domingo, 26 de junio de 2016

La década infame de Hungría

Por Guillermo Belcore

La Historia se ha ensañado con una nación exótica, hoy diminuta, de la Cuenca del Danubio. Nació como cuña asiática en el corazón de Europa. Nómadas orientales de la familia lingüística uraco-altaica (emparentadas acaso con los ugrofineses y con los tártaros) se establecieron en esas fértiles llanuras hace más de mil años. Se convirtieron al cristianismo y, enriquecida su población con suabos, judíos y eslavos, llegaron a construir una potencia mediana con uno de los pocos idiomas del Viejo Continente que no tiene origen indoeuropeo. La Historia ha saboteado el experimento: el despotismo de los turcos, los rusos y los alemanes diezmaron al valeroso pueblo. Tampoco puede minimizarse la estupidez y la ruina moral de su clase dirigente (ya hablaremos de eso). Nos referimos, naturalmente, a Hungría, hogar de enormes escritores como otras pequeñas naciones de espíritu indomable (piénsese en Irlanda o en Uruguay). Uno de los literatos húngaros más conocidos en Occidente es Sándor Márai (1900-1989). Para gozo de sus lectores, acaba de publicarse en español un libro (Lo que no quise decir, Salamandra, 159 páginas) que rescata dos capítulos inéditos del tercer tomo de memorias de Márai. Es un añadido enriquecedor a una de sus mejores obras, ¡Tierra, tierra!, evocación, no sin filosofía, de la irrupción del Ejército Rojo en Budapest a fines de la Segunda Guerra Mundial.

En realidad, no se trata de un texto perdido, sino de capítulos censurados por el propio autor. Quiso Márai que mientras la patria estuviese oprimida bajo la bota soviética, los ojos del mundo no se posaran sobre la responsabilidad de los señores magiares en las tragedias del siglo XX. Se trata de una dolorosa confesión. Una imputación entre compatriotas, magníficamente redactada.

El pistoletazo de salida resonó el 12 de marzo de 1938, día del Anschluss, es decir, la incorporación de Austria a la Alemania nazi. A partir de entonces, y en el término de sólo diez años, fue desapareciendo -con el rigor de una progresión geométrica- toda una forma de vida, toda una mentalidad, y toda una cultura, la cultura burguesa de Centroeuropa. Sándor Márai ha querido ser el heraldo de esa catástrofe; intentó rescatar con la mayor fidelidad posible la esencia de lo transcurrido durante esa década funesta.

Era Hungría por entonces una nación rencorosa y con la sensibilidad a flor de piel. El Tratado de Trianón le había amputado de manera injusta dos terceras partes del territorio, justo donde prosperaba la clase social que era depositaria de su cultura (los intelectuales de la Alta Hungría y la Transilvania). Sobre llovido, mojado. Una revolución bolchevique en Budapest (duró cien días), aplastada por las armas, terminó de empujar el péndulo hacia el otro extremo, hacia un ejecutivo semifascista que repartió cascos, uniformes y botas entre la escoria y decidió que la nación entera subiera al carro de los que se perfilaban como vencedores en el Nuevo Orden Europeo en ciernes, antes de que ese carro arrollara a toda Mitteleuropa. Evoca Márai:

"El pueblo alemán se había puesto en movimiento y se había apoderado brutalmente de la pequeña Austria y ya no sería capaz de detenerse a medio camino; había iniciado la marcha hacia el Este, obligado por fuerzas internas a seguir avanzando por la ruta que había emprendido, rumbo a los fértiles trigales de Ucrania, al petróleo de Ploesti y Baku, al canal de Suez, quizá hasta Bagdad, y barrería y derribaría a su paso todo aquello que se interpusiera en el camino, hombres incluidos".

PARANGONES

A la Hungría de entreguerras, contrarrevolucionaria y proalemana, le ocurrió lo mismo que le ha pasado tantas veces a la Argentina, incluso durante este siglo. Se hizo con el poder una casta que no representaba a la nación pero que era lo suficientemente potente para hablar en su nombre y actuar en su lugar. Tocaron las cornetas del fanatismo. "Fue la época de la revancha del hombre común torturado por un complejo de inferioridad", percibieron las finas antenas del artista. Se multiplicaron las oportunidades para el saqueo y el pillaje de un modo que nunca se había visto. Esa casta intelectual, autoritaria, rechazó las leyes morales de la democracia porque le resultaban incómodas, la obligaban a competir y la privaban de la posibilidad de valerse de unos privilegios basados en el linaje político. ¿Suena familiar, verdad?

Deplora el escritor:

"Al igual que más tarde hicieron los bolcheviques, que tacharían de reaccionarios a todos los que no siguieran a rajatabla los ideales marxistas-leninistas, en la Hungría de Trianón los que imaginaban un desarrollo social distinto al que imponían los guardianes políticos y culturales colocados en las oficinas del poder por los terratenientes eran tachados de destructivos".

Resulta muy interesante meditar sobre un fenómeno que también tiene parangones en las Argentina: la construcción de la figura del indeseable por parte de organizaciones paraestatales. Destructivo, reaccionario, subversivo, apátrida, burgués, gorila, en fin son etiquetas que desnudan la decadencia moral en la que incurre una sociedad cuando la lógica política -y las ventajas materiales que se suscitan de ésta- se ubica por encima de la más elemental decencia. Como se ve, la demagogia populista, malintencionada, estrecha de miras -y a menudo contaminada con ideología irredentista- es un fenómeno universal. No obstante, la apuesta estratégica de la Hungría señorial, con su patriotismo intolerante, incompetente y a la larga anacrónico, estaba condenada al fracaso. Y seguramente era inviable cualquier otra opción política, aunque moralmente más justa, distinta a entregarse con cuerpo y alma a la Gran Alemania con la esperanza de que ésta consintiera la subsistencia en Europa de un pequeño pueblo de origen asiático:

"Con el paso del tiempo, todos hemos aprendido -y a un precio tremendo- que la región danubiana tiene un destino común: a la hora de la pleamar del ciclo lunar de la historia, las grandes potencias alemana y eslava atacaron y amenazaron con sumergir bajo la misma marea las costas húngaras y rumanas, igual que sus parientes eslavos orientales hicieron con polacos, búlgaros, checos, eslovacos y yugoslavos que se aferraban con la misma intensidad a su identidad nacional y a su forma de vida más democrática".

PERSONAJES

Es estas apretadas páginas, Márai no sólo denuncia, en general, la "risa deforme del espíritu magiar" durante la década infame. También señala con el dedo a algunas responsables de la desgracia nacional: Pál Teleki, László Bárdossy, István Bethlen, personajes trágicos, hombres de Estado bellamente retratados con la paleta del novelista. El libro ha sido compuesto con discursos contundentes, bien articulados, persuasivos, a los que el narrador aplica un baño de cromo reluciente.

El interesado en la historia europea del siglo XX no debería pasar por alto la adenda que ha rescatado el sello Salamandra. Extraerá el lector republicano, sobre todo el de América del Sur, enseñanzas valiosas. Es que el pensamiento hostil hacia el humanismo burgués -que se cristaliza en precisas libertades cívicas- no ha muerto. Sobrevivió a las caídas del hitlerismo y el Muro de Berlín con una asombrosa vitalidad. El semifascismo ha reencarnado en la piel de dirigentes populistas y socialistas del siglo XXI. El enemigo número uno a los ojos de sus portavoces sigue siendo la mentalidad burguesa, que se atreve a levantar la voz ante nimiedades como la manipulación del Poder Judicial o el desfalco de los dineros públicos. Por fortuna, las urnas están demostrando que el palurdo sublevado no tiene la razón histórica de su lado. En la era de las masas, el burgués no ha dicho la última palabra.
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno


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