Mostrando entradas con la etiqueta socialismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta socialismo. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de noviembre de 2018

Tiempos modernos

Es muy probable que Tiempos Modernos (Javier Vergara Editor, edición 1998) sea el mejor libro de Paul Johnson (Manchester, 1928). El más popular de los historiadores de la derecha encierra (y explica) casi setenta años de historia planetaria dentro de un marco conceptual: la mayor parte de las tragedias contemporáneas, a pequeña y gran escala, se han originado por un cambio de mentalidad que decantó en Occidente y contaminó el resto del mundo. Relativismo moral es el nombre del villano de nuestra era. En la Argentina populista, agregamos nosotros, sigue haciendo de las suyas.

El historiador católico considera que el genio científico gravita sobre la humanidad mucho más que los estadistas o los guerreros. Básicamente, somos todos hijos de la Teoría General de la Relatividad. Se ha licuado una certeza decimonónica que operaba como barrera de contención de las conductas: las personas necesitan poseer absolutos morales basados en la fe. Todo es relativo, hasta el tiempo y el espacio. 

Adiós, Isaac Newton y las Sagradas Escrituras. Compiten por nuestras almas Karl Marx (la dinámica fundamental del mundo es el interés económico); Sigmund Freud (el impulso fundamental tiene carácter sexual) y Frederic Nietzsche (todo es voluntad de poder). Por cierto, Johnson sostiene que el siglo XIX (el siglo de Inglaterra) fue el más estable y productivo en la historia de la humanidad. El siglo XX corto (1914-1989) fue una gran calamidad, la era de las masacres. ¿Quién puede desmentirlo?

La encarnación histórica más monstruosa del relativismo moral postula Johnson han sido Hitler, Stalin y Mao Tse-Tung. La “conciencia revolucionaria“, “la moralidad superior del partido” destruyeron la filosofía de la responsabilidad personal, de raigambre judeocristiana, con los resultados a la vista. Categorías enteras de personas fueron exterminadas en nombres de utopías despóticas. Es el resultado directo de haber abandonado el concepto de culpa individual y de la aparición de la ingeniería social, “la creencia de que es posible usar a los seres humanos como si fueran paladas de concreto“.

Johnson tiene talento para el pormenor significativo. El vasto recorrido por el siglo pasado siempre es ameno y la información, caudalosa, aunque el trazo por momentos sea demasiado grueso. El recuento de atrocidades, estremece. Sus héroes son los estadistas de visión y firme personalidad cuyos principios básicos inspiraban confianza como Churchill, Adenauer, De Gaulle, Einsenwoher, Thatcher y Juan Pablo II. Las revoluciones provocan más problemas de los que resuelven, es una de sus máximas favoritas.

En cuanto a la filosofía de la Historia, advierte que no existen los acontecimientos inevitables. El papel esencial lo cumple la voluntad individual. Pone como ejemplo 1941, cuando Hitler y Stalin jugaron al ajedrez con la humanidad. Al fin y al cabo ninguno de estos hombres representó fuerzas tectónicas irresistibles o siquiera poderosas; lo contrario del determinismo histórico es la apoteosis del autócrata individual. No obstante, Johnson cree oportuno aplicar una ley de la economía (“esa ciencia inexacta”) al devenir de todos los asuntos humanos:

“El principio totalista de la corrupción moral desencadena una satánica Ley de Gresham que determina que el mal expulse al bien”

Dicho con una metáfora: abrir siquiera una rendija de la puertas del Infierno es suicida para los pueblos.

Hay que destacar que en las ochocientas seis páginas del ensayo la Argentina no merece más que seis carillas. Recibe una tunda Juan Perón, “seudo intelectual, con el don de la verborrea ideológica, del tipo que iba a ser muy común durante la posguerra”. El Justicialismo como doctrina carece de sustancia, según Johnson. “Perón ofreció una demostración clásica, en nombre del socialismo y del nacionalismo, del modo de destruir una economía”, escribió. Nuestro país -destaca- es ejemplo de una las lecciones más lamentables del siglo XX: apenas se permite la expansión del Estado, es casi imposible reducirlo. Que lo diga Cambiemos, si no.

LA REACCION

Siguiendo la tesis johnsoniana, se podría afirmarse que el relativismo moral sigue campeando a sus anchas, dado que la eliminación de los puntos de anclaje fijo sigue su curso en distintos ordenes de la vida cotidiana, desde la sexualidad (aquí también ha sido dramática la declinación de la responsabilidad personal) como la crítica literaria que ya no quiere regirse por sistemas jerárquicos de evaluación. Licuefacción de la modernidad, lo ha llamado el filósofo Zigmunt Bauman.

El relativismo, asimismo, sigue siendo el fundamento de muchas conductas perversas en el campo de la acción política, un proceso corruptor que naturalmente traba la creación de riqueza. Mas aun, podría decirse que es la sabia nutricia del populismo latinoamericano. “Roba pero hace”, “robaron pero había inclusión social”, “lo único importante es el proyecto” son los argumentos que se esgrimen, por ejemplo, para justificar las trapisondas de un Lula da Silva o una Cristina Kirchner, y sus secuaces. Vale decir, hasta el concepto de decencia es relativo. ¿Es necesario recordar que la corrupción es un lastre para el desarrollo nacional? 

Cuando se eliminan las limitaciones morales de la religión (no robarás), la tradición, la jerarquía y el precedente el resultado suele ser catastrófico, es la enseñanza que un pensador tenazmente conservador en lo político y liberal en lo economía quiso dejarle a los lectores de su espléndida síntesis.

Empero, hay espacio para el optimismo. Uno puede concluir tras la lectura provechosa de Tiempos modernos -uno de esos libros imprescindibles- que la corrección de excesos es inevitable en sociedades sanas que se rigen por el liberalismo político. Trump, Salvini y Bolsonaro son la respuesta actual de los pueblos a ciertas exageraciones del relativismo moral como la destrucción del principio de autoridad en la calle o en la escuela. Ayer, se llamaban Thatcher y Reagan. A la Historia le complacen las simetrías.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

miércoles, 29 de abril de 2015

Picketty, el azote de la creciente desigualdad (II)

POR GUILLERMO BELCORE

Como las olas borrascosas en la playa, hay ciertas ideas que siempre retornan con fuerza. La utilidad social es una de ellas. Durante y después de la Revolución Francesa, las propiedades de la Iglesia fueron declaradas “nulas de utilidad social” y confiscadas. El concepto quiere retornar en el vertiginoso siglo XXI. ¿Qué interés, provecho o fruto obtiene la comunidad de los supersueldos que pagan las multinacionales a los CEO, de las rentas improductivas de los magnates, de la escandalosa elusión (o evasión lisa y llana) fiscal de esos individuos ricos como países enteros?, se pregunta el economista más comentado (mas no leído, ¡ay!) desde el año pasado. La desigualdad social es una amenaza para la democracia liberal. Roe uno de sus pilares: la meritocracia. El heredero de una gran fortuna no es otra cosa que un parásito. Elevados impuestos -a nivel global para que nadie se salga con la suya fugando fondos al extranjero- es el antídoto según el francés Thomas Piketty.

El capital en el siglo XXI (Fondo de Cultura Económica, 663 páginas) acaba de desembarcar en las librerías argentinas. Un intenso debate había generado el año pasado en el Primer Mundo; en Argentina sólo han desenvainado la espada para defenderlo los economistas ‘K‘, es especial desde que fue recibido por Axel Kicillof y Cristina Kirchner. Si cada obra debiera ser juzgada por la ambición de su autor (variable muy relevante, por cierto), Piketty merecería el Premio Nobel. Este profesor de la Ecole d’Economie de París de 44 años ha buscado ser el Lord Keynes contemporáneo; es decir el economista más influyente de su era. El artículo que usted está leyendo expondrá las ideas primordiales del jacobino Piketty que -como Rousseau en el siglo XVIII- pregona que la propiedad privada puede y debe ser limitada por razones de utilidad social.

LA MISION DE UN HOMBRE

Como científico social, se ha impuesto Piketty una misión en la vida: reubicar el tema de la distribución de la riqueza en el centro del análisis económico y de que salté allí al corazón del debate político (no se hace muchas ilusiones al respecto, ya volveremos sobre el punto). Como Keynes, puede que -acaso secretamente- este neomarxista pretende reformar al capitalismo para salvarlo de sí mismo. En tres cuartas partes de su ardua y minuciosa obra maestra, analiza la evolución en la distribución de la riqueza y de la estructura de las desigualdades desde el siglo XVIII. En el último tramo intenta sacar conclusiones sobre el porvenir.

Piketty define nociones, quiere ayudar a comprender los procesos históricos en juego, describe principios fundamentales del capitalismo, desarrolla la evolución de la relación capital/ingreso, explica las leyes generales que rigen en promedio las dinámicas patrimoniales. Presenta evidencia empírica y aporta digresiones valiosas, como la medición económica de la esclavitud en el sur de Estados Unidos, la explicación de por qué el estatismo es popular en Francia o la refutación del vaticinio de que los chinos llegarán a poseer al mundo. Navegando entre tres siglos de estadísticas arriba a una conclusión escandalosa: “los grandes capitales privados, a pesar del colapso de 2007-2008, gozan hoy de una prosperidad no vista desde 1913". Algo hay que hacer para remediarlo, machaca. Porque si bien el trabajo empresarial es una fuerza absolutamente indispensable para el desarrollo económico, “el capital sin trabas es enemigo del mérito y por ende de la democracia“. El hombre de negocios termina transformándose en rentista.
Las ideas económicas del libro pueden resumirse pues en siete puntos:



1 - La tasa de rendimiento del capital supera de modo constante la tasa de crecimiento de la producción y del ingreso. Esta es la contradicción fundamental del capitalismo y la noción más ardua de aprehender porque deviene de una fórmula matemática (el desequilibrio r > g). "Si uno analiza el período desde 1700 hasta 2012 se ve que la producción anual creció a un promedio de un 1,6%. En cambio el rendimiento del capital ha sido del 4 al 5%", indicó Piketty a The New York Times.

2 - No hay ninguna razón para creer en el carácter autoequilibrado del crecimiento económico. Sólo la acción estatal modera la desigualdad.

3 - La desigualdad es mucho más doméstica que internacional, enfrenta más a los ricos y a los pobres en el seno de cada país que a los países entre sí.

4. - Las leyes de la economía de mercado y la estructura del crecimiento moderno conducen en forma natural a una mayor desigualdad social y a la inestabilidad política.

5 - La desigualdad no se resuelve con mercados cada vez más libres y eficientes.

6 - Las fortunas tan desmesuradamente desiguales (el famoso uno por ciento) tienen poco que ver con el espíritu empresarial y carecen de utilidad social.

7 - La institución ideal que permitiría evitar una espiral de desigualdad sin fin y retomar el control de la dinámica en curso sería un impuesto mundial y progresivo sobre el capital. Tributos del 80 al 90% para las rentas más altas y alicuotas de hasta el 10% sobre el patrimonio. Pero en lugar de ello -pronostica Piketty- cuando las papas quemen de nuevo la humanidad probablemente optará por alguna forma de repliegue nacionalista agresivo.


ENTRE MARX Y ADENAUER

Se ha llamado a Piketty el “Marx de nuestra era”, una exageración sin duda, pero el buen profesor no deja de reconocer su inspiración marxista, en el sentido de que basa su trabajo en el análisis de las contradicciones lógicas internas del sistema capitalista. Y en el hecho de que considera las ideas como un mero subproducto de las condiciones materiales, sean estas demográficas o económicas. Además reivindica la vigencia del principio marxista de acumulación infinita del capital. Una vuelta de tuerca previsible tres décadas después del desplome del Muro de Berlín y a pocos años de la peor crisis en el Primer Mundo desde la Gran Depresión. No obstante, el modelo político y económico que se recomienda aquí -como al pasar- no es el de Lenin o Gorbachev, sino el capitalismo renano (¿Recuerdan a Michel Albert?) de Adenauer y Merkel con su propiedad social de la empresa, con sus representantes obreros en la mesa de directorio. Hay varios capitalismos posibles, se nos avisa, además del modelo de matriz anglosajona, descalificado como ‘neoliberal‘, aquel que exhibe sus plumas doradas todos los eneros en el Foro de Davos y potencia la desigualdad.

Piketty, (como Axel Kicillof) quiere hacer economía política. Quiere enseñarle al mundo una lección elemental: la principal fuerza desestabilizadora del planeta no es el calentamiento global, los desastres naturales o los alienígenas, sino el hecho histórico de que la tasa de rendimiento privado del capital “r” puede ser significativa y duraderamente más alta que la tasa de crecimiento del ingreso y la producción “g”.

La divergencia oligárquica debería ser, entonces, el enemigo de todos nosotros, la clase media, es decir de ese “conjunto de personas que se las arreglan bastante mejor que la masa del pueblo aunque permanezcan muy lejos de las verdaderas élites”. Piketty predica con un afán tan convincente como patético por momentos. Es un mensaje muy atractivo, como la religión. El dinero y la codicia son sus grandes adversarios. Puede, incluso, que los hechos estén de su parte. Quien esto escribe acaba de leer que la diferencia en remuneración entre un trabajador promedio y un alto directivo estaba alrededor de 30 a 1 en 1970 en el Primer Mundo. Hoy en día se halla fácilmente sobre los 300 a  1 y en el caso de las empresas de comida rápida, sobre los 1.200 a 1.
Publicado en el Suplemento de Economìa del diario La Prensa.

miércoles, 22 de enero de 2014

Anuncio una casa donde ya no quiero vivi

Bohumil Hrabal

El Aleph. 127 páginas. Cuentos. Edición 2006.


La insoportable levedad del ser comienza con una persuasiva interpretación del mito del eterno retorno. Milan Kundera entiende que Nietszche ha querido decirnos “per negatio-nem, que una vida que desaparece de una vez para siempre, que no retorna, es como una sombra, carece de peso, está muerta de antemano y, si ha sido horrorosa, bella, elevada, ese horror, esa elevación o esa belleza nada significan. No es necesario que los tengamos en cuenta, igual que una guerra entre dos Estados africanos en el siglo catorce que no cambió en nada la faz de la tierra, aunque en ella murieran, en medio de indecibles padecimientos, trescientos mil negros. ¿Cambia en algo la guerra entre dos Estados africanos si se repite incontables veces en un eterno retorno? Cambia: se convierte en un bloque que sobresale y perdura, y su estupidez será irreparable“.

Estupidez irreparable, aquí me quiero detener. Es lo que primero que me vino a la mente leyendo este puñado de historias defectuosas ambientadas en el llamado socialismo real que el Ejército Rojo le infligió a punta de bayoneta a la amable Checoslovaquia después de la II Guerra. Kundera añade en la primera página de su hermosa novela:

“Si la Revolución francesa tuviera que repetirse eternamente, la historiografía francesa estaría menos orgullosa de Robespierre. Pero dado que habla de algo que ya no volverá a ocurrir, los años sangrientos se convierten en meras palabras, en teorías, en discusiones, se vuelven más ligeros que una pluma, no dan miedo. Hay una diferencia infinita entre el Robespierre que apareció sólo una vez en la historia y un Robespierre que volviera eternamente a cortarle la cabeza a los franceses“.

Es verdad, la idea de fugacidad -incluso hoy en día- absuelve. En cambio, la pesada perspectiva nietzscheana obliga a condenar sin paliativos, por ejemplo, la encarnación del marxismo en la Historia, con su concomitante aplicación de trabajos forzados para reeducar a la burguesía. ¡Qué payasada cruel! Imagínense si estuviera sellado su regreso. “Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche
llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada (das schwerste Gewicht)”, redondea Kundera. 

Picada mi curiosidad por un libro excéntrico de Mario Bellatin (pinche aquí) y aconsejado de la conveniencia de explorar su obra por la Guía de las letras y autores contemporáneos de Oxford, llegue a Bohumil Hrabal (Brno 1914-1977), a quien la contratapa de este libro define como “el más importante escritor checo de la posguerra”. Tengo mis dudas, no obstante. Muy poco llegó de él a nuestro idioma; su obra más conocida es Trenes rigurosamente vigilados porque saltó al cine y obtuvo un Oscar. El doctor en derecho Hrabal, aunque se ganaba la vida como obrero en la siderúrgica de Kladno, comenzó a publicar después de los cincuenta y fue otra de las víctimas ilustres del estalinismo centroeuropeo.

 El volumen que aquí se comenta se obtuvo en Mercado Libre (90 pesos, nuevo) y encierra siete cuentos de despareja ejecución. Dan la impresión de ser el producto malogrado de un autor que aún no encontró su mejor voz, pero que tiene el don. Queda claro, además, que Hrabal también tanteaba el terreno, en lo que a los temas se refiere. No estaba seguro de qué podía criticar y qué no del paraíso de los trabajadores. Tres años después de la publicación de este libro, los tanques rusos -esos puntuales inquisidores de heterodoxias- cortaban de cuajo la discusión artística. Era el fin de la Primavera de Praga (Hrabal fua acallado durante siete años). Puede que el valor literario de los relatos sea discutible, pero me parece indudable su importancia histórica.

Abre la recopilación un rotundo escupitajo al rostro del realismo socialista. Como su nombre lo indica, Kafkianas es homenaje al escritor canónico, tallado en clave de disparate. El hilo del sentido se nos pierde, pero se escucha una música. Vienen luego una serie de textos que narran la experiencia del autor en una empresa siderúrgica. La figura de los obreros voluntarios, de la reeducación política por medio del trabajo forzado, de las mujeres recluidas contra su voluntad resultan conmovedoras. Con torpeza, Hrabal ensaya una quimera: la poética de los hornos de fundición y de los parques de chatarra. En la página setenta, tropezamos con el título: la casa donde ya no quiere vivir es, obviamente, el régimen comunista. Aparecen esperpentos. Se satiriza a esas completas nulidades que cualquier despotismo aúpa para cubrir el cargo de, por ejemplo, Voluntario Civil para el Orden Público (jefes de manzana, los llamo el peronismo) o para escribir poemas de semejante ralea: “Olvidó la hija del minero su origen proletario y se dejó vencer por las tentaciones de Eros”.

A pesar de que el estilo del checo (o la ausencia de) me ha hecho rechinar los dientes, el balance es positivo. Escritores como éste nos ponen en guardia: esta estupidez irreparable es lo que les espera con el retorno de Marx. Tomara lleguen al castellano las mejores novelas de Bohumil Hrabal.
Guillermo Belcore


Calificación: Bueno


miércoles, 4 de septiembre de 2013

Un tiempo de rupturas

Eric Hobsbawm 

Crítica. Ensayo de arte, 306 páginas.

Este volumen incluye artículos, conferencias, reseñas y hasta el prólogo de un libro de Karl Kraus que Eric Hobsbawm (1917-2012) escribió en el último tramo de su vida, con la salvedad de un texto de 1964. Llama la atención el saludable giro hacia la sensatez de un historiador tan eminente como polémico. En lugar de la justificación en nombre del progreso de los crímenes de Stalin, se oye ahora una voz delicadamente conservadora, rebelándose contra la desintegración de la modernidad, en nombre de los viejos valores universalistas. En el terreno artístico, las objeciones resultan absolutamente persuasivas. Quién sino un necio no se indigna con toda su alma ante la ausencia de profesionalidad -el talento parece que ya no es relevante- con que se fabrican en serie esas mercancías con las que nos apabulla la industria editorial. Quién no puede compartir la sentencia de que el arte conceptual es el refugio por excelencia de los charlatanes. El viejo gladiador marxista nos advierte también de que el Estado -el poder político, en realidad- puede ser tan nefasto para la cultura como el mercado o los imperativos morales. Tómese nota en la Argentina.

El lector será invitado a reflexionar, entre otros temas, sobre el aporte del judaísmo al pensamiento universal, el elusivo concepto del patrimonio cultural, el destino trágico de la Mitteleuropa, el presente y el futuro del mecenazgo, el papel del intelectual, el fracaso de las vanguardias del siglo XX. La insaciable curiosidad y la asombrosa erudición de Hobsbawm tornan fascinante la travesía. Un espléndido legado.

Guillermo Belcore
Publicado el domingo pasado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno


domingo, 12 de febrero de 2012

Una vida de lujo

Jens Lapidus
Suma. Novela policial, edición 2011, 640 páginas.

La novela de fuste contiene también valiosos fragmentos de información. El lector curioso agradece siempre el intento de trazar un mapa lo más aproximado posible a la realidad, máxime cuando se trata del género policial. Esas pepitas de realidad son, en términos literarios, lo más relevante del último tomo de la Trilogía Negra de Estocolmo, ambiciosa construcción de más de dos mil páginas del abogado Jens Lapidus, que cuenta con material de primera mano sobre los bajos fondos y las zonas grises en uno de los países más civilizados del planeta. Pero los paraísos, como se sabe, no existen. El Estado socialista también está acechado por enemigos: mafiosos que provienen de Europa oriental; inmigrantes de primera o segunda generación, cargados de resentimiento; vinkingos de pura sangre obsesionados con acumular una fortuna de la noche a la mañana o con evadir impuestos; corruptos, viciosos, patoteros o inadaptados con el gen bandido (“terroristas del cash”) de todas las procedencias.

No hace falta haber leído las dos entregas anteriores de Lapidus para asimilar la trama. Tres líneas narrativas la componen. La primera narra una guerra en el imperio criminal del Padrino serbio, Radovan Kranjic; la segunda involucra al policía Hägerström, un aristócrata gay devenido en agente secreto para desenmascarar a un lavador de dinero; la tercera la protagoniza una banda de asaltantes, encabezada por el chileno Jorge, que perpetra “el robo del año”. Obviamente, las paralelas terminan convergiendo.

Se ha comparado a Lapidus con el gran James Ellroy. La influencia se percibe con claridad en la decisión artística de construir un artefacto hiperrealista, a contrapelo del mainstream teatral y pretencioso, que encarna Mankell y sus émulos nórdicos. Pero en cuanto al estilo y la ejecución, Lapidus es una versión degradada del escritor norteamericano. Nada bueno puede decirse de la prosa salvo que es muy legible: las metáforas son deleznables (“colgado como el Golden Gate”, “callado como un celular estrellado“), las referencias muy pobres (aluden siempre a la cultura masiva estadounidense), las escenas de acción y de sexo son telegráficas, parecen obra de un chico del colegio secundario. Por fortuna, la traducción es al gusto argentino, rica en lunfardo y palabrotas de nuestras gente: sánguche, cheto, cafisho, concha, jeta, mina, boliche, cana, guita, pancho. Pero volvamos al principio: lo más importante de todo es que los fragmentos de realidad y las historias tienen la capacidad de mantener a un lector exigente aferrado de las solapas hasta la última página, sin aburrirse nunca. No es poco.

Guillermo Belcore
Una versión más breve se publico hoy en el suplemento de Cultura de La Prensa y sus diarios asociados.

Calificación: Bueno

PD: Lapidus da algunos consejos prácticos a aquellos lectores que deseen incurrir en actividades delictivas. ¿Teme que la policía interfiera sus teléfonos móviles? Use Skype, hombre. ¿Quiere lavar dinero? Compre un departamento a un precio oficial subvaluado y véndalo al valor real. Es decir, si sale un millón de dólares: paga la mitad en blanco y el resto en negro. Podrá blanquear así medio millón. Quiere algo más fácil: ronde los casinos y los hipódromos, compré los tickets premiados al 120%. ¡Qué mundo de sinvergüenzas!

PD II: Leí y comenté el primer tomo de la Trilogía. Este me pareció mejor construido. Concluyo que Lapidus está mejorando.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Daños colaterales

Zygmunt Bauman
Fondo de Cultura Económica. Ensayo de sociología. 233 páginas. Edición 2011


Borges lo razonó primero. Sus finas antenas imaginaron un mundo gobernado exclusivamente por el azar. El cuento La lotería de Babilonia (Ficciones, 1944) es, para el pensador Zygmunt Bauman, la más certera descripción de la vida en la modernidad líquida, es decir en el azaroso mundo en que hoy nos toca existir. Nuestra Babilonia es también "un infinito juego de azares''. Todo es provisorio, frágil, movedizo y sólo resulta sólida la adherencia a la fluidez. Con el ideal de certeza más allá del alcance individual o colectivo, hay una multitud de razones, muchas más que cincuenta años atrás, para sentir o padecer inseguridad. Rige una pánica incertidumbre.

  Sociólogo de profesión y analista de excepcional perspicacia, Bauman (Poznan 1925) rastrea la caótica trayectoria del individuo en el mundo pos guerra fría. Ha concebido una idea genial: la licuefacción de la modernidad. Esa metáfora proporciona una explicación convincente tanto a nuestra angustia existencial como a los cambios tumultuosos que se suceden ante los ojos.

El Fondo de Cultura Económica acaba de publicar una colección de ensayos del erudito nacido en Polonia, pero afincado en Gran Bretaña. Se titula Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global. El libro resulta esclarecedor más allá de alguna exageración (el nazismo no es comparable con ninguna de las tropelías de la administración Bush), del eurocentrismo, o de algún capricho aislado (denuncia la inseguridad que provocan los mercados pero minimiza la de las calles degradadas). Como el volumen se articula en torno a distintas conferencias dictadas entre 2010 y 2011 menudean las repeticiones: se usa tres veces, por ejemplo, una espléndida sentencia de Ulrich Beck: 

"Hoy se espera de los ciudadanos que busquen soluciones individuales a las contradicciones del sistema''.

Los diagnósticos de Bauman son impecables, y mezclan filosofía, una visión amplia de la Historia y psicologismo. Denuncia, básicamente, que "la globalización de la desigualdad'', inspirada sólo en el lucro, no sólo condena a millones de personas al destino de baja colateral sino que también destruye magníficas conquistas de la Humanidad, como el Estado de Bienestar (la expresión daño colateral proviene del ámbito militar: son las víctimas no deseadas, por ejemplo durante un bombardeo). Estado social vs. orden del egoísmo es el combate primordial del presente.

CONSUMO, LUEGO SOY
El capítulo Consumismo y moral es provechoso. Bauman desmenuza las cualidades terapéuticas que le hemos adjudicado a la mercancía, como mecanismo de compensación. Las cosas se han convertido en una suerte de analgésicos morales. Regalamos cosas para compensar nuestras ausencias (una característica de la escenario líquido es que se nos exige estar todo el tiempo al servicio incondicional de las relaciones laborales); o compramos cosas para definir y afianzar una identidad, otra cuestión apremiante de la modernidad líquida. La mercancía suple, en otras palabras, la responsabilidad por el otro o la responsabilidad con uno mismo.

La economía ferozmente consumista -se nos advierte- tiene el cielo como límite. No sólo es insustentable (si todos gastáramos como estadounidenses se necesitarían cinco planetas Tierra) sino que genera fuertes tensiones sociales, al aumentar el número de jóvenes que entran en conflicto con la ley (no se roba para comer, sino para conseguir la carísima zapatilla de moda). "La fuerza principal de la conducta es hoy la aspiración a vivir como los ídolos públicos'', dispara Bauman. El aumento de la desigualdad social -flagelo que debería encabezar la agenda de todos los gobiernos- agrega más leña al fuego.

¿Cuál es la alternativa a todo esto? El profesor emérito de la Universidad de Leeds y la de Varsovia aboga por una suerte de despertar de la conciencia. Con un inconfundible tufillo religioso habla de "autolimitación voluntaria y disposición al sacrificio personal". Propone convertir al vecino en prójimo y pensar en un planeta social. Esto, a nivel político, implica "desempolvar el nucleo esencial de la utopía activa socialista para elevar la integración humana al nivel de una Humanidad que incluya la población total del planeta''.

ME EXHIBO, LUEGO EXISTO
Otra característica fundamental de la modernidad líquida es la desaparición de los límites entre vida pública y vida privada. Citando un trabajo de Alan Ehrenberg, quien intentó establecer con exactitud el natalicio de la licuefacción cultural moderna, el profesor Bauman recuerda que todo comenzó el anochecer de un miércoles otoñal en la década del ochenta cuando una tal Vivienne, una francesa "común y corriente" declaró en televisión, es decir ante varios millones de personas, que nunca había experimentado un orgasmo en toda su vida matrimonial porque su Michael sufría de eyaculación precoz.

El pronunciamiento, al parecer, fue tan revolucionario como el de Lenin o el de Robespierre. Dos décadas más tarde la arena pública se ha transformado en una suerte de entretenido y frívolo teatro de variedades, mientras nos zarandean a todos corrientes subterráneas de origen y destino incierto (el hombre placton). Bauman destaca la paradoja que en la era de Facebook los vínculos interhumanos siguen debilitándose, se pregunta a continuación si el disfrute cabal del sexo no demanda reserva, y sentencia que juguetitos en boga como el Twitter son "completamente inadecuados para transmitir ideas profundas que exijan reflexión y contemplación''.

En la modernidad líquida -insiste el juicioso profesor- vamos tras nuestros objetivos personales en condiciones de aguda e irredimible incertidumbre. Millones de personas pueden convertirse, de la noche a la mañana, en desechos, víctimas del colapso de un banco o el derrumbe del precio de la soja o el cobre; de las balas de un terrorista, un mafioso o un pibe chorro; de la implacable racionalidad de una organización transnacional. El Estado tal como lo conocemos es casi una reliquia, a duras penas puede proteger a unos pocos y de manera ineficaz. El mundo es una suerte de campo minado, donde todos sabemos que tarde o temprano se producir  una explosión, pero nadie sabe dónde o cuándo. El viejo sueño de la modernidad sólida de organizar, controlar y diseñar la realidad (sueño de derecha como de izquierda) ha fracasado rotundamente. El miedo y el caos que la democracia y su retoño, el Estado de Bienestar, habían prometido erradicar volvieron para vengarse.
Guillermo Belcore
Este artículo abre el Suplemento de Cultura del diario La Prensa de este fin de semana.

Calificación: Bueno

domingo, 6 de febrero de 2011

El poder en el bolsillo

Por Jorge Elías
Norma. Ensayo periodístico de 280 páginas. Edición 2010.

``Seré curioso, ¿qué lleva en los bolsillos?". El periodista Jorge El¡as (Quilmes, 1963) ha formulado está pregunta fastidiosa e indiscreta a decenas de l¡deres mundiales. La ha empleado como escotilla de acceso a la verdadera personalidad de los que mandan. Descubrir las intimidades y manías de los que gobiernan, justamente, se ha convertido en su pasión. Da cuenta de ello, en este volumen ágil, ameno y desparejo.

Se trata de un libro de periodismo, ni más ni menos. Con las virtudes y las taras que suele demostrar tan noble oficio. La prosa es clarísima, nerviosa (el zapping es su procedimiento favorito), repleta de información, de bajo vuelo literario, redundante. Elías editorializa, añade citas ocurrentes, reproduce entrevistas, retrata personalidades. Puede achacársele que, a menudo, se detiene en la superficie de las cosas y que padece de moralismo. Pero los textos desbordan de anécdotas y chismes, y están cubiertos casi todos con un glaseado de saludable escepticismo. Sólo Barack Obama y los socialistas uruguayos y chilenos -hombres y mujeres probos, serios y austeros- parecen haber conquistado el corazón de Elías, como de tantos argentinos a los que le duele la mediocridad de nuestra clase pol¡tica.

El valor de la obra radica, pues, en que el señor Elías ha viajado mucho, entrevistó a dirigentes de la talla de George Bush o Vojislav Kostunica, y tiene un singular talento para decorar los artículos con datos raros y reveladores, incluso cómicos, al mejor estilo de Paul Johnson. Uno se entera de cuál es el platillo favorito de Hugo Chávez, de que el rey de Marruecos es un tarambana, de que la esposa del primer ministro de Japón es una reventada, y de que la honestidad de Pepe Mujica resulta excesiva para los tiempos que corren. ­¡Ah!, y que casi todos los pol¡ticos son extremadamente amarretes.

Guillermo Belcore
Publicado en el suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Entretenido.

martes, 11 de agosto de 2009

La caja de los deseos

Günter Grass
Alfaguara. Autobiografía novelada, 251 páginas. Edición 2009

En el primer libro de memorias (Pelando la cebolla), Günther Grass (Danzig, 1927) reveló a la humanidad que fue un soldadito de las SS, un nazi convencido hasta el final. En éste, el segundo tomo, lava al sol trapos sucios de la familia. Nos enteramos que tiene ocho hijos, que fue un padre insuficiente que hizo sufrir a su prole, que incurrió en bigamia. Grass es uno de los escritores esenciales del siglo XX, pero como voz moral de los alemanes ahora resulta claro que es un fraude.

El libro une con delicadeza realidad y pura ficción. El eje de la narración es una amiga de la familia, Mariechen o la tía Marie. Heredó de su esposo una caja omnividente. Tiene la capacidad de hacer fotografías mágicas; percibe el pasado y el futuro de una cosa o una persona. También puede captar los deseos de los retratados. Grass la necesita para suplir sus lagunas de invención.

Como en el volumen anterior, la autocrítica se esboza con un leve distanciamiento: los narradores son aquí los hijos del escritor. Se reúnen para evocar el dolor que les han provocado las miserias y costumbres de papaíto, papuchi, el viejo… un militante con fama de rojo incapaz de sentarse a jugar con sus niños. Por alguna razón, sus mujeres no tienen nombre. Se nos permite espiar el método de trabajo de Grass; contemplar el proceso de sus espléndidas novelas. De paso, cañazo: se saldan viejas cuentas con la crítica (¡ay, el ego de los escritores!), con esos chicos de la prensa.

La memoria tiene, sin duda alguna, valor artístico. Redondea un delicioso cuadro de costumbres, una prosa agradable, historias atractivas, diálogos que palpitan. Es un texto para los admiradores del enorme Günther Grass, cuyos defectos, obviamente, son absueltos por la familia.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

sábado, 29 de marzo de 2008

¡Petróleo!

Upton Sinclair­
Edhasa. Novela de 599 páginas. Edición 2008. Precio aproximado­: 45 pesos.
­
Upton Sinclair (1878-1968) practicó la literatura como si fuese un apostolado. Su último objetivo fue reformar las leyes y la sociedad. En 1906 publicó La Jungla y conmovió a millones de estadounidenses, entre ellos al presidente Theodore Roosevelt que lo nombró presidente de una comisión que investigaría a la industria de la carne. No obstante, el escritor se quejó: ``Yo apunté al corazón del público y por accidente le di en el estómago”. Su airada denuncia contra los frigoríficos había interesado a la gente no por la explotación de los obreros, sino por el temor a consumir carne putrefacta. De sus restantes ochenta y nueve libros ninguno logró semejante éxito. Sinclair fatigó también la arena política y llegó a crear una comuna socialista en Nueva Jersey, que duró lo que suelen durar esas pamplinas. La novela ¡Petróleo! data de 1927. El film homónimo, que acaba de obtener cinco premios Oscar, obligó a reimprimirla.
El libro expone las espesa mugre de la industria del petróleo y de Hollywood; aborda el fenómeno de la Revolución bolchevique; delata la fatuidad de las “clases ociosas”. Desnuda, sin contemplaciones, la corrupción política de un país gobernado por el dólar.
En lo que al estilo se refiere, se trata de naturalismo tardío. A Sinclair se lo ha llamado “el Zola de América”. Por momentos se torna tedioso, pero su prosa es trasparente, y en conjunto ha trazado un vibrante fresco de la California de principios del siglo XX. La novela atrapa, además, por sus encantadores defectos: la gazmoñería y la candidez.
A diferencia del filme, anima la trama el hijo del magnate Arnold Ross. Bum es un soñador empedernido. No nació para hacer sufrir a la gente. Tiene anhelos románticos y abraza causas radicales. Se lo conoce como El petrolero rojo. La novela detalla el aprendizaje social, ideológico y sexual de un buen chico al cual angustian los abusos del mercantilismo.­
Guillermo Belcore­
Publicado en el Suplemento Cultural del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Está plagada de argumentos contra la “odiosa plutocracia”. Te lo recomiendo si sos militante en la izquierda.

martes, 18 de marzo de 2008

El regreso del idiota

Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Alvaro Vargas Llosa
Sudamericana. 344 páginas. Ensayo de política. Precio aproximado: 35 pesos.

Hace una década, tres ensayistas alborotaron Latinoamericana con una lacerante denuncia. A voz en cuello, atribuyeron el atraso histórico a “la idiotez de izquierda” que desde la tarima, el púlpito o la letra impresa pregona la vulgata marxista, populista y antiestadounidense. Claro, era una época de furor liberal. Pasaron diez años y el péndulo osciló. Mucha gente, angustiada por la pobreza, se ha decepcionado con la democracia y el capitalismo. Y triunfan en las urnas justamente aquéllos dirigentes que encarnan -según Montaner, Mendoza y Vargas Llosa hijo- el clásico y eterno idiota latinoamericano.
Así pues, el ensayo se atribuye una misión urgente: la denuncia política. Se deslindan las fronteras entre la izquierda vegetariana (Lula, Tabaré y Bachelet) y la carnívora (Chávez, Evo y Castro). A Néstor Kirchner le conceden una sombra de duda, aunque extrañamente lo tachan de Roosevelt patagónico. Afirman que el talento más importante de nuestro ex Presidente es el arte de la ambigüedad. Se nota su perplejidad forastera ante el peronismo, un fenómeno muy fácil de definir para cualquier nacido en la Argentina: es todo aquéllo que sirve para capturar, conservar o ampliar el poder político.
El trío acusa también a cinco idiotas sin fronteras (Chomsky, es uno de ellos); medita sobre dónde y cuándo surgió la idiotez; enumera diez libros para abrir la mente; y señala un camino, el único, hacia la prosperidad. El que han elegido España, Chile, Irlanda y los tigres asiáticos.
Como en toda reflexión de brocha gorda se filtran errores de todo calibre. El carácter de panfleto, no sin humor, le resta sutileza y profundidad. No tiene, además, el mérito de la originalidad. Pero muchos argumentos resultan convincentes. Por algo, nuestra América morena flota en la más dolorosa frustración.­
Guillermo Belcore­
­
CALIFICACION: Regular­
­PD: Libros como éste se aman o se detestan sin vueltas. ­He visto en las mesas de saldos el primer Idiota.

jueves, 21 de febrero de 2008

El arte del placer


Goliarda Sapienza
Lumen. Novela, 767 páginas, publicada en 2007.

Esta oceánica novela -erótica e histórica a la vez— fue concluida en1976 después de diez años de trabajo de hormiga. Dos décadas de rechazos editoriales malograron la gesta de una actriz y escritora siciliana de ideas avanzadas. Finalmente, se publicó postuma en un sello modesto y audaz. Poco después se consagró en Francia y desde entonces el mundo lamenta que ciertos críticos pomposos hayan retardado un libro considerado hoy como "admirable". Debe agregarse con un suspiro que Goliarda Sapienza (Catania 1924-1996) murió en la pobreza.
Se ha escrito que Modesta —la protagonista— es el personaje femenino más vivaz del siglo XX italiano. Nació en el miserable corazón de Sicilia y desde muy temprano demostró una inteligencia y voluntad excepcionales. A los dieciocho años fue entronizada princesa Brandiforti, no por linaje sino por el poder de su naturaleza. En el ascenso practicó el incesto y el lesbianismo, quemó vivas a su madre y a su hermana, eliminó a una madre superiora y a una anciana de la nobleza, y contrajo matrimonio con un deficiente mental. Es la implacable y loca voluntad de vida. Resulta imposible, empero, odiar a esta deliciosa Zarathustra feminista que se convirtió en soberana de una estirpe meridional.

Con prosa diáfana pero saturada de diálogos teatrales, se revisa la urdimbre del Novecento en paralelo a las peripecias de Mody. Se hace referencia a personalidades reales como Gramsci. Es una novela de ideas y, por momentos, de barricada, en nombre del pensamiento sin ataduras y la rebelión contra el destino. Condena con ferocidad las cárceles del cuerpo y del alma: los conventos, los vicios de las costumbres, el dogmatismo rojo o pardo.
La obra es, en general, interesante por su testimonio histórico, con un encantador toque de realismo decimonónico, algo artificioso. Pero las setecientas páginas terminan fatigando.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular

PD: Debo confesar que es uno de los libros que más me ha costado concluir. Te lo recomiendo sólo si sos una feminista de corazón. Podés encontrar otro punto de vista en http://www.letraslibres.com/index.php?art=11872

lunes, 21 de enero de 2008

¿Qué significa hoy ser de izquierda?

Por Fernando Iglesias­
Sudamericana – Ensayo de 250 líneas­
­
El rojo pálido es un color agradable. Este libro demuestra que resulta posible reconciliar a izquierda con el fenómeno de la globalización. ``La emergencia de la sociedad mundial debería percibirse como una oportunidad y no ya como una amenaza o una condena'', sentencia un pensador original, moderno y sofisticado.­
Fernando Iglesias es periodista, voluntario de varias ONG, profesor en la Universidad de Lomas de Zamora y un sólido teórico. Sus ideas son similares a las de Juan José Sebreli. Propone volver al socialismo antes de Lenin. Apoyado en el trípode ``Modernidad, derechos humanos e igualdad'', abomina del nacionalismo, el Che Guevara, la viveza criolla, el coro antimenemista y la coalición de quejosos que cortan calles. Reivindica a Alberdi, Blumberg y el capitalismo; nada valioso se construye rápidamente, es su magnifica consigna.­
Editorial Sudamericana recopiló ensayos penetrantes de Iglesias que van desde el desafío que da título a la obra hasta el 11-S, Maradona, la transversalidad y el tango. El estilo es elegante y con un singular talento para la metáfora esclarecedora. La tesis primordial es que la caída del Muro de Berlín marcó el comienzo de la Era de la Globalización. Los conservadores han sabido leer los tiempos y el proceso que desgarra a la humanidad se desarrolla según sus premisas. Resulta urgente definir un pensamiento alternativo que configure instituciones de alcance global para sujetar el mercado planetario a la lógica de la representatividad democrática. Edifiquemos la República de la Tierra, una verdadera ciudadanía mundial según el modelo francés, nos propone Iglesias.­
Vale la pena escucharlo. Quién lo diría, bien mirado Fidel Castro está a la derecha de López Murphy.­

Guillermo Belcore­
­
CALIFICACION: Bueno­

­­PD: Luego de esta obra publicada en 2005, Iglesias escribió Kirchner y yo. Un título tan vanidoso me disuadió de leerlo.