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martes, 21 de septiembre de 2021

La odisea de Gilbert Pinfold


 


La decisión de este blog de agotar la obra de Evelyn Waugh (Londres, 1903-1966) fue recompensada con el hallazgo de un sublime librito humorístico. La odisea de Gilbert Pinfold (Emecé, 240 páginas) fue entrega a la imprenta en 1959 (1). Es una novela muy divertida pero tiene un lado morboso: se basa en hechos reales, en las alucinaciones que el escritor inglés sufrió después de los cincuenta años por abusar del alcohol y del bromuro como somnífero.


Mr. Gilbert Pinfold es un literato católico que vive de rentas, aislado con su esposa e hijos en una propiedad rural no lejos ni cerca de Londres. Es también un aburrido, un dipsómano, un paranoico con insomnio y los nervios destrozados. Mira al mundo con desdén. Su salud física y mental va de mal en peor; para sanarse y para volver a escribir decide escapar de los rigores del invierno en un crucero. Viajará, solo, a la isla de Ceylan. Una cura de tres semanas. De más está decir, que Pinfold es el propio Waugh; él también vivió un calvario en alta mar.


Se embarca Pinfold en el Calibán, un barco de vapor algo anticuado de clase única y sin baños privados. Saturado de píldoras fuertes, cloral, bromuro, whisky, cogñac y champaña, nuestro hombre empieza a delirar. Voces le llegan desde las cañerías, el artesanado del techo del salón comedor y de una lámpara de mesa. Lo atribuye a un problema eléctrico, a los restos de un sistema de comunicaciones de tiempos de la guerra, luego a un experimento psicológico de la BBC. Escucha al capitán y a su amante torturando a un marinero bengalí, capta los planes de una pandilla que lo odia y trama molerlo a golpes, oye que lo ridiculizan en la radio pública y descubre un plan de las autoridades para entregarlo a la España de Franco. También conversa mentalmente con una joven que se ha enamorado de él y pretende que la desflore.  Gilbert es "el único perturbado en un mundo de paz", resume el texto.


El efecto de la degradación de esta personalidad (el único carácter que se describe en el texto) es hilarante.


Otra rareza, al parecer el escritor de  carne y hueso no estaba orgulloso de su talento y menos aún de su reputación; creía que encarnaba la quintaesencia de la decadencia artística. En la página noventa y ocho,  un crítico imaginario juzgaba así su obra:


"...Las cualidades básicas de una novela de Pinfold varían muy pocas veces y pueden ser enumeradas de la siguiente forma: argumento convencional, falsedad de personajes, sentimentalismo morboso, comedia burda y vulgar alternada con melodrama aún más burdo y más vulgar; religiosidad excesiva que puede encontrarse aburridora o blasfema según las ideas doctrinales del lector; sensualismo extraordinario y ofensivo, que indudablemente se ha introducido por motivos comerciales. Todo esto presentado en un estilo que, cuando se lo separa de lo trillado, cae en positiva ignorancia..." 


Nada que ver. Ya lo dijimos en este blog, el lector simplemente tiene que abandonarse al goce de las estupendas novelas de Waugh. Además, si admiramos a Fogwill por su talento literario para transmitir los efectos alucinógenos de las drogas (cocaína), un inglés maldito y enajenado lo hizo medio siglo antes con una prosa de elegancia perfecta

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno


(1) Leímos la edición de 1969, con la traducción de María Inés Oyuela de Estrada.

jueves, 8 de octubre de 2020

El Lugones de César Aira


En el conjunto "muy buenos", Leopoldo Lugones es el gran ausente de las letras argentinas. Por cuestiones ideológicas, por ignorancia, por indiferencia u hostilidad al mérito (escribir bien es escribir a la manera de Lugones, decía Borges) se lo lee casi nada y se lo comenta menos. Por fortuna, este gran escritor no ha sido ignorado por otros grandes literatos de la Patria. Borges, sí. El padre Castellani y el fatuo Gálvez, también. Y ahora nos venimos a enterar que César Aira (Pringles, 1949) lo evocó en una nouvelle espumosa, concluida hace tres décadas. 

Hizo bien el sello Blatt & Ríos en rescatar el texto noventoso. Sostenemos la hipótesis de que es una de las más interesantes creaciones en la prolífica y despareja producción aireana. La conjetura es provisional, proviene de alguien que ha leído sólo una veintena de sus más de cien novelas (y que ha abrevado también su obra magna, El diccionario de autores latinoamericanos).

Una pluma maldita sentenció una vez que quien ha leído una ficción de Aira, las ha leído todas. Pueden resultar enloquecedoras para quien no guste del procedimiento del absurdo; se parecen demasiado entre sí. Pero Lugones es una novela un tanto diferente, dado que es un poco más extensa que la media (179 páginas), con un protagonista de la vida real. Nada menos que el "señor de todas las palabras y de todas las pompas de la palabra" (Borges dixit) en el día de su suicidio con cianuro o con bala en el recreo El Tropezón del Tigre. Uno no puede dejar de preguntarse: ¿Por qué el crédito del sudoeste bonaerense no ha querido entregar antes a la imprenta tan hermosa invención?

PISTOLETAZO DE SALIDA

Viajamos pues al 18 de febrero de 1938. Llega a una isla de recreo del Delta un caballero sesentón de riguroso traje negro. Al bajar de la lancha, pierde pie y el revolver que llevaba en el bolsillo cae al piso y se dispara ("el estallido hizo callar a los pájaros a diez islas a la redonda"). La bala perdida raspa una de las piernas maduras y de dos toneladas de Doña Luisa, la dueña del hostal. 

Así comienza una trama desopilante que, con sus giros surrealistas, fantásticos y tenues pinceladas costumbristas y eróticas, zarandea a la "gloria de las letras latinoamericanas, poeta, helenista, pensador de la nacionalidad, historiador y eximio esgrimista" con un desparpajo nunca antes leído. Don Lugones debe soportar con estoicismo el histerismo de una matrona, la ninfomanía de una criada y la vulgaridad de los otros huéspedes. Se confiesa con un yacaré pigmeo (¡oh, esa obsesión de Aira por las pequeñeces!) y tiene fantasías en la tina con un patito de hule. Hay un modesto suspenso: ¿quién diablos es el narrador? Hay una ramificación policial, pellejerías de contrabandistas y cajetillas.

No pueden dejar de elogiarse los recursos verbales de Aira. Despliegan todo su esplendor como la cola de un pavo real, diría un poeta. La sintaxis es magistral. El manejo de la escena, estupendo (pudo haber sido una obra de teatro). La sátira, la paradoja y la fina ironía están al servicio del humor. El texto desdeña el tecnicismo del punto y aparte, pero la lectura nunca es complicada. Fluye como las corrientes de un río caudaloso. Más aun: es una gratísima lectura. Hay un intento -como en Fogwill- de atrapar el habla de los argentinos. Hay una copiosa circulación de palabrotas y definiciones guarangas ("¿qué es coger sino hacer fuerza para llegar a un momento? Es como una cinchada?") entre poética y pensamientos elevados. Hay frases perfectas como esta: "¿La señora es rousseauniana?, preguntó la gorda".

La yuxtaposición de elementos diferentes, contradictorios incluso, es el procedimiento estrella del libro. El surrealismo proponía un paraguas junto a la máquina de coser. Aquí tenemos dos corazones chorreando sangre junto a patas de rana, bajo la luz de la luna. Y al Prócer de la Literatura Nacional confesando sus cuitas a un reptil parlante. Efecto cómico por contraste es el nombre del juego.

Como en casi todas las novelas de Aira que hemos leído, además del tonito de sorna y la formidable libertad imaginativa, puede encontrarse alguna valiosa pepita conceptual. El pringlense tiene casi siempre algo inteligente que decir sobre los asuntos de la literatura y el arte. Aquí retoma una idea que había desarrollado cinco años antes en su excelso Diccionario de autores latinoamericanos. Postulaba que "pocos libros de L.L. son medianamente legibles" y definía La guerra gaucha como una "cuantiosa acumulación léxica que manifiesta definitiva e irremediablemente la insensibilidad literaria de Lugones".

Duro, ¿no? En esta novela retoma el hilo, le hace decir al huésped del bombín en la página 119:

"Todos los que se reían de mí, Borges, Girondo, Macedonio Fernández, ¡todos tenían razón! Y yo que pensaba que era por envidia... Valgan lo que valgan, y no sé lo que valen porque precisamente yo no puedo saberlo, en lo esencial estaban y están en lo cierto: yo no soy un escritor. No importa que sea el escritor argentino por antonomasia, el más grande, el maestro, el clásico viviente... No soy un escritor. Tan perversa es la literatura, fijate un poco, que se puede ser el más grande escritor argentino y no ser un escritor. Y no lo soy, no hay nada que hacerle...".

El Lugones que imaginó Aira admite pues que ha elegido un oficio que no le convenía. "No tengo la fibra, ¿te das cuenta?", le dice al saurio con su "voz aflautada". 

Pamplinas. Si bien aquel señor petiso y gordito "era una persona no muy admirable ni querible" (Bioy Casares, dixit), fue uno de los Grandes que conviene buscar en sus "altos edificios verbales" no en sus opiniones, como sugieren los mejores críticos. "Tiene el derecho póstumo a que lo juzguen por su obra más alta", escribió Borges. A pesar de sus vaivenes, Lugones debe quedar; Aira también, a despecho de los suyos.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

domingo, 4 de septiembre de 2016

Las aflicciones

Pequeños milagros de la literatura. La belleza suele brotar donde menos se la espera. En un hospital de Filadelfia, por ejemplo. Un hematólogo eminente, nacido en la India y radicado en Estados Unidos, premiado por sus escritos médicos, invoca a los espíritus de Jorge Luis Borges y de Marcel Schwob, y concibe un libro extraordinario. Una verdadera obra de arte. Milagroso, ¿no?

Las aflicciones (La bestia equilátera, ciento cincuenta páginas) merece ser nominado para el rubro Imperdibles 2016. Bellamente narrado, con una prosa pitagórica, justa, tan anglosajona como borgeana en su estilo. Las frases fueron pulidas hasta que refulgen. No sobra una coma. El género, inescrutable. Un ensayo fraudulento o literatura fantástica. La gracia de la ambigua originalidad consagra el primer texto de ficción de Vikram Paralkar (Bombay, 1981). Una encantadora rareza.

Ha imaginado el doctor Paralkar que atesoran en la Biblioteca Central de cierto Imperio una obra portentosa, única sobre la Tierra, en trescientos veintisiete volúmenes, cada uno con su lomo perfecto, sus palabras límpidas y hermosas, con su propia estantería de teca y su mesa de lectura. Máximo, el boticario, es admitido como aprendiz, al servicio de la colosal Encyclopaedia medicinae.

 
Unos pocos capítulos narran la bienvenida que el Maestro Bibliotecario le prodiga a Máximo, como una suerte de introducción a la retahíla de enfermedades que describe la Encyclopaedia. Son tormentos que un Dios enfurecido ha arrojado sobre la humanidad. Por ejemplo: Amnesia inversa. Las fallas de la memoria no afectan al paciente sino a sus semejantes, primero a conocidos lejanos, luego a los vecinos, finalmente una amante despierta horrorizada y furiosa: '¿Quién es este tipo que apareció en mi cama?'. Allí el doliente comprende que ha sido borrado de toda memoria humana. Ni siquiera los galenos que lo tratan son inmunes. Al ser interrogados sobre sus informes, estos facultativos admitieron la letra como propia pero no recordaron haberlos escrito. ­¡Ja!

FICCION MEDICA


En la alfombra voladora de la ficción medica nos transporta, pues, el doctor Paralkar a los años fabulosos de la Edad Media. Las aflicciones no sólo es el fruto delicioso (desopilante por momentos) de una imaginación desbordante, también deviene de la erudición. Comercia con la filosofía, la historia y la antropología, entre otras disciplinas. No teme arriesgar, asimismo, un juicio teológico. Las yuxtaposiciones de cada breve relato son sublimes. Es uno de esos libros que se devoran con fruición.

Los lectores combativos encontrarán, incluso, orientación para interpretar a los hombres de la política que abusan de nuestra paciencia. Verbigraria: no parece aventurado colegir que cierto dictador caribeño hoy decrépito y cierta ex presidenta de los argentinos jaqueada por la Justicia -ambos aficionados a infligir a sus respectivos pueblos agobiantes discursos por cadena nacional- sufren de Aphasia floriloquens. Explica el texto que el mal es difícil de ubicar entre las "noventa y dos categorías de desequilibrios linguísticos conocidos por el hombre, puesto que es la única afasia caracterizada por un extraordinario exceso de discurso''.

También es posible concluir que en la Argentina de los últimos años afloró una terrible plaga. La Encyclopaedia establece que las víctimas de la Pestis divisionis descubren que "sus lealtades se disuelven para ser reemplazadas por otras. Forman sectas cuyas diferencias son tan profundas y agrias que cada persona abandona su hogar para unirse a sus nuevos hermanos. Estas diferencias nunca tienen que ver con la raza, la religión o el linaje; son meras ficciones impuestas por la plaga''. Añadimos nosotros que en nuestra Patria la epidemia se ha bautizado como grieta. Advierte Paralkar que el verdadero horror de la Pestis estriba en que el pueblo ya nunca se libra de sus cicatrices.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

domingo, 22 de noviembre de 2015

Unas pocas palabras, un pequeño refugio

Kenneth Bernard
Fiordo, Cuentos, 112 páginas, Edición 2015

El sello Fiordo podría compararse con esos joyeros borrosos de Amberes o de una galería fea de la calle Libertad que sólo ofrecen gemas exóticas, desconocidas u olvidadas, a una clientela de entendidos, coleccionistas de rarezas. En esta ocasión, han desempolvado a un ignoto autor estadounidense que, como otros autores de la colección, cuenta con el don de la gloriosa excentricidad.

Anótese el concepto. Gloriosa excentricidad. Propone este blog agregarlo a los cinco factores que, según Harold Bloom, definen la potencia estética de una obra: dominio de la metáfora, exuberancia en la dicción, originalidad, poder cognitivo y sabiduría. Los cuentos de Kenneth Bernard (Nueva York, 1930) tienen tres o cuatro de estas virtudes y algunas más como un humor muy fino que en su mejor momento se emparenta -de lejos- con Woody Allen. Son tan profundos que con una lectura no basta. Dicen mucho más que lo que expresan; es la técnica de iceberg en acción (cuatro quintos del sentido se encuentra bajo la superficie).

Los diecinueve relatos que atesora el volumen (por primera vez llegan al español) permiten inferir que Bernard es, por encima de todo, un poeta, un poeta metafísico para ser precisos. Oímos el soliloquio de un maníaco, generalmente un hombre casado, cuyas elucubraciones tienen magia. Los textos viran en el aire hacia direcciones sorprendentes; los personajes son víctimas de extrañísimas ecuaciones. Bernard compone metáforas sobre el arte de vivir.

El lector disfrutará las derivas sobre la idea fundacional de ‘biblioteca‘, la guerra entre los notapieístas y los notafinalistas, la chica que leía a Sartre, nuestro destino irrevocable de animales atropellados, la evocación de un amigo suicida, la atrofia de los sentidos verdaderos. ¿Es posible que un simple matamoscas sea un instrumento del destino?, se pregunta el literato de Brooklyn. Las respuestas que ofrece son deliciosas.

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura de La Prensa.

Calificación: Bueno

domingo, 9 de agosto de 2015

Gran Cabaret

David Grossman


Lumen. Novela, 236 páginas. Edición 2015


Una insólito telefonazo trastorna al venerable juez Avishai Lazar, jubilado prematuramente del Tribunal del Distrito por sus continuos ataques de ira. Su señoría es viudo, vive sólo y amargado. Cierto personaje que hace casi medio siglo que no ve le pide un favor a Lazar: juzgar un espectáculo de stand up. En efecto, el bufón Dóvaleh G., con quien compartió durante la infancia clases de matemáticas y charlas amistosas, desea que el magistrado intente captar, nada menos, esa cualidad que emana de cada ser humano sin que pueda dominarla; es decir la irradiación de la personalidad (el resplandor o la oscuridad interior). Su señoría acepta, aunque intuye que hay gato encerrado. Un profundo engaño, “oscuro como el que sólo puede darse donde las palabras no llegan“.

¡Bienvenidos al Gran Cabaret de Netanya! La obra más reciente de uno de los novelistas más destacados de Israel narra dos horas, más o menos, de una dramática comedia en vivo, acaso la última de un autentico artista, que si bien actúa con un gran refinamiento, también sabe como estimular en el público la glándula de la vulgaridad y la ordinariez. Es decir, Dóvaleh G. conoce muy bien que cuerdas pulsar para convertir a las personas en masa, en populacho. Pero ahora, su voz es espantosa y llena de desesperación.

La trama seduce de la primera a la última página. Hace reír y hace llorar. Hay, al menos, media de docena de chistes excelentes, como aquel del caracol violado por dos tortugas. Las bromas mitigan, en parte, la intensidad dramática (la historia es tremenda). Se ridiculiza tanto al izquierdismo progre (nada hace reír a esa gente) como a los halcones belicistas, incluso a los militares, “copias en bruto de un ser humano”. El Altísimo ha dotado, por cierto, a David Grossman (Jerusalén, 1954) de ese don que caracteriza a los talentosos: tiene la habilidad de desollar a un país entero mediante la voz de un personaje. Tiene también un notable dominio de la metáfora. Y ha renovado un tópico de la ficción, siempre angustioso: el payaso triste. Hay muchas razones, en verdad, para recomendar este libro.

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

PD: No es la primera vez que este blog se elogia al señor Grossman. Pincha aquí: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2012/05/delirio.html

jueves, 2 de diciembre de 2010

Norep

Omar Genovese
La Comuna Ediciones Municipalidad de La Plata. Novela, 126 páginas.

"Si la vida tuviera sentido, el lenguaje sería vano y la lengua, un gesto aborrecible"
O. Genovese

En mis años mozos, frecuentaba las páginas de Jorge Luis Borges no sólo por el insuperable gozo que provocan, sino también para esclarecer la única duda que me ha acompañado a lo largo de toda la vida: ¿qué leer? El mejor escritor que ha engendrado el idioma español es, en efecto, un sublime maestro de lecturas. Así llegué al Vathek de William Beckford.

El autor de El Aleph escribió que Beckford encarnó un tipo suficientemente trivial de millonario, gran señor, viajero, bibliófilo, constructor de palacios y libertino, pero debe su gloria a las diez últimas páginas de su novela. El Vathek contiene "el primer infierno verdaderamente atroz de la literatura'', dado que -distingue Borges- el orco de la Divina Comedia es un lugar donde ocurren hechos atroces, que no es lo mismo.

Personalmente, descubrí con el Vathek que los infiernos que gesta la imaginación literaria son tanto o más fascinantes que el tradicional de la imaginería religiosa (¿o será la religión una variante más, tan reconfortante como peligrosa, de las bellas letras?). Ese enorme agrado se encuentra en la primera novela publicada en papel por Omar Genovese (Buenos Aires, 1959).

El aficionado a los blogs conoce, seguramente, a El fantasma de Genovese. Es algo así como un afiladísimo bisturí que corta hasta el hueso, sin aplicar nunca cloroformo. Como escritor de libros, Genovese no renuncia al mordisco de tiburón, es decir a la ejecución irónica y polémica. Supone que en el inframundo, Perón (perdón, Norep) conspira con el fin de crear una Masa Acrítica para comandar, asistido por Lopecito, acicateado por Eva Duarte y en ligazón con Mao, Lenin, Stalin, Trotski, Hitler, Goebbels y Menguele, entre otras almas en pena. Norep "nunca niega la posibilidad de un aliado".

En el infierno de Genovese el roce está vedado, el deseo sexual y el amor brillan por su ausencia, y la intimidad es imposible. Las paredes parecen de piel humana pero fueron construidas con hueso. Hay hornos a carbón, piletones de excremento, rencor y delaciones. Los espejos fueron prohibidos por el Innombrable. Así describe el lugar de "las fláccidas geometrías con apariencia de túneles'' este fragmento fascinante:

"El Averno inabarcable carecía de comienzo y parecía estar en expansión sin lógica, intercomunicando pasillos de distintos niveles, cortando rectas, haciendo laberintos en laberintos. ¿Esa forma era el estilo con que el Maligno ponía distancia con sus posibles rivales? ¿Por qué nunca tenía acceso directo a los aposentos de Stalin, Adolf o Mao? Ellos venían a él, pero él, Norep popular, Norep de la sonrisa campechana sumida bajo la extensión geométrica de su chatura, no podía llegar a la intimidad de los otros. Parecían oportunistas, espiando por ojos ocultos. Cuando él pensaba fuerte en algún sentido, con cierta lógica en la estructura, ellos aparecían como llamadas al pie, acentos leves de un enunciado, entonaciones fantasmáticas de una lectura indecente. Ellos, pensó aplaudiéndose las manos inconsistentes, ellos son interferencias, mensajes imaginarios cargados en el sentido negativo de mis intenciones. Son la contrainteligencia diablal: ¿qué hacer? ¿Cómo lograr la cohesión de distintas mentes brillantes que lograron enfocar el impulso tanático de la humanidad en sus momentos de mayor descontrol y obediencia? ¿Acaso esta discursividad sin plaza que agobia, imprevista, es materia para la intromisión del supremo lector invasivo que es el espíritu de la maldad de Belcebú? ¿Qué hacer?".

Cómo puede apreciarse, los párrafos exigen (merecen) ser leídos dos veces. Las ávaras ciento veintiséis páginas del volumen son engañosas, parecen más. La prosa oscila entre erudita y rea. Es torrencial y densa, pero tiene un ritmo y una música. Sin duda, hay un estilo en juego. También hay escenas francamente desopilantes como aquella en que al General un fierita lo piya en la cara; o esa otra en la que Norep casi le dice "puto" a Lenin y terminan a las trompadas.

Como se ve, la escritura gusta de filosofar. Genovese reflexiona sobre el acto de escribir, sobre el arte de la conducción política, y especialmente sobre la resbalosa naturaleza del hecho maldito de la Historia argentina: el norepismo, "la profunda esperanza de un pueblo errante" o bien "un reguero emocional imposible de detener''. Harto mejor, por cierto, que sus líderes, parece ser el mensaje.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

sábado, 16 de mayo de 2009

Los objetos nos llaman

Juan José Millás
Seix Barral. Relatos breves, 245 páginas. Edición 2009

Juan José Millás
(Valencia, 1946) es, por alguna razón que se me escapa, el escritor español más mimado por la prensa argentina. La solapa nos informa que ha labrado catorce novelas. La última (El mundo) recibió el Premio Planeta 2007 y puede ser calificada como buena, siempre y cuando la mirada sea indulgente y el análisis no implique elevadas exigencias. También escribió cuatro libros de cuentos e infinidad de artículos periodísticos. Encarna la dudosa figura del intelectual mediático. La descripción en la Wikipedia de esta obra y su página en internet (www.losobjetosnosllaman.com) revelan que el autor gusta descaradamente de los trucos del marketing.


El volumen atesora decenas de relatos breves. La calidad es despareja. Seamos claros. No estamos ante la gran literatura. Millás escribe realmente bien, con una soltura admirable, pero ofrece, en este caso, el típico producto descafeínado de las revistas dominicales. Puede que sirven para amenizar las mañanas holgazanas, pero a la tarde ya se habrán olvidado.

Los procedimientos que explora el libro son la exageración, la mofa y el reencantamiento del mundo. En la primera parte, Millás evoca o inventa la infancia y los parientes. En la segunda, forja una galería de psicóticos, delirantes e inadaptados. Son una suerte de Woody Allen castizos, pero menos encantadores. Se narra mayormente en primera persona. Hay algunas parodias y disparates francamente divertidos como El secuestro o El discutidor, pero en líneas generales la escritura a duras penas levanta vuelo. Incluso, da la impresión que el autor es propenso a optar por el desenlace menos ingenioso. Se nota particularmente en Una vocación de clase media, en el se que imagina un escritor fracasado con un amigo invisible. ¡Qué lástima! Pudo haber sido un gran cuento fantástico.

Hay que reconocerle sí a Millás cierto talento para el epigrama. Trascribimos dos: “El sexo es el premio de los perdedores”. “La realidad es para los ricos una especie de perversión de fin de semana”.

Guillermo Belcore
Esta reseña se publica en los suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata el domingo 17 de mayo.

Calificación: Regular

viernes, 15 de febrero de 2008

Pura anarquía

Por Woody Allen­
Editorial Tusquets. Cuentos, 187 páginas, publicado en 2007. Precio aproximado: 40 pesos.

Allen Stewart Konisberg -mejor conocido como Woody Allen- es un elemento esencial en la cultura contemporánea. Ha forjado películas indispensables, como Zelig. Ha enhebrado maravillosos cuentos humorísticos. Pero también lo admiramos por haber enamorado a mujeres mucho más altas que él, toda una proeza.
Este volumen incluye dieciocho relatos frescos que fueron escritos para la prestigiosa revista The New Yorker y son la quintaesencia del sabio-bufón de Brooklin. Puede alegarse que no hay nada nuevo bajo el sol, tal como ocurre con su filmografía de los últimos años (con la notable excepción de Match Point). Sí, Woody Allen manipula los mismos gags y procedimientos de siempre. Pero la ausencia de originalidad no le resta una pizca de gracia a las sátiras de Broadway, Hollywood, el psiconálisis y la novela negra. Por otra parte, buena parte de los textos se inspiran en alguna noticia de anteayer, caso la subasta de trufas blancas, el juicio al CEO de la Disney, las hazañas de un bandido indio, la invención de tejidos aromáticos.
El viejo ardid de mofarse de un cenutrio que se cree ungido por las musas origina situaciones desopilantes. Un escritor intenta novelizar una película de los Tres Chiflados. Un guionista es contratado para vender salmos por Internet. Un psicólogo recibe canciones como parte de pago. Un productor teatral quiere mezclar en un musical a Mahler, Gropius, Kafka, Wittgenstein y Popper.
También se parodian esos personajes o circunstancias que tienen a mal traer a los refinados y neuróticos burgueses neoyorquinos como las niñeras, los contratistas de obras, los santones de estrafalarias sectas, los campamentos veraniegos.
Se recomienda no ingerir este libro en público, provoca estruendosas carcajadas.­
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

domingo, 10 de febrero de 2008

La conciencia de Zeno

Por Italo Svevo­
Editorial Longseller, Novela, 497 páginas. Precio aproximado: 39 pesos ­
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La sanidad mental, acaso, no es más que una neurosis controlada. Pero el discurso de un imbécil siempre resulta fascinante en literatura; ha engendrado, incluso, una de las grandes novelas del siglo XX. La conciencia de Zeno fue publicada en 1923. Su reimpresión siempre será festejada.­
Italo Svevo (1861-1928) es un seudónimo de Aron Ettore Schmitz, escritor de a ratos, discípulo de James Joyce y buen burgués de Trieste, esa encrucijada de culturas sobre el Adriático que Austria gobernó hasta el retorno a la madre Italia. Como a tantos artistas talentosos, el reconocimiento de sus contemporáneos le llegó a Svevo demasiado tarde. La consagración fue póstuma. Bioy Casares lo veneraba.­
Esta tragicomedia de enredos es su obra maestra. Amalgama el humor judío con la picaresca italiana. La prosa, muy moderna, es límpida y eficaz como el agua helada. Puede que a primera vista parezca rudimentaria, pero con el correr de las páginas se torna atrapante.­
Zeno Cosini es un atolondrado, un histriónico hipocondríaco que recurre al psicoanálisis para curarse su adicción a la nicotina. Su terapeuta le recomienda escribir sus memorias, pero como abandona el tratamiento el doctor S. divulgará los textos para vengarse.­
El lector franqueara esos siete capítulos en primera persona, riendo a mandíbula batiente con las desventuras de Zeno, un inadaptado que se casa con la fea de la familia porque las dos hermanas la misma noche habían desdeñado su propuesta de matrimonio. Bernardo Koremblit ve aquí un profundo simbolismo: ¿Cuántos en la necesidad se resignan a una gris alternativa porque les clausuraron las puertas de su verdadera vocación y naturaleza?­
Guillermo Belcore­
­
CALIFICACION: Excelente­

­PD: Es un libro fundamental en la historia de la literatura.

viernes, 11 de enero de 2008

Un chino en bicicleta

Ariel Magnus­
Editorial Norma. Novela de 283 páginas­. Precio aproximado: 40 pesos
­
Los jurados César Aira, Nuria Amat y Santiago Gamboa decidieron por unanimidad que esta novela merece el Premio Norma La otra orilla 2007. Es lógico que Aira haya fallado así. Ariel Magnus (Buenos Aires 1975) transita el sendero que ha desbrozado el cronista de la guerra de los gimnasios y otras fruslerías. Esa corriente tan de moda apuesta por el disparate, desdeña la verosimilitud. La prosa es rápida, coloquial (no se priva aquí de vulgaridades), ágil, falsamente automática. El escritor actúa como esas chicas que gastan horas eligiendo ropa casual con una pizca de indigencia. Se pone mas empeño en la escena que en la trama. Hay mil acotaciones ocurrentes y un tenue progresismo. El humor es, realmente, lo mejor. La única virtud que reconoce la Argentina es la irreverencia, parece ser la premisa.­
Se veía venir. Era inevitable que el chino pirómano en bicicleta, el azote de las mueblerías porteñas, se transformara en personaje literario. Magnus lo evoca para novelar el ensayo que las editoriales le habían rechazado. La inmigración china es el sujeto primordial de la obra. Se aborda el choque de culturas, el prejuicio, la incomunicación. Se reelaboran los clichés porteños. La tesis es que todo allá funciona -en el fondo- igual que acá.­
El protagonista-narrador se llama Ramiro Valestra, de 25 años, un gordito que marcha a la deriva. Li, el supuesto incendiario, lo secuestra en Tribunales y lo recluye en el barrio chino de Belgrano. Deberá ayudarlo a desbaratar una conjura que usa el fuego y el vandalismo. El muchacho descubre en su blando cautiverio la amistad, el amor, un mundo maravilloso. Hace tabla rasa con el pasado, porque hasta las relaciones familiares deben terminarse. La novela es chispeante y llega al final airosa. ¿O deberíamos decir aireana?­
Guillermo Belcore­

­Fue publicada en el suplemento cultural de La Prensa.­

CALIFICACION: Regular

PD: Entretenida, pero demasiado ligerita. Si te gustó esta novela, podés encontrar por las mesas de saldos otra obra de Magnus.