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miércoles, 20 de agosto de 2025

El maestro de los tambores


La novela más reciente de José Eduardo Agualusa (Huambo 1960) es una rara ucronía. Imagina que el pequeño Reino de Bailundo (o M'balundu) derrota a los portugueses a comienzos del siglo XX con un batallón de percusionistas y persiste como entidad política independiente en el altiplano central de Angola, lugar que vio nacer y crecer al señor Agualusa.

"Es una realidad paralela; ya no es la historia tal como la conocemos, es la historia de otro universo", ha explicado el autor a la revista Veja. Vale recordar que Agualusa trabajó varios años en Brasil como periodista.

Su décimoquinta novela se titula El maestro de los tambores. El sello Edhasa acaba de presentarla en la Argentina con la impecable traducción de Claudia Solans. En 287 páginas, encierra una historia de amor, una denuncia contra el colonialismo europeo, una apuesta estilística por el realismo mágico y un homenaje a la historia y mitología del pueblo ovimbundo (la etnia más numerosa de Angola).

La trama se inicia con una matanza. Una patrulla portuguesa encuentra veinticinco cadáveres. Eran soldados europeos. La mayor parte no presenta ningún corte de hoja blanca, agujero de bala, hematoma o contusión. Otros parecen haberse suicidado. Todos con una expresión en el rostro de infinita tristeza. ¿Puede un hechizo exterminar un ejército moderno? Sobre tan espléndida pregunta se asienta la novela.

Lisboa envía a investigar al teniente Jan Pinto, nativo de Angola (parece un sueco: padre portugués, madre boer) que estudió Antropología en París y habla lenguas bantúes. Es un personaje algo anacrónico, más propio de los años sesenta. Como dijimos, estamos a principios del siglo XX.

El buen teniente resolverá el misterio, pues un amigo de la infancia es nada menos que Hejengo, el Maestro de los Tambores del Reino de Bailundo. La otra línea argumental es el tórrido romance de Jan con Lucrecia Van-Dunem, hija de un próspero comerciante de Luanda, la capital angoleña.

Como estrategia literaria se ha convenido que el realismo mágico -esa subespecie del pintoresquismo que inventó William Faulkner- está muerto y enterrado en América Latina después de que Isabel Allende lo convirtiera en caricatura.

La treta, no obstante, resucitó en Japón gracias al talento de Haruki Murakami y hoy persiste en la intensa y colorida África en la obra copiosa de Agualusa, quien también demuestra ingenio para recursos poéticos como el símil. Verbigracia: "...el aire estaba frío y pesado como un difunto"; “…la tarde, callada como una postal…”.

De todos modos, creemos que atribuir características mágicas a un personaje suele bloquear el desarrollo de una personalidad literaria. Es lo que ocurre con Irene, la hermana de Lucrecia. Es preciso destacar que la historia está narrada desde finales del siglo XX por la nieta de la pareja protagónica, con notas a pie de página incluso.

Por otra parte, Agualusa compone con economía de medios. Las frases y los capítulos -¡ay!- son muy cortos. La exuberancia está en los temas, los decorados y en el planteo ideológico. Uno se queda con la sensación de que el barroquismo le hubiera sentado mejor a la novela, aunque siempre será un error criticar a un perro porque no es un gato.

Puede leerse Mestre dos batuques también como una parábola. Agualusa ha querido establecer la superioridad de las culturas aborígenes del África negra por sobre aquello que designamos como “civilización occidental”, incluso del animismo sobre el racionalismo. Es una moda.

El ministro de guerra le explicaba en Lisboa al teniente Pinto que el dominio de Portugal -"un país tan sin recursos como un canónico de aldea"- se asienta por completo en un logro ingenuo: 

"...los africanos creen que somos fuertes, que somos poderosos que somos invencibles".

En la vida real, una minúscula fuerza portuguesa, con mercenarios boers y compañías de soldados negros, sometió al rey de los bailundos entre 1902 y 1904. La descolonización de Angola concluyó en la década del 70. Estalló entonces la guerra civil más larga de la historia del continente negro, que también devastó a "la gente de la meseta", e involucró a cubanos, zaireños y sudafricanos, pues estuvo condicionada por el latido de la guerra fría. A pesar de ello, Agualusa llama al África "continente madre de la espiritualidad".

Guillermo Belcore

Calificación: Buena

domingo, 27 de junio de 2021

La terraza de frangipani


Así como en la Argentina un puñado de citadinos cultos inventó la literatura gauchesca para preservar el alma de un pueblo, Mia Couto (1955) ha intentado delimitar una narrativa bantú, mestiza y genuinamente africana.

Descendiente de inmigrantes portugueses, nacido en Mozambique, biólogo y periodista, escribe desde hace más de cuatro décadas, no sin éxito. Ha recibido el Premio Camoes, el más prestigioso en lengua portuguesa. La terraza del frangipani (Edhasa, 166 páginas) es la tercera novela de Couto que se edita en la Argentina. Fue entregada a la imprenta por primera vez en 1996.

Detrás de un tenue misterio policial, el lector encontrará una notoria voluntad lírica y un firme propósito de denuncia y de salvamento. Así como Hernández denunciaba las maldades que se le infligían al gaucho, Couto se indigna aquí con el perverso trato que un Mozambique pauperizado impone a sus mayores. Ya nadie respeta a los viejos en una tierra donde hacen poco se reverenciaba a los ancestros

La trama nos lleva al asilo de Sao Nicolau, antiguo fuerte colonial. Han asesinado al malvado director Excelencio Vasto. Tiene siete días para encontrar al culpable el inspector Izidine Naíta, "un fruto bueno en un árbol podrido... una almendra en una bolsa de ratas...".

La tarea no es sencilla. Naíta, estudió en Europa, volvió al país después de la revolución, no es confiable para los lugareños. Cinco ancianos, "frágiles como un talón", se atribuyen el crimen (de hecho cinco capítulos se titulan La confesión de...). Hablan todos como Don Verídico, es decir de una manera sentenciosa, con exageraciones, encerrando mitos y tradiciones. Es el habla del pueblo, ese tesoro que Couto se ha empeñado en rescatar. Podría decirse que se trata de un falso policial; es -como el Martín Fierro lo era- un libro de reafirmación cultural.

La enfermera Marta Gimo, "mujer de saborear con la vista" condenada a dormir desnuda a la intemperie, presta dudosa ayuda al detective. Le advierte que el verdadero crimen es otro. El crimen es lo que el Mozambique de la descolonización le está haciendo a sus gentes, sobre todo a los ancianos, dentro y fuera del asilo

"Están matando al pasado... están matando las últimas raíces que podrían impedir que vivamos por imitación, sin historia..".

Por cierto, el narrador de la historia es el fantasma de un carpintero, Don Ermelindo Mucanga (¡cuántos nombres fragantes trae este libro!), que debe habitar el cuerpo de un condenado -el inspector Naíta- para poder ascender al estado de xicuembo, que son los difuntos definitivos, "con derecho a ser nombrados y amados por los vivos".

Ermelindo está enterrado en una terraza de la fortaleza, junto a un magro frangipane, árbol de vistosas flores blancas de la familia de las magnolias. Conversa el espectro con un pangolín, insectívoro que -además de transmitir el covid- baja de los cielos para entregar novedades al mundo, "las proveniencias del porvenir". Sí, lamentablemente, en las costas del Océano Indico también se abusa del realismo mágico.

No obstante, los excesos fantasmagóricos uno va enamorándose del libro por dos o tres razones. Primero, por su fulgor poético. Hay un aluvión de neologismos y hay párrafos bellísimos que suenan como coplas. También atrapa el afán antropológico e histórico, el rescate de esas pequeñas cosas que conforman el alma mozambiqueña, estragada por la guerra civil y la avidez de los enriquecidos. Debiéramos tomar nota los argentinos que coqueteamos con la demencial grieta. "Todo lo pudrió la guerra civil", nos advierten desde el Africa meridional, donde la esperanza de vida -aún hoy- no llega a los cincuenta años.

Sólo el final del libro no resulta convincente. Pero en conjunto, La terraza del frangipani -segunda novela de Couto- puede ser encarada como estupenda puerta de entrada a una obra sofisticada y exótica.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno


sábado, 16 de febrero de 2019

La sociedad de los soñadores involuntarios

De Angola sólo tuvimos noticias los argentinos por el delirante viaje de negocios de la anterior presidenta y su agresivo secretario de Comercio. Fue en 2012, otra época. Casi siete años después, llega del país lusófono una novedad agradable: la novela más reciente de una gloria de la llamada nueva literatura africana, José Eduardo Agualusa (Huambo, 1960), gracias al aporte del Instituto Camoes de Cooperación y Lenguaje de Portugal y del buen criterio de un sello argentino.

La sociedad de los soñadores involuntarios (286 páginas, Edhasa) explora y explota uno de los misterios de la humanidad. "¿Sabes que una persona a lo largo de su vida pasa, en promedio, seis años soñando?", nos preguntan en la página ochenta y dos. "Soñar es ensayar la realidad en el confort de nuestra cama", se establece en la ciento veinticuatro.

La urdimbre de la novela se entreteje con cuatro personajes que mantienen una relación inusual con las fantasías que pueblan nuestro estado de reposo. Uno de los narradores es el periodista Daniel Benchemol (alter ego del autor), un miembro de la República de los Intelectuales que tiene sueños muy detallados. Sueña con la vida entera de personas reales, incluso de aquellas que nunca ha visto personalmente como Muamar Kadafi. Y mantiene con ellas conversaciones que no es común que ocurran en sueños.

La otra voz que oímos (en forma de diario) es un hotelero llamado Hossi Kaley, al que un rayo le borró la memoria, lo que fue una bendición pues durante la guerra civil perpetró un montón de atrocidades. Vestido con una chaqueta de seda morada, el señor Kaley se aparece en los sueños de otras personas que duermen cerca de él. Por un tiempo, la inteligencia cubana se interesó en su aptitud, acaso para desarrollar una especie de arma psíquica.

