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miércoles, 20 de agosto de 2025

El maestro de los tambores


La novela más reciente de José Eduardo Agualusa (Huambo 1960) es una rara ucronía. Imagina que el pequeño Reino de Bailundo (o M'balundu) derrota a los portugueses a comienzos del siglo XX con un batallón de percusionistas y persiste como entidad política independiente en el altiplano central de Angola, lugar que vio nacer y crecer al señor Agualusa.

"Es una realidad paralela; ya no es la historia tal como la conocemos, es la historia de otro universo", ha explicado el autor a la revista Veja. Vale recordar que Agualusa trabajó varios años en Brasil como periodista.

Su décimoquinta novela se titula El maestro de los tambores. El sello Edhasa acaba de presentarla en la Argentina con la impecable traducción de Claudia Solans. En 287 páginas, encierra una historia de amor, una denuncia contra el colonialismo europeo, una apuesta estilística por el realismo mágico y un homenaje a la historia y mitología del pueblo ovimbundo (la etnia más numerosa de Angola).

La trama se inicia con una matanza. Una patrulla portuguesa encuentra veinticinco cadáveres. Eran soldados europeos. La mayor parte no presenta ningún corte de hoja blanca, agujero de bala, hematoma o contusión. Otros parecen haberse suicidado. Todos con una expresión en el rostro de infinita tristeza. ¿Puede un hechizo exterminar un ejército moderno? Sobre tan espléndida pregunta se asienta la novela.

Lisboa envía a investigar al teniente Jan Pinto, nativo de Angola (parece un sueco: padre portugués, madre boer) que estudió Antropología en París y habla lenguas bantúes. Es un personaje algo anacrónico, más propio de los años sesenta. Como dijimos, estamos a principios del siglo XX.

El buen teniente resolverá el misterio, pues un amigo de la infancia es nada menos que Hejengo, el Maestro de los Tambores del Reino de Bailundo. La otra línea argumental es el tórrido romance de Jan con Lucrecia Van-Dunem, hija de un próspero comerciante de Luanda, la capital angoleña.

Como estrategia literaria se ha convenido que el realismo mágico -esa subespecie del pintoresquismo que inventó William Faulkner- está muerto y enterrado en América Latina después de que Isabel Allende lo convirtiera en caricatura.

La treta, no obstante, resucitó en Japón gracias al talento de Haruki Murakami y hoy persiste en la intensa y colorida África en la obra copiosa de Agualusa, quien también demuestra ingenio para recursos poéticos como el símil. Verbigracia: "...el aire estaba frío y pesado como un difunto"; “…la tarde, callada como una postal…”.

De todos modos, creemos que atribuir características mágicas a un personaje suele bloquear el desarrollo de una personalidad literaria. Es lo que ocurre con Irene, la hermana de Lucrecia. Es preciso destacar que la historia está narrada desde finales del siglo XX por la nieta de la pareja protagónica, con notas a pie de página incluso.

Por otra parte, Agualusa compone con economía de medios. Las frases y los capítulos -¡ay!- son muy cortos. La exuberancia está en los temas, los decorados y en el planteo ideológico. Uno se queda con la sensación de que el barroquismo le hubiera sentado mejor a la novela, aunque siempre será un error criticar a un perro porque no es un gato.

Puede leerse Mestre dos batuques también como una parábola. Agualusa ha querido establecer la superioridad de las culturas aborígenes del África negra por sobre aquello que designamos como “civilización occidental”, incluso del animismo sobre el racionalismo. Es una moda.

El ministro de guerra le explicaba en Lisboa al teniente Pinto que el dominio de Portugal -"un país tan sin recursos como un canónico de aldea"- se asienta por completo en un logro ingenuo: 

"...los africanos creen que somos fuertes, que somos poderosos que somos invencibles".

En la vida real, una minúscula fuerza portuguesa, con mercenarios boers y compañías de soldados negros, sometió al rey de los bailundos entre 1902 y 1904. La descolonización de Angola concluyó en la década del 70. Estalló entonces la guerra civil más larga de la historia del continente negro, que también devastó a "la gente de la meseta", e involucró a cubanos, zaireños y sudafricanos, pues estuvo condicionada por el latido de la guerra fría. A pesar de ello, Agualusa llama al África "continente madre de la espiritualidad".

Guillermo Belcore

Calificación: Buena

lunes, 5 de mayo de 2025

Theodoros

 


Es curioso como la obra de arte se abre su camino en el mundo. Parece que tuviera vida propia. Una carta fechada en 1883 inspiró una de las mejores novelas de la tercera década del siglo XXI. Su composición fue el proyecto de toda una vida, confiesa Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), un escritor neobarroco que merece el premio Nobel de Literatura tanto o más que Thomas Pynchón, Haruki Murakami o John Banville.


La epístola decimonónica arriesgaba la posibilidad de que un bandido de la Valaquia (hoy Rumania) se haya convertido en señor de la guerra en Etiopía y, después de pactar con el Imperio británico, el osado impostor accede al trono de esa tierra de maravillas en 1855, fingiendo que es descendiente de la semilla del rey Salomón. El sanguinario Tewodros II gobernó trece años hasta que Londres, como suele hacer con sus peores vasallos, le retiró sus favores. Cercado por los casacas rojas del barón Robert Napier en la fortaleza de Magdala, el Negus se pegó un tiro en la boca con la pistola nacarada que le había regalado la reina Victoria.


Sobre esa endeble conjetura, pues, Cartarescu edificó su obra maestra: Theodoros (Impedimenta, 645 páginas), entregada a la imprenta en 2024.


Su autor la define como "una novela pseudohistórica de ficción". Lo que usted debe saber es que se trata de Su Majestad la Novela Oceánica, escrita por un literato en su nivel óptimo. Una catedral de palabras henchida de sublime poesía y alta filosofía, ornamentada con teología, realismo mágico y sutiles anacrónismos, refrescada por un torrente de relatos, personajes de fábula y de la Historia real, homenaje al mundo decimonónico ("un siglo verdaderamente asombroso") y al arte literario (¡qué final!).


El narrador de las aventuras de Tudor-Theodoros-Tewodros II es un arcángel que nos advierte sobre un peculiar rasgo humano:


"... algunos, destinados a no tener destino, se forjan solos su propio destino pues ese es su deseo, y su deseo es férreo y tajante".


Las riquezas de este libro son innumerables. Nos pasea por cuatro mundos fascinantes: a) La Valaquia ocupada por los otomanos, donde nació el protagonista como siervo de la gleba. b) el archipiélago griego que Theodoros, a los 21 años, puso patas para arriba aterrorizando los lugareños y labrándose una gran fama como pirata buscando de isla en isla el sagrado nombre SAVOATH. c) La bendita Etiopía cuya dinastía de más de dos mil años cayó en manos de un don nadie llegado del frío. d) La Judea del Rey Salomón. 


Narrador voluptuoso, Cartarescu añade otros escenarios, como el San Francisco del emperador Norton I, para describir años clave: 1827, 1830, 1834 1838, 1857...


Mil historias, entonces, atesoradas en una trama que no es lineal; va y viene en el tiempo.


Aunque conviene leer el libro sin prisas, la atención nunca flaquea. Es que -como establece Cartarescu- "las leyendas con su rareza y con la ofuscación de las mentes que las producen, no cesarán jamás pues la débil mente de los hijos de Adán busca alivio en lo inaudito y lo desconocido".

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

domingo, 27 de junio de 2021

La terraza de frangipani


Así como en la Argentina un puñado de citadinos cultos inventó la literatura gauchesca para preservar el alma de un pueblo, Mia Couto (1955) ha intentado delimitar una narrativa bantú, mestiza y genuinamente africana.

Descendiente de inmigrantes portugueses, nacido en Mozambique, biólogo y periodista, escribe desde hace más de cuatro décadas, no sin éxito. Ha recibido el Premio Camoes, el más prestigioso en lengua portuguesa. La terraza del frangipani (Edhasa, 166 páginas) es la tercera novela de Couto que se edita en la Argentina. Fue entregada a la imprenta por primera vez en 1996.

Detrás de un tenue misterio policial, el lector encontrará una notoria voluntad lírica y un firme propósito de denuncia y de salvamento. Así como Hernández denunciaba las maldades que se le infligían al gaucho, Couto se indigna aquí con el perverso trato que un Mozambique pauperizado impone a sus mayores. Ya nadie respeta a los viejos en una tierra donde hacen poco se reverenciaba a los ancestros

La trama nos lleva al asilo de Sao Nicolau, antiguo fuerte colonial. Han asesinado al malvado director Excelencio Vasto. Tiene siete días para encontrar al culpable el inspector Izidine Naíta, "un fruto bueno en un árbol podrido... una almendra en una bolsa de ratas...".

La tarea no es sencilla. Naíta, estudió en Europa, volvió al país después de la revolución, no es confiable para los lugareños. Cinco ancianos, "frágiles como un talón", se atribuyen el crimen (de hecho cinco capítulos se titulan La confesión de...). Hablan todos como Don Verídico, es decir de una manera sentenciosa, con exageraciones, encerrando mitos y tradiciones. Es el habla del pueblo, ese tesoro que Couto se ha empeñado en rescatar. Podría decirse que se trata de un falso policial; es -como el Martín Fierro lo era- un libro de reafirmación cultural.

La enfermera Marta Gimo, "mujer de saborear con la vista" condenada a dormir desnuda a la intemperie, presta dudosa ayuda al detective. Le advierte que el verdadero crimen es otro. El crimen es lo que el Mozambique de la descolonización le está haciendo a sus gentes, sobre todo a los ancianos, dentro y fuera del asilo

"Están matando al pasado... están matando las últimas raíces que podrían impedir que vivamos por imitación, sin historia..".

Por cierto, el narrador de la historia es el fantasma de un carpintero, Don Ermelindo Mucanga (¡cuántos nombres fragantes trae este libro!), que debe habitar el cuerpo de un condenado -el inspector Naíta- para poder ascender al estado de xicuembo, que son los difuntos definitivos, "con derecho a ser nombrados y amados por los vivos".

Ermelindo está enterrado en una terraza de la fortaleza, junto a un magro frangipane, árbol de vistosas flores blancas de la familia de las magnolias. Conversa el espectro con un pangolín, insectívoro que -además de transmitir el covid- baja de los cielos para entregar novedades al mundo, "las proveniencias del porvenir". Sí, lamentablemente, en las costas del Océano Indico también se abusa del realismo mágico.

No obstante, los excesos fantasmagóricos uno va enamorándose del libro por dos o tres razones. Primero, por su fulgor poético. Hay un aluvión de neologismos y hay párrafos bellísimos que suenan como coplas. También atrapa el afán antropológico e histórico, el rescate de esas pequeñas cosas que conforman el alma mozambiqueña, estragada por la guerra civil y la avidez de los enriquecidos. Debiéramos tomar nota los argentinos que coqueteamos con la demencial grieta. "Todo lo pudrió la guerra civil", nos advierten desde el Africa meridional, donde la esperanza de vida -aún hoy- no llega a los cincuenta años.

Sólo el final del libro no resulta convincente. Pero en conjunto, La terraza del frangipani -segunda novela de Couto- puede ser encarada como estupenda puerta de entrada a una obra sofisticada y exótica.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno


lunes, 18 de marzo de 2019

La muerte del comendador II

Vivir en la conformidad es vivir sin sobresaltos. Búsquese un empleo con ingresos fijos y suficientes, y en el que se limite a mover la mano o el intelecto de manera casi automática. Es decir, no se relacione con cosas difíciles de entender como las ideas abstractas o las metáforas (una metáfora doble puede resultar letal, incluso) o se meterá en problemas.
Es la conclusión a la que ha arribado, después de casi un año de peripecias insólitas, el protagonista de la novela más reciente de Haruki Murakami (Kioto, 1949). Vivía tranquilo como pintor de retratos al uso hasta que su esposa, sin preámbulos, lo abandonó. Después de vagar por Japón, se estableció en una casa vacía en las montañas cerca de Odawara, propiedad de un artista plástico de la vieja escuela, famoso y con demencia senil, el padre de un amigo. 
En un desván, el amable hombre de 36 años encontró una obra maestra: La muerte del comendador. Sacar a la luz ese cuadro tan perfecto como ominoso -al parecer evoca hechos terribles ocurridos bajo la bota del nacionalsocialismo- rasga la realidad, abre una trampilla al mundo de los espíritus. El retratista, además, termina implicado en las complejas circunstancias personales de un hombre rico y enigmático que vive al otro lado del valle.
Estas líneas comentan pues la segunda parte de La muerte del comendador (Tusquets, 494 páginas), primera producción de largo aliento del vate japonés desde la ambiciosa 1Q84 (pinche aquí), que data de 2011. Confirmamos la hipótesis enunciada en este blog en noviembre pasado tras la lectura del primer tomo: la décimocuarta novela de Murakami no está a la altura de sus mejores creaciones. Por momentos, incluso, resulta aburrida, monótona, redundante. Y comete el pecado imperdonable de malograr un escenario muy prometedor: un viaje subterráneo al país de las metáforas (o al mundo de la relatividad) para rescatar a la niña María Akikawa. Si Alicia en el país de las maravillas era el modelo de este libro, el fracaso es evidente.
De los dos tomos, lo mejor que puede decirse es que la legión de fans de Murakami no se verán defraudados. Contienen todos los ingredientes que lo han hecho famoso. En primer lugar, una prosa cristalina que fluye con una naturalidad envidiable, y con un manejo virtuoso del símil. Segundo, personajes exóticos. Tercero, la explotación literaria de una certeza filosófica: "en esta vida hay muchas cosas que no se pueden explicar en forma racional y también hay muchas otras que ni siquiera merecen una explicación. Sobre todo si al hacerlo se pierde una parte importante".
También desfilan casi todos los fetiches del universo murakamiano. Si a Borges le encantaban los espejos y los laberintos, entre otras fruslerías; al novelista japonés le atraen los pozos como los de los aljibes, los gatos, la música culta, los pechos femeninos ("aunque sólo fuera desde una perspectiva estética"), las manufacturas vintage, las presencias sobrenaturales, los homúnculos, las sectas y las historias enrevesadas.
Finalmente, hay que decir una vez más que Murakami -quizás como ningún otro escritor contemporáneo- ha logrado reconstruir el realismo mágico. Después de los pueriles excesos de Isabel Allende, por citar el caso más conocido, lo creíamos muerto y enterrado en América latina. No esperábamos que en las antípodas un tipo que atendía un bar y que llegó casi por casualidad a la literatura le diera al procedimiento garcimarqueano tan interesante giro.
Murakami es, al fin y al cabo, el creador del llamado universo tubifex: ¿Qué es esto? Un cosmos muy parecido al nuestro pero con una lógica distinta donde, por ejemplo, las ideas tienen vida propia, en algún momento se liberan de sus creadores y se lanzan a andar para influir sobre los seres humanos. Las ideas y las metáforas pueden adoptar cualquier forma, pero en el libro que aquí comentamos adoptan la de los personajes del cuadro del comendador. Miden sesenta centímetros de alto, algunas personas pueden verlas y conversar con ellas y otras no.

SIN CLIMAX

Como se dijo más arriba, difícilmente La muerte del comendador defraude a la grey murakamiana. ¿Pero qué pasa con el resto? Hasta cierto punto, la trama funciona bien como novela de fantasmas y hay interesantes referencias al arte de componer cuadros. El problema es que nunca se alcanza el clímax (la analogía sexual es válida). La acción es defectuosa por escasa o lenta, estropea el núcleo incandescente que ya mencionamos: cuando el pintor debe cumplir una serie de pruebas fantásticas para liberar a la pequeña Marie.
Resumiendo, la obra tiene una composición precisa y una técnica inmejorable. Los personajes son muy realistas, persuasivos, pero la urdimbre no logra atraparte de las solapas con la fuerza suficiente. Dice George Steiner que las mejoras novelas (las únicas que valen la pena leer en realidad) son aquellas que en un sofocante vagón de tercera clase le permite a un pasajero abstraerse de la realidad. No es este el caso.
Guillermo Belcore
Calificación: Regular
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

sábado, 16 de febrero de 2019

La sociedad de los soñadores involuntarios

De Angola sólo tuvimos noticias los argentinos por el delirante viaje de negocios de la anterior presidenta y su agresivo secretario de Comercio. Fue en 2012, otra época. Casi siete años después, llega del país lusófono una novedad agradable: la novela más reciente de una gloria de la llamada nueva literatura africana, José Eduardo Agualusa (Huambo, 1960), gracias al aporte del Instituto Camoes de Cooperación y Lenguaje de Portugal y del buen criterio de un sello argentino.

La sociedad de los soñadores involuntarios (286 páginas, Edhasa) explora y explota uno de los misterios de la humanidad. "¿Sabes que una persona a lo largo de su vida pasa, en promedio, seis años soñando?", nos preguntan en la página ochenta y dos. "Soñar es ensayar la realidad en el confort de nuestra cama", se establece en la ciento veinticuatro.

La urdimbre de la novela se entreteje con cuatro personajes que mantienen una relación inusual con las fantasías que pueblan nuestro estado de reposo. Uno de los narradores es el periodista Daniel Benchemol (alter ego del autor), un miembro de la República de los Intelectuales que tiene sueños muy detallados. Sueña con la vida entera de personas reales, incluso de aquellas que nunca ha visto personalmente como Muamar Kadafi. Y mantiene con ellas conversaciones que no es común que ocurran en sueños.

La otra voz que oímos (en forma de diario) es un hotelero llamado Hossi Kaley, al que un rayo le borró la memoria, lo que fue una bendición pues durante la guerra civil perpetró un montón de atrocidades. Vestido con una chaqueta de seda morada, el señor Kaley se aparece en los sueños de otras personas que duermen cerca de él. Por un tiempo, la inteligencia cubana se interesó en su aptitud, acaso para desarrollar una especie de arma psíquica.

Daniel se enamora de la artista plástica Moira Fernández, quien se ha dedicado a representar sus propios sueños y los sueños de otros en fotografías y telas. El neurocientífico brasileño Helio de Castro es el cuarto en discordia. Ha perfeccionado una máquina para filmar sueños. El artificio, al parecer, funciona.

¿Existe la precognición en el acto de dormir? Es decir, ¿soñamos algo que nos va a ocurrir? En la página ciento ochenta y ocho, Agualusa ofrece una teoría que por ahora llamaremos fantástica:

"El tiempo es una dimensión, como el largo, el ancho o la altura. Así que no tiene sentido decir que el tiempo pasa. No pasa. Está. Sólo podemos viajar a lo largo de él en una única dirección -la dirección de la entropía, de la destrucción- pero no significa que se agote. Significa sólo que estamos avanzando. De este modo, tal vez sea posible que nos acordemos de eventos futuros, muy importantes o muy traumáticos. Puede ser que nos vengan a la mente, a veces, recuerdos rápidos de personas que no conocemos pero que marcarán profundamente nuestra vida".

REALISMO MAGICO

Es notable que si en América latina el realismo mágico, por fortuna, está muerto y enterrado (ya dio lo mejor de sí e Isabel Allende lo convirtió en caricatura) en otras dos regiones del mundo, al menos, le quedan algunas flechas filosas en el carcaj. Una de ellas es Japón con el notable Haruki Murakami; la otra el Africa negra donde literatos como Agualusa nos persuaden de que se puede morir dos veces en la vida o que una noche exaltada todo un pueblo puede soñar con la misma persona (en el fondo es una alegoría política).

Básicamente, Agualusa persigue dos objetivos en su décimoquinta novela: entretener y denunciar. Para cumplir la primera misión narra una historia extraña tras otra, no sin un dejo de poesía (demuestra un hábil dominio de la metáfora, por cierto). Nótese el lirismo de este fragmento paradigmático:

"Pequeñas olas, una después de otra, bordaban finos encajes de espuma. Los acantilados crecían detrás de mí. Encima de los acantilados crecían los cactus como altas catedrales de espinas y, más allá, el rápido incendio del cielo. Entré en el agua y nadé con brazadas lentas. Hay quien nada por puro placer. Hay quien nada para mantener la forma. Yo nado para pensar mejor. Recuerdo un verso de la poetisa mozambiqueña Glória de Sant"Anna: "Dentro del agua yo soy exacta". 


LOS CUBANOS 

Si el escritor hace referencia a la política, el comentario debe hablar de política, sostiene ese crítico excelente llamado Ignacio Echaverría. Agualusa se dirige a la historia de Angola con propósitos esclarecedores. Siente la urgencia de decirle al mundo que la descolonización de ese turbulento dominio de Portugal fue un desastre: desencadenó una guerra civil y arribaron entonces los peones más diligentes de la Unión Soviética en el Tercer Mundo: los cubanos.

Hasta 50 mil soldados envió el desquiciado de Fidel Castro para guerrear contra la facción que apoyaban los sudafricanos, en nombre de un internacionalismo proletario, que fue una farsa como tantas etiquetas del estalinismo del trópico. El marxismo cuartelero dejó un régimen de partido único, policía política y corrupción generalizada. "En Cuba, como en Angola, cualquier excusa es buena para arrestar a una persona", nos advierte Agualusa. Y escuchen esto también:

"Cansado y con hambre, cualquier hombre es peligroso, aún más si es un operador de la inteligencia militar cubana".

Y qué deben hacer pues las conciencias sanas ante una dictadura comunista, que fue mutando en mafia populista, tan indecente como las que arruinaron a Latinoamérica. Resistencia pacífica; no tener miedo al presidente vitalicio que manda a matar a un periodista aquí, un disidente allá con el esfuerzo cansado de quien cumple una obligación. 

En la segunda parte de la novela, la hija de Daniel, junto a otros seis jóvenes corajudos (los siete magníficos), osan protestar frente a las barbas mismas del jefe de Estado. Naturalmente, la humillación no puede ser perdonada: los encarcelan y los enjuician con cargos desmesurados. Karinguiri, la chica, y sus compañeros comienzan una huelga de hambre que galvaniza a los descontentos de Angola y recibe el máximo interés de los medios de comunicación extranjeros.

Llegamos así al núcleo incandescente del libro: La sociedad de los soñadores involuntarios es, al fin y al cabo, un suntuoso manifiesto político.

Por la boca del señor Kaley, el hotelero, se esboza una estrategia alternativa ante la opresión: "El pacifismo, hermano, es como las sirenas: no respira fuera del mar de la fantasía, no se lleva bien con la realidad. Mucho menos con nuestra realidad, tan cruel. Angola no es para los mansos".

Los hechos le darán la razón a... No, no podemos devalar el final trepidante. Descúbralo, usted mismo. La novela vale la pena.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

domingo, 27 de noviembre de 2016

La caza del carnero salvaje

Por Haruki Murakami
Tusquets. Novela, 380 páginas. Edición 2015

Además de eterno candidato al Nobel, Haruki Murakami (Kioto, 1949) es el campeón del llamado universo tubifex. ¿Qué es esto? Un cosmos con una lógica distinta donde, por ejemplo, puede haber dos lunas en el firmamento, una de las cuales es verdosa, sin que nadie se haga preguntas.

Tanto la excentricidad de las historias, como las metáforas insólitas con las que decora los textos, resultan encantadoras. Sus personajes parecen concebidos por un demiurgo bromista y cruel (como aquél que ha creado la humanidad, pero no tan malvado). En términos artísticos, el universo tubifex ha implicado la renovación del realismo mágico. La buena literatura no sabe de fronteras.

Tusquets reimprimió por fin la tercera novela de Murakami (tiene trece en su haber), que fue entregada a la imprenta en 1982. Uno podría suponer que es defectuosa por inmadura, pero sería una suposición equivocada. Se trata de una de sus composiciones mejor logradas, cuya prosa es tan suave como una tarde de primavera.

El interés nunca decae. Al comienzo del libro, se perciben ecos de Raymond Carver, pues la banalidad cotidiana de un joven publicista, que arrastra una fracaso matrimonial y se encapricha con una chica por sus orejas (sólo en Japón, o en un libro de Murakami las orejas femeninas pueden ser hechiceras), va urdiendo un sentido trascendente. Al final de la obra, se evoca a Stephen King: nos enfrentamos a lo que podría definirse como un caso de posesión demoníaca. ¡Y los muertos hablan!

La trama nos lleva hasta el despoblado interior de la isla de Hokkaido. Allí el frío suele provocar estragos. Vamos en busca de una perturbadora especie de carnero que obsesiona a un pez gordo de la ultraderecha. El tiempo apremia. La cacería es fascinante. Al fin de cuentas (Murakami ha leído también a Melville) la vida de verdad consiste en andar dando vueltas detrás de algo.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno


domingo, 15 de noviembre de 2015

Dos años, ocho meses y veintiocho noches

POR GUILLERMO BELCORE

Si ha existido un teólogo influyente en el Islam ese pensador es el persa Abu Hamid Muhammad Al-Ghazali (1058-1111). Suele compararse su importancia con la de San Agustín para la cristiandad. Algazel (su nombre latinizado) escribió la obra más leída en el mundo musulmán después del Corán (El resurgimiento de las ciencias religiosas). A otro de sus libros (La incoherencia de los filósofos) se lo considera un factor clave en la decadencia del pensamiento crítico y la ciencia empírica entre los árabes. En su novela más reciente, Salman Rushdie (Bombay 1947) presenta al sabio de Tus (el actual Irán) como un puritano que tenía el placer como enemigo y que creía que el clérigo y el filósofo tienen la obligación de infundir el miedo, porque el miedo es lo único que lleva a los pecadores hacia Dios.

En la maravillosa Dos años, ocho meses y veintiocho noches (Seix Barral, 397 páginas), Rushdie coloca frente a frente a Algazel y a Averroes, el comentador de Aristóteles, el refutador, justamente, de La incoherencia de los filósofos.  Razón, lógica y ciencia eran los tres pilares de Averroes, las ideas que habían provocado que quemaran sus libros los fanáticos bereberes en la España ocupada del siglo XII. El duelo -no sin un punto de maniqueísmo- se prolonga en la novela hasta después de la muerte de los eruditos, pues “las controversias de los grandes pensadores no tienen fin, y la idea misma de la disputa es una herramienta para mejorar la mente“, aunque discuten con “el idioma de los conceptos irreconciliables, el idioma del entusiasmo“. Naturalmente, el literato, condenado a muerte por el ayatolá Jomeini, se pronuncia a favor de Averroes, cuyo nombre en árabe es Abu l-Walid Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd (el padre del escritor angloindio, Anis Khaliqi Dehlavi, se cambió el nombre por Anís Rusdhie en honor a su filósofo favorito).

La confrontación dialéctica entre Algazel y Averroes viene servida en un formato fantástico; se sabe que Rushdie -como Aira o Pynchon- se siente cómodo tejiendo ficción en una suerte de protorrealidad. El libro, que acaba de llegar a la Argentina, es un caldero burbujeante donde se cuece un sabroso potaje que incluye -además de Alta Filosofía y una despareja poética- realismo mágico, fábulas orientales y las historietas de Marvel. Como el lector habrá adivinado, Dos años, ocho meses y veintiocho noches equivalen a mil y una noches, la cifra de la magia (además, los números redondos son feos y traen mala suerte).

PRODIGIOSO YINN

Aunque se ha escrito mucho de ellos, se sabe muy poco de la verdadera naturaleza de los yinn, criaturas hechas de fuego sin humo (o de humo sin fuego) que viven en Peristán, la otra realidad, el mundo de los sueños de donde emergen periódicamente para afligir o bendecir a la Humanidad. Una de las yinnias más poderosas es Aasman Peri, la Princesa Centella, Hada del Cielo del Monte Qaf, matriarca mítica que tomó forma humana (la llamaron Dunia) para aparearse con el gran filósofo Averroes. Dejaron miles de descendientes (la raza de los dunianos) reconocibles por sus orejas sin lóbulos y por soportar la maldición de estar desfasados, siempre atrasados o adelantados respecto de la época en las que le toque vivir. La casa de Averroes o la Duniazada. Hasta nuestros días, la de Dunia era la última visita de un yinn al plano inferior. 

Escribió Rusdhie:

"Durante mucho tiempo dejaron de venir del todo y las ranuras del mundo quedaron cubiertas por las hierbas sin imaginación de las convenciones y las matas espinosas de lo tediosamente material, hasta que por fin se cerraron por completo y a nuestros antepasados nos les quedó más remedio que salir adelante sin los beneficios ni las maldiciones de la magia".

Tan atractiva mitología anima pues una trama, cuyo autor -con una gran belleza técnica- ha construido como crónica de la Era de la Extrañeza, escrita mil años después de los hechos por una sociedad que ha decidido prescindir de la religión y los sueños, y le va mejor que a nosotros. A principios del siglo XXI, al parecer, las sellos del mundo (agujeros de gusano) se volvieron a abrir y entraron como tromba desde el Peristán demonios malévolos (los Ifrits) que despreciaron, desafiaron e intentaron derrotar a las leyes de la razón para esclavizar a los humanos. Zumurrud el Grande y sus tres secuaces (el hechicero Zabardast, Ra'im Bebesangre y el Rubí Resplandeciente), junto a una legión de yinns de tercera y cuarta categoría, pusieron todo patas para arriba y exterminaron a millones de personas. Los talibanes fueron sus aliados, dicho sea al pasar. La Princesa Dunia y su prole (el jardinero Gerónimo, el contable Jimmy Kapoor y la mujer fatal Teresa Saca) le salieron al paso en nombre del bien y la venganza. Las tremendas batallas de la Guerra de los Mundos de Rushdie tienen ecos de la panoplia de efectos especiales con que Hollywood suele aburrirnos, pero no es éste el caso en gran parte de la novela. ¡Ah!, por cierto la Era de la Extrañeza duró dos años, ocho meses y veintiocho días.

PARA EL GABO

Días atrás, Rusdhie relató en la Universidad de Austin una anécdota esclarecedora. En 1975, un ejemplar en inglés de "Cien años de soledad" cayó en sus manos (acababa de publicar su primer libro ‘Grimus‘) y fue entonces cuando se enamoró perdidamente de un gran escritor que nunca llegó a conocer cara a cara.

Confesó el narrador angloindio:

"Cuando publiqué mi primera novela, un amigo que la leyó me llamó y me dijo que, obviamente, yo estaba muy influenciado por Gabriel García Márquez. Era 1975, yo tenía 27 años y nunca había oído ese nombre. ¿Quién es ese García Márquez?, respondí. Es el autor de un libro que vas a empezar a leer ahora. Solo ve y consíguelo… Fui a la librería, abrí el libro, y por primera vez vi y escuché estas palabras: 'Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo'. Lo que me pasó ese día fue lo mismo que le ha pasado a miles de personas, me enamoré de él, hasta el día de hoy". 

"Conocí los coroneles y generales de García Márquez, o al menos sus contrapartes indias y paquistaníes; sus obispos son mis mulás, sus mercados mis bazares. Su mundo era el mío, traducido al español... En India y América latina hay conflicto entre lo urbano y lo rural, entre ricos y pobres. Los dos tienen historias coloniales y en los dos la religión -y lamentablemente sus devotos-, tienen mucho peso".

Que quede absolutamente claro entonces que el realismo mágico en su variante garcíamarqueana (tan denostada por los snobs) es uno de los ejes rectores de la novela número doce de Rushdie. Las personas levitan, un bebe milagroso puede identificar la corrupción de los funcionarios (¡Que falta nos hace en la Argentina!) y un dama enloquecida mata con descargas de electricidad… Pero Rushdie también se nutre también de parábolas y fabulas mágicas de Oriente para narrar decenas de historias subalternas, aunque no todas resultan seductoras. Hay que destacar que, a diferencia de los best seller mamotretos, el recurso de la redundancia nunca fatiga.

Otros pasajes dignos de mención, además de los que revisan los temas de actualidad, son aquellos que reflexionan sobre el lenguaje. Al fin y al cabo, todos los humanos somos -conjetura Rushdie- relatos contenidos dentro de narraciones mayores y más grandiosas: las historias de nuestras familias, nuestras patrias y nuestras creencias. Como las Mil y una noches, somos cuentos dentro de otros cuentos

El problema -continúa en la página 161- es que "todos vivimos atrapados en las historias. Cada uno de nosotros es prisionero de su propia narración solipsista; no hay persona que no sea víctima de su propia versión de la Historia. Hay partes del mundo donde las narraciones colisionan y por eso se va a la guerra donde hay dos o más historias incompatibles luchando por conquistar el espacio en la misma página". Es lo que está pasando ahora en la Argentina. En la página 163, se describe al nefasto Parásito de los Relatos que exterminó a un pueblo entero.
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

sábado, 22 de septiembre de 2012

Todos los cuentos

Gabriel García Márquez

Mondadori. Cuentos, 509 páginas Edición 2012.


Qué insaciable y abrasivo es el vicio de escribir
G.G.M.

A mediados de la década del cincuenta, Don Gabriel García Márquez encontró esa voz suntuosa y cantarina que hace feliz a miles de lectores y que hoy, con un airecillo de moda, niegan algunos escribidores snobs, ignorantes o resentidos incapaces de urdir una página trascendente. Pero no importa. Jamás una hormiga pudo derribar a un coloso. Y El Gabo es uno de los más grandes. Va a quedar.

El volumen de Mondadori incluye cuatro libros: Ojos de perro azul, Los funerales de Mamá Grande, La increíble y triste historia de la Cándida Eréndida y de su abuela desalmada, Doce cuentos peregrinos. Hay que admitirlo, la composición es muy despareja. Uno puede comenzar la lectura en la página ciento veinticinco (digamos en Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo) y no se habrá perdido nada del otro mundo. Parece que El Gabo anduvo ocho años con tanteos de sonámbulo hasta encontrar esa voz tibia y fabulosa que inventó a Macondo y al coronel Aureliano Buendía. Ha esculpido desde entonces al menos diez de los relatos más encantadores que provienen del trópico. Cómo El ahogado más hermoso del mundo, poema en prosa que rehace el arte de la parábola.

Unas líneas sobre el hoy denostado realismo mágico. Es un procedimiento como cualquier otro; no más que una retórica o un estilo; acaso otra variante del surrealismo. Lo importante es que García Márquez procesa de manera magistral, y con un aire de perplejidad, las fuerzas elementales de la naturaleza: el calor y las lluvias desmedidas, la guerra, la pasión que proviene del sexo o del odio. Tiene un oído finísimo para el ingenio popular y las supersticiones ancestrales. Sus reflexiones oblicuas sobre el destino irrevocable o la naturaleza voluble de la comunidad no carecen de rigor. La prosa, que fue puliendo poco a poco como demuestra el tomo, ostenta en su mejor momento una densidad excitante, con los tonos, regustos, aromas, injusticias y mitos descomunales (las blacabunderías) del Caribe colombiano. Se le ha imputado (César Aira, entre otros) “latinoamericanismo programático”, pero es una acusación necia. Con el mismo criterio deberíamos descartar a Rulfo o Atahualpa Yupanqui, por caso.

Guillermo Belcore




Calificación: Bueno


PD: ¡Ah!, y además están los nombres, ¡qué nombres! Aureliano Buendía, sí, pero también Prudencia Linero, Margarito Duarte, Laura Farina y Lázara Davis.

sábado, 18 de agosto de 2012

El congreso de literatura

César Aira

Mondadori. Novela. 116 páginas. Edición 2012


  Como el saltimbanqui que realiza la misma acrobacia una y otra vez para complacer a un público benevolente; o, peor aun, como el cantante melódico o progresista que viene interpretando desde hace tres décadas la única canción que lo encumbró, las nouvelles de César Aira se empecinan en usar una sola fórmula tan gastada como exitosa y emulada. El método puede resumirse así: el disparate rige con mano de hierro todo el conjunto. Es curioso que una de las mejores plumas del castellano (acaso la más atildada) haya renunciado tan olímpicamente a sorprender, una de las posibilidades más felices de la Alta Literatura.

En esta oportunidad, la prodigiosa imaginación recrea a un literato que, por supuesto, es él (Aira, como los surrealistas, tiene la compulsión de explicar sus trucos) y que ejerce como segundo oficio el de científico loco de comic: tiene el propósito de dominar el mundo mediante la clonación. Para ello, César aprovecha un congreso de literatura en Venezuela para clonar a Carlos Fuentes y así crear un ejército de intelectuales célebres. Pero hay un error en el proceso y gusanos gigantes de bello color azul casi destruyen la ciudad de Mérida.

Lo mejor y lo peor que puede decirse del libro, publicado por primera vez en 1999, es que se trata de una manufactura típica de Aira (y nada más). Contiene esa fascinación tan suya por las cosas diminutas y por las cosas monumentales. Hay filosofía al voleo y el trabajo de la escena es, como siempre, minucioso. Todo es una metáfora. La historia pega tremendos bandazos, lo que vincula el autor a "su vieja y querida hiperactividad cerebral". Se abusa de recurrir a lo inesperado como un deus ex machina. Se establece como principio estético que "sólo en el minimalismo se puede lograr la asimetría que es la flor del arte". Materia opinable. Uno se va de la obra con regusto a fruslería y con la fea sensación de que el procedimiento aireano ha dado lo mejor de sí en el pasado. El congreso de literatura se encuentra a años luz de La liebre.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular

PD: Hacer siempre lo mismo, repetir un procedimiento hasta el hartazgo -como un poseso o un alucinado- no me parece, honestamente, un síntoma de genialidad. Cansa. Después está el contenido, que es más o menos ingenioso, más o menos interesante. Me temo que el atractivo que me suscita Aira es fluctuante.

PD II: He leído alguna vez que Carlos Fuentes vaticinó que Aira será el primer argentino en ganar el premio Nobel. ¿Es esta novela una devolución de gentilezas?

viernes, 6 de abril de 2012

El silbador

Ondjaki

Letranómada. Novela, 111 páginas


Una y otra vez, la humanidad ha imaginado la existencia de un ser prodigioso que con su voz, su canto o su música es capaz de alterar el orden de las cosas. Desde Orfeo hasta el último ídolo del rock o del pop pertenecen a esa estirpe mágica. Este libro espumoso retoma el mito y lo ubica en una aldea recóndita del África que adora a los burros y transpira mansedumbre y pereza. Un buen día, aparece allí El Silbador. Sus melodías no sólo atraen a los pájaros, sino que “alcanzan, de modo incisivo, la profundidad de las almas, el rincón donde cada uno esconde sus secretos, esa asombrosa gruta a la que muchos llaman la esencia del ser”. El murmullo de Dios no tarda en provocar un maremoto de ansiedad en el sacerdote y la comunidad toda. “No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa”, escribió San Pablo.

El señor Ondjaki nació en Angola en 1977 y hoy reside en el Brasil. La solapa nos avisa que es un escritor premiado. Es lógico que Africa, un continente que preserva animales fantásticos como la jirafa o el elefante, sea también el último reservorio del realismo mágico. Un intenso lirismo colorea las páginas de esta novela encantadora, aunque diminuta, que celebra la vida sin lujos pero digna, la ceremonia de la siesta, el poder de los sueños, la murmuración vecinal, la naturaleza exuberante; y que contiene qué nombres: KoTimablo, el sepulturero; doña Mamán; KeMunuMunu el viajante; Dissoxi, un misterio en forma de mujer. La prosa es suave y colorida, con una cierta solemnidad que ya no se utiliza en Occidente.

Puede compararse el libro con un diamante: un objeto raro, valioso, bello, que aviva la imaginación de las gentes. Una buena idea fue traerlo al castellano. “Al final -dice Ondjaki- la música es el único sonido humano parecido al silencio”.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa

Calificación: Bueno

domingo, 1 de febrero de 2009

Crónica de un pájaro que da cuerda al mundo


Haruki Murakami
Tusquets. Novela. 905 páginas. Edición de bolsillo, 2008. Precio aproximado: 50 pesos

La crítica ha sentenciado, casi sin excepciones, que éste es el mejor libro de uno de los mejores narradores vivos. Podríamos concluir la reseña aquí y el lector ya sabría lo imprescindible. Pero la obligación nos fuerza a escribir unas líneas más sobre una novela sublime, escrita en 1994. Fue el manuscrito que Haruki Murakami (Kioto, 1949) llevaba en la maleta cuando volvió definitivamente a Japón.

El protagonista se llama Tooru Okada. Una corriente fatal lo arrastra hacia el fondo. Primero desaparece su gato. Luego, su mujer. Recibe llamados y visitas extrañas. Después, una carta de su esposa donde ella confiesa que había estado acostándose con otro hombre. El señor Okada no tiene amigos ni trabajo. Carece de perspectivas de futuro, de objetivos para seguir viviendo hasta que decide consagrarse a recuperar a su amada. Se encierra tres días en un pozo para meditar. Una mancha de nacimiento, con vida propia, le aparece en la cara. Al parecer es incapaz de relacionarse con gente común y corriente. En su camino se interpone un demonio con aspecto de político, para colmo su cuñado.

Hermosa es la palabra que mejor define la prosa de Murakami. Uno se reencuentra con el placer de una buena descripción o de un diálogo vivaz. La trama es tensa y viene embebida en sucesos, personajes encantadores, una magia que transmite una fuerte sensación de veracidad. Lo real e irreal coexisten con idéntica consistencia y nitidez. El sexo y el romanticismo, los presagios y los secretos cumplen un papel importante. Murakami incluye también tremendas historias de guerra, en particular de la muy poco conocida (pero decisiva) contienda entre rusos y japoneses en Mongolia. Es, como se ve, una obra excepcional, de esas que estremecen y dejan una huella perdurable.
Guillermo Belcore
Publicado en el suplemento de Cultura de La Prensa

Calificación: Excelente

PD: Leo en El País del sábado: “Nabokov decía que el don más importante de un escritor es shamanstvo, una palabra rusa que hace referencia a la cualidad del encantador. Esa habilidad para conseguir que la gente desee ardientemente seguir leyendo tus historias no puede ser enseñada“.
Nadie podría decirlo mejor. Murakami tiene shamanstvo, a raudales.

sábado, 1 de noviembre de 2008

La maravillosa vida breve de Oscar Wao

Junot Díaz­
Mondadori. Novela, 309 páginas.­ Edición 2008.

Este libro deslumbra a Estados Unidos. Time y The New York Times lo eligieron como el mejor de 2007. Su autor fue galardonado con el Pulitzer y el Premio Nacional de la Crítica. En verdad, los honores no son infundados. Seguramente la Historia lo situará en el mismo anaquel privilegiado que ocupa Llámalo sueño de Henry Roth. Honran ambos el subgénero “literatura de inmigración”.

La obra narra la triste saga del clan León. Cuatro generaciones son víctimas de un embrujo (fuku) o bien del destino funesto de haber nacido en una paupérrima isla caribeña, martirizada por uno de los más detestables tiranos de todos los tiempos: Rafael Leónidas Trujillo, el mulato con ojos de cerdo. El Oscar Wao del título es un nerd sin una pizquita de suerte. Oscuro, feo y obeso son sus sueños yacer con una mujer y convertirse en el Tolkien del Tercer Mundo. Su vida bascula entre la República Dominicana y los suburbios bravos de Nueva Jersey, conocidos en general como Negrápolis.

Junot Díaz nació en Santo Domingo en 1968, emigró a los seis años y hoy enseña literatura creativa en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Escribió en inglés esta novela consagratoria. Tardó once años en concluirla. Su prosa combina energía y sensualidad antillana, elementos autobiográficos (Yunior es su alter ego), gotas de realismo mágico. Hay un agradable uso del spanglish ("Es un old school pa' eso"). Hay escenas de maldad que realmente cortan el aliento. Hay un mestizaje sabroso entre la cultura erudita y el pop. No es desatinado postular que se trata del escrito más seductor que se ha publicado este año en la Argentina. Se devora con placer y estupor desde la primera a la última página. Y pronto será una película, producida por la Miramax y dirigida por el brasileño Walter Salles.­
Guillermo Belcore­
Publicado en el suplemento cultural del diario La Prensa.­

­Calificación: Excelente­

­PD: Bueno, aquí la tenemos. Sentencio que este es el mejor libro que he leído en 2008. A pesar de sus defectos, tiene todos los ingredientes que me encantan.

viernes, 10 de octubre de 2008

Al sur de la frontera, al oeste del Sol

Haruki Murakami­
Tusquets. Novela en formato rústico, 266 páginas. Edición 2008.
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­ El lector de este blog conoce nuestra devoción por Haruki Murakami (Kioto, 1949). No faltaría a la verdad quien lo ubique entre los cinco mejores narradores vivos. Su obra conforma un universo extraño, seductor, inconfundible; otro rasgo de los grandes. En ciertos círculos de la Argentina y España, Murakami se ha puesto de moda, lo que induce a la industria editorial a volcar al castellano su vasta obra. Se imprime ahora, en formato rústico, una novela que data de 1998. No es lo mejor que ha escrito, pero contiene todas sus señas personales. Está labrada con una prosa simplemente hermosa

Animan la trama dos enamorados que nacieron bajo el signo de la fatalidad. Hajime y Shimamoto se separan a los doce años y se reencuentran un cuarto de siglo después. En el medio, Hajime destruyó por lujuria las ilusiones (y la razón) de una chica, despilfarró diez años de su vida, se casó bien, tuvo dos hijas adorables, abrió bares exitosos, acumuló una pequeña fortuna. No obstante, se siente incompleto y vacío. La luz del amor a Shimamoto le resulta más real que cualquier otra cosa en el mundo, pero es la luz de una estrella lejana: la vemos hoy aunque fue emitida hace mucho tiempo. El reencuentro resulta perturbador, Japón cambió pero los protagonistas, no. Hay un happy end muy curioso. Hay pasajes que pueden o no ser fantásticos, o mejor dicho son oníricos. El título alude a una canción de Nat King Cole y a una extraña dolencia siberiana.­

Murakami, como Thoureau, es de los artistas que han detectado que la mayoría de los hombres vivimos en un estado de silenciosa desesperación. Dadme una vida de ensueño y extraeré de sus pliegues ocultos una historia tremenda, parece ser el lema del libro. Los fantasmas siempre están presentes aferrándonos al pasado.­
Guillermo Belcore­

­Publicado en el Suplemento Cultural de La Prensa­

­Calificación: Bueno

PD: Tenía una mínima esperanza que este año Murakami obtuviera el Nobel de Literatura. Al menos me hubiera permitido azuzar a María de los Angeles, mi mujer, que lo detesta, aunque no entiendo muy bien por qué. Lo cierto es que los mandarines de Suecia señalaron con el índice a Jean Marie Gustave Le Clezio, un francés que -debo reconocerlo- nunca he leído. Un crítico del diario El Mercurio profetiza que en dos años lo habremos olvidado. La decisión me ha inducido a meditar sobre los Nobel de los últimos años. Postulo que en este siglo lo han merecido Xinjiang, Naipaul, Lessing y Pamuk. Decididamente no, Pinter y Jelinek. No puedo pronunciarme aun sobre Coetzee y Kertesz. Me resulta indignante el desdén olímpico hacia Vargas Llosa.

miércoles, 4 de junio de 2008

Sauce ciego, mujer dormida

Haruki Murakami­
Tusquets Editores. Cuentos, 386 páginas

Si alguna duda quedaba, este volumen confirma que Haruki Murakami (Kioto 1949) es uno de los mejores escritores vivos. Su obra pide a gritos el Nobel de Literatura. Llega ahora a las librerías argentinas una recopilación de sus textos breves. Son 24 relatos en total, escritos entre 1979 y 2005, gemas muy valiosas casi todas, de la más variada naturaleza.

Murakami, esencialmente un novelista, explica en el prólogo que entiende el cuento como la improvisación en el jazz: el argumento lo lleva donde le plazca. Esa trama invertebrada se percibe aquí y allá, pero nunca rebaja la eficacia narrativa. Cierto aire de ensueño es lo que unifica las historias. Hay rarezas, una suave nostalgia, jóvenes a la deriva, inconformismo, rituales, grandes decepciones, amores imposibles, soñadores que tratan de descifrar el misterio de la vida, infortunios. Tienen las páginas de Murakami un tinte muy singular, igual que cuando se mira a través de un filtro de colores. “Todo lo que escribo es, más o menos, un cuento extraño”, ha reconocido el escritor japonés más famoso en Occidente.
El lector encontrará aquí de todo, incluso descripciones detalladas como en una miniatura. Somorgujo es un perfecto relato kafkiano, con un pasillo infinito, una contraseña, un jefe que jamás se ha dejado ver. La tía pobre cultiva el realismo mágico. Conitos, la alegoría: los seres humanos somos como cuervos que se disputan a picotazos una fruslería cualquiera. La chica del cumpleaños es un típico cuento de hadas. La lectura de Los gatos antropófagos suscita una reflexión inquietante: no es el enamoramiento o la pasión desaforada lo decisivo en una pareja, sino un estado de entendimiento mutuo cercano a la empatía. Hablar, hablar mucho es lo que cuenta, muchachos.

­Guillermo Belcore

Publicado en el suplemento cultural del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno


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lunes, 21 de abril de 2008

El Fantasista

Hernán Rivera Letelier
Editorial Alfaguara. Novela de 197 páginas. Edición 2007

Hasta los cuarenta y cuatro años, Hernán Rivera Letelier (Talca 1950) se ganaba la vida como minero. Pero en 1994 ganó un concurso literario y, al fin, pudo dedicarse a lo que ama, narrar historias en letra impresa. Hoy es el autor chileno que más libros ha vendido -más incluso que Isabel Allende- aunque cierta crítica formalista lo ha despellejado. Francia, el país más literario del planeta, lo nombró Caballero de la Orden de las Artes. Su estilo, para que el lector argentino tenga cierta idea, es una sabrosa amalgama de Marechal y Dolina, con un dejo de Soriano y una pizca de Fontanarrosa.

El Fantasista, su octava novela, esta ambientada en uno de los paisajes más inhóspitos de la Tierra: los desiertos salitreros de Chile, donde el sol cae encima amarillo y espeso como un derrame de aceite hirviente. Al lugar se lo conoce como la pampa, aunque lo único verde (y desteñido) que tiene es la esperanza de los mineros, estrujada por los caprichos de los yacimientos y de las empresas privadas. Por fortuna, Rivera no se ha tentado por abrumarnos con un panfleto lastimero. Hilvanó, en cambio, una deliciosa trama costumbrista que -si bien no se priva de decir lo suyo- está coloreada con el humor, el ingenio y el habla de “los guarisapos de vino barato”.

El campamento de Coya Sur hierve en vísperas de su cierre definitivo; sus gentes deberán dispersarse a la buena de Dios. El domingo ser el último clásico pampino contra los “cometierra” de María Elena, la localidad cabecera del distrito. Nunca los locales han derrotado en una cancha de fútbol a sus poderosos vecinos (¡ja!, algo similar ocurre con Chicago y Vélez), pero a esas sequedades arriba un personaje inaudito: Expedito Gonzáles, el Fantasista del balón. Intentarán reclutarlo como sea. Pase y vea pues, amable lector, el último partido antes del fin del mundo.
Guillermo Belcore­

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Calificación: Bueno­

PD: Si te gusta el fútbol, éste es tu libro.

martes, 4 de marzo de 2008

La vida con mi viuda

José Agustín­

Joaquín Mortiz. Novela de 261 páginas.­

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Onesio de la Sierra se demoró con una amante en los estudios de edición. Al filo de la medianoche, fue a buscar su automóvil. Una espléndida camioneta frenó en seco y un hombre, congestionado de dolor, salió en busca de auxilio. Murió en brazos del cineasta. El estupor de Onesio reverberó al descubrir que el parecido entre ambos era extraordinario. Lo asaltó una idea: ¿por qué no cambiar identidades? No pudo resistir el impulso y así cumplió la fantasía de todos: concurrir al propio entierro, convenientemente disfrazado, para ponderar el dolor o la indiferencia de esposa, hijos, amigos y compañeros.­

Así arranca esta divertida trama de unos los más prolíficos intelectuales mexicanos de la nueva horneada. José Agustín Ramírez (Acapulco, 1944) publicó su primera novela a los 20 años. Desde entonces exploró la narrativa en todas sus variantes, el guión de cine, el teatro, el ensayo y hasta condujo programas de televisión. Se convirtió en un objeto de culto para los jóvenes.­

Vida con mi viuda es un caldero burbujeante que cuece la misteriosa tradición zapateca, el thriller, el neomestizaje cultural en América del Norte, la crítica punzante, y la parodia-homenaje al cine y a la gran literatura. El potaje es sabroso aunque puede indigestar el lector que no tolera el erotismo franco y sin eufemismos y ciertas digresiones repugnantes. La trama, al fin y al cabo, se articula en torno a dos ejes tremebundos: el sexo y la muerte. Está ambientada en un futuro cercano, pero aquí no hay ciencia ficción, sino el viejo y querido realismo mágico.­

Agustín sazona su prosa con mexicanismos deliciosos. Saben bien, no son desabridos como el crudo calé español que nos infligen algunas traducciones deleznables.­

Guillermo Belcore­

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CALIFICACION: Bueno­