caída en desgracia de Sherman McCoy, un hombre de Yale de 38 años, origen patricio, tiburón del mercado de bonos (acababa de despegar esa modalidad especulativa), típico Amo del Universo de Park Avenue, aunque su debilidad es el adulterio. Está casado con la hija de un catedrático de historia del Medio Oeste, aficionada a gastar dinero a espuertas en decoración de interiores y a pasar la vida en el gimnasio. Tienen una hija adorable. Sherman da rienda libre a sus retozonas hormonas con una espléndida chica sureña, que se ha casado con un vejete rico y judío.


Una noche de cristal que se hace añicos, la pareja de amantes se equivoca de salida en la autopista y, camino a Manhattan, terminan en el Bronx. Recorren el barrio aterrorizados a alta velocidad hasta que el Mercedes deportivo de 48.000 dólares (valor de entonces) atropella a un chico negro que, quizás quiso asaltarlos, junto a un compinche. Huyen a toda velocidad y no dan parte a las autoridades.


Llegamos pues al núcleo incadescente. El adolescente que termina en el hospital en coma es hijo de una colaboradora del reverendo Reginald Bacon, acaso el personaje más seductor de la novela. Mezcla de líder piquetero, socialista callejero y sindicalista peronista, el demagogo de tez oscura gana fortunas “regulando el vapor” de las calles salvajes y hambrientas de esos barrios tercermundistas de Nueva York.


“El capitalismo -explica a sus socios blancos- consiste en controlar las cosas. Si las cosas salen de madre, el capital se pierde… En el fondo soy un conservador... mi trabajo es tranquilizar el alma virtuosamente enfurecida de Harlem”.


El pastor Bacon presiona a la política y a la justicia para que sea encontrado y castigado el responsable del accidente callejero. Por medio de un lobbista, suma a su cruzada a un as del periodismo amarillo: Peter Fallow, “el temible británico”, columnista de un diario que no puede ser otro que The New York Post. La presión da resultado. No sólo porque el fiscal del condado del Bronx, un tal Richard Weiss, es un político ambicioso del Partido Demócrata que se juega la reelección y necesita el voto negro y latino. Sus subordinados -hartos de procesar a la basura- están sedientos de linchar a un Gran Acusado Blanco.


GUERRAS URBANAS

Paladas de esnobismo, resentimiento, envidia y odio social se acumulan en una trama que nunca deja de ser interesante. Es también una gran novela de personajes. Una descripción implacable de las trincheras de las guerrillas urbanas.


Aunque el año próximo La hoguera de las vanidades cumplirá cuarenta años desde que fue entregada a la imprenta por primera vez (¡cuando el oro cotizaba a 400 dólares!), sus temas y meandros no han perdido un gramo de actualidad. Los parangones con la Argentina 2025 son asombrosos. Ya mencionamos el primer capítulo; súmele la degradación de la educación y la vida cotidiana en general en los barrios periféricos (Harlem = conurbano bonaerense); el fracaso de los planes urbanísticos de los monoblocks; las legiones juveniles de ni-ni (ni estudian ni trabajan), tercera generación de familias que siempre vivieron de la beneficencia pública; los juzgados como auténticos redistribuidores de riqueza. También compartimos con Estados Unidos la corrección política, la pose de superioridad moral y estética de la casta intelectual hacia cualquiera que exprese ideas reaccionarias.


Tom Wolfe fue el más delicioso de los conservadores. Describió la idiotez del progresismo, se lamentó por la desaparición entre las elites de la “virtuosa rectitud”, y elogió “el machismo irlandés”, una especie de valentía que no es de león sino de asno: nunca deberás retroceder. Fue un moralista a lo Séneca. Nos recordó que “la ley no debe someterse ante nadie, ni aunque sean pocos, ni aunque sean muchos”.


La vida es una selva, postuló este magnífico escritor proveniente del periodismo. Hay que arreglárselas para tener el valor para luchar en la jungla. 

Guillermo Belcore


Calificación: Excelente



jueves, 2 de octubre de 2025

Bajo la piel


En El idioma analítico de John Wilkins, Jorge Luis Borges establece la belleza (y futilidad) de las clasificaciones. ¡Esa fantasía tan humana de organizar el conocimiento para intentar controlarlo! En este capricho, quizás nada supere en encanto a la taxonomía del reino animal que incluye cierta enciclopedia china (apócrifa) que se titula 'Emporio celestial de conocimientos benévolos'. Claro, se trata de otra sublime invención borgeana.


Podríamos seguir el juego y postular que existe una categoría literaria muy interesante: Novelas europeas que se ambientan, total o parcialmente, en la Argentina. El cónsul honorario, claro. También esa singular joya de Colm Tobin llamada La historia de la noche. Además, El faro del fin del mundo de Julio Verne. Y aquí venimos a recomendar otra: Bajo la piel (Adriana Hidalgo, 517 páginas), primera obra de Gunnar Kaiser (Colonia 1976-2023). Fue entregada a la imprenta en 2018 y hoy se consigue en las mesas de saldo de la calle Corrientes.


El profesor Kaiser dedicó casi treinta páginas a la Argentina, la segunda parte del Libro III. Al final de la novela trae a nuestro país la cacería fantasmal de un asesino en serie, pero cae en imprecisiones y folclorismos. Estamos en 1990. El narrador dice que el viaje en ómnibus entre Buenos Aires y Córdoba insume seis horas (!?). Observa por la ventanilla del micro "gauchos que desde su montura y con el cigarrillo prendido en la comisura de la boca nos miran pasar". Define a la próspera llanura pampeana como "tierra de nadie en el fin del mundo, abandonada de Dios". El paisaje le parece "todo falso, como salido de un Western barato...". Finalmente, la trama nos lleva a una improbable colonia alemana -mitad nazi, mitad judía- en Mar Chiquita, provincia de Córdoba.


En rigor, es el segmento más flojo de un libro extrañamente complejo y ambicioso, tratándose -como se dijo- de una ópera prima.


UN JAY GATSBY JUDIO

Gunnar Kaiser narra en Bajo la piel las peripecias de un dandy germano, un hombre de gusto y estilo exquisito, afincado en Nueva York. En su tierra natal se las había arreglado para ocultar su origen judío de las bestias nazis. Se llama Josef Eiseinstein.


He aquí un texto dedicado a los bibliófilos. El joven Eiseinstein era en los años treinta un fetichista de la palabra impresa que se convirtió en ladrón de incunables en museos y bibliotecas privadas. Luego, con los mejores maestros de Berlín, aprendió el arte de la encuadernación. A la adultez, ya en Estados Unidos, asesinaba jovencitas para convertir su piel en el cuero que embellece tapas y lomos de obras maestras. Es decir, comercia con libros encuadernados con piel humana. Hay compradores para todo en el submundo de la perversidad.


En la Gran Manzana, este Jay Gatsby hebreo traba relación con un estudiante de literatura de veinte años. Jonathan Rosen es también descendiente de exiliados alemanes. Se hacen amigos. Eiseinstein lo convierte en una suerte de discípulo intelectual y le consigue chicas. Le gusta mirar mientras los jóvenes hacen el amor en su departamento-biblioteca de Brooklyn Heighs. Estamos a fines de los años sesenta. El telón de fondo es la conmoción causada, justamente, por el Desollador de Williamsburg.


Los amigos terminan distanciados por una cuestión de faldas. Einseinstein desaparece de la faz de la tierra después de que la policía lo interrogara tras la desaparición de una chica rica. Saltamos a los noventa, Jonathan, escritor fracasado, vive en Israel. Llega a su kibbutz, una ex agente del FBI, obsesionada con los crímenes de Nueva York, una historia vieja, nunca resuelta, casi olvidada. Sigue la pista de Eiseinstein; se le escapó por un pelo en Alemania oriental. Así llegamos a una Argentina caricaturizada.


SOFISTICADA Y CAUTIVANTE

Como se ve, Kaiser concibió una historia sofisticada y cautivante que nos lleva a cinco escenarios diferentes, en distintas épocas. Es una buena novela (hoy no es poco), aunque tiene un defecto del diletante: su ejecución es muy despareja, va de la genialidad a lo mediocre y viceversa. El autor, además, tenía el vicio de la enumeración, cansa con sus listas. Ya hablamos de la mirada tonta del turista europeo.


Todos los hombres mueren jóvenes, dijo Stevenson. En el caso del autor de Bajo la piel, la setencia está plenamente justificada. Murió a los 47 años. Un cáncer cortó su promisoria carrera. Kaiser fue un intelectual y bloguero a contracorriente, es decir, alejado del wokismo, el progresismo y esa tontería de la corrección política. Alzó la voz contra los excesos de las cuarentenas y contra la llamada cultura de la cancelación. No se lo perdonaron Fue censurado en YouTube y la Wikipedia lo minimizó. Escribió tambiénDer Kult’, en el que describe como una democracia occidental deriva hacia el totalitarismo. Uno de sus admiradores lo recuerda con una frase de Ernst Jünger: 

«Hay lobos escondidos en el rebaño gris, es decir, personas que aún saben lo que es la libertad»

Guillermo Belcore 

Calificación: Buena

jueves, 11 de septiembre de 2025

El arqueólogo


Por César Aira

Blatt & Ríos. Novela. 104 páginas


César Aira ha publicado su novela número diez a la décimo quinta potencia. Usamos una cifra aproximada porque nadie conoce en realidad cuántas obras ha entregado a la imprenta durante el último medio siglo el vate de Pringles. Ni siquiera la Inteligencia Artificial, nuestros próximos amos. Como el fiel lector de este blog sabe, Aira es el escritor más prolífico, desafiante y discutido de América Latina. ¿Genial? Bueno, talento artístico le sobra, de hecho se lo menciona todos los años para el Nobel de Literatura, pero definitivamente sus criaturas infinitesimales no son para toda clase de público.

El arqueólogo se ciñe, con voluntad de hierro, al procedimiento que ha hecho famoso al literato. Es una nouvelle chispeante, cómica por momentos, dispatarada en su rumbo, que carece de aquello que llamamos trama. La sintaxis es perfecta y el vocabulario tiene la precisión de una academia prusiana.

El protagonista es el arqueólogo más famoso de Moldavia. Le ha llegado del momento de la jubilación, y como a tantos hombres valiosos, se le han fundido la inspiración, las ganas y el temple para seguir desenterrando el pasado.


REFLEXIONES

Desde ese punto de partida, el texto va hilvanando reflexiones sabrosas sobre el arte de la arqueología, la senectud (Aira cumplió 76 años), las mujeres, la sociedad en general y las fronteras permeables entre sueño y realidad. Los cazadores de citas no se verán decepcionados. Mire qué bonita ésta: 

"... creer siempre enriquece la vida, así fuere con mentiras..."

Naturalmente, la historia puede ser leída, en parte, como una alegoría. El arqueólogo es Aira: "...gratuito, frívolo, elitista...". Moldavia es la Argentina;: "... inclemente, que con su voracidad fiscal y su administración desmemoriada impide el progreso colectivo tanto como la realización personal.". Y la Ciocana, su barrio de Flores: "... no le llega nunca al turno, condenado a perpetuidad al gris de clase media colectivista, que es la peor especie de clase media, no ofrece ocasiones de gasto para un hombre con gusto".

Tal como acostumbra, el autor no deja pasar ocasión para reivindicar sus tretas literarias. En la página 53 pone en boca de una salamandra parlante (Aira es una gran cultor de la escena inverosímil) una reinvindicación de esa premisa que Nietzsche acuñó para los artistas: Hay que danzar sobre la superficie de las cosas.

Sentencia el bicho: 

"...muchos humanos han hecho de la palabra ‘superficial’ un sinónimo de poco valor. Yo prefiero mil veces el encanto ligero de un hombre superficial a la pedantería insoportable de los profundos. ¿Además es tan difícil ver que en la superficie es donde está toda la belleza del mundo, donde se asientan los bosques y los lagos, las montañas y las ciudades...".

Como todo hay que decirlo, Aira confunde en este pasaje una salamandra (anfibio), con una lagartija (reptil); usa ambos vocablos como sinónimos y llega a decir que las salamandras provienen del desierto. Más adelante, ubica tigres en Zanzíbar. Definitivamente, la zoología no es lo suyo.

Minucias al margen, el libro es ameno (lo que nunca es poco) y uno se lleva un puñado de nociones valiosas para el carcaj intelectual, pero queda el regusto a poco que provoca casi toda la producción aireana. Es un libro ideal para la grey y para aquél neófito que desee empezar a incursionar en la obra de unos pocos escritores esenciales de la Patria.