Daniel se enamora de la artista plástica Moira Fernández, quien se ha dedicado a representar sus propios sueños y los sueños de otros en fotografías y telas. El neurocientífico brasileño Helio de Castro es el cuarto en discordia. Ha perfeccionado una máquina para filmar sueños. El artificio, al parecer, funciona.

¿Existe la precognición en el acto de dormir? Es decir, ¿soñamos algo que nos va a ocurrir? En la página ciento ochenta y ocho, Agualusa ofrece una teoría que por ahora llamaremos fantástica:

"El tiempo es una dimensión, como el largo, el ancho o la altura. Así que no tiene sentido decir que el tiempo pasa. No pasa. Está. Sólo podemos viajar a lo largo de él en una única dirección -la dirección de la entropía, de la destrucción- pero no significa que se agote. Significa sólo que estamos avanzando. De este modo, tal vez sea posible que nos acordemos de eventos futuros, muy importantes o muy traumáticos. Puede ser que nos vengan a la mente, a veces, recuerdos rápidos de personas que no conocemos pero que marcarán profundamente nuestra vida".

REALISMO MAGICO

Es notable que si en América latina el realismo mágico, por fortuna, está muerto y enterrado (ya dio lo mejor de sí e Isabel Allende lo convirtió en caricatura) en otras dos regiones del mundo, al menos, le quedan algunas flechas filosas en el carcaj. Una de ellas es Japón con el notable Haruki Murakami; la otra el Africa negra donde literatos como Agualusa nos persuaden de que se puede morir dos veces en la vida o que una noche exaltada todo un pueblo puede soñar con la misma persona (en el fondo es una alegoría política).

Básicamente, Agualusa persigue dos objetivos en su décimoquinta novela: entretener y denunciar. Para cumplir la primera misión narra una historia extraña tras otra, no sin un dejo de poesía (demuestra un hábil dominio de la metáfora, por cierto). Nótese el lirismo de este fragmento paradigmático:

"Pequeñas olas, una después de otra, bordaban finos encajes de espuma. Los acantilados crecían detrás de mí. Encima de los acantilados crecían los cactus como altas catedrales de espinas y, más allá, el rápido incendio del cielo. Entré en el agua y nadé con brazadas lentas. Hay quien nada por puro placer. Hay quien nada para mantener la forma. Yo nado para pensar mejor. Recuerdo un verso de la poetisa mozambiqueña Glória de Sant"Anna: "Dentro del agua yo soy exacta". 


LOS CUBANOS 

Si el escritor hace referencia a la política, el comentario debe hablar de política, sostiene ese crítico excelente llamado Ignacio Echaverría. Agualusa se dirige a la historia de Angola con propósitos esclarecedores. Siente la urgencia de decirle al mundo que la descolonización de ese turbulento dominio de Portugal fue un desastre: desencadenó una guerra civil y arribaron entonces los peones más diligentes de la Unión Soviética en el Tercer Mundo: los cubanos.

Hasta 50 mil soldados envió el desquiciado de Fidel Castro para guerrear contra la facción que apoyaban los sudafricanos, en nombre de un internacionalismo proletario, que fue una farsa como tantas etiquetas del estalinismo del trópico. El marxismo cuartelero dejó un régimen de partido único, policía política y corrupción generalizada. "En Cuba, como en Angola, cualquier excusa es buena para arrestar a una persona", nos advierte Agualusa. Y escuchen esto también:

"Cansado y con hambre, cualquier hombre es peligroso, aún más si es un operador de la inteligencia militar cubana".

Y qué deben hacer pues las conciencias sanas ante una dictadura comunista, que fue mutando en mafia populista, tan indecente como las que arruinaron a Latinoamérica. Resistencia pacífica; no tener miedo al presidente vitalicio que manda a matar a un periodista aquí, un disidente allá con el esfuerzo cansado de quien cumple una obligación. 

En la segunda parte de la novela, la hija de Daniel, junto a otros seis jóvenes corajudos (los siete magníficos), osan protestar frente a las barbas mismas del jefe de Estado. Naturalmente, la humillación no puede ser perdonada: los encarcelan y los enjuician con cargos desmesurados. Karinguiri, la chica, y sus compañeros comienzan una huelga de hambre que galvaniza a los descontentos de Angola y recibe el máximo interés de los medios de comunicación extranjeros.

Llegamos así al núcleo incandescente del libro: La sociedad de los soñadores involuntarios es, al fin y al cabo, un suntuoso manifiesto político.

Por la boca del señor Kaley, el hotelero, se esboza una estrategia alternativa ante la opresión: "El pacifismo, hermano, es como las sirenas: no respira fuera del mar de la fantasía, no se lleva bien con la realidad. Mucho menos con nuestra realidad, tan cruel. Angola no es para los mansos".

Los hechos le darán la razón a... No, no podemos devalar el final trepidante. Descúbralo, usted mismo. La novela vale la pena.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno