domingo, 19 de octubre de 2014

Estuve allá afuera

Ronaldo Correia de Brito

Adriana Hidalgo. Novela, 342 páginas. Edición 2014.


En medio de una sequía impresionante en todo el subcontinente -como aquellas que oprimen al sertón- apareció una voz fresca y gostosa. Ronaldo Correia Brito (Ceará 1951), médico de profesión pero literato de vocación, ha publicado su segunda novela. Felizmente, tardó sólo dos años en llegar al español.

El texto nos traslada a la vieja Recife, capital de Pernambuco. Estamos a fines de los años sesenta. Son tiempos de mares revueltos. Gobierna una dictadura militar que reprime con toda brutalidad los afanes revolucionarios del estudiantado. A la Facultad de Medicina, arriba el sertanejo Cirilo Rego Castro, pura desesperación y nihilismo, hermano de un activista político perseguido por el régimen. Pero el muchacho vive del lado de afuera de todas las causas. "Prefiere los trastornos provocados por el arte a las perturbaciones políticas". Prefiere la maconha. Cirilo comparte una minina con su amigo Leonardo y se engancha de otra que es una miserable. Coquetea con el suicidio y sobrevive con las migajas de un subempleo. Va evolucionando (una de los aciertos de la trama) al igual que Recife. Empezamos pensando que es una urbe deforme y sin remedio ("¿Fue para sufrir que elegimos vivir en esta ciudad mal hecha?”), pero terminamos con ganas de ir a visitarla. El nordeste brasileño, esa región despiadada, es otro personaje importante del libro.

Se trata pues de una novela de perdedores (a lo Onetti) forjada con elementos autobiográficos. Al igual que Cirilo, el autor proviene de los Inhamuns cearenses, viajó a Recife para estudiar medicina y soñaba con dedicarse a la literatura. Si intentó ser libre, la derecha y la izquierda, seguramente, lo deben haber hostigado como al protagonista. La prosa, sin ser nada del otro mundo, fluye con naturalidad, desprende cierta música. La carpintería es cuidada y pretende ser original. Siguiendo una sugerencia de Walter Benjamin, Correia de Brito citó largamente, incluso a Sábato y a Piglia. Asimismo, quiso homenajear a Jorge Luis Borges. Se nos advierte, que el triángulo Cirilo, Fernanda y Leonardo tiene mucho de La intrusa.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.
 
Calificación: Bueno
PD: En este blog se comenta otra novela de Correia do Brito. Pincha aquí: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2010/12/galilea.html

lunes, 13 de octubre de 2014

Kassel no invita a la lógica

Enrique Vila-Matas

Seix Barral. Novela, 300 páginas. Edición 2014


Los libros de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) son un paraíso para los que aman las conjeturas individuales, la elegancia de algunas especulaciones, las teorías sobre el arte. Bullen de ideas.

Este “reportaje documental” (así lo califica su autor, uno de esos narradores a quienes les obsesiona la forma en que son leídos) cumple cabalmente la premisa. Es una lectura muy grata porque -además del afán por filosofar- contiene un humor muy fino que proviene de un recurso siempre eficaz: el soliloquio de un neurótico. El Vila-Matas protagonista tiene el encanto del chiflado.

Se basa el libro en una experiencia personal: la participación del escritor hace dos años en la Documenta de Kassel, una feria de vanidades, la penúltima estación de la vanguardia, donde el arte baila al son de lo irracional. Las organizadoras -a los que Vila-Matas rinde agradecido tributo, uno de los puntos flacos del libro- le encargan escribir (o simularlo) en un restaurante chino de las afueras de la ciudad alemana, pero sólo dos personas se acercaron a su “patibulario canapé rojo” para interesarse en la “instalación artística viviente“.

Así las cosas, Vilas-Mata va hilvanando lúcidas reflexiones sobre todo mientras pasea por la exposición. Hábil prestidigitador, sus condenas nunca son lapidarias. Tiene el don de la ambigüedad y el vicio de la corrección política. A pesar de su voluntario “alistamiento en las filas de un inconcreto, etéreo vanguardismo“, sus referencias son clásicas, tradicionales. Hay un punto en que causa fastidio, al menos a un lector latinoamericano: la novela puede ubicarse en ese subgénero degradado que se ha ido perfilando en la Europa continental, la literatura de la decadencia. Se insiste en que el Viejo Continente es un muerto insepulto, se escuchan quejidos lastimeros por la entrada a un período crepuscular. Vaya manera pueril de afrontar el fin del eurocentrismo.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Economía del diario La Prensa.


Calificación: Bueno

sábado, 11 de octubre de 2014

El vampiro caza en la carretera

En el planeta Tlön, las naciones son, congénitamente, idealistas y la cultura clásica comprende una sola disciplina: la psicología. Los hombres de allí -refiere Jorge Luis Borges- conciben el cosmos como una serie de procesos mentales, que no se desenvuelven en el espacio sino de modo sucesivo en el tiempo. Siglos y siglos de idealismo, no han dejando de influir sobre la realidad de Tlön. Las personas son capaces de crear objetos usando sus esperanzas, ansiedades, deseos o miedos como materia prima.

Hay ecos de ese sublime cuento borgeano en la última novela de Joe Hill (Hermon, Maine, 1972), el nuevo campeón de la literatura de terror de Estados Unidos. NOS4A2 (Suma de Letras, 706 páginas) plantea que todos vivimos en dos universos: el corriente, el conocido por todos (lo llamamos "realidad"); y el del paisaje interior, el que tenemos en la cabeza, un mundo conformado con pensamientos, donde cada idea o emoción tiene la solidez de una piedra.

Algunas personas ultracreativas fueron bendecidas con el don de descubrir los puentes que conectan ambos universos. Se trata de una especie de cuchillo que rasga las costuras entre realidad y pensamiento. Ese atajo puede ser una llave, una bicicleta, las fichas de un juego de Scrabble, una moto, un automóvil, algo que nos guste mucho en todo caso. Con el tótem apropiado se pueden hacer cosas increíbles en el mundo interior, como descubrir todos los objetos perdidos. No obstante, el tránsito entre universos paralelos cobra un precio a la salud mental y física de los viajeros. Miren lo que le pasó a Kurt Cobain, sino.

¿Se ha inspirado Joe Hill en Borges para recrear estas fascinantes imaginerías? Es muy probable. En la página quinientos sesenta uno de los personajes lee Ficciones. Pero NOS4A2 se vende básicamente cómo un libro sobre vampiros. El título en inglés se pronuncia de manera similar a ‘Nosferatu’. Y el autor, un verdadero Lovecraft de nuestro tiempo, ha relumbrado en sus tres novelas como “monstrorum artifex”.