A lo largo de su carrera, Aira ha evitado las entrevistas, las definiciones ideológicas, las poses políticas, las exhibiciones mundanas, la promoción de mediocres; es decir, renunció a toda esa panoplia de baratijas a las que son tan afectos colegas que no le llegan ni a los talones. Una decisión inteligentísima, basada en la "elegancia moral".

Al final del libro, Aira rescata el consejo de Epicuro: "Vive oculto". Como el arqueólogo de la ficción, al escritor la celebridad le ha venido por añadidura, por la calidad de su trabajo.

Guillermo Belcore

miércoles, 30 de julio de 2025

Vikingos


Durante más de tres siglos, un fantasma aterrorizó a Europa. Tenía testa de dragón, cuerpo angosto y alargado, y en su interior burbujeaba la sed de riquezas y sangre. Imaginad el pánico que generaba entre las gentes sencillas ver esa cabeza monstruosa navegando entre las brumas. Era el preámbulo del pillaje, la esclavitud de niños y mujeres, el degüello de los hombres bajo el hacha o el cuchillo curvo de salteadores de barbas largas y cabelleras rubias. Los bárbaros venían del frío.


Nos referimos, claro está, a los antiguos escandinavos. En sus fuentes escritas, viking significaba piratería o ataque pirata, mientras que el hombre que participaba en tal saqueo era realmente llamado vikingr.


Los vikingos -que 100 años atrás atrapaban la imaginación de un tal Jorge Luis Borges- vuelven a estar de moda, gracias a la industria del entretenimiento, en especial de las series. Pero la literatura no se queda atrás. El sello Espasa -del Grupo Editorial Planeta- trajo a la Argentina una novela muy entretenida sobre aquel azote de la cristiandad medieval.


Vikingos. Una saga de los mercenarios del Norte (628 páginas) es obra de Bjørn Andreas Bull-Hansen (Oslo, 1972), premiado levantador de pesas, consumado marinero, que ha ganado notoriedad por las seis novelas que escribió sobre sus ancestros. Suele disfrazarse de vikingo para promocionarlas.


La payasada podría hacer suponer que se trata de literatura de supermercado, pero no es así, o no del todo. Como novela de aventuras, la primera entrega de la saga es muy buena y la reconstrucción histórica, excelente.


TORSTEIN DE OSLO


El bestseller está escrito en primera persona. El anciano Torstein Tormodson evoca su vida de película, al fin del primer milenio. Vio más crueldad que la mayoría de sus contemporáneos, mejor dicho que la mayoría de los habitantes de cualquier otra época. “Todo hombre tiene recuerdos que lo persiguen”, reconoce.


Le tocó nacer al fin del siglo X cuando Noruega era una costa sin ley donde los diversos reyezuelos y caudillos tenías tantos milicianos como pudieran alimentar. Era una tierra -recuerda Torstein- en la que cada persona tenía sus armas siempre a mano y en la que tanto hijos como hijas aprendían a pelear desde que eran capaces de ponerse en pie.


A las doce años debió presenciar cómo en una incursión vikinga en Vingulmorsk (la actual Oslo) le rajaban el vientre a su padre. El mismo bandido que lo dejó huérfano, lo rapta y vende como esclavo, no lejos de allí. Lo compra un artesano que le enseña el arte de la construcción de de arcos y la construcción de buques. Esos barcos mercantes o Dragones para la guerra eran la gran innovación tecnológica de los escandinavos, el as en la manga que les aseguró 350 años de hegemonía. Noruega o Dinamarca era cualquier tierra donde pudieran llegar por mar.


Otra irrupción pirata le permite a Torstein recuperar su libertad; no obstante, las cicatrices en el cuello (por la forzada anilla de metal) delata su condición de esclavo, la mercancía más lucrativa de la época. El chico al que el infortunio obligó a madurar de golpe debe escapar al extranjero. Va en busca de su hermano Bjørn.



Herr Bull-Hansen demuestra un gran talento para mostrarle al lector usos y costumbres del año 994 de la era del Señor. Convivimos con campesinos de las islas Orcadas y citadinos de la pestilente Jorvik (la actual York). Participamos de una brutal batalla naval en el fiordo de Trondheim. Conocemos la legendaria fortaleza de Jomsborg, en la desembocadura del río Oder, donde una hermandad de mercenarios convierte al joven Torstein en el mejor guerrero de su estirpe: los jomsvikings.


Hay que destacar que el autor trabaja también con personajes de la vida real como el deleznable Olaf Huesos de Cuervo, el primer rey cristiano de Noruega (los caminos del Señor son inescrutables).


Otro acierto es que sitúa la acción en una época de transición. Escandinavia estaba abandonando los viejos dioses del paganismo para abrazar la fe cristiana. El Ungido reemplaza a Odin. Pero el viejo Torstein se queja: "¿Acaso el Cristo blanco ha amansado a todos los hombres y ha acabado con nuestro furor?... antes apreciábamos el coraje por sobre todo lo demás", dice a sus oyentes.


EL PENDULO


Hay en Bull-Hansen una sana pulsión realista, que lo distancia de la caricatura romántica de los vikingos que han propalado las series. Aquélla era una cultura esclavista, en la que se raptaban mujeres para el deleite inmisericorde de los guerreros. A algunas les cortaban la lengua para que no se quejaran.


Es curioso que los nórdicos del siglo X despreciaran al resto de los europeos por someterse a un rey. Veían a los francos como salvajes que no dudaban en quemar a los vasallos que no aceptaban convertirse al cristianismo. Reivindicaban los noruegos sus asambleas de hombres libres: el thing se considera un antecedente de los parlamentos modernos.


Para matizar, hay pinceladas de nacionalismo literario, lo que nunca es bueno para la obra. Los escandinavos no eran un solo pueblo sino varios. Muchos noruegos despreciaban a los vikingos porque un guerrero no solo debe ostentar valentía sino también tener corazón. Y, al fin y al cabo, esos brutos formidables no fueron peores que cualquier otro grupo de piratas esclavistas de la historia, se nos insinúa.


El escritor noruego transmite muy bien una suerte de erotismo de la batalla que desvela a ciertos hombres: “...la imagen de la flecha clavándose en el pecho de un guerrero de Gardarike, produce una extraña sensación, semejante al deseo de un hombre de intimidad con una mujer”.


Amigo lector, la mayoría de nosotros hemos sido bendecidos por nacer en un lugar y en un año que, hasta ahora, nos han privado de sentir en el pecho “la callada emoción que todo hombre siente cuando sabe que el fragor de la batalla se aproxima…”.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

miércoles, 16 de julio de 2025

Agua turbia


Agua turbia

Por Morgana Kretzmann

Edhasa. Novela 282 páginas


A esta altura del partido, si de algo estamos seguros es que los "ismos" y las "istas" estropean la obra literaria. La segunda novela de la escritora gaúcha Morgana Kretzmann pretende ser un manifiesto del feminismo y el ecologismo, con una clara tendencia moralista.

El mensaje es el colmo de horrores es una frase que suele atribuirse a Oscar Wilde. Hasta donde uno sabe no hay registros que lo confirmen, pero escribió una idea parecida en el prefacio de El retrato de Dorian Grey: "El arte no expresa nada excepto a sí mismo". La señora Kretzmann piensa, al parecer, todo lo contrario. Se esfuerza por bajar línea. A la legión woke les resultará encantadora.

Agua turbia nos lleva a la tierra natal de Kretzmann: el oeste de Río Grande do Sul, en el límite con Misiones. Transcurre la acción a ambos lados del río Uruguay, cerca de los saltos del Yucumá. El epicentro es el Parque Estadual do Turvó. Ese paraíso, el último refugio del jaguar en el sur de Brasil, está en peligro. La codicia del hombre la amenaza.

Tres mujeres en conflicto entre sí animan la trama: Chaya Sarampião, guardaparque; Olga Befreien, periodista y asistente de un legislador venal, amiga de la infancia de Chaya; Preta Sarampião, jefa de una banda delictiva robinhoodnesca que opera a ambos lados de la frontera, prima de la agente estatal. Hay una larga historia de enemistades entre dos familias de la zona, los Sarampião y los Romano.

El motor de la historia es la construcción de la Represa Binacional Gran Roncador, un proyecto fogoneado con ahínco por el Palacio del Planalto, políticos locales, grandes empresas brasileñas y cómplices argentinos. Al pueblo se le promete otra Itaipú y repetir la experiencia exitosa de Foz de Iguaçu, pero el negociado despierta resistencias porque generará una catástrofe ambiental y obligará a agricultores a dejar sus tierras. Olga intenta hacerles tragar esa píldora; Chaya lidera la resistencia; y Preta conspira con los malos. La bandida es contrabandista de vinos argentinos y carne de animales silvestres.

Al parecer, hay un proyecto similar en danza en la vida real: la construcción de la megarepresa binacional de Garabi-Panambi.

El tema, como se ve, es fascinante, pero la corrección política rebaja el conjunto. Y la ejecución es defectuosa. La prosa podría tacharse de telegráfica; y los capítulos son demasiado cortos. Extrañamente, la señora Kretzmann prescinde de la descripción, en medio de lo real maravilloso. No desdeña, en cambio, el estereotipo. Si hay un diputado corrupto debe ser gordinflón, lúbrico y sudoroso.

Kretzmann, licenciada en Gestión Medioambiental en Santa Catarina, incluye también pinceladas de realismo mágico. No como proyecto estético a lo Faulkner, García Márquez o Murakami, sino como añadido folklórico, acaso con la creencia -fatalmente equivocada- de que es un condimento que no puede faltar en un platillo tropical.

A favor, podemos decir que la autora tiene talento para la escena. Su biografía nos dice que ha sido guionista de la Disney y debe ser muy competente; por momentos Àgua turva (el título en portugués) parece un guión. Y desborda de sucesos; prácticamente este thriller ecológico no tiene espacios muertos.

La traducción de Guillermo Saavedra es correcta, aunque hubiéramos preferido que a la “onça-pintada” la llamase como lo hacemos en la hispanósfera: jaguar o yaguareté. El volumen ha sido volcado al inglés, francés y alemán. Se trata de una pieza de época. Y creemos que aquí estriba su mayor debilidad. Qué decir de esta idiotez postmoderna: en el texto los buenos son animistas y el malandro le reza a Jesucristo.

Guillermo Belcore

Calificación: Regular

lunes, 5 de mayo de 2025

Theodoros

 


Es curioso como la obra de arte se abre su camino en el mundo. Parece que tuviera vida propia. Una carta fechada en 1883 inspiró una de las mejores novelas de la tercera década del siglo XXI. Su composición fue el proyecto de toda una vida, confiesa Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), un escritor neobarroco que merece el premio Nobel de Literatura tanto o más que Thomas Pynchón, Haruki Murakami o John Banville.


La epístola decimonónica arriesgaba la posibilidad de que un bandido de la Valaquia (hoy Rumania) se haya convertido en señor de la guerra en Etiopía y, después de pactar con el Imperio británico, el osado impostor accede al trono de esa tierra de maravillas en 1855, fingiendo que es descendiente de la semilla del rey Salomón. El sanguinario Tewodros II gobernó trece años hasta que Londres, como suele hacer con sus peores vasallos, le retiró sus favores. Cercado por los casacas rojas del barón Robert Napier en la fortaleza de Magdala, el Negus se pegó un tiro en la boca con la pistola nacarada que le había regalado la reina Victoria.


Sobre esa endeble conjetura, pues, Cartarescu edificó su obra maestra: Theodoros (Impedimenta, 645 páginas), entregada a la imprenta en 2024.


Su autor la define como "una novela pseudohistórica de ficción". Lo que usted debe saber es que se trata de Su Majestad la Novela Oceánica, escrita por un literato en su nivel óptimo. Una catedral de palabras henchida de sublime poesía y alta filosofía, ornamentada con teología, realismo mágico y sutiles anacrónismos, refrescada por un torrente de relatos, personajes de fábula y de la Historia real, homenaje al mundo decimonónico ("un siglo verdaderamente asombroso") y al arte literario (¡qué final!).


El narrador de las aventuras de Tudor-Theodoros-Tewodros II es un arcángel que nos advierte sobre un peculiar rasgo humano:


"... algunos, destinados a no tener destino, se forjan solos su propio destino pues ese es su deseo, y su deseo es férreo y tajante".


Las riquezas de este libro son innumerables. Nos pasea por cuatro mundos fascinantes: a) La Valaquia ocupada por los otomanos, donde nació el protagonista como siervo de la gleba. b) el archipiélago griego que Theodoros, a los 21 años, puso patas para arriba aterrorizando los lugareños y labrándose una gran fama como pirata buscando de isla en isla el sagrado nombre SAVOATH. c) La bendita Etiopía cuya dinastía de más de dos mil años cayó en manos de un don nadie llegado del frío. d) La Judea del Rey Salomón. 


Narrador voluptuoso, Cartarescu añade otros escenarios, como el San Francisco del emperador Norton I, para describir años clave: 1827, 1830, 1834 1838, 1857...


Mil historias, entonces, atesoradas en una trama que no es lineal; va y viene en el tiempo.


Aunque conviene leer el libro sin prisas, la atención nunca flaquea. Es que -como establece Cartarescu- "las leyendas con su rareza y con la ofuscación de las mentes que las producen, no cesarán jamás pues la débil mente de los hijos de Adán busca alivio en lo inaudito y lo desconocido".

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

jueves, 24 de octubre de 2024

Los simuladores


Mientras espera la autobiografía de Alberto Fernández, ese estadista, puede calmar su ansiedad, amigo lector, con una novela espléndida que, justamente, es la crónica de vida de un político que ha caído en desgracia. Se titula Los simuladores y fue entrega por primera vez a la imprenta en 1967 por uno mejores estilistas que ha dado la lengua inglesa: Sir Vidiadhar Surajprasad Naipaul (Trinidad 1932-2018), premio Nóbel de Literatura 2001.

Refirma la obra una de las premisas de estas columna: por fuera del circuito comercial de las novedades (bastante flojo este año) existe una constelación de maravillas del pasado (por lo general, maravillas poco conocidas) aguardando al lector de fuste.

Los simuladores (Seix Barral, 255 páginas) está narrado en primera persona del singular. Leemos las memorias de Ralph Singh, uno de los hacedores de la descolonización de la isla esclavista de Isabella (muy parecida a la Trinidad natal de Sir Vidia). Antes de los cuarenta años, el héroe popular entró en decadencia. Su lugar de retiro no fue una antigua plantación de cacao en la patria, sino una pensión de mala muerte en Londres, “en la que nada hay donde los ojos se posen con placer”.

La crónica, dice el autor, es “un intento de redescubrir la verdad”, tras el amargo descubrimiento de que “el éxito no cambia nada”. Nos presenta sus fascinantes máscaras. El niño algo neurótico, nacido en un clan acomodado y melodramático de inmigrantes indios; el estudiante en Londres, convertido en una especie de fauno o depredador sexual; de nuevo en Isabella, cabeza de familia de un melancólico matrimonio mixto; el hombre público, de cierto renombre y rico, que se coloca súbitamente del lado de los pobres; finalmente el exiliado que se ha retirado del mundo. Nunca abandonó la máscara de dandi.

En ese mamotreto titulado El Ser y la nada, hay una frase hermosa: “El prójimo guarda un secreto, el secreto de lo soy”. Naipaul sigue a Sartre y postula: “Nos convertimos en los que vemos de nosotros mismos en los ojos de los demás”.

LO REAL MARAVILLOSO

Naipaul no es un escritor fácil, pero párrafo por párrafo, línea por línea, es -como dijimos- uno de los mejores prosistas de la literatura inglesa, que ha reclamado su obra (Sir Vidia se fue a vivir a Londres antes de los veinte años) como parte de la tradición dickensiana, a pesar de que la mayor parte del material novelístico lo ha sacado de su isla. 

Además, podría decirse que cierto fulgor poético naipauliano es típico del Nuevo Mundo. En algunos paisajes de ‘Los simuladores’, refulge en efecto lo real maravilloso, como la desopilante conversión del padre del protagonista en gurú. De un día para otro, abandona trabajo y familia y se va a vivir al bosque, donde el predicador crea un excéntrico movimiento de clases bajas que puso nervioso al Imperio británico y llegaría a ser estudiado en las universidades. “El éxito es el éxito; una vez que se produce se explica a sí mismo”.

Por otro lado, Naipaul, el caribeño, usa aquí de manera magistral una técnica de complicidad shakespereana: la ruptura de la cuarta pared. Detiene la narración y le habla a su audiencia. Vean qué estilo: 

"Permitid que os lleve a la habitación en forma de libro; que no se disuelva la escena cuando cerramos la puerta y el rostro de la muchacha, que ya se está poniendo serio e inexpresivo, se aparte e inmovilice…".

Como Borges, Naipaul tenía el don de la construcción de frases perfectas. Y una elegancia sublime. Veamos otro ejemplo. Es probable que sólo este coloso, de legendario mal carácter, fuese capaz de describir los pechos de una mujer con tanta gracia: 

“...No eran las manzanas cortadas que no necesitan corpiño del austero ideal francés, sino senos curvados y redondos cuyo peso era una leve amenaza de un exceso de péndulo; unos senos que el observador aún reconociendo la inadecuación, incluso la crudeza, del gesto alarga instintivamente la mano para sostenerlos; senos que en su estado libre cambian de forma y contorno cada vez que su dueña cambia de postura; senos que acaban enloqueciendo el espectador porque hallándose ante una belleza tan completa no sabe qué hacer…”.

DRAMATISMO

Además del estilo magnífico y la historia interesante, el público debe saber que en la novela encontrará reflexiones profundas, en especial sobre el arte de la política. De ahí, el título. ¿O acaso a alguien se le puede ocurrir simulador más eficaz que un político profesional? La principal tarea del gobernante, insinúa Sir Vidia, es crear dramatismo, pues altera un paisaje monótono: 

"...El dramatismo agudiza nuestra percepción del mundo, nos da cierto sentido de nosotros mismos, nos convierte en actores, da sentido, y a veces gloria, a cada día". 

Ser aburrido es fatal en estas lides, que lo digan Fernando De la Rúa y Alberto Fernández si no. En cambio, Perón, Cristina y Milei comprendieron la importancia decisiva de la teatralidad para manipular a las masas.

“El verdadero político -añade el escritor- es por naturaleza un hombre que desea jugar el juego toda su vida”. Ningún gerifalte quiere retirarse nunca, ese es nuestro drama, el de los gobernados.

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno.

lunes, 14 de octubre de 2024

La ciudad


Por Mario Levrero

Caricatura Editora. 

Novela, 198 páginas


Hace 20 años y un mes fallecía en Montevideo una de las glorias de la literatura latinoamericana. Un genio tan singular como poco conocido por entonces; hoy es un autor de culto para los intelectuales. Escribió, entre otras maravillas, una de esas novelas imprescindibles para todo aquel que desee ser llamado lector. Parecía un personaje literario -en camiseta sin mangas- más que un hombre de carne y hueso. Se llamaba Jorge Mario Varletta Levrero; firmó sus obras como Mario Levrero. Gracias a Dios hoy se lo sigue imprimiendo.

