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lunes, 20 de noviembre de 2017

Una pizca de maldad

Por Guillermo Belcore

Las pocas novelas de China que llegan a la Argentina permiten colegir que en las antípodas cunde el malhumor existencial entre aquellos intelectuales que se han dedicado al cultivo de las bellas letras. Es extraño, lo mismo ocurría en Estados Unidos a fines del siglo XIX cuando la nación comenzaba a transformarse en una gran potencia económica, en un nuevo actor global.

Esa enemistad al orden establecido (una plutocracia), es en ambos casos más social que político, en el caso de los chinos, quizás, porque la odiosa censura del Partido Comunista aprieta como la peor camisa de fuerza. Cualquier generación iconoclasta ve aridez, esnobismo y simple insensibilidad por doquier. Por lo general, la insatisfacción de los modernos se manifiesta, en última instancia, contra lo moderno en sí. Además, suelen mostrarse irritados no porque el país -la época- sea socialmente injusto (que lo es), sino porque es espiritualmente vacío.

Una versión particularmente radical del malestar chino con la modernización acelerada y sin alma acaba de llegar a la Argentina. Con el apoyo del aparato estatal chino, el sello Adriana Hidalgo Editora, especializado en exquisiteces, publicó una novela extraordinaria, más psicológica que policial, que parece hija de convulsiones como la I Guerra Mundial o de pesimismos disolventes como los que ha establecido Cioran. Un tal Ah Yi (Ruichang, 1976) la entregó a la imprenta en 2012.

Una pizca de maldad (182 páginas) narra, básicamente, un asesinato por aburrimiento. "Porque no encontraba manera de llenar un vacío y solamente por eso, una persona decidió jugar al gato y al ratón, y mató a otra persona". Tremendo, ¿no? Pasa todos los días, sobre todo en el sector de la sociedad afortunado, pues el que lucha por el sustento cuando mata lo hace por razones más lógicas como los celos, la envidia o la codicia.

La novela está compuesta en primera persona. Oímos la voz del criminal desde la cárcel, desde el corredor de la muerte. Evoca paso a paso su historial delictivo un jovencito proveniente de una familia, si no acomodada, con algunos privilegios, pues pertenece a la nomenklatura roja. En Oriente u Occidente, al parecer, ocurre lo mismo: estás dentro o fuera del sistema.

UN INADAPTADO


El protagonista vivía con sus tíos. Así se describe:

"...la abulia, el tedio, la pereza y la crueldad con que los años habían formado parte de mi personalidad se habían grabado en mi rostro e intimidaban a todo aquel que me observaba...".

Es más que una adolescencia mal llevada. El inadaptado cree que nada tiene sentido y que no existe asunto que lo conecte con el mundo. Piensa como Zarathustra:

 "...entendí la razón por la que tantas personas se dedican a la caridad. Como si fuera una especie de Dios, el afecto y la autoridad parecían emanar de cada uno de mis gestos...".

Con un ardid, el chico cita a una compañera de colegio (acababan de graduarse) a la casa de sus tíos. La cose a puñaladas y arroja el cadáver, boca abajo, dentro de un lavarropas. Huye de la ciudad. Tiene dinero, le había robado a la tías unas monedas tan antiguas como valiosas. Con casi veinte mil yuanes en la faltriquera, divaga de un lado a otro, la policía le pisa los talones, se había convertido en un caso famoso. En todos lados tropieza con la maldad, la estupidez y el materialismo agobiante. Mientras corre siente que la vida se convierte en algo compacto, simple y lleno de tensión, por eso cuando las autoridades y el periodismo pierden interés en él, nuestro antihéroe primero quiere suicidarse y luego se entrega. En prisión gana respeto con una brutal agresión. En los tribunales, malogra un intento de su madre de que le permuten la pena de muerte. China está obsesionada con el asesino sin móvil: se exasperan por entender por qué la mató.

Una espantosa sensación de tedio no es una excusa válida. Ha llegado el momento de dedicarle un párrafo al autor. Ah Yi es el seudónimo de Ai Guozhu. Antes de dedicarse al periodismo y a la literatura, fue agente de la policía. Ejerció cinco años en un pequeño pueblo de provincia ¡Ah, la experiencia como fuente de conocimiento! ¡La buena y vieja experiencia de John Locke y David Hume! Ese saber elemental y profundo que en la Argentina llamamos calle le permite a Gouzhu tallar unas notables escenas de incompetencia policial, roñosería carcelaria y deshonestidad judicial.

La siempre atractiva figura del cínico no es la única virtud que lleva en volandas al libro. La prosa es sutil, elude con elegancia las trampas del costumbrismo. La chinesidad aflora con delicadeza en alguna metáfora, en expresiones aisladas. Los comentarios suenan siempre inteligentes. El telón de fondo esta teñido por el feísmo; los personajes son casi todos personas deleznables, incluso los niños. Paladas y más paladas de realismo sórdido. La China en franco desarrollo parece una distopía de Philip Dick con muchedumbres opresivas allí donde une pise y un Estado policial que te obliga a exhibir el documento si quieres usar Internet en un cibercafé.

Como pieza artística, Una pizca de maldad es sobresaliente, en forma y fondo. Se entiende por qué Beijing ha querido promocionarla incluso al otro lado del planeta. El genio literario es un don rarísimo, aflora donde uno menos se lo espera; en última instancia no depende de talleres literarios o estudios universitarios. También un ex agente de policía de provincias puede escribir una de las mejores novelas del año.
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.



Calificación: Muy bueno

domingo, 29 de enero de 2017

El invisible

En Lejano Oriente, como todo el mundo sabe, funciona una de las más eficaces (y odiosas) maquinarias de censura de la Tierra. Debe ser horrible escribir, componer o pintar con miedo a irritar al ubicuo Partido Comunista Chino. Pero la Historia ha demostrado, sobradamente, que el genio artístico siempre se las ingenia para soslayar a la represión política o religiosa. La Inquisición, por citar dos nombres célebres, no pudo callar a Góngora y Quevedo. He aqu¡ otro caso.

La primera novela publicada en español de Ge Fei (nombre art¡stico del profesor Liu Yong) es un producto magn¡fico, en efecto. Hace cr¡tica social, aunque no embiste abiertamente contra el régimen de los mandarines rojos (el mismo truco que Leonardo Padura con el castrismo). Al fin y al cabo, como Borges nos enseñaba, los procedimientos oblicuos son siempre más eficaces.

El invisible (Adriana Hidalgo Editora, 166 páginas) refiere a un audiófilo, a un simple artesano. Un hombre de 48 años sin un cobre en el banco que está punto de quedar en la calle por culpa de su hermana y de su cuñado. Arrastra una decepción amorosa y sufre la traición de un amigo de la infancia. Se dedica a fabricar amplificadores valvulares: "En Pek¡n los que vivimos de este negocio no seremos más de veinte personas. Debe ser una de las profesiones más insignificantes de la China actual'', explica en el cap¡tulo dos.

La novela está narrada en primera persona con pinceladas de lo que los cr¡ticos llaman técnicas de complicidad, como si el autor le contara su historia a un amigo al calor de una lumbre con un vaso de vino en la mano.

ESCEPTICO


La erótica de la obra deviene de su "humilde punto de vista''. Nuestro héroe cansado habla desde las dos atalayas más estimulantes: el escepticismo y el cinismo. Le sobra aquello que los filósofos llaman el sano entendimiento humano. Al parecer en la China actual (como en la Argentina), no resulta sencillo encontrar una persona honesta y de buen corazón. Escuchemos su voz de nuevo:

"Mi experiencia de tratar con profesores universitarios me hab¡a enseñado que todas las personas con cierto saber ten¡an una facilidad incre¡ble para hacerte sentir una basura''.

