lunes, 28 de marzo de 2022

El profesor Donda


Por Stanislaw Lem

Ediciones Godot. 73 páginas 


Entre todos los seres humanos que la literatura ha enviado a las estrellas, el más interesante y divertido es, sin duda, Ijon Tichy. El astronauta no sólo nos ha hecho reír a mandíbula batiente; es en sí mismo una travesía intelectual, el instrumento de una imaginación prodigiosa para caricaturizar los problemas de nuestra especie con una escenografía cósmica, una mente que había conseguido escapar de la Shoá por milagro, y que eludió la implacable censura de una dictadura comunista. La mente de Stanislaw Lem (Lvov 1921 - Cracovia 2006).


Ediciones Godot, sello especializado en delicatessen y que hace unos meses publicó una excelente biografía de Lem, nos trajo otra deliciosa aventura de Ijon Tichy. Una nouvelle traducida al español en 2021: El profesor Donda. Pero esta vez no salimos de la Tierra, vamos a visitar a un par de depravadas naciones africanas (el libro se escribió antes de la era de la corrección política; hoy lo tacharían posiblemente de "racista").

Nuestro chico escribe a la posteridad sobre tablillas de barro (un gorila le ha robado la agenda). Quiere dejar testimonio del fin del mundo, que ocurrió algunas semanas atrás, justo después de las temporadas de lluvias. En realidad, es el fin de la civilización como la conocemos, todas las computadoras han dejado de funcionar. No existe el dólar e IBM fabrica ahora lápices y pizarras. La intención de Ijon Tichy es que la humanidad del futuro sepa que el profesor Affidavit Donda, el hazmerreír de la comunidad científica occidental, había anticipado el colapso global desde sus laboratorios en Gurunduwayu y Lamblia.


La ley de Donda establece que la materia, la energía y la información son los tres estados de la masa y pueden transformarse entre sí. Así como existe una masa crítica del uranio, también hay una masa crítica de la información. Cuando se alcanza ese umbral en los casi infinitos bits de las computadoras, ¡kaput! La información desaparece, pues se convierte en materia, en un microcosmos, idéntico al nuestro. Es la receta de Dios para crear el Universo que conocemos; contó desde el infinito hasta cero. Cuando llegó a cero la información se materializó y ocurrió el Big Bang. (Qué tipo agudo era este Lem, ¿verdad?).


Esta historia se lee de un tirón, con placer y provecho. Es una sátira del Tercer Mundo, del mundillo científico, de la naturaleza humana en general. Es una puerta de entrada a la obra de Lem o un complemento sabroso de una de las mejores novelas de ficción científica del siglo XX: Diario de las estrellas, la obra maestra del maestro Lem.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Muy bueno

jueves, 10 de marzo de 2022

Solo integral

 


La democracia, allí donde funciona bien, se asienta sobre un trípode. Capitalismo para la producción de bienes y tecnología; socialdemocracia en lo tocante a la redistribución y protección social; liberalismo para las creencias y costumbres. Los tres pilares deben ser de la misma altura, de lo contrario pierde su equilibrio el conjunto por el lado de la justicia o de la libertad.


El trípode democrático es una de las espléndidas ideas que que trae el libro más reciente de Fernando Savater: Solo integral (289 páginas, Ariel). El sello editorial lo promociona en la Argentina como un "destilado de su pensamiento".


Nacido en San Sebastián en 1948, Savater es uno de los polígrafos más útiles y estimulantes de la hispanósfera. Odiado por la izquierda radical (qué mejor carta de presentación que ésta) y desdeñado por los esnob de la academia a causa del carácter semiprofesional de su obra (aunque es un éxito de ventas), el pensador es una voz indispensable para todos aquellos que creemos que la sociedad abierta es un proyecto inconcluso aquí, aún no se ha establecido allá, o bien está acullá bajo fuego intenso por parte de sus enemigos de siempre. Por eso, un ensayo de Savater siempre será bienvenido.


En esta ocasión, se han recopilado sesenta y tres artículos breves que reprodujo el diario El País de Madrid entre 2014 y 2020. Una columna de trescientas palabras (lo más breve que publicó en su vida) que participa del arte del panfleto, la crítica literaria y la autobiografía; y que obró como bálsamo para un alma atribulada por la muerte de su esposa.


ELEMENTO NOVEDOSO


Hay un elemento novedoso en el libro. El autor añadió a fines del año pasado a continuación de cada una de las columnas un comentario de idéntico largo "a modo de reflejo en el lago del presente para prolongarla o desmentirla"". Llamó Savater a este juego intelectual Col tempo, en alusión a un cuadro atribuido a Giorgione, que exhibe la Academia de Venecia: ""una anciana devastada por la edad pero que fue y aún sigue siendo bella... a su manera".


Cada entrada se titula con una palabra. Veamos una de las mejores: "Imbéciles". No es novedad afirmar que Savater se distingue también como maestro de lecturas. Sugiere en este capítulo La imbecilidad es cosa seria de Maurizio Ferraris, donde se define dicha enfermedad endémica de nuestra especie de la siguiente manera: "Ceguera, indiferencia, hostilidad a los valores cognitivos, más extendida entre quienes tienen ambiciones intelectuales". La descripción es perfecta, ¿verdad? ¿No encontramos hoy entre la intelectualidad argentina la colección más peligrosa de imbéciles?


Como si se tratase de perlas negras, la recopilación periodística va engarzando a los imbéciles más peligrosos de nuestro tiempo: los fanáticos de la identidad, de la corrección política y de tratar a los animales como humanos (y viceversa); los separatistas catalanes y vascos; los nihilistas blancos; los enemigos de la Constitución; los que celebran a los terroristas como héroes populares; los progres que creen tener el monopolio de la virtud; los extremistas, en especial los Viejos Revolucionarios.


En la página ciento diez, Savater insta, como un acto de salud mental, a odiar el terrorismo, la tortura, la pena de muerte, la intolerancia frente a la libertad de expresión. Su visión es la del iluminista tardío que ha aprendido que "la suposición de que los seres humanos nos regimos habitualmente por la razón utilitaria es una visión demasiado optimista". Su inspiración se llama Immanuel Kant, el de la paz perpetua y la ética cosmopolita. "Todos somos ciudadanos del mundo", sería la premisa ("Todos somos hijos de Dios", decimos los cristianos).


En cuanto a la política real de España, Savater se lamenta por el hundimiento de Ciudadanos y confiesa que la otra causa militante que ha abrazado es la del Partido Radical de Marco Panella y Emma Bonino, un alarde de originalidad "plenamente europeo". Entre Vox y Podemos, prefiere al primero, pero aclara que no votaría a ninguno de los dos.


Otro agrado que tiene el libro es que permite trazar cien analogías. Por ejemplo, los anatemas de Savater a los ""fantoches de Podemos"" le calzan como anillo al dedo a los líderes de La Cámpora. Su repudio muy bien argumentado al fervor identitario y al fanatismo de la identidad nos da argumentos contra las feminazis y los maputruchos. Al fin y al cabo, el populismo de izquierda y las psicopatías políticas son igualmente nefastas en cualquier nación donde asomen su fea máscara.


Nos deja Savater un mensaje imperioso en estos tiempos peligrosos por un tirano moscovita: "Es imprescindible movilizarse contra lo aborrecible".

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

miércoles, 16 de febrero de 2022

El artista de la cuchilla


En 1993, el escocés Irvine Welsh publicó Trainspotting, un ícono de nuestro tiempo que narra las vilezas de una pandilla delincuencial de Edimburgo. La novela se convirtió en objeto de culto y los amantes del calificativo fácil la definieron como "la cumbre de la literatura punk". El libro generó obras de teatro y un film muy popular. Alentado por el éxito global, Welsh escribió una secuela titulada Porno en 2002 y una precuela que bautizó Skagboys en 2012. De todos los caracteres de la saga, sin duda, el más inquietante es Francis Franco Begbie, un matón adicto a la violencia, que siempre tendrá el rostro del actor Robert Carlyle.


Pasaron treinta años, casi. Qué será de la vida del psicópata del barrio, se deben haber preguntado muchos de los aficionados al submundo Trainspotting. Welsh satisfizo su curiosidad con una trepidante novela publicada en 2016 en la anglósfera que acaba de llegar a la Argentina. Bienvenidos a El artista de la cuchilla (Anagrama, 265 páginas). Por cierto, el spin off (término de moda) se convertirá en los próximos meses en una miniserie de seis capítulos, naturalmente con Carlyle en el papel principal, como corresponde.


Begbie de Leith se mudó a California. Tiene una esposa joven, guapa y rica. Tiene dos hijas adorables. Se casó con su arteterapeuta que le cambió la vida en una prisión de Escocia. Se ha convertido en un escultor que gana mucho dinero tallando bustos de personajes famosos con trágicas mutilaciones. Así sublima sus instintos bestiales, su deseo incontenible de herir a un semejante. Hasta cambió de nombre. Ahora se llama Jim Francis, el artista de la cuchilla.


Begbie ama a su familia. Parece que ha conseguido, por fin, evitar que entre en erupción esa lava de rabia que le hinchaba el pecho por cualquier fruslería. Parece. La agresión de dos malvivientes a su esposa en la playa y una llamada que recibe desde su tierra natal ponen en juego su regeneración.


Han asesinado en Edimburgo a Sean, el primogénito de Begbie. No es que nuestro sociópata lo amara; en realidad, no tenía el menor contacto con el fruto de un enlace sin amor de dos décadas atrás. Pero decide hacerse cargo de los gastos del entierro y de encontrar al asesino de Sean. Rugiendo, los demonios de la violencia salen de la jaula y dejan una estela de sangre y destrucción ígnea en la capital escocesa, conforme nuestro antihéroe va encontrando a los fantasmas del pasado y lo van involucrando en una guerra entre mafias.


RETRATO DE LA ESCORIA


Hay que destacar que Welsh, maestro del realismo sórdido, es un hábil constructor de villanos. Begbie, con su perturbadora agresividad, atrapa nuestra imaginación. Pero no es una novela que puede recomendarse así como así a toda clase de público. Welsh es un pornógrafo de la violencia. Hay escenas de rebuscada e inverosímil tortura.


También podría decirse que El artista de la cuchilla no es la puerta ideal para ingresar a la obra de Welsh. Si bien la trama se entiende perfectamente aún sin haber leído sus libros anteriores, la aparición de viejos conocidos la disfrutará más intensamente el conocedor de la saga. Por ejemplo, hace varios cameos el taxista erotómano Terry El Jugo Dawson, que nos había encantado hace cuatro años en Un polvo en condiciones.


Si la línea narrativa principal de la novela, con su delicado misterio policial, es la cacería del asesino de Sean Begbie, el autor desarrolla una muy interesante digresión: los orígenes de la rabia asesina de Franco. Identifica dos fuentes del TEI (trastorno explosivo intermitente): la dislexia y la herencia gansteril. En el seno de la familia -nos advierte- se instila ese veneno en el alma que hace que, por ejemplo, un muchacho descargue su ira sobre alguien que es diferente. La maldad se transmite de generación en generación, sería la hipótesis.


Radicado en Chicago, Welsh es un escritor enrolado en el llamado campo progresista. Los personajes con valores liberales (liberal en el sentido anglosajón) son positivos. Sostiene que peor que un Franco Begbie, cuyo principal talento hasta la adultez era hacer daño a los demás, es un primer ministro que deja sin empleo a miles de familias. Denuncia que en Escocia "hemos aceptado una visión del mundo jerárquica y elitista. Los que están abajo no importan, siempre que se amenacen entre sí y no a los de arriba o los turistas que son fuente de ingresos".


Más extraña es su afirmación de la página ciento dieciocho: "A pesar de la imagen que ofrecen sus películas, del militarismo de su política exterior y del creciente racismo, los Estados Unidos son un lugar mucho más tranquilo que Escocia... el único problema es que cualquier pirado puede comprar una pistola y, claro, eso cambia todo".


Es decir, Welsh usa a Begbie como instrumento para divulgar su dogma progre. Es otro punto flojo del libro. El tipo es un matón irascible; no le da el Pignet para el papel de pensador sofisticado.


Finalmente, hay que decir que Anagrama contrató a tres traductores para lidiar con la jerga escocesa de Irivine Welsh, una de las señas de identidad de su vasta producción narrativa. El resultado es bueno, pero el lector argentino deberá resignarse al caló madrileño. Resulta inevitable. Hoy más que nunca desde 1853, Argentina es la periferia andrajosa de la hispanósfera.

Guillermo Belcore

Calificación: Buena

sábado, 12 de febrero de 2022

Signos de civilización. Cómo la puntuación cambió la historia.

 


Es común que, cuando se habla de grandes inventos, se mencione siempre el hardware: la imprenta, la máquina de vapor, la generación de electricidad, la computadora. Pero el software ha sido más importante para que la humanidad, sin él, aquéllo es metal muerto. El lenguaje escrito es pues la tecnología decisiva; nada cambió más profundamente nuestra mente. Y la parte avanzada de ese hito del desarrollo económico, social y moral son los signos de puntuación, acaso una de las claves de la hegemonía occidental.


"La puntuación es una de las cosas más espléndidas que produjo nuestra civilización, y que conoció un desarrollo glorioso que atravesó desde la Antigüedad al Renacimiento'', destaca el señor Bard Borch Michalsen. Acaba de publicarse un ensayo sustancial de este catedrático noruego. Signos de civilización. Cómo la puntuación cambió la historia (Ediciones Godot, 176 páginas, traducción de Christian Kupchik) es una obra tan amena como profunda que revisa 6.000 años de escritura, rescata a héroes olvidados como el bilbliotecario Aristófanes de Bizancio (desarolló el primer sistema de puntuación del mundo), plantea inquietudes sobre el futuro del lenguaje en la era digital y elabora una filosofía de la corrección gramatical y sintáctica. Un libro valioso, en suma.­


Podría decirse que el profesor Michalsen es una macluhiano tardío, en el sentido de que considera la tecnología como el motor de la evolución humana. La palabra impresa cambió la Historia, generó una revolución cognitiva; la libertad de expresión -duramente conquistada- modificó las relaciones de poder; el capital cultural potenció la economía como nunca antes. Y en ese devenir hubo aceleradores de los cambios poco conocidos como el editor Aldus Manutius (introdujo la primera coma moderna en 1494), el Steve Job del Renacimiento. Siguiendo la analogía, Venecia y Florencia fueron el Sillicon Valley de los siglos XV y XVI.­


El libro de Michalsen es un alarde de erudición. Se basa en una copiosa y bien escogida bibliografía. Hermosas citas exornan las páginas. Como ésta de Claudio Magris: "El uso adecuado del lenguaje es un requisito previo para la claridad moral y la honestidad''. Y esta otra de F. S. Fitzgerald: "Elimine todos los signos de exclamación. Un signo de exclamación es como reírse de sí mismo''.­


¡Scott está totalmente equivocado! En esta trinchera preferimos usar todos los signos de civilización. Y amamos ése que Michalsen considera el más hermoso, el único capaz de añadir un toque de distinción al texto: el punto y coma. Es otro invento renacentista y, acaso, también sirve como indicador de nivel intelectual; quienes lo usan bien son personas que gustan de la complejidad y los matices. En el siglo XIX, causó un duelo con esgrima. Hemingway lo desdeñó (al igual que al papel higiénico) pues temía que lo tomaran por afeminado.­


Después de esta maravillosa travesía por la historia de los signos de puntuación, de evocar algunas polémicas recientes en Europa y de proporcionar algunas oportunas normas gramaticales, Michalsen se adentra en un terreno filosófico. Advierte que la era del WhatsApp nos retrotrae, en cierta forma,  al lenguaje oral escrito de los griegos y a los ideogramas de la Antigüedad, vía emojis. ¿Es una moda? ¿Una tendencia irreversible que conduce a una suerte de esquizofrenia permanente, con dos formas de escritura en tensión? Otra grieta, pues.­


Fecundas reflexiones incluye la segunda parte del libro. El profesor Michelsen se pronuncia en favor de seguir enseñando el uso correcto de los signos de puntuación, pues "cuanto más pautas comunes compartamos en el acto de comunicar, mejor nos entenderemos''. 