Con motivo de los 300 años de la ciudad de Montevideo, el sello Caricatura Editora rescató la primera novela de Levrero. La ciudad fue escrita en 1966, ganó una mención especial en un concurso organizado por el semanario Marcha y se entregó a la imprenta por primera vez en 1970. Fue uno de los más felices estrenos literarios en el Río de la Plata. Para que tenga una idea amigo lector, podría describirse como un Kafka tardío con un dejo de Lewis Carroll y precursor -a su especial manera- de César Aira. Pero es posible que la frase anterior no sea justa: el texto es un auténtico Levrero; un autor originalísimo, incomparable, que ha dejado a la posteridad unos veinte libros.

Vaya historia. El narrador, que se define como pintor de cuadros, se muda a "una casa que no había sido habitada ni abierta sus puertas y ventanas durante muchos años". Llueve a cántaros. El hombre recuerda que cerca de allí hay un almacén. Sale a la intemperie en busca de kerosene y alimentos. Empapado, se pierde en la oscuridad. Hasta que detiene un añoso camión en el camino y le pide al chofer que lo lleve a alguna parte.

El conductor tiene pocas pulgas y viaja acompañado por una mujer joven -Ana, será una actriz importante de la trama- que hostiga con su pico al pintor mientras trata de perturbarlo con las piernas y las manos, pero nuestro chico no se excita: está angustiado. Veremos que el sexo es otro elemento trascendental en este sabroso sinsentido.

Viajan toda la noche. Por la mañana, el tosco camionero los echa con insultos de la cabina, en medio de la nada. Alega "una delicada misión oficial". Ana y el pintor caminan por la ruta. Surgen peleas, hasta que ella lo invita a conocer el pueblucho donde mora, no lejos de allí.

Es un caserío borroso, donde solo se destacan un bar, un almacén, una estación de servicio y una zapatería. Sus habitantes son estrafalarios, naturalmente. Se menciona una omnipotente “Empresa” y un reglamento de acero al tungsteno que deben cumplir los habitantes. En la segunda parte del libro leemos los esfuerzos del protagonista por huir.

Como habrá notado, el conjunto tiene un aire de pesadilla pero no es uno de esos sueños inanes que los literatos sin imaginación añaden a sus novelas para engordarlas. La grotesca farsa es cautivante, ocurren cosas, y varios pasajes pueden leerse como alegorías. "En el mundo hay muchas cosas que no comprendemos", sentencia Levrero cuya prosa es engañosamente simple.

Por ciento, la novela puede leerse de un tirón.

Finalmente, digamos que el objeto libro es hermoso. Incluye ilustraciones del señor Alfredo Soderguit que avivan el clima de ansiedad, miedo y leve suspenso que el autor construyó con maestría. "Aventura onírica", definió con acierto un crítico a este libro. Borges decía que cuando la humanidad olvide los estilos y las capillas literarias sólo nos quedará lo que existía al principio al calor de una lumbre: las historias. Formidables historias seguirán hipnotizando a hombres y mujeres, como la que narra La ciudad de Mario Levrero.

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa.

martes, 30 de julio de 2024

Serotonina

 


Escribió Jorge Luis Borges esta magnífica estrofa:


"A veces en la tarde una cara

nos mira desde el fondo de un espejo;

el arte debe ser como ese espejo

que nos revela nuestra propia cara".


No sólo eso, podríamos agregar con agradecida humildad. El arte elevado también nos muestra la cara de la sociedad que lo fecunda. Las ideas, las obsesiones, los miedos, los deseos de su tiempo.


He aquí un caso notable. Todos aquellos que crean que es posible concluir, después de décadas de dilaciones y escaramuzas, un acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europa deberían leer la séptima novela de Michel Houellebecq (1958), el más sustancioso escritor contemporáneo de Francia, una especie de Dostoievski con un punto de depravación.


Entregada a la imprenta en 2019, Serotonina (Anagrama, doscientas ochenta y dos páginas) es, entre otras cosas, un afilado manifiesto en favor del proteccionismo agrícola. El mismo amor intenso que Proust manifestaba por sus condesas, Houellebeq lo expresa por los ganaderos normandos y sus animales: 

"...amplias y majestuosas las vacas normandas eran y la existencia parecía bastarles con creces; fue al descubrir estas vacas cuando comprendí por qué los hindúes consideraban a este animal sagrado"...


La Francia profunda, esa que vota a la Agrupación Nacional de Marine Le Pen y sufre por las desdichas de sus ruralistas que salen a las rutas a protestar con chalecos amarillos, nos dice que para ellos el librecambismo es una peste. El libro, incluso, nos señala con el dedo dos veces a nosotros, los argentinos, como su gran amenaza mortal. Primero, en relación a los cultivadores de damascos del Rosellón que pronto serían barridos por los de Mendoza y San Juan; luego con la carne vacuna (aunque Houellebecq reconoce que la nuestra es deliciosa). Se lee en la página cincuenta:

 "...los expertos estimaban que la Argentina con una población de cuarenta y cuatro millones de habitantes, podría eventualmente alimentar a seiscientos millones de personas, y el nuevo gobierno, con su política de devaluación del peso, lo había comprendido muy bien, esos cabrones iban a inundar literalmente Europa con sus productos, además no tenían ninguna legislación restrictiva respecto a los transgénicos, lo cual significaba que estamos jodidos...".


No es muy difícil colegir que los franceses siempre encontrarán la forma de demorar o, llegado el momento, de incumplir o tergiversar cualquier acuerdo de libre comercio con el Mercosur. Es lógico, además. ¿Por qué bien superior van a sacrificar lo que consideran uno de sus tesoros nacionales, su ineficiente sector agrícola artesanal?

CRISIS DE LOS 40

El protagonista de la novela se llama Florent-Claude Labrouste, un ingeniero agrónomo cuarentón sumido en una crisis de identidad. Trabaja en el Ministerio de Agricultura redactando notas e informes destinados a negociadores del Gobierno. Sus textos "definen, defienden y representan las posiciones de la agricultura francesa". Sus días transcurren "cada más vez más dolorosos a falta de acontecimientos tangibles y simplemente de razones para vivir".


La novela, que nunca deja de ser interesante, es algo así como las memorias de un fracasado, aunque lúcido. ¿Mencionamos ya la similitud con Dostoievski? Florent se ha convertido en un adicto a un antidepresivo de nueva generación. El Captorix favorece la liberación de la serotonina (de ahí, el título) producida en la mucosa gastrointestinal lo que permite a los pacientes una vida normal dentro de una sociedad evolucionada (higiene, vida social reducida a la buena vecindad, trámites administrativos sencillos). Tiene efectos secundarios, claro. Impotencia, por ejemplo.


Así las cosas, llegamos al núcleo incandescente del libro. Un buen día, Florent se decanta por "un proyecto de desaparición voluntaria". Es decir, abandona a su novia japonesa (una degenerada y una esnob), al bien pago empleo público, a su departamento cinco estrellas... y se convierte en un vagabundo (a lo Jack Reacher), pero al abrigo de la necesidad. Tiene 700 mil euros en la cuenta bancaria. En la página cuarenta y ocho, Houellebcq nos informa (es uno de esos sabelotodos que siempre quieren enseñarle algo lector) que cada año en Francia unas doce mil personas optaban por desaparecer, dejar a su familia y rehacer la vida, a veces en la otra punto del mundo, a veces sin cambiar de ciudad.


La trashumancia nihilista lleva a Florent al castillo de Olonde (Normandía), propiedad de un amigo de la universidad. Aymeric d'Harcourt es el señor local, último representante de una aristocracia terrateniente empobrecida ¿Hay un personaje más encantador en una novela europea que un noble decadente? La esposa de Aymeric lo ha abandonado, casi no ve a sus hijas; es un idealista, productor rural de la vieja escuela, comprometido con la causa de los ganaderos normandos. La región está en llamas por el descenso del precio de la leche. Las bancarrotas, a la orden de día. Hay piquetes con campesinos armados y lockout patronal. A las multinacionales no les importa: traen la leche de Irlanda o Polonia. La resistencia concluye con derramamiento de sangre


Houllebecq une puntos. Francia está condenada "en la batalla de la producción mundial". El cordón ideológico es demasiado fuerte y el número de agricultores aún demasiado alto para la Unión Europea por lo que el declive está asegurado. Como dijimos más arriba, para el prolífico literato francés el librecambismo es devastador como una enfermedad letal.


Página doscientos dos: 

"...Reflexionando sobre mi pasado profesional, sobre mis años de vida laboral, me daba cuenta que, en efecto, había tropezado con muchas y extrañas supersticiones de casta. Mis interlocutores no luchaban por sus intereses, ni supuestamente por los intereses que defendían, habría sido un error creerlo: luchaban por unas ideas; durante años me había enfrentado a personas dispuestas a morir por la libertad de comercio".


¿OCCIDENTE CONDENADO?

Como en otras de sus novelas (1), Houllebecq expresa su pesar por el suicidio de Occidente. Es el horror de un mundo sin Dios, sin amor conyugal, sin familia, sin esas estructuras económicas y sociales que permitían en la Patria de antaño "el ascensor social". Ciertos hechos recientes, parecen darle la razón a este gran azote de la corrección política cuando establece que el siglo XXI "es el siglo de más de Occidente".


En la página 130, establece el vate: 

"...una civilización muere simplemente por hastío, por asco de sí misma, que podía proponerme la socialdemocracia, es evidente que nada, solo una perpetuación de la carencia, una invitación al olvido".


Pero hay una salida, aunque individual. "El mundo exterior es duro, implacable con los débiles, no cumple nunca con sus promesas y el amor sigue siendo en lo único que, quizás, todavía se puede tener fe".


El tercer gran tema del libro, en efecto, es el amor frustrado entre Florent y Camille. Por una estúpida infidelidad, el hombre perdió a la mujer de su vida y nunca tuvo la valentía de, al menos, intentar recuperarla. Debió arrastrarse de rodillas hasta que lo perdonara. Nunca volvió a ser feliz y la ruina fue la consecuencia de aquella decepción.


El mensaje axiológico de la novela es conmovedor: el amor (ese que nos oprime el pecho) es un mensaje de Dios, que siempre piensa en nosotros. El libre albedrío determina si aprovechamos o no esa oportunidad (a veces única) que se nos concede para hacer tolerable el paso por el valle de lágrimas.


Como se ve, el gran encanto de las novelas de Houllebecq es el mismo de los textos de Chesterton. Hay un bombardeo incesante de ideas originales, provocativas, contraculturales... (¡llega a reivindicar a Francisco Franco como el inventor del turismo de calidad!) Hemos sostenido más de una vez en este blog que se trata de un pensador imprescindible (2). Los mejores literatos, al fin y al cabo, son los que no temen ser odiados.

Guillermo Belcore


Clasificación: Bueno



miércoles, 26 de junio de 2024

Lecciones


Hay una buena noticia para los lectores de fuste. Ian McEwan ha alcanzado su madurez literaria. A los 74 años entregó a la imprenta una extraordinaria novela océanica que corrobora —por si hiciera falta— que el realismo personal, social, histórico nunca perderá vigencia. Digamos que Lecciones (Alfaguara, 579 páginas) tiene envergadura tolstoiana, para usar una expresión del autor de Aldershot.

Tal como exige esa insuperable especie literaria inventada en el siglo XIX que se concentra en la variedad de la colmena humana, la obra une un destino individual con grandes acontecimientos internacionales. La absorbente narración traza un arco entre la nacionalización del Canal de Suez y la epidemia de covid.

Es la historia y el fluir de la conciencia del inquieto y frustrado Roland Baines, un ser marcado a fuego por el precoz descubrimiento de la orgía erótica. Poeta fracasado, sin trabajo fijo, un ardiente autodidacta aunque procrastinador tenaz, adulto con exigencias sexuales excesivas del que se hartaría cualquier mujer razonable. De hecho, su esposa lo abandonó a él y a su bebé de siete meses, con sólo dos años de matrimonio. ¿Puede perdonarse a una madre que se aleja de su hijo para forjar una destacada carrera literaria? Es una de los afilados interrrogantes que plantea la novela.

En el club selecto de la literatura británica contemporánea, que combina en partes iguales genialidad con monotonía, McEwan siempre había descollado por el punto de depravación o el tizne macabro. Aquí, justamente, el núcleo incandescente es la relación delincuencial entre Roland y su profesora de música, Miriam Cornell. El tiene 14 años; ella 25. El había sido recluido por su padre, un rústico capitán del Ejército, en un internado rural de Suffolk, donde la maestra lo sedujo y lo convirtió en una suerte de esclavo sexual (“una paraíso infernal”). La Crisis de los Misiles de 1962 arrojó al muchacho a los brazos de Afrodita. El contexto siempre es importante en la novela.

McEwan es un virtuoso de la metáfora. Escribe con tanta elegancia y tanta emoción en el lenguaje, que nos olvidamos por un momento que el desfloramiento de Roland es un hecho que, lisa y llanamente, podría encuadrarse en abuso sexual.

Hay muchísimas frases que refulgen —“de oído perfecto”, como dice el propio autor—. Hay pocos párrafos que no contengan un hermoso giro poético o una observación inteligente sobre el arte de sobrellevar una vida corriente (de ahí el título).

ALISSA SE FUE

Otro momento candente de la novela es la inesperada desaparición de Alissa Eberhardt Baines. Estamos en 1985 y una ponzoña letal se desprende de Chernobyl. Pero, ¿qué es una nube radiactiva comparada con ser abandonado por tu mujer? Para colmo, la policía inglesa sospecha que Roland mató a su esposa alemana. No es así. Se fue para siempre y sólo dejó una nota, En el gran mercado postmoderno, un marido fracasado en lo laboral y un bebé que lloriquea son enemigos de la realización personal.

Uno está tentado a definir a Roland como "un bueno para nada", pero sería una definición inexacta. El hombre del corazón hecho pedazos se convierte en un padre amoroso, responsable, eficaz. Advierte McEwan a sus lectores sobre la importancia del llamado capital social: es mejor tener alguien para amar y que te quiera, que una cuenta abultada en el banco. Estos tiempos degradados han acuñado, incluso, una expresión terrible: personas en situación de soledad.

El cromado de esta novela excelente, como dijimos, es su amplia perspectiva histórica. El escritor inquiere a los occidentales prósperos de nuestra generación: ¿Tienes derecho a quejarte de los sinsabores menores de tu vida cuando la historia te ha tratado tan bien; es decir cuando no naciste en Polonia en 1928 o en Corea del Norte de 1970?

Además de una gran capacidad inventiva, McEwan tiene el don de la descripción brillante. La maldad totalitaria en Alemania oriental, por ejemplo es retratada con precisión y confianza: "... el experimento comunista, su imperio impuesto por medio de la violencia, su instinto para el asesinato y las mentiras inverosímiles ha sido un fracaso grotesco…".

Los pasajes sobre la caída del Muro de Berlin (Roland había llegado a la ciudad por casualidad y encuentra a...) también hacen cumbre, aunque incluyan un error histórico que han pasado por alto editores y correctores, pero no los ojos de halcón de este blog. Dice en la página 272: “en Washington el presidente Reagan estaba triunfante". En 1989, en realidad, el presidente era George Bush…

Es un detalle nada más. Lecciones es una verdadera obra maestra.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

jueves, 11 de abril de 2024

¡Noticia bomba!


El periodismo en todo el mundo está en horas bajas.
En Estados Unidos, el faro de la libertad de prensa, se han perdido en los últimos diez años más de un tercio de todos los puestos de trabajo. En la Argentina, tan degradada después de décadas de régimen populista hegemónico, el 2024 parece ser el año de la destrucción de miles empleos en la profesión, aquéllos que se sostenían artificialmente con los aportes del Estado. La cuestión de fondo es que cada vez menos ciudadanos están dispuestos a pagar por material informativo, incluso de calidad. Se asocia Internet con el sacrosanto derecho a la gratuidad de los contenidos que cuestan mucho dinero producir. Somos de la opinión que esta insensatez se terminará pagando caro con el tiempo, en términos políticos, sociales y culturales.

Por eso, puede ser que no resulte oportuno que esta columna recomiende la lectura de, acaso, la sátira más despiadada que se haya escrito en Occidente sobre la profesión periodística en general. y sobre los grandes diarios en particular. ¡Pero es que es tan divertida! Hay pasajes que se leen a mandíbula batiente. ¡Y además está tan bien escrita! Concluimos que es la evasión ideal para escaparse por un rato del doloroso presente.

Hablamos de ¡Noticia bomba! (Anagrama, 260 páginas), entregada a la imprenta en 1937 por la daga más filosa de la literatura inglesa de enteguerras, el genial Evelyn Waugh, uno de nuestros escritores favoritos (1). En el prólogo de 1963, explica que quiso dinamitar la la inmerecida fama que habían acumulado los corresponsales extranjeros en los años treinta y que para ello narró una historia ficticia pero basada en su experiencia personal en el campo de operaciones. El libro combina agilmente la invasión fascista a Etiopía con la guerra civil en España.

Se trata de una desopilante comedia de enredos. Mrs Stich, influyente esposa de un ministro de Su Majestad, le pide a Lord Cooper, magnate de la prensa, que contrate a su amigo, el escritor mediocre John Boot, para cubrir una revuelta en Ismalía (Abisinia, en la vida real), que involucra a las grandes potencias.

El poderoso empresario da las órdenes correspondientes, pero el subdirector y el jefe de la sección Internacionales de su diario, el Beast, se confunden y terminan mandando a la zona de guerra a William Boot, el opaco autor de la columna Exuberancia que se ocupa de la fauna de la campiña inglesa. William heredó la columna y le pagan una guinea por entrega. Hace lo que puede, el chico.

Nuestro héroe es un joven célibe, quintaesencia de una aristocracia rural en estado de putrefacción avanzada. Teme ser despedido del Beast pues en su última columna su hermana le gastó una broma. El texto versaba sobre las costumbres del tejón (Meles meles), pero allí donde mencionaba al mustélido la maldita entrometida reemplazó esa palabra por "somormujo cuellirojo". Llamado a Londres, imagínense su sorpresa cuando, entre loas, palmadas en la espalda y amenazas, lo reclutan como corresponsal de guerra. La voluntad del vizconde Cooper nadie la discute.

Las peripecias de William en África, su consagración insólita como periodista estrella, la adoración que le tributa una Inglaterra cándida a su regreso redondean una obra maestra del subgénero de la sátira literaria. Es increíble (y una muestra del carácter de la democracia británica) que una una novela tan burbujeante como ésta se haya publicado mientras el mundo se abismaba hacia una hecatombe sin precedentes.

Dijimos que se trata de una sublime lectura de evasión. Sí. Pero hay un sonsonete del tío Theodore Boot, un verdadero pillo, que queda resonando en nuestras conciencias de argentinos: 

"No veo a mi alrededor más que transformación y decadencia".

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno