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jueves, 26 de febrero de 2026

En tierra de santos y pecadores


Dirección: Roberto Lorenz. Guion: Mark Michael McNally y Terry Loane. Reparto: Liam Neeson, Kerry Condon, Jack Gleeson, Colm Meaney, Ciarán Hinds, Michelle Gleeson, Niamh Cusack. Duración: 106 minutos. País: Irlanda. Plataforma: Netflix.



El terrorismo de los años setenta alimentado por la Unión Soviética y sus vasallos, que sumió a Occidente en una suerte de miniguerra civil, es tanto un fenómeno político (no social) como psicológico. En efecto, debajo de esa máscara aberrante conocida como el revolucionario se encuentran el resentimiento, el cinismo y psicopatías varias, como el fanatismo y la obsesión compulsiva. Un thriller filmado en 2023 delata sin ambages aquella realidad.


En la Tierra de los Santos y los Pecadores ya está disponible en Netflix. Es una película con un drama atractivo y buenos intérpretes. En primer lugar, Liam Neeson (1952), con su papel protagónico de un asesino a sueldo que trabaja con una especie de código moral pero que se ha hastiado de todo. Demuestra la profundidad del personaje que el veterano actor está para mucho más que vengador de películas pochocleras.


La trama nos lleva al condado más septeptrional de Irlanda. Donegal limita por tierra con el Ulster y su austera belleza de montañas bajas y costa dentada ha sido muy bien retratada por el director Robert Lorenz, conocido por sus años de colaboraciones con Clint Eastwood.


Neeson es Finbar Murphy. Trabaja para un jefe del crimen local (Colm Meaney), pero siente que ha llegado el momento de retirarse. Se hace pasar por vendedor de libros y uno de sus amigos es el polícía del pueblo (Ciarán Hinds) con quien conversa sobre Dostoieski. Ha perdido la cuenta de cuantos hombres liquidó por encargo desde que volvió de la Segunda Guerra Mundial y murió su mujer. Ya sabe usted como es la vida. El humano propone pero el diablo suele meter la cola. El anciano solitario no podrá dejar las armas y construir un jardín.


Al tranquilo poblado de Gleann Colm Cille, ha llegado una célula del Ejército Republicano Irlandés (IRA). Se oculta en una cabaña tras haber perpetrado un atentado con explosivos en Belfast que mató a seis personas, entre ellos tres niños. Uno de esos extremistas es un abusador de menores, Finbar lo mata tras el ultraje a la pequeña Moya (Michelle Gleeson), hija de su amiga, y así llegamos al núcleo incandescente del film: el intento de venganza del resto de la pandilla terrorista. A su frente esta la hermana del pervertido, Doireann, espléndidamente interpretada por Kerry Condon (1983). Su personalidad de bruja espantosa refiere a quienes eran en verdad aquellos “jóvenes idealistas” de los setenta.


También resulta interesante el cáracter de Kevin (Jack Gleeson), el sicario joven que exaspera a Finbar porque mata con una frivolidad intolerable.


EL SICARIO ARREPENTIDO


Es posible que el sicario arrepentido se haya convertido en un lugar común de las películas de acción, pero En la tierra de santos y pecadores nos advierte que aún se puede encontrar un giro interesante al papel.


Otro valor agregado es la llamada irlandidad, esa singular visión cultural y espiritual que disfrutamos en escritores como John Banville o John McGahern. Implica, como escribimos alguna vez en este diario, cierta dosis de angustia y culpa; la fe que flaquea; la importancia decisiva de la familia, el clan y la patria; la búsqueda de pureza; la presencia de Dios, en fin.


Fue un gran acierto de Lorenz haber elegido buenos actores nacidos en la isla verde esmeralda para este film, escrito por Mark Michael McNally y Terry Loane. Es decir, los acentos son auténticos.


La crítica anglosajona lo ha catalogado como un "western irlandés" por su estructura clásica (¡oh, el cliché del tiroteo en la cantina!) y por las influencias de Clint Eastwood. No es una mala definición.

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

lunes, 10 de marzo de 2025

Belacqua

 


El héroe zaparrastroso o antihéroe es una de las grandes invenciones literarias
. No nos mueve a admiración, sino a risa, a lástima o a reflexión. No encarna lo que nos gustaría ser, sino lo que realmente somos: seres patéticos, ridículos a menudo, seres para la muerte como nos advertía Heidegger.

Puede que el paladín harapiento más famoso de todos los tiempos sea ese hidalgo de rocín flaco que fatigó los caminos de La Mancha. El favorito del autor de este artículo es un curioso lector de Boecio que vivía en Nueva Orleans con su madre. Ignatius J. Really para más señas.

Samuel Beckett (1906-1989), premio Nobel de Literatura en 1969, creó un antihéroe delicioso en su primer libro de ficción. Lo bautizó Belacqua Shuah. Tomó su nombre del espíritu más holgazán de la Divina Comedia y el apellido del abuelo de Onan en el Antiguo Testamento. Ese libro fue entregado por primera vez a la imprenta en 1934. Como las editoriales resistieron la idea de una novela, Beckett escribió diez cuentos hilvanados entre sí, que narran la vida de Belacqua desde el colegio hasta su entierro. Un sello argentino ha tomado la decisión de reimprimirlo. Tres hurras para Ediciones Godot.

COMEDIA GROTESCA

Publicado con el apoyo de Literature Ireland (la isla esmeralda es ahora una sociedad desarrollada), Belacqua (220 páginas), la edición argentina 2025, es francamente un libro magnífico. En primer lugar por la traducción, prólogo, aclaraciones sobre el título (el original era un juego de palabras) y notas de Matías Battistón. Hay 354 aclaraciones a pie de página que permiten entender ese sublime torrente de expresiones en distintos idiomas, alusiones librescas y guiños a personajes y lugares de su época que Beckett embutió en esta suerte de comedia grotesca.

Ya es hora de hablar de Belacqua Shoah. Un gordito de cara pálida y anteojos enormes, bueno para nada, algo así como "un intelectual protestante de costumbres retorcidas", como el vouyerismo. Su guarida crapulosa es el pub, aunque "no tenía recursos suficientes para consagrar su vida a la éxtasis ni siquiera en el más mísero de los bares".

El narrador —omnisciente o un amigo de Belacqua— lo describe así: "...no es tipo feo. Más bien una especie de Tom Jones cretinoide..." Lo cierto es que al gandul nunca le ha faltado mujer, incluso contrajo matrimonio tres veces lo que le permitió engordar la faltriquera. Lo seguimos a la escuela, a un paseo por la campiña, al pub, a una fiesta de la elite intelectual dublinesca, a un intento de suicidio, al accidente de su primera esposa, a sus segundas nupcias, a un hospital con un tumor en el cogote, a sus funerales.

COMICO Y ERUDITO

Es importante que el lector sepa que estos cuentos son muy divertidos. Incluye una de las galerías más copiosas de personajes estrafalarios de la literatura moderna. Seres enfermos de irrealidad, como diría Juan Marsé. Por momentos, el estilo del Beckett temprano recuerda a Thomas Pynchon.

Como se dijo, también es un libro erudito. Battistón lo resume como "respuesta moderna, joyceana al género de los centones". ¿Qué es esto? Centón, dice la Real Academia Española, es la obra compuesta con fragmentos de otras obras. Beckett se nutre de la Biblia, Plutarco, San Agustín, Dante, Ovidio, Shakespeare, Horacio, Tomás de Kempis, Stendhal, Swift, Carlyle, Richard Burton, Nietszche... y siguen las firmas.

El texto exige una lectura atenta. Como escribió Battistón: "Uno lo lee con cierto suspenso, y con cierta frustración también, como si en cualquier momento hasta la maceta del rincón pudiera citar a Horacio sin que uno se dé cuenta". Es decir, no es fácil porque se trata de una escritura excelente. Pero los dedicados serán recompensados. Hay pasajes de intensa poética, también.

Al parecer, los libros son como los jugadores de fútbol: tienen sus propios tiempos. La primera edición de esta obra fue destripada por la crítica y sus 1.500 ejemplares tardaron 14 años en venderse. Con el correr de las décadas, la calidad se impuso y se tradujo a todos los idiomas occidentales, cada uno de los cuales dio una respuesta diferente al enigma del título original (More Pricks than Kicks). El Belacqua argentino se entiende y se lee con mucho placer. Si mañana terminara 2025 podríamos decir que fue el rescate del año.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa

Calificación: Muy bueno

lunes, 13 de agosto de 2018

Churchill, un torbellino humano

POR GUILLERMO BELCORE

No te enamores de tu dolor porque no va a durar, escribió el sublime Marcelo Schwob. Es un buen consejo para soportar los caprichos de la diosa Fortuna. La lectura de la biografía de sir Winston Leonard Spencer-Churchill que compuso François Kersaudy (El Ateneo, setecientas cincuenta páginas, edición 2018) permite extraer la misma conclusión. La existencia es un sube y baja, y, después de tocar fondo, uno puede volver en cualquier momento a las nubes. 

Pero para renacer se necesitan cualidades: capacidad de trabajo ilimitada, resistencia a la adversidad, inventiva, ambición desaforada, talento para conmover -con la palabra o con la pluma- a sus semejantes, memoria fenomenal, valor a prueba de bombas. "El destino se inclina ante una voluntad arisca y una valentía desmesurada. Y el sueño entra en la vida", escribió -no sin poesía- el historiador francés. La cita, por cierto, es un ejemplo perfecto de la calidad de la escritura. Kersaudy es ejemplo vivo de que el rigor del investigador no debería está reñido con la buena prosa.

La biografía del “más prodigioso hombre orquesta de los tiempos modernos”-corregida y aumentada- nos ofrece una fascinante travesía de casi un siglo, lo que duró en este mundo el descendiente de John Churchill, primer duque de Marlborough. Naturalmente, los capítulos de la Primera y la Segunda Guerra Mundial son los más interesantes. 

El lector creyente no podrá dejar de deducir en que la mano de Dios colocó al bulldog pelirrojo en el momento justo y el lugar correcto para que la causa de la libertad y el democracia en el mundo no desfalleciera, cuando las dos peores tiranías de la historia parecían invencibles.  El escéptico se asombrará, en cambio, por su increíble suerte. Las balas o explosivos enemigos no lo mataron en Cuba, Sudán, Sudáfrica o las trincheras de Flandes por milímetros o décimas de segundos. Es que si hay algo que Churchill amaba, además del cigarro cubano y la bebida espirituosa, era mirar a los ojos resplandecientes del peligro, sin pestañear. Y si algo odiaba, era la inacción, tanto propia como ajena.

DILETANTE INSPIRADO


Ahora bien, quién fue este egocéntrico furioso y diletante inspirado que sufrió el desinterés casi completo de sus padres. Tenía talla modesta y pasión por las armas.  Su primer discurso público fue para defender la prostitución en nombre de las libertades fundamentales. En la Academia Militar no lo consideraron los suficientemente inteligente como para estudiar estrategia, pero dominó el mauser con tanta destreza como la pluma. Soñó con la gloria desde los quince años, al menos. Fue un maestro del humor negligente y la elocuencia grandiosa y sarcástica. No podía prescindir de cosas superfluas (sobre todo las embotelladas), por lo que las deudas lo agobiaron, aunque como periodista llegó a cobrar hasta 200 mil pesos de hoy por artículo y se convirtió en un autor célebre de libros de historia. Fue diputado a los veintiseis años pero primer ministro a los sesenta y cinco: sólo en las situaciones urgentes el pueblo y sus pares lo consideraron absolutamente irremplazable. 

Con alevosía, Winston ignoraba la disciplina partidaria: algunos renuncian a sus principios por amor a su partido, el temible tribuno cambió de partido dos veces por amor a sus principios. Tuvo un matrimonio feliz, a pesar de su temperamento dictatorial (sólo respetaba a los que le hacían frente, como Montgomery). A nadie le resulta sencillo entender de dónde sacaba tantas energías. Visionario con la tecnología (impulsó el tanque y el radar) y la ideología: fue uno de los pocos -sino el único- de los grandes políticos en percibir, desde el primer minuto, el peligro fatal que entrañaban el bolchevismo y el hitlerismo. Salvó a Grecia -incluso poniendo en riesgo su vida- de Stalin, pero el carnicero Tito lo embaucó. Describió al comunismo con exactitud: “No es una política, es una enfermedad. No es una fe, es una epidemia”. Nos legó un par de metáforas esenciales: el telón de acero; el equilibrio del terror. 

¿Y entre los defectos? Winston tenía una tendencia enfermiza a transformar los asuntos más insignificantes en cuestiones de Estado y se caracterizó también por una soberana indiferencia por las aspiraciones populares. Era una estratega desordenado que a menudo confundía lo deseable con lo posible por lo que hacía perder tiempo precioso a sus colaboradores, incluso en plena batalla. ¿Dijimos que era un director de orquesta? Sí, pero Keraudy nos muestra que permanentemente bajaba de su podio para tocar la partitura del violinista o del muchacho del timbal y, al mismo tiempo, pretendía seguir manteniendo la batuta en sus manos. Así, resulta inevitable desafinar. Como sea, el libro concluye que el éxito del personaje es atribuible tanto a sus tachas como a sus virtudes.

El historiador exculpa al titán por Gallipoli y Dresde y deja una advertencia a los lectores del pueril siglo XXI: la visión políticamente correcta es un obstáculo insalvable para comprender la grandeza de un hombre con tan profundas contradicciones y tan firmemente arraigado en sus convicciones.

Personalmente, pienso que Churchill fue un hombre providencial que salvó a buena parte de la humanidad del expansionismo alemán y a millones de sus semejantes del expansionismo soviético. Jugando a las ucronías, un mundo en el que una bala lo hubiera alcanzado en, digamos, 1898 o 1914  habría sido un mundo peor. Imaginad una Inglaterra como vasallo del Tercer Reich. Una Europa bajo la bota nazi hasta 1990 (en guerra fría con América, como imagina Robert Harris en Fatherland).  

Uno no puede sino sentir envidia de los británicos. Cuando el cataclismo se abatió sobre las islas, la pérfida Albion encontró a un héroe que realmente cambió el curso de la Historia. Nosotros, los argentinos, vamos de frustración en frustración, gobernados por una lamentables casta de pigmeos.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente 

lunes, 2 de abril de 2018

Tiempos oscuros

"Hay un tipo de maldad que ni siquiera se opone al bien, porque el bien es irrelevante para ella. Es una abyección que radica en el corazón de la existencia, que nació de la naturaleza misma del universo. Está en la descomposición hacia la que tienden todas las cosas. Existe, y siempre existirá, pero al morir la dejamos atrás".
 J.C.

El Tajo es un fenómeno aberrante en el distrito más pobre (Plassey County) del estado más atrasado (Virginia Occidental) de la Unión. Una comunidad endogámica, que desciende de doce familias de colonos escandinavos del siglo XVIII, prospera en ese valle minero gracias al latrocinio sistemático. Sus hombres no titubean en quemar vivo a cualquier incauto que amenace el feroz aislamiento. Adoran a una criatura infernal: el Rey Muerto.

Con los atroces pecados de El Tajo deberán lidiar el detective privado Charlie Parker y los dos ángeles de la muerte que lo secundan. Sus caminos se han entrecruzado a raíz de una venganza implacable que el líder de la secta, Oberon Olhouser, aplica sobre un pobre diablo que osó defenderse con balazos y buena puntería de dos de los hijos del gánster durante un asalto en Maine. 

La cena está servida y es muy sabrosa. Es probable que Tiempos oscuros (Tusquets, 477 páginas), decimoquinta entrega de las andanzas de Parker, sea el mejor libro que haya escrito John Connolly (Dublin, 1968). Al menos, es el mejor que le ha leído el autor de este artículo a un novelista concienzudo que ha renovado el género policial mediante la delicada incorporación de elementos fantásticos y teológicos, y cuyo prosa es, a esta altura, más estadounidense que las hamburguesas de McDonald"s pero con un leve toque exótico. El placer de un buen escritor en su plenitud artística.

VARIAS LINEAS

Relumbra la obra, sobre todo, por los relatos paralelos, es decir por la habilidad del literato para manejar varias líneas argumentales, algunas de las cuales provienen de libros anteriores. Charlie Parker se ha convertido en un arma en manos de un Dios invisible. Tiene el cuerpo dañado, aún no se ha recuperado del todo del sufrimiento que le produjeron las múltiples heridas de bala. Es un hombre que volvió de la muerte, pero si de verdad los ojos son las ventanas del alma, los del investigador arden con un fuego nuevo. Se convirtió en un cazador, sus presas son hombres cuya depravación escapa de lo humanamente comprensible. El FBI le paga pero no lo hace por dinero. Lo acompañamos a Champaign, Illinois, para atrapar in fraganti a Roger Ormsby, un vampiro emocional, cuyo sadismo refinado se inspira en las dictaduras militares de Chile y la Argentina: con la desaparición de niños quiere causar daño de forma lenta y concienzuda a lo largo de décadas a los padres. Siniestro, ¿verdad?

La línea principal de acción es, como se dijo, la que deriva de El Tajo, pero además una entidad sobrenatural se ha despertado, Abadón, el dios de las Avispas. Jennifer Parker, la hija muerta del detective, envía mensajes desde el más allá. Las novelas de Connolly son góticas, en el sentido de que los fantasmas están siempre presentes. Sólo algunos desdichados pueden percibirlos.

Connolly es un maestro en el arte de componer villanos escalofriantes. Lo único que puede reprochársele es que liquida demasiado pronto a personajes promisorios que si bien cumplen un papel secundario atrapan nuestra imaginación, como el propio Ormsby o Gideon Hobbs del feudo sureño, "un insecto palo al que se le hubiera dado forma humana". También merece elogios el autor por la fuerza de las escenas. Las últimas ciento cincuenta páginas de Tiempos oscuros, una verdadera carnicería, magnetizan los dedos, se devoran con fruición. Qué potencia narrativa. 

Viene salpimentada la trama con mucha información, retratos minuciosos, subhistorias que casi siempre involucran actos menores de depravación y observaciones inteligentes, es especial sobre uno de los mayores misterios de la humanidad: la naturaleza del mal y su relación con el Creador. No existe vate irlandés de valía, al parecer, que en algún momento de su obra no se haya interrogado sobre la presencia de Dios. Irlanda es una isla intensa y poéticamente religiosa, sus escritores combinan realismo con misticismo.

Por otro lado, si uno mira con atención el mapa de Virginia Occidental llega a concluir que el Plassey County de la ficción es el Pleasants County de la vida real, a un escupitajo de distancia de Ohio. El corazón del resentimiento blanco. En 2016, Donald Trump obtuvo el 74,9 por ciento de los votos.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

PD: En este blog, se han comentado otras obras de Connolly:
1 - Un libros de cuentos:
 (http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2013/12/nocturnos.html)
2 - Y dos novelas:
http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2008/11/los-atormentados.html
http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2015/03/cuervos.html

lunes, 8 de mayo de 2017

Las sombras de Quirke

Por John Banville

Alfaguara. Novela policial, 304 páginas. Edición 2017

El retiro de Quirke en el desierto ha terminado. El patólogo vuelve al trabajo, atraído por el asesinato de un funcionario prometedor. Lo que queda del cadáver de Sam Corless, el hijo del veterano luchador trotskista, había sido encontrado en un auto carbonizado que se estrelló contra un árbol en Phoenix Park. Un golpe en el cráneo, justo sobre la oreja izquierda, delata el homicidio. Mataron al chico y simularon un accidente. Quirke, ese oso bueno aficionado a los alcoholes y atormentado por el pasado, sale en busca de los culpables. Su verdadero oficio es la curiosidad y la resolución de entuertos. Sir Galahad contra los dragones. Su escudero es el buen inspector Hackett. Estamos a fines de los cincuenta, en Dublin, ciudad mezquina y mendaz, un pueblo grande donde todos se conocen.
La séptima entrega de los casos del forense Quirke posiblemente no sea la mejor. Tampoco, la peor. John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) ha forjado, de cualquier manera, otra sublime pieza de estilo, no sin fulgor poético como sus hermanas mayores. Se ha dicho que Banville -Benjamin Black es el seudónimo que eligió para probar suerte en la novela negra- es la mejor pluma de la anglósfera. Acuña párrafos perfectos y frases reveladoras con una ductilidad asombrosa. Los retratos son magníficos; el manejo de la escena, formidable. La prosa es un objeto precioso, un reloj suizo, una escultura de cristal, una daga de empuñadura enjoyada, algo frío y bello en todo caso. Sí, es muy probable que Banville sea el mejor estilista del idioma inglés. ¿Cómo decirlo sin ofender? Sólo los esnob y los críticos con una sensibilidad defectuosa no alcanzan a apreciarlo.

En Las sombras de Quirke el doctor se enamora de una psicóloga y lucha para superar el torpor que le provoca una mente con demasiados agujeros. Se queda observando su vaso de whisky con el aspecto de un hombre al borde de un acantilado que intenta calcular cuán larga será la caída. Además de resolver el crimen, ayuda a su hija Phoebe a salvar a una muchacha que ofendió las creencias tradicionales de una nación tenaz pero controlada por la Iglesia Católica (las casas son transparentes, por así decirlo) y sus representantes, como los caballeros de Saint Patrick. Son un hatajo de hipócritas que creen que tienen instrucciones directas del santo Dios. La Irlanda de seis décadas atrás parece una de esas distopías grises y sin escapatorias que los literatos de ciencia ficción suelen pergeñar.

El thriller no da nada por supuesto. Es decir, no hace falta leer las seis entregas anteriores para entender a Quirke. Pero, naturalmente, la constancia ayuda. Y gratifica. La irrupción de Banville en el género policial es una de las maravillas de nuestro tiempo.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

sábado, 21 de marzo de 2015

Ordenes sagradas

Benjamin Black

Alfaguara. Novela policial, 299 páginas


Sostiene el autor de esta novela policial que, básicamente, sobre la Tierra existen dos mundos, en conflicto. Aquél en el que moramos usted, yo y todos los pobres diablos sin poder que creen gozar de libertad. Y, tras esa fantasmagoría, existe el mundo real, donde prosperan las autoridades, la gente al mando, como políticos, funcionarios, hombres de negocios y dignatarios religiosos. Un lugar duro, desagradable, donde se toman las verdaderas decisiones y se llevan a cabo las acciones necesarias. Suena feo pero sin esa gente preparada para encarar la realidad y hacer el trabajo sucio, estaríamos hundidos hasta el cuello los de este lado. El problema es cuando uno de nosotros -es decir, un ser humano común y silvestre- entra en conflicto con uno de los de allá. El resultado es siempre el mismo. Podría dar fe (desde el más allá) Jerry Minor, periodista del diario ‘Clarion‘. Su cadáver, desnudo y desfigurado, apareció en las aguas de un canal de Dublin.  

Investiga el horroroso crimen el médico forense Quirke Garret, protagonista de la magnifica saga que, como si se tratase de un fresco colosal de la irlandidad, viene elaborando John Banville (Benjamin Black es su seudónimo), una de las mejores plumas del idioma inglés, no nos cansaremos de decirlo. Dicha saga nos envía a la década del cincuenta. A “un pequeño e ignorante país, encorsertado rígidamente con reglas y normas formuladas en los pasillos y cámaras privadas del Vaticano, que se entregan a Irlanda como si estuviesen escritas en piedra, igual que las tablas de la ley”.

Es verdad, que Banville no deja de incurrir en melodramas y que la autocompasión de Quirke fastidia, pero la trama es tan compleja y sórdida, el misterio tan atrapante, y la novela está tan bien escrita (una rareza en el género) que la lectura siempre resulta placentera. Se nos presenta, además, una tribu celta de la que no teníamos noticias: los tinkers (Iris Travellers o nómades irlandeses) cuyas costumbre son similares a las de los gitanos, pero no comparten el mismo origen étnico. Son personas vengativas, al parecer.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

lunes, 12 de enero de 2015

El libro de las pruebas

John Banville

Alfaguara. Novela, 232 páginas. Edición 2015

Cuando Freddie Charles St. John Vanderveld Montgomery -un bueno para nada- cometió su acto inexcusable pasaba por el peor momento de su vida. Había abandonado una carrera como profesor en Estados Unidos y durante diez años recorrió el mundo como buscavidas, sin mover jamás un dedo, viviendo de las pocas libras de su difunto padre y esquilmando la finca familiar. En una isla española contrajo una deuda. Volvió a Irlanda a buscar dinero; su esposa y su hijo quedaron como rehenes del prestamista. No consiguió un centavo, su madre los desheredó. Maquinó robar un cuadro antiguo, pero el destino le sembró el camino de obstáculos. Una criada lo descubrió; Freddie le aplastó el cráneo con un martillo. No mucho tardó la policía en atraparlo.

Freddie, el asesino banal, es el protagonista de una obra que el ilustre John Banville entregó a la imprenta en 1989. No se trata de uno de los grandes libros del insigne irlandés, pero -como todos- redondea una brillante exhibición de estilo. Aquí las palabras son el instrumento del lujo, de la sensualidad. Verbigracia: las metáforas que aluden a lo clásico o la artístico, como ésta: “…tenía el florido aspecto de unas de las putas reventadas de Lautrec…”  El texto, narrado en gloriosa primera persona, tiene un dejo inconfundible de Vladimir Nabokov. ¿Influencia o reencarnación?

Cada homicidio -nos dice el testimonio escrito de un psicótico- es un fracaso de la imaginación. El asesino no logra imaginar vivamente a la víctima, nunca la hace estar suficientemente presente. Puede matarla porque no está viva. ¿Por qué mató Freddie? En un rapto nietzscheano, sugiere a los atribulados hacer lo peor que exista. Es el modo de ser libre. “Nunca más necesitarás fingir ante ti lo que no eres”, añade. Pero, pensándolo mejor, concluye que su acto sartreano no se trató de una decisión, ni siquiera de una cuestión de pensamiento. El monstruo gordo que hay dentro de cada uno vio su oportunidad y salió dando espumarajos y golpes. Tenía cuentas que ajustar con el mundo y en aquel momento la mucama fue suficiente mundo para él. Nada puede impedírselo al monstruo. Ese es tu drama, ser humano.
Guillermo Belcore
Publicado el domingo pasado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

domingo, 29 de diciembre de 2013

Nocturnos

John Connolly

Tusquets. Cuentos de terror, 362 páginas.


Depredadores, el gran reto de la humanidad civilizada. Cómo lidiar con la maldad pura, con los semejantes que gozan con el sufrimiento ajeno; que matan por dinero, torturan a un indefenso, ultrajan a un niño incluso. ¿Una inyección letal como en Texas? ¿Encerrarlos por décadas, con la certeza de que cuando salgan todo será igual? ¿Rezar para que nunca se crucen en nuestro camino, cómo hoy en la Argentina? Me temo que no puedo arriesgar una respuesta. En sus novelas, John Connolly (Dublin, 1968) ha creado alguno de los depredadores más espeluznantes de la escritura moderna, pero en este ocasión ofrece una galería de seres con apetitos monstruosos que no son humanos. La vieja y querida literatura fantástica.

El volumen data de 2004. Su columna vertebral son los relatos que Connolly escribió para la BBC, para ser emitidos preferentemente en esas noches de tormenta en las que tenemos la impresión que cualquier cosa sobrenatural puede suceder. Connolly nació en Irlanda pero ha demostrado en estos años una exquisita plasticidad. Ha cultivado el género negro igual o mejor que un nacido en California. Aquí se luce tanto en el pop estadounidense a lo Stephen King  o a lo X-Files, como en el más rancio terror gótico inglés. Son en total diecinueve cuentos de agradable lectura. Algunos tienen un dejo borgeano; otros recuerdan a Lovecraft (existen dioses más viejos que el judeocristiano).
 

'El vaquero del cáncer’ (setenta páginas) narra las cacerías de un simbionte de origen extraterrestre o bien el siguiente paso en la evolución humana: un ser cuya forma física se ha convertido en reflejo de su degradación moral. Contagia tumores fulminantes. La señorita Froon, jardinera de mérito, es también un vampiro de letal eficacia. Hay brujas en Underbury. Entes terroríficos aguardan bajo la parroquia de Chetwyn-Dark, en la residencia campestre de Norton Hall y en el abismo de Wakeford. Cuide a sus hijos. Protéjalos del rey de los elfos y de los payasos de circo. Nunca se reía de un payaso, detestan a los niños y siempre andan al acecho.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno


domingo, 29 de septiembre de 2013

Venganza

Benjamin Black

Alfaguara. Novela policial, 297 páginas


La venganza -el placer de los dioses, según los antiguos griegos- provoca dos muertes resonantes en la fea Dublin de mediados de los cincuenta. Fiel a su naturaleza, Garret Quirke, el as del Departamento de Patología Forense del Hospital de la Sagrada Familia, se mete hasta el cuello en la ciénaga humana de codicia y engaños. El buen doctor, un oso apacible y borrachín que resulta irresistible a las mujeres, no descansa hasta esclarecer los secretos más perversos. Hay algo podrido en la alta burguesía de Irlanda, más precisamente en el grupo empresarial Delahaye & Clancy. “Mía es la venganza, dice el Señor”, según las Sagradas Escrituras. El Altísimo tiene imitadores en esa isla civilizada y primitiva a la vez, donde los católicos temen a los curas y veneran a los protestantes.

El último volumen de la saga policial de John Banville (Benjamin Black es su seudónimo) es tan bueno como los anteriores, puede que mejor aun. Se trata de Alta Literatura incursionando en el género policial, con asombroso éxito. No sólo seduce la trama, el enigma planteado, la suave pesquisa en procura de la verdad. El libro relumbra por los recursos estéticos que el autor pone en juego. La poética, por ejemplo. ¿Cuántos escritores de fuste son capaces de describir con tanta delicadeza los matices de la luz? ¿O de elaborar metáforas sobre las personas que involucren a animales? Banville, además, es una habilísimo constructor de escenas y personajes. Vale decir, la novela comercia con la pintura, la naturaleza y el teatro.  

El primer capítulo es conmovedor, acaso perfecto. El arrogante Víctor Delahaye sale a navegar con David Clancy, el hijo de su socio. Los dos solos. El velero se aleja de la costa; David se marea, odia y teme el mar. La charla es insustancial. El hombre de negocios menciona algo referido a la lealtad, evoca una historia triste de su infancia. Luego permanece en silencio largo rato, hasta que saca del arcón de madera un bulto envuelto en un trapo. Es un Webley Mark IV. Con el revolver, se pega un tiro en el corazón. 
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente

PD: De la traducción, lo peor que puede decirse es que incurre en leísmos.

PD II: “Estúpidos y cómicos. Todos somos así“. (Banville, página 255).

domingo, 25 de agosto de 2013

The Fall, la serie

Belfast es una ciudad de tamaño mediano, decadente por el éxodo de la industria pesada, húmeda como un pantano, latinoamericana en su desaforada polarización, por aquello de que mi Dios es mejor que el tuyo. Es la capital del IRA dinamitero y de los extremistas protestantes que defienden a balazos la voluntad de seguir siendo súbditos de su Serena Majestad Isabel II. Pero no todo es política. El asesinato de la nuera de un influyente convoca a Irlanda del Norte a la detective superintendente Stella Gibson, gélida como las tetas de una bruja, eficiente como un bisturí. Descubre que no se trata de un crimen aislado: repta por las calles de Belfast un asesino y violador en serie que va creando su propia pornografía. Estrangula con sus propias manos a sus víctimas, todas jóvenes, bonitas, morenas y exitosas en lo suyo. Días después, se masturba mirando las fotos del cadáver prolijamente arreglado.

He aquí el argumento de otra maravillosa serie de la BBC, que no puedo dejar de recomendar con toda convicción
. El anzuelo y la carnada obviamente es el retorno de Gilliam Anderson, en su papel de oficial a cargo de la investigación. Ahora rubia fatal, con suave acento londinense, licenciada en antropología, brillante policía, aunque incapaz de comprender el impacto devastador que causa entre los hombres. Aquellos exaltados que durante años clamaban por ver en los Expedientes X a la agente Scully sumida en el frenesí sexual, ahora se verán recompensados. El adversario de Stella se llama Paul Spector (Jamie Dornan) un consejero matrimonial desquiciado. Todos somos Jekyll y todos somos Hide (por eso Stevenson es inmortal). Paul es un padre de familia amoroso, protector de mujeres ultrajadas durante el día; homicida múltiple durante las noches.

Fiel a la premisa de que siempre es preferible calidad a cantidad, la BBC sólo elaboró cinco capítulos de The Fall, pero el final abierto hace presumir que habrá una segunda temporada. La espléndida detective  (foto) no puede no quedar. Es un personaje que atrapa nuestra imaginación. La intención artística se percibe también en el trabajo del director Jakob Verbruggen (recuerdo en particular ciertos planos cenitales), las sólidas interpretaciones, la tensión dramática, y, especialmente, el moroso ritmo narrativo, acaso más propio de los libros que de la televisión, pero en cualquier caso una virtud que separa a los productos británicos del alocado mainstream estadounidense, tan apegado a la acción violenta. Y como si todo esto fuera poco, está el contexto. Belfast es una sociedad en carne viva, sanando día a día las heridas infligidas por el imperialismo británico.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Antigua luz

John Banville

Alfaguara. Novela, 295 páginas. Edición 2012


Nadie escribe mejor que John Banville. Podría decirse que se trata del Borges de nuestro tiempo. Sí, lo sé. Afirmaciones rotundas como éstas, tan difíciles de refutar como de sostener, son irresponsables. Pero entiéndase bien, acabo de concluir esta novela y aún me encuentro bajo el encanto de un estilo sublime que -como quería De Quincey- representa la encarnación de un espíritu superior. El literato nacido en Wexford, Irlanda (1945), es un demiurgo formidable que describe, retrata, medita y hace poesía con objetos y situaciones corrientes de una manera tan exquisita que, sinceramente, reconforta el alma.

Véase, por ejemplo, los maravillosos circunloquios con que reemplaza a las palabras cochinas. El orgasmo (‘polvo’ según el guarango bonaerense) es para Banville “el conocido grito final de triunfo y salvaje alivio”. Obsérvese su extraordinario dominio de la metáfora y especialmente del símil y la prosopopeya, usando materiales de las Sagradas Escrituras, el arte, las mitologías clásicas o bien la naturaleza. Hay en este libro dos personajes “tan avergonzados como Adán y Eva en el jardín tras comer la manzana”. Otro lanza “miradas de Gorgona” o “tiene un teléfono injertado en la mano como la lira de Orfeo”. Hay un señor construido “según el patrón de un búfalo” y las pestañas de Billy, nítidamente dibujadas, “recuerdan ese pincel especial que utilizan los miniaturistas, ese único filamento de pelo de marta”. El irlandés es un escritor cultísimo capaz de evocar a Rubens, a Ingres o a las delicadas figuritas de Meissen. Y además tiene otra virtud, aunque sospecho que se trata en el fondo de un rasgo típico de la irlandidad: en él la Biblia católica y el Magisterio de la Iglesia es una influencia vivificante (¡qué agradable es leer que alguien sienta culpa por sus actos!).

Uno puede deleitarse, además, con el amor de Banville por el vocablo raro y escogido (cauro, gubia, falordia, obduración, fetor, tumido) que, lejos de sonar como un artificio inepto, da la sensación, siempre, de ser piedras preciosas que van decorando párrafos excelentes. Disfrútese, finalmente (aunque de ninguna manera está todo dicho), con la sabiduría del artista. Banville es uno de esos chicos listos que siempre tiene algo inteligente que decir sobre los asuntos más variados, por ejemplo, el atisbo de la carne en el varón, la otredad (el inconmensurable no-yo), el mito de la ninfomanía o los verdaderos vagabundos.

Algo hay que decir del qué en esta reseña. Antigua luz dibuja una consternada evocación de un amor adolescente. Alex Cleave, un actor de teatro que ya pinta canas, se había enamorado cuando era un muchachito de la madre de su mejor amigo, una matrona de pueblo con un “culo maravillosamente túrgido”. No fue un amor platónico. Es esta la historia de un chico retozón de quince años y su Lady Venus de treinta y cinco que osaron desafiar las iras del Estado, la Iglesia y sus familias. La gran fornicación duró un verano a lo sumo. Finalmente, la señora Gray, su marido y su prole pusieron pies en polvorosa, aunque una de las claves de la trama son las veleidades de Madame Memoria, esa sutil fingidora. Hábilmente el hilo principal se va enredando con las subhistorias, como la trágica muerte de la única hija de Alex Cleave o la película para la que es contratado como partenaire de una estrella de Hollywood que se las trae. El final es conmovedor.

Banville corrobora un dictum que me ha obsesionado toda mi vida: el erotismo es básicamente una cuestión de palabras (por eso la pornografía pura y dura es tan aburrida). He afirmado al comenzar que es el Borges de nuestro tiempo, pero lo corrijo. Ciertos pasajes perfectos de esta novela, con su gran sentido de lo dramático bellamente expresado, permiten inferir que en ese cuerpo de Dublin suele reencarnarse Shakespeare.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: El líbro del año, sin duda.

PD II: He notado una sola mácula en el texto. No me convenció el personaje Fedrigo Sorrán, un argentino que bebe vino tinto en un hotel de la Liguria a altas horas de la noche. Desde el nombre resulta, sin duda, inverosímil, aunque no sería descabellado interpretarlo como un espectro. Un fantasma shakespeareano que la habla al atribulado protagonista.

lunes, 16 de enero de 2012

En busca de April

Benjamin Black
Alfaguara. Novela policial, 327 páginas. Edición 2011

John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) considera a Benjamin Black, su otra identidad, como un hermano menor, un pariente pobre, una mitad vergonzosa. Seguramente, se trata de una coquetería o una falsa modestia. Las tres novelas policiales de Banville son tan Alta Literatura como El intocable, por citar una de sus mejores obras. El tercer volumen de la saga Quirke, en verdad, redondea otra prodigiosa exhibición de estilo: la construcción de escenas es brillante; el acabado de los personajes, incluso el de los de menor importancia, sublime (quizás sólo Dios preste tanta atención a sus criaturas). La evocación de la mezquina Dublín de los cincuenta, el vivificante trasfondo de catolicismo puro y duro, el misterio a resolver (es una historia terrible de oír), las complejidades de un puñado de almas dañadas, en fin, todo nos mantiene aferrados de las solapas hasta la última página. Incluso, relumbran las minuciosas descripciones de un invierno de los mil demonios. O de un automóvil, en este caso un Alvis TC 108 Super Graber Coupé, uno de los mejores que ha fabricado la Gran Bretaña. Banville, por lo demás, es un exquisito elaborador de tropos.


Garret Quirke se llama el protagonista. Patólogo de profesión, es un hombre difícil y turbulento, que no sabe escapar de un ayer que contiene demasiado veneno. Cuando está en espacios cerrados, tiene pinta de toro. A las mujeres les encanta pero el alcohol es su perdición, más precisamente la luz que emana una botella de whisky. Recién salido de la Casa de San Juan de la Cruz, un refugio temporal para adictos de toda clase, el doctor investiga la desaparición de April Latimer, hija de un siniestro héroe de la independencia de Irlanda (“un monstruo de orgullo, determinación y temeridad“, como son casi todos los héroes de la Patria). Lo involucró en el entuerto su hija Phoebe, otra alma descarriada. Cómo decirle que no, después de lo que Quirke le hizo en el pasado. Por cierto, los libros de Banville nos espetan sin rodeos que el pasado nunca suelta a su presa.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente

PD: Como he intentado explicar, este libro eleva el género policial hasta las cimas de la mejor ficción, pero me da la impresión (no puedo asegurarlo, claro está) de que la traducción no está a la altura de las circunstancias. Me figuro que no trasmite la riqueza de vocabulario con que Banville, ese enorme estilista, suele componer. Debería ver el original y consultar a un experto. Quizás Gabrielaa pueda ayudarme.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Narrativas de la diáspora irlandesa bajo la Cruz del Sur

Laura Patricia Zunini de Izarra
Corregidor. Ensayo de historia, 238 páginas

“Para mí Irlanda es un país de gente esencialmente buena, naturalmente cristiana, arrebatados por la pasión de ser incesantemente irlandeses”
J. L. Borges

El aporte de la heroica Irlanda a la Argentina ha sido esencial pero nunca debidamente reconocido. Desde el padre Thomas Fehily (o Field), adalid de la utopía jesuítica, hasta la obra de María Elena y Rodolfo Walsh y de Juan José Delaney, la diáspora fecundó nuestra historia y nuestra cultura. Baste recordar al almirante William Brown, a Domingo French (al general O’Higgins del otro lado de la cordillera), a Dalmacio Vélez Sarsfield, el Irish-porteño, los mártires palotinos, los personajes de tres o cuatro sublimes relatos de Borges. Que un libro reinvidique y desmenuce la herencia del trébol y del arpa no puede sino merecer elogios.

Una destacada catedrática de la Universidad de San Pablo ha tomado pues como estudio de caso a los irlandeses de Argentina y Brasil. Le añadió una fascinante evocación de la heroína-antiheroica Eliza Lynch, la amante del dictador Francisco Solano López, la “Lady Macbeth del Paraguay”. La profesora Izarra examina textos periodísticos, poesías, cuentos y novelas. Exhuma hitos y nombres. Esta parte del libro es muy instructiva; contrasta con la tediosa reflexión sobre la identidad, el sujeto diaspórico, la etnicidad y otros enmarañados conceptos que, acaso, sólo el especialista en ciencias sociales podrá disfrutar. Recién en la página sesenta el ensayo se pone bueno.

Todo hay que decirlo. El volumen es una de esas monografías universitarias convertidas en libro que exige a gritos el cedazo de un buen editor. En este caso, para aclarar la acumulación caótica de citas, eliminar la jerga de claustro y corregir una traducción que denomina “partido democrático” al Partido Demócrata de Estados Unidos o que inventa palabrejas como “conflictante” o “cosmopolitano”.

En la página treinta y ocho, se recuerda al pasar una idea de Eric Hobsbawn, el prestigioso historiador: la novela es un subproducto del nacionalismo europeo. ¿Será por ello que Irlanda, nación oprimida por los ingleses durante setecientos años, es la isla de los grandes narradores? La construcción de la nación, la desesperada afirmación de un pueblo, genera y requiere copiosa literatura. ¿Será por ello que a la Argentina, donde la idea de Patria es tan lábil (aquí es más importante ser peronista o hincha de Chacarita que argentino), le cuesta tanto producir ambiciosos novelistas?
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

martes, 22 de noviembre de 2011

El intocable

John Banville
Anagrama. 428 páginas. Colección Compactos. Edición 1999

En el raro universo que habitamos hay estrellas de materia tan densa que una cucharadita pesa más que un rascacielos en la Tierra. Con el arte ocurre lo mismo. Un párrafo o una página de la Alta Literatura tiene más belleza, opulencia, profundidad y sabiduría que la obra completa de un autor de tercera o cuarta fila. Es el caso de esta novela, una de las mejores que he leído en mi vida. Su densidad tiende al infinito. Corrobora que escribir mal es sólo consecuencia de la falta de erudición. Y confirma la intuición de que los lectores apasionados podemos ser felices agotando la obra de nuestros autores favoritos (en este caso el insigne John Banville) y haciendo un corte de manga a casi todo lo demás.

En magnífica primera persona (es una suerte de memoria o álbum de recuerdos), se reconstruye la vida de sir Anthony Blunt, uno de los principales catalogadores de nuestra era, catedrático de Oxford y Cambridge, eminencia de la British Academy, erudito en Nicolás Poussin y William Blake, y, sobre todo, inspector de Dibujos y Pinturas de la monarquía británica. Pero, prácticamente, nadie lo recuerda hoy por la finura de sus antenas como crítico o historiador de arte sino por haber sido durante más de treinta años un espía  de la Unión Soviética. Está probado que sus delaciones condenaron a una muerte atroz a personas detrás de la Cortina de Hierro. En noviembre de 1979, Margaret Thatcher desenmascaró al farsante ante la Cámara de los Comunes. Occidente entero se estremeció.

Convengamos que entre los tipos humanos pocos son tan interesantes como el del traidor o el del homicida desapasionado (caso Martín Fierro, dicho sea de paso). ¿Hace falta señalar que Blunt-Maskell no era un criminal común y silvestre? El esteta talentoso y estoico, el esbirro de la KGB, el niño mimado de la aristocracia intelectual fue además un homosexual promiscuo, de esos que merodean los baños de estación de ferrocarril en procura de “carne apropiada”. Bueno, también lo eran casi todos los miembros de la célula que Moscú reclutó entre Los Apóstoles de Cambridge. Banville los retrata con la habilidad de un miniaturista persa; los personajes secundarios son fascinantes, como Boy Bannister (Guy Burgess, en la vida real) a quien Blunt ayudó a fugarse a la URSS en los cincuenta; o un tal Querrell que no puede ser otro que Graham Greene.

El final de la novela es asombroso; proporciona una explicación coherente y verosímil a los misterios del expediente Blunt. ¿Quién fue el ángel de la guarda o la legión de ángeles que protegieron su duplicidad radical durante años? Pero no es en el terreno de Le Carré que el libro relumbra como el oro del Vaticano sino en la magistral exploración de un alma descarriada y en la vivisección de una felonía que dejo al mundo boquiabierto. En diciembre de 1980, el egregio George Steiner meditaba en The New Yorker:

“El espionaje y la traición son tan antiguos como la prostitución. Y, evidentemente, han atraído muchas veces a seres humanos de cierta inteligencia y audacia y, en algunos casos, de elevada posición social. Sin embargo, que se alistará en este repugnante oficio un hombre de tal superioridad intelectual, un hombre cuyas manifiestas aportaciones a la vida espiritual son de extrema elegancia y percepción y que, como estudioso o como profesor, hizo de la veracidad y de la escrupulosa integridad la piedra de toque de su trabajo, es verdaderamente singular. No se me ocurre, en relación con la época moderna, ningún paralelismo genuino con la traición del profesor Blunt”.

Del estilo de El intocable sólo pueden hablarse maravillas. Los párrafos son macizos, exuberantes, ricos en vocabulario e ideas fecundas. Los diálogos, vivaces; hay una sucesión de cautivantes escenas teatrales, incluso absurdas. Menudean las alusiones clásicas; recuérdese que oímos la voz de un erudito. Un fulano tiene “una atractiva cojera a lo Byron”. Otro “era la viva imagen del viejo Martin Heidegger con un bigote que parecía un tiznajo”. Una mujer ofrece “una pose a lo Sarah Bernhardt”. Otra le recuerda “a una de esas intrigantes mundanas de Henry James como Madame Merle o la señora Assingham”. Steiner sostiene que Banville es el estilista más elegante de la lengua inglesa. Quien no conozca al mejor escritor vivo de Irlanda, esté es el libro apropiado para comenzar una relación amorosa.

Entre mil subtemas interesantes, Blunt-Maskell-Banville ofrece una exquisita y certera teoría metafísica sobre el arte (obsérvese el delicado uso del punto y coma):

“La obra no tiene ningún significado; relevancia, sí; sentimientos; autoridad; misterio -magia, si se quiere-; pero no significado. Su significado es estar allí. Este es el hecho fundamental de la creación artística, representar algo que de otro modo no existiría (Por qué lo pintó. Porque no estaba allí)”.

El intocable tiene todo lo que la Gran Novela puede ofrecer al lector culto. No se me ocurre un elogio mejor.
Guillermo Belcore

Calificación: EXCELENTE

PD: ¿Dije que Banville es uno de mis narradores favoritos? Este blog ha reseñado otros tres libros de su autoría.

domingo, 23 de octubre de 2011

Verano y amor

William Trevor
Salamandra. Novela, 218 páginas. Edición 2011

  Ochenta y un años es una edad razonable para morir, sentenció el Dante. Esta novela sublime lo desmiente. William Trevor (Cook 1928), a quien no pocos consideran el mejor narrador de Irlanda, la escribió en 2009. Viejos son los trapos, el artista está en su plena condición. Todo aquella persona que al menos una vez en la vida haya tenido un anhelo desesperado o bien haya sufrido el tormento de la pasión leerá las últimas páginas con un nudo en la garganta.
 
 La novela nos lleva a las colinas de Irlanda, a mediados de los años cincuenta. Los campesinos no son ya pobres de solemnidad, pero predominan las gentes humildes, resignadas a vivir en soledad. Dillahan, un granjero que pase lo que pase nunca se salta una misa, es un alma atormentada. Ha matado a esposa e hijo en una terrible accidente. Contrae matrimonio por segunda vez con Ellie, una chica criada en un orfanato por monjas de acero. Ella no sabe que no ama a su marido. Como la piedra que astilla la superficie del lago, viene a romper la calma bucólica un forastero. Florian, veintipocos, huérfano, bueno para nada, es una variante encantadora y delicada del predador masculino. Ellie se enamora de Florian. Tienen un verano inolvidable. El pueblo de Rathmoye murmura; el resentimiento mete la cola. El final del libro nos deja con la boca abierta y azorados, pero no resulta inverosímil.

 Trevor es un magnífico constructor de personajes, que va al quid de la vida; escribe sobre los asuntos más profundos del corazón, los que realmente cuentan y están por encima de la política, la economía e incluso la religión. Nunca incurre, no obstante, en cursiler¡as o melodramas. La prosa, meticulosa y pulcra, tiene todas las ventajas de la claridad. No parece insensato postular que Verano y amor es una obra perfecta tanto en la forma como en el contenido.

Guillermo Belcore

Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Clasificación: Excelente

PD: El País de Madrid comparte el entusiasmo con este libro. Pinche aquí.

sábado, 25 de junio de 2011

Tres luces

Claire Keegan
Eterna Cadencia editora, nouvelle, precio aproximado: 60 pesos. Edición 2011

"Una buena mujer puede ver más allá de lo que pasa y oler lo que se viene antes de que un hombre siquiera lo perciba''.
Claire Keegan

En el principio, fue un relato publicado por la revista The New Yorker. El texto prosperó hasta transformarse en un libro (Foster en inglés) que ahora un sello de la Argentina acierta al traerlo al castellano. La nouvelle había sido elogiada por la crítica británica. No disentirá este blog con el Daily Telegraph o The Guardian. Ha quedado confirmado que Claire Keegan (1968) es otra estrella luminosa en el firmamento de Irlanda, la isla de los grandes escritores. Va en camino, quizá, de convertirse en la heredera de John McGahern (1934-2006), pero con un cariz más delicado, hábil para definir a un ser humano con un solo trazo, lo que siempre es indicio de excelencia literaria. Por ejemplo: ¿Qué clase de hombre es aquél que jamas tomó a su hija de la mano? ¿O aquel otro que se juega a las cartas una ternera Shorton de la familia?

El libro se lee de un tirón, con placer y, finalmente, con un nudo en la garganta. Nos enfrenta a una situación común y desgarradora por lo injusta: Dios da hijos, a menudo, a quienes no lo merecen y, también con frecuencia, se los quita a un papá y a una mamá admirables. Se llama la vida; nada se puede hacer.

La historia transcurre en una Irlanda que -Unión Europea mediante- comienza a dejar atrás la pobreza campesina y católica, pero que aún vibra por las huelgas de hambre de los extremistas (y patriotas) del IRA contra Margaret Thatcher. Se narra en primera persona. Oímos la voz de una niña que va a pasar unos meses con un matrimonio que, al parecer, son sus tíos. Así describe al padre: "Esa manera que tiene los hombres de no hablar es algo a lo que estoy acostumbrada: les gusta patear el pasto con el taco de la bota para arrancar un terrón de turba, golpear el techo del auto antes de que arranque, escupir, sentarse con las piernas bien abiertas, como si no les importase". Así, resume su satisfacción con el cambio: "Sus manos son como las manos de mi madre, pero hay algo más en ellas, algo que nunca antes sentí y que no sé como llamar. Me siento sin palabras, pero esta es una casa nueva y necesito palabras nuevas''.

Lo que Keegan ha forjado podría definirse como poética de los momentos cotidianos. Su prosa es elegante, gentil, bella y suave. Carece de estridencias. Virtuosa, es un calificativo que le conviene. Se ha comparado a la irlandesa con Chejov y Maupassant, sobre todo por una cualidad que se mencionó más arriba: puede detectar (y transmitir) la miseria y la grandeza humana en lo ínfimo y en lo pedestre.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

viernes, 1 de abril de 2011

El sueño del celta

Mario Vargas Llosa
Novela. Edición 2010. Alfaguara. 454 páginas.

“La maldad la llevamos en el alma. No nos libraremos de ella tan facilmente. En los países europeos y en Estados Unidos está más disimulada, sólo se manifiesta a plena luz cuando hay una guerra, una revolución, un motín. Necesita pretextos para hacerse pública y colectiva. En la Amazonía, en cambio, puede mostrarse a cara descubierta y perpetrar las peores monstruosidades sin la justificaciones del patriotismo o la religión. Sólo la codicia pura y dura. La maldad que nos emponzoña está en todas partes donde hay seres humanos, con las raíces bien hundidas en nuestros corazones”.

“La historia es una rama de la fabulación que pretende ser ciencia”
Mario Vargas Llosa



No es ésta la mejor novela de uno de los mejores novelistas de nuestra era. Es un libro tedioso por momentos, infestado de moralismo y con una cadencia descriptiva absolutamente insulsa, más apropiada para el ensayo o para los excelentes artículos que Mario Vargas Llosa suele publicar en los periódicos. Nada puede objetarse a la sólida estructura, a la ambiciosa temática o la impecable reconstrucción histórica, pero le falta esa luz de originalidad y belleza que consagra a la obra maestra.

Sin rodeos ni ambigüedades, Vargas Llosa, el demonio para el populismo pseudoprogresista, se ha esforzado en enjuiciar abusos y crímenes coloniales y el exterminio de comunidades indígenas del Africa y Sudamérica por culpa de esa aberración llamada lucro. Como se ve, volvió a interpretar un repertorio de izquierda, aunque siempre matizado por una aguda inteligencia. El Varguitas escritor nunca ha ofrecido, por cierto, las respuestas fáciles de la ideología. No faltará el imbécil que lo acuse de haber plagiado El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, tal como lo siguen chicaneando por La guerra del fin del mundo. Ser influenciado no es copiar. Plagio es lo que hacieron un par de escribidores argentinos al copiar textualmente páginas enteras para obtener un dudoso premio o vender más libros. Qué sinvergüenzas.

Se narra la vida y la muerte del Bartolomé de las Casas del Imperio Britanico. Sir Roger Casament es el nombre del protagonista. Un diplomático ennoblecido y condecorado por la Corona, que fue juzgado por traición a la patria durante la Primera Guerra Mundial. Con el fervor de un profeta, había documentado y denunciado los espantosos crímenes de los belgas en el Congo y de los peruanos en el Putumayo. Se convirtió en un especialista en atrocidades y arruinó su salud, pero luego degeneró en algo peor que un revolucionario, se transformó en un nacionalista. Y así concluyó que la única manera de que su Irlanda natal obtuviera la independencia era conseguir fusiles de la Alemania del Kaiser para una insurreción violenta. Es decir, por repudiar un imperialismo se metió en la cama con otro. Fue ahorcado el 3 de agosto de 1916. La novela incluye fascinantes figuras históricas como el malvado explorador Henry Morton Stanley, el genial Bernard Shaw y Julio César Arana, el rey del caucho.

La novela maneja con solvencia los relatos paralelos y el vaivén en el tiempo. Va alternando las peripecias en la jungla del diplomático idealista -realmente creía que Europa tenía una misión providencial en Africa- con los últimos días del reo en la lobrega celda de Petonville Prison, donde esperó, desesperado, que le conmutaran la sentencia a la horca. Se abusa de un recurso: la descripción de los sueños del personaje principal, lo que siempre delata un déficit de invención. La acción, el estilo e incluso el argumento se subordinan -para mi gusto demasiado- a la discusión de ideas. Porque ésta es fundamentalmente una novela de ideas.

Mediante la prolija enumeración de horrores, Vargas Llosa reabre el debate sobre uno de sus temas favoritos. Quiere llegar a la raíz de la maldad humana. ¿Por qué diablos la civilización es una película tan delgada?, nos obliga a preguntarnos. ¿Qué es lo que torna a un hombre en una máquina (me niego a usar la palabra “bestia”, nada hay más humano que la crueldad) capaz de las peores fechorías? Cedo la palabra al artista: “El Congo, la Amazonía. ¿No hay pues límites para el sufrimiento de los seres humanos. El mundo está plagado de esos enclaves de salvajismo. ¿Cuántos? ¿Cientos, miles, millones? ¿Se puede derrotar a esa hidra? Se le corta la cabeza en un lado y reaparece en otro, más sanguinaria y horropilante”. ¿Por qué?, sigue siendo la pregunta, añado yo. El libro deja un nudo en la garganta.

Guillermo Belcore

Calificación: Regular

PD: Quisiera ser claro. No es éste un libro malo, en absoluto, pero a un autor como Vargas Llosa -un escritor de verdad- podemos exigirle algo más que un novelón aburrido. Una vez, conversando sobre la última y fallida novela policial de Piglia, P. me preguntaba si yo coloco el listón más alto cuando se trata de consagrados. Sí, lo hago. Y también creo que no hay que asustarse con los nombres eminentes, hasta los genios tienen sus días malos.

martes, 3 de agosto de 2010

Que el vasto mundo siga girando

Colum McCann
RBA. Novela, 473 páginas. Edición 2010.

“Lo único que necesitas saber de la guerra, hijo mío, es esto: no vayas”.
McCann

En agosto de 1974, un equilibrista francés recorre sobre una cuerda floja y a ciento diez pisos de altura la distancia entre las dos torres del World Trade Center. La hazaña es el eje de esta novela coral. Va engarzando, como si de perlas se tratase, historias individuales en la Nueva York de los setenta, una urbe degradada a nivel tercermundista. Son historias fascinantes. Hay un cura irlandés, comprometido con la Teología de la Liberación, un ángel loco e increíble que encuentra a Jesucristo entre las prostitutas del Bronx. Están las madres de Vietnam, que se reúnen para mitigar el dolor por la muerte de un vástago en “la menos norteamericana de las guerras”. Hay dos artistas de vanguardia que, como todos los de su ralea, cuanto menos trabajan más valiosos creen ser. Hay hackers en la prehistoria de la informática, hay un juez idealista de Manhattan, hay una influencia notoria del gran Don DeLillo.

Colum McCann (1965) es otro irlandés que ha adoptado Nueva York. E pluribus unum. Después de varios intentos, forjó una obra consagratoria. Este libro recibió el National Book Award de 2009. Despliega una enorme cantidad de recursos narrativos, casi todos bien logrados. El amor por el detalle delata al novelista de fuste. ¿Acaso el buen novelista no es esa persona que se preocupa constantemente por los pormenores más insignificantes? La trama tiene sus tiempos inertes y un grueso error (Studio 54 abrió recién en 1977), pero en conjunto el libro es extraordinario, en particular por la tremenda fuerza emocional, con pasajes que golpean como una maza.

Hay otra cualidad importante. Es un producto very Irish, lo que le permite conectar con la sensibilidad latinoamericana. La irlandidad -si es que existe la palabra- implica dosis de angustia y culpa, la fe que flaquea, la importancia decisiva de la familia, la búsqueda de pureza (aunque sea en una acrobacia), el misterio de la ausencia de Dios, la esperanza. Es decir, una abstracción, una noble intención metafísica, siempre agita la trama.
Guillermo Belcore
Publicado en los suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata

Calificación: Muy bueno

PD: Creo que la banda sonora de la novela podría ser este tema.

PD II: Me duelen las muelas de repetir que la buena novela exige un trabajo casi inhumano, incluso trabajo de campo. Así lo explica McCann en El País.