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miércoles, 26 de junio de 2024

Lecciones


Hay una buena noticia para los lectores de fuste. Ian McEwan ha alcanzado su madurez literaria. A los 74 años entregó a la imprenta una extraordinaria novela océanica que corrobora —por si hiciera falta— que el realismo personal, social, histórico nunca perderá vigencia. Digamos que Lecciones (Alfaguara, 579 páginas) tiene envergadura tolstoiana, para usar una expresión del autor de Aldershot.

Tal como exige esa insuperable especie literaria inventada en el siglo XIX que se concentra en la variedad de la colmena humana, la obra une un destino individual con grandes acontecimientos internacionales. La absorbente narración traza un arco entre la nacionalización del Canal de Suez y la epidemia de covid.

Es la historia y el fluir de la conciencia del inquieto y frustrado Roland Baines, un ser marcado a fuego por el precoz descubrimiento de la orgía erótica. Poeta fracasado, sin trabajo fijo, un ardiente autodidacta aunque procrastinador tenaz, adulto con exigencias sexuales excesivas del que se hartaría cualquier mujer razonable. De hecho, su esposa lo abandonó a él y a su bebé de siete meses, con sólo dos años de matrimonio. ¿Puede perdonarse a una madre que se aleja de su hijo para forjar una destacada carrera literaria? Es una de los afilados interrrogantes que plantea la novela.

En el club selecto de la literatura británica contemporánea, que combina en partes iguales genialidad con monotonía, McEwan siempre había descollado por el punto de depravación o el tizne macabro. Aquí, justamente, el núcleo incandescente es la relación delincuencial entre Roland y su profesora de música, Miriam Cornell. El tiene 14 años; ella 25. El había sido recluido por su padre, un rústico capitán del Ejército, en un internado rural de Suffolk, donde la maestra lo sedujo y lo convirtió en una suerte de esclavo sexual (“una paraíso infernal”). La Crisis de los Misiles de 1962 arrojó al muchacho a los brazos de Afrodita. El contexto siempre es importante en la novela.

McEwan es un virtuoso de la metáfora. Escribe con tanta elegancia y tanta emoción en el lenguaje, que nos olvidamos por un momento que el desfloramiento de Roland es un hecho que, lisa y llanamente, podría encuadrarse en abuso sexual.

Hay muchísimas frases que refulgen —“de oído perfecto”, como dice el propio autor—. Hay pocos párrafos que no contengan un hermoso giro poético o una observación inteligente sobre el arte de sobrellevar una vida corriente (de ahí el título).

ALISSA SE FUE

Otro momento candente de la novela es la inesperada desaparición de Alissa Eberhardt Baines. Estamos en 1985 y una ponzoña letal se desprende de Chernobyl. Pero, ¿qué es una nube radiactiva comparada con ser abandonado por tu mujer? Para colmo, la policía inglesa sospecha que Roland mató a su esposa alemana. No es así. Se fue para siempre y sólo dejó una nota, En el gran mercado postmoderno, un marido fracasado en lo laboral y un bebé que lloriquea son enemigos de la realización personal.

Uno está tentado a definir a Roland como "un bueno para nada", pero sería una definición inexacta. El hombre del corazón hecho pedazos se convierte en un padre amoroso, responsable, eficaz. Advierte McEwan a sus lectores sobre la importancia del llamado capital social: es mejor tener alguien para amar y que te quiera, que una cuenta abultada en el banco. Estos tiempos degradados han acuñado, incluso, una expresión terrible: personas en situación de soledad.

El cromado de esta novela excelente, como dijimos, es su amplia perspectiva histórica. El escritor inquiere a los occidentales prósperos de nuestra generación: ¿Tienes derecho a quejarte de los sinsabores menores de tu vida cuando la historia te ha tratado tan bien; es decir cuando no naciste en Polonia en 1928 o en Corea del Norte de 1970?

Además de una gran capacidad inventiva, McEwan tiene el don de la descripción brillante. La maldad totalitaria en Alemania oriental, por ejemplo es retratada con precisión y confianza: "... el experimento comunista, su imperio impuesto por medio de la violencia, su instinto para el asesinato y las mentiras inverosímiles ha sido un fracaso grotesco…".

Los pasajes sobre la caída del Muro de Berlin (Roland había llegado a la ciudad por casualidad y encuentra a...) también hacen cumbre, aunque incluyan un error histórico que han pasado por alto editores y correctores, pero no los ojos de halcón de este blog. Dice en la página 272: “en Washington el presidente Reagan estaba triunfante". En 1989, en realidad, el presidente era George Bush…

Es un detalle nada más. Lecciones es una verdadera obra maestra.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

martes, 6 de febrero de 2024

Aniquilación


 "Una mejora en las condiciones de vida va emparejada, a menudo, con un deterioro de las razones de vivir, y en particular de vivir juntos.”

M.H.


Sin duda, uno de los pasajes más emocionantes de la saga cinematográfica de El señor de los anillos es la petición caballeresca de Aragorn frente a la Puerta Negra de Mordor. Viggo Mortensen intenta que sus tropas recuperen el coraje para detener a los ejércitos de las potencias maléficas:

"...Hijos de Gondor y de Rohan, mis hermanos, veo en vuestros ojos el mismo miedo que encogería mi propio corazón.

Pudiera llegar el día en que el valor de los hombres decayera, en el que olvidáramos a nuestros compañeros y se rompieran los lazos de nuestra comunidad. Pero hoy no es ese día.

En que una hora de lobos y escudos rotos rubricaran la consumación de la edad de los hombres. Pero hoy no es ese día.

En este día lucharemos. ¡Por todo aquello que vuestro corazón ama de esta buena tierra, os llamo a luchar, hombres del Oeste!..."


La arenga de Aragorn -similar a la de William Wallace antes de la batalla de Stirling- es destacada en la novela más reciente de Michel Houellebecq (Saint Pierre, 1958). Justamente, el escritor-filósofo más interesante de la Francia contemporánea ha venido reprobando en su vasta obra con inusual valor las miserias y cobardías de los hombres del Oeste, que signan una época líquida que, por pereza intelectual, hemos designado como postmodernidad.


En Aniquilación (Anagrama, edición 2022, 605 páginas) asume Houllebecq una vez más la defensa de la moral judeocristiana, y de la moral en general. Y lo hace con una lucidez y potencia narrativa que demuestra que puede resultar fascinante incluso la literatura con mensaje, ese colmo de horrores, a priori, según Oscar Wilde y Borges. La potencia maléfica contra la que se alza el literato es el nihilismo europeo, que se manifiesta, por ejemplo, en sectas paganas, o panteístas, y politeístas, o que divinizan a la naturaleza.


La novela ubica al lector ante los grandes asuntos existenciales del presente. El problema de la decrepitud de nuestros padres; el problema de la sexualidad en el matrimonio y fuera de él; el problema del trabajo después de los cincuenta; el problema de la representación política; el problema del orden y la seguridad pública; el problema de la salud quebrantada. Estos son sólo algunos de los temas abordados con inteligencia y elegancia. La respuesta de Houellebecq a los retos es nostálgica. Le gustaría recuperar, aunque sea una parte, del mundo pérdido de la infancia. Un mundo accesible, humano, donde aún tenían lugar la comida casera y los platos típicos; y los matrimonios cuidaban a sus hijos, mantenían una intensa vida sexual y creían en Dios.


MONSIEUR RAISON


El protagonista del libro se llama Paul Raison, quintaesencia de la "suficiencia burguesa", es decir un representante cabal de la casta gobernante. Trabaja en el Ministerio de Economía, es confidente y mano derecha del ministro, una suerte de Colbert del siglo XXI, tecnócrata que ha revivido a la industria francesa. Pero Paul, en la cincuentena, no es feliz. Su matrimonio ha fracasado; nunca se les ocurrió tener hijos. No tiene amigos y es distante la relación con sus hermanos y con su padre, un ex funcionario del Servicio de Inteligencia del más alto nivel.


La trama va encadenando los duros golpes que recibe Paul hasta su aniquilación, pero que, paradójicamente, le permiten rehacer la relación con Prudence, su esposa. Al final, nos encontramos con una hermosa historia de amor. Al mismo tiempo, Houllebecq corre los cortinados y nos permite atisbar en el funcionamiento del Estado francés. El jefe de Paul se convierte en 2027 en el nuevo hombre fuerte del gobierno, bajo la presidencia de un telepresentador insustancial. El tercer hilo narrativo esclarece una serie de atentados, que han puesto de cabeza a los servicios de inteligencia de las potencias globales, "la mayor catástrofe en seguridad informática desde la aparición de las computadoras".


Los únicos pasajes que aburren en esta novela son las narraciones de un sueño; como siempre ocurre, un procedimiento que delata déficit de invención. No se entiende, con franqueza, la insistencia de los escritores -incluso de los buenos- con esta bobería. El resbalón, no obstante, se compensa largamente con la hondura psicológica y social de los personajes (a su manera, Houellebecq es un Balzac) y con los juegos de ideas que circulan por el texto.


Entramos en la posdemocracia, nos advierte Houllebecq, desde París. La democracia, tal como la conocíamos, ha muerto; "es demasiado lenta y demasiado pesada". Las relaciones personales y las redes es lo único que funciona, aunque "el idiota moderno vive intoxicado con la web, las teorías conspirativas y las noticias falsas". Caímos en una suerte de epicureísmo mustio; en una desesperación normalizada; "en un ambiente pseudolúdico, pero que realidad está regido por una normativa fascista que, poco a poco, ha ido infestando todos los recovecos de la vida cotidiana". Es la famosa corrección política.


Tal como hizo hace unos días el Presidente de la Argentina en Davos, el perspicaz escritor francés nos advierte que Occidente se suicida, por vestirse con una panoplia de ideas descabelladas, pero la admonición es aquí más cultural que económica. Houllebecq no cree en el librecambio, por cierto. Condena por ingenua la doxa liberal a lo Francis Fukuyama: "...la ingenua creencia de que el afán de lucro puede reemplazar cualquier motivación humana y proporcionar por sí sola la energía mental necesaria para mantener una organización compleja...". Por fin, un escritor eminente que se preocupa por un estilo de vida que conduce a la destrucción de la familia y la vida conyugal.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.

Calificación: Muy bueno

domingo, 9 de julio de 2023

Los destrozos

 


Se ha dicho que todas las novelas son de alguna manera —incluso secretamente— autobiográficas (no sólo revelan lo que ha vivido el escritor, sino también lo que ha leído). Pero algunas son más que otras. Como la que aquí venimos a comentar. Un 60% autobiográfica, según el testimonio del autor.


En su madurez creativa y después de 13 años desde su anterior novela, Bret Easton Ellis (Los Angeles, 1964) arroja un desafío al rostro de los lectores y los críticos: adivinen qué es verdad y qué ficción de aquel horripilante otoño boreal de 1981. La nave del tiempo nos lleva a California en el primer tramo de la era imperial de Ronald Reagan. La acción transcurre en el exclusivo colegio secundario Buckley, en las mansiones falso estilo Tudor donde vive la élite vinculada a Hollywood, en carísimos restaurantes de moda y sobre autos de lujo.


El narrador —que es un tal Bret Ellis— declara desde la primera página de Los destrozos (Random House, 674 páginas) su intención de exorcizar demonios. Necesita reconstruir por escrito las cosas espantosas que le sucedieron a él y a sus amigos durante el último año en el instituto. Intentó esa terapia en 1982, 1999, 2006 y 2013, pero no pudo empezar el libro. Debió tomar una distancia de 40 años para lidiar con aquella abundante efusión de sangre e idiotez.


Los hechos nefastos que narra Ellis se conectan con un asesino en serie que operaba por entonces —el Arrastrero— y con la llegada a su curso de un nuevo estudiante, el misterioso Robert Mallory. La mente febril e intoxicada de Bret intenta atar cabos; cree que hay una relación entre ambos o que son la misma persona. Es una cacería demencial y no conviene decir más. El suspenso es una de las virtudes del libro; nos lleva en diligencia veloz hasta la última página, sorteando pesados fragmentos pornográficos -nada más aburrido que el sexo explícito en literatura- o directamente bestiales que pondrán a prueba el estómago del lector.


Hay que reconocer que Brett Ellis ha aprendido algunos trucos del oficio. Muestra destreza para exornar la trama con esos ganchos que mantienen viva nuestra atención.


EL FRESCO


Otra potencia del libro es su condición de mural. Bret Ellis redondeó una minuciosa reconstrucción histórica, en la que describe —mejor dicho "denuncia"— una clase social opulenta, frívola, embotada por las drogas, el alcohol y el consumismo ostentoso. Chicos de 17 años que van al colegio manejando un Porsche 911. Vemos familias adineradas de los Ángeles sumidas en un grado de decadencia e inmoralidad que recuerda a la corte de los Romanov. Ante semejante espectáculo de fin de época, uno no puede dejar de preguntarse cómo ha podido Estados Unidos conservar su estatus de superpotencia hegemónica (¡Son las instituciones, estúpido!).


Y en medio de todo eso, el jovencito Bret, escritor en ciernes, perdido en el laberinto de las pantomimas. Abandonado durante meses por sus padres, sufriendo por no poder declarar su bisexualidad. Claro, eran otros tiempos.


Fiel a su estilo crudamente realista, Bret -el adulto- confirma que no tiene dominio de la metáfora, ni de la poética, ni de la elipsis. Inflige a su público detalladas relaciones sexuales en su mayor parte entre varones, incluso oleadas de lujuria entre un adolescente y un pervertido de cuarenta y pocos años que no duda en seducir al novio de su hija.


Recapitulando. Tenemos aquí burbujas de privilegio, sexo adolescente, drogas a raudales, animales mutilados, chicas secuestradas y desaparecidas, paranoia. Toda la basura expuesta sin ambages. También, un detallado catálogo de las modas y las marcas de los ochenta —otra seña de identidad de la literatura ellisiana—.


Y el escritor como disc jockey. Si el literato tradicional apelaba al recurso de la écfrasis; el postmoderno como Ellis desmenuza canciones y videoclips del crepúsculo del mundo predigital.


Y el cine. Página 42: 

"Las películas eran una religión en aquel momento, podían cambiarte, alterar tu percepción, podías levantarte hacia la pantalla y compartir un momento de trascendencia, todas las desilusiones y temores se borraban durante unas horas en aquella iglesia: las películas actuaban en mí como una droga".


Hay que destacar que la ambición de la novela no merece otra cosa que elogios. Párrafos macizos bien trabajados; situaciones poderosas; personajes de carne y hueso; interesantes cameos de celebridades; una estructura narrativa muy competente; el relato se va a tornado atrapante, con un asesino atroz acechando entre la sombras... Todo eso servido con una prosa clarísima que no plantea dificultades.


A LA MODA


La prensa anglosajona ya ha fallado. Los destrozos es la obra maestra de Ellis. Es posible. Pero no se trata del opus magnum de un genio de la literatura. Es una novela de moda. Veamos. En la constelación estadounidense, por arriba de todos, como la estrella solitaria del Norte, brilla Thomas Pynchon. Más abajo, J. Irving, Stephen King y Don Delillo. Descendemos un poco más y encontramos a J. Franzen, J. Ellroy, Joyce Carol Oates y D. Winslow. Bajamos dos o tres escalones más y ahí aparece Bret Easton Ellis.


Una curiosidad. Ya en sus trabajos escolares, -afirma Bret- mostraba una enfermiza propensión hacia los detalles escabrosos, sangrientos, y repulsivos. El Príncipe de las Tinieblas, en su propias palabras, que escribió American Psycho, la obra más revulsiva de la Generación X.


En la página 106, explica su procedimiento favorito: 

"Lo mío es contar historias y me gusta adornar un incidente por lo demás mundano, que tal vez tenía dos o tres elementos que hacían que en principio fuese interesante contarlo, pero en realidad no tanto, y añadirle uno o dos detalles que elevan a la anécdota a la categoría de algo legítimamente interesante, que produce risa, sorpresa o impresión Y esto es algo que me sale de forma natural Sencillamente prefiero la versión exagerada".


Claro, esas exageraciones no son para todos los mortales.


Otra curiosidad más. Bret dice que descubrió su vocación literaria con la lectura de una novela de Stephen King: El resplandor.


Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Bueno

domingo, 19 de marzo de 2023

El ápice y otras historias


 POR GUILLERMO BELCORE


En 1965, George Steiner escribió Palabras de la noche, Pornografía sería e intimidad. El pequeño ensayo podría considerarse -hasta el día de hoy- la crítica definitiva a los textos sexuales. Destaca el rabí su ineludible monotonía, pues "la cantidad real de los gestos, de las consumaciones y de las fabulaciones es tremendamente pequeña". Sostiene que la literatura erótica sólo nos ha dado en nuestro tiempo una sola obra memorable: Lolita, donde encuentra "un auténtico enriquecimiento de nuestro habitual bagaje de tentaciones". Y denuncia un paralelismo grave:


"Las novelas producidas con el nuevo código de decirlo todo tratan a gritos a sus personajes: desnúdate, fornica, ejecuta tal cual perversión. Así lo hacían los S.S. con filas de hombres y mujeres de carne y hueso. La actividad no es, creo, enteramente distinta. Es posible que haya afinidades más profundas de las que hayamos percibido entre la libertad total de la imaginación erótica sin trabas y la libertad total de sádico. La aparición de estas dos libertades en momento histórico más o menos idéntico puede no ser coincidencia. Ambas se ejercen a costa de la humanidad de otra persona, del derecho más precioso que tienen los demás; el derecho a una sensibilidad privada".


Para Steiner, pues, la ficción puerca tiene escasísimo mérito literario e interés para una mentalidad adulta. "Tolstoi es infinitamente más libre, incluso más excitante que los nuevos erotólogos", postula en uno de nuestros libros de cabecera (1).


En el Río de la Plata, no obstante, ha surgido un polígrafo que ha decidido desafiar el dictum del mejor crítico del siglo XX. Su nombre es Ercole Lissardi (Montevideo, 1951). Escribió cuentos, ensayos y más de veinte novelas sobre la cuestión de Eros; incluso creó la editorial Los libros del inquisidor, junto a su esposa Ana Grynbaum (2), para que el filisteísmo y la cobardía no interfieran con su libertad creativa, a la que considera básicamente como un asunto de coraje: el creador "debe estar estar dispuesto a perder el Mundo para ganar el Cielo"..., pero con la convicción triste de que "el producto de esa labor secreta a la que llamamos arte sólo puede esperar el fracaso o la estima de audiencias minúsculas".


Ha llegado a nuestras manos un volumen de Los libros del inquisidor, impreso hace unos meses en Buenos Aires. El ápice y otras historias encierra tres escritos de "pornografía seria" que compuso el señor Lissardi. Podría definirse como la puerta de entrada ideal a su propuesta literaria.


AMBICIONES SINCERAS


Antes de comentar las tres nouvelles o cuentos alargados, es menester hacer una aclaración. Lissardi es un escritor de verdad con pretensiones y ambiciones sinceras, que ha buscado cultivar el jardín de la originalidad, experimentando con un género difícil y limitado (Steiner tiene razón), pues una cosa es que el sexo sea una hebra más en la trama -aunque de subidísimo tono-, y otra muy distinta es afrontar cada cinco páginas una detallada descripción de una cópula salvaje, incluso homosexual. No es para todos los estómagos, queremos decir. Como Osvaldo Lamborghini.


En la primera historia (El ápice), un artista evoca las maratones carnales que mantuvo con Martina, estudiante flacucha e intelectualoide; y con Jairo, el chico que atiende el ciber. Dos jovencitos sin prejuicios ni inhibiciones. Acaso discípulo de Wilhem Reich, el sinvergüenza que lleva la batuta dice que encuentra en las esencias del deseo consumado las fuerzas para completar su obra. ¿La famosa energía orgónica?


Encontramos en El bien supremo a un gerente apuesto y con auto de lujo, cazador fantasmal de mujeres proclives a las tiroteos clandestinos, pero en vías de sanación espiritual, aunque ello implique utilizar sin escrúpulos a una auxiliar contable de su empresa (la casquivana Malena). Lissardi despliega aquí un finísimo sentido del humor. Oímos los retorcidos pensamientos de un loco.


La tercera parte se titula El inconveniente. El narrador omnisciente plantea la siguiente antinomia: claustro matrimonial vs. la bestia del deseo. En viaje de negocios, dos prolijos burócratas acuerdan en el hotel donde se alojan una aventura sexual, no sin peripecias, como una "metaerección". Hombre y mujer se mueren de ganas de transgredir, de salirse del redil un poco, de encontrar en un coito diferente al que habitualmente practican con sus cónyuges "la revelación que parte en dos el mundo de la experiencia".


Del estilo, siempre hay algo que decir. Lissardi escribe con facilidad pero sin desaliño. Exhibe riqueza de vocabulario y dominio de la metáfora, sobre todo para describir órganos sexuales. Hay párrafos con fulgor poético, como la oda al pezón de la página once. Entre orgasmo y orgasmo, medita sobre los misterios del tiempo, el sentido de vida, la vida matrimonial, la sensualidad y el morbo.


Plantea la idea de que sólo los artistas pueden intentar "la representación de lo sexual en su verdad". La dorada medianía de la vida burguesa no quiere ver cara a cara esa verdad que, justamente, no se encontraría en el sexo doméstico, "pautado y previsible, rutinario e higiénico, dulzón e inocuo". El señor Lissardi propone actuar como esponjas marinas, convertirnos en seres porosos, abiertos, para dejarnos llevar donde nos lleve el deseo. Gozar como gozan los dioses, sin límites, es la premisa.


Una especie de locura, parece. El problema en literatura no es solamente que los procedimientos oblicuos sean más eficaces (la sentencia es de Borges). Como dicen en Portugal, "las maneras de tener sexo son menos que las de cómo cocinar el bacalao".


(1) "Lenguaje y silencio. Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano", Gedisa, edición 1990.

(2) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2022/12/tres-novelas-familiares.html


CALIFICACION: BUENO


lunes, 19 de diciembre de 2022

Tres novelas familiares

 


Uruguay no ha perdido la capacidad de sorprender. Es la tierra de narradores raros -aunque escasos-; es la tierra de Felisberto, Onetti y Levrero. Añadimos a nuestra cartografía -siempre provisional e incompleta- a la señora Ana Grynbaum. Se ha publicado en Buenos Aires un volumen que encierra tres de sus novelas. De esta singular y desafiante escritura -no sin belleza e inteligencia- hablaremos a continuación.


Primero, el contexto. Grynbaum fundó en Montevideo el sello editorial Los libros del inquisidor, junto a su marido Ercole Lisardi, también escritor. Explicó la emprendedora a la agencia Telam que su propósito es corregir un defecto de nuestra época: "La literatura erótica de calidad y profunda, sin facilismo ni lugares comunes, no abunda, en la literatura en español... el discurso del sexo se ha pasteurizado".


¿Porno literario a esta altura del partido? Sí. Entiende Grynbaum que se limita el arte (y la vida) por un recalcitrante "maremágnum de tabúes". Sin embargo, la tríada que se imprimió en la Argentina es interesante y recomendable no porque despliega Alto Erotismo, sino por sus ideas (filosóficas, psicológicas e históricas), por los argumentos que desarrolla, y por la potencia estética de su estilo. Aunque de tonos muy intensos, el sexo no es un único color en la trama, como ocurre siempre en la buena literatura. Al fin y al cabo, las tres obras, con sus heroínas resilientes, concluyen redondeando un mensaje bastante convencional. Sólo el amor salvará al mundo.


Tres novelas familiares (469 páginas, edición 2022) incluye pues los siguiente títulos: El hombre que pudo haber sido, La conquista del deseo y Un asiento demasiado confortable.


En la primera nouvelle, un antropólogo israelí (Iaír) llega a Montevideo para estudiar a los judíos nacidos en Europa que todavía viven en la capital uruguaya, pero cae en una casa de pesadilla. La segunda nos lleva de la mano a la iniciación en el placer de una jovencita (Iara) en los opresivos años ochenta. En la última, una mosquita muerta (Leila) se evade del calvario familiar en el sillón que un vejete repulsivo -""verdadero artista de la succión genital femenina""- esconde en la trastienda de su cuchitril.


EL DECALOGO DE G.


El lector encontrará en el volumen diez elementos destacados, por lo menos:


1) En alguna medida, las tres son novelas de formación (bildungsroman), relatos de iniciación, formación o aprendizaje. Narradas en forma de evocación, van desde los deseos insatisfechos hacia la autorrealización. "Uno tiene la obligación de darse las oportunidades de vivir, de hacer las cosas que podrían eventualmente generar la felicidad o algo emparentado con ella...", se establece en la página sesenta y seis.


2) Personajes sin atributos remarcables, sujetos a la maldición de la infelicidad, pero que se las arreglan para salir adelante.


3) Reflexiones sobre los retorcidos senderos del deseo. La dependencia del goce, que incluso engancha a algunas personas libidinalmente a un estilo maldito de hacer las cosas mal, o al ejercicio de la maldad, como la madre de Leila (¿es éste el libro de las madres crueles?).


4) Podredumbre doméstica. La urdimbre describe atmósferas malsanas en el hogar, donde también ocurre la indignidad, la deshumanización del ser humano. Como la que han construido, Bernardo y Clara -anfitriones de Iaír-, "37 años de vida matrimonial: se revolcaban en el goce del mutuo maltrato como los cerdos en el barro". Así, Grynbaum nos advierte que "la novela familiar se ha convertido en una serie criminal con toques de humor sádico".


5) El cultivo del feísmo nacional. Montevideo es gélida, gris, anodina, maloliente. Uruguay, el "País de todos los quietismos". Grynbaum declara su fastidio, su desesperación, por el país que pudo haber sido, las promesa batllista incumplida, el progreso abortado... Y uno que pensaba que los argentinos somos los campeones mundiales de las oportunidades perdidas.


6) El libro cavila sobre la condición judía; especialmente sobre el peso abrumador de ser sobreviviente del horror nazi en un tranquilo arrabal de Sudamérica.


7) Estudio de la mente humana. Grynbaum es psicóloga también y -¡ay!- hace hablar a algunos de sus personajes como si hubieran estudiado durante años a Freud y a Adler. La jerga profesional se convierte en un ripio. Verbigracia: "La fascinación es una forma del deseo congelado".


8) Pornografía. El texto es rico en palabras puercas e incluye escenas revulsivas. Somete a escrutinio neurótico, por caso, la obsesión con una lengua camélida de la pobre Leila, ""una marioneta en disputa por las fuerzas opuestas de la fascinación y la repugnancia"...


9) Denuncia del sistema de salud, sus estrategias comerciales y su deshumanización del paciente. Llega a compararlo la autora con los campos de concentración hitlerianos por reducir a un número a las personas.


10) El mensaje y la ideología. Nuestros vecinos, al parecer, no han podido superar el galeanismo, enfermedad infantil de la literatura hispanoamericana. Grynbaum abomina, una y otra vez, del mundo pequeñísimo burgués,. Vivir acumulando cosas y venerarlas como ídolos es ruin, los shoppings son horribles, fruslerías de ese tipo.


Pero a la autora le interesa, principalmente, brindar otro mensaje existencial: "En la vida lo esencial es realizarse", leemos. Podría suponerse que hay una sentencia de Nietzsche que le gustaría grabar en piedra: "Conviértete en lo que eres". 


Es razonable la consigna de violar las puertas de la ley (que por supuesto están sin llave) para muchachas buenas oprimidas por la rigidez familiar y social, pero a cualquier comunidad le resultaría problemático si todos nuestros semejantes la llevan a la práctica hasta sus últimas consecuencias. 

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa.


Calificación: Bueno

sábado, 14 de mayo de 2022

Noches de la antigüedad


En el Canon occidental, fiable guía de lectura superior, se aconsejan sólo tres novelas de Norman Mailer (1923-2007). Una de ellas es Noches de la antigüedad, uno de los textos más singulares y exigentes de la literatura estadounidense moderna.


Hizo bien el cascarrabias de Harold Bloom. Noches de la antigüedad -entregada a la imprenta en 1982- es un libro poderoso, sublime y brutal a la vez, como "la mortaja de Osiris y el rastro de Ra". Mailer tardó diez años en concluirlo.


Tuve la fortuna de encontrar un ejemplar usado en una librería de Mar del Plata, editado por Emecé en 1984. Son 597 páginas torrenciales, una de las experiencias más intensas de lectura que pueda imaginarse, aunque como todos los torrentes también arrastra muchas inmundicias, como la sodomía más bestial, el canibalismo o el excremento como centro de la brujería. 


Advertía Bloom hace cuarenta años en una reseña publicada por el The New York Times

"Nuestra energía literaria más conspicua ha generado un libro que desafía los estándares estéticos habituales, incluso cuando se ubica más allá de cualquier idea convencional sobre el bien y el mal". 

En otras palabras, es una creación compleja que pone a prueba no sólo nuestra inteligencia y cultura adquirida, sino también nuestro estómago. No es para flojos ni para apresurados.


HACE TIEMPO Y ALLA LEJOS


Mailer, el niño rebelde, nos lleva al incestuoso Antiguo Egipto. Al fin de la Edad de Bronce, mil trescientos años antes de Jesucristo. Une el reinado glorioso de Ramses II con la mediocridad del Noveno de los Ramses. El hilo conductor son los cuatro nacimientos de Menenhetet I; el ilustre súbdito descubrió el secreto de la transmigración de las almas de boca de un esclavo judío, quien a su vez lo aprendió del mago Moisés.


El núcleo incadescente de la trama es una noche maravillosa en Menfis en la que, después del banquete más exquisito, Ramses IX, sediento de sabiduría, ordena al médico, ex general, (y secreto profanador de tumbas) que narre sus cuatro vidas. Están presentes otras tres personas: el Sobrestante del Arca de los Cosméticos del faraón; su esposa Hazfertiti (y media hermana); el hijo de ambos, Menenhetet II, biznieto del noble, que cumple en la novela -ya muerto- la función de narrador.


Menenhetet, el Viejo, evoca hechos portentosos, sobre todo de su primera vida. Como la batalla de Kadesh, el choque de carros más importante de su era (en el sur de la actual Siria) cuando brilló como auriga de Ramses II. O su labor como Guardían del Jardín de las Recluidas, el harén con cien reinitas, "que se entregaban con devoción al cuerpo del faraón como si estuvieran rezando a su lado en el templo, con lenguas que no se importunaban".. O sus amores tempestuosos con la reina Nofretari... 


El libro reconstruye o fabula tres civilizaciones: la egipcia, la fenicia y la hitita. Recorremos Menfis, Meggido, Tiro y Kadesh. Visitamos el templo de Amón, las minas de oro de Eshunarabid, y la cama de la puta secreta del rey hitita. La segunda parte (El libro de los dioses) podría describirse como El Genésis de la mitología egipcia. Otro pasaje impresionante es la representación del Mundo de los Muertos.


En la segunda vida, Menenhetet fue el más joven Sumo Sacerdote de Tebas. En la tercera, hijo de la meretriz Nub-Uchat, encargado de un burdel y luego acaudalado hombre de negocios que amasó su fortuna con la exportación de papiro a los portencias rivales de los Dos Reinos de Egipto. En la cuarta, logró conservar su fortuna y fue miembro de la nobleza. Es una concatenación triste. Al fin y al cabo, el alma nunca consiguió lo que buscaba en sus cuatro existencias. Ciento ochenta años de soledad.


Vale mencionar que el contenido se organiza en siete partes, porque siete son nuestras almas: Ren, Sejen, Ju, Ba, Ka, Jaibit y Sejú. Es decir, mi nombre, mi poder, mi ángel, mi corazón, mi doble, mi sombra y mis restos. Algunas van al cielo; otras al infierno.


UN ESCRITOR AUTENTICO


Algo hay que decir, siempre, del estilo. Mailer es (era, perdón) un auténtico escritor. Construyó catedrales de palabras. Trabajó aquí con esmero los párrafos hasta que relumbraron como "el crepúsculo sobre el Nilo que acude al sonar del cuerno del sacerdote"...


Como se ve, los embelleció con metáforas que respetaban el marco histórico. Una acción es "oscura como la sangre que se seca en la arena después de una guerra". Un embrujo, "poderoso como la voz del faraón". Un ambiente "desolada como un mercader a quien le han robado la caravana y se ve desnudo bajo la luz de la luna...".


A pesar de su tono de impudicia, de su sensualidad depravada y de un comienzo algo confuso (uno tarda en armar el rompecabezas), Noches de la antigüedad es una obra muy recomendable. Se trata de Alta Literatura: su imaginería es "embriagadora como una noche en que uno está dispuesto a todo"... Nos reconcilia con la idea de que las personas a las que nos agrada leer novelas sólo debemos invertir el escaso tiempo que el El nos ha concedido en el disfrute con esas producciones oceánicas, alarde de erudición global y ambición artística, que encierran un mundo y una época. Como las que componía Norman Kingsley Mailer.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Las partículas elementales


 Todos los grandes escritores son reaccionarios: Balzac, Flaubert, Baudeleire, Dostoievsky, escribió Michel Houllebecq. Uno podría agregar muchos nombres a la lista como Borges, Nabokov, Thomas Mann, Chesterton, Vargas Llosa o Celine y advertir sobre algunas excepciones como Thomas Pynchon, pero el asunto de este artículo es destacar el exito tanto artístico como comercial de Houllebecq al transitar el sendero fecundo del conservadorismo, ya sea por afinidad ideológica, estrategia promocional o resentimiento del feo. Nada menos importante en literatura que las motivaciones de un autor.

La segunda novela que Houllebecq entregó a la imprenta es un magnífico manifiesto reaccionario. Las partículas elementales (Anagrama, 273 páginas) sostiene, en efecto, que ninguna sociedad es viable sin el eje federador de una religión, abomina de la visión hedonista de la vida y plantea que el concepto de libertad individual no puede servir de base a ningún progreso humano. En el fondo de la nausea contemporánea -remarca- brillan sólo un par de chispas, el amor conyugal y la familia. Y las mujeres siempre son mejores que los hombres.

La novela fue publicada por primera vez en 1998 y aún tiene mucho que decirnos, pues está empapada en Alta Filosofía. Narra la vida del científico Michel Djerzinski, artífice de la "tercera mutación metáfisca'', que supuestamente se producirá durante este siglo cuando se apliquen a la genética principios de la física cuántica.

Por "mutación metafísica'' debemos entender una "transición radical y global de la visión del mundo adoptada por la mayoría de los seres humanos''. La primera fue el cristianismo; la segunda, la aparición de la ciencia moderna hace 500 años que degeneró en el racionalismo individualista. El libro pretende ser un panfleto erudito que denuncia "el suicidio de Occidente'', un testimonio de su decadencia moral y social. Al final del texto, veremos que quizás todo se trate de un juego metalingüístico de la trama, pero no importa: antes de eso encontramos un torrente de ideas -como campanazos- que atrapan toda nuestra atención. ¡Un escritor que cita a Kant!­

El segundo carácter rotundo del libro es el hermanastro del biólogo, un tal Bruno que se gana la vida como profesor de literatura moderna. Si la vocación de Michael D. es contribuir al progreso del conocimiento, la meta principal en la vida de su medio hermano es la cacería sexual, lo seguimos a campamentos nudistas y clubes de swinggers. Ambos personajes, no obstante, están anestesiados para el amor. Tienen una parte del alma amputada. A Houllebecq le interesa retratar los desastres que provoca tanto en las personas como en la sociedad "el consumo libidinal de masas de origen norteamericano''. Los hippies -dispara- "representan el mal, trajeron el mal''. Cuando una madre o un padre asumen ese estilo de vida los resultados son devastadores para los hijos.

Oigamos su vozarrón jupiterino: "la liberación sexual no ha sido la culminación de un sueño comunitario sino más bien se trató de un nuevo escalón en la progresiva escalada del individualismo que provocó la destrucción del último islote de comunismo primitivo en el seno de la sociedad liberal: la familia, el último tabique que separa al individuo del mercado''.

UNA TRADICION­

­Atento a una profunda tradición de la literatura francesa que consiste en elevar al artista a la categoría de pensador de la evolución (o la descomposición) social, Houllebecq juega magistralmente al sociólogo, al antropólogo, el economista y al filósofo. A veces al voleo y a menudo no tiene razón. Arroja, por así decirlo, al niño por el desagüe en lugar de desahacerse sólo del agua sucia. ­

La opinión de este blog es que, más allá del "vacío existencial en muchos días, del consumismo desaforado, de la exarcebación del deseo en proporciones inauditas que devora a tantas almas desorientadas'', Occidente -como expresión histórica de la democracia liberal- sigue siendo la mejor opción disponible para la humanidad en su conjunto. Fukuyama dio en el blanco hace treinta años en El fin de la historia.

Puede que el malestar europeo que se expresa en novelas como Las partículas elementales parezca a un lector criollo algo esnob. En medio de una vida desordenada, con tantas urgencias, la melancolía de los pueblos prósperos difícilmente nos conmueva. Pero admitamos que los atribulados habitantes de países en desarrollo tenemos problemas comunes con los ciudadanos del Primer Mundo. Sabemos de que habla Houllebecq cuando denuncia que "la violencia física -la manifestación más perfecta del indiviadualismo- reapareció en nuestras calles por la tendencia a la atomización social''.

Pucha, la Argentina tiene muchos vicios del Primer Mundo pero pocas de sus virtudes.

"Ya no estamos en tiempos de Celine, ya nadie escribe lo que se le da la gana sobre ciertos temas'', se lee en otro pasaje afortunado de Las partículas elementalesuna novela espléndida, con una prosa cristalina, cargada de conceptos y términos científicos. Afortunadamente, queda un puñado de talentosos como Houllebecq que, con la lucidez de los depresivos, desafía la peste de la corrección política, otro síntoma de nuestra decadencia cultural.­

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

martes, 8 de diciembre de 2020

Acoplamientos juiciosos


Debería reconocer la taxonomía literaria que existen dos clases de autores:
 los populares (por buenas y malas razones); y aquellos exclusivamente para conocedores. En esta segunda categoría, puede ubicarse a una de las glorias de la literatura italiana del siglo XX que fracasó sin atenuantes en su intento de convertirse en un hacedor de bestsellers, pero la crítica erudita lo adora. Hablamos de Carlo Emilio Gadda (1893-1973).

En ‘La verdad de las mentiras‘ -y para defender el concepto opuesto-, Vargas Llosa ha establecido que ante escritores como Gadda nuestra conciencia “debe mantenerse alerta, aguzada en extremo“, y toda nuestra “inteligencia y cultura deben comparecer en la lectura para llegar a apreciarse debidamente la refinada y compleja construcción que tenemos delante, las sutiles y múltiples reverberaciones literarias, filosóficas, lingüísticas e históricas que ella suscita y para no extraviarse en las laberínticas trayectorias de la narración”. Lo mismo -añade- podría decirse de Musil, Lezama Lima o Broch. 

Ese extraordinario virtuosismo de la prosa se manifiesta con toda su plenitud en una colección de cuentos que Gadda entregó por primera vez a la imprenta en 1963: Acoplamientos juiciosos (327 páginas). Ha llegado a las manos ávidas de este blog la edición setentista del sello venezolano Monte Avila. Fue traducida nada menos que por el sacerdote Eugenio Guasta, confidente de Victoria Ocampo, y destacada figura del catolicismo intelectual porteño. 

Fue una tarea ímproba. Entre las decenas de papeles universitarios que circulan por Internet sobre el arte de Gadda, hay uno especialmente interesante de Marta Tutone que medita sobre las enorme dificultades que enfrenta quien desee volcar al español una obra del escritor lombardo a causa de sus cambios de registro (especialmente por la presencia de cultismos y tecnicismos), la presencia constante de la ironía y el uso de expresiones dialectales,   además de las innumerables referencias intertextuales (1). 

Una obra de arte

Se ha dicho que los dieciocho relatos que atesora Acoplamientos juiciosos, tallados entre 1924 y 1958, “hubieran sido suficientes para consagrar a Carlo Emilio Gadda como uno de los más brillantes y originales exponentes de la moderna narrativa”. La sentencia es justísima. Todos los cuentos son buenos y hay cinco o seis que son sublimes. Combinan la crítica social, el humor, el retrato finísimo de caracteres, la erudición artística, la denuncia política, la picaresca y el argumento inteligente. Todo viene servido, en la mayoría de los casos, con espléndidos juegos barrocos. Nos hallamos ante una prosa pulposa, que exhala sensualidad,  como las mujeres italianas. Obsérvese como describe el culo de la estupenda Zoraida en ’Primo peluquero’, el divertido primer cuento:

 "zona cuya opulencia proterva parece convertirse en turgencia de todas las posibilidades, según opinan los especialistas"...

La falda de Zoraida "no proyectaba ningún misterio sobre lo que cubría. Eran las propuestas vivas del ser, afirmadas como es debido, que dan al regazo un contorno de voluptuosidad a la espera de poder manifestarse".

Qué bien escribía Gadda, ingeniero de profesión (vivió en la Argentina en 1923-24, su trabajo lo llevó al Chaco). Su exuberancia verbal, con vocablos raros y escogidos y citas ilustres, recuerda por momentos a Alejo Carpentier. Abrimos un paréntesis: alguna vez habrá que meditar en el papel sobre el misterio de los ingenieros-escritores. Cómo se ensamblaron las mentes prodigiosas de Dostoieski, Musil, Juan Benet, Pynchon, Wilcock… Cerramos el paréntesis.

La Primera y la Segunda Guerra Mundial operan como telón de fondo. La elegancia de Gadda para unir temas es magistral.  'Primera división en la noche' enlaza una clásica disputa (a la italiana) entre suegra y nuera por celos con la batalla del cabo Matapán, ese desastre de marzo de 1941 que borró definitivamente del Mediterráneo Oriental a la escuadra del Duce.  

'San Jorge en lo de Brocchi' (50 páginas) debe ser uno de los mejores cuentos de la Italia del siglo pasado. Es sátira de la pequeña nobleza lombarda, evocación de Cicerón y un aserto políticamente incorrecto: un hermoso par de pechos femeninos supera a todas las éticas filosóficas, a todos los deberes, reglamentos, admoniciones y castigos.

'Las armas novisimas' es un cuento hilarante, no conviene leerlo en público. El joven ingeniero Giarnesi le hace creer a Italia que puede detonar explosivos a distancia con rayos infrarrojos. ¿Su propósito? Seducir a la hija de un contraalmirante. 

Gadda tardó cinco años en hallar la versión final de ‘El incendio de la calle Keplero‘. Una galería de personajes encantadores: son los vecinos que huyen del fuego, incluso un loro. El cromado del cuento es, una vez más, su lenguaje. Permite confirmar la sentencia del viejo Heidegger del lenguaje como “casa del Ser”. 'Socer generque' (suegro y yerno, Mussolini y Ciano) nos lleva a la pensión de doña Eleonora en 1941. Gira en torno al deseo sexual insatisfecho y a la idiotez de los fascistas. Otra gema. Y así hasta el final…

La edición de Monte Avila está plagada de errores ortográficos (arbeja, congeturas, exágono...). Hay una versión de 2017 del sello SextoPiso que traduce ‘Emparejamientos juiciosos’. Por cierto, ¿qué esperan las buenas editoriales argentinas para traernos las novelas de Gadda? Por ahora, debemos fatigar las librerías de viejo en Buenos Aires en busca de esas pepitas de oro. Tenemos el arte para no hundirnos en la vida, escribió Nietzsche. 

1) https://revistas.ucm.es/index.php/ESTR/article/view/65699

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

lunes, 30 de septiembre de 2019

Final Feliz

Habría que enfocarse en la literatura argentina actual para encontrar una degradación artística tan notoria como la que media entre el barroco iberoamericano y la novela española contemporánea. Aquellas magníficas catedrales verbales -como la de Juan Benet o Francisco Ayala- han descendido a vana palabrería con harta frecuencia. Esa retórica intrascendente, cargada de tópicos, intoxicada de corrección política se encuentra presente en la obra más reciente de Isaac Rosa (Sevilla, 1974). Verborrea es el nombre del juego.
Feliz final (Seix Barral, 300 páginas) somete a escrutinio neurótico algo tan vulgar como una separación matrimonial por desgaste y por la aparición de una tercera en discordia. El se llama Antonio y se gana la vida como periodista, por lo que -en todos lados Internet cuece habas- se ha hundido en la precariedad laboral (la inestabilidad del freelance). Ella es Angela, profesora de Historia. Tienen dos hijas. Típica clase media intelectual y progre. Vidas agobiadas, como las de la mayoría de los seres humanos.
La trama se hilvana como si se tratase de cartas que se envían el uno al otro. Una interminable sucesión de reproches, recuentos mezquinos de su historia marital, nostalgia tóxica, ataques narcisistas, racionalizaciones y relatos sobre casi todo: "...que si yo me he acostado con otra persona ha sido porque nuestra relación estaba muerta... levantamos un muro de piedra, stonewalling lo llaman..." 
Es un espiral tedioso que conduce a la iluminación final, y que le permite al autor injertar opiniones -algunas muy sagaces- sobre problemas de hoy, como el enamoramiento, el adulterio o el deterioro de la profesión periodística. El señor Rosa se jacta de escribir "novelas políticas".
En la hinchada trama, hay un mecanismo ingenioso. La narración marcha de adelante hacia atrás, desde la separación hasta el momento en que Antonio y Angela se habían conocido, en una suerte de genealogía del desamor. Epílogo, capítulo 8, luego el 7, etcétera, hasta el prólogo. Hay también trucos tipográficos y otro procedimiento que siempre causa fastidio a quien esto escribe: la profusión de listas (¿Quién habrá sido el insensato que convenció a los escritores de que las listas de cosas resultan interesantes?; ¿será otro déficit de invención?).
Puede que lo mejor del libro sean las reflexiones sobre el deterioro de la institución matrimonial en esta fase líquida de la modernidad, que "refunde las relaciones humanas a imagen y semejanza de las relaciones que se establecen entre consumidores y objetos de consumo", Zygmunt Bauman dixit.
Fiel al espíritu de la época, el autor coloca las palabras más atinadas en boca de Angela. En la página 150, se reivindica la "comunidad de madres", es decir, criar en tribus no es una locura africana, "...la locura es criar tus hijos sin ayuda, dejarlos ocho o diez horas en la guardería, el colegio, las extraescolares, contratar a otra mujer que dejó a sus hijos en su país de origen para que por la tarde madres o padres volvamos a casa y juguemos al juego de quien está más cansado y quien tiene menos paciencia..."
El divorcio es una catástrofe para nuestra generación, pero una catástrofe económica, "una garantía de descenso social", se queja Antonio, el inmaduro de la relación. 
Y en la página 70, Angela nos ilumina -con talante socialdemócrata, faltaba más- cómo es eso de "envejecer juntos": que cada casa, cimentada sobre una "forma tranquila de quererse" se convierta en el propio Welfare State, una campana de acero que proteja a cada uno de los integrantes de esa familia. Isaac Rosa, que en el fondo es un moralista, tiene razón en el punto: no es que afuera esté lloviendo; hay devastadoras ventiscas de infortunios en la alborada del siglo XXI.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.
Calificación: Regular

martes, 4 de diciembre de 2018

Un polvo en condiciones

Los libros de texto afirman que la picaresca como subgénero literario nació en España en el siglo XVI, alcanzó su gloria con Don Alonso Quijano y de ahí se diseminó por el resto de Europa. Perdió fuerzas, pero cada tanto reaparece bajo la intención satírica y crítica de un escritor de fuste, molesto por la degradación de su época, que narra las andanzas de un pícaro, de muy bajo rango social, con su propia moral envilecida, pero imposible de odiar por sus rasgos cómicos.
En la gélida Escocia ha surgido uno de estos antihéroes memorables. Se llama Terry Dawson, se gana la vida como taxista, actor de cine porno, delivery de drogas, proveedor de prostitutas y otras trasgresiones menores. Le dicen El Jugo pues en su momento vendía zumo de frutas con una camioneta. Es simpatizante del alicaído Hibernian Football Club. Es la criatura más reciente del afamado novelista Irvine Welsh (1958). Es un placer haberlo conocido.
Así, como el capitán Ahab perseguía a su ballena blanca, Terry va surcando Edimburgo en su auto buscando ensartar otra clase de arpón. Tiene una idea fija: el sexo. Es un hombre agraciado con una melena con rulos a lo Alberto Tarantini y un miembro viril de tamaño muy superior al promedio. Además cuenta con una energía prodigiosa y es un caradura de primera categoría. Como todos los pícaros de novela, es un ser ambiguo, tiene conciencia pero su obsesión lo ha llevado a ser mal padre, mal hijo y mal amigo. De todos modos, no es de esos malvados que se ensañan con un semejante en desgracia, virtud que cumple una función importante en la trama.
Un polvo en condiciones (Anagrama, 457 páginas) cumple con creces una de las funciones esenciales de la literatura: entretener. Hay capítulos desopilantes que se leen a mandíbula batiente, pero hay dos o tres nauseabundos. No todos tenemos estómago para el incesto o la necrofilia (no, el sinvergüenza de Terry nunca cae en esos abismos, ya volveremos sobre el tema).
La primera parte del libro superpone las aventuras sexuales de Terry con la llegada del Huracán Hinchapelotas (sic), el primero en la historia escrita de Escocia. Nuestro antihéroe se pone al servicio de Ronald Checker, un magnate estadounidense que llega a la ciudad en busca de cerrar negocios inmobiliarios y comprar un par de legendarias botellas de whisky, de esas que se pagan doscientos mil dólares por corcho. Ron, naturalmente, es una caricatura sureña y punk de Donald Trump. Un escritor comprometido de izquierdas como el Sr. Welsh no iba a dejar pasar la oportunidad de denigrar al pintoresco presidente de Estados Unidos. Terry también da una mano a un viejo conocido, El Marica, un mafioso de poca monta -pero muy peligroso por ello-, para vigilar al sádico cuñado a cargo de uno de sus prostíbulos. 
Hay decenas de peripecias interesantes, que involucran al proletariado más desagradable, carne de pub; y a personajes de clase media que han perdido la brújula. En la segunda parte de la novela, Terry recibe una noticia alarmante de su médico, que se conecta con el título. Preferimos no añadir una palabra más, pues el efecto sorpresa es otra de las gracias del libro. 
En forma paralela a las aventuras del Jugo Lawson, se relata el calvario de Jonty y Jinty. El muchacho es el opa del poblado de Penicuik; ella es prostituta y drogona a sus espaldas. Pasan cosas terribles con esta parejita.

COSTUMBRISMO

El estilo, con sus pinceladas de costumbrismo de barrios bajos, merece elogios. En casi toda la novela, se narra en primera persona: escuchamos la voz de Terry, del pene de Terry (La Amiga Inseparable), del idiota de Jonty y del millonario Ronnie. La sabrosa escritura de Welsh recuerda por momentos al norteamericano Tom Wolfe, pero el uso abundante del argot en la traducción a seis manos de Anagrama deriva en una suerte de caló madrileño que pone a prueba los nervios de un latinoamericano. Qué se pueda hacer ante una frase espantosa como ésta: "¡Si le mola mi taxi, por mí cojonudo!". 
La traducción, entonces, es uno de los desafíos que se le plantea al lector rioplatense, el otro -como se dijo- son algunas escenas inmundas, por fortuna muy aisladas. Decirlo todo no siempre es conveniente en una novela con ciertas pretensiones. De todos modos, la picaresca aliviana siempre el realismo sórdido y la apelación a lo escabroso. Además, hay mofas muy bien elaboradas.

Al parecer Welsh bebe en las aguas del freudianismo más básico, ese que sostiene que el arte, la política y los deportes surgen de la sublimación de lo sexual. La filosofía de andar por casa de Terry establece que todas las frustraciones de la vida provienen del celibato. Pero al margen de esas desmesuras, la obra defiende la idea de que siempre es mejor hacer algo bueno por las personas en situación vulnerable que aprovecharse de ellas. Es un mensaje cristiano: Los que escandalizan a los más pequeños, a los débiles, merecerán un castigo eterno; y los justos, vida eterna (Mateo 25:31-46).
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Economía del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

lunes, 26 de noviembre de 2018

Nada de nada

Si hay algo que deja en claro Hanif Kureishi (Londres, 1954) en su novela más reciente es que se trata de uno de los mejores estilistas de la anglósfera. Tiene, entre otras virtudes, una formidable capacidad para acuñar epigramas, es decir esos pensamientos que merecen ser grabados sobre bronce o granito. Va un ejemplo: "El gran combate de todo hombre es no parecer idiota". Uno más: "Santo es alguien a quien no se ha investigado lo suficiente".

Nada de nada (Anagrama, 179 páginas) asimismo, descuella por su sentido de lo teatral, el cultivo de la paradoja y el tallado de los personajes. Es un texto placentero de cabo a rabo.

A tenor de sus dos últimas obras, se puede concluir que al señor Kureishi le encantan los tríos y las estrellas del arte en decadencia. Si en La última palabra (pincha acá) el protagonista era un escritor consagrado (¿V.S. Naipaul?), ahora escuchamos la voz de un añoso cineasta confinado en su departamento -casi un vegetal en una silla de ruedas-, pero al que la cabeza le funciona demasiado bien. Es ésta una novela sobre la senectud, por cierto.

Después de dos décadas de matrimonio -y con una diferencia de edad de veintidós años- el decrépito Waldo descubre que su devota Zee le es infiel, quizás por primera vez. La señora, de origen paquistaní como Kureishi, encuentra la alegría en Eddie, un gigoló con la reputación de ser un maestro en el arte del sexo oral.

Zee y Eddie, tan brillante como incompetente, se traen entre manos algo más siniestro que una sucesión de ruidosas cópulas, salidas y viajes (despilfarran la plata del viejo). Waldo, no obstante, está dispuesto a frustrar sus planes. Pasen y lean. La cena está servida y es deliciosa.

Por momentos, la novela da la impresión de ser una comedia wildeiana, con diálogos magníficos pero mucho más oscura. La trama viene enriquecida con observaciones inteligentes sobre el sexo ("la líbido, como Elvis o los celos, nunca muere"), el amor ("sólo los idiotas quieren que los amen en exclusiva") y las relaciones sociales ("alaba a alguien alguna vez y será tuyo para siempre"). Otro de los agrados es la deliberada ambigüedad: ¿Waldo es víctima o victimario?

Vale insistir en un punto. La prosa de Kureishi es un verdadero bálsamo, en un época en que se celebra escribir mal. Very british, con toques de las colonias. Definitivamente, el viejo imperio ha enriquecido a la literatura inglesa.
Guillermo Belcore
Publicado ayer en el Suplemento de Cultura de La Prensa.

Calificación: Muy bueno