Estos códigos comunes del lenguaje -insiste- "fueron sin dudas una de las mayores fuerzas impulsoras detrás de los grandes avances que tuvieron lugar en Europa hace quinientos años''. Uno no puede dejar de preguntarse: ¿Qué Argentina saldrá de esa mayoría de jóvenes exasperados que hoy casi no leen y usan para el diablo todas las magnificas herramientas que la escritura ofrece a la razón? Da miedo pensarlo.­

Guillermo Belcore

Publicado en el diario La Prensa


Calificación: Muy bueno

miércoles, 9 de febrero de 2022

Reacher

 



El mayor (RE) Jack Reacher mide 1,95 de altura y pesa 115 kilogramos. Es una masa de músculos, muy bien entrenada por el Ejército de Estados Unidos en el estilo de pelea más sucio del mundo. Le han enseñado, por ejemplo, a arrancar ojos con un pulgar. El ex comandante de una eficaz unidad de Inteligencia Militar recorre su país en ómnibus ligero de equipaje: un cepillo de dientes, algo de dinero, una tarjeta de débito. Usa ropa de segunda mano. "Sin ningún lugar particular al que ir y con todo el tiempo del mundo para llegar allí", advierte su demiurgo. No obstante, tiene la mala suerte de ser un gorila que atrae los problemas.


Hollywood le ha dado a Reacher el rostro improbable de Tom Cruise. Fueron dos películas; la segunda francamente muy mala. Amazone Prime, por fortuna, vuelve a las fuentes. Produjo una serie que respeta el espíritu y los rasgos físicos, mentales y emocionales de la creatura que protagoniza las novelas de Lee Child. La primera temporada ya está en el streaming; se basa en la primera novela del escritor inglés, Zona peligrosa. El showrunner Nick Santora (guionista de Prison Break) ha hecho un trabajo formidable.

Una mañana de cristal que se hace añicos, Reacher llega a Margrave, un pueblo de menos de 2.000 habitantes en Georgia en busca de historias sobre un as del blues. Ni siquiera puede terminar su café y su tarta de duraznos; la policía local lo arresta, pistola en mano, como sospechoso del asesinato de un John Doe en un descampado. El coloso errante (detesta que lo tachen de "vagabundo") pasa un día en la cárcel (sin decir palabra alguna) hasta que un banquero muerto de miedo confiesa el homicidio. Los dos son encerrados en una prisión estatal, donde intentan matarlos, pero claro, nuestro héroe es capaz de hacer trizas a cinco matones a la vez en los baños de la cárcel.

Ya en libertad, Reacher descubre horrorizado la identidad de John Doe. El asunto se vuelve personal. Se une entonces al envarado jefe de detectives de Margrave, un afroamericano educado en Harvard que se viste con chaleco y tweet en el verano sureño; y  a una agente de policía, rubia, bella y dura de pelar, como marca el canon. Son, acaso, los únicos agentes de la ley & el orden decentes en un estratégico cruce de caminos, dominado por un poderoso y enigmático grupo empresario.

La serie no da respiro. Hay una constante efusión de sangre. El veterano de guerra, fiel a su naturaleza de 'punisher' y azote de las mafias, se enfrenta a una vasta conspiración criminal que ha causado daños ambientales, asesinado a agentes federales e infiltrado a las fuerzas de seguridad; además de haber comprado, como dijimos, el alma y la conciencia del 99 por ciento de una población de Georgia. La mano ejecutora de los malos son comandos venezolanos.

El ex policía militar no es sólo fuerza bruta; es un investigador brillante con un cerebro sherlockiano que aplica a la perfección el método inductivo. Es también lo que los filósofos llaman "un hombre-isla", no quiere establecer lazos permanentes. El papel le calza como anillo al dedo al  musculoso actor y modelo Alan Ritchon. El suyo -de ahí su potencia- es un personaje literario. También cumplen con creces Malcon Goodwin como el atribulado y gruñón detective Oscar Finley; y Willa Fitzgerald, interpretando a la oficial Roscoe. Los secundarios no desentonan.

En conclusión, hemos encontrado un thriller trepidante, adictivo y sólido, con algunos baches sentimentaloides, muy recomendable para quien guste de esta clase de manufacturas. Resulta perfecto como entretenimiento. Naturalmente, puede servir como puerta de entrada a la vasta obra de Lee Child (seudónimo de Jim Dover Grant).  La saga Reacher abarca cuarenta y cuatro libros; casi tres décadas de trabajo concienzudo. Ojalá, Amazon Prime recoja el guante.

Guillermo Belcore

Calificación: Buena.


Ficha técnica de 'Reacher': Año: 2022. Duración: 8 capítulos de  50 minutos cada uno. País: Estados Unidos.  Dirección: Nick Santora (Creador), Lin Oeding, Norberto Barba, M.J. Bassett, Sam Hill, Omar Madha, Christine Moore, Stephen Surjik, Thomas Vincent. Guion: Aadrita Mukerji, Lee Child, Nick Santora, Cait Duffy, Scott Sullivan. Novela: Lee Child.  Música: Tony Morales. Fotografía: Ronald Plante, Michael McMurray. Reparto: Alan Ritchson, Malcolm Goodwin, Willa Fitzgerald, Kristin Kreuk, Bruce McGill, Chris Webster, Harvey Guillen, Max Jenkins, Currie Graham, Marc Bendavid, Willie Carpenter, Jonathan Koensgen, Leslie Fray. Productora: Amazon Studios, Paramount Television, Skydance Television. Distribuidora: Amazon Prime.

jueves, 27 de enero de 2022

Creación


En un ensayo breve pero muy reconocido, Georg Luckáks (1885-1971) estableció que la novela histórica comenzó a principios del siglo XIX. Más precisamente en 1814 cuando Walter Scott publicó Waverley. Aparecía por primera vez -según el gran crítico húngaro- el contenido específico de esa subespecie narrativa: "La excepcionalidad en la actuación de cada personaje deriva de una singularidad histórica".­


El invento prosperó, ha cautivado la imaginación de millones de terrícolas. Aún hoy genera decenas de obras extraordinarias y una versión plebeya que se vende muy bien en los supermercados y permite a ciertos periodistas argentinos posar de literatos. "Gracias a la invención y la imaginación, puede llegar allí donde no llega la Historia, y hacerlo, además, de forma más intensa y entretenida", escribió en El País de Madrid Luis García Jambrina (1960), profesor de la Universidad de Salamanca, quien tampoco pudo resistir la tentación de experimentar con la forma. Georg Luckáks, por cierto, consideraba que la virtud fundamental que debe exhibir es la verosimilitud. Y advertía: "Los acontecimientos históricos, si se recurre a ellos, no pueden alterarse, pero los personajes pueden ser ficticios y responder a la creatividad de sus autores".­


Entre tantas joyas que retratan una porción del pasado, hay una excepcional. Recomendamos hoy la obra magna de Eugene Luther Gore Vidal (1925-2012), uno de los grandes narradores estadounidenses, cuyo talento, sin embargo, no parece haber recibido de la Academia el aplauso que merece. Nos referimos a Creación (Edhasa, 854 páginas). Fue entregada a la imprenta en 1981 pero se publicó mutilada, con cuatro capítulos menos; hasta 2002 Gore Vidal no pudo desbaratar esa herejía. Busque entonces la versión larga. Le permitirá fugarse de este horrible 2002 a una época de maravillas y acontecimientos decisivos para la humanidad: la Edad Axial (el concepto es de Karl Jaspers). Viajamos a la Atenas de Pericles, a la corte del Gran Rey Darío I en Susa, a las republiquetas del Ganges donde enseñaba Buda, y al Reino del Medio del taoísmo y el maestro Confucio.­


La trama está narrada en primera persona. Escuchamos la voz añosa de Ciro Espitama, embajador en Atenas del Imperio Persa y sobrino de Zoroastro, el profeta de la Verdad, del dios único Ahura Mazda. Está indignado. Quiere refutar una conferencia de Heródoto en el Odeón, plagada de embustes que han llegado hasta nuestros días. Casi ciego y en el invierno de su vida, Ciro le dicta su biografía a un sobrino de 18 años, un tal Demócrito de Abdera. Estamos en el 445 antes de Cristo.­


La trama pues hilvana decenas de viajes, aventuras y decisiones de Estado, salpimentada con reflexiones teológicas, filosóficas y políticas. A Ciro Espitama lo obsesionaba un tema: la creación del universo (de ahí el título). Lo oímos, maravillados, discutirlo con Anaxagoras, en la casa del rico Calias; con el Buda en un monasterio de la ciudad de Shravasti, cuando el Gran Rey Darío lo envió a la India en misión diplomática y de espionaje. Y con Confucio, durante una clara mañana de pesca en el decadente ducado de Lu. Hasta Catay había llegado el emisario de Jerjes para abrir una ruta comercial, tarea equivalente a la construcción de una escalera a la luna.­


ANACRONISMO DELICIOSO­


Hay que decir que hasta el anacronismo de Creación es delicioso. Ciro Espitama habla con la elegancia e ingenio que caracteriza a la elite wasp de Nueva Inglaterra. Gore Vidal, claro, era uno de esos patricios. Su imaginación nos ha permitido intuir el punto de vista persa durante las guerras griegas. Los bárbaros, al parecer, somos nosotros.­


A la hora de planear la próxima expansión del Imperio Aqueménida, dos políticas pugnaban en la pesada corte: la estrategia occidental vs. la oriental. ¿Conquistar belicosos territorios de Europa, "donde nada no hay nada que alguien pueda querer"; o apoderarse de la industriosas poblaciones de India? Todos los reyes, tiranos o generales griegos desacreditados iban inmediatamente a Susa a conseguir ayuda, evoca Ciro Espitama. "Un occidental siempre está dispuesto a traicionar a su tierra natal por amor propio herido", advertía a Demócrito. Y esos consejeros resentidos obnubilaron a Darío y a Jerjes. Abrieron el camino hacia Salamina; alumbraron a Alejandro a la larga. Fascinante novela, ¿verdad?­


Gore Vidal, finalmente, nos deja una enseñanza. Poco ha cambiado en 2.500 años, entre los tiempos del Trono del León y los Planes Trabajar de Cristina: 

"Un campesino contratado o un esclavo producen exactamente la mitad de alimentos, que un hombre libre dueño de la tierra que trabaja". 


Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno.

domingo, 23 de enero de 2022

La Máquina, una leyenda del fútbol




El estilo es el hombre, escribió en piedra Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon. En efecto, la forma de vivir, de vestirse, de comportarse ante los desconocidos revela una identidad (una conciencia libre), cuando no es máscara. ¿Los mejores literatos son los estilistas, es decir los que cultivan el arte de la palabra justa y sacan brillo al párrafo hasta que relumbra? Leyendo a Borges, Banville, Aira, Steiner uno tiende a pensar que sí, pero desde la platea vociferan Cervantes, Sarmiento y Arlt que estamos equivocados, que la exuberancia en la dicción o el dominio de la metáfora no son los únicos dones decisivos en las bellas letras. Hay, sin embargo, un ambito de la realidad donde el estilo lo es todo; ese ámbito se llama el fútbol. Los únicos equipos inolvidables, los capaces de saltar sobre el fanatismo tribal y arrancarle el aplauso esquivo a la tribuna de enfrente, son aquellos que sostienen a lo largo del tiempo una generosa filosofía de juego, es decir un estilo. Como River Plate entre 1941 y 1946, acaso la cúspide del balonpié argentino. Quedan pocas personas vivas, ¡ay!, que hayan disfrutado de los lujosos espectáculos de La Maquina, pero afortunadamente dos de los mejores periodistas de La Prensa decidieron rehacer en tinta impresa ese glorioso lustro.


La Máquina, una leyenda del fútbol (Editorial Libro Fútbol.com, 363 páginas) es el segundo libro de Gustavo García y Carlos Viacava. Establece este último en el prólogo que ese River que ganó tres campeonatos, dos veces concluyó segundo y una vez tercero "se trató de una revolución táctica y estética llevada a cabo por jugadores de un talento supremo''. Expresión artística -¿por qué no,- labrada pues por Muñoz-Labruna-Pedernera-Labruna y Loustau, pero no solamente por el quinteto mágico. Fue un equipo con todas las letras, de cabo a rabo. Fue un Edén mientras el mundo estaba en llamas.


El libro reúne una impresionante cantidad de datos y opiniones de expertos que permite tanto afirmar conceptos como desbaratar mitos sobre los cincos fantásticos, que no vale la pena develar aquí pues conforman uno de los agrados de la minuciosa investigación. Reseñaron decenas de encuentros, examinaron cada uno de los mecanismos aceitados de La Máquina, historiaron a los protagonistas, abrieron diversas subhistorias paralelas, por ejemplo con el seleccionado argentino. La reconstrucción histórica es formidable, aquel era otro mundo, ¡Labruna tardó 14 años en comprarse una casa! Da la impresión que ningún detalle se les ha pasado por alto. ¿Fue Atlanta de 1947 el peor fracaso económico-deportivo en la historia del fóbal criollo?


Hay que destacar, además, que Viacava & García no sólo han rendido homenaje, como dijimos, a un sublime cambio de paradigma en la manera de atacar y lastimar sino que también tramaron rescatar grandes plumas del periodismo (Frascara, Borocoto, Panzeri) durante la era de oro de las revistas deportivas. Tal ejercicio de nostalgia nos obliga a concluir que la tecnología nunca podrá exprimir con más eficacia al talento o, más aun, que, en el camino del genio, cierta dificultad parece ser necesaria para la excelencia. No se escriben hoy mejores crónicas y comentarios en una computadora que en los tiempos de la estrepitosa máquina de escribir, ¡o de la pluma! No vemos en el hiperfilisteo fútbol actual mejores gambetas, jugadores y goles gracias a la grama perfecta y la pelota diseñada por informáticos.


Finalmente, ¿podría decirse que hay también un estilo de investigador literario? Existen diferentes jerarquías, como en todo. Desde esta trinchera, preferimos al ensayista que en Brasil llaman cu de ferro, pues invierte cientos de horas-silla investigando, buscando el pormenor raro y significativo, acumulando números, corrigiendo, perfeccionando el texto hasta volverlo una Máquina implacable para agarrar de las solapas la atención de nuestra mente -esa dama veleidosa- hasta la última página, cuando el lector descubre extasiado que ha pasado un momento agradable e instructivo con un libro, que ha aprovechado el tiempo escaso que el Creador le ha dado. Carlos Viacava y Gustavo García pertenecen a esa estirpe de investigadores, la de los excelentes.

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno

lunes, 17 de enero de 2022

Los desposeídos


Hace 170, años los seguidores de la profeta Lais Oddo abandonaron el planeta Urras. Un millón de almas eligió una nueva vida en una luna inhóspita, fría y ventosa que no había producido especies más evolucionadas que peces y plantas sin flores. No obstante, los disidentes prosperaron; construyeron en Anarres una civilización sofisticada que se rige estrictamente por los principios solidarios del anarquismo.


Siete generaciones después, ninguna forma de propiedad es tolerada en el planeta satélite. Los odonianos desconocen el dinero, el matrimonio, las jerarquías, el sometimiento de la mujer, la religión. En sus toscas ciudades ninguna puerta está cerrada con llave, pero todas las casas cuentan con una habitación privada para quien desee intimidad sexual. Los ciudadanos no pueden tener cosas, ni siquiera el amor incondicional de una madre. La vida privada sólo tiene valor cuando cumple una función social.


El Nuevo Mundo se rige, además, por los principios de la economía orgánica. Todo excedente, cualquier lujo se define como "excrementicio". La tecnología es tosca: la construcción de una simple barcaza para transportar grano por mar requiere todo un año de planificación y un gran esfuerzo para la economía. En la práctica, el mundo libre de Anarres sobrevive porque se ha convertido en una colonia minera de Urras. El trueque es el vínculo institucional entre dos planetas que se desprecian mutuamente. Se toleran, empero, esporádicos intercambios científicos.


Algunos librepensadores de Anarres se han revelado contra el status quo, creen que es hora de poner fin al aislamiento. El más notable es Shevek, un físico genial que casi deja el pellejo en su afán de convertirse en el primer odoniano en volver al Planeta Madre en más de un siglo y medio. Esa decisión lo ha convertido en un maldito entre su gente; la utopía anarquista tiene lo suyo, no se crea, la censura se ha generalizado y el miedo al cambio más la mentalidad burocrática sofocan el pensamiento individual. El revolucionario viaja a Urras en uno de los cargueros que, ocho veces al año, unen los cuerpos celestes.


Fascinante, ¿verdad? Es el argumento de una novela magnífica que Ursula Le Guin (1929-2018) -acaso la demiurga más culta de la llamada ficción imaginativa de Estados Unidos- entregó a la imprenta en 1974. Minotauro acaba de reimprimir en la Argentina Los desposeídos (462 páginas). La autora ha confesado que sus elucubraciones filosóficas se inspiran en las ideas del príncipe ruso Peter Kropotkin y del filósofo de la nueva izquierda sesentista Paul Goodman. Y que el científico J. Robert Oppenheimer, un amigo de sus padres, fue el modelo de Shevek, el exiliado.


DE NINGUN LUGAR


La trama se expande en dos direcciones. En primer lugar, leemos los esfuerzos del Shevek para encajar en Urras como invitado de una prestigiosa universidad con la que mantenía contacto epistolar. No le resulta sencillo. En el Viejo Mundo, rigen doctrinas y costumbres que los odionianos han sido entrenados para odiar como el propietariado (nuestro capitalismo) y el "arquismo", similar al comunismo de cuño soviético. La comodidad, las vestimentas extravagantes, la comida abundante, los pájaros, el cuero, el patriarcado, la servidumbre, todo le resulta extraño al justiciero. Sus anfitriones lo miman porque Shevek ha desarrollado la Teoría de la Simultaneidad que podría acortar increíblemente los viajes espaciales.


Le Guin usa con destreza el recurso del flashback. La narración de las peripecias en Urras se alternan con capítulos que detallan el arduo camino que debió recorrer Shevek en Anarres hasta convertirse en puente entre dos mundos, con todos los vientos en contra.


Hay que repetir lo que habíamos señalado hace unos meses tras la lectura de La mano izquierda de la oscuridad. La escritora californiana -hija del destacado antropólogo Alfred Kroeber- fue bendecida por el Altísimo con un talento sublime para imaginar sociedades alternativas, en este caso, como dijimos, una anarquista que va sacrificando ideales en el altar del utilitarismo más ruin. El amor al detalle de Le Guin es extraordinario. Hasta la lingüística fue atendida con rigurosidad: en Anarres desaparecieron los pronombres posesivos y el insulto más escuchado es "¡egotista"!


Podría pensarse que la tensión entre Urras y Anarres es un subproducto de la guerra fría. Dos modelos ideológicos en pugna: capitalismo vs. anarquismo. Pero no se trata de una obra maniquea; los planteos conceptuales de Le Guin nunca son doctrinarios o simples, incluso su feminismo es delicado y sabio. Los desposeídos obtuvo los premios más importantes de la ficción científica (Hugo, Locus y Nebula) en 1975.


El juego de ideas, la historia de una conciencia pura que desafía a los poderes establecidos, y esa minuciosa atención a los pormenores de una raza alienígena hacen muy recomendable a esta novela. Escuchen esto: los pueblos del planeta Urras tienen su propia versión de la caída de Adán y Eva. Dios expulsó del Jardín del Edén a Pinra Od porque se atrevió a contarse los dedos de las manos y los pies, hasta sumar veinte, y dejar así el Tiempo suelto por el Mundo.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

miércoles, 5 de enero de 2022

Las ideas de nuestro tiempo

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En el arte del panfleto nadie ha demostrado mayor vigor y eficacia durante el último tramo del siglo XX que Jean Francois Revel (1924-2006), estableció don Fernando Savater en Sin contemplaciones.


El panfleto no es una especie menor. Es un campo ilustrado donde cabalgan los librepensadores que deciden escribir no sobre un tema, sino contra un adversario (Y a éste no se lo concede nada). Revel lo hizo con vivacidad, mordacidad de estilo y con el apoyo crucial de los datos concretos. Ha brillado así como cruzado de las ideas correctas, en particular de la libertad de espíritu. Ha sido el azote del comunismo, tanto de vieja escuela como el finisecular, camuflado de otra cosa. Ha escrito algunos de los libros políticos más importantes de nuestra era (por lo esclarecedores) como La tentación totalitaria, Cómo acaban las democracias, La obsesión antiamericana y El conocimiento inútil.


Antes de esas obras fundamentales, entre 1966 y 1971, fue editorialista literario de la revista L'Express. Esos artículos semanales, también lúcidos, son piezas de crítica del más alto nivel. Se han atesorado en un volumen maravilloso que encontramos en la Biblioteca del diario La Prensa y que venimos a recomendar con toda convicción: Las ideas de nuestro tiempo (Emecé Editores, 376 páginas, edicion 1973). La traducción es de Ramiro de Casasbellas. Hay que destacar que las ideas revelianas no han perdido un gramo de vigencia.­


La antología examina, con afilada precisión, el pensamiento de Marx, Erasmo, Marcuse, Aron, Chomsky, Mc Luhan, Trotsky, Freud, Montagne entre otros colosos. Revel observaba tanto las mutaciones subterráneas como los epifenómenos de superficie. Opinó sobre el Mayo francés, la Unión Soviética, Franco, la revolución de la costumbres en California, De Gaulle, la guerra de Vietnam, Israel y la idea del sionismo, el impacto de la publicidad, la democracia representativa. Comentó obras de Borges, Edgard Morín, Pirandello, Le Clezio, Malraux, Mauriac, Napoleón, Peyrefitte, Balzac, Vance Packard...­


Casi al pasar, el maestro Revel recomendaba a los comentaristas "mantenerse equidistante de la apología o el anatema, comprender antes que elogiar o condenar''. Por fortuna, casi nunca siguió una sugerencia tan inane. Así, nos regala una definición insuperable del Estado: 

"...institución destinada a promover a los mediocres, cuya esterilidad quedó demostrada de una vez y para siempre en los países del Este''.­


Y a los futboleros nos advierte en un pasaje de amarga ironía que el deporte de masas es una fuente primordial de demencia: 

"...a las enfermedades mentales más conocidas (maníaco-depresión de los atletas, paranoia de los simpatizantes, estado semiesquizoide de los dirigentes) se agrega el trance colectivo del público que llega hasta la locura mortífera...''.­


Un libro extraordinario, en síntesis. Haga el esfuerzo de encontrarlo, amigo lector.­


Guillermo Belcore


Publicado en el diario La Prensa



Calificación: Excelente

lunes, 27 de diciembre de 2021

Encrucijadas


¿Por qué no hay balsaquianos en la Argentina? Tenemos sí algunas novelas oceánicas aisladas como Las Varonesas de Carlos Catania y Pretérito Perfecto de Hugo Fuguet, tenemos a Saer y Laiseca, pero no ha engendrado la Patria un autor que de manera sistemática haya edificado una carrera profesional usando el procedimiento de Tolstoi y de Dickens que consiste en unir destino individual con el devenir de la sociedad. Alguien que, por ejemplo, narre la historia de una familia nacional por ochenta años, abuelos inmigrantes italianos, padres que prosperaron hasta los setenta, un nieto peronista en la universidad y en la guerrilla, el otro liberal en las finanzas, un primo en los Grupos de Tareas. ¿Será porque implica mucho trabajo?


Por fortuna, los amantes de la novela tradicional -un formato que nunca pasará de moda- encontramos al norte del Hemisferio literatos excelentes que nos satisfacen el gusto. Acaba de llegar a la Argentina, el más reciente trabajo de Jonathan Franzen (Western Springs 1959), una ambiciosa reconstrucción de la vida a comienzos de los setenta en un próspero suburbio de Chicago.


Encrucijadas (Salamandra, 630 páginas) es la primera parte de una trilogía. Es, acaso, la más completa, profunda y estimulante creatura de Franzen (mejor que Las correcciones, incluso); bien puede postularse como la novela del año. Uno simplemente puede abandonarse al goce la lectura.


Narra el autor las peripecias de los Hildebrandt. El paterfamilias es el reverendo Russ H., un paleto de Indiana, nacido menonita, que se ha transformado en clérigo progresista en la Primera Iglesia Reformada. Es un pacifista, un promotor de la justicia social, pero ha sufrido una crisis humillante en su trabajo y vive amargado por el hecho de que sólo ha practicado el sexo con su esposa Marion, a quien ya no encuentra deseable. ¡El pastor auxiliar de New Prospect está obsesionado con remediar esa carencia! Incluso al punto de poner en riesgo su carrera y convertirse en un ser despreciable a los ojos de sus hijos mayores. "Que fuera suya (la viuda pícara Frances Cottrell) incluso una sola vez, valdría cualquier precio que Dios le hiciera pagar luego", nos dice el narrador omnisciente.


Marion, la esposa del vicario y "madre sin atributos", tampoco es feliz. Hizo cosas deleznables en su juventud en California, estuvo encerrada en un manicomio y ahora sufre por su exceso de peso. Ha encontrado en el psicoanálisis un sucedáneo de la amistad y del confesionario (la religiosidad de los personajes es una de las claves del libro). Clem, el primogénito, está obsesionado con demostrar mayor valentía e integridad que su padre. Becky, la reina de la escuela secundaria, se convierte en esa clase de chicas que le roban el novio a otra. Perry, consumidor y traficante de drogas, opera a un nivel de racionalidad inaccesible para los demás. Jay es sólo un niño, pero parece el más sano de la familia. Uno no puede sino recordar el dictum de Sigmund Freud en El porvenir de una ilusión: "Piénsese en el contraste estristecedor que existe entre la inteligencia de un chico sano y la debilidad intelectual de un adulto medio''.


El título de la novela tiene un doble sentido. 'Encrucijadas' es un grupo parroquial caracterizado por sus aspavientos emocionales. Russ Hildebrant fue desplazado del timón por pánfilo y jamás se lo perdonó a su joven sucesor, el pastor Rick Ambrose. Estamos en 1971. La idea básica de la comunidad es que "Dios puede encontrarse en las relaciones, no en la liturgia y los rituales y el modo de adorarlo y acercarse a El parte de emular a Jesucristo en la relación con sus discípulos, practicando la honestidad, la  confrontación y el amor incondicional".


Pero también alude el título a las encrucijadas que enfrentan los Hildebrandt a lo largo de su existencia. ¡Los dilemas morales son el núcleo incandescente de la trama! No sólo es una novela magnífica que medita sobre cuestiones teológicas (la existencia del alma, la naturaleza de la bondad, el verdadero mensaje de la Navidad). También reflexiona Franzen sobre la Alta Filosofía de Albert Camus; en particular sobre la necesidad de ejercer la libertad moral. Cuestiona, no obstante, que exista una conciencia unitaria que delibera objetivamente sobre las opciones que encuentra sobre la mesa. Fuerzas oscuras y abismales distorsionan la acción humana.


Sea como sea, nos encontramos en el texto con un infrecuente nivel de espiritualidad y pensamiento elevado. Es una de sus glorias. Cuestiones más pedestres urden un clima de suspenso: ¿yacerá finalmente el torpe pastor Hildebrandt con esa rubia encantadora de los barrios residenciales que le ha sorbido el seso? ¿Qué consecuencias traerá el adulterio? Esas dos simples preguntas atrapan nuestra atención durante cientos de páginas.


Sin ser un gran estilista (aunque encontramos algunas metáforas coloridas), Franzen narra historias con una magnífica soltura. Demuestra además un brillante manejo de la escena y el diálogo. La traducción de Eugenia Vázquez Nacarino es competente, no arruina la erótica de la obra, pero el lector argentino deberá soportar esos feos coloquialismos de la Madre Patria. Uno se entera, por ejemplo, que "...echaron la pota sobre la nieve del jardín trasero..." quiere decir que habían vomitado. ¿Qué podemos hacer? La Argentina es hoy un arrabal pobre de la iberósfera.


Ha establecido Marcel Schwob que el arte del novelista consiste en convertir en interesante la vida de cualquier funambulero. Franzen lo logra con creces en Encrucijadas. Es el mejor sociólogo -al decir de jean Francois Revel-, "aquél que da la impresión de no hacer sociología". Resultan fascinantes pues las andanzas de un menesteroso párroco auxiliar, de su mujer y de sus cuatro hijos. Esperamos con ansias el segundo tomo que se ambientará -según deslizó el autor- en el año 2000. 

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

domingo, 5 de diciembre de 2021

Notas al pie




En la página veintiséis de su última novela, Alejandro Dolina (Morse, 1944) medita sobre el primer principio de Hipócrates (Ars longa, vita brevis):

"¿Cuánto se tarda en leer un libro? ¿Cuánto esfuerzo demanda hacer un trabajo de crítica acerca de algo que no forma parte de nuestros intereses? Leer un libro es no leer otro. Los lectores no inmortales podrán acceder al cabo de su vida a un número limitado de obras. Eso debería ser una advertencia para que uno elija bien. Leer El caso nueve dedos de la colección Rastros es -tal vez- no leer El retrato de Dorian Grey".

Un párrafo impecable, ¿no? Pero nos fuerza a preguntarnos: ¿Para quién es Notas al pie (Planeta, 468 páginas)? ¿Por qué deberíamos leer o pasar por alto la novela más reciente del señor Dolina?

Por supuesto, es un producto absolutamente recomendable para la legión de admiradores del demiurgo del Angel Gris. Desde los adorables cuentos que publicaba en la revista Humor allá por los ochenta, el señor Dolina no se ha movido un centímetro hacia arriba o hacia abajo. A los setenta y siete años, ofrece la misma singular ensalada de erudición bien y mal digerida, filosofía en clave atorrante, cierto tono engolado, coloquialismo, humor del absurdo, prodigios al por mayor, guiños a sus amistades. ¿Es esto Alta Literatura? Lo cierto es que uno lo lee y no puede quitarse de la cabeza la voz del showman de La venganza será terrible, su legendario programa de radio.

Es posible que el Dolina literato se autodescriba en la página dieciseis:

"...Morozov tenía dificultades para escribir y sólo podía construir fragmentos. Alrededor de esa imposibilidad fue desarrollando una ética y una estética de la sinécdoque y por cierto que los resultados fueron muy superiores a los que cabría esperar de sus obras terminadas... Morozov nunca escribió una obra extensa. Sus libros tienden más bien a reunir textos provenientes de momentos y propósitos distintos. Cada tanto, con la inspiración jadeante llegaba al final de un cuento. Sus obras de teatro, que nunca fracasaban, contaban siempre con un coautor, visible u oculto..."

Los que no pertenecen a la extensa feligresía doliniana encontrarán básicamente un libro que se torna tedioso, aunque con algunos fragmentos muy buenos. El autor juega a ser el Borges de Historia universal de la infamia, pero no le da la talla. Abundan las cacofonías y se inflige al lector de fuste una interminable retahíla de anécdotas extravagantes, la mayoría flojas.

La carpintería no es complicada. Se trata de la reproducción de los textos póstumos del escritor Vidal Morozov, comentados por su discípulo Franco De Robertis, quien, precisamente, no muestra la minuciosa devoción que James Boswell tributaba al doctor Samuel Johnson.

A los cuentos de Morozov y los comentarios al pie de De Robertis se añaden "Papeles Sueltos" y trozos de "la película de Laslo Martok con textos de Morozov", en la que intervienen alumnos de la escuela San Ginés (¿el compañero ex ministro?). Nada especial.

La clave artística del señor Dolina es la llamada fe poética (quizás también de sus convicciones ideológicas). Recorren el libros íncubos, magos, alfombras voladores, sillas del olvido, sabios chinos, ciudades semovientes como La Plata que casi choca con Buenos Aires y termina perdiéndose en el océano. La acumulación caótica busca, naturalmente, provocar asombro. Comparte escenario con amores contrariados, otra especialidad de la casa.

VIRTUD SUPREMA

La voluntad de creer es, en efecto, la virtud suprema para el señor Dolina. Podría decirse que la suspensión de la incredulidad (dentro de ciertos límites de la verosimilitud) es pertinente en el terreno de la literatura, pero en la vida real -sobre todo en el ámbito de la política- creer contra toda evidencia ha llevado a la Argentina al fondo de la abyección.

Volvamos a Hipócrates. Notas al pie también podría recomendarse al lector primerizo, adolescente incluso. El lector experimentado, el buscador de densidades formales y temáticas, se verá defraudado, le resultará arduo llegar al punto final. Y como dice el maestro Dolina, leer un libro mediocre es no leer una novela excelente.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa

Calificación: Regular

viernes, 19 de noviembre de 2021

Todo verdor perecerá


Hay libros que se devoran como un plato suculento, casi sin respirar. Hay otros que deben paladearse como el buen vino. Estos, más difíciles, exigen saborear párrafo por párrafo... ¡qué digo!, línea por línea para entender las ideas del autor y disfrutar los inagotables recursos de la poética que pone en juego.


A esta última categoría -la de los obras exigentes y ambiciosas- pertenece una novela que Eduardo Mallea (1903-1982) entregó a la imprenta cuando las hordas hitlerianas irrumpían en la Unión Soviética. Todo verdor perecerá (Espasa-Calpe Argentina, 175 líneas, edición 1945) es un texto muy denso en el buen y en el mal sentido del término. 


Fue compuesta para lectores que cultivan la paciencia, que gozan de la exuberancia verbal y de los conceptos alambicados, que leen con un lápiz en la mano, que no les desagrada volver atrás constantemente para releer y que soportan con entereza los pasajes tediosos. Sólo si usted fue hecho con esa madera noble llegará sin prisas al final (decepcionante) de la novela.­


Quiero decir, no es un libro para todos. A un tal Jorge Luis Borges no le agradó. Parafraseaba el título. "Todo lector perecerá'', bromeaba. Stefan Zweig, en cambio, cubrió al texto de elogios, pero esto debe tomarse con pinzas. Mallea dirigió el Suplemento Literario de La Nación entre 1931 y 1955 y había contratado como colaborador al pobre y errante Zweig.


EL TORMENTO DE JOB­


­Narra Mallea el calvario de Agata Reba, con un empaque literario similar al de un Emile Zola o un Thomas Hardy. Se la ha definido como "novela naturalista'', "novela psicológica'', "novela metafísica'' y "novela sombría''. Es decir, he aquí un estilo decimonónico tardío, embebido en filosofía existencialista (Kierkegaard sobre todo) y en ese pesimismo abrumador que tan bien esgrimía Juan Carlos Onetti. Aquí no encontrará el lector desahogos sentimentales. Son todas pálidas, diría un chico, hasta la última página.


Agata es hija de un mediocre médico de provincias, nacido en Suiza y afincado en el rústico puerto de Ingeniero White, a un tiro de piedra de Bahía Blanca, ciudad natal de Mallea. La vida condenó a la chica a la soledad. No conoció amor de madre. "Creció sin creencia, dura, hermética, huraña como un cachorro en despoblado''. Luego fue mal querida por su marido Nicanor Cruz, El amargao para más señas, y después (en la II parte) será abadonada por el abogado Sotero, su amante, el Hombre Instante , un sinvergüenza que cultiva la `teoría de la vida urgente'. Todos los días de la mujer parecen "como un único día largo de frío''.­


La trama nos lleva, como dijimos, al sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Los escenarios son White más una floreciente Bahía Blanca, más la sierra arenosa de los alrededores donde Nicanor y Agata se establecen, arruinados en todo sentido. La naturaleza aquí es una fuerza hostil. Sequías implacables estragan cosechas, esperanzas de prosperidad y matrimonios. Estamos en la primera mitad del siglo XX. Los personajes sufren maldiciones bíblicas. Padecen como Job.


Los personajes, bien tallados, exhalan fracaso. Casi todos. Mallea trae recuerdos sureños (el del infame malón por ejemplo) y algunas hermosas metáforas coloridas. Define a la Ema de Volpe, mujer de la vida, como una "rosarina condenada a la locuacidad como la raya de puerto al anzuelo fortuito''. Dice que algo es siniestro "como usurero en años de ruina''. O "irrisorio y sarcástico como la confitura que le traen al moribundo''.


Pero el procedimiento más significativo del libro es el uso que hace de su heroína trágica para la meditación filosófica. Transcribimos algunos pensamientos:­


* "Siendo la felicidad el estado más alto de la plenitud es también el que más se parece al balbuceo''.­


* "Si estamos hechos de multitud, ¿por qué somos tan poco soluciones?''.­


* "Somos animales frágiles, nuestra más terrible ilusión es creernos angeles andantes. De pronto estalla una arteria y somos una piltrafa''.­


* "Al fin, acabámos pareciéndonos a lo que odiamos''.­


* "La soledad sirve sólo si no hemos sentido lo que hay de mejor''.­


* "Las palabras no están hechas para entendernos, están hechas para que nos comentemos''.­


* "¿Será posible que todo sea en este mundo discordia, mal prevenimiento, cansancio del amor?... Feroces caídas, fuegos y las mil formas reptantes del resentimiento... Que el corazón humano no se aclimate en la unión nunca, nunca, nunca...''

Guillermo Belcore

Calificación: Regular 

domingo, 14 de noviembre de 2021

Atlas de micronaciones


El Principado de Sealand fue fundado en 1967 por el aventurero británico Paddy Roy Bates. Se asienta sobre el Mar de Norte no lejos de la Gran Bretaña, tiene una superficie de quinientos cincuenta metros cuadrados y cinco habitantes permanentes. El príncipe Michael I es la máxima autoridad y su historia ostenta un golpe de Estado y un gobierno rebelde en el exilio. Sí, un coup d"Etat con una población que equivale a un equipo de basquet. Las micronaciones dicen mucho -o, mejor dicho, nos dicen todo- sobre la naturaleza humana.


Decenas de parajes diminutos y fascinantes como Sealand se describen en el Atlas de micronaciones, recopilación del periodista, crítico y escritor italiano Graziano Graziani. Fue publicado por primera vez en 2015; el sello Ediciones Godot, lo trae a la Argentina con la impecable traducción de Guillermo Piro. Es, por encima de todo, un libro muy divertido. Atesora historias de países minúsculos que -como destaca el prólogo- "aunque parecen inventados son rigurosamente verdaderos". La mayoría, ¡cómo no! están en Europa, la tierra de lo que los españoles llaman "nacionalismo de campanario".


Las motivaciones de esos hombres y mujeres que han protagonizado epopeyas en miniatura son variadas. No se trata solamente de la "búsqueda irreductible y a veces, surrealista de autonomía e independencia". También interviene el esnobismo, el sentido del humor, la chifladura y el afán de lucro, que siempre será legítimo cuando no cause daños. El lector del Atlas de Graziani se sorprenderá por el ingenio del ser humano para convertir su terruño en una meca del turismo. Ese esfuerzo titánico, quizás, sólo puede ser comparado con los descomunales trabajos que suele emprender un varón para seducir a una dama.


El volumen deja una enseñanza a los políticos: si no permiten que la tarea de los artistas siga su curso hay peligro de secesión. Ahí están las esculturas del Principado de Ladonia en Suecia y las casas esféricas de la República de Kugelmugel en Austria para atestiguarlo. Una parte del Atlas se ocupa, en efecto, de los microestados surgidos de la imaginación de un artista. Lisbekistán es muy tentador. Su moneda es el pezón (el valor está vinculado al precio de un paquete de cigarrillos Marlboro); el segundo lema de la nación de la princesa Liz resulta estimulante: "Optimismo en tiempo de crisis".


De las ideas de Graziani puede decirse que, como a todo progresista, se le escapan algunas tonterías. Por ejemplo, cuando evoca aquella locura decimonónica del patán francés Orélie Antoine de Tounens que aspiraba a crear a ambos de la cordillera patagónica el Reino de Araucanía (o Nueva Francia), denuncia "las políticas expansionistas de Chile y la Argentina en detrimento de los pueblos mapuches". Unas páginas más adelante reprueba la desintegración de Yugoslavia. Cree que los Balcanes degeneraron del "ideal socialista a la pesadilla del nacionalismo".


En fin. Son pequeñas máculas que no estropean la belleza del tema y el permanente humor de estas anomalías geopolíticas. El libro está repleto de perlas, como la Constitución de la República de Uzupis. Desde una barriada liberada y chic de Vilna (Lituania) proclama en su artículo tres que todos sus ciudadanos "tienen derecho a equivocarse". El artículo trece estipula que "un gato no está obligado a amar a su dueño pero lo debe ayudar en sus momentos difíciles".


HOMBRE-REPUBLICA


Quizás el capítulo que toque más de cerca a los argentinos sea el que detalla la República de los Piani Sottani, fundada en 1950 por un campesino de Lucania (la actual Basilicata), quien pasó a la posteridad como el "hombre-república". Nos interpela porque se trata de un corajudo que declaró la independencia de Italia, harto de la inepcia estatal y de que sin contar con una recomendación apropiada le resultara imposible progresar. Página doscientos cuarenta:

"La burocracia es un laberinto imposible y contradictorio donde quien entra da vueltas eternamente, entre leyes y reglamentos, sin esperanza alguna de encontrar la salida, escribió el patriarca de Grassano".


Es una historia no sólo conmovedora, sino también didáctica. Los argentinos deberíamos adoptar al pie de la letra una de las premisas de Don Michele Mulieri: El verdadero patriota es el que lucha contra la burocracia, no quien se aprovecha de la política para hacer sus propios negocios.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Bueno

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Las partículas elementales


 Todos los grandes escritores son reaccionarios: Balzac, Flaubert, Baudeleire, Dostoievsky, escribió Michel Houllebecq. Uno podría agregar muchos nombres a la lista como Borges, Nabokov, Thomas Mann, Chesterton, Vargas Llosa o Celine y advertir sobre algunas excepciones como Thomas Pynchon, pero el asunto de este artículo es destacar el exito tanto artístico como comercial de Houllebecq al transitar el sendero fecundo del conservadorismo, ya sea por afinidad ideológica, estrategia promocional o resentimiento del feo. Nada menos importante en literatura que las motivaciones de un autor.

La segunda novela que Houllebecq entregó a la imprenta es un magnífico manifiesto reaccionario. Las partículas elementales (Anagrama, 273 páginas) sostiene, en efecto, que ninguna sociedad es viable sin el eje federador de una religión, abomina de la visión hedonista de la vida y plantea que el concepto de libertad individual no puede servir de base a ningún progreso humano. En el fondo de la nausea contemporánea -remarca- brillan sólo un par de chispas, el amor conyugal y la familia. Y las mujeres siempre son mejores que los hombres.

La novela fue publicada por primera vez en 1998 y aún tiene mucho que decirnos, pues está empapada en Alta Filosofía. Narra la vida del científico Michel Djerzinski, artífice de la "tercera mutación metáfisca'', que supuestamente se producirá durante este siglo cuando se apliquen a la genética principios de la física cuántica.

Por "mutación metafísica'' debemos entender una "transición radical y global de la visión del mundo adoptada por la mayoría de los seres humanos''. La primera fue el cristianismo; la segunda, la aparición de la ciencia moderna hace 500 años que degeneró en el racionalismo individualista. El libro pretende ser un panfleto erudito que denuncia "el suicidio de Occidente'', un testimonio de su decadencia moral y social. Al final del texto, veremos que quizás todo se trate de un juego metalingüístico de la trama, pero no importa: antes de eso encontramos un torrente de ideas -como campanazos- que atrapan toda nuestra atención. ¡Un escritor que cita a Kant!­

El segundo carácter rotundo del libro es el hermanastro del biólogo, un tal Bruno que se gana la vida como profesor de literatura moderna. Si la vocación de Michael D. es contribuir al progreso del conocimiento, la meta principal en la vida de su medio hermano es la cacería sexual, lo seguimos a campamentos nudistas y clubes de swinggers. Ambos personajes, no obstante, están anestesiados para el amor. Tienen una parte del alma amputada. A Houllebecq le interesa retratar los desastres que provoca tanto en las personas como en la sociedad "el consumo libidinal de masas de origen norteamericano''. Los hippies -dispara- "representan el mal, trajeron el mal''. Cuando una madre o un padre asumen ese estilo de vida los resultados son devastadores para los hijos.

Oigamos su vozarrón jupiterino: "la liberación sexual no ha sido la culminación de un sueño comunitario sino más bien se trató de un nuevo escalón en la progresiva escalada del individualismo que provocó la destrucción del último islote de comunismo primitivo en el seno de la sociedad liberal: la familia, el último tabique que separa al individuo del mercado''.

UNA TRADICION­

­Atento a una profunda tradición de la literatura francesa que consiste en elevar al artista a la categoría de pensador de la evolución (o la descomposición) social, Houllebecq juega magistralmente al sociólogo, al antropólogo, el economista y al filósofo. A veces al voleo y a menudo no tiene razón. Arroja, por así decirlo, al niño por el desagüe en lugar de desahacerse sólo del agua sucia. ­

La opinión de este blog es que, más allá del "vacío existencial en muchos días, del consumismo desaforado, de la exarcebación del deseo en proporciones inauditas que devora a tantas almas desorientadas'', Occidente -como expresión histórica de la democracia liberal- sigue siendo la mejor opción disponible para la humanidad en su conjunto. Fukuyama dio en el blanco hace treinta años en El fin de la historia.

Puede que el malestar europeo que se expresa en novelas como Las partículas elementales parezca a un lector criollo algo esnob. En medio de una vida desordenada, con tantas urgencias, la melancolía de los pueblos prósperos difícilmente nos conmueva. Pero admitamos que los atribulados habitantes de países en desarrollo tenemos problemas comunes con los ciudadanos del Primer Mundo. Sabemos de que habla Houllebecq cuando denuncia que "la violencia física -la manifestación más perfecta del indiviadualismo- reapareció en nuestras calles por la tendencia a la atomización social''.

Pucha, la Argentina tiene muchos vicios del Primer Mundo pero pocas de sus virtudes.

"Ya no estamos en tiempos de Celine, ya nadie escribe lo que se le da la gana sobre ciertos temas'', se lee en otro pasaje afortunado de Las partículas elementales, una novela espléndida, con una prosa cristalina, cargada de conceptos y términos científicos. Afortunadamente, queda un puñado de talentosos como Houllebecq que, con la lucidez de los depresivos, desafía la peste de la corrección política, otro síntoma de nuestra decadencia cultural.­

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno