domingo, 28 de marzo de 2021

Civilizaciones

 


Se ha afianzado en la Europa continental cierta corriente literaria que bien podría definirse como estilo pueril. No significa que sea un demérito per se una prosa tan simple y plana que hasta un niño podría entenderla, pero el lector adulto que goza con las densidades temáticas y estilísticas es probable que sienta que está dilapidando su tiempo (¡oh, funesto pecado!) con las obras de Michael Tournier o Milena Angus, por citar dos casos.

En esta categoría descafeínada debe incluirse la tercera obra de ficción del profesor Laurent Binet (París 1972), novela de aventuras y delicada intriga que la crítica y público de su país ha consagrado. Civilizaciones (Seix Barral, 442 páginas) recibió el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, lo que delata el estado general de las bellas letras en "la más literaria de las naciones" (Borges dixit).

La trama no carece de encanto ni inteligencia. Binet imagina que allá por el año 1.000 una guerrera vikinga (no es este un libro que carezca de perspectiva de género) conduce a las civilizaciones precolombinas a la Edad de Hierro y les otorga los otros dos elementos que -según los historiadores- les hubiese permitido resistir la conquista europea: el caballo y los anticuerpos. El efecto cascada de ese mestizaje hace que Colón y los suyos sean aplastados por los indios taínos; la corona española renuncia, como consecuencia, a los viajes trasatlánticos.

En 1531 de nuestra era, el emperador Atahualpa, con ayuda de los cubanos y huyendo de su hermano Huáscar, llega a Lisboa con casi 200 súbditos quiteños, guacamayos y un puma. Con un coup de main en Salamanca captura a su colega Carlos V. Con matanzas, guerras, asesinatos selectivos, pactos con potencias extranjeras, alianzas matrimoniales y alivio de los oprimidos logra apoderarse del "imperio donde nunca se ponía el sol", y lo convierte en el Quinto Cuarto.

El Hijo de Sol, inspirado por Maquiavelo, se convierte en rey de España, príncipe de los belgas y de los Países Bajos, rey de Túnez y Argelia, Rey de Nápoles y de Sicilia, emperador del Sacro Imperio Germano (le ciñen la corona de Carlomagno). Francia es su principal aliado. Los Habsburgo se atrincheran en el trono de Viena. Enrique VII se convierte a la religión incaica atraído por la poligamia. Sevilla es el centro del mundo. Desde el Viejo Mundo llegan colonizadores (collas, chimúes, chachapoyas, etc.) y un río interminable de oro y plata; a cambio el Tahuantinsuyo recibe vino, trigo y obras de arte. Ingenioso, ¿no?

NOVELA DE PROPOSITO

Como dijimos, Civilizaciones entretiene como novela de aventuras, pero merece también un análisis como libro de propósito. La ucronía incaica es el vehículo ideal para que Laurent Binet, apostol del izquierdista radical Jean Luc-Melenchon, exprese su ideario progre, al precio de incurrir una y otra vez en anacronismos.

En primer lugar, al autor le interesa persuadirnos del caracter criminal y reaccionario de la civilización cristiana; los representantes del ""dios clavado"" son, en efecto, las villanos de la película, desde el Papa y los inquisidores hasta un Lutero con rasgos de orate. El imperio ecuménico de Atahualpa, en cambio, respeta la libertad de culto, siempre y cuando se honre al Sol, dos veces al año.

También hay un mensaje social y político. El Quinto Cuarto establece el Welfare State, la reforma agraria y el ecologismo con trescientos años de adelanto. Se trata de una civilización benigna que cuida de los débiles y exige a los súbditos, en lugar de impuestos agobiantes, dos o tres meses de trabajo para que el Estado pueda hacer obras públicas y surtir sus almacenes comunales. El monarca sería una suerte de tolerante y sabio líder populista, protector de los pobres. En cambio, la República del naciente capitalismo se define, al pasar, como ""esa forma de gobierno en la que un grupo de nobles se reparte el poder y elige a sus soberanos"".

Binet no ahorra ninguno de los clichés de Francia: los ingleses son pérfidos, los españoles fanáticos y atrasados, los alemanes crueles y desmedidos, los italianos volubles e intrigantes.

CULTO AL PASTICHE

El procedimiento esencial de la novela es el pastiche, el recurso de los holgazanes. No hay aquí un estilo en juego, excepto por el tono irónico muy de vez en cuando. Binet amontona sagas vikingas, el diario fragmentado de Cristóbal Colón, las crónicas de Atahualpa, cartas entre Thomas Moro y Erasmo de Rotterdam, poemas de la Incada (muy malos), el relato de las aventuras de Cervantes (muy divertido).

Usted encontrará en el libro pura narratividad, un suspenso tenue, habilidad para resolver situaciones encastrando los ladrillos del siglo XVI a partir de un hecho que nunca ha sucedido pero con personajes reales como Miguel Angel o Copérnico. Eso está muy bien. No obstante, las buenas descripciones, la poética y la filosofía, y la profundidad psicológica brillan por su ausencia.

En manos más virtuosas para la forma, la original y ambiciosa propuesta de la conquista incaica de Europa (a pesar de sus portentos inverosímiles) hubiera plasmado una de esas novelas oceánicas que mantienen viva la llama de la Alta Literatura. He aquí un libro ideal para adolescentes que gusten de la Historia.

Guillermo Belcore

 Calificación: Regular

domingo, 21 de marzo de 2021

El día del Chacal

 


Los libros son como las personas; algunos envejecen muy bien.
Es el caso de El día del Chacal (Emecé editores, 400 páginas). La opera prima de Frederick Forsyth -y acaso su mejor creación- cumple cincuenta años en 2021 y aún hoy es una cautivante novela policial, que induce a meditar sobre esa magnífica entidad platónica conocida como Francia.

La trama, en efecto, nos lleva a "una de las guerra más sádicas y crueles de la historia moderna" que se libró durante los primeros años de la década del sesenta a partir de la convicción de un grupo de militares extremistas de que el Presidente Charles De Gaulle había mancillado la patria y había prostituido su honor por negociar la retirada de Argelia. Ambos bandos cometieron atrocidades y la novela que lanzó a la fama a Forsyth las documenta.

Viajamos a 1962. Un putsch militar (1) y dos intentos de magnicidio han fracasado. La Organisation del'Armée Secrete (OAS) ha sido infiltrada, diezmada, aislada de sus mecenas. El coronel Marc Rodin, enjuto y fanático, asume el mando de las operaciones encaminadas a asesinar al Judas del Palacio del Elíseo; de inmediato llega a una conclusión: deberá contratar para la faena a un pistolero extranjero, un experto que no figure en los colosales archivos de la seguridad francesa (el punto débil de los Estados cuasi omnipotentes es que son vastas burocracias y lo que no está en sus archivos no existe).

El Carnicero de la Casbah elige a un inglés que, entre otros trabajos, ha liquidado a dos ingenieros alemanes que desarrollaban misiles para el rais de Egipto, por encargo de un magnate sionista de Nueva York. Se sospecha que también mató a Rafael Trujillo. 

La reunión de negocios se celebra en Viena. El profesional llegado de Londres es contratado por 500.000 dólares de entonces, una fortuna que le permitirá retirarse definitivamente del sicariato. La OAS conseguirá el dinero con robos a bancos y joyerías, lo que enciende todas las alarmas en París. El inglés elige como nombre en clave El Chacal, parece ser el hombre ideal, con "un plan que posee en su estructura un solo factor, único, lo bastante insólito para atravesar el muro de seguridad levantado en anillos concéntricos en torno a la persona del Presidente". En la primavera boreal de 1963, Charles De Gaulle era el mandatario mejor protegido del mundo occidental, infinitamente mejor que JFK, por ejemplo. 

A partir de aquí, el lector curioso no podrá dejar el libro. Magnetiza los dedos. Asistimos a los minuciosos trabajos del Chacal -nada dejará librado al azar- para preparar el atentado. (No hay en el mundo un solo hombre a salvo de la bala de un asesino, aseguró a sus mandantes).
 

En Londres roba dos pasaportes y encarga otro a las autoridades (una de las cosas más fáciles del mundo en 1963 -nos dice el novelista- es adquirir un pasaporte británico falso). En Lieja, se hace fabricar un extraño fusil de francotirador y en la capital de Bélgica consigue otros tres documentos apócrifos para ingresar al Hexágono.

"Bruselas tiene una larga tradición como centro de la industria de falsificación de documentos de identidad y muchos extranjeros aprecian vivamente la falta de formalidades con que se puede lograr ayuda en este campo de acción", nos explican en la página ochenta y siete (Obsérvese, por cierto, la elegancia de la prosa de Forsyth).

Sin embargo, el secreto es perforado. El Estado francés descubre la conjura en marcha. La segunda parte del libro ("Anatomía de una cacería") y la tercera ("Anatomía de un asesinato") narran una formidable lucha entre dos voluntades de acero. La administración De Gaulle ha decidido que el desafío de dar un rostro, un nombre y un número de pasaporte al asesino solitario es una labor puramente detectivesca. Por ello, otorga facultades temporales de dictador al mejor investigador policial de Francia: Claude Lebel. 

SABROSA CLARIDAD

La prosa temprana de Forsyth se destacaba no sólo por la delicada ironía y la fineza de algunas expresiones, también relumbra por su estilo periodístico, es decir combina claridad en el decir con toneladas de información. El escritor se había fogueado en Reuters y BBC antes de componer The Day of the Jackal. Ya había sido reclutado por los servicios de inteligencia británicos. Sí, Forsyth pertenece al mismo club afortunado (los escritores-espías) que honraron Graham Greene y John Le Carré, entre otros.

La atención al detalle y la precisión del dato son dos cualidades que merecen elogios. Forsyth corre los cortinados y nos permite atisbar escenarios fascinantes. Desde el espléndido despacho de De Gaulle hasta un tugurio de levante homosexual en París son retratados con esmero. Del primero nos dice: 

"Nada había en la habitación que no fuese sencillo, nada que no fuese digno, nada que no fuese del mejor gusto, y sobre todo nada que no constituyera un ejemplo de la grandeza de Francia".

NOSTALGIA

Un suave tono de nostalgia recorre las páginas. Los hechos ocurrieron en los Treinta Gloriosos, aquella época donde a nadie faltaba un trabajo digno y no estábamos todos colgados de las baratijas tecnológicas. En la meticulosa preparación del asesinato de De Gaulle, el Chacal pasó tardes enteras en bibliotecas leyendo la Encyclopaedia Britannica y colecciones de diarios franceses. También compró varios libros sobre el General. Era 1963, no existía Internet. Era un tiempo tecnológicamente más amable que el nuestro; uno -que está poniéndose viejo- se siente tentado de afirmar.

El filósofo Jean-Franois Revel sostenía que la Francia de posguerra "fue una URSS exitosa". El poder del Estado policial -comprobamos en la novela- era aplastante. Los burócratas se reían del respeto de los policías ingleses a las libertades individuales. Aun antes de la llegada de las computadoras, todos los ciudadanos y legiones de extranjeros tenían un legajo en los sótanos de las fuerzas de seguridad.

Uno no puede dejar de meditar, no obstante, sobre qué hubiera pasado en Francia, en Europa, en el mundo si los militares extremistas lograban asesinar a De Gaulle a principios de los años sesenta. ¿La admirable Nación gala se hubiera despeñado a una guerra civil? ¿Kennedy se hubiera salvado por vía indirecta?

"Los gaullistas habían tenido que luchar para sobrevivir a la enemistad americana, la indiferencia británica, la ambición giraudista y la ferocidad comunista", escribió Fortsyth en la página ciento ochenta. ¡Necesitamos una centroderecha así en la Argentina...!

(1) De Gaulle abortó el putch en abril de 1961, según Fortsyth, con un discurso radial extraordinario, dirigido a los militares: "Os encontráis ante un conflicto de lealtades. Yo soy Francia, el instrumento de su destino. Seguidme. Obedecedme".

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

lunes, 15 de febrero de 2021

El momento Eichmann

El momento Eichmann

Por S. Lineperg y A. Wieviorka
El Ateneo. 364 páginas, edición 2021.


En el El testigo, escribió Borges: 

"Hechos que pueblan el espacio y que tocan a su fin cuando alguien se muere pueden maravillarnos, pero una cosa o un número infinito de cosas, muere en cada agonía, salvo que exista una memoria del universo (...) ¿Qué morirá conmigo cuando yo muera? ¿Qué forma patética o deleznable perderá el mundo".



A comienzos de la década del sesenta, los estadistas de Israel decidieron que la memoria atormentada de decenas de sobrevivientes de las atrocidades nazis no debía morir con ellos. Los testigos vivos fueron el ariete principal de la acusación contra el genocida de escritorio por excelencia: Adolf Eichmann, -maldito sea su nombre- capturado en la Argentina, país que amaba tanto como Alemania y Austria, según confesó a viva voz en el momento de escuchar la confirmación de su sentencia a muerte.

La cita borgeana y la reflexión subsiguiente provienen de un texto de la profesora Shoshana Feldman, incluido en El Momento Eichmann, que el sello El Ateneo acaba de publicar en la Argentina. El libro atesora intervenciones de un coloquio celebrado en Francia, con motivo del quincuagésimo aniversario del proceso al homicida nazi.

Las historiadoras Sylvie Lindeperg y Annete Wieviorka destacan que las trece contribuciones que han compilado en el volumen se enfocan en un aspecto casi no estudiado sobre el juicio a Eichmann: su impacto mediático, desde los corresponsales extranjeros, la radio y la televisión, hasta el famoso libro de Hannah Arendt y las joyas del cine y el documentalismo. Extrañamente, el desarrollo del juicio despertó más interés y pasiones en el público y los medios que su resultado.

En el primer capítulo, la catedrática Isabelle Delpla establece que "el enjuiciamiento al ingeniero de la muerte marcó el apogeo de la crónica judicial en tanto género literario y filosófico". Ningún acontecimiento, en efecto, atrajo nunca más la misma concentración de grandes plumas. Queda claro en las citas que reproduce el texto de Delpla. Poderosas mentes del periodismo tratando de descifrar el ser en sí del Obersturmbannfüher (teniente coronel de las SS, su máximo cargo).

"Ni un Nerón, ni un Nabucodonosor, ni un superhombre: Eichmann se revela como un monigote colosal. Este nuevo tipo de asesino se caracteriza por su mediocridad, su normalidad y sus virtudes sociales. Hombres muy comunes, burgueses normales, metódicos, con todas las virtudes comúnmente elogiadas en nuestra sociedad: devoción al trabajo, regularidad, puntualidad, obediencia"", escribían hace sesenta años los diarios franceses. ¡Ah!, el periodismo como magnífico borrador de la historia.

Otro texto muy revelador es "El proceso de Jerusalén y la representación de la Shoá en la URSS" de la estudiosa Vanessa Voisin. Confirma la bajeza moral del comunismo realmente existente; para Moscú el salón de justicia en Jerusalén y el global media event fueron "un problema de propaganda desde el primer momento". Sólo los países tras la Cortina de Hierro se negaron a colaborar con Israel.

Así el Pravda denunciaba el proceso como una farsa burguesa y un trapicheo político. Era "el árbol que no permitía ver el bosque" (!!!), es decir, el rearme alemán. Llegaron a comparar a las bestias nazis con los nacionalistas ucranianos de entonces. Es decir, -como ocurre en algunos populismos latinoamericanos, caso el cristinismo- el Kremlin subordinó la verdad histórica y la ética a las necesidades políticas del momento.

El lector encontrará en este valioso volumen un análisis de las grabaciones de las audiencias del talentoso Leo Hurwirtz, y de la repercusión de las mismas en la televisión de Alemania Occidental y en la de Estados Unidos; y hasta una aproximación crítica al famoso libro de Hannah Arendt, entre otros aportes significativos.

Cerramos con una frase del documentalista Erwin Leiser, de gran vigencia en esta era de pandemia e infectaduras, como la de China o la de Formosa:

 "Siempre hay que defender los derechos humanos contra el totalitarismo".


Otra conclusión que puede extraerse del libro es que, en la era de la democracia de masas, todas las aberraciones se perpetran en nombre del pueblo.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno 

jueves, 4 de febrero de 2021

Una maestro de Alemania. Martin Heidegger y su tiempo


Martin Heidegger
(1889-1976) es considerado por muchos como el filósofo más influyente del siglo XX. También se ha dicho que nunca nadie entendió del todo su filosofía del ser-ahí. El hijo del tonelero y sacristán de Messkirch “quiso ser un maestro del principio“ (soñó repetir el comienzo griego de la filosofía); con su monstruosa pesadez, su sutil arquitectura, sus ingeniosos aforismos y su elevada creación terminológica, "cultivó la pasión de preguntar no de responder", explica Rüdiger Safranski (1945, Rottweil, Wüttemberg) autor de la biografía que hoy venimos a recomendar.

La persona medianamente informada ha escuchado, al menos, que Heidegger fue un palafrenero del régimen nazi. Su vida plantea, en efecto, un problema capital de todos los tiempos, el problema de que el espíritu -incluso el más eminente- puede ser seducido por la Voluntad de Poder, incluso la más inescrupulosa. Lo vemos hoy en la Argentina.

¿Dijimos Argentina? José Pablo Feinmann, en una de sus peores novelas (pinche aquí), sentenció que Heidegger era peronista. El de la década del treinta, seguramente, el que veía al “pueblo como depositario de lo verdadero” y estaba sediento de experiencias de masas, por lo que confundió el advenimiento de Hitler con una revolución metafísica (cuatro años duró el equívoco).

Ese rebajamiento del pensador alemán contrasta con la calidad intelectual que encontramos en Un maestro de Alemania. Martín Heidegger y su tiempo (Tusquets, 543 páginas, edición argentina 2010), la mejor biografía que se ha escrito sobre el autor de Ser y tiempo, al decir del estudioso Luis Diego Fernández. Este blog confirma que se trata de una obra extraordinaria, colosal, indispensable para todo aquel al que le interese la Alta Filosofía.

Uno sólo podría cuestionar cierto desequilibrio en el volumen. El texto es minucioso hasta la Segunda Guerra Mundial y a partir de allí, avanza con botas de siete leguas. Es un vicio bastante común en los biógrafos, es como si fueran perdiendo fuelle.

Pero se trata de un detalle menor. Otra virtud destacable del libro es que despierta el apetito. Al confrontar el pensamiento de Heidegger con sus contemporáneos (y con sus predecesores como Nietzsche), el opus magnus de Safranski rescata escritos valiosos que uno se siente obligado a conseguir. Es el caso de Historia del materialismo del neokantiano F.M. Lange. Y de Religiones sustitutivas de un tal Carl Bry que analiza la monomanía política -tan habitual hoy en día- que se convierte en un “culto enmascarado“ que pasa a ser “el único principio de la interpretación del sentido y de la salvación“. Fascinante, ¿no?

Heidegger fue amado, física y espiritualmente por Hanna Arendt; fue despreciado por los gerifaltes nazis que lo consideraban un hombrecillo estrafalario, un místico y un infiltrado jesuita; y fue fuente de inspiración para casi toda la filosofía existencialista de posguerra desde una premisa fúlgida: “El todo es lo falso“. Escribió: “En una vida humana son necesarios varios nacimientos y puede suceder que nunca lleguemos enteramente al mundo”. El ente no es el ser. Pensad para que el ser sea (la escuela de Heidegger está seca -se lamenta Safranski- y no nos ha dejado una imagen del mundo o una doctrina moral).

Los buenos libros, tengo para mí, son los parteros que nos traen al mundo. Como éste, que nos permite entender a un pensador esencial “tanto en lo bueno como en lo malo y más allá del bien y del mal”. El placer de comprender al erudito suabo que quiso enseñarnos a mirar el mundo -no sólo la filosofía- como si se tratara de la primera vez.

 

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: El lector encontrará también una cautivante Teoría del Arte que Heidegger meditó siguiendo los pasos de Hölderlin. Es un tema magnífico para una próxima entrada en este blog.


domingo, 24 de enero de 2021

Tres guineas

 


Tres años antes de suicidarse, Virginia Woolf (1882-1941) escribió un pequeño ensayo que hoy bien puede considerarse como otro mojón de la literatura feminista. El sello Ediciones Godot ha creído oportuno traerlo a la Argentina en el año de la peste. Tres guineas (212 páginas) es rico en ideas, copioso en notas, profundo en la mayoría de sus planteos pero cae en el tedio con harta frecuencia, más que nada por culpa de un estilo epistolar que abusa de la redundancia.

El propósito del libro es responder la carta de un eminente abogado que la señora Woolf había recibido tres años antes con una pregunta apremiante: ¿Cómo podemos evitar la guerra?

Desde esa base, la escritora aprovecha para cañonear las infames murallas que por entonces vedaban el acceso de la mujer a la educación superior, a las profesiones liberales, al servicio público, al salario justo y hasta al ejercicio de las artes, con la excepción -reconoce- de las bellas letras. Virginia habla en nombre de "las hijas y hermanas de los hombres instruidos". La razón está de su lado, pero algunas conclusiones son irrelevantes.

UN TORBELLINO

La obra es un torbellino de indignación. Denuncia a Cambridge y Oxford como enemigos de la libertad intelectual, la que puede definirse "como el derecho a decir o escribir lo que uno piensa con sus propias palabras y a su manera".

En la página 48 ofrece como alternativa a las decrépitas instituciones una utopía educativa, la universidad pobre:

"¿Qué debería enseñar la universidad nueva? Ningún arte que sirva para subyugar al otro: los artes de gobernar, matar, acumular tierra y capital. Estas artes requieren muchos gastos excesivos, requieren salarios, uniformes y ceremonias. Las universidad pobre debe enseñar solamente las artes que puedan enseñarse con poco y puedan ejercer los pobres, como la medicina, las matemáticas, la música, la pintura y la literatura. (...) Debería indagar los modos posibles de cooperación entre cuerpo y mente, descubrir combinaciones nuevas que compongan totalidades beneficiosas para la vida humana. Los profesores seleccionados deben contarse entre los que saben vivir, no solamente los que saben pensar".

Si la primera guinea es para rehacer la educación hasta los cimientos, la segunda se dedica al mundo del trabajo. El hecho de que a partir del siglo XX las mujeres pueden ganarse su propio dinero con su esfuerzo laboral es para V.W. un avance histórico trascendental, más importante que, digamos, la Revolución Bolchevique. ¿Cómo podemos ingresar en las profesiones y seguir siendo seres humanos?, se pregunta la bienintencionada escritora.

Es que lo largo de las páginas no se limita a denunciar la injusticia e idiotez de la discriminación de género sino que elabora una crítica afiladísima y total a la civilización moderna. ¿Adonde no está llevando la procesión de hombres instruidos?, le enrostra a su interlocutor imaginario. Así, concluye que la guerra es el resultado natural de "la incurable vileza masculina". Es nuestro instinto.

Qué nobleza tiene convocar a luchar contra las dictaduras extranjeras cuando el dictador está dentro de casa, dispara. Es el marido, el empresario, el clérigo, el rector de la universidad, el director del hospital. Las feministas "luchan contra la tiranía del estado patriarcal al igual que lucha usted contra la tiranía del Estado fascista". Llega a decir la señora Woolf que "como mujer no tengo país". Las personas de su sexo y su clase "tienen muy poco que agradecerle a la Inglaterra del pasado y no mucho que agradecerle a Inglaterra del presente".

Típico del intelectual progre de buen vivir. Odian (de la boca para afuera) lo que disfrutan. Pero como enseñanza para el presente, podría decirse que si es tan importante luchar contra las desigualdades internas de género como combatir el totalitarismo en el mundo, como señala este libro, el razonamiento se aplica a la inversa: una feminista cabal nunca podría respaldar a un Fidel Castro, a un ayatolá Jamenei o al Partido Comunista Chino

A los fanáticos de la vicepresidenta argentina, Virginia les espetaría sin rodeos que "el servilismo intelectual es el más degradante de todos los servilismos" y que no existe tarea más perentoria para el hombre y la mujer de la esfera pública que "liberarse de las lealtades falsas". Para ello, sugiere permanecer en castidad intelectual (negarse a vender el cerebro por dinero), así como optar por el estado de pobreza, a la que define "como no tener más dinero que el necesario para vivir".

Veamos: 

"Es decir, usted debe ganar el dinero necesario para ser independiente de cualquier otro ser humano y solventar ese mínimo de salud, tiempo libre, conocimiento y demás que hacen falta para desarrollar de manera plena el cuerpo y la mente. Pero no más. Ni un penique más".

PERORATA

Como dijimos, el texto fue compuesto como si se tratara de una carta. El problema es que suele degenerar en perorata, y la señora Woolf lo reconoce. Bascula entre la lógica más exquisita y el idealismo resentido e irresponsable que cierra los ojos ante la urgencia capital de fines de los años treinta: Adolf Hitler alistaba a una gran nación para la guerra. Y Josef Stalin maquinaba destruir la democracia liberal, el peor de los sistemas de gobierno si se exceptúan todos los demás como decía sir Winston Churchill.

Destaquemos, por último, las 125 notas que se añaden al final; el comentarista está tentado a decir que son más interesantes que los tres capítulos del libro. "¿Acaso los mejores críticos no son las personas privadas y la crítica sin reservas la única que vale la pena ejercer?", escribió, por cierto, la ensayista.

Una de las imágenes más poderosas de la literatura universal es la pobre Virginia ingresando en las aguas del río Ouse el 28 de mayo de 1941, con los bolsillo llenos de piedras, para nunca más salir con vida. En este ensayo irregular, leemos estupefactos en la página 93:

"¿No sería mejor lanzarnos al río desde el puente, rendirnos, declarar que la totalidad de la vida humana es un error y que por lo tanto debe terminar?".


viernes, 15 de enero de 2021

Conversaciones con Stalin


Ciertos hechos y ciertos personajes de la historia atrapan por completo nuestra imaginación. Tienen fulgor hipnótico; una y otra vez volvemos a ellos tratando de descifrarlos. Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, mejor conocido como Stalin, es uno de ellos. “Desde el punto de vista del humanismo y de la libertad, la historia no ha conocido un déspota tan brutal y cínico como él. Metódico, como los criminales que lo subordinan todo a la realización de una pasión delictuosa, era uno de esos dogmáticos extraños y terribles, que son capaces de destruir al noventa y nueve por ciento de los seres humanos para dar la ‘felicidad’ al uno por ciento restante“, lo describió un idealista que lo admiraba, se reunió cuatro veces cara a cara con el monstruo y terminó repudiándolo, incluso en letra impresa, lo que le valió más años de cárcel, no en la Unión Soviética, sino en otra dictadura roja, la del croata Josip Broz Tito.

El autor de la cita es el escritor y revolucionario Milovan Djilas (Mojkovac 1911-Belgrado, 1995), uno de los cuatro dirigentes más poderosos de la Yugoslavia comunista que emergió de la Segunda Guerra Mundial, pero una década más tarde cayó en desgracia por haber denunciado los vicios del sistema, en particular la llamada nomenklatura, condenada con toda razón y justicia en un libro que dio vuelta al mundo a partir de 1957: La nueva clase.

En uno de los mejores artículos periodísticos publicados en 2020 (http://www.laprensa.com.ar/493030-La-nueva-clase.note.aspx), Dardo Gasparré ha demostrado que los filosas denuncias de Djilas respecto a la nueva casta gobernante que se había enseñoreado detrás de la Cortina de Hierro podrían aplicarse perfectamente a la Argentina de nuestro tiempo.
 

La nueva clase ofendió a los Señores Bolcheviques que se vengaron extendiendo los años de cárcel de Djilas. En 1961, el régimen de Tito liberó al pensador montenegrino (al fin y al cabo era uno de los suyos), quien aprovechó la ocasión para escribir Conversaciones con Stalin con el propósito de ilustrar a los investigadores, “y en especial a los que luchan por una existencia humana más libre”.

Seix Barral lo publicó en España en 1963, edición de ciento setenta páginas que ha llegado a nuestras manos y nos gustaría recomendar a todo lector amante de la Historia en general, y al interesado en particular en esa aberración llamada “comunismo”.

Djilas, que nunca abjuró de sus ideas marxistas, organizó el libro en cuatro partes que lo dicen todo: Entusiasmo (1944); Dudas (1945); Desilusión (1948); Conclusiones. Y añadió una esclarecedora sección de ‘Notas biográficas‘.

El libro ofrece información de primera mano sobre el monstruo, con quien el vicario de Tito compartió no sólo discusiones políticas y estratégicas en el Kremlin, sino también esas cenas grotescas de más seis horas con que se relajaban Stalin, el glotón, y su camarilla, árbitros de la vida o la muerte de millones de personas:

 “En estas cenas se decidía la suerte del gran imperio ruso, la de los nuevos territorios adquiridos y, hasta cierto punto, la de la raza humana. Lo más seguro es que aquellas cenas no les inspirarán a aquellos ‘ingenieros del espíritu’ grandes empresas pero allí, probablemente, se enterraron muchas’.

PEQUEÑO BARRIGON


 Así describe el montenegrino a Stalin en su primer encuentro:

“Me sorprendió lo pequeño y mal construido que era. Tenía el tórax estrecho y los brazos las piernas, largos. Movía el brazo y el hombro izquierdos con dificultad y rigidez. Gozaba de una buena barriga y tenía poco pelo aunque no llegaba a la calvicie. Su cara era blanca, excepto las mejillas, coloreadas de un rosa intenso. Más tarde supe que ese colorido tan característico de quienes permanecen mucho sentados mucho tiempo en trabajos de oficina, era conocido como ‘tez del Kremlin’ en las altas esferas soviéticas. Los dientes de Stalin eran oscuros, irregulares y metidos hacia dentro. Su bigote no era muy espeso y tendía a ser lacio. Pese a todo, su cabeza no desagradaba; había en ella algo popular, campesino y patriarcal, que, junto a sus ojos pardos, constituía una curiosa mezcla de severidad y picardía”.


Los retratos de los serviles colaboradores del tirano son interesantísimos: Dimitrov, Molotov, Beria, Zadanov, Malenkov, Jruschev, entre otros. Una curiosidad: casi todos eran petisos, en el Politburó estaliniano casi no había hombres altos.

El libro parece una novela de aprendizaje. Djilas va de la fe del carbonero al escepticismo. “En aquella época creía aun que era posible ser comunista sin dejar de ser hombre libre”, escribe en la página ochenta y cinco. Le desagrada especialmente la rusificación de la Revolución de Octubre, lo que implicaba “atraso, primitivismo, chauvinismo, sentido de superioridad‘. Pero halla en el Gran Jefe una cualidad honorable: “tenía gran sentido del humor; humor áspero, seguro de sí mismo pero dotado de finura y profundidad”. Como el diablo, añadimos.

Una se va de este libro necesario con una obsesión en la cabeza. El régimen comunista de ayer y el neocomunismo de hoy es una calamidad para la especie humana, que favorece el ascenso de los chiflados en los que “cualquier delito es posible”, por lo tanto debe ser combatido con todas las armas intelectuales a nuestro alcance allí donde se encuentre, en La Habana, Caracas o Pyongyang. Stalin, “cuyo gusto por los crímenes gratuitos era propio de un Calígula, y poseía además la refinada crueldad de un Borgia y la brutalidad de Iván el Terrible“, fue la consecuencia lógica de un régimen de partido único. La alternancia en el poder es nuestro mejor seguro de vida.

Hay un pensamiento del tirano, delineado en 1945, que quizás explique mucho del mundo actual:
 

Hoy en día el socialismo es posible incluso bajo la monarquía inglesa. La revolución no es siempre necesaria...

 
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


domingo, 27 de diciembre de 2020

Oxen

 


El thriller nórdico es una moda que se ha estirado demasiado. Más estirada que cuerda de guitarra, dirían en el campo. En este blog hemos elogiado algo de Henning Mankell y casi todo de Asa Larsson. Y advertimos sobre los fiascos de David Lagercrantz y de Hjorth & Rosenfeld, entre otros. Como toda moda, la Escandinaviatitis ostenta sus pioneros, sus ápices y sus oportunistas. En esta última sección, nos tienta ubicar a Jens Henrik Jensen, periodista de la próspera Dinamarca metido a escritor de novela negra.

El sello Duomo Ediciones ha traído a la Argentina la saga Oxen que -según nos informa la solapa- consagró a Jensen en su tierra natal y luego en el resto de Europa desde 2012.

El tomo inicial de Oxen (La primera víctima, 534 páginas) podría encuadrarse perfectamente en esa categoría elemental que el colega Sergio Crivelli ha definido como literatura de supermercado. Es decir, un texto que aspira a vender mucho y para ello renuncia a densidades temáticas, psicológicas y estilísticas. Incurre en obviedades, clichés y senderos trillados. Ofrece un módico suspenso, algunas buenas escenas de acción y cucharaditas de denuncia sociopolítica. Los personajes son planos; lo mejor que puede decirse de la prosa es que es transparente y funcional a una trama que suele fragmentarse en capítulos diminutos. Es uno de los escalones más bajos de la literatura, postula este blog. Sólo nos podría atrapar si la historia es interesante.

Vayamos a la historia, pues. Niels Oxen es el soldado más condecorado de la historia de Dinamarca, pero cayó en desgracia. Lo persiguen fantasmas de Bosnia-Herzegovina y de Afganistán; sufre de terribles pesadillas. Ha roto todos los lazos con la sociedad; apesta como dicen que apestan los tapires en celo; come lo que encuentra en la basura. Va de aquí para allá con su perro samoyedo blanco.

A comienzos de primavera, el veterano de guerra viaja a Jutlandia del Norte. Planea vivir de la caza de venados y de la pesca de truchas en el bosque del Rold, el segundo más grande del reino, ocho hectáreas según la traducción de Beatriz Galán Echevarría (ochenta kilómetros cuadrados en realidad). Pero el hosco Oxen es un tipo curioso que no puede resistir la tentación de irrumpir en el histórico castillo de Norlund para echar un vistazo.

Bajo la luz de la luna, elude guardias de seguridad vestidos de negro y cámaras de vigilancia hasta que tropieza con una imagen escalofriante: el perro de la casa (un braco alemán) fue ahorcado en un árbol. El ex cazador de elite del Ejército pone pies en polvorosa.

A los pocos días, liquidan al propietario del castillo, el decano de la diplomacia danesa, nada menos. Oxen, que acampa en los alrededores, es un sospechoso cómodo para la policía. También se convierte en un sujeto de interés para el director del Centro de Inteligencia Nacional. Pero no se trata del único asesinato de un pez gordo de Copenhagüe. Hay un plan de venganza en marcha y Oxen debe desbaratarlo para así poder salir de la trampa en que lo han metido. Su única aliada es una perspicaz agente de inteligencia a quien le falta una pierna.­

¿Hay tensión sexual entre ellos? Por supuesto, Jensen no desdeña ninguna de las convenciones del infragénero. Otro ejemplo: justo cuando un mayordomo estaba a punto de confesarle secretos bajo tortura a Oxen, un francotirador le vuela la tapa de los sesos. En rigor, el llamado verosímil literario nunca ha sido importante para la literatura adocenada. Aquí vemos que en pocas páginas un personaje pasa de haber perdido la facultad de hablar en sociedad a deslumbrar a sus interrogadores con su elocuencia.

A favor de la urdimbre, no obstante, hay que decir que maneja correctamente el suspenso y que cumple con el mandato editorial de enseñarle algo al lector. Jens logra, además, que nuestra sed de libertad se identifique con el vagabundo Oxen. Quién no ha soñado alguna vez con mandar todas las obligaciones al diablo.

También se agradece que el autor haya eludido esa versión ñoña -pasteurizada en tinajas de corrección política- de la Dinamarca socialdemócrata que la popular serie Borgen le ha infligido al público de Netflix. Los políticos son mostrados aquí como un hato de tunantes que trae prostitutas de la antigua Unión Soviética y se llena la boca con loas a la educación y salud pública, al tiempo que envía a sus hijos a carísimas escuelas privadas y se hace curar en sanatorios y clínicas para evitar las largas esperas que el pueblo sufre para atenderse en hospitales (parece que los progresistas son igual de hipócritas en el mundo entero). ¿Dónde están los héroes de la clase trabajadora?, se pregunta, por otro lado, Jensen-Oxen ante unos excursionistas con "dedos grasientos sujetando cerveza tibia, mejillas regordetas y culos anchos embutidos en vaqueros''.

Una última curiosidad. El sello editorial se jacta de que esta novela fue impresa con paneles solares. "Gráfica Veneta' es la primera imprenta en el mundo que no utiliza carbón'', destacan. Esta bien. Pero tememos que, a este paso, en un futuro cercano sea más importante el imprimatur ecológico que la calidad literaria.­

Guillermo Belcore

Calificación: Regular

domingo, 20 de diciembre de 2020

El fin de la infancia


El 5 de abril de 2063, poco después de la Tercera Guerra Mundial, el científico Zefram Cochrane probará en el espacio exterior un motor de empuje por curvatura (warp). La hazaña sin precedentes llamará la atención de una civilización alienígena benévola, organizada según los preceptos de la lógica, que desde hace tiempo observaba a los terrícolas. Es probable que el apretón de manos entre Cochrane y los visitantes de Vulcano se haya convertido en el más famoso Primer Contacto de la ficción científica (escribir “ciencia ficción” es un error) de nuestro tiempo, pero naturalmente no es el único que puede atrapar nuestra imaginación.

Arthur Charles Clarke (1917-2018), uno de los maestros del género, sitúa el Primer Contacto a fines de la década del cincuenta, en plena guerra fría. Colosales naves flamean sobre las capitales del mundo, justo cuando Estados Unidos y Rusia se habían enzarzado en una alocada carrera espacial. La raza humana ya no estaba sola. Los Superseñores, cuyo aspecto recuerda a un ser que ha aterrado a los niños de todos los tiempos, arrean a la humanidad a una Edad de Oro. Bajo una suerte de administración colonial basada en la ciencia y la razón, desaparecen la ignorancia, la enfermedad, la pobreza y el temor al cabo de cincuenta años. El precio pagado parece poco: se abolieron el arte y la aventura. Pero ésta generación afortunada será la última del Homo Sapiens sobre la Tierra. El oro es también el color del crepúsculo.
 

El fin de la infancia (Minotauro, 227 páginas, edición 2008) fue entregada por primera vez a la imprenta en 1954. Se trata de uno de esas obras de ficción razonada que desgranan un concepto en casi todos los párrafos. La apuesta es fuerte: Clarke ofrece una teoría total del universo. La prosa seduce por su elegancia y por su humor inteligente, un par de toques típicamente ingleses. La trama abarca la trama un siglo y medio de historia humana.

Dos virtudes hacen a la novela muy recomendable: las ideas que expone; y la imaginación portentosa sentado en el timón. Mr. Clarke nos cautiva no sólo con el Primer Contacto, también fragua una Edad Utópica de la humanidad (entre todas las creencias religiosas solo subsiste en ella una especie de budismo purificado); retrata el mundo colosal de los Superseñores en el centro de la constelación Carina; especula sobre Dios (la Supermente), la evolución natural y las paradojas de los viajes espaciales (¡oh!, la dilatación del tiempo); y profetiza un final de nuestra especiae que se opondría por igual al pesimismo y al optimismo. Deja un advertencia: “Los hombres y mujeres somos como niños que juegan y pelean dentro de un parque, lejos de las realidades terribles del mundo exterior", es decir de las fuerzas insuperables que provienen del espacio profundo.

Arthur Clarke, el racionalista esperanzado, tiene la gentileza de diseñar para sus lectores un proyecto de comunidad perfecta: Nueva Atenas, dedicada a salvaguardar tradiciones artísticas, bajo la atenta mirada de los Superseñores. La utopía brota pues en un par de islas paradisíacas del Pacífico y se basa en la ciencia moderna y en los pacientes estudios de los psicólogos sociales. El sistema funciona bien porque nada trascendente puede hacerse sin la aprobación de los comités respectivos (los cargos duran un año y son rotativos) y que porque la comunidad es lo bastante reducida (50 mil habitantes) para que todos tomen parte en su dirección y ser, de ese modo, verdaderos ciudadanos (¿el secreto del modelo escandinavo?). El ideal de Nueva Atenas es que todos traten de hacer algo, por pequeño que sea, mejor que los demás.

Un rasgo curioso del libro es que si bien la ideología clarkeana postula que la ciencia debe ser la única certeza, al final se acepta que hay poderes en la mente que los científicos no pueden encerrar. Las limitaciones del tiempo y del espacio no existen para los poderes parafísicos. Causas y efectos, incluso, pueden trastocarse.
 

La historia de la culminación de la especie humana que se le ocurrió al autor de Odisea 2001  abarca ciento cincuenta años fascinantes, como se dijo más arriba. Desde el Primer Contacto hasta el Ultimo Hombre. Quizás ese final, que no es trágico, sino melancólico, es lo que tratan de decirnos las antiguas religiones, conjetura Clarke, el genio.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

martes, 8 de diciembre de 2020

Acoplamientos juiciosos


Debería reconocer la taxonomía literaria que existen dos clases de autores:
 los populares (por buenas y malas razones); y aquellos exclusivamente para conocedores. En esta segunda categoría, puede ubicarse a una de las glorias de la literatura italiana del siglo XX que fracasó sin atenuantes en su intento de convertirse en un hacedor de bestsellers, pero la crítica erudita lo adora. Hablamos de Carlo Emilio Gadda (1893-1973).

En ‘La verdad de las mentiras‘ -y para defender el concepto opuesto-, Vargas Llosa ha establecido que ante escritores como Gadda nuestra conciencia “debe mantenerse alerta, aguzada en extremo“, y toda nuestra “inteligencia y cultura deben comparecer en la lectura para llegar a apreciarse debidamente la refinada y compleja construcción que tenemos delante, las sutiles y múltiples reverberaciones literarias, filosóficas, lingüísticas e históricas que ella suscita y para no extraviarse en las laberínticas trayectorias de la narración”. Lo mismo -añade- podría decirse de Musil, Lezama Lima o Broch. 

Ese extraordinario virtuosismo de la prosa se manifiesta con toda su plenitud en una colección de cuentos que Gadda entregó por primera vez a la imprenta en 1963: Acoplamientos juiciosos (327 páginas). Ha llegado a las manos ávidas de este blog la edición setentista del sello venezolano Monte Avila. Fue traducida nada menos que por el sacerdote Eugenio Guasta, confidente de Victoria Ocampo, y destacada figura del catolicismo intelectual porteño. 

Fue una tarea ímproba. Entre las decenas de papeles universitarios que circulan por Internet sobre el arte de Gadda, hay uno especialmente interesante de Marta Tutone que medita sobre las enorme dificultades que enfrenta quien desee volcar al español una obra del escritor lombardo a causa de sus cambios de registro (especialmente por la presencia de cultismos y tecnicismos), la presencia constante de la ironía y el uso de expresiones dialectales,   además de las innumerables referencias intertextuales (1). 

Una obra de arte

Se ha dicho que los dieciocho relatos que atesora Acoplamientos juiciosos, tallados entre 1924 y 1958, “hubieran sido suficientes para consagrar a Carlo Emilio Gadda como uno de los más brillantes y originales exponentes de la moderna narrativa”. La sentencia es justísima. Todos los cuentos son buenos y hay cinco o seis que son sublimes. Combinan la crítica social, el humor, el retrato finísimo de caracteres, la erudición artística, la denuncia política, la picaresca y el argumento inteligente. Todo viene servido, en la mayoría de los casos, con espléndidos juegos barrocos. Nos hallamos ante una prosa pulposa, que exhala sensualidad,  como las mujeres italianas. Obsérvese como describe el culo de la estupenda Zoraida en ’Primo peluquero’, el divertido primer cuento:

 "zona cuya opulencia proterva parece convertirse en turgencia de todas las posibilidades, según opinan los especialistas"...

La falda de Zoraida "no proyectaba ningún misterio sobre lo que cubría. Eran las propuestas vivas del ser, afirmadas como es debido, que dan al regazo un contorno de voluptuosidad a la espera de poder manifestarse".

Qué bien escribía Gadda, ingeniero de profesión (vivió en la Argentina en 1923-24, su trabajo lo llevó al Chaco). Su exuberancia verbal, con vocablos raros y escogidos y citas ilustres, recuerda por momentos a Alejo Carpentier. Abrimos un paréntesis: alguna vez habrá que meditar en el papel sobre el misterio de los ingenieros-escritores. Cómo se ensamblaron las mentes prodigiosas de Dostoieski, Musil, Juan Benet, Pynchon, Wilcock… Cerramos el paréntesis.

La Primera y la Segunda Guerra Mundial operan como telón de fondo. La elegancia de Gadda para unir temas es magistral.  'Primera división en la noche' enlaza una clásica disputa (a la italiana) entre suegra y nuera por celos con la batalla del cabo Matapán, ese desastre de marzo de 1941 que borró definitivamente del Mediterráneo Oriental a la escuadra del Duce.  

'San Jorge en lo de Brocchi' (50 páginas) debe ser uno de los mejores cuentos de la Italia del siglo pasado. Es sátira de la pequeña nobleza lombarda, evocación de Cicerón y un aserto políticamente incorrecto: un hermoso par de pechos femeninos supera a todas las éticas filosóficas, a todos los deberes, reglamentos, admoniciones y castigos.

'Las armas novisimas' es un cuento hilarante, no conviene leerlo en público. El joven ingeniero Giarnesi le hace creer a Italia que puede detonar explosivos a distancia con rayos infrarrojos. ¿Su propósito? Seducir a la hija de un contraalmirante. 

Gadda tardó cinco años en hallar la versión final de ‘El incendio de la calle Keplero‘. Una galería de personajes encantadores: son los vecinos que huyen del fuego, incluso un loro. El cromado del cuento es, una vez más, su lenguaje. Permite confirmar la sentencia del viejo Heidegger del lenguaje como “casa del Ser”. 'Socer generque' (suegro y yerno, Mussolini y Ciano) nos lleva a la pensión de doña Eleonora en 1941. Gira en torno al deseo sexual insatisfecho y a la idiotez de los fascistas. Otra gema. Y así hasta el final…

La edición de Monte Avila está plagada de errores ortográficos (arbeja, congeturas, exágono...). Hay una versión de 2017 del sello SextoPiso que traduce ‘Emparejamientos juiciosos’. Por cierto, ¿qué esperan las buenas editoriales argentinas para traernos las novelas de Gadda? Por ahora, debemos fatigar las librerías de viejo en Buenos Aires en busca de esas pepitas de oro. Tenemos el arte para no hundirnos en la vida, escribió Nietzsche. 

1) https://revistas.ucm.es/index.php/ESTR/article/view/65699

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

martes, 17 de noviembre de 2020

Retratos de poetas rusos

 


Podría decirse que, entre los compañeros de ruta del comunismo soviético, Ilyá Ehrenburg fue el equilibrista más afortunado. Nació en Kiev en 1891 y murió en Moscú a los 76 años, de cáncer. Como miembro de la nomenklatura e intelectual orgánico del régimen gozó de privilegios, no obstante hubo períodos en los que sufrió acoso y censura. Se salvó del gulag, acaso, por su talento como cronista durante la Guerra Civil Española y durante la Operación Barbarroja, por ser funcional a los planes de los gerifaltes del Kremlin, y por los caprichos inescrutables de la mente paranoica más perversa de toda la Historia, la de un tal Josef Stalin.

Un centenar de obras llevan su firma. George Orwell, nada menos, tachó al escritor ucraniano y judío de "prostituta literaria", pero Ilyá tuvo algunos gestos de grandeza (conservar la dignidad y la decencia en determinadas épocas es un verdadero milagro) y, en todo caso, se trataba de una de esas meretrices que realizan su trabajo con diligencia. Lo prueba un magnífico ejercicio de crítica literaria que se publicó hace casi cien años. Aquí venimos a recomendar Retratos de poetas rusos de Ehrenburg, reimpreso en Buenos Aires el año de la peste por el sello Añozluz editora. Es una gema rara.

El libro de ciento ochenta y dos páginas y tapa color celeste es, por encima de todo, una brillante exhibición de estilo. Hay un poeta que juzga a sus pares; con gran dominio de la metáfora e intenso lirismo, define "el rostro, la persona y la obra" de catorce escritores: Ajmátova, Baltrushaitis, Balmont, Blok, Briúsov, Bieli, Voloshin, Esenin, Ivánov, Mandelstam, Maikovski, Pasternak, Sologub y Tsvietáieva. Se acompaña la descripción con una selección de poemas y una foto de los artistas. 

Los retratos fueron entregados a la imprenta en 1922; hubo una segunda edición un año más tarde y nunca más se volvió a publicar la Unión Soviética. Lo devaneos de Ehrenburg con el futurismo y el simbolismo, su desinterés por el realismo socialista y las alusiones a la tradición hebrea fueron demasiado para los guardianes del marxismo cuartelero, esa desgracia de media humanidad.

Ehrenburg sabía de que hablaba:

"El poeta no escribe los poemas, sino que los dice. Aunque sea en silencio; sus labios igual se mueven. Las manos vienen después, las manos son prácticamente un tipógrafo... ¿Pero acaso debe el poeta discutir, contar, denunciar?... El poeta debe profetizar... discute frente a frente con el terrible Todopoderoso... Es que del poeta esperamos visiones nuevas y cambiantes, y exigimos que nos asombre, como un peculiar jardín o el baile de una chica morena".

VISION INGENUA

Como se vé, nada más lejos del materialismo dialéctico que este delicado esteticismo, a lo Vladimir Nabokov. Había en el joven Ehrenburg amor al arte, ternura y compasión, respeto por la autonomía del hecho estético. Y, desde el plano político, había en la mente del intelectual oficialista, y de algunos amigos poetas, una visión de la Unión Soviética ingenua, equivocada pero colmada de esperanza. La Santa Rus sería otro Estados Unidos: 

"Rusia no desea ser Europa y desde Asia se lanza hacia América... la gran mecanización de nuestra caótica existencia anterior es una victoria sobre los oscuros elementos del alma... es claro que el ruiseñor tiene un canto bellísimo, pero el futuro le pertenece, parece ser, al gramófono".

A comienzos de los años veinte, el ideal comunista era aún lo nuevo, el repudio asiático a la Vieja Europa, ese concierto infernal de naciones que había engendrado el colonialismo y la hecatombe de la Gran Guerra. Ehrenburg sigue, entre otros, a Alexándr Alexandrovich Blok en el magnífico poema Los escitas. Copiamos algunas estrofas:

"Ustedes son millones, nosotros, como tinieblas y más tinieblas/

¡Prueben combatir con nosotros!/

¡Sí, los escitas somos nosotros! Sí, los asiáticos somos nosotros,/

con oblicuos y voraces ojos/


Para ustedes el siglo, para nosotros, la hora única./

¡Nosotros como siervos sumisos,/

sostuvimos un escudo entre dos razas hostiles,/

la de los mongoles y la de Europa!/


Cientos de años miraron ustedes hacia el Este,/

amontonando y extrayendo nuestras perlas,/

¡Y burlándose, para apuntarnos con las bocas/

de sus cañones, sólo esperaban el momento!/ 


(...) ¡Oh viejo mundo! Aun no has muerto/

y te consumes en dulce tortura./

¡Detente prudente como Edipo/

ante la Esfinge del viejo enigma!/


Rusia es la Esfinge. Regocijándose, afligiéndose/

y bañándose con negra sangre./

Ella observa, observa, te observa a ti,/

con tanto odio como amor".

Los escitas bien pudo haberse escrito ayer a la tarde, bajo el reinado del zar Vladimir Putin. Es que este volumen fascinante trae a la Rusia inmortal con ""el dolor mudo de una tristeza oculta, la angustia sin salida, el silencio, la inmensidad, la fría altura, las lejanías que se van"", como compuso Konstantin Balmont.

Es verdad que siempre algo valioso se pierda en la traducción de un poema, y se pierde mucho cuando el traductor no es un Jorge Luis Borges. Pero también hay algo que nos llega del fulgor original cuando la sensibilidad es socorrida por la inteligencia. Vale esto tanto para la prosa poética de Ilyá Ehrenburg como para su antología. El libro atesora momentos conmovedores (como Canción sobre una perra, de Serguei Esenin).

Al fin y al cabo, "la contrucción de un mundo distinto (artítiscamente hablando), con combinaciones nada comunes de formas comunes, con proporciones desesperadas y escalas insensantas siempre fue una eterna necesidad del hombre". Incluso en épocas infernales como la de la tiranía comunista.

En tren de ser exigentes, lo único que podría reprocharse a esta muy recomendable edición es que le faltarían algunas notas biográficas de los catorce poetas. Los jóvenes y los desinformados deberían conocer los tormentos que el régimen comunista les infligió a Ajmátova, a Pasternak, a Mandelstan. Es decir, necesitan saber los peligros que implica correrse un milímetro -en nombre de la libertad de pensamiento o de lo que sea- de la línea que establecen los catecismos rojos (aún hoy). "Oh pobre Homo Sapiens,/ la existencia es opresión// (...) Todos vívían con hambre y sed,/ bárbaros en la batalla/ y nadie pensaba que la vida/ es un milagro breve.", escribió justamente Pasternak.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

jueves, 12 de noviembre de 2020

La transmigración de Timothy Archer

 


En Presencias reales, George Steiner medita sobre las dificultades con que se encuentra el artista cuando en su experiencia creativa busca expresar el opus metaphysicus en un momento de la historia en que se ridiculiza sin contemplaciones lo abiertamente religioso. ``Impera -estableció el maestro de la crítica erudita- una racionalidad moldeada de modo ingenuo sobre las ciencias y la tecnología, donde la norma del discurso aprobado es el agnosticismo, cuando no un consiguiente ateísmo''.

 Esa reflexión fue escrita hace cuarenta años y no ha perdido un gramo de frescura. La novela teológica es la más rara de las flores del Parnaso literario. Por eso, el lector con inquietudes espirituales no puede sino sentirse extasiado cuando descubre el postulado de trascedencia en el arte. Es el caso de la última novela que escribió Philip Kindrek Dick (1928-1982), uno de los escritores fundamentales del siglo XXI. Aquí venimos a recomendar La transmigración de Timothy Archer (Minotauro, 220 páginas).

 La trama se basa en un hecho real -la muerte en el desierto del Mar Muerto del obispo James Pike- y depliega esos temas y subtemas tipicamente philipdickianos. Examina aquí el Misterio del Hijo de Dios, las enfermedades mentales, el sentido del mundo, la fuerza de lo inevitable, la cultura libresca en oposición al vitalismo, la búsqueda de la sabiduría, el espiritismo, la cultura de California del norte, el misticismo oriental, la Guerra de los Treinta Años. Esboza una nueva teoría acerca del ascenso y la caída de Satán. Postula que el cristianismo llegó a su culminación en el Renacimiento. Señala textos y composiciones musicales. Bascula entre los chistes políticamente incorrectos (el de los noruegos, según los suecos, es buenísimo) y las pruebas de la existencia de Dios. Se abisma en argumentos ontológicos y epistemológicos. Llega a la conclusión de que ``la facultad del conocimiento es variable y depende, en último análisis, de lo que uno quiere creer, y no de lo que es''.

EL OBISPO

 La historia también es cautivante. Conocemos a Timothy Archer, obispo de California, el más famoso de la Iglesia Episcopal de Estados Unidos, conocido en el mundo entero, amigo de Martin Luther King y Robert Kennedy, enjuiciado por uno de sus pares por herejía, alcohólico redimido, un egoísta inestable. 

"Como los realistas medievales, Tim creía que las palabras son cosas reales. Si se puede poner algo en palabras, es de facto verdad...'', lo describe su nuera, Angel Archer, la narradora. El obispo provoca el suicidio de su hijo Jeff y de su amante Kirsten, paladín de la emancipación femenina. Concentró el religioso toda su candidez en los escritos de una antigua secta hebrea, los malditos documentos zadokitas que, según cree, anticipan en doscientos años las enseñanzas de Jesucristo. Archer viaja a Tierra Santa en busca de un hongo alucinógeno (el anokhi) que otorgaría la conciencia de Dios, la parusía.

 Hay otro juego de ideas interesante, el vaivén entre fe (el obispo) e intelecto (Angela, licenciada en Berkeley). ¿Por cuál de los dos se decanta Philip Dick, el filósofo? Por la compasión o la caridad, no por la sabiduría. Destaca la necesidad de un Segundo Nacimiento, el nacimiento superior en o del espíritu, del que hablaba el Ungido. Moksha, según la tradición hindú, un brusco relámpago de comprensión absoluta venida de ninguna parte. La transmutación del Ser inauténtico al Ser auténtico, el Sein de Martin Heidegger.

La dimensión trascendental, queda demostrado una vez más, eleva cualquier libro.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente