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sábado, 21 de marzo de 2026

Suite inolvidable

Por Akira Mizubayashi 

Edhasa. Novela de 239 páginas 



En su novela más reciente, Akira Mizubayashi, literato japonés que escribe en francés, postula que el culmen de la civilización es la música clásica del Siglo de las Luces. Una hipótesis interesante. Culturas hay muchas; humanidad una sola. En su cima, relumbra Johann Sebastian Bach. Un refugio para los espíritus sensibles contra la barbarie, pero un refugio precario, ilusorio. Desde el 4 de septiembre del año 476 después de Cristo, sabemos que la civilización necesita un ejército poderoso para subsistir.


Suite inolvidable fue entregada a la imprenta en 2023. Llegó ahora a la Argentina. El núcleo incandescente es la desaparición prematura de un músico genial en el Japón de 1945. Otro alma que dejó este mundo antes de tiempo, entre las veinte millones de vidas destrozadas por la maquinaria bélica del fascismo oriental. Otra víctima de la Guerra de los Quince Años (así llaman en Japón al período diabólico que va desde la invasión en Manchuria hasta la rendición en la bahía de Tokyo).


La trama, trozada en capitulitos, se despliega en dos tiempos. En 1945, conocemos a Ken Mizutani (25 años), maestro del violonchelo. Recibe un día la temible papeleta roja. El Cuartel General Imperial lo convoca para las fauces de la guerra; ha llegado a su fin la dispensa para universitarios, intelectuales, artistas. Faltan hombres para la inútil y desesperada resistencia nipona.


Ken visita a su amante para despedirse. Hortense Schmidt (36), nacida en Francia, tiene un modesto taller de luthería perdido en el macizo del monte Asama. Después de una noche de pasión que traerá consecuencias, se dejan mensajes para la posteridad.


Páginas más adelante, se narra otra tragedia familiar: el dolor que provoca la muerte en batalla del hijo de Ryo Kanda, médico rural que se rebeló contra el culto fanático del emperador y así le fue. Aquí también, se talla un mensaje para los que vendrán: In terra pax hominus bonae voluntatis.


La historia salta a nuestro tiempo. Descendientes de aquellos personajes reconstruyen lo ocurrido, rinden homenajes a los muertos. Mizubayashi nos ubica en el mundo de la luthería y la interpretación musical, con una vibrante denuncia de la locura asesina de su Patria extraviada en los años cuarenta. Es una novela de nobles intenciones, que plantea la antinomia nacionalismo estrecho vs. pacifismo cosmopolita, pero la ejecución es defectuosa.


ECFRASIS MUSICAL 

¿Defectuosa, dijimos? Sí. En primer lugar, por el tallado de los personajes. Son planos. Y los diálogos, ñoños. No es que todos los escritores tengan la obligación de asombrarnos con la adjetivación como lo hacían un Borges o un Onetti, pero las combinaciones del señor Mizubayashi (Sakata, 1951) son propias de un novato: "sonrisa cómplice", "tono travieso", "mirada pícara", "alegría inefable"... Una y otra vez sucumbe el autor a ese sentimentalismo que creíamos superado a fines del siglo XIX. Es una prosa romántica para aquellas personas a las que las densidades estilísticas fastidian. Y hay párrafos que parecen extraídos de la Wikipedia. ¡Oh, ese vicio de querer explicarlo todo!


Por otra parte, el libro apuesta buena parte de su éxito estético a un procedimiento que ni siquiera Proust pudo consagrar: el écfrasis musical. El diccionario lo define así: "Capturar lo intangible de la música y convertirlo en algo concreto a través de las palabras".


¿Consigue Mizubayashi conmovernos con la belleza del Preludio de la primera suite para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach? La prensa francesa, que cubrió esta novela de elogios, cree que sí. El crítico de Le Monde afirma que "la escritura de A.M. logra que el lector sienta físicamente la música". Otros comentaristas aseguran que la forma de composición del libro se asemeja a una partitura. Preferimos dejar la cuestión abierta. Quizás, se nos escapa algo trascendente a los que no estamos entrenados en la música clásica.


Volvemos al principio. Puede que lo mejor de la obra sea el mensaje contra la guerra de conquista y el despotismo. Hay un mundo superior frente a esos demonios. La música de Bach es "como un hombre solitario que camina en la penumbra con una antorcha en la mano iluminando el camino".

Guillermo Belcore

Calificación: Regular

domingo, 21 de junio de 2020

Lo bello y lo triste

Por Yasunari Kawabata

Emecé. 237 páginas. Edición 1976. Traducción: Nélida M. de Machain


Oki Toshio, escritor afamado, viajó a la ciudad de Kyoto un 29 de diciembre con la intención de escuchar las campanas de Chionin que señalan el Año Nuevo. Al menos, eso le dijo a su esposa Fumiko. La verdadera razón era ver a Ueno Otoko, su amante hace dos décadas, ahora una pintora talentosa. Vivieron un romance tempestuoso cuando Otoko tenía quince años y Toshio veintiséis, ya casado y con un hijo. La adolescente quedó embarazada, perdió a su bebé, intentó suicidarse, estuvo internada en un manicomio, se curó pero nunca más quiso relacionarse seriamente con un hombre. La novela más vendida de Toshio fue “Una chica de dieciséis”, basada justamente en su amor adultero y trágico. Fumiko la pasó en limpio.

Otoko y Toshio se encuentran en Kyoto, pero no a solas. Comparten una cena con dos geishas y con Keiko, discípula de “una belleza aterradora”. Para vengar a su maestra del hombre que la hizo desdichada, la muchacha trama uno los planes más atroces que se puedan concebir. Naturalmente, Otoko y Keiko son amantes. Pobre Fumiko.

Esta es la historia tremenda que anima la última novela de Yasunari Kawabata (1899-1972), premio Nobel de Literatura 1968. Sobre un mar de tristeza e inmoralidad, vamos recorriendo, fascinados, islotes de erotismo, refinamiento sensorial, estética zen, entendido este concepto -tan manoseado en Occidente- como una meditación filosófica que permite encontrar belleza y paz en las pequeñas cosas, como un jardín atravesado por un curso de agua.

El peso de la tradición -como en toda la obra de Kawabata que he leído (1)- es crucial. Además, se difuman las fronteras entre dos artes. La escritura, siempre refinada, se detiene en la descripción de los cuadros abstractos de Keiko; nos animan a buscar siempre “el corazón de la pintura” que contemplamos; y nos señalan obras plásticas eminentes del Sol Naciente, como los retratos de Reiko, la hija del pintor Kishida Ryusei; las imágenes de Kobayashi Kokei; y la obra póstuma de Nakamura Tsumé, ’Retrato de mi anciana madre’.

Los diálogos son vivaces; la psicología de los personajes, profunda; hay escenas conmovedoras, el final deja un nudo en la garganta. Y, como dijimos más arriba, el texto tiene un cromado de erotismo, con matices delicados. Véase, a título de ejemplo, el estudio de un pezón de las páginas 167 y 168 que no logra estropear el nacionalismo sexual:

“Primero vio uno de sus pezones. Eran un botón rosado, de un rosado casi transparente. Algunas mujeres japoneses tienen una piel muy clara y radiante de femenidad, una piel quizás más bella y tersa que esa piel con un leve resplandor rosado, que tienen las jóvenes de Occidente. Y los pezones de algunas muchachas japonesas tienen un matiz de rosa incomparablemente delicado. El cutis de Keiko no era tan claro, pero sus pezones parecías recién lavados y húmedos. Eran como un pimpollo sobre su pecho de marfil. No se advertían en ellos pequeños pliegues ni texturas granuladas y sus dimensiones invitaban a apoyar tiernamente los labios sobre ellos”.

Vamos a concluir con una curiosidad que revela la sutileza del idioma japonés. El ideograma que designa el acto de pensar también se usa para “estar triste”.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


(1) a) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2009/08/en-el-lago.html?m=1
b) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2014/11/un-brazo-y-otros-cuentos.html
c) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2008/05/el-sonido-de-la-montaa.html
d) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2009/07/el-maestro-de-go.html


lunes, 18 de marzo de 2019

La muerte del comendador II

Vivir en la conformidad es vivir sin sobresaltos. Búsquese un empleo con ingresos fijos y suficientes, y en el que se limite a mover la mano o el intelecto de manera casi automática. Es decir, no se relacione con cosas difíciles de entender como las ideas abstractas o las metáforas (una metáfora doble puede resultar letal, incluso) o se meterá en problemas.
Es la conclusión a la que ha arribado, después de casi un año de peripecias insólitas, el protagonista de la novela más reciente de Haruki Murakami (Kioto, 1949). Vivía tranquilo como pintor de retratos al uso hasta que su esposa, sin preámbulos, lo abandonó. Después de vagar por Japón, se estableció en una casa vacía en las montañas cerca de Odawara, propiedad de un artista plástico de la vieja escuela, famoso y con demencia senil, el padre de un amigo. 
En un desván, el amable hombre de 36 años encontró una obra maestra: La muerte del comendador. Sacar a la luz ese cuadro tan perfecto como ominoso -al parecer evoca hechos terribles ocurridos bajo la bota del nacionalsocialismo- rasga la realidad, abre una trampilla al mundo de los espíritus. El retratista, además, termina implicado en las complejas circunstancias personales de un hombre rico y enigmático que vive al otro lado del valle.
Estas líneas comentan pues la segunda parte de La muerte del comendador (Tusquets, 494 páginas), primera producción de largo aliento del vate japonés desde la ambiciosa 1Q84 (pinche aquí), que data de 2011. Confirmamos la hipótesis enunciada en este blog en noviembre pasado tras la lectura del primer tomo: la décimocuarta novela de Murakami no está a la altura de sus mejores creaciones. Por momentos, incluso, resulta aburrida, monótona, redundante. Y comete el pecado imperdonable de malograr un escenario muy prometedor: un viaje subterráneo al país de las metáforas (o al mundo de la relatividad) para rescatar a la niña María Akikawa. Si Alicia en el país de las maravillas era el modelo de este libro, el fracaso es evidente.
De los dos tomos, lo mejor que puede decirse es que la legión de fans de Murakami no se verán defraudados. Contienen todos los ingredientes que lo han hecho famoso. En primer lugar, una prosa cristalina que fluye con una naturalidad envidiable, y con un manejo virtuoso del símil. Segundo, personajes exóticos. Tercero, la explotación literaria de una certeza filosófica: "en esta vida hay muchas cosas que no se pueden explicar en forma racional y también hay muchas otras que ni siquiera merecen una explicación. Sobre todo si al hacerlo se pierde una parte importante".
También desfilan casi todos los fetiches del universo murakamiano. Si a Borges le encantaban los espejos y los laberintos, entre otras fruslerías; al novelista japonés le atraen los pozos como los de los aljibes, los gatos, la música culta, los pechos femeninos ("aunque sólo fuera desde una perspectiva estética"), las manufacturas vintage, las presencias sobrenaturales, los homúnculos, las sectas y las historias enrevesadas.
Finalmente, hay que decir una vez más que Murakami -quizás como ningún otro escritor contemporáneo- ha logrado reconstruir el realismo mágico. Después de los pueriles excesos de Isabel Allende, por citar el caso más conocido, lo creíamos muerto y enterrado en América latina. No esperábamos que en las antípodas un tipo que atendía un bar y que llegó casi por casualidad a la literatura le diera al procedimiento garcimarqueano tan interesante giro.
Murakami es, al fin y al cabo, el creador del llamado universo tubifex: ¿Qué es esto? Un cosmos muy parecido al nuestro pero con una lógica distinta donde, por ejemplo, las ideas tienen vida propia, en algún momento se liberan de sus creadores y se lanzan a andar para influir sobre los seres humanos. Las ideas y las metáforas pueden adoptar cualquier forma, pero en el libro que aquí comentamos adoptan la de los personajes del cuadro del comendador. Miden sesenta centímetros de alto, algunas personas pueden verlas y conversar con ellas y otras no.

SIN CLIMAX

Como se dijo más arriba, difícilmente La muerte del comendador defraude a la grey murakamiana. ¿Pero qué pasa con el resto? Hasta cierto punto, la trama funciona bien como novela de fantasmas y hay interesantes referencias al arte de componer cuadros. El problema es que nunca se alcanza el clímax (la analogía sexual es válida). La acción es defectuosa por escasa o lenta, estropea el núcleo incandescente que ya mencionamos: cuando el pintor debe cumplir una serie de pruebas fantásticas para liberar a la pequeña Marie.
Resumiendo, la obra tiene una composición precisa y una técnica inmejorable. Los personajes son muy realistas, persuasivos, pero la urdimbre no logra atraparte de las solapas con la fuerza suficiente. Dice George Steiner que las mejoras novelas (las únicas que valen la pena leer en realidad) son aquellas que en un sofocante vagón de tercera clase le permite a un pasajero abstraerse de la realidad. No es este el caso.
Guillermo Belcore
Calificación: Regular
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

sábado, 17 de noviembre de 2018

La muerte del comendador I

Las ideas tienen vida propia. En algún momento se liberan de sus creadores y se lanzan a andar. Influyen sobre los otros seres humanos. Para Haruki Murakami (Kioto, 1949) pueden adoptar cualquier forma, incluso la del personaje de un cuadro, pero algunas personas pueden verlas y conversar con ellas y otras no. Las ideas sólo pueden aparecer dos o tres horas por día. Simplemente, se dedican a recopilar información.

Sobre tan hermosa fantasía se asienta la primera parte de la esperada trilogía del más leído escritor japonés de posguerra, candidato permanente al Premio Nobel de Literatura por muy buenas razones: renovó el realismo mágico que América latina ya había agotado, creó un estilo propio y mundos alternativos con pequeñas diferencias pero donde no se puede aplicar la lógica como la conocemos, ha labrado una vasta producción, algunas de sus novelas o relatos breves se cuentan entre los mejores de nuestro tiempo y su prosa es modelo de fluidez, las palabras fluyen con una naturalidad admirable, como si estuviéramos navegando en un curso de agua sin escollos de ninguna clase y con viento a favor.

Muchas de estas virtudes están presentes en la I Parte (Una idea hecha realidad) de la trilogía La muerte del comendador (Tusquets, 476 páginas), pero la historia no tiene la fuerza y el encanto de las mejores novelas murakamianas. Por momentos, causa decepción la primera producción de largo aliento del vate japonés desde la ambiciosa 1Q84 (pinche aquí y aquí), cuya última entrega data de 2011. No obstante, al final uno se queda con ganas de seguir leyendo: quedan varios secretos sin revelar.

La trama está narrada en forma de remembranza. Un pintor, con cierto renombre (comercial no artístico), evoca los increíbles sucesos que le ocurrieron en un período de nueve meses en los que vivió en estado de confusión.
El hombre de treinta y seis años, lacerado por la muerte de su hermana durante su pubertad, se veía obligado a pintar retratos insulsos de gente adinerada para ganarse la vida. Hasta que un día, su esposa le confiesa que se está acostando con otro hombre y le pide la separación, después de seis años de matrimonio (¿feliz?).

En cierta forma, el libro es una elegía del cambio radical: el artista abandona todo y se va a vivir a una casa enclavada en las montañas boscosas que le presta un amigo, hijo de un prestigioso pintor de la escuela clásica japonesa. Nuestro héroe da clases de dibujo y pintura a niños y ancianos en el pueblo y gana una amante (una mujer casada). Aparece en el desván un extraño cuadro que conecta con la opera Don Giovanni de Mozart y con la irrupción brutal de los nazis en Austria. Aparece el misterioso señor Menshiki, un magnate de impoluto cabello blanco, dispuesto a pagar un dineral por un retrato, pero con segundas intenciones. Aparece también una presencia sobrenatural.

Como casi siempre ocurre en las novelas murakamianas, en las costuras de la realidad se produce un ligero desgarro. Como él mismo explica, los límites entre realidad e irrealidad no paran de moverse, como una frontera que se desplaza según le parece. Hay que andarse con mucho cuidado con ese movimiento. Alicia en el país de las maravillas es el modelo, confiesa en la página trescientos cincuenta y dos.

ORFEBRERIA

Puede decirse que lo mejor del libro es la factura técnica, que roza la perfección pero sin salirse un milímetro de la peculiar elocución que ha convertido a Murakami en un fabricante de best-sellers de calidad. El hombre es un maestro en el arte del símil. Verbigracia: "Me esforzaba por calibrar el extraño tono de sus palabras, como si quisiera adivinar el peso de un huevo en la palma de la mano".

También se ha tomado en serio el papel que la ha señalado la crítica de ser una especie de puente entre Occidente y Oriente. Las menciones del arte clásico, provenientes de las dos orillas del planeta, enriquecen el texto. Las apostillas definen un mapa. Sea el octeto para cuerdas que Mendelssohn compuso a los dieciséis años, interpretado por el conjunto de música de cámara I Musici, como la pintura tradicional japonesa del período Asuka. Culturas hay muchas, civilización una sola, parece decirnos Murakami.

Además de las típicas redundancias (en la repetición hay un ritmo, explica el autor), el volumen contiene reflexiones sobre el arte de pintar y, como es habitual, sobre el arte de vivir: Ten el coraje de no temer cambios profundos en la vida; que la curiosidad (que es más fuerte que los reparos y el sentido común, aunque cobra un precio) sea uno de los motores de tu existencia, se nos sugiere.

El lector también disfrutará de pinceladas de erotismo. Vean la belleza de este párrafo: 

"Bajo los suaves movimientos de sus dedos, mi pene había recuperado la dureza. No tardó en usar sus labios y su lengua, y un profundo silencio cargado de sentido nos envolvió. Los pájaros seguían empeñados en sus quehaceres y nosotros pasamos al segundo acto de los nuestros".

Los personajes enigmáticos prometen más en la segunda y tercera parte. También la idea, como ente autónomo. Hay un enigma casi impenetrable, como una cáscara de nuez imposible de abrir con las manos. Tómese entonces como un comentario provisional el desencanto con la trama. Murakami, uno de los grandes literatos de nuestro tiempo, merece el derecho a la duda. 
Guillermo Belcore

Calificación: regular


domingo, 27 de noviembre de 2016

La caza del carnero salvaje

Por Haruki Murakami
Tusquets. Novela, 380 páginas. Edición 2015

Además de eterno candidato al Nobel, Haruki Murakami (Kioto, 1949) es el campeón del llamado universo tubifex. ¿Qué es esto? Un cosmos con una lógica distinta donde, por ejemplo, puede haber dos lunas en el firmamento, una de las cuales es verdosa, sin que nadie se haga preguntas.

Tanto la excentricidad de las historias, como las metáforas insólitas con las que decora los textos, resultan encantadoras. Sus personajes parecen concebidos por un demiurgo bromista y cruel (como aquél que ha creado la humanidad, pero no tan malvado). En términos artísticos, el universo tubifex ha implicado la renovación del realismo mágico. La buena literatura no sabe de fronteras.

Tusquets reimprimió por fin la tercera novela de Murakami (tiene trece en su haber), que fue entregada a la imprenta en 1982. Uno podría suponer que es defectuosa por inmadura, pero sería una suposición equivocada. Se trata de una de sus composiciones mejor logradas, cuya prosa es tan suave como una tarde de primavera.

El interés nunca decae. Al comienzo del libro, se perciben ecos de Raymond Carver, pues la banalidad cotidiana de un joven publicista, que arrastra una fracaso matrimonial y se encapricha con una chica por sus orejas (sólo en Japón, o en un libro de Murakami las orejas femeninas pueden ser hechiceras), va urdiendo un sentido trascendente. Al final de la obra, se evoca a Stephen King: nos enfrentamos a lo que podría definirse como un caso de posesión demoníaca. ¡Y los muertos hablan!

La trama nos lleva hasta el despoblado interior de la isla de Hokkaido. Allí el frío suele provocar estragos. Vamos en busca de una perturbadora especie de carnero que obsesiona a un pez gordo de la ultraderecha. El tiempo apremia. La cacería es fascinante. Al fin de cuentas (Murakami ha leído también a Melville) la vida de verdad consiste en andar dando vueltas detrás de algo.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno


domingo, 24 de abril de 2016

El elefante desaparece

Haruki Murakami
Tusquets. Cuentos, 344 páginas

Entre otras virtudes, Haruki Murakami (Kioto, 1949) tiene la capacidad de reflejar la nausea contemporánea que abate a los países desarrollados. ¿En qué consiste? Hastío con el pragmatismo. Trabajos aburridos, puras repeticiones. Ausencia de un sentido de vida. Fatiga de consumir. Necesidad de fantasía. Estados de insatisfacción en medio de la prosperidad. Como el que se describe en la página doscientos cincuenta y tres de este volumen:

``Me siento abatido sin saber por qué, atrapado una vez más en una oscuridad psíquica, en una especie de gelatina de café‚ turbio que cae sobre la población. Fachadas sucias de edificios sucios, multitudes sin nombre, un ruido incesante, coches atrapados en un atasco sin fin, el cielo encapotado, anuncios llenando el vacío, deseos, resignación, inquietud y estímulos. Ahí cabe todo, infinitas opciones e infinitas posibilidades reducidas todas a cero. Todo al alcance de la mano, pero al final sólo conseguimos ese cero. Eso es la ciudad''.

La ciudad es el lugar donde nunca debíamos estar, dice más adelante el protagonista de uno de los diecisiete cuentos que Murakami -el eterno candidato al Premio Nobel- entregó a la imprenta en 1993. Para quien no conoce al literato japonés, no es éste el texto indicado para empezar; pero tampoco es el peor de sus trabajos. Incluye cuatro o cinco relatos muy buenos.

Es el caso de 'Asunto de familia', donde da voz a un tarambana que usa la ironía para agobiar a su hermana como un samurai esgrimía su katana. O `El elefante desaparece', en el que Murakami -genial renovador del realismo mágico- satisface cabalmente las demandas de nuestra imaginación pueril, pero con tal sutileza que la resolución fantástica puede tener también una explicación natural. `El comunicado del canguro' demuestra otra cualidad murakiana: el giro estremecedor. El cuento parecía una soberana estupidez, hasta que de pronto nos percatamos que el narrador es un peligroso psicópata. Si un día dejamos de dormir, nuestra conciencia se expandirá hasta el infinito, es el tema, inquietante, de `Sueño'. El didactismo está bien desarrollado en `Silencio' y `Un barco lento a China'. Aquí y allá, como flores que alivian un paisaje pedregoso, tropezamos con un dominio retorcido de la metáfora, otra seña de identidad del demiurgo nipón. Vean lo que es capaz de provocar una tempestad: 


``...un anuncio metálico alargado se doblaba noventa grados una y otra vez como si fuera un adicto irredento al sexo anal...''.

Un dato intrascendente: El primer relato se convirtió, como el correr de los años, en un fragmento de acaso la mejor novela de Murakami: Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (pincha acá). El resto de los cuentos apenas mueve las agujas del vúmetro. Como dice el narrador japonés, "hay cierta nobleza en lo imperfecto, sin embargo la imperfección es difícil de soportar''.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular

domingo, 17 de enero de 2016

La herencia de la Madre

No parece descabellado pensar que, a esta altura, la familia infeliz ha degenerado en tópico literario. El lugar común, no obstante, tiene una condición misteriosa: cuando resulta atractivo permite descubrir a los buenos escritores. En efecto, el camino trillado florece en manos competentes, acaso porque llega el hueso de la condición humana. Recibir amor de los padres es una necesidad primordial, eterna; su carencia es una fuente constante de infelicidad en cualquier cultura.

Minae Mizumura (Tokio, 1951) explora el tema manido, según los patrones clásicos. Vuelve a comienzos del siglo XX, incluso. La herencia de la madre (Adriana Hildalgo editora, 453 páginas) fue publicada por primera vez por entregas, en uno de los diarios de mayor tirada de un Japón cuya ultramodernidad no quiere renunciar a la letra impresa que nos permite soñar. Como libro, es magnífico. Conmovedor y entretenido, desarrolla una historia que obliga a reflexionar sobre asuntos tan trascendentes como la crueldad de prolongar por medios artificiales la agonía de un ser querido, cuando ese cuerpo martirizado ya ha perdido, prácticamente, toda su dignidad. Qué tema, ¿no?

Los Katsura


La protagonista de la novela se llama Mitsuki Katsura, sufrida hija menor, casada con un hombre infiel, martirizada por su madre. Cargó toda su vida con el peso de la injusticia, pero como suele suceder con las personas con un gran sentido de la ética, siempre consideró que no tenía derecho a sentirse infeliz, a pesar de que las dos personas más importantes de su existencia son ponzoñosas, con un monstruoso egocentrismo. Las responsabilidades agobian a la mujer. Se siente una cincuentona miserable a punto de ser abandonada por una mujer joven. Su marido Tetsuo es un snob al que sólo le preocupa el ascenso social y las conquistas eróticas. La realidad no ha coincidido con los sueños de Mitsuki. Nunca se sintió amada como deseaba. Aunque no le ha faltado nada (incluso estudió en París), quedó atrapada en los hilos viscosos de la infelicidad.

La obra se divide en dos partes. En la primera, asistimos a la larga y dramática agonía de Madame Noriko, la inolvidable madre de Mitsuki. Una mujer con una energía arrolladora, que sometió a sus dos hijas a un trato tan asfixiante como desigual. Abandonó al marido enfermo por un hombre casado y más joven. Como Madame Bovary (ya volveremos sobre este punto), confundió las novelas con la vida real. Las hijas fueron sólo medios para cumplir sus sueños. Y hasta el último aliento, siguió incordiándolas. "Desde el fondo del corazón quise gritar: "Mamá cuándo te vas a morir", recuerda Mitsuki. Qué frase, ¿no? 

La muerte puede no ser algo rápido y sencillo, nos advierte la narradora. Sin embargo, llega, es inevitable. Justamente, la escena crucial del libro es el día en que se apaga la señora Noriko, entre tubos, médicos y enfermeras. Se nos hace un nudo en la garganta. Se nos fuerza a meditar sobre el hecho terrible de que, demasiado a menudo, la muerte de un ser querido es una forma de recuperar la libertad.

La segunda parte -también enriquecida con el recurso del flashback- transcurre en la localidad de Hakone frente al apacible lago Ashinoko. Mitsuki se recluye en un hotel para considerar su relación con Tetsuo. El fantasma de la madre la atormenta. Como otros huéspedes de estadía prologada, la señora es discretamente vigilada por el personal. Se la considera candidata al suicidio.

Japonesidad

La herencia de la madre es la segunda novela de Mizumura que el sello Adriana Hidalgo trae a la Argentina. La primera -Una novela real- es una verdadera obra maestra, que ha sido comparada incluso con Cumbres borrascosas. Hace siete años, este Suplemento recomendaba su lectura con toda convicción.

La prosa de Mizumura es un bálsamo. Suave, delicada, sin estridencias. Incluso agradable al tacto. El texto no carece de sentido poético y se enaltece con referencias clásicas tanto del Japón como de Occidente. A la autora, por cierto, le preocupa que la identidad nipona se haya diluido en ese magma chirle y omnipresente llamado ‘globalización’, por eso se esfuerza por rescatar tradiciones, como el uso del kimono. No obstante, como todo gran artista (especialmente aquéllos que han vivido en el extranjero), Mizumura tiene un espíritu cosmopolita. Le disgusta que en Extremo Oriente se rechacen otras culturas.

La japonesidad es otro valor añadido. Cuando la influencia cultural es poderosa (piénsese en Irlanda o en México, por ejemplo), el entorno cumple en el artista un papel similar a las influencias literarias. Encontramos aquí familias conectadas con sus ancestros, el peso de las convenciones sociales, especialmente la carga de ser mujer en una sociedad que muy lentamente se va desprendiendo de sus escamas falocéntricas. Una curiosidad encantadora: nipones de cierta edad tachan a los besos y caricias de “efusividad a la usanza occidental”.

Hay un juego metaliterario muy interesante. El folletín reflexiona sobre sí mismo. La propia Mitsuki llega a la conclusión de que le debe la vida a una novela por entregas, pues su abuela -una geisha comprada para el matrimonio por un potentado- abandonó a su marido por un hombre veinticuatro años más joven a causa de la tempestad que provocó en su alma la lectura de Demonio dorado, publicada en el diario Yumiuri. La abuela y la madre de la protagonista sufrieron de bovarismo (por Madame Bovary), es decir, confundían la realidad con la ficción. Es difícil culparlas. Desde el Quijote en adelante, la humanidad ha descubierto una verdad terrible: el mundo real parece insignificante comparado con el universo de las novelas.
Guillermo Belcore
 Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa. 
Calificación: Muy bueno 

sábado, 25 de abril de 2015

Hombre sin mujeres

Haruki Murakami

267 páginas. Cuentos. Tusquets. Edición 2015


Una mañana al despertar, un monstruoso insecto descubre que se ha convertido en Gregorio Samsa. En una Praga devastada por un ejército extranjero, el muchacho aprende, paso a paso, a andar en dos patas, a soportar un cuerpo horrible y desprotegido, a comer lo que un humano come, a usar ropa. Gregorio termina enamorándose de una cerrajera jorobadita que hace raras contorsiones.

El párrafo anterior reproduce el argumento de, acaso, el único cuento recomendable del más reciente libro de Haruki Murakami (Kioto, 1949). Sí gente, lamentablemente, Hombre sin mujeres es otro libro fallido de uno de los mejores narradores contemporáneos. Después de la monumental 1Q84, parece que el toque mágico de Murakami se mantiene en estado catatónico.

Puede pensarse que el volumen de cuentos ha sido manufacturado exclusivamente para consumo del hierático público japonés. Con la excepción de ‘Samsa enamorado’, las historias, de seguro, le sonarán al lector argentino -al latino en general- como tempestades en un tubo de ensayo. Resulta inverosímil, por ejemplo, suponer que un exitoso cirujano plástico, soltero empedernido y gran seductor con una filosofía de vida sin fisuras, se deje morir de hambre (literalmente) porque una chica casada lo abandona.

Además de conductas estrafalarias, el libro de cuentos incluye una galería doliente de hombres traicionados, dominados y resentidos que sueltan frases lapidarias con demasiada frecuencia y llegan a colegir, como el doctor Tokai, “que las mujeres nacen con una suerte de órgano independiente especialmente diseñado para mentir”. Murakami adora las carreras largas, incluso publicó un libro sobre el arte de correr una maratón. Ha escrito extensas novelas memorables. ¿Por qué entonces degrada su reputación con estos textos cortos y anodinos, propios de alguien sin imaginación?
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: regular

PD: Cuestión de gustos. A El País de Madrid este volúmen le recuerda que Murakami es un gran escritor. Pincha aquí: http://cultura.elpais.com/cultura/2015/03/03/babelia/1425398965_783247.html

domingo, 16 de noviembre de 2014

Un brazo y otros cuentos

Yasunari Kawabata

Emecé. 247 páginas. Cuentos. Edición 2014


Quizás éste no sea el mejor libro de relatos del Premio Nobel 1968. No significa, empero, que carezca de esa lírica exquisita, esa fineza en la expresión, esa elegancia en la idea que torna a la prosa de Yasunari Kawabata tan atrayente como el cuello desnudo de una joven. No es aconsejable el volumen, insistimos, para quien nunca ha leído a Kawabata por aquello de que la primera impresión resulta decisiva. Se puede tener la errónea sensación de que tiene también el encanto de ser aburrido.

El eje, pues, de los trece cuentos que atesora este volumen es, en cuanto al estilo, el refinamiento. En relación a la temática es el desamor. Son historias tristes de la posguerra de Japón, cuando una muchacha a punto de casarse piensa en matarse por sentir nostalgias de un kamikaze. Acaso salve a Keiko entregarse a la observación del mundo de los pimpollos. Así de extravagantes son los orientales.

En la mayoría de los textos encontramos mujeres que sufren por un mal matrimonio, o por la ausencia de felicidad. El egoísmo falocéntrico, la ausencia de delicadeza para con la amada, parece ser una plaga universal.
El más extraño de los relatos es el que da nombre al libro. Esta cargado de metáforas. Evoca, incluso, la mas famosa novela de Kawabata. En una noche de niebla, una muchacha bonita le presta un brazo a su admirador, un veterano. La turgencia del brazo, insinúa las del cuerpo de la chica, redondeces extraordinarias en el Japón. El señor está encantado, se lleva la extremidad a la cama, conversa con ella. Recuerda que una vez oyó decir a una señorita que las mujeres eran menos felices en las angustias del éxtasis que durmiendo pacíficamente junto a sus hombres. Finalmente, en un arrebato el viejo cambia su brazo por el de la muchacha. Esas audacias nunca concluyen bien.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: En este blog se elogian varias obras de Kawabata.
Pinchen aquí:
1) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2009/08/en-el-lago.html
2) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2009/07/el-maestro-de-go.html
3) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2008/05/el-sonido-de-la-montaa.html

domingo, 2 de noviembre de 2014

Underground

POR GUILLERMO BELCORE

Hace cincuenta años, Truman Capote transformaba para siempre el ingenio y la profundidad del género de no ficción. A sangre fría no sólo dio comienzo a la literatura estadounidense contemporánea sino que abrió un sendero dorado a nivel planetario. Y no pocos escritores de primera categoría han sucumbido a la tentación de amalgamar la exploración de hechos reales con el estilo novelístico. Haruki Murakami (Osaka, 1949) es uno de ellos.

En efecto, el escritor japonés mejor conocido en Occidente ha realizado un esfuerzo literario muy meritorio para esclarecer el más siniestro atentado en la historia de su país: el ataque con gas sarín en el subterráneo de Tokio, un crimen de lesa humanidad. Murieron doce personas y otras cinco mil sufrieron lesiones físicas y psicológicas de distinta magnitud; fue un milagro que no haya habido más víctimas fatales. Fruto de la inquietud murakamiana es una suerte de reportaje documental que entregó a la imprenta a fines de la década del noventa. Undeground (Tusquets, 557 páginas) llega ahora al castellano.

El 20 marzo de 1995 fue una mañana agradable y despejada en Tokio. Al menos hasta que un comando asesino -integrado, entre otros por el reputado cirujano Ikuo Hayashi, quintaesencia de lo que los japoneses llaman la superelite- clavara la punta afilada de sus paraguas en unas bolsas de plástico, disimuladas con papel de diario bajo los asientos del subte. Un liquido maloliente y viscoso se derramó por el piso, se formaron charcos. La gente casi de inmediato empezó a sentirse mal. Y entonces, el pandemonium. Una populosa urbe en estado de guerra, desbordada por una agresión impensable.

Murakami entrevistó a más de sesenta víctimas, personas comunes y corrientes que llevaban una vida sosa hasta que les sucedió aquello. Los testimonios, en primera persona, vienen precedidos por una introducción que evidencia una destreza artística: el novelista convierte a cualquier vecino en un atrayente carácter literario. No es tan difícil, alardea. Hay que saber oír. Al fin y al cabo, todos podemos ser narradores de nuestra propia existencia y al mismo tiempo personajes de alguna historia, nos dice. Nuestro yo siempre interpreta un papel. Así nos curamos de la soledad que nos provoca ser individuos aislados en este mundo, conjetura el autor.
 
La faena de recopilar historias se hizo con cortesía oriental. Sólo se publicaron los textos después de que cada uno de los entrevistados diera el visto bueno. Sobre el mismo suceso se ha querido quiso aplicar múltiples puntos de vista: “lo mismo que hago cuando escribo novelas“, se justifica. Por otra parte, el libro proviene de una auténtica curiosidad periodística. ¿Qué vieron los pasajeros que estaban en el subterráneo? ¿Cómo reaccionaron? ¿Qué sintieron? ¿Qué pensaron? Murakami empatiza con cada uno de los entrevistados. Dice que "siente admiración por la profunda dimensión de cada una de las vidas, observada en sus detalles“.

Otro agrado de la obra es su carácter de fresco social. Japón es un pueblo chapado a la antigua. No cumplir con la responsabilidad es una falta grave. La falta de espacio, un problema. Acaso, se trate del país más seguro del mundo. O lo era hasta 1995. Se queja una de los víctimas: "La sociedad ha llegado a un punto en el que era irremediable que apareciera algo como Aum Shinrikyo (los patrocinadores del atentado, ya volveremos sobre el punto). Hay mucho individualismo ahí afuera".

Añade Murakami en la página 445 que decidió escribir Underground porque siempre había querido entender a Japón a un nivel más profundo. Su intención primordial fue sondear entonces en las profundidades del corazón de su propia patria, a la que sentía como distante después de trabajar muchos años en el extranjero. Asegura haber logrado su objetivo: afirma que ya es capaz de comprender lo que significa ser japonés cuando uno debe enfrentar un golpe brutal contra el sistema. A un nivel más bajo, también quiso ajustar cuentas con los medios de comunicación; se concluye que la televisión puede resultar horrorosa.  Parece, asimismo, ser la intención del autor denunciar la explotación laboral, so pretexto de arraigadas tradiciones. Nos anoticiamos que en las empresas japonesas se espera de uno que llegue al trabajo entre media y una hora antes del horario de entrada. La gente se siente obligada a concurrir a su empleo en cualquier circunstancia, aunque sea a rastras. El trabajador se jubila a los 60 años pero debe seguir en actividad.

SEGUNDA PARTE

Underground, en realidad, son dos libros en uno. El primero ya la describimos y sólo puede agregarse que es una pena que no incluya un apéndice de este siglo que actualice las historias de vida. ¿Qué habrá sido de aquella pobre mujer que perdió el habla y parte de su entendimiento por culpa del sarín? El segundo libro se titula ‘El lugar que nos prometieron’ e incluye una serie de entrevistas con ex miembros del grupo Aum Shinrikyo (Verdad suprema), justamente el responsable de la matanza de los inocentes. Las sectas se convirtieron con el tiempo en uno de los elementos narrativos fundamentales de la ficción de Murakami. 1Q84, esa impresionante trilogía publicada en 2011, gira en torno de una camarilla deleznable que abusa de niños.

Recordará el amable lector a Shoko Asajara, el desagradable gurú barbudo que hoy aguarda en una celda oscura que el verdugo cumpla la sentencia de pena de muerte a la que fue condenado por haber dado la orden de matar gente como si fueran hormigas por puro egocentrismo y paranoia, acaso por antojo. El fundador de Aum, que desde 1987 tenía en Japón estatus de religión, estaba obsesionado con el gas venenoso y la masonería. Al parecer, tramó el atentado para prevenir un supuesto ataque a su secta. Las alocadas creencias sincréticas de Asajara demostraron que el budismo, tan idealizado por algunas almas simples de Occidente, también desarrolló una variante siniestra. Al parecer es lícito asesinar a una persona si uno es capaz de vislumbrar su próxima reencarnación. En caso de que ésta sea positiva, el homicida le estaría haciendo un favor a su víctima. Qué locura, ¿verdad?

Los testimonios de la segunda mitad demuestran un punto de locura que sufren aquellos que abandonan el mundo para enterrarse con cuerpo y alma en un culto. A uno de los entrevistados le interesaba encontrar un método que demuestre matemáticamente el budismo. Otro afirmó que planea su vida de acuerdo a las profecías de Nostradamus. Una chica aseguraba que levita. Hay lavado de cerebros. Una vez admitido en Aum Shinrikyo y antes del rito iniciático había que ver 97 videos, leer 77 libros y repetir en voz alta 7.000 veces un mantra. ¿Qué locura, verdad?

Pero, sin duda, la peor de las aberraciones en el asunto que nos ocupo no proviene de Oriente. Fue la Alemania nazi donde se inventó un arma militar de terrorífica eficacia: el sarín, un fosfato que en forma gaseosa o líquida afecta a los nervios. No existe en forma natural. Naciones Unidas lo ha catalogado como arma de destrucción en masa: es quinientas veces más tóxico que el cianuro. Su producción y almacenamiento han sido prohibidos, pues, por la comunidad de naciones. Su sencillez es diabólica: inhibe una encima crucial: la colinesterasa, que permite relajar a cada músculo que se contrae y así regenerarlo para la próxima acción. Con un nivel bajo de colinesterasa los músculos permanecen tensionados y sobreviene la muerte por asfixia. En un nivel de ingesta no tan grave, por ejemplo, las pupilas siguen por largo tiempo contraídas, los afectados de Tokio veían todo oscuro a plena luz de sol. 

El sarín es tan fácil de fabricar como un insecticida. Aum Shinrikyo lo produjo en laboratorios improvisados. Uno no puede dejar de pensar que es raro que la locura del hombre no lo haya usado con más frecuencia para exterminar a sus semejantes. Después del atentado en Japón sólo se ha informado de otro incidente con sarín: el presidente sirio Bashar Al Assad lo empleó a pequeña escala contra los rebeldes que se alzaron en armas. Hemos visto fotografías escalofriantes en 2013. Casi hubo una intervención militar estadounidense como castigo. Siria la evitó destruyendo su arsenal de armas químicas que, incluía, sí, el sarín.

SER SECTARIO

Muy reflexivo es el epílogo del libro. Permite trazar parangones con Medio Oriente, Estados Unidos e incluso con la Argentina. Con todo el mundo, bah. La búsqueda de la utopía espiritual de aquellos que no encuentran “designios puros” en el mundo en que viven propicia crímenes contra la humanidad, en nombre de “la legitimidad de los objetivos“. La misma pregunta que podía formularse en los setenta o en los noventa, puede formularse hoy en día: ¿Cómo es posible que personas de la elite, con credencias académicas excelentes, puedan adherir a una secta ridícula y peligrosa, como el ERP, Al Qaeda, o como Aum Shinrikyo? Justamente, dice Murakami, “porque son miembros de la elite”. Suelen creer que tienen una moral distinta al común de los humanos, revolucionaria. Obliga a pensar, ¿no?

No obstante, es verdad, que “un lenguaje y una lógica aislados de la realidad suelen tener más poder que el lenguaje de la lógica y la realidad”, así de irracionales somos los seres humanos. Un yo arrogante puede ser un problema, pero renunciar de plano al yo abre la puerta a cualquier aberración. Se trata de personas con “una narrativa débil“ de su existencia, impotentes para anular el llamado de algunos cantos de sirena como los que profieren líderes inescrupulosos caso el gurú Asajara. Pero por otro lado, el escritor nos invitar a comprender el hecho de que existen muchas personas que dan un paso errado por el deseo (la necesidad) de entregar sus conocimientos y su alma a un fin trascendental. ¿Y si el problema de fondo fuese la sociedad de consumo, tal como lo conocemos? Acumular dinero y cosas materiales no debería ser la respuesta a preguntas trascendentes como para qué estamos en el mundo.
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.
 

Calificación: Bueno

sábado, 4 de enero de 2014

El lago

Banana Yoshimoto

Tusquets. Novela, 182 páginas. Edición 2013



“…unicamente el vuelo de un pequeño corazón puede colorear el mundo”…

En algún punto entre la ficción de calidad y la literatura de supermercado se encuentra la producción de Banana Yoshimoto (Tokio, 1964). Ubíquela usted donde le plazca. En esta novela, publicada en 2005, se percibe con toda nitidez ese desalentador vaivén entre, por ejemplo, la profundad psicológica de los personajes y la pulsión de fastidiar al lector con sabiduría de pacotilla. Abundan -¡oh Dios!- las máximas de sobrecito de azúcar, tipo “en nuestra vida cotidiana vemos sólo lo que queremos ver”. Y las pseudorientales: “Un te bueno posee el suficiente poder de persuasión para cambiar a las personas”.

No obstante las ñoñerías y la prosa plana y casi desértica, el libro se va tornando entretenido con el correr de las páginas porque narra una historia de amor interesante. Vemos el proceso de enamoramiento entre dos personas excéntricas. La joven muralista Chihiro y el estudiante de genética, Nakajima. Se conocieron mirando por la ventana. Un universo entró en contacto con otro universo, puede que eso sea el amor.

Ella es la hija natural de la propietaria de lo que en mi barrio llamamos piringundín, en una pequeña urbe provinciana “donde cualquier bobada desata un río de habladurías”. El fue secuestrado de niño por una secta (problema urgente en el Japón de hoy) y, aunque logró escaparse después de unos años, le han quedado cicatrices muy dolorosas en el alma. Lo aterran las multitudes, la desnudez aunque inocente, el deleite del sexo. Su mundo siempre está teñido de negro. Con la ayuda de una pitonisa, Chihiro le enseñará a curar las heridas. Son concientes de que “forman una pareja tan débil que se diría que estábamos andando por encima de una capa de hielo y que, en cualquier momento, uno de los dos caería y arrastraría al otro”.

Contiene la novela otro agrado: atmósferas bien retratadas: “…en el aire flotaba la dulce languidez que sigue el sexo. Y esa languidez les confería a ambos un aire tierno y cansado. Yo, como niña, contemplaba esa atmósfera desde la cama y la encontraba maravillosa…”.

Guillermo Belcore

Calificación: Regular


PD: Los japoneses son un pueblo increíble. Celebran la ingesta de tofu hervido en caldo de algas konbu. ¡Puaj!


PD II: En este blog se comentan otras obras de Banana:
  1. http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2011/11/recuerdos-de-un-callejon-sin-salida.html
  2. http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2008/06/tsugumi.html

lunes, 11 de noviembre de 2013

Los años de peregrinación del chico sin color

Haruki Murakami

Tusquets. Novela, 314 páginas. Edición 2013


Después de la magnífica trilogía 1Q84, Haruki Murakami se ha tomado un respiro. Su última novela mantiene esa belleza (sobre todo, la claridad de la prosa) que lo ha elevado a la categoría de estrella mundial pero carece de ambición. Empieza floja, en el medio da un giro fascinante hacia el género policial, pero el desenlace deja al lector con apetito. Incluso queda flotando la impresión de que Murakami no supo como rematar la obra.

La trama se sostiene sobre un dedal. Un buen día, Tsukuru Tazaki, un chico impecable pero anodino, es repudiado por sus cuatro amigos, con quienes formaba una pandilla inseparable. Le comunican que no quieren volver a verlo y tampoco hablar con él. La armonía del universo se rompe. El muchacho deambula por el umbral del suicidio, pero luego sale adelante. Se recibe de ingeniero, especializado en la construcción de estaciones de trenes. Pero no puede forjar relaciones duraderas; algo podrido yace en su interior, como una comida maldigerida. Dieciseis años después de haber sido despreciado, Tazaki parte a buscar respuestas. Visita a sus ex amigos, por sorpresa, incluso viaja a Finlandia. Secretos terribles salen a la luz.


Lo mejor del libro -además de los minuciosos retratos- es una virtud que ha tornado imprescindible a Murakami: el vaivén entre realidad y fantasía. El lector nunca puede estar seguro de los que es sueño, delirio o vida cotidiana. Realismo mágico en versión oriental, con ese anhelo por matarse tan propio de los japoneses errando por la trama como los fantasmas en una casa embrujada. Se añaden, además, un par de fascinantes subhistorias coloreando la corriente principal. Hay un pianista que dice haber adquirido poderes especiales después de pactar su muerte. Y se establece -tal como hizo Bioy Casares o la serie Fringe- la posibilidad de los universos paralelos. Pero por desgracia estas alusiones fantasticas son como las lluvias estivales, llegan y se van con demasiada premura.
Guillermo Belcore

Publicado el domingo pasado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.


 
Calificación: Regular

PD: He leído siete novelas de Murakami. Esta es una de las más flojas, en la modesta opinión de un fan del narrador japonés.

domingo, 14 de julio de 2013

Historia de las pulgas que viajaron a la Luna

Kobo Abe

Eterna Cadencia. Cuentos, 263 páginas. Edición 2013


Después de leer los estremecedores cuentos de este volumen no suena descabellado postular que Kobo Abe (Tokio 1924-1993) ha obrado como una suerte de nexo entre las imaginerías desoladas de Frank Kafka y el pesimismo a ultranza del ciberpunk. Uno se va del libro con ánimo taciturno pero convencido de que ha recibido algo valioso. Le debemos la antología a la feliz conjunción entre el profesor Ryukichi Terao de la Universidad de Yokohama, al becario Gregory Zambrano y al sello nacional Eterna Cadencia. El lector inquieto no puede sino agradecer el rescate y la divulgación de una voz singular del fascinante Japón.

El prologuista nos explica que el hilo dorado que une los once relatos es la ficción científica. Otro factor común es la apelación a lo imprevisto; en un punto el argumento se tuerce de manera tan extraña como irrevocable. También puede mencionarse la sabrosa filiación izquierdista de Abe que lo obliga, con buenas razones, a aborrecer de los plutócratas y la alienación laboral pero que se halla muy alejada del dogma marxista, al punto que el escritor fue expulsado en su momento del Partido Comunista Japonés, medalla de la que bien puede uno enorgullecerse. En lo que al estilo se refiere, los cuentos relumbran por su eclecticismo; van desde lo desmañado hasta el barroco afectado en el soliloquio de un periodista arrogante y superficial (como casi todos, bah).

Sin embargo, la car
acterística primordial de los cuentos de Abe quizás sea la proliferación de elementos siniestros que nos golpean en el rostro como una bandada de murciélagos asquerosos revoloteando al anochecer. Hay un suicida que es transformado en robot homicida; hay dos chicas pobres que estrangulan a su padre; hay un señor que se arroja al vacío delante de sus hijos desde la azotea de un gran almacén y se convierte en palo; hay un demente que busca esposa para cuidar a sus niños hologramas que mantiene confinados en el sótano; hay una convención global de pulgas. El doctor Abe (estudió medicina) transmite la certeza que nada puede ser peor que la especie humana. Pero ese pesimismo es vivificador.    
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno





 PD: En este blog se ha elogiado otro obra del magnífico doctor Abe. Pinche aquí: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2012/01/los-cuentos-siniestros.html

lunes, 1 de abril de 2013

Después del terremoto

Haruki Murakami

Tusquets. Cuentos, 190 páginas. Edición 2013. Precio aproximado abril 2013: $ 120.


Un nuevo libro de Haruki Murakami ha arribado a la Argentina y esto es siempre motivo de gozo para quienes admiramos al escritor japonés más popular en Occidente, gran renovador de la novela, candidato por méritos artísticos al Premio Nobel. Tusquets trajo ahora una colección de relatos, publicados por primera vez hace trece años. El terremoto que devastó Kobe en 1995 vertebra los seis cuentos, de una manera sutil o lateral.

El volumen va de menos a más. No tiene la calidad de Sauce viejo, mujer dormida, la otra recopilación de breviarios de Haruki que ha llegado al español, pero son textos genuinamente murakanianos, lo cual nunca es poco. Hay un estilo en juego, inconfundible, personalísimo; un collage delicioso entre el pop, el manga, las referencias clásicas, la autoayuda, la búsqueda del sentido de vida, las tribulaciones de los profesionales o empleados normales y corrientes a más no poder, que una noche como cualquier otra pueden ser convocados por una rana gigante para evitar que un gusano de las profundidades mate a ciento cincuenta mil habitantes de Tokio con un sismo tremendo. ¿Cuento fantástico o el producto de una mente afiebrada, desesperada por escapar de la rutina? Murakami no lo aclara. Al fin y al cabo, “nuestro campo de batalla es el terreno de la imaginación”. Ahí ganamos; ahí perdemos. Claro que nuestra existencia es limitada y, al final siempre acabamos siendo derrotados. No obstante, tal cómo comprendió Hemingway, “el valor definitivo de nuestras vidas no lo decide nuestra manera de ganar sino nuestra forma de perder”. ¡Ah, el bueno de Murakami! Siempre quiere dejar mensaje.

El lector encontrará historias de gente vacía, que siente que su existencia es, en el fondo, un asco. Se conecta así con el noventa y nueve por ciento de los mortales. Hay una doctora, especialista en tiroides, que en unas vacaciones en Tailandia descubre la salvación, de manos de una pitonisa. Hay dos suicidas en la playa (¿o no se matan?). Hay un muchacho que busca a su papá desconocido, aunque la madre le jura que es hijo de Dios. Hay también un cuarentón inexplicablemente abandonado por una mujer mediocre. Así de filosa es la vida.

Guillermo Belcore
Publicado este fin de semana en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

lunes, 23 de abril de 2012

1Q84 Tercer libro

Haruki Murakami

Tusquets. 414 páginas, Novela. Edición 2011


Concebir un universo alternativo con sus propias leyes, su lógica interna, sus creaturas tocadas por la originalidad es una evidencia tanto de imaginación poderosa como de ambición artística que es la primera virtud que debe ostentar aquel fulano que desee ser llamado escritor (destreza que hoy brilla por su ausencia en la Argentina, aunque ése es otro tema). 

Obviamente, no todo el mundo tiene la sensibilidad apropiada (no es un reproche, entiéndase bien) para disfrutar la literatura fantástica, pero los demiurgos a mí siempre me han inspirado respeto, tratase de El Señor de los Anillos, La liebre o Las Crónicas del Ángel Gris. Haruki Murakami -el rey del pop literario- imaginó un cosmos apenas diferente (como los mundos alternativos de Blanqui o de Bioy Casares), con dos lunas de diferente tamaño en el firmamento, conciencias que abandonan al cuerpo para hacer de las suyas, y la influencia decisiva de la Little People, engendros del mal que favorecen la pederastía y son adorados por una secta deleznable. Es como si estuviéramos en el mundo de los sueños, allí puede ocurrir cualquier cosa: una mujer puede quedar embarazada sin que nadie le toque un pelo.

Entonces, 1Q84 es como decir 1984’ (prima). El tercer volumen relata otros tres meses en aquel mundo ilusorio. No se añaden nuevos personajes con la excepción del hijo no nacido de la asesina-serial-por-buenas-razones Aomame (una debilidad del libro, me temo) pero se ahonda en la historia y la psicología de uno de los caracteres murakianos más fascinantes: el señor Ushikawa, a quien este blog dedicó una meditación (pinche aquí), enriquecida por decena de comentarios, y comparó con López Rega o Beria, por su naturaleza de hombre mediocre que nunca cae bien a nadie y está dispuesto siempre a hacer cualquier trabajito sucio para un mandante. Si fuese un animal sería una comadreja (¿Tengo sería un oso?, ¿Fukaeri una gata?). En el pasaje más escalofriante del libro, el desagradable Ushikawa es brutalmente torturado, lo que confirma que la saga 1Q84 es la creación más siniestra del amable Murakami.

Debe advertirse que para el goce profundo de la novela es necesario haber leído la primera y segunda parte. El autor, acaso por exigencia de sus editores, apela a la redundancia para que nadie se quede afuera de la trama, pero esto no es más que un ripio del texto y, a mi entender, resulta insuficiente. La mitología nunca deja de ser interesante, si bien el volumen es una transición algo morosa entre el asesinato del líder de la secta y el desenlace. Los delicados tropos de Murakami hacen de la lectura, como siempre, una acto placentero.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

PD: El bueno de Murakami induce a sus lectores a descubrir la Sinfonietta de Janácek. Pinche aquí y aquí.

viernes, 6 de enero de 2012

Los cuentos siniestros

Kobo Abe
Eterna Cadencia. Cuentos, 156 páginas. Edición 2011

Es difícil imaginar a un hombre sin un perro a su lado. Pero los amantes de los animales deberían asomarse al segundo cuento de este volumen. Uno queda casi persuadido de que los perros reflejan nuestra vulgaridad como ninguna otra criatura; y de que esas personas pretenciosas que los tienen sólo para amarrarlos en el patio de su casa no son sino un síntoma de degeneración humana. Claro, el que narra la historia es nada menos que el amigo del pintor S. que resultó devorado por su propia mascota. Siniestro, ¿verdad? Siniestro es el nombre del juego que anima esta extraordinaria recopilación de relatos breves.
Tres hurras para la decisión de un sello nacional de ampliar la cartografía literaria de los argentinos. Eterna Cadencia, con el apoyo de la Universidad Ferris de Yokohama, nos presenta a un japonés raro, oscuro y fascinante como el mejor producto del Manga. Kobo Abe (1924-1993) escribe sin ningún artificio encantador, no hace concesión alguna al Oriente pintoresco y plantea que la vida es, en el mejor de los casos, una farsa irritante. Somete a los personajes a situaciones desesperadas. Despliega un sugestivo desdén hacia la autoridad y hacia lo que alguna vez se llamó clases ociosas.
Entre los siete relatos, hay un señor que, al regresar del trabajo, encuentra un cadáver de identidad desconocida en su departamento. ¿Usted cómo saldría del trance? Hay un viaje a ochocientos mil años en el futuro donde viven los hombres plantas, los cuales, a pesar de sus exasperantes costumbres, arribaron a la salubérrima conclusión de que un ciudadano sólo puede ser diputado o mandamás por un par de días. Todo es desolador, como el desempleado que cae en garras de una empresa dedicada formalmente al latrocinio, o el boxeador maduro en decadencia, o el fantasma que bebe raticida con una sonrisa en los labios. Pero quizás la situación más escalofriante sea la que se suscita cuando un representante del pueblo suplica a tres señores de "la casta comedora" que pongan fin al canibalismo.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del Diario La Prensa

Calificación: Bueno

viernes, 23 de diciembre de 2011

El Grupo de Petición Anticanibalista y los Tres Caballeros

Proyecto Diez Mil Cuentos

Argumento número veinticuatro

El Grupo de Petición Anticanibalista y los Tres Caballeros (1956)

Kobo Abe
Los cuentos siniestros. Eterna Cadencia. Edición 2011.

Tres caballeros -un ciego, otro sin una pierna, el tercero manco- reciben a un representante del pueblo. El hombre, de cuerpo magro, viene a exponer una extraña petición: que se ponga fin al canibalismo. Francamente, no entienden sus argumentos. Si el pueblo come vacas y puercos, ¿por qué la clase dominante no va a comer hombres? El representante termina suplicando de rodillas, a su hija de trece años le tocó el sorteo y hoy debe presentarse en el matadero. Los caballeros, endurecidos de cólera, ordenan que se lo lleven de allí. Luego razonan: “la hija del delegado debe ser realmente muy apetitosa, al punto de que quiere conservarla para él”. Llaman de inmediato para reservar una porción jugosa, pero se encuentra con la novedad de que los empleados del matadero entraron en huelga. Deben buscar la palabra en el diccionario, ninguno recordaba el significado de “huelga”.

PD: ¿No es maravilloso que un sello editorial ensanche nuestro mapa literario? Este cuento escalofriante me obligó a anotar a Kobo Abe en la Guía de Maestros. Otro nombre para tener en cuenta.