El pobre diablo no sólo vapulea con su desdén a los intelectuales, sino también a esos tipos forrados de dinero y absolutamente vacíos, as¡ como a los seres humanos que tienen un pésimo gusto musical. El volumen, por lo demás, es una suerte de exquisito catálogo de música clásica.

Los dos núcleos incandescentes del libro, -avaro en páginas pero rico en ideas y acontecimientos- son el inminente desalojo y la venta del "mejor equipo de música del mundo'' a un magnate siniestro. En el medio, nos encontramos con la impotencia del técnico de hi-fi para volver a enamorarse y con "esquirlas preciosas del pasado" que "como un eco de voces apagadas hace mucho, remueven la lenta memoria". Cómo no identificarse, hombres y mujeres maduros de todos los pa¡ses, con esta reflexión que nos llega al alma desde el Imperio Celeste: "Cuando esa sensación de soledad tan peculiar te oprime el corazón, es posible sentir el paso devastador del tiempo y temer que tu momento ya pasó, que has malgastado lo mejor de tu vida''. Ni Graham Greene, pudo decirlo mejor.

Otro agrado es Ge Fei que no hace concesiones al pintoresquismo. La mayor¡a de las referencias culturales son occidentales. La China profunda aparece aquí y allá, pero nunca como una excursión para turistas frívolos, sino como un delicado telón de fondo con tonos suaves. En el primer plano del cuadro está la complejidad de las relaciones humanas, los lazos familiares (esa fina capa de hielo) el sentido de vida, las penurias para ganarse el pan. Es por tanto una muy agradable lectura universal y trascendente.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Economía de La Prensa

Calificación: Muy bueno

sábado, 12 de julio de 2014

El don

Mai Jai

Destino. Novela, 477 páginas. Edición 2014.

El ascenso de China al más exclusivo de los clubes -el de las potencias globales- viene acompañado con una firme determinación. Demostrarle al mundo que es capaz de producir con calidad todos los bienes culturales que ha generado Occidente, desde los Juegos Olímpicos hasta el bestseller, esa subespecie literaria que se parece al arte como un relojito de Hong Kong a las maquinarias suizas. Así, el omnipresente Estado chino, asociado con editoriales de este lado del muro de bambú, trae al castellano una novela que ha vendido la friolera de quince millones de ejemplares en su idioma original. Mai Jai (Fuyang, 1964) acaba de visitar la Argentina, país al que le une su pasado: dice que el único libro que leyó en el Tíbet durante tres años de servicio militar fue una antología de los cuentos de Jorge Luis Borges. Dice que ganó un concurso de memoria recitando veintiséis poesías de Borges sin pifiar un solo verso.

Se narran aquí las peripecias de Rong Jinzhen, un auténtico genio matemático. La China de Mao Tse Tung lo recluta para trabajar en la misteriosa Unidad 701 del servicio secreto. Su misión es descifrar los códigos militares del enemigo. Vale decir, este es un libro sobre la criptografía, pero hasta la página doscientos y monedas no nos percatamos del corazón de la historia; el autor se demora narrando el árbol genealógico del protagonista. La primera parte del libro tiene, por cierto, un dejo garcíamarqueano. Reconoce Mai que uno de sus libros favoritos (y de miles de sus compatriotas) es Cien años de soledad.

Se ha señalado que El don está salpimentada con una enorme variedad de elementos autobiográficos, por eso es también una novela sobre la belleza de las matemáticas, ese palacio de precisos cristales, según la hermosa definición borgeana. Está muy bien la suave denuncia de la razón de Estado que aplasta a su antojo los destinos individuales (suave, dijimos, recuérdese que la obra ha evitado una de las censuras más odiosas del planeta). La prosa de Mai es muy legible; su arquitectura, inteligente. Pero los personajes, aunque atractivos, carecen de profundidad psicológica; parecen figuritas. Para redondear, este libro podría ser ubicado en la categoría de los “casi buenos”. 
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: regular