El villano que atrapa ahora nuestra imaginación se llama Charles Talent Manx III. Hace un siglo, más o menos, que dejó de ser humano. Mide casi dos metros de alto, es calvo, con facciones de comadreja apelotonadas en el centro de la cara. “Hay algo obsceno en su cráneo plagado de venas azules“, nos advierten. Con su nariz de gancho, recuerda, además, a un buitre (al ave no a Paul Singer). Sus brazos son largos como los de un orangután. Manx ha creado en su mundo interior a Christmasland (donde cada mañana es Navidad y cada noche, Nochebuena), un lugar terrorífico al que lleva a los niños que rapta y pervierte. Las almas infantiles lo mantienen vivo y saludable. Cuando Nosferatu termina con ellos, sólo les queda odio, la inocencia, y varias hileras de dientes finitos y afilados. La piel de estos chicos fantasmales es tan fría que te provoca graves quemaduras si la tocas.

Manx es un Drácula de la carretera. Maneja un Rolls-Royce Espectro, modelo 1938, negro como el averno. El viejo auto, obsidiano y lustroso, le permite al vampiro abandonar la realidad para adentrarse en el mundo del pensamiento. Dormir es la rampa de salida. Nosferatu ha secuestrado más de cien niños a lo largo y ancho de Estados Unidos, pero tuvo la mala suerte de tropezar con Victoria MacQueen, otra viajera entre universos, medio loca (o loca entera) escritora de libros infantiles en la vida real. El duelo entre Vic y Manx (y entre realidad y fantasía, al mismo tiempo) es épico, emocionante y dura varias décadas. Nos mantiene aferrados de las solapas hasta la última página. Nos desesperamos por saber cómo hará la heroína para rescatar a su hijo Bruce Wayne Carmody de las garras del vampiro.

EL HIJO DE…

A esta altura del artículo debe hacerse una aclaración. Joe Hill es un seudónimo. Lo eligió el narrador para abrirse camino -con su propio esfuerzo y talento- por la jungla del mercado editorial. En 2005, publicó su primera obra en Gran Bretaña, por el mismo motivo. En Estados Unidos su padre es demasiado conocido. En realidad, en el mundo entero. Joe Hill es el segundo hijo de -nada menos- que Stephen King. Si la sombra del padre resulta siempre un problema, un desafío, para cualquiera de nosotros mortales, imagínese en este caso; el peligro de ser aplastado por la reputación filial parece gigantesco. Pero nadie puede decir -ni lo dijo hasta donde uno sabe- que Joseph Hillston King ha publicado por deferencia de las editoriales a su papá. El hombre es laborioso, imaginativo, y escribe realmente bien con un hábil dominio de la metáfora rústica pero poderosa. La ironía no le es ajena. Tiene inquietudes artísticas, incluso se da el lujo de alguna audacia sintáctica en la arquitectura de los capítulos. Las escenas de acción, con una generosa efusión de sangre, son formidables y el suspenso está muy bien dosificado.

Si nuestra cama se estuviese incendiando, aún así nos resultaría difícil abandonar la lectura de esta novela. Como dijimos más arriba, Joe Hill honra el género fantástico. Tiene atisbos de originalidad, aunque claro está las similitudes (y los homenajes, ¿les suena eso de un auto que se conduce solo para perpetrar el mal?) con la obra de su padre son notorias, desde la temática (al fin y al cabo King padre y King hijo han decidido asustarnos con letras de molde impreso) hasta el uso bulímico de elementos de la cultura pop. Pero Joe, qué notable, dedica la novela a su madre, Tabitha King.

NOS4A2 es la tercera novela de Joe Hill, la más larga de todas, por cierto. En la primera -El traje del muerto-, la trama también atrapa desde la primera página. Jude Coyne es una estrella retirada del rock metalero. Reside en una mansión rural con sus perrazos y su novia gótica, treinta años más joven. Colecciona objetos macabros, grotescos y enfermizos. Un día su secretario privado recibe por correo electrónico una propuesta que el rockero no puede rechazar: por mil dólares adquiere un fantasma en una subasta. En un caja con forma de corazón, llega a los dos días un traje del hombre muerto. Entonces, se desata la pesadilla. Un espectro, con garabatos negros en lugar de ojos, ha sido enviado para vengar un oscuro pecado del pasado.Jude y su chica corren por sus vidas, pero ya se sabe que los visitantes del más allá son bastante testarudos. Hill cometió la proeza de revivir una especie que muchos creíamos muerta y enterrada: la novela de fantasmas.

Su segunda novela se tituló Cuernos y nada tiene que ver con la infidelidad, amigo lector. Una mañana de resaca, Ignatius Perrish descubre con pavor que en las sienes le han salido dos cuernitos.. El muchacho se va transformando en Asmodeo. Pero la gente parece no darse cuenta, se olvidan de inmediato de las protuberancias y pasan a confesarle al pobre Igg sus más oscuros secretos, lo que ha hecho o ansía hacer su demonio interior. Un médico eminente, un pilar de la comunidad, le revela como s¡ nada que esnifa oxicodona, que en el fondo detesta a los pacientes y que nada le agradaría más que abusar de una amiguita de su hija. Las personas no paran de contarle cosas vergonzosas a Igg y de pedirle permiso para pecar, incluso sus padres. Por cierto, todo el mundo cree que el muchacho cometió un espeluznante crimen sexual, que violó y mató a golpes a su chica. Igg se vengará del culpable.

Vaya serie: fantasmas, demonios y vampiros. La novelística de Joe Hill sigue un patrón clásico, gótico si se quiere. En ninguna de las estaciones ha desentonado. También publicó un libro de cuentos y una saga de historietas que han merecido elogios de la crítica, pero que el autor de esta nota, ¡ay!, aún no ha leído. Pero de lo que sí podemos presumir es que, después de tres novelas fantásticas (en las dos acepciones del adjetivo) nos hemos convertido en fans de Hill. Esperamos con ansiedad su próximo libro sobre licántropos, momias o Frankestein.
Guillermo Belcore 
Publicado en el suplemento de Cultura del diario La Prensa
 

domingo, 28 de septiembre de 2014

La fiesta de la insignificancia

Milan Kundera


Tusquets. Novela, 138 páginas. Edición 2014.


Esta novelita fragmentaria y teatral hace equilibrio sobre un manojo de ideas posmodernas: la seriedad de las grandes ideas concluye en el padrecito Stalin. La insignificancia es la esencia de la existencia; el buen humor, la clave de la sabiduría. Puede ser. Con menos ideas, se han compuesto obras memorables. El problema es que la falta de ambición de una las glorias de la literatura centroeuropea condena el libro a la intrascendencia. Tengo el penoso deber de comunicar una mala noticia: Milan Kundera (84 años) sigue retirado de la Alta Literatura.

La fiesta de la insignificancia es una lectura grata pero va de la tontería a la profundad de pensamiento -y viceversa- con harta frecuencia. He aquí el problema. Nos presenta el autor cuatro amigos que meditan sobre la estética del ombligo, la perspectiva histórica, el narcisismo, la posibilidad del arte (“¿Existirán todavía los poetas?”). Alain fue abandonado por su madre y aún le pesa esa ancla que le colgaron en el cuello a los diez años. Charles sueña con una obra en el teatro de marionetas, en la que Iósif Vissariónovich Dzhugashvili será el protagonista y se divertirá gastándoles bromas a sus esbirros y enseñándoles filosofía práctica. En la página 72, Kundera plantea: “Cada ser humano es el calco del segundo en que fue concebido”. ¿Y si ese determinismo a la enésima potencia fuera verdad? Ser concebido sin amor sería la peor de las taras congénitas.

Así pues, sólo hay una resistencia posible contra los grandes relatos, contra esas ideologías omnicomprensivas que con igual soltura resuelven tanto las dudas políticas como las estéticas o existenciales. No tomarlas en serio. El mensaje de Kundera sigue siendo valioso. No obstante, el valiente artista de La broma (de sus creaturas, acaso, es la que mejor ha envejecido) está mucho más cerca hoy de la inane nausea parísina que de aquella corajuda disidencia de Praga que nos alertó sobre la devastación (sí, “devastar” es la palabra correcta) que provocaba en Europa Oriental el comunismo cuartelero.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Viajes y otros viajes

Antonio Tabucchi

Anagrama. Edición 2012, 267 páginas


Es raro que en la era de la televisión por cable (¿Por cierto, vieron en Netflix el documental China salvaje, otra maravilla de la BBC?), la literatura de viajes -escrita en el siglo XXI y cuya materia no sea la guerra o la desesperación- capture nuestro interés de una manera tan intensa como lo hace esta joya, tallada por uno de los orfebres más interesantes que ha dado Italia. 

Antonio Tabucchi murió en 2012. Dos años antes, recopiló, modificó o reescribrió una serie de artículos que había publicado en revistas, diarios o libros. Su materia son “muchos doquieres vividos o visitados“, desde Kyoto a Buenos Aires, de Canberra a Maramures, donde se encuentra uno de los cementerios más alegres del mundo. El hilo dorado que va engarzando las cuentas lo describe el propio autor. Escuchádlo con atención:


“Nacidas en circunstancias de lo más variado, siempre a partir de viajes pero nunca de viajes realizados para convertirse en literatura de viajes después, estos textos vagaban como islas en un archipiélago fluctuante, esparcidos aquí y allá en lugares de lo más variopinto y bajo diversas banderas, casi sin conciencia de pertenencia ni de identidad, a su propia manera a la deriva. Reunirlos ha sido como hacer de todos ellos una embarcación única, una canoa, una barquichuela; calafatear las hendiduras de la quilla, y desde las corrientes a las que habían sido confiados encaminarlos en una dirección única: el viaje de un libro”.

La metáfora es justísima (los lectores de fuste lo sabemos). Un buen libro siempre es como una travesía a lo desconocido. Corremos peligro de naufragar en cualquier punto; leer el primer capítulo, por caso, y, fastidiados, estampar el libro contra la pared. Una dicha incomparable embarga al lector, por el contrario, cuando llega a su destino, es decir, a la última página tras haber navegado por aguas torrentosas o calmas, entre meandros o marasmos, en un mar luminoso o con tormentas de opacidad que ponen a prueba nuestra paciencia y nuestra virtud. 

“El viaje halla su sentido sólo en sí mismo, en el hecho de ser viaje”, dijo Konstantinos Kavafis en un poema sublime titulado Itaca, se nos recuerda aquí. Tenemos entonces la primera clave de la erótica del libro. Tabucchi es un glosador extraordinario, un maestro de lecturas. La poesía ocupa un lugar muy destacado. Ambas líricas, el álgebra alada que nos proporcionan los libros y aquella que se desprende de la vida misma. Oíd mortales esta tremenda cuarteta de un poema de Wislawa Szymborska que nos conmueve en la página veinticinco:


“Nada ha cambiado 
el cuerpo es doloroso
tiene que comer y respirar y dormir  
tiene una piel delgada y, justo debajo de ella, sangre
tiene una considerable cantidad de dientes y de uñas
sus huesos son frágiles, sus articulaciones moldeables.
En las torturas, se tienen en cuenta todo eso“.

Al mismo tiempo, Tabucchi propone a los viajeros sin prisas esas verdaderas paradas que se encuentran a la vuelta de la esquina, allí por donde no suelen transitar las marionetas que mueve el Dios del Turismo Global. El libro es rico en periferias. Y esta narrado por un verdadero hedonista, por un alma que suele ceder a las tentaciones tanto físicas como intelectuales. Por eso le interesan también la arquitectura, la contemplación de la pintura, la gastronomía, las pequeñas culturas, el arte de la amistad. Escribe, por ejemplo, sobre las hierbas de la isla de Creta y sobre el chile mexicano, acaso el único elemento unificador de esa gran nación. Me pregunto y pregunto a los amigos de este blog: algún ilustre escritor argentino ha escrito con igual amor sobre las hierbas de nuestra querida Córdoba o sobre las diferentes empanadas del territorio nacional.

Han merecido más de un capítulo Portugal, la India, Estados Unidos y Brasil. Con Borges recorremos Buenos Aires, “una ciudad metáfora” (¡si lo sabremos sus habitantes!). Digamos, por último, que la magnífica travesía permite aprehender una ética cosmopolita. Todos somos turistas en este caos al que nos ha arrojado el azar o una mano celestial. La xenofilia (el amor por la ajeno), por consiguiente, es la única actitud razonable. La única patria es el mundo en que vivimos, como decía Meleagro.  
Guillermo Belcore


CALIFICACION: MUY BUENO

domingo, 21 de septiembre de 2014

Calabria tiene quien le escriba

En el último siglo y medio, la llamada "literatura de inmigración" ha sido una de las corrientes más caudalosas de la narrativa estadounidense. Desde Henry Roth hasta Jhumpa Lahiri o Junot Díaz, por citar sólo tres casos eminentes, ha enriquecido la cultura universal con libros imprescindibles, forjados con las identidades y las experiencias (siempre traumáticas y a menudo exitosas) de las comunidades de extranjeros que se han ido añadiendo al meeting pot. Este artículo describirá otro caso ejemplar.

En efecto, la obra maestra de Guy Talese (1932, Nueva Jersey), uno de los campeones del Nuevo Periodismo, honró la tradición de la también conocida como literatura étnica, cuyo rasgo primordial -se ha señalado- es la hibridez y el maridaje, la tendencia a mezclar la autobiografía con la ficción. Los hijos se entregó a la imprenta en 1992; se reimprime veintidós años después en la Argentina. Tres hurras para el sello Alfaguara.

Con admirable estilo prosístico, Talese va remontando a lo largo de 763 páginas (!) el hilo de sus ancestros hasta el siglo XVIII. Nos presenta a padres, abuelos, bisabuelos, primos, tíos y sus vecinos. Recrea su infancia. Hay un aire garciamarqueano en el glorioso afán de dibujar un árbol genealógico.

Decía Marcel Schwob, que "el arte del biógrafo consiste en dar a la vida de un mísero farandulero igual valor que la del mismo Shakespeare". En este caso de Joseph Talese, el padre del autor, un inmigrante calabrés que se estableció como sastre pobre en una una islita de Nueva Jersey dominada por los pastores metodistas. Y con trabajo duro, ingenio y un ambiente favorable, prosperó.

Así pues, viajamos ida y vuelta de Ocean City a la aldea de Maida, en la provincia de Catanzaro, el punto más estrecho de la bota italiana. Recorremos el reino borbónico de Nápoles y las dos Sicilias, las campañas de Garibaldi, el frente alpino de la Primera Guerra Mundial, las casas de alta costura de París, el pequeño reino en Pennsylvania de una magnate de la industria, los guetos italianos de la Unión, las miasmas del fascismo. La travesía resulta siempre subyugante porque, como ocurre en las mejores novelas decimonónicas, la historia personal se combina con el devenir de los países y, en este caso, de un pueblo y una cultura específica de las que tantos provenimos: los italianos del sur. Es probable que nadie haya defendido su causa con tanto ingenio y eficacia como Guy Talese.

FRACASO HISTORICO

Una de las tesis del libro es, en efecto, que la reunificación de Italia en 1860 fracasó a la hora de unir el norte y el sur. Ese abismo cultural y social empobreció a una región feudal, pesimista y envidiosa pero con una admirable capacidad para asimilar los cambios (¿no somos así los argentinos?) y la degradó a la categoría de proveedor de mano de obra barata para las guerras y los trabajos pesados de Occidente. Roma, Estados Unidos y la Argentina se beneficiaron enormemente con esa fractura histórica, que por cierto aún no ha soldado.

Cómo epicentro de la corte de los Borbones españoles, Nápoles tenía el doble de tamaño que cualquier ciudad de Italia, una industria relevante y un agresivo comercio exterior. Todo eso se perdió con la reunificación impuesta por los camisas rojas a cuenta de la burguesía piamontesa.

Pero el texto no se extravía en esos quejidos lastimeros que han arruinado tantas obras bien intencionadas. Antes bien, la erótica de la obra deviene en buena parte de un delicado vaivén entre primera persona y distancia narrativa, y entre la comprensión (lo que la tierra de desdicha hace a las almas) y la condena (no absuelve las mezquindades y supersticiones) del pueblo reconocido.

PALADAR NEGRO

No merece sino elogios el estilo de Talese, un periodista de paladar negro cuya pluma ha descollado en las mejores publicaciones de Nueva York. La novela es de tipo documental, se enriquece con retratos, digresiones, decenas de anécdotas divertidas. Hay capítulos que tienen la autonomía de un cuento, como aquel que narra la sagaz estratagema con que timaron a un mafioso de baja estofa a quien la tijera de un aprendiz de sastre le había estropeado el traje. Hay un paso, delicado y casi imperceptible, de la narración en primera persona a la tercera omnisciente. Hay un esfuerzo metódico por educar al lector, por fijar una posición respecto a los grandes hechos históricos y las cuestiones sociales más arduas. La inteligencia, la sensibilidad y el sentido común se alternan en el timón. Talese no es un escritor de clichés, lugares comunes o estereotipos.

Semanas atrás, La Prensa había publicado un artículo sobre el registro en la Alta Literatura de la Primera Guerra Mundial. Bueno, deberíamos haber incluido también a Los hijos. Dedica casi cien páginas a la carnicería. Antonio, el tío del escritor, fue uno de los centenares de miles de sudistas que el establishment romano-turinés utilizó como carne de cañón para hacerle la guerra a los austríacos, por mera codicia territorial. El conflicto fue una calamidad para Italia. Causó mucho sufrimiento, desquició millones de vidas. Y allanó el camino al poder de un periodista farabute, transfuga, cultísimo, de ambiciones descomunales. Difícilmente encontrarás amigo lector un perfil tan penetrante de Benito Mussolini como el que ofrece este libro.

Estableció la crítica Wendy Lesser un punto interesante sobre la especie que nos ocupa:

 "La mayoría de las autobiografías estadounidenses abrevan de los antecedentes puritanos del país, que incluyen hacer una confesión pública en la cual la pregunta principal que debe formularse y responderse es: ¿cómo yo, que he sido un pecador despreocupado, podré llegar con el tiempo a acercarme a Dios? En la versión moderna y secular, la pregunta podría formularse así: ¿cómo yo, el inconstante o el tonto o el bueno para nada, cuyas bufonadas están leyendo, llegue con el tiempo a convertirme en el hábil escritor cuya obra sostiene el lector en sus manos? Igual que el caso de la pregunta religiosa, la implicación subyacente es: ¿cómo es que, después de todo, las cosas salieron bien?".

Hijo prestigioso de la inmigración italiana, satisfecho por su ascenso social pero nostálgico de la belleza de la simplicidad y la intimidad familiar, Talese ha buscado responder a esa pregunta trascendente.

PEREZA ARGENTINA

Cerramos con una perplejidad. Como Estados Unidos, la Argentina también ha sido tanto un crisol de pueblos como el hogar de millones de italianos pobres del Sur, cada uno de los cuales seguramente tiene una historia interesante que contar. No obstante, con la excepción de Antonio Dal Masetto, Griselda Gambaro y algún otro cuyo nombre desconoce nuestra vasta ignorancia no puede hablarse propiamente de una narrativa de inmigración. Dicho de otra forma, ¿por qué no hay una versión criolla de Los hijos? La respuesta más superficial es que el hecho de trazar una genealogía minuciosa implica ese esfuerzo sistemático que históricamente nuestros escritores han desdeñado. Para bien y para mal, el mainstream de la literatura argentina no ha sido dictado por la transpiración sino por la inspiración, por eso carecemos de novelas oceánicas. Los argentinos no quieren escribir quieren ser escritores, notaba hace mucho, mucho tiempo Ortega y Gasset. Todo permanece igual, como en Calabria.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente

domingo, 7 de septiembre de 2014

Heidegger, forjador de aforismos

Hay una especie literaria (porque la filosofía es también una forma de literatura elevada) particularmente atractiva, tanto para la sensibilidad artística como para el intelecto: el aforismo. “Retazos de púrpura”, la llamó Jorge Luis Borges, teniendo en mente a Oscar Wilde. Y fue George Steiner, ese crítico al que todos deberían parecerse, quien reflexionó a fondo sobre la “estética del fragmento” a partir de Heráclito, y notando el hecho de que ha llamado la atención en todas las artes. El boceto, la maqueta, el borrador, lo inconcluso en general (piénsese en Gaudí) han sido valorados por encima de la obra acabada. En verdad, todo Heráclito, Nietzsche y Wittgenstein es fragmento, pero en el año del Señor 2014 los argentinos podemos descubrir que un pensador esencial (nunca mejor usado el adjetivo) cuya obra a priori es todo lo contrario de la especie aforística, también la ha cultivado. Hablamos nada menos que de Martin Heidegger (1889-1976).

¡Qué hermosa sorpresa! El sello El hilo de Ariadna acaba de publicar Acerca de Ernst Jünger, obra fragmentaria de Heiddeger que refulge tanto como ejercicio de crítica literaria como en su carácter de bosquejo de Alta Filosofía. La traducción es impecable. Casi nada hay de jerga impenetrable. Contiene el libro notas de los años treinta, un manuscrito de 1954, así como numerosas y detalladas acotaciones marginales que el pensador alemán realizó sobre obras de Jünger como El trabajador o Los acantilados. Vaya par de gigantes, ¿no? Heidegger y Jünger. Pero hay un tercero eminente invitado a la mesa: Nietzsche. La indagación filosófica se va engarzando sobre el hilo conceptual que había aportado el creador de Zarathustra; hilo deformado, enriquecido, solidificado mediante un imperativo categórico: Todo es metafísica. Incluso la política. Para Heidegger, el dirigente debe aspirar a convertirse en “figura”; alcanza el éxito si es leído “metafísicamente” por la masa.

UN EXAMEN ATENTO

Postula Heidegger un principio que destruye el comentario chirle de la mayoría de los opinadores de suplementos dominicales: “Toda auténtica interpretación es confrontación en sentido literal“. Confronta entonces a un novelista que “piensa desde el ámbito de las gigantescas batallas de desgaste” de la I Guerra Mundial; en el que ha devenido como “realidad decisiva” esa contienda infernal; y el que propone como experiencia fundamental “el realismo heroico” en el sentido de “un desarrollo acabado de la metafísica de Nietzsche“. Pero lo confronta desde la admiración. El autor de Tempestades de acero es para el filósofo de la Selva Negra “un indicador con formato propio y por ello un artista esencial entre sus contemporáneos“.

El libro, riquísimo, en ideas e inferencias ofrece incluso, como se dijo, una metodología de análisis de la Alta Literatura. Sugiere el método heideggeriano al crítico seis aproximaciones, cuanto menos:

1) Ver (leer) pensantemente.
2) Reconocer el andamiaje de la obra y concebir este andamiaje como la estructura sobre la que se asienta una posición metafísica fundamental.
3) Examinar las experiencias del ente que proporciona la novela. ¿El ente es más que ente?
4) Descubrir influencias, entendiendo que sólo puede ser influido por un pensador esencial quien por sí mismo aporta y lleva a su encuentro un auténtico preguntar. Ser influido por grandes pensadores y poetas -nos recuerda Heidegger- es sólo la dicha de quienes han abandonado el circuito de lo pequeño.
5) Meditar sobre tres aspectos de la composición: a) Lo que el autor hace visible en sus descripciones. b) La posición fundamental sobre dentro de la cual la descripción ya ha sido realizada. c) El modo en que esta posición fundamental es fundamentada.
6) El escritor ante la voluntad de poder. ¿El autor ve lo real como fenómenos de poder? ¿Hay en él ese querer adivinar nietzscheano de lo que es fundamento del primer plano? ¿El escritor domina lo real mediante el desenmascaramiento?

LA VOLUNTAD DE PODER

Si el libro habla de política, el comentarista no puede ignorar la política, plantea el gran crítico español Ignacio Echeverría. Esta obra conversa sobre Alta Filosofía, algo hay que añadir al respecto. Básicamente, Heidegger se aupa sobre los hombros de Nietzsche para establecer que “nada es sin la verdad sobre el ser (Seyn)”. Y esa verdad radical no es otra que la siguiente: “La voluntad de poder es el carácter fundamental de lo real, la esencia de la vida“. Poder para Heidegger no es algo abstracto, “es decir nunca un ente en sí presente ante la mano, hallable y asible a voluntad“, sino “el ser mismo“. Nos advierte que “el poder no necesita portadores, él es lo portante (el ser)”.

Desde esa base firme, el libro -cual diccionario de Alta Filosofía- va hilvanando valiosas definiciones conceptuales: trabajo, trabajador, figura (“como núcleo del campo de fuerza situado en torno de él“), burgués, heroísmo, tipología, técnica. El derrotero es apasionante, pues deviene de la fijación del pensador con el lenguaje. Fuerza a pensar. Verbigracia: ¿cuál de estas siete categorías heideggerianas de trabajo se encarna en ti amable lector?:

1) como medio (trabajar para).
2) como meta (realización por el trabajo).
3) como modo fundamental del ser humano (el trabajador).
4) como subjetividad incondicional.
5) como objetividad ilimitada que determina el punto 4
6) como ser del ente en totalidad.

CONTRADICTORIO Y ACTUAL

Apenas se asoma el Heidegger totalitario; como por ejemplo cuando plantea la cuestión de la raza o cuando escribe que las SS son “ejemplo de construcción orgánica”. No va más allá, en rigor. Son verrugas feas pero diminutas sobre un texto por lo demás muy inspirador que se extiende por quinientas cincuenta y seis páginas y que, en su mayor parte, se forjó durante el Tercer Reich. Aquí hay también un Heidegger que se rebela contra las interpretaciones de “los nietzcheanos tornados salvajes” y  de “los investigadores de lo racial“ (bien mirado otra forma de materialismo como el marxista) que no captan lo esencial. Y un Heidegger que define al ‘superhombre’ no como la bestia rubia conquistadora sino como el “hombre que históricamente excede al vigente y último hombre en otra figura” (es decir, no lo mueven las modas ni las ideologías demenciales de su tiempo). Se evoca una máxima decisiva de Nietszche de 1886: “No tratar a ninguna persona que tenga participación en el mentiroso vértigo racista”.

Uno se va del libro pensando que el Heidegger que se expresa en forma aforística, y por lo tanto es fácilmente aprehensible (la técnica del rayo que cae, según Steiner), se configura en pensador con absoluta vigencia. Acaso hoy, el autor de Ser y Tiempo hubiera definido a las fruslerías de las redes sociales como “obstinación plenamente enceguecida en la subjetividad". ¡Je! Pero lo que no ha perdido vigor, tal como muchos eminentes franceses de posguerra han notado, es la invitación filosófica a reflexionar sobre lo trascendente, por debajo de los ropajes discursivos de la era en que nos toca vivir. Dice en la página 302:

 “Saber lo real sin encubrimiento es preciso; y por ello nos hacemos un camino hacia tal saber; pero se hace más necesario reconocer que todo ente y toda referencia a él nada es sin la verdad sobre el ser (Seyn), tan sólo a través de lo cual todo ente es acaecido en lo que es y como es”.

Guillermo Belcore

Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente

domingo, 31 de agosto de 2014

Cixí, la emperatriz

Jung Chang


Taurus. 594 páginas. Ensayo de historia. Edición 2014


En su monumental examen de la historia china, Henry Kissinger menciona una sola vez a Cixí. Lo hace para ubicarla a la cabeza de las fuerzas reaccionarias del siglo XIX. Curiosamente, este libro propone una hipótesis diametralmente opuesta. Quiere persuadirnos de que la emperatriz viuda fue algo así como un Deng con polleras, una gran modernizadora, una asombrosa mujer de Estado que sacó al dragón asiático del Medioevo. 

La señora Jung Chang, catedrática nacida en Yibin y radicada en Gran Bretaña, escribió una biografía a contrapelo de la sabiduría convencional y los manuales de historia de su país natal. Su tono apologético -más propio de la religión o de la política- le resta credibilidad al ensayo, obliga a cotejarlo con otras fuentes. Se narra la vida de una cortesana semianalfabeta, cuyo hijo llegó a convertirse a los cinco años en emperador de la dinastía Qing. Corría el año 1861. Cixí consiguió entonces, vía un golpe de Estado, controlar los resortes claves del Imperio del Reino Medio. Durante décadas fue la personalidad más influyente de la corte manchú, hasta su muerte en 1908; una influencia benéfica, la idea central de un texto que alterna pasajes aburridos con otros interesantes, más que nada porque China, el país mas ceremonioso del mundo, es fascinante.

De la prosa sólo puede decirse que es correcta y clara. Del texto pueden extraerse cuando menos cuatro conclusiones: 1) tradición y apertura al mundo son dos fuerzas virulentas que han desgarrado desde siempre al Celeste Imperio; 2) el haber atravesado el período del imperialismo europeo sin una fuerza militar considerable fue una maldición para los chinos; 3) la codicia y crueldad de los japoneses tienen muy pocos parangones históricos; 4) la superioridad de la civilización occidental (tanto en los sistemas políticos como en las tecnologías) sobre las restantes culturas siempre fue aplastante. Qué puede pensarse de una gran nación que posterga por décadas el desarrollo de los ferrocarriles para no perturbar a los muertos.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: regular

miércoles, 27 de agosto de 2014

Crónica de la noche

Colm Tóibín

Emecé, 299 páginas. Novela, edición 1998.

La buena crítica literaria -al menos la que a mí me interesa- es aquella que persigue con rigor, tesón y amenidad la esencia estética irreductible de una obra; es decir, identifica los elementos que definen el valor artístico y que suscitan un impacto perdurable en el lector. Las apreciaciones pueden hacerse de manera improvisada o aplicando algunos parámetros objetivos. Italo Calvino estableció tres (1):

1) un diseño de la obra bien definido y calculado.
2) la evocación de imágenes nítidas, incisivas, memorables. Icástico, es el adjetivo.
3) un lenguaje lo más preciso como léxico y como expresión de los matices del pensamiento y la expresión.

Crónica de la noche cumple las tres condiciones. Su eficacia estética es formidable, por ende. Veamos. La arquitectura (punto 1) es perspicaz, se demora la presentación del núcleo incandescente del libro: una historia de amor homosexual. Las imágenes (punto 2) son poderosas: el debut sexual en un galpón del campo, un muchacho confesando a la madre chapada a la antigua su condición gay; la cacería de placeres en una sauna para hombres; un enfermo de sida en deprimente soledad internado en un hospital público. Finalmente, el virtuosismo del lenguaje corre parejo a las otras destrezas; es una prosa very british (Colm Tóibín, no obstante, nació en Irlanda), muy claro, directo, sin ornamento alguno, pero con una precisión pasmosa tanto en el vocablo como en el concepto. Obsérvese esta definición: 

“Amor, sentido tanto en el cuerpo como en la mente, es una calma extraña, una felicidad, la idea de que no se necesita nada más que eso, que alcanza para el resto de la vida".

Como si esto fuera poco, la novela -publicada por primera vez en 1996- tiene un interés adicional para los argentinos. ¡Transcurre en la Argentina! El telón de fondo, en efecto, es la era desdichada y turbulenta que va desde la dictadura militar hasta Carlos Menem, indagada, sin pasión alguna pero con extrema lucidez, por un escritor extranjero. El protagonista se llama Richard Garay, argentino de madre inglesa deaamorada que se gana la vida, con desgano, como profesor de inglés y traductor. Traba relación con un político y empresario peronista que tiene ambiciones presidenciales. Se conecta por su intermedio con un matrimonio estadounidense -agentes de la CIA- cuya misión es asegurar que la transición democrática en la Argentina se afiance pero de acuerdo a los intereses de Washington. La intromisión es descarada. La guerra sucia, Malvinas, la asqueante corrupción, el caudillismo riojano aparecen en el tapiz. “Todo es jactancia y retórica de alto vuelo y nada quiere decir nada”, apunta Garay-Toíbín. Algunas cosas, por desgracia, nunca cambian en la Argentina. 

La delicada alternancia entre historia individual y colectiva es otra de los agrados del libro. Pero básicamente, como se dijo, estamos ante una conmovedora historia de amor (clandestina, era otra época) entre Richard Garay y uno de los hijos del dirigente peronista. Y entre ellos intenta interponerse no sólo las convenciones sociales sino una de las enfermedades más terribles de nuestro tiempo. Puede definirse también a Crónica de la noche como una de las mejores novelas sobre el sida. La ubico entonces en el mismo anaquel que Antes de que anochezca de Reinaldo Arenas y Personas como yo de John Irving.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena


PD: Quién dijo que las redes sociales son inútiles. Llegue a este libro por recomendación de un amigo del Twitter (@AiresyBenson). Por cierto, da ganas de agotar la obra de Toíbín, este irlandés tan elogiado.

martes, 26 de agosto de 2014

Trabajo, según Heidegger

El Diccionario de Asterión XVI


Trabajo:

Sust. Com. Actividad humana que, según Martin Heidegger (1889-1976), permite al ente expresarse de cinco maneras:
1) como medio (trabajar para).
2) como meta (realización por el trabajo).
3) como modo fundamental del ser humano (el trabajador).
4) como subjetividad incondicional.
5) como objetividad ilimitada que determina el punto 4
6) como ser del ente en totalidad.

Encontré esta relámpago de lucidez en el libro Acerca de Ernst Jünger de Heidegger que el sello El hilo de Ariadna acaba de publicar en Buenos Aires. Es una gloriosa manifestación de estilo aforístico, que permite aproximarse al arduo pensador alemán sin naufragar en el intento. Me pregunto entonces e invito a los amigos de este blog a hacer lo mismo: ¿Qué es el trabajo para vos? ¿Te permite expresar de manera incondicional tu subjetividad? ¿Representa tu esencia como ser? ¿Te conocen, respetan o aprecian por ello? ¿O, variante triste, tu empleo es un mero medio de subsistencia? Me da la impresión que buena parte de lo que entendemos por felicidad pasa por aquí.

lunes, 25 de agosto de 2014

Una semana en la nieve

Emmanuel Carrere

Anagrama. 165 páginas. Novela, edición 2014.


Hace veinte años Emmanuel Carrere (París, 1957) dio este libro a la imprenta. Ya por entonces demostraba una formidable capacidad para pergeñar una trama que nos mantenga expectantes hasta la última página, aquí con originalidad, dando encarnadura literaria a una de esas noticias que leemos en la sección ‘Policiales‘ de los diarios y nos llevan a preguntarnos en qué clase de bestia codiciosa se ha convertido el ser humano. Es un buen recurso, sobre todo cuando no se tiene un estilo que permita distinguirse en la manada. Queda probado pues que Carrere sabe contar una buena historia.

Se narran las peripecias de Nicolás, un niño de siete años demasiado sobreprotegido que inspira a sus maestros un poco de lástima. Debe pasar el trance de sobrevivir a un campamento de invierno, donde se le enseñará a esquiar, junto a sus veinte compañeritos, entre los cuales, naturalmente, hay algún bravucón. Eso solo basta para sumirlo en tremendas angustias (¡todavía se hace pis en la cama!), pero hay algo en escena infinitamente más sórdido que el bullying. Y el misterio involucra al padre de Nicolás.

El escritor nunca muestra todas sus cartas y eso es un procedimiento que no merece otra reacción que elogios. Incluso apela, con suma delicadeza, al flashforward (prolepsis, lo llaman los retóricos) pero sólo en una ocasión. Lástima. Las reflexiones de Nicolás resultan deliciosas, van desde lo cómico hasta la desolación. ¡Pobre chico!, uno está obligado a exclamar. La prosa es precisa, clara, nada del otro mundo. La decisión (¿comercial?) de trozar el texto en capitulitos es una verdadera estupidez, pues aniquila el ritmo, el latido íntimo, de la escritura. No se justifica de ninguna manera. Una semana en la nieve, no obstante, entretiene y obliga a meditar. Pudo haber sido un gran libro con doscientas páginas más (y una traducción al gusto de los argentinos).
Guillermo Belcore 

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa, el domingo pasado.


Calificación: Regular


PD:  En este blog se elogia una novela de Carrere. Pincha aquí: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2013/05/limonov.html

domingo, 17 de agosto de 2014

En defensa de la novela oceánica

La ficción como enciclopedia no ha perdido vigencia ni lectores en el primer tramo del siglo XXI

Por Guillermo Belcore

Hace treinta años, Italo Calvino establecía en un texto memorable una serie de valores que la novela debía preservar para seguir atrapando la imaginación de los hombres y mujeres del tercer milenio: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad y multiplicidad (1). Hilvanar un razonamiento en torno a la última de las virtudes es el propósito de este artículo.

Multiplicidad es el rasgo crucial de aquello que podríamos denominar como novela oceánica para distinguirla de variantes ínfimas como la nouvelle, la seudonovela, la novela para ganar un premio literario, el bestseller, el cuento caprichosamente alargado, la novela del yo y otras formas narrativas en boga que lamentablemente prosperan en la Argentina y cuyo factor común es la falta de ambición. Calvino ha escrito una enérgica apología de la novela oceánica, destacando su carácter de enciclopedia abierta, es decir, es el intento ansioso de plasmar aquella pretensión iluminista de encerrar la sabiduría en un gran círculo. La mejor novela contemporánea (una suerte de epopeya, arriesga el pensador italiano), se define pues como método de conocimiento y, sobre todo, como red de conexiones entre los hechos, las personas y las cosas de este mundo. Conexiones tanto en acto como en potencia. 

FALSA ALARMA


La pasión cognoscitiva entonces ha caracterizado a los literatos más eminentes del pasado, como Balzac, Thomas Mann o Bolaño. Y por fortuna mantiene su vitalidad en un Pynchon, Laiseca, Irving, Chirbes incluso en un Stephen King o Haruki Murakami. Pero también en esos otros autores prolíficos que han concebido en su mente una única gran novela pero la van entregando en capítulos como Sciascia, Grossman o Aira. 

Cada tanto, se escucha a un erudito anunciar la muerte de la novela. Ya no se puede escribir como en el siglo XIX, dicen. El estrépito de los medios audiovisuales -advierten- aturde a los lectores tradicionales. Internet es la tumba de la letra impresa. La única ficción valiosa es la que se desarrolla en las series televisivas, añaden ciertos personajes mediáticos. El individuo culto, de clase media, que compra una novela en una librería de la que es asiduo y la lee en la tranquilidad de una habitación de su propia casa (rodeado de un silencio que cobra enorme significado) está en vías de extinción, se quejaba George Steiner, el mejor crítico de nuesta era. ¿Cuándo? En 1965 (Lenguaje y silencio, Gedisa).

Por fortuna, estos gemidos lastimeros no se ajustan a la realidad, es la tesis de este artículo. La literatura, como enseñan los clásicos, debe interpretarse de manera comparativa. No parece, francamente, que esta generación sea, en términos estéticos, más pobre que las anteriores. Hoy existen -como hace diez, veinticinco o cien años- unos cincuenta novelistas de primera línea, con el deseo ardiente de incluir el cosmos en un libro (cosmicidad, Calvino dixit), mediante la perpetua transformación de la forma (novela es justamente eso). 

CINCO CASOS


Veamos algunos casos afortunados de ficciones oceánicas durante el primer tramo de este siglo. Imposible dejar de mencionar a Contraluz (Tusquets Editores, 1.337 páginas, 2006) la obra cumbre de uno de los mejores escritores estadounidenses de todos los tiempos, que ha pasado casi inadvertida por la pereza de los comentaristas dominicales. Thomas Pynchon ha parodiado aquí no menos de veinte discursos, géneros, subgéneros y retóricas, en una trama colosal que se expande en tres direcciones tratando de captar todo lo existente o imaginado en el ocaso de la era decimonónica (o aristocrática), es decir, el período que va desde la Exposición de Chicago de 1893 hasta la Primera Guerra Mundial.

Detrás de la escritura de Contraluz late una inteligencia prodigiosa y una curiosidad insaciable. Todo aquello que ha interpelado a la imaginación de Pynchon y es funcional a la trama -desde los cuaterniones de Hamilton hasta un insulto en idioma filandés (“aitisi nai poroja” o “tu madre fornica con renos“)- enriquece el texto. Es el asombro, a lo Borges, como motor literario. 

Enaltece la literatura estadounidense también el esfuerzo de un novelista subestimado por la crítica snob o desinformada para atrapar el color, el sabor, la moralidad, la música y las costumbres de una época pretérita, y de paso resolver uno de los misterios primordiales de la historia de su país. 22/11/63 (Plaza & Janes, 858 páginas, 2012) es uno de los mejores libros de Stephen King y la prueba tangible del carácter prometeico de la novela oceánica, pues incluso en un formato fantástico puede labrarse una suerte de enciclopedia de los años sesenta.

El libro nos lleva al Estados Unidos de cincuenta años atrás, cuando la gente no se preocupaba por la contaminación ambiental o el colesterol y era más confiada y amable con el prójimo, siempre y cuando perteneciera al mismo grupo étnico o religioso, dado que el racismo y el antisemitismo campeaban a sus anchas. Un profesor de literatura encuentra la manera de retornar al pasado (¡ah, que maravilla, los viajes en el tiempo!) y se propone impedir el asesinato en Dallas de John Fitzgerald Kennedy, aún al precio de cataclismos cósmicos. Ambicioso el muchacho, ¿no?


Como otro gran escritor estadounidense, John Irving (2), la demostración cabal de que Dickens nunca pasa de moda. Entre tantas joyas que ha publicado, rescatamos Hasta que te encuentre (Tusquets, 1.119 páginas, 2006), desbordante de sucesos, sexo y personajes extravagantes, que roza la farsa y, como es tradición en el autor, cumple cabalmente con el propósito de documentar una porción de la colmena humana, los músicos y el mundo del tatuaje en este novelón. 

La novela oceánica puede venir, por comodidad o cálculo comercial, en varios tomos. Es el caso de la memorable 1Q84 (Tusquets, 2011, 1.151 páginas), de Haruki Murakami, el gran renovador del realismo mágico. Aquí, el juego es la metarrealidad: concebir un universo alternativo, apenas deformado (como el de la serie Fringe o el cuento de Bioy Casares), con sus propias leyes, su lógica interna, sus creaturas tocadas por la originalidad. El escritor obra como demiurgo gnóstico, capaz de concebir un mundo imperfecto, degradado (como el que vivimos).

Imaginó Murakami -el rey del pop literario- dos lunas de diferente tamaño que nos miran desde el firmamento, conciencias que abandonan al cuerpo para hacer de las suyas, y la influencia decisiva de la Little People, entes malignos que favorecen la pederastía y son adorados por una secta deleznable. Es como si estuviéramos en el mundo de los sueños, allí puede ocurrir cualquier cosa: una mujer puede quedar embarazada sin que nadie le toque un pelo. La novela oceánica, queda probado, puede aspirar a la creación de una rigurosa mitología (es el caso, asimismo, de Tolkien).

Para no abrumar, citemos un último caso, esta vez en nuestro idioma. Otra novela paradigmática es la magnífica trilogía Tu rostro mañana (Alfaguara, 1.500 páginas, 2007), cargada no de poética como Murakami, sino de Alta Filosofía. Javier Marías es, por cierto, el maestro de la digresión exquisita. Sí, tampoco Lawrence Sterne ha pasado de moda.

Se narra la saga de Jacobo Deza, español reclutado por los servicios secretos de Gran Bretaña como “traductor de personas, interpretador de vidas, anticipador de historias”. Pero la historia es lo de menos. Lo valioso en Marías es la apuesta por el barroquismo, el uso exhaustivo del diccionario, el examen de cuestiones linguísticas, la redundancia. El castellano en todo su esplendor. Una enciclopedia de la lengua.

La novela con afán totalizador, pues, propone un contrato de lectura basado en la paciencia y la creatividad. Ofrece goces intelectuales sin parangones, pero exige lectores con cierta formación y que mantengan la llama sagrada del hedonismo de la página impresa. El juego sigue abierto; el sueño de Italo Calvino se ha cumplido: la literatura sólo vive si se propone objetivos desmesurados, incluso más allá de toda posibilidad de realización.
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

(1) Seis propuestas para el próximo milenio. Editorial Siruela.

(2) La foto de John Irving puede comprarse aquí: http://eamonnmccabe.co.uk/gallery/writers/view/john-irving/