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miércoles, 10 de enero de 2024

La ola que lee


 La compilación de relatos y artículos periodísticos no ha cosechado aún la gratitud que merece
. Es injusto. Hay volúmenes que son auténticas obras de arte. No resulta difícil señalar ejemplos: Textos recobrados, de Jorge Luis Borges; George Steiner en The New Yorker; Mea Cuba, antes y después, de Guillermo Cabrera Infante; Maestro de ceremonias de G.K. Chesterton.


El sello Random House ha publicado otro compendio cuya calidad es pareja a los casos mencionados. Involucra a uno de los mejores escritores argentinos; el único que ha elaborado una teoría de la novela para justificar su caudalosa empresa. La ola que lee se titula el libro que hoy queremos recomendar. Atesora escritos de César Aira (Pringles, 1941) publicados entre 1981 y 2010.


El volumen es el fruto del trabajo muy competente de la socióloga María Belén Riveiro. Le cedemos la palabra: 

"Los textos que se transcriben a continuación nos permiten descubrir autores y libros, releer a aquellos que ya conocemos con el tamiz de la mirada de Aira, explorar los debates de cada época, así como conocer desde otros registros su obra".


MAESTRO DE LECTURAS


La señora Riveiro tiene razón. Aira es un formidable maestro de lecturas. Despierta el apetito. Por leer o releer a Cortazar, a Arlt, a Puig, a Copi, a Laiseca, a Saer, a Kafka, a Gombrowicz (pero no a Katchadjian), a Walter de la Mare, cuya obra Memorias de una enana, empalma con uno de los fetiches de la literatura airana: las miniaturas.


Es menester advertir que, como todo comentarista talentoso, Aira no renuncia a la arbitrariedad e incluso al disparate. Llega a decir que nadie debería considerar a Vargas Llosa o a Alejo Carpentier grandes escritores. O que "la novela larga no es arte, es consumo". Las aporías de Aira son deliciosas; y el resto de su producción crítica a menudo da en el blanco. Hay una poderosa reivindicación de la literatura brasileña; y una demoledora descripción del estado de la novela argentina de 1981, con argumentos sociológicos que aún hoy pueden explicar nuestra indigencia creativa.


Por desgracia, los narradores argentinos se ven obligados a escribir en sus ratos de ocio. Establece Aira que el novelista debe comprometerse en serio, sin cálculos ni ironías, con la literatura. Debe jugarse por un proyecto artístico, por un método, incluso. Que es lo que él hizo; lo prueban sus más de cien libritos regidos por un guante de acero al tungsteno que en sus intervenciones periodísticas se ha empeñado en defender.


Podríamos sostener entonces que las reflexiones metafísicas sobre el arte de narrar son otra de las riquezas del libro. Mostrando (o fingiendo) el fervor de los creyentes, Aira sostiene que lanzarse a la aventura de escribir sólo se justifica por la intención de inventar de nuevo la literatura sobre fórmulas desconocidas. Sin la calidad de nuevo, la obra de arte se queda en artesanía, que puede llegar a ser aceptable pero su propósito último no pasa más que por complacer a un público satisfecho, a un consumidor. El creador de paradigmas no necesita ser bueno, avisa incluso (¿y se justifica?).


El creador "si se limita a usar un lenguaje ya inventado no es arte de verdad o, al menos, no se ajusta a la definición más exigente de arte", dispara en la página doscientos treinta y nueve. El vate de Pringles se ha tomado el trabajo de usar revistas y diarios (extranjeros o del interior de la Argentina) para desarrollar repetida, variada e interminablemente su peculiar teoría que le ha dado prestigio y polémica: 

"La literatura debe ser extremista...;  ...la libertad hace al escritor...;  ...los géneros no tienen más función para el escritor que darle algo para abandonar...;  ...la voluntad de preservar el statu quo resulta esencialmente antiliterario...; ...toda gran obra literaria es un experiencia con el estilo; ...la buena literatura vive al borde del fiasco...". 

Y así hasta el final. Uno termina casi convencido, hasta el momento que recuerda la enorme cantidad de novelas esenciales que no pasarían por el ojo de la aguja airana.


Con humoradas, Aira pide no ser juzgado por La Liebre (su mejor novela), o por La guerra de los gimnasios, o por cualquiera de esas dos o tres nouvelles automáticas que compone año tras año: 

"Me espanta que me juzguen por mis libros. Me siento vagamente insultado, siento el riesgo de una mutilación, cuando alguien se toma en serio algún libro mío. Querría prevenirlo contra ese error, y no encuentro otro modo de hacerlo que publicando un libro más...".


Quiere que lo juzguen por su método. "Preferiría que vieran en mí un procedimiento, como lo veo en mi amado Raymond Roussell". Y aquí llegamos al tema feraz de las influencias. Podría decirse que la literatura airana que tantos fanáticos, discípulos y detractores ha generado es el penúltimo campanazo de la broma surrealista o del dadá. Es "el reblandecimiento daliniano de los relojes".


"He llegado a no corregir nada, a dejar todo tal como sale, a la completa improvisación definitiva", asegura el único escritor argentino que se menciona todos los años para el Nobel. ¿Podemos creerle? Hace unos años, Elvio Gandolfo estableció para siempre esta duda existencial: “El método Aira sería el del viejísimo ¿es o se hace?". Tampoco podemos tomar en serio su profesión de fe marxista de la página ciento ochenta y dos. Es un especulador que cultiva con fruición y destreza la paradoja y la broma. "El escritor debe ser enigmático y abierto a interpretaciones", afirma.


LA FELICIDAD

A esta altura, uno debería preguntarse cuál es la apuesta estética de ese sistema general. Cuál es la felicidad que causa ("felicidad" es una palabra muy usada por Aira cuando opina sobre literatura). La dicha del instante, de la escena, de la pincelada. La literatura debe ser la "eternización de un momento de felicidad". Pero debe ser literatura pequeña, insiste: "...en los géneros breves no se escribe para ocupar el tiempo del lector, como en la novela, sino para ocupar su inteligencia. Y eso puede ser cuestión de un instante, o mejor dicho siempre lo es. Cuanto más breve, más eficaz".


La grey airana quedará absolutamente saciada con esta obra. A quienes nos gustan algunas novelitas de Aira pero la mayoría no, también disfrutamos una inteligencia superior, una prosa refinada, un juego de ideas cautivante.  La ola que lee -como intentamos transmitir- es un libro de muchas felicidades. Como aquel párrafo de la página cincuenta y cuatro que consagra las obras de José Bianco. Es probable que nadie lo haya hecho mejor. El diccionario de autores latinoamericanos, por cierto, sigue siendo la obra maestra de Aira.

Guillermo Belcore

Publicado en el diario La Prensa


Calificación: Excelente

domingo, 6 de septiembre de 2020

La muerte de la tragedia

George Steiner (1930-2020), patrono intelectual de este blog, escribió:  

“No creo que la crítica literaria posea rigor o pruebas. Cuando es sincera es una experiencia privada y apasionada que trata de convencer”.

En La muerte de la tragedia, Steiner convence, persuade, orienta. Obra como maestro de lecturas, esa virtud que ha hecho al viejo profesor apreciado y famoso en los principales centros universitarios de Occidente. Uno se va del ensayo -entregado a la imprenta por primera vez en 1961- con la sensación de que si no leemos al menos una obra importante de Shakespeare, Racine, Schiller, Pushkin, Ibsen, Chejov o Brecht, seremos seres humanos incompletos, mutilados incluso.

El libro explora la evolución de la idea de la tragedia en el teatro europeo desde la Edad Media. Las ramificaciones, como suele ocurrir en Steiner, son sabrosas. Un ejemplo: la influencia de la poesía francesa del siglo XVII en los modos de retórica de la vida pública francesa. Vale decir, hay un nexo entre Pierre Corneille y el general De Gaulle.

Aclaremos algo. Cuando decimos “tragedia” nos referimos a una noción artística y a una visión del hombre que son griegas o isabelinas y se expresan en un escenario con la técnica del verso. Tiene rasgos específicos. Las tragedias terminan mal. El protagonista es destruido por fuerzas que no pueden ser entendidas del todo ni derrotadas por la prudencia racional. Como forma de arte, la tragedia exige la presencia de Dios, hoy -por desgracia- una carga intolerable para el público y el artista. Por eso, no va a volver.

Steiner examina movimientos culturales como el neoclasicismo o el romanticismo, teorías literarias y procedimientos (como el alejandrino) y obra maestras del teatro, algunas no tan célebres como el Woyseck de Büchner. Las citas son profusas y son otro agrado del libro. Vea usted. ¿Quién escribió esta estrofa, amigo lector, Heinrich von Kleist o el Dr. Pedro Cahn?

"Con horrendo paso y enorme voracidad
la peste avanza a trancos por nuestras filas vacilantes
y les exhala de sus labios hinchados
los vapores ponzoñosos que bullen en su seno".

Este ensayo, para redondear, resulta imprescindible para quien guste del teatro y la argumentación crítica de excelencia. Hay un pasaje lateral que me gustaría destacar porque no sólo puede sino también debe aplicarse a la degradada Argentina 2020 (acaso el peor año de nuestras vidas).

Establece el rabí Steiner en la página cincuenta y dos que la retórica política es enemiga mortal del libre albedrío y la razón. Oíd, mortales, su razonamiento elocuente:

“El comportamiento político ya no es espontáneo y no responde a la realidad. Se congela alrededor de un núcleo de retórica inerte. En vez de hacer a la política dudosa y provisional a la manera de Montaigne (quien sabía que los principios sólo son soportables cuando tienen carácter de tentativas), el lenguaje aprisiona a los políticos en la ceguera de las certezas o la ilusión de la justicia. La vida del espíritu es menguada o asfixiada por el peso de su elocuencia. En vez de convertirnos en amos del lenguaje, nos tornamos sus siervos. Tal es la condenación de la política”.

Alguien que se lo acerque a los Presidentes que cultivan con fruición la grieta.
Guillermo Belcore


Calificación: Excelente


viernes, 18 de octubre de 2019

Harold Bloom QEPD: Homenaje al maestro

Harold Bloom, uno de los dos mejores críticos literarios de nuestro tiempo, murió el lunes en un hospital de New Haven. Tenía 89 años y la salud quebrantada desde hacía un tiempo. Enseñó durante más de medio siglo literatura de la imaginación en Yale (la semana pasada dio su última clase). Se consideraba a sí mismo un gnóstico empedernido y un ``formulador crítico de lo sublime''. Tenía una fe inquebrantable en el juicio estético y las jerarquías literarias. Predicó la shakespearología como la más benigna de las religiones. Fue un entusiasta maestro de lecturas. Lo echaremos de menos; sus enseñanzas han inspirado este blog.
 Había nacido en Nueva York en 1930, en el seno de una familia piadosa y pobre de judíos ucranianos. Escribió más de cuarenta libros (muchos influyentes), miles de artículos y hasta los 500 prólogos de los tomos de la Biblioteca de Chelsea.
 Su obra más conocida -y polémica- fue El canon occidental, toda una referencia para el lector que busca profundidad y calidad literaria. Publicada en 1994, lista unas trescientas obras de ficción que el hombre ilustrado ``debe asimilar para llenar el vacío de su soledad''.
 Más que el inventario en sí (hay omisiones imperdonables y Bloom terminó renegando de la lista), lo importante fueron los conceptos con que el que fue edificado. ¿Cómo saber si una obra famosa es canónica? A menos que exija relectura no podemos calificarla como tal, sentenció el maestro. La analogía inevitable es erótica.
Nos advirtió Bloom a los que comentamos libros que siempre debemos preguntar, respetuosamente, al texto: ¿Contienes originalidad, sabiduría, exuberancia en la dicción, dominio de la metáfora y profundidad psicológica? Las obras canónicas suelen incluir todas o la mayor parte de las cinco potencias estéticas.
 Hay que destacar que en este ensayo imprescindible no solo quiso enseñar a leer. También sugirió abominar de lo que designaba como la escuela del resentimiento, integrada por esos ``idealistas resentidos que denuncian la competencia tanto en la vida como en el arte''. Sentenció con lucidez que leer al servicio de una ideología es no leer nada. La deconstrucción, el multiculturalismo, la corrección política, el feminismo radical fueron sus enemigos. El mensaje primordial de su vasta creación podría resumirse en una frase: las jerarquías literarias existen y son importantes. 
EL ELITISTA
 El erudito siempre trabajó con elementos sublimes pero Shakespeare fue largamente su materia prima favorita (véase Shakespeare, la invención de lo humano). Podía recitar casi toda la obra del vate inglés de memoria y se jactaba de ser capaz de leer y asimilar un libro de 400 páginas en una hora, según The New York Times
 A pesar de su prosa nerviosa y confusa (por momentos) que propende al aforismo y al panfleto, nunca sus juicios dejaron de resultar interesantes, para quien esto escribe. Naturalmente, fue injusto y arbitrario, como todos los grandes críticos. Sostuvo la tontería de que no hay valores artísticos en la obra de Stephen King y Doris Lessing (¡Ja!). Todo hay que decirlo, le gustaba provocar y que lo compararan con Samuel Johnson.
Lo paradójico es que Bloom, el elitista, fue el crítico estadounidense más famoso de su tiempo y muchas de sus obras se convirtieron en best sellers. Le pagaron 1,2 millón de dólares como adelantó por Genio: un mosaico de cien mentes creativas ejemplares (2002).
 Pero por sobre todas las cosas, Bloom fue un polemista valiente que desafió las tortuosas corrientes intelectuales de su tiempo. Al fin y al cabo, a cualquiera que se anime a emitir un juicio sobre el valor estético de un texto -``mejor, peor, igual a''- corre el riesgo de ser tachado sumariamente de aficionado total por la Academia o la mala crítica diarística.

LAS INFLUENCIAS

 Otra obra magnífica que no puedo dejar de recomendar de Bloom es Anatomía de la influencia (2011), que retomó una hipótesis presentada en 1973 y a la que consideraba su canto de cisne. Escribía en este blog hace ocho años: ``Ha querido publicar el maestro una reflexión final sobre lo que llama proceso de la influencia. Comenta con pasión y sensualidad (la clave en su procedimiento es pensar las sensaciones) unos treinta autores extraordinarios del canon occidental''.
 ``Entiende Bloom que en literatura la influencia (como la jerarquía) existe. Consiste en la transmisión de un escritor anterior a uno posterior. Lo único que importa a la hora de interpretar -sostiene- es como un poema revisa a otro, tal como lo manifiestan sus metáforas, sus imágenes, su dicción, su sintaxis, su gramática, su métrica, su postura poética. El quid es la lectura creativa errónea. Eso sí, la influencia actúa de manera laberíntica, nunca lineal''. 
 ``El agón resulta el rasgo central de las relaciones literarias. El crítico debe comprender la imitación, debe preguntarse de dónde extrae un gran escritor la idea de... y cómo la perfecciona. Que hay de Faulkner en Onetti, por ejemplo''.

¿YAHVE, EL PERSONAJE?

 Bloom también se interesó en la religión. Quiso ser original pero no evitó el disparate, fruto de una imaginación poderosísima con recaídas en el ateísmo. En El libro de J de 1990, Bloom vio al Dios judeocristiano como un personaje literario, inventado por una mujer.
 En Los nombre divinos postuló, incluso, en que no existe una tradición judeocristiana. Las dos historias, los dos dioses, e incluso las dos Biblias serían irreconciliables. El cristianismo es básicamente politeísta; la Santísima Trinidad es una ardid para ocultarlo. El evangelista Juan fue un antisemita terrible. Definió a Cristo como la hiperbólica expansión del acto de usurpar a su amado Padre, tal como hizo Zeus con Cronos. Adorar a esa invención greocorromana sería como rendirle culto a Hamlet o Don Quijote, exageró.
 En 1991, exploró los misterios de la espiritualidad de su país en La Religión Americana, que sería un fenómeno nuevo y aún en desarrollo, que entremezcla antiguas herejías y acentos decimonónicos y avanza con un triunfalismo inmoderado. ``Sería inexacto considerarla como parte del cristianismo histórico'', advirtió. ``Representa una gran victoria de la imaginación, pero ha generado desgraciadas secuelas políticas y sociales''. Incluye a los mormones y a los bautistas sureños.
 Como se ve, Bloom fue un aguafiestas que llegaba con la mala noticia de que las creencias de los estadounidenses no son en absoluto las que dicen tener. No obstante, entendió con toda sabiduría que la religión no es el opio de las masas, sino más bien su poesía. Una lírica desbordada, buena y mala.

 Digamos, finalmente, que abordar los libros de Bloom -como los de Borges o Ecco- implica sumergirse en una desbordante biblioteca. Lo mismo puede aseverarse del otro extraordinario crítico de las letras que nos queda, George Steiner.
Guillermo Belcore
PD: La foto es de The New Yorker.

lunes, 10 de julio de 2017

Los libros de la guerra

Escribir me parece más fácil que evitar la sensación de sinsentido de no hacerlo.
Roberto Fogwill

El periodismo no es para los escritores. La afinidad entre ambas actividades no va más allá del acto mecánico de escribir. Son semejanzas de superficie. Mientras en una profesión -por ejemplo el periodismo- se recompensa con salarios y rangos el buen comportamiento de la función de maximizar la satisfacción de los jefes, lectores y anunciantes, en literatura se recompensa con la gloria la tarea de minimizar cualquier demanda ajena al rigor lógico y estético de la obra. Por eso, el periodismo no es para los escritores. 

Rodolfo Enrique Fogwill (1941-2010) incluyó estas frases en un artículo publicado por El Observador en enero de 1984. Por amor a la paradoja (fue un Chesterton ateo) y por necesidad de dinero y de espacio (quiso armar un sistema de gustos, con la creación de un canon que incluyera a Laiseca y Perlongher, Bizzio y Viel Temperley), Fogwill hizo caso omiso a su propio dictum y escribió duro y parejo, y concedió largas entrevistas, en una veintena de publicaciones durante tres décadas. La mayoría de esos textos no merecían el olvido. 

El editor Francisco Garamona merece un aplauso. Publicó cerca de la mitad de las intervenciones de prensa de Fogwill bajo el título Los libros de la guerra, cuya segunda edición, corregida y aumentada (Mansalva, 414 páginas, 2010), venimos a recomendar aquí con todo el entusiasmo que genera el hecho de haber gozado de una buena lectura. 

Del publicista ya sabíamos que era loco o se hacía, que era un polemista feroz con una cultura inmensa y un toque de bufón, un extraordinario narrador (pinche aquí o aquí), un filólogo, y presidiendo todas estas virtudes, un espíritu independiente, es decir un intelectual que optó por distanciarse de la manada para poder pensar. Enseña el volumen que además fue un formidable crítico literario y un egregio artífice de miniensayos, esos relámpagos de lucidez que de tanto en tanto aparecen en el diario o la revista, artefactos modernos que -como dijo Fogwill- no son más que “un papel que hoy transporta opiniones y que mañana envolverá las cáscaras sobrantes de la cocina”.

La calidad de la verba, no obstante, es harto despareja. Como escribió Alejandro Margulis en 1998, el hilo del discurso de Fogwill es tan cambiante que hace falta mucha concentración para seguirlo. ¿Efecto cocaína? El libro incluye cuarenta minutos de una entrevista de ocho horas que Horacio González y otros le hicieron a F. para El Ojo Mocho (1997). El polígrafo salta de un tema a otro a velocidad de Warp 8, escupiendo un magma verbal envolvente, aunque la secuencia lógica se pierda una y otra vez como un hilito de agua sobre el Sahara.

Hay unas diez entrevistas al maestro, casi todas legibles. Hay una vasta conversación con Gustavo Nielsen para mejorarle un cuento, que revela el talento lingüístico de Fogwill, quien debe haber nacido en el Año del Búho, pues tenía uno de los oídos más finos del reino cultural para la poesía y el habla popular. Hay, además, denuestos a la política cultural de Raúl Alfonsín. El libro cierra con atractivas evocaciones de colegas en la sociología o las Bellas Letras.

Insisto. Quizás, lo más original y profundo del tomo sean las comentarios literarios, aunque uno descubre la amarga verdad de que el libre pensador que trituró el sistema mediático de la crítica (una “sociedad de socorros mutuos”, hoy por mí, mañana por ti) no pudo dejar de incurrir en el vicio del amiguismo. Sólo así se entiende que eleve una novela intrascendente -Derrumbe, de Daniel Guebel- a la categoría de mejor libro de 2007. El panegírico sobre la obra de Sergio Bizzio, asimismo, suena exagerado. En cambio, la entronización del colosal Alberto Laiseca es un acto de estricta justicia. Acaso también la defensa de Jorge Asís. Fogwill demuestra, por otra parte, que no carecía de una cualidad borgeana: era capaz de fulminar a un colega con una sola bala. De Ricardo Piglia dijo que era “un absoluto bluff“. A José Pablo Feinmann lo despachó con el doble calificativo de “megalómano ridículo“.

El coleccionista de frases memorables se irá saciado. Fogwill era una máquina de acuñar sentencias. Léase a título de ejemplo:

  •  “Si algo queda por decir, más vale que se lo diga con obra”.
  •  "No hay nada en la vida algo más bello que tropezar contra una serie ordenada de buenas ideas, aunque sean de otro”. 
  •  “La crueldad se convierte en virtud si es ejercida para desnudar los valores y reordenar los apetitos. No es cuestión ética, es cosa estética”.
  •  “La gente de letras no está habituada a críticas que lisa y llanamente expresen lo que el autor opina de los libros”.
  •  “Hace poco dividíamos a los escritores argentinos entre quienes prefieren parecerse a Aira y quienes  no.”
  •  “La paradoja de León Gieco: solo un tonto le pide a Dios que la guerra no le sea indiferente, por cuanto el trabajo de molestar a Dios es una prueba que no le es indiferente".
  •  “Promuevo la apuesta de que para pensar, hay que dejar en el placard las ideas de Hollywood, las frases de la Fede y las instrucción de la orga”.

Para concluir, una curiosidad. Los aguijonazos de Fogwill a la orga montonera le caben como anillo al dedo a los Jem‘Hadar de Cristina Fernández, lo que permite intuir que el kirchnerismo es una versión tardía y degradada de aquella “picaresca-populista”. “Esa gente era pragmatista al mango. Y taimada en sus procedimientos, característica fuerte de los montoneros, esa cosa entre comillas “maquiavélica”, usadora“, declaró el literato. Puede colegirse que ambos fracasos pertenecen a la misma familia de pensamiento: “un modelo político de milicia de elite“, que en 1973 o 2011, “construyeron un modelo ficcional de la realidad argentina para consumo, justamente, de esa elite“. Entonces, “elitismo, patoterismo, egolatría, eficientismo militar o militante y desprecio por las rutinas populares” (y las formas republicanas) son las características que los han definido.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: Era o se hacía. Fogwill admite en la página ciento ocho que “polémicas, exabruptos y consabidos ajustes de cuentas forman parte de nuestras respectivas estrategias de promoción”.

martes, 25 de abril de 2017

Vida de muertos

En el siglo pasado se escribían libros y artículos periodísticos para demoler reputaciones. Hoy se usan las redes sociales, aprovechando por lo general el cobarde anonimato. En 1938, el niño terrible de la derecha argentina asesinó con letra impresa a glorias de la literatura latinoamericana. Por fortuna, la Biblioteca Nacional -en tiempos de Horacio González- decidió reimprimir el sublime opúsculo. ¿Cómo van a divulgar a un nazi confeso, a un antisemita?, parece que preguntó un tiquismiquis. La respuesta debió haber sido: Porque el libro es excelente, porque los adultos que compramos estas obras somos seres racionales, porque sólo los imbéciles y los ñoños se privan de los literatos brillantes cuyas preferencias son monstruosas. Prescindir de los escritores fascistas y/o estalinistas no nos hará mejores; de seguro, seremos intelectualmente más pobres.

Ignacio Braulio Anzoátegui (1905-1978) fue poeta, activista intelectual del nacionalismo católico, juez, ensayista, biógrafo burlón y aforista vitriólico, quizás en ese orden, escribió Christian Ferrer en un prólogo que no le va a la zaga en excelencia al resto del libro. Vida de muertos (Ediciones Colihue, 122 páginas) reúne doce minibiografías envenenadas. Piénsese en un vándalo, en un anarquista que dinamita estatuas, en un iconoclasta talibán pero con un alarde de ingenio que corta la respiración, fuerza a meditar o desata una carcajada. Esta muy bien incluirlo en la colección Los Raros. Es éste un volumen extrañísimo, compuesto para hacer picadillo a eminencias como Rubén Darío o Domingo Faustino Sarmiento.

En lo que al arte se refiere, resulta evidente la influencia de Chesterton en Anzoátegui. Tienen el mismo tono y el mismo gusto por las paradojas. La malicia inteligente del Borges-crítico-literario y la rabia de Celine también dicen presente en las luminosas páginas de un juez que, como Zeus, se complacía en fulminar con rayos a sus adversarios. Es verdad que Anzoátegui reflexionaba como un energúmeno, pero como estilista fue un genio, a la altura de sus maestros. Demostró que incluso la injuria y el insulto pueden detentar fulgor poético. Manejó con mucha destreza la primera frase. Verbigracia: “Se parecía a Sarmiento, pero no tenía jeta de mulato” (Almafuerte). “Dijo ‘gobernar es poblar’ y se quedó soltero” (Juan Bautista Alberdi).

Hay que aclarar que no todas las ideas de Anzoátegui eran disparatadas. Su condena de la elite argentina que cuajó de las guerras de la independencia son justísimas. Es éste también un catálogo de la estupidez humana. “El hombre bueno es aquél que es consecuente con sus ideas secundarias”, estableció Don Ignacio siguiendo la estela de Zarathustra (Nietzsche es otra influencia fácilmente perceptible).  Como crítico literario, insistimos, expone una perspicacia admirable, aunque no parece razonable que se ensañe con las peores páginas de un autor, pues todos las tienen.

Borges y Bioy Casares se extrañaban de que cara a cara Anzoátegui era un encanto de persona. Esas contradicciones de la personalidad, aunque curiosas, no tienen el menor valor literario. Mucho menos sus adhesiones políticas. El juicio estético -el único que importa en lo que a la crítica literaria se refiere, mal que le pese a los sociólogos y marxistas- lo absuelve (lo consagra, mejor dicho). Vida de muertos tiene que quedar.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: Este blog quiere agradecer a los colegas de Twitter @AiresyBenson y @genowitzky por presentarle a Ignacio Braulio Anzoátegui.

jueves, 16 de marzo de 2017

Recuerdos de la vida literaria II

Manuel Gálvez.
Taurus. Edición 2002. Memorias,791 páginas 

Si la vanidad fuese una antena, Manuel Gálvez (1882-1962) hubiese captado Radio Plutón. Es fama que el misterioso don de producir literatura, suele rebajar a los artistas (y a los que aspiran a serlo) a la condición de pedantes insufribles (e inseguros), una suerte de enfermedad profesional; pero el narcisismo del autor de Nacha Regules superaba el promedio, era monstruoso. Quién sabe. Tal vez haya sido una compensación por su escaso talento; una forma de autoengaño para superar el hecho de que en realidad era un polemista de primera, un periodista de segunda, y un escritor de tercera o cuarta categoría. Esa jactancia con rasgos neuróticos ameniza, sin dudas, las memorias del prolífico Gálvez. Sazona las páginas como si fuera una especia deliciosa. 

Los programas de chismes nos han persuadido de que los fatuos suelen ser interesantes; pero lo notable en este caso es que la petulancia también puede convertirse una cualidad literaria. Los cuatros tomos de Recuerdos de la Vida Literaria -dejémoslo claro- son muy divertidos, desopilantes por momentos. No sólo resulta conmovedora su falsa modestia sino también el intento de defender a capa y espada una obra copiosa que -¡ay!- no ha trascendido y una combativa vida pública. Causa ternura ver a un hombre famoso, atesorando y mostrándole a la gente cada una de las lisonjas recibidas en cartas y periódicos (muchas provienen de eminencias), como un chico con sus figuritas.   

Hace quince años, el sello Taurus reimprimió (en dos volúmenes) la minuciosa evocación de Gálvez de cincuenta años de vida cultural de la Argentina. Nos detendremos en el segundo libro, que incluye Entre la novela y la historia, y En el mundo de los seres reales. En el estudio preliminar, destaca Beatriz Sarlo dos dramas del proyecto novelístico de Gálvez: quiso ser nuestro Zola y nuestro Pérez Galdos primero; nuestro Graham Greene y nuestro Muriac después, pero no le dio la talla y fue más romántico que realista. En segundo lugar, fue un resentido, escribió siempre movido por la idea de que su obra no había encontrado el reconocimiento que se le debía (sobre todo entre las elites intelectuales). La prologuista le reconoce, no obstante, ‘conciencia sociológica‘, en el sentido de que se comprometió en cuerpo y alma con la profesionalización de los escritores.

VAYA TIPO

Se jacta Gálvez de haber vendido más de un millón de libros. También de haberse sacrificado de veras y como nadie por el escritor argentino. Se trabajó, no sólo una vez, la candidatura al Premio Nóbel de Literatura (“...si algún escritor hispanoamericano merecía ese premio era yo, sobre todo después de haber publicado las Escenas de la Guerra del Paraguay", escribió). Llega a sugerir que una de sus novelas indujo el suicidio de Alfonsina Storni. Afirma que ninguna obra publicada en el siglo XX ejerció tanta influencia sobre la opinión pública como su biografía de Yrigoyen (“un éxito nunca visto desde el Martín Fierro”). Añadió a las memorias un capítulo sobre las entrevistas que le hicieron (veintisiete hasta 1960); otro explica: “cómo alcancé la celebridad literaria“. No ha deseado ocultar a la posteridad lo que sus coetáneos sabían. Fue un chupacirios ñoño, al punto de modificar o suprimir escenas por los reparos de monseñor Franceschi. Pero no era un fanático; como buen ególatra juzgaba a los hombres no por su adscripción política o religiosa sino por el reconocimiento que le tributaban.

Realmente, hay aspectos muy meritorios en Recuerdos. Tiene páginas encantadoras (es lo mejor que puede decirse de su prosa), casi nunca aburre y trae un impresionante bagaje documental. Son buenos libros de historia, sobre todo de historia de las ideas. El autor narra en detalle, por ejemplo, el surgimiento y auge del fascismo criollo (nacionalismo + catolicismo político) que derivó en el golpe de 1930 y en la irrupción de Juan Perón. Gálvez, con una insoportable pose de superioridad moral (como los progresistas de hoy en día) fue un entusiasta militante de la causa antirrepublicana, antiliberal y antiestadounidense. Causa perplejidad ver como la Argentina va abandonando, paso a paso, el credo de Sarmiento, el de la masonería de los Ochenta, que había colocado a este paupérrimo arrabal del mundo a las puertas del desarrollo. Fue una tragedia. Hoy, con la educación pública destruida por los demagogos y la humillante decadencia económica, creo que no somos pocos lo que nos preguntamos que habría sido de nosotros si a la Edad de Oro no la hubiesen decapitado… 

Volviendo a los recuerdos de Gálvez, hay que resaltar que el lector interesado en el pasado hallará decenas de retratos interesantes, como el de Leopoldo Lugones, adversario encarnizado de nuestro auténtico mediocre (pero entrañable). Hay centenares de anécdotas sabrosas, hay un muestrario muy bien surtido de las mezquindades de los intelectuales. Descubrimos, por citar un caso entre muchos, que Victoria Ocampo era una esnob, que una noche del PEN prefirió al nazi Drieu La Rochelle por sobre los novelistas judíos de Polonia. Tramos muy seductores son, asimismo, las peripecias de Gálvez con los traductores, editores y librerías; el capítulo “Los que no quisieron vivir” (escritores/as suicidas); las luchas políticas-literarias en la SADE izquierdista y en la ADEA de Perón… Es opinión compartida que éste son los mejores libros de Gálvez (le dedicó sus últimos años), los que se leen con mayor placer y provecho. “Incomparable panorama de la vida literaria de la primera mitad del siglo XX”, dictaminó César Aira en su formidable diccionario.

Un último pormenor significativo. Gálvez nombra sólo cuatro veces, y al pasar, a Jorge Luis Borges. Pero lo aguijonea con indirectas venenosas y estúpidas:

"Los libros argentinos no se venden porque existe un divorcio absoluto entre el lector y el público. En su casi totalidad, los libros argentinos son colecciones de versos, o pseudoversos, que nadie entiende; cuentos, género literario que en ninguna parte del mundo tiene público; o ensayos, escritos en prosa difícil, sobre extranjeros que, como Kafka, sólo agradan a una minoría".

 El desdén era mutuo. En los diarios de Bioy Casares, el mejor de nuestros escritores se mofa de la grandilocuencia y de una estrofa desdichada de Gálvez. El miércoles 5 de septiembre de 1979, Borges dijo: 


“No estoy muy inventivo. El nivel de Manuel Gálvez, más o menos”.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno  

sábado, 31 de diciembre de 2016

Y el libro del año es...

Cada fin de año, ocurre lo mismo. Uno consulta las listas de los mejores libros del año y se angustia por lo poco que ha podido leer en realidad. Las listas honestas, me refiero. Aquellas donde los escritores de tres al cuarto recomiendan las novelitas intrascendentes de sus amigotes no sólo desinforman sino que también causan vergüenza ajena (la de Infobae es un ejemplo cabal de lo que Fogwill llamaba “sociedad de socorros mutuos”).

Puestos a elegir, voy a señalar una reimpresión de la Universidad de Villa María. El libro que en 2016 más gozo, sorpresa y admiración me ha provocado es Pretérito perfecto de Hugo Foguet (Pinche aquí). Como si el Aleph se tratase, aspira a encerrar toda la cultura, historia, sociedad, injusticia, sufrimiento y rebeldía de nuestro San Miguel de Tucumán. Su majestad, la Novela Oceánica. ¿Cómo llegue a ella? Por recomendación de Alejandro Olaguer que, si no me equivoco, fue advertido del portento por Juan Terranova. Nadie debería perdérsela. Nadie que le interese el hedonismo de la buena literatura.

Todas los grandes urbes deberían tener una Gran Novela que la explique, refleje y magnifique. A primer golpe de memoria, creo que Buenos Aires no la tiene. La capital del Jardín de la República, sí; engendró Pretérito Perfecto que, incluso, es materia de estudio universitario. La elite intelectual porteña, siempre atenta a la última chuchería de Francia, ignoró el novelón hace tres décadas y este año -hasta donde sé- no se dio por enterada de la buena nueva. Es un síntoma de decadencia y perjurio. Los críticos dominicales, ya se sabe, abominan de las densidades estilísticas, temáticas y narrativas de largo aliento. Un comentarista de John Irving llegó a decir en La Nación que una novela no debería tener más de trescientas páginas. En el fondo, a estos herejes no les gusta leer; les gusta figurar.

Que en 2017 se sigan escribiendo novelas como Pretérito perfecto, o como El traductor, o como Las varonesas. El ‘arte esencial‘ (la categoría es de Heidegger) hace la vida más soportable.
Guillermo Belcore

domingo, 28 de agosto de 2016

Estimado Sr M.

Es un hecho. No siempre estamos con ánimo de consumir Alta Literatura. Se establece en la más reciente novela de Herman Koch (Arhem 1953): 
"En esencia es como la misma comida en dos restaurantes distintos. A la derecha está el restaurante de las estrellas Michelin, a la izquierda un Burger King o un Mc Donald"s. No todos los días te apetecen bocados refinados, no siempre quieres llevarte a la boca un trocito minúsculo de foie presentado en un plato casi vacío. A veces te apetece una hamburguesa con panceta y queso fundido, un bollo blando y empapado, que la grasa te gotee por la barbilla. Pero eso siempre va acompañado de un sentimiento de culpa".

La metáfora no es del todo precisa. Es cierto que a menudo el lector de fuste gusta de darse un atracón con un entretenimiento ligero, es decir, sin densidades temáticas ni estilísticas; una buena historia bien narrada y punto, pero la ficción memorable es restaurante de cinco estrellas y sabrosa comida chatarra al mismo tiempo. Es todo para todos, como las Sagradas Escrituras, por eso perdura.

La cita del autor holandés, sin embargo, resulta útil para encarar el comentario de su última criatura. Pertenece a esa peculiar especie literaria que, a la espera de una mejor definición, llamaremos best seller de calidad, con cualidades y vicios parejos. No es un demérito. La lectura de Estimado Señor M. (Salamandra, 412 páginas, edición 2016) nunca deja de ser atractiva. Pero no se trata de Alta Literatura.

Aquí no hay un estilo en juego; no hay filosofía ni poética. Lo mejor que puede decirse de la escritura es que es transparente y amena. Es una novela ideal para regalar a aquellas personas que no leen más de cinco libros por año.

No conviene explayarse sobre la trama para preservar el efecto sorpresa. El nudo es el asedio que sufre un literato en decadencia por parte de un vecino, a causa de una de sus novelas (Ajuste de cuentas) que relata el supuesto asesinato de un profesor (abusador de menores y adúltero) en manos de dos de sus alumnos, chico y chica. Con suma destreza se van ensamblando, pues, tres líneas argumentales: el sutil acoso, la reconstrucción de un misterio que data de cuarenta años atrás, y la relación del escritor M. con sus colegas, el público y el arte en general. La arquitectura es ingeniosa; acaso lo más sofísticado de la novela.

El señor Koch descorre los visillos que ocultan las miserias de la industria editorial, esa otra hoguera de las más absurdas vanidades. Le canta un par de frescas a las sofocante corrección política de la Holanda progresista. Allí también un intelectual puede caer en desgracia si tiene el tupé de condenar a las dictaduras buenas, como la de los hermanos Castro. Al igual que en la Argentina, resulta conveniente alzar la voz contra una única especie de demonios, los que provienen desde la derecha. Son los muros, desgraciados, que han eregido los fariseos para coartar la libertad de expresión.

Koch, que saltó a la fama en 2010 con su novela La cena, ha sentido, por lo demás, la necesidad de decir algo sobre una herida que al parecer aún no ha cicatrizado en los Países Bajos, ese próspero pañuelito donde "los debates nacionales" son el pasatiempo favorito de la sociedad. La novela evoca la insignificante dimensión de la Resistencia holandesa durante la Segunda Guerra Mundial. 

Se mete también el narrador con el último tabú occidental: la diferencia de edad en las parejas. El escritor M. le lleva cuatro décadas a la esposa. Al profesor Landzaat (treinta años) le gustan las chicas de diecisiete. Qué horror. El enfoque es ambiguo, no obstante. Mucho más directas son sus horribles diatribas contra el cuerpo docente del liceo Spinoza. Se limita, aquí, a reproducir estereotipos. Llega a sostener que ser profesor es haber fracasado, es haber ingresado en "un rebaño de la más extraordinaria mediocridad". ¿Intenta captar Koch al público joven? ¿Lo habrá lastimado algún maestro?

El libro, para redondear, no carece de eficacia. Sencillísimo de leer, tiene humor y profundidad psicológica, sobre todo en lo que atañe a los adolescentes. Como se dijo, ornan las páginas alguna que otra opinión sagaz sobre el arte literario. Es decir, hace metaliteratura. En la página setenta y nueve se lee: "Un lector lee un libro. Si el libro es bueno se olvida de sí mismo; eso es lo único que tiene que hacer un libro. Si mientras lee el lector no puede olvidarse de sí mismo y piensa en el escritor constantemente, el libro es un fracaso. Esto nada tiene que ver con disfrutar de la lectura. Quien quiere disfrutar se compra una entrada para la montaña rusa".
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

domingo, 20 de septiembre de 2015

La conmovedora historia de Kenny


Por Guillermo Belcore

Kenny sabía que había escrito una obra maestra, pero a los treinta y dos años estaba devastado. No es que odiara su trabajo de docente, pero los rigores del profesorado en una escuela católica no colmaban a un joven que se sentía predestinado a conquistar la cima del mundo. Además, vivir con sus padres se había convertido en un calvario. Y ese desgraciado del editor de Nueva York, si bien nunca rechazó de plano la novela, no daba señales de querer publicarla. ¡Y hasta puede que se la hayan plagiado! La rueda de la diosa Fortuna había colocado a Kenny en el punto más bajo de su existencia. La única salida que concibió fue una carretera solitaria en Biloxi, una manguera de goma uniendo el caño de escape con el interior de su automóvil. El motor rugió y el escritor inédito, el poeta, el caballero sureño, el hijo único, el hombre rechoncho que tanto había hecho reír a sus amigos entregó su alma. Sólo tres personas concurrieron al funeral. El manuscrito, rescatado por la mamá de Kenny, pasó por un sinnúmero de manos antes de darlo a la imprenta una editorial universitaria. Finalmente el libro vio la luz, casi dos décadas después de haber sido concluido. La diosa Fortuna lo besó en los labios. Se convirtió en un éxito inmediato y en un clásico moderno. Hoy se considera al texto como la forma más alta de comedia.

Una historia fascinante y extraordinaria es la de John Kennedy Toole (1937-1969) y su novela sublime La conjura de los necios, que ganó el Premio Pulitzer doce años después de la muerte de su autor. Narra aquella mítica travesía el ensayista Cory Maclauchlin en Una mariposa en la máquina de escribir (363 páginas). Anagrama, con tres años de retraso, trajo el ensayo al español.

Maclauchlin, un virginiano que adoptó Nueva Orleans como ciudad materna, ha intentado -según sus propias palabras- componer "un relato biográfico en el que a Toole no le hubiera costado reconocerse". Ha querido refutar hipótesis de otros trabajos anteriores. En su opinión, el escritor malogrado no se suicidó por una homosexualidad que nunca salió del armario (le parece más asexual que otra cosa) ni por su afición al alcohol. A cambio, ofrece la teoría de los trastornos mentales y el concepto del psychache (dolor psíquíco) del doctor Edwin Schneidman que describe la suma de elementos que conducen a una persona a quitarse la vida.

Hay un cuasi villano en esta trama: David Gottlieb, reputado editor estrella de Simon and Schuster en los "60, a quien se ha vilipendiado como una de las personas que le arruinó la vida a Kenny. Algunos exaltados también lo señalaron como la quintaesencia de la torre de marfil neoyorquina mucho más al servicio de la industria editorial que de los lectores y las artes.
El biógrafo no carga las tintas sobre Gottlieb, pero tiene fundadas sospechas de que uno de sus protegidos, el escritor George Deaux, robó la idea general de La conjura... para una novela de segunda categoría titulada Supergusano, publicada en 1968. Si así fuera, el tiempo hizo justicia.

Hay también una heroína imperfecta (por no decir insoportable): Thelma Ducoing Toole, la tenaz y combativa mamá de Kenny. Ella movió cielo y tierra después del suicidio para que La conjura... fuera publicada. Logró su objetivo a los setenta y nueve años de edad y se convirtió en una celebridad nacional. La cofradía de los lectores deberíamos levantarle una estatua a Doña Thelma y llevarle flores cada voz que volvemos a esa novela increíble que con una imborrable galería de personajes estrafalarios ha logrado representar todo el absurdo de la condición humana. ¿Cómo olvidar a Ignatius Really, el Don Quijote de Nueva Orleans? Al parecer, Kenny se inspiró en un profesor de inglés del Souhwestern Louisiana Institute, llamado Bobby Byrne, medievalista obeso, amante de la filosofía de Boecio y de los panchos, que se la pasaba profiriendo invectivas contra la edad moderna y tocando en su cabaña un clavicémbalo que se había hecho fabricar a medida en Inglaterra. Vaya tipo.

CRITICA DE LA BUENA

Rebosa la biografía de datos inútiles y anécdotas sosas (es que salvo el libro que estragó sus nervios y el dramático final, a Kenny le ocurrieron pocas cosas interesantes en su vida) pero se redime como ejercicio de crítica literaria. Confirma la validez de la Teoría de las influencias de Harold Bloom. Sin Evelyn Waugh no hubiera habido La conjura de los necios. John Kennedy Toole "encontró su estilo en el ingenio refinado y el humor característico de la astracanada".

La novela, por lo demás, es un producto típico de Nueva Orleans, acaso la ciudad de Estados Unidos con mayor cantidad de excéntricos por metro cuadrado. "Basta con salir a caminar para encontrar un buen muestrario de escenas trágicas de la vida cotidiana", informa Maclauchlin.
Con buen tino, el análisis no abusa del conductismo. Si bien Toole creó un reflejo de su fatherland y fue un sutil observador de la naturaleza humana, conectó también con una larga serie de predecesores literarios, desde Chaucer hasta Dickens. Al fin y al cabo, como profesor es aún recordado por su afán para transmitir la belleza de la Alta Literatura. A pesar de tan ilustres antecedentes, la novela "resulta accesible a cualquier lector que tenga sentido del humor". Es ésta una de sus glorias.

Se detiene el libro en otras creaciones de Toole. En La biblia de Neón, novelita que escribió a los dieciséis años. En sus poemas inéditos, uno de los cuales (El árbitro) inspiró el título de la biografía y se refiere al poder demoledor de los críticos; en sus exquisitas cartas, y en el perturbador relato corto sin fecha, Desencanto, que describe la escena de la muerte de un muchacho que se corta las venas. ""Es el paso hacia un mundo en el que reina la paz; desde donde su amor perdido lo llama haciendo señas"". La lectura de un par de fragmentos pone la piel de gallina. 

La mirada de Maclauchlin puede sonar condescendiente o banal en gran parte del libro, pero los núcleos incandescentes de la vida de Kenny se relatan no sin ternura, incluso con fulgor poético. Además, el  detallado examen de La conjura... no carece de la pasión que caracteriza a los feligreses de una iglesia satisfecha. La biografía se disfruta, en suma.

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Buena

jueves, 21 de mayo de 2015

Lugones

Leonardo Castellani

Ediciones de la Biblioteca Nacional (2012), ensayo de literatura, 176 páginas.

Atareados con esas nimiedades que año tras año degradan el mercado editorial (casi todas nouvelles, no sea cosa de fatigar a los perezosos), la crítica argentina -hasta dónde yo sé- ha pasado por alto la magnífica Colección Los Raros de la Biblioteca Nacional. De cada una destas joyas de la abuela se han impreso ochocientos ejemplares. Muy poco. En la última Feria del Libro los remataban al precio de costo (¡ochenta pesos!) por lo que uno puede suponer que no cumplieron cabalmente el propósito noble de rescatar del olvido a esos autores y textos que ensancharon el acervo cultural. Una lástima. No merece la omisión, el padre Leonardo Castellani (1899-1981) “la más lúcida y crispada de las plumas de la intelectualidad católica argentina del siglo XX”, según Diego Bentivegna, autor del minucioso estudio preliminar de la edición que aquí se recomendará.

Para quien no lo conozca, digamos que Castellani fue un jesuita enorme de ojos saltones que repudió a la Iglesia Católica Argentina por promocionar escritores melifluos y superficiales como Constancio Vigil (la orden lo expulsó y el Vaticano le impidió por décadas celebrar misa). Su ethos era predominantemente bélico; fue un antimodernista estridente. Abominó del sistema político liberal instaurado por la Constitución de 1953. Abominó de Urquiza, Samiento y Roca. Hay algo conmovedor en su prédica bien razonada a favor de la monarquía cristiana. Es como defender hoy la tracción a sangre. Bentivegna tiene razón: la voz de Castellani nos sigue convocando, sobre todo a aquél que no le interese el “plebeyismo, el floripondio y la cursilería“ (son palabras del sacerdote).

Se rescató pues una obra felicísima del padre Castellani de 1964, a la que se ha enriquecido con el mencionado prólogo (esclarecedor) y dos artículos publicados por el escritor católico en La Nación después del suicidio. El librito se devora, tanto por la forma como por el contenido. Porque Lugones -es momento de decirlo- también resulta sumamente interesante y tampoco merece la amnesia nacional a causa de sus ideas políticas extraviadas del último tramo existencial. Le cedo la palabra a Jorge Luis Borges:

“Entonces aquel hombre, señor de todas las palabras y de todas las pompas de la palabra, sintió en la entraña que la realidad no es verbal y puede ser incomunicable y atroz, y fue callado y solo a buscar, en el crepúsculo de una isla, la muerte” 
Leopoldo Lugones, 1955

La crítica castellaniana a las obras poéticas y en prosa del “señor de todas las palabras y de todas las pompas de la palabra” es -salvando el abismo descomunal- hermana de la que este blog propone, dirán ustedes con qué suerte: la crítica como práctica lectora. Es decir, el cura transmite, básicamente, experiencias de lectura que examinan tanto la destreza técnica de las expresiones poéticas como las ideas (descabelladas) de la prosa del vate. “Sus versos me convencen más que sus ensayos”, sentencia. Borges, a quien Castellani tacha de “blasfemo oficial de la República”, había escrito algo simular de Lugones:

“…sus razones casi nunca tenían razón, sus epítetos, casi siempre…“. 

El sacerdote es -como Lugones, como casi todos nosotros, los que integramos la despareja fauna de las redes sociales- intensamente argentino en su carácter de curioso insaciable, gran lector improvisador e improvisado, autodidacta en materia literaria, aunque posee una muy sólida formación tomista. Sus juicios son valiosos -destaca Bentivegna- porque se “abstiene de la apología hueca y del rechazo infundado”. Tomen nota los comentaristas dominicales, paradigmas contemporáneos del intelectual esnob (Castellani, por cierto, fue cualquier cosa menos un esnob).

Otra digresión. En 1964, Castellani, azote del fariseísmo, denuncia una ambición de los intelectuales cartabiertistas de su tiempo que ha perdurado incólume medio siglo:

“Hoy día la desdicha del poeta es grande si no consigue un puesto en Teléfonos del Estado, desde el cual se puede tratar a ladridos a todo el mundo”.

Uno no puede dejar de mencionar una ocurrencia gramatical de Castellani, acaso inspirada por el portugués o por el castellano antiquísimo. Ojalá hubiera llegado a prosperar. El jesuita fue un inventor de contracciones: desos, dellas, deste, anoser, apesar. ¿Piensan que es snob apoderase desta lindeza?
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: La próxima reeimpresión de Leonardo Castellani debe ser Critica literaria.  

jueves, 12 de febrero de 2015

Los libros que no hay que leer nunca


El moscardón imaginario XLIV




Internet y los suplementos culturales están infestados de enumeraciones superficiales, del tipo las “Veinte mejores novelas de este siglo“ o bien “Las cincuenta obras de ciencia ficción que no podes dejar de leer“. Son inútiles o perjudiciales, estableció hace más cien años Oscar Wilde. “La apreciación de la literatura es cuestión de temperamento no de enseñanza”, sostenía el genial irlandés en la deliciosa reflexión titulada Hay que leer o no leer. “No existe manual del aprendiz del Parnaso y nada de lo que se puede aprender por medio de la enseñanza vale la pena de aprenderse”, añadía. Pero recomendaba, en cambio, elaborar listas de los libros que no hay que leer nunca, entre ellos todo el teatro de Voltaire y todos los volúmenes de argumentación y aquellos en que se intenta probar algo.

La recomendación de Wilde no ha perdido sustancia pues hoy -al igual que a fines del siglo XIX- “se lee tanto que ya no tiene uno tiempo de admirar”. Por eso, después de una larga meditación que ha pasado revista a más de cuarenta años de lecturas, me animo a proponer un catálogo con 50 especies de libros que no vale la pena tocar ni con un palo a tres metros de distancia. A menos claro, que usted pertenezca a esa singular categoría humana que se solaza despilfarrando el tiempo. A saber:

1) Los libros que han recibido en este blog la calificación de “regular”.

2) Las novelas de Ricardo Piglia, excepto quizás Respiración artificial.

3) Las recopilaciones de artículos periodísticos que hayan sido publicados después de 1980, con la única excepción de La felicidad de los pececillos de Simon Ley.

4) Las obras menores de los grandes escritores como El sueño del celta de Vargas Llosa, o Los años de peregrinación del chico sin color de Haruki Murakami.

5) Las novelas en español que hayan ganado algún premio literario organizado por una editorial o un diario en los últimos treinta años (*).

6) Las novelas de Paulo Coelho y de Federico Andahazi.

7) Las novelas argentinas con menos de doscientas páginas donde no haya un estilo en juego.

8) Las biografías escritas por periodistas argentinos.

9) Las novelas escritas por periodistas argentinos.

10) Los libros de investigación periodística que se consiguen a los pocos meses en las mesas de saldo.

11) Los libros doctrinarios, siempre y cuando la doctrina no diga cosas necias, divertidas.

12) Las antologías de cuentos de escritores principiantes. Son fáciles de identificar, suelen denominarse la ‘Nueva Guardia’.

13) Los diarios de Abelardo Castillo y de Paul Auster.

14) Los diarios de aquellas personas sin malicia o a las que nunca le han ocurrido cosas interesantes.

15) La literatura de supermercado.

16) Las novelas de José Pablo Feinmann y de Alberto Manguel.

17) Los libros de autoayuda.

18) La literatura naif europea.

19) Los cuentos simplones de Banana Yoshimoto.

20) Las novelas de amor de Sandor Marai.

21) Los ensayos con ínfulas filosóficas de George Soros.

22) Todos los libros en general que no demanden una relectura.

23) Las novelas de Dan Brown, salvo El código Da Vinci, pero ésta abordada con intenciones sociológicas no artísticas.

24) Las novelas de los imitadores de Aira.

25) Las novelas de dos Premios Nobel: Herta Müller y J.M.G. Le Clezio.

26) Los libros de historia de Pacho O’Donnell y Felipe Pigna.

27) Las obras explícitas, aquellas donde los narradores se entrometen una y otra vez para pregonar un mensaje o para decirlo todo ("Solo los mediocres desarrollan cuanto tocan", sentenció Oscar Wilde).

28) Los ensayos a vuelo de pájaro, que no estén muy bien escritos.

29) Todo lo de Isabel Allende.

30) El 80% de lo que escribió Carlos Fuentes y Andrés Rivera.

31) Los libros de economía destinados a la gente que nada sabe de economía.

32) Las colecciones temáticas de cuentos (tipo “Cuentos de fantasmas”), a menos que uno sea un lector inexperto en busca de autores para seguir.

33) Las versiones abreviadas de los clásicos.

34) En general, aquellas novelas sin poética o filosofía o una historia cautivante.

35) Los libros puercos, con nada más que pornografía, entendida ésta en un concepto amplia que abarca la violencia y la codicia, además de las relaciones sexuales.

36) El género chick lit.

37) La literatura del yo contemporánea en idioma español, con la excepción de las obras de Enrique Vilas-Matas.

38) Todo lo de Jorge Bucay.

39) Los libros para adolescentes.

40) Aquella ciencia ficción que provenga de una imaginación pobre.

41) Las novelas cuya erótica sea incapaz de sobreponerse a una mala traducción.

42) Los libros para padres.

43) Los textos parásitos que, como si se tratasen de una hiedra venenosa, se enroscan en torno a un tronco noble. Por ejemplo, las obritas, más o menos amables, sobre Borges.

44) Las tesis o tesinas universitarias en formato libro.

45) El equivalente literario al rock chabón.

46) Las obras pueriles de Julio Cortázar como Último Round.

47) La poesía de Mario Benedetti.

48) Todo lo de Eduardo Galeano, a menos que hayas nacido después de 1990.

49) La poesía española del siglo XIX.

50) Las páginas que narren sueños.


PD: Obviamente, la lista está incompleta, por lo que la iré engordando conforme se me ocurran otros caprichos. Mucho agradeceré al lector del blog, su consejo y participación en el juego.

PD II: El señor Carlos E. Fernández me advierte en Twitter una excepción notable al punto cinco: Los detectives salvajes de Bolaño ganó el Premio Herralde en 1998. Tiene razón, Carlos. Es una de las mejores novelas que ha engrendrado América latina. Por otro lado, queda demostrado la inutilidad de establecer reglas sobre la creación literaria. Siempre habrá una excepción que nos escupa el asado.