lunes, 20 de agosto de 2018

Un andar solitario entre la gente

Que Borges no admiraba a la literatura española que siguió a Cervantes y a Quevedo (salvo unas poquitas excepciones) es un dato ampliamente conocido. El realismo chato y la verborrea le disgustaban especialmente. Esa mirada con escasa imaginación y el exceso de palabras siguen, al parecer, vigentes en las letras de la Madre Patria. Rebajan, por caso, Un andar solitario entre la gente (491 páginas, Seix Barral) novela documental de Antonio Muñoz Molina (Ubeda, 1956) que acaba de llegar a la Argentina.

Muñoz Molina, periodista y escritor muy reconocido en España, ha concebido una creatura ambiciosa. Rompió el cepo y las obligaciones del argumento para hacer “arqueología impaciente de lo que está sucediendo…”  Dicho de otro modo por él mismo: “…archivar algo de la gran catarata permanente de lo que, todavía recién hecho, se despeña hacia la basura..” (Como Aira, M.M. se siente obligado a explicarnos su procedimiento). La prosa se convierte así en cámara de video y va acumulando -en formato pastiche- imágenes, hilachas de conversaciones, anuncios comerciales, títulos y artículos periodísticos, mensajes vecinales, todo… Una eslogan publicitario encabeza cada página. “No quiero enterarme de nada que no sea lo que llega a mis oídos y lo que ven ahora mismo mis ojos”, establece el narrador al principio. 

Pero el juego de la observación incesante se agota pronto. M.M. debe incorporar a otros flâneurs famosos de las calles y del pensamiento como De Quincey, Poe o Benjamin para sostener el texto. Embute, además, afectos y asuntos familiares. El problema con el libro es que de ninguna manera puede afirmarse que se trata de un agudo examen de la urbe o la conciencia del siglo XXI. Tampoco encontramos una poética o una filosofía destacada. El tedio, por ende, es la consecuencia inevitable.

En tren de seguir emulando a Sebald que está de moda, o acaso sea otro cachivache posmoderno, el volumen añade imágenes que no aportan absolutamente nada. Más aún, provocan desazón por lo mal impresas, quemadas incluso. En pleno siglo XXI.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular

PD: El País de Madrid, obviamente, cubrió de elogios esta novela: https://elpais.com/cultura/2018/01/24/babelia/1516789884_740987.html

¿Saben que Muñoz Molina escribe en El País, no?

viernes, 17 de agosto de 2018

Palacio del olvido

"La lectura sigue siendo un alimento indispensable"
 Alberto Tabbia

Todo lector de fuste ha sentido la punzada alguna vez. La frecuentación de buenos autores suscita, como un afán de emulación, ambiciones literarias. No obstante, para pasar del deseo al acto -¡ay!- se necesitan dos cualidades, una excluyente (la segunda): talento y una mezcla de audacia y tenacidad.

Por el desperdicio de no dejar obra, cosido a su ánimo llevaba luto Alberto Tabbia (1929-1997), un intelectual argentino sin demasiados precursores ni modelos, establece Luis Chitarroni en el prólogo de un librito que aquí venimos a recomendar a viva voz.

Tabbia pertenecía a la cofradía de Silvina Ocampo, José Bianco y Juan Wilcock, diminuta secta que abominaba de la mala escritura. Produjo artículos periodísticos (ocasionales) y papeles inéditos que, gracias a su heredero Edgardo Cozarinsky y al sello La Bestia Equilatera, salieron ahora a la luz atesorados en un tomo titulado Palacio del olvido (173 páginas). Una magnífica sorpresa, hasta aquí la mejor del año.

DE TODO UN POCO

El contenido, que no carece de ímpetu poético, puede definirse con una palabra que lo dice todo y no dice nada: misceláneas. Encontrará el lector:

a) Recuerdos de una infancia suburbana (en San Andrés, partido de San Martín). La prosa de Tabbia, por cierto, exhibe una lindeza borgeana, esa potencia semántica que deviene de una adjetivación tan insólita como deslumbrante. Verbigracia: "Chevrolet carraspeante", "yuyal de las delicias". Vale aclarar, que don Alberto no era un ñoño para las pinceladas eróticas.

b) Postales de viajes por Europa. Entre varias páginas notables, podría afirmarse que no hace falta visitar el Principado de Monaco para conocer sus dos o tres maravillas, basta con leer las siete carillas que se le dedican aquí. Por lo demás, la amorosa francofilia de Tabbia es otro ingrediente sabroso. 

c) Comentarios literarios y aproximaciones personalísimas a escritores de la talla de Cocteau. Que los procedimientos indirectos son siempre los más eficaces es algo que Borges no se cansaba de repetir y que Tabbia deja establecido en la página cincuenta y dos con una cita sublime de Lessing (Laocoonte 1766): "..cuanto más imaginemos, más deberemos pensar qué estamos viendo. Mostrar una totalidad es atar las alas de la imaginación e impedirle elevarse sobre la impresión recibida por los sentidos..." 

d) Deliciosas anécdotas con Pepe Bianco. La causa de la erudición volteriana del autor de Las ratas -vinculada al afán que desvela a todo argentino al que le sobre unos pesitos- es una de las cimas del texto.

e) Personajes sin autor, una extraordinaria imitación de Historia universal de la infamia, que como todo el mundo sabe remeda a Vidas imaginarias de Marcel Schwob. Hay aquí páginas perfectas. Y nueve retratos cautivantes, caso los de Andy Warhol, Elvis Presley y de un dictador contemporáneo de Turkmenistán, más algunas damas de rompe y raja como Mary Meerson, Galina Brezhneva o la princesa Caraboo. 

f) Algunas librerías.

g) Tablados porteños

h) Trivia porteña. ¿Alguien se acuerda de...?

Volvamos al principio. Puede que don Alberto Tabbia haya carecido de disciplina y obstinación (cualquier asno es porfiado), pero queda en evidencia que no carecía de vastísima cultura e inteligencia. La precisión del estilo, las observaciones agudas, la amplitud de registro (desde Macaulay a Prince) tornan a sus escritos muy recomendables
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

lunes, 13 de agosto de 2018

Churchill, un torbellino humano

POR GUILLERMO BELCORE

No te enamores de tu dolor porque no va a durar, escribió el sublime Marcelo Schwob. Es un buen consejo para soportar los caprichos de la diosa Fortuna. La lectura de la biografía de sir Winston Leonard Spencer-Churchill que compuso François Kersaudy (El Ateneo, setecientas cincuenta páginas, edición 2018) permite extraer la misma conclusión. La existencia es un sube y baja, y, después de tocar fondo, uno puede volver en cualquier momento a las nubes. 

Pero para renacer se necesitan cualidades: capacidad de trabajo ilimitada, resistencia a la adversidad, inventiva, ambición desaforada, talento para conmover -con la palabra o con la pluma- a sus semejantes, memoria fenomenal, valor a prueba de bombas. "El destino se inclina ante una voluntad arisca y una valentía desmesurada. Y el sueño entra en la vida", escribió -no sin poesía- el historiador francés. La cita, por cierto, es un ejemplo perfecto de la calidad de la escritura. Kersaudy es ejemplo vivo de que el rigor del investigador no debería está reñido con la buena prosa.

La biografía del “más prodigioso hombre orquesta de los tiempos modernos”-corregida y aumentada- nos ofrece una fascinante travesía de casi un siglo, lo que duró en este mundo el descendiente de John Churchill, primer duque de Marlborough. Naturalmente, los capítulos de la Primera y la Segunda Guerra Mundial son los más interesantes. 

El lector creyente no podrá dejar de deducir en que la mano de Dios colocó al bulldog pelirrojo en el momento justo y el lugar correcto para que la causa de la libertad y el democracia en el mundo no desfalleciera, cuando las dos peores tiranías de la historia parecían invencibles.  El escéptico se asombrará, en cambio, por su increíble suerte. Las balas o explosivos enemigos no lo mataron en Cuba, Sudán, Sudáfrica o las trincheras de Flandes por milímetros o décimas de segundos. Es que si hay algo que Churchill amaba, además del cigarro cubano y la bebida espirituosa, era mirar a los ojos resplandecientes del peligro, sin pestañear. Y si algo odiaba, era la inacción, tanto propia como ajena.

DILETANTE INSPIRADO


Ahora bien, quién fue este egocéntrico furioso y diletante inspirado que sufrió el desinterés casi completo de sus padres. Tenía talla modesta y pasión por las armas.  Su primer discurso público fue para defender la prostitución en nombre de las libertades fundamentales. En la Academia Militar no lo consideraron los suficientemente inteligente como para estudiar estrategia, pero dominó el mauser con tanta destreza como la pluma. Soñó con la gloria desde los quince años, al menos. Fue un maestro del humor negligente y la elocuencia grandiosa y sarcástica. No podía prescindir de cosas superfluas (sobre todo las embotelladas), por lo que las deudas lo agobiaron, aunque como periodista llegó a cobrar hasta 200 mil pesos de hoy por artículo y se convirtió en un autor célebre de libros de historia. Fue diputado a los veintiseis años pero primer ministro a los sesenta y cinco: sólo en las situaciones urgentes el pueblo y sus pares lo consideraron absolutamente irremplazable. 

Con alevosía, Winston ignoraba la disciplina partidaria: algunos renuncian a sus principios por amor a su partido, el temible tribuno cambió de partido dos veces por amor a sus principios. Tuvo un matrimonio feliz, a pesar de su temperamento dictatorial (sólo respetaba a los que le hacían frente, como Montgomery). A nadie le resulta sencillo entender de dónde sacaba tantas energías. Visionario con la tecnología (impulsó el tanque y el radar) y la ideología: fue uno de los pocos -sino el único- de los grandes políticos en percibir, desde el primer minuto, el peligro fatal que entrañaban el bolchevismo y el hitlerismo. Salvó a Grecia -incluso poniendo en riesgo su vida- de Stalin, pero el carnicero Tito lo embaucó. Describió al comunismo con exactitud: “No es una política, es una enfermedad. No es una fe, es una epidemia”. Nos legó un par de metáforas esenciales: el telón de acero; el equilibrio del terror. 

¿Y entre los defectos? Winston tenía una tendencia enfermiza a transformar los asuntos más insignificantes en cuestiones de Estado y se caracterizó también por una soberana indiferencia por las aspiraciones populares. Era una estratega desordenado que a menudo confundía lo deseable con lo posible por lo que hacía perder tiempo precioso a sus colaboradores, incluso en plena batalla. ¿Dijimos que era un director de orquesta? Sí, pero Keraudy nos muestra que permanentemente bajaba de su podio para tocar la partitura del violinista o del muchacho del timbal y, al mismo tiempo, pretendía seguir manteniendo la batuta en sus manos. Así, resulta inevitable desafinar. Como sea, el libro concluye que el éxito del personaje es atribuible tanto a sus tachas como a sus virtudes.

El historiador exculpa al titán por Gallipoli y Dresde y deja una advertencia a los lectores del pueril siglo XXI: la visión políticamente correcta es un obstáculo insalvable para comprender la grandeza de un hombre con tan profundas contradicciones y tan firmemente arraigado en sus convicciones.

Personalmente, pienso que Churchill fue un hombre providencial que salvó a buena parte de la humanidad del expansionismo alemán y a millones de sus semejantes del expansionismo soviético. Jugando a las ucronías, un mundo en el que una bala lo hubiera alcanzado en, digamos, 1898 o 1914  habría sido un mundo peor. Imaginad una Inglaterra como vasallo del Tercer Reich. Una Europa bajo la bota nazi hasta 1990 (en guerra fría con América, como imagina Robert Harris en Fatherland).  

Uno no puede sino sentir envidia de los británicos. Cuando el cataclismo se abatió sobre las islas, la pérfida Albion encontró a un héroe que realmente cambió el curso de la Historia. Nosotros, los argentinos, vamos de frustración en frustración, gobernados por una lamentables casta de pigmeos.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente