sábado, 25 de junio de 2011

Tres luces

Claire Keegan
Eterna Cadencia editora, nouvelle, precio aproximado: 60 pesos. Edición 2011

"Una buena mujer puede ver más allá de lo que pasa y oler lo que se viene antes de que un hombre siquiera lo perciba''.
Claire Keegan

En el principio, fue un relato publicado por la revista The New Yorker. El texto prosperó hasta transformarse en un libro (Foster en inglés) que ahora un sello de la Argentina acierta al traerlo al castellano. La nouvelle había sido elogiada por la crítica británica. No disentirá este blog con el Daily Telegraph o The Guardian. Ha quedado confirmado que Claire Keegan (1968) es otra estrella luminosa en el firmamento de Irlanda, la isla de los grandes escritores. Va en camino, quizá, de convertirse en la heredera de John McGahern (1934-2006), pero con un cariz más delicado, hábil para definir a un ser humano con un solo trazo, lo que siempre es indicio de excelencia literaria. Por ejemplo: ¿Qué clase de hombre es aquél que jamas tomó a su hija de la mano? ¿O aquel otro que se juega a las cartas una ternera Shorton de la familia?

El libro se lee de un tirón, con placer y, finalmente, con un nudo en la garganta. Nos enfrenta a una situación común y desgarradora por lo injusta: Dios da hijos, a menudo, a quienes no lo merecen y, también con frecuencia, se los quita a un papá y a una mamá admirables. Se llama la vida; nada se puede hacer.

La historia transcurre en una Irlanda que -Unión Europea mediante- comienza a dejar atrás la pobreza campesina y católica, pero que aún vibra por las huelgas de hambre de los extremistas (y patriotas) del IRA contra Margaret Thatcher. Se narra en primera persona. Oímos la voz de una niña que va a pasar unos meses con un matrimonio que, al parecer, son sus tíos. Así describe al padre: "Esa manera que tiene los hombres de no hablar es algo a lo que estoy acostumbrada: les gusta patear el pasto con el taco de la bota para arrancar un terrón de turba, golpear el techo del auto antes de que arranque, escupir, sentarse con las piernas bien abiertas, como si no les importase". Así, resume su satisfacción con el cambio: "Sus manos son como las manos de mi madre, pero hay algo más en ellas, algo que nunca antes sentí y que no sé como llamar. Me siento sin palabras, pero esta es una casa nueva y necesito palabras nuevas''.

Lo que Keegan ha forjado podría definirse como poética de los momentos cotidianos. Su prosa es elegante, gentil, bella y suave. Carece de estridencias. Virtuosa, es un calificativo que le conviene. Se ha comparado a la irlandesa con Chejov y Maupassant, sobre todo por una cualidad que se mencionó más arriba: puede detectar (y transmitir) la miseria y la grandeza humana en lo ínfimo y en lo pedestre.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

sábado, 18 de junio de 2011

El desafio de la voluntad

Por Roberto Lavagna
Sudamericana. Memorias, 337 páginas. Edición 2011

Cuando la revelación explosiva brilla por su ausencia, las memorias de un funcionario sólo resultan interesantes en un punto: el ajuste de cuentas. Aquí, el doctor Roberto Lavagna denuncia a esa legión de miserables que intentó sabotear su corajuda gestión en el Ministerio de Economía cuando Eduardo Duhalde mandaba en la Casa Rosada y el país trataba de salir del abismo. Justicia histórica, a ocho años de distancia.

Lavagna se dibuja a sí mismo como un paladín del interés general, serio como un retrato, formal como burrito en redil, firme como un peñasco. Se ubica tan lejos de los malditos noventa como del kirchnerismo, a quien acusa de haber destruido su legado al aplicar desde 2006 "un populismo voluntarista'' que sumió a millones de personas en la pobreza, vía alta inflación e injerencia estatal; dinamitó la democracia civilizada; y nos malquistó con aliados y potencias por razones pueriles.

El libro narra de manera minuciosa y aburrida (sólo es recomendable para el aficionado a la economía) las medidas que se aplicaron desde abril de 2002 hasta mayo de 2003. Hay algunas pinceladas valiosas sobre el arte de gobernar: "un político puede llegar a ser un estadista; pero un banquero siempre será un banquero''; "cada concesión que se hace a un lobby es algo que se quita a los muchos otros''. Se destroza con eficacia a ciertos personajes; se desnudan mecanismos de corrupción (decretos redactados por los propios empresarios); y se señala con el dedo acusador a los cuatro jinetes del Apocalipsis: Koehler, Krueger, Singh y Thornton, todos funcionarios del Fondo Monetario Internacional. Una sensación que se desprende, justamente, es que urge viajar a Washington para prenderle fuego al FMI, si es posible con aquellos tecnócratas dentro, hombres y mujeres desalmados a quienes no les tiembla el pulso para recetarle hiperinflación a un país con una aberrante cantidad de pobres.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

lunes, 13 de junio de 2011

El arte y la manera de abordar a su jefe de sector para pedirle un aumento

Georges Perec
Libros del Zorzal. Cuento, 86 líneas.

Tienen las bellas letras una rama extravagante. Llámemosla ultraoriginalidad, muy celebrada por esa crítica superflua que desdeña el juicio estético y confunde literatura con historia del arte. Bernardo Koremblitt la bautizó literatura de página, pues "donde usted abra la obra encontrará lo insólito, lo nuevo''. Lo que el escritor de página dice "usted no lo ha leído en otra parte''. Jorge Luis Borges, que abominó del surrealismo, censuraba la especie: creía que la superstición de la originalidad había estropeado mil novelas del siglo XX.

Polémicas al margen, los franceses, siempre tan afectos a las charadas, suelen cultivar la ultraoriginalidad. En los años sesenta, uno de los nombres que se destacó en el juego de destruir los límites fue George Perec (1936/1982). Escribió una novela prescindiendo de la letra "e", que es la más frecuente en el idioma francés. Escribió este cuento largo sin un solo signo de puntuación. ­¡No hay ni una miserable coma en casi setenta páginas! Se trata, por lo demás, de una audacia conceptual: Perec desarrolla por escrito y de manera lineal un organigrama. El punto de partida es un don nadie que quiere reclamar un aumento de sueldo. "Una de dos" es el leimotiv.

El postfacio (porque es éste un subgénero que demanda explicaciones) arriesga que el título debería haber sido: "tentativa de agotar un organigrama paródico". Elogia el virtuosismo aplicado a la descripción de siempre lo mismo, de explorar a fondo todas las eventualidades. Las diferencias son ínfimas; las repeticiones, marean; pero el lector se ve arrastrado por un juego que nunca deja de ser encantador, o al menos curioso. Porque el valor del libro, justamente, es el de ser una bella (y muy legible) curiosidad del pasado.

Hay también un fondo kafkiano que merece elogios. Perec, de origen polaco y judío (los dos pueblos que ultrajó sin piedad el siglo XX), defiende al pobre diablo frente al sistema. La organización se llama "gran empresa'', ámbito "con el que usted se equivoca en identificarse'', "donde por un sueldo miserable usted está desperdiciando los mejores años'', "donde usted es como mucho un miserable peón'', "donde usted se muere de aburrimiento cuarenta y cinco horas por semana''... Tenemos aquí una oblicua y muy eficaz crítica a la burocracia.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

martes, 7 de junio de 2011

Borges

Por Adolfo Bioy Casares
Planeta. Diarios, 691 páginas. Edición al cuidado de Daniel Martino.

“¡Que manía la del arte moderno contra la anécdota! (…) No ven que atacan a lo narrativo, que es uno de los permanentes agrados de los hombres. ¿Qué tiene de malo? Toda la literatura es anécdota. ¿A quién no le agradan las anécdotas? Estoy seguro de que les gustan a esos mismos que la condenan. Aunque no puede uno saber: ¡son tan brutos!”.
J.L.B.

Si tú, lector curioso, ansías un libro pródigo en maravillas, ingenio y caprichos (incluso malévolos) no es necesario que fatigues Las mil y una noches o La Odisea. La edición abreviada de los diarios de Adolfo Bioy Casares podrá satisfacer tu sed de portentos. El volumen se concentra en Jorge Luis Borges; en sus anécdotas deliciosas, su inteligencia olímpica, su acomplejada humanidad, su capacidad sin par para destruir una reputación con una frase más venenosa que la mordedura de una aspid. Es el súmmum tanto de la crítica literaria como del arte de injuriar.

El libro, extraordinario en todo sentido, abarca cuarenta años de feliz amistad intelectual. En cada entrada hay algo extraño, cáustico o perspicaz. Hay personajes divertidísimos como la señora Bibiloni de Bullrich o el vanidoso Ernesto Sábato. El último tramo se lee con un nudo en la garganta. Como el 12 de mayo de 1986, cuando la Parca caminaba a la vuelta de la esquina:


“Hoy hablé con Borges que está en Ginebra. A eso de las nueve, cuando íbamos a tomar el desayuno, llamó por teléfono. Silvina atendió. Pronto comprendí que hablaba con María Kodama. Silvina le preguntó cuando volvían. María no contesto a esa pregunta. Silvina habló también con Borges y volvió a preguntar: ‘¿Cuándo vuelven?’. Me dio el teléfono y hablé con María. Le comunique noticias de poca importancia sobre derechos de autor (una cortesía para no hablar de temas patéticos). Me dijo que Borges no estaba muy bien, que oía mal y que le hablara en voz alta. Apareció la voz de Borges y le pregunte como estaba. ‘Regular nomás‘, respondió. ‘Estoy deseando verte‘, le dije. Con una voz extraña me contestó: ‘No voy a volver nunca más‘. La comunicación se cortó. Silvina me dijo: ‘Estaba llorando‘. Creo que sí. Creo que llamó para despedirse”.

Si algo dejan en claro los diarios es la primacía del juicio estético por sobre cualquier otra interpretación literaria. Pueden disfrutarse como guía eminente de lecturas; sus condenas, en cambio, deben tomarse con pinzas aunque el inopinado desdén siempre resulta eficaz. Borges va más allá del ataque, menosprecia. Consideraba a Scott Fitzgerald un escritor sin importancia; a Beckett y a Arlt, imbéciles; a Camus, “beneath contempt”; a Alberti, un árido payaso. Tennesse Williams era “un escritor de inmundicias”, Joyce representa “lo mejor de una mala causa”. Se mofaba de las novelas de Mallea, de los poeticastros Molinari o Capdevila; de toda la obra de Güiraldes (¿cómo no hacerlo con alguien que llama a la luna “el pulcro botón del calzoncillo“?) Polémicas al margen, el tránsito nunca es ingrato. La fluida escritura proporciona felicidad a raudales. ¿Felicidad, dije?... “ese olvido transitorio de la condición humana”.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Excelente

PD: No puedo sino estar de acuerdo con este juicio borgeano que, ¡oh sorpresa!, tan bien describe nuestra actualidad: “el secreto del éxito de la interpretación sociológica de la literatura es que gracias a ella mucha gente a quien una obra original no sugiere nada, ahora puede hablar de libros”.

viernes, 3 de junio de 2011

La pista de Arena

Andrea Camilleri
Salamandra. Novela policial, 221 páginas

El escritor italiano que hoy más vende nació en 1925, creó al detective Salvo Montalbano, militó en el Partido Comunista y fuma sesenta cigarrillos cada día. Su nombre es Andrea Camilleri. Sus historias se ambientan en Sicilia, esa isla abrasada por el sol y por el hampa donde la roña y la pasión son más evidentes y descaradas que en cualquier otro punto de Italia. Sus libros corroboran que la buena novela policial es un formato insuperable si se desea evaluar el clima moral de una sociedad. Dicho de otro modo, si se quiere poner a la luz la podredumbre.

Estamos pues ante un entretenimiento de calidad, adictivo y con ritmo cinematográfico. No por nada, Camilleri es dramaturgo y trabajó como guionista de la televisión. La pista de arena (2007) se inspiró en dos hechos puntuales: el hallazgo de un caballo muerto en las playas de Catania y el robo de unos sementales de carrera en una cuadra de la provincia toscana de Grosetto.

En esta ocasión, el comisario de Vigata debe vérselas con el submundo de las apuestas clandestinas. Investiga la horrorosa muerte de un equino. Resopla como un potrillo cansado cuando debe intimar con la rancia aristocracia siciliana o con la ceremoniosa burocracia. A sus más de cincuenta años, Montalbano no encuentra dificultades para obtener sexo de primera calidad; es deseado por esa clase de mujeres que hechiza a cualquier hombre que se detenga a mirarla. Comer es actividad promordial en la existencia de Montalbano (¿cómo puede almorzar y cenar tan copiosamente?). Es un paladín contra la mafia, una película pringosa que cubre prácticamente toda la comunidad.

Si bien en Sicilia todavía es verosímil que puede existir un cuerpo policial íntegro y dedicado, hay más de un parecido con el envilecido Buenos Aires. Aquí y allá, "los parentescos, incluso los más lejanos, son el único sistema para obtener información, acelerar un trámite, descubir a dónde había ido a parar una persona desaparecida, encontrar empleo para un hijo desempleado, conseguir entradas gratis para ir al cine y muchísimas otras cosas que quizás no es prudente revelar a quien no fuera pariente''.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

viernes, 27 de mayo de 2011

La crítica de las armas




Por José Pablo Feinmann
 
Grupo Norma. Novela, 367 páginas. Edición 2011 

Afirmar que estamos ante una novela de ideas es quedarse corto. Es algo más retorcido y ambicioso. Todo se subordina al mensaje, a la bajada de línea, a la compulsión por opinar, adoctrinar, denunciar. El libro, por cierto, es absolutamente consustancial con el espíritu de la época, pero este blog siempre ha preferido no evaluar las creencias de cada uno, en este caso del polígrafo José Pablo Feinmann sobre el "poder exterminador" en los horribles años setenta. Esta trinchera prefiere aportar juicios estéticos. Y es en el terreno de la estética donde La crítica a las armas (publicada por primera vez en 2003) hace agua por los cuatro costados. 

Feinmann se ufana de no corregir sus textos, pero aquí pretende atajar a los críticos. En la página ciento treinta seis, establece que no le preocupan "el ritmo del relato, la línea de la exposición ensayística, la repetición de ideas o frases ya explicitadas, la maldita estética en todas sus formas''. Recurre a Adorno: "Imposible escribir bien, literariamente hablando sobre Auschwitz; debemos renunciar al refinamiento si queremos permaner fieles a nuestros instintos". ¿Por qué entonces proponer una novela? ¿Y el lector qué? Esa sufrida entidad platónica debe soportar redundancias, la trama agujereada con soflamas, párrafos hinchados con palabras feísimas (celebremente, ajenidad, tragicidad), cacofonías, metáforas pueriles, la manía de ser didáctico y de amonedar conceptos filosóficos. Los personajes estereotipados y las combinaciones imposibles ("culpabilidad irrestañable", "pajero proscripto y gozoso", "universo licitacional", "chupón inobjetable") recuerdan al peor Arlt. Como no ofrece sorpresas ni belleza, el libro suele hundirse en el tedio. Abruma. 

Todo es política. Someto a consideración de los amigos de este blog el primer párrafo: 

"Hoy, 21 de octubre de 2002, Día de la Madre, para festejarlo con rigor, para festejarlo como años debí haberlo festejado, para festejarlo como nunca me atreví a festejarlo, para terminar con en esta relación ni abominable ni demoníaca sino estúpida, agobiante, estúpida que nos une desde siempre, para que nunca más haya para vos ni para mí otro Dia de la Madre, para todo esto, hoy, voy a matarte, mamá".
 

Al diario Página 12, Feinmann explicó (¡cuídate de las novelas que necesitan explicaciones!) que como la neurosis del protagonista es una compulsión repetitiva, tomó la decisión de "repetir, hasta volver loco al lector, palabras y oraciones". El único efecto que provoca el artificio a quien esto escribe es el de un texto mediocre. El procedimiento se usa hasta el hartazgo. 

El frágil soporte del andamiaje ideológico de Feinmann es la historia de Pablo Epstein, montonero arrepentido, filósofo y ensayista. Pablo es el alter ego del autor que -según su propias palabras- ha querido ajustar cuentas no sólo con la monada social (el pueblo cómplice de los militares; el loco de Santucho) sino también con su familia. Se lo considera el libro más autobiográfico de Feinmann. 

Epstein llega al asilo para asesinar a la mamá nonagenaria. Evoca su travesía intelectual, económica y militante. Juzga a los años de plomo desde el púlpito de la superioridad moral. Como se dijo, los hechos son de lo menos. La máquina de opinar, con una potencia admirable, devora la historia. 
Guillermo Belcore 

Calificación: MALA 

PD: Nadie debería infligirle a una novela una frase como ésta: "Si la condición de posibilidad de relato sobre la madre es la muerte de la susodicha, yo, al matarte, soy el creador del relato y su condición de posibilidad" (pag. 69). 

PD II: Hoy sólo quisiera refutar una de las conjeturas de Epstein-Feinmann: "el sexo es insustancial".

martes, 24 de mayo de 2011

Mi filosofía

George Soros
Ensayo de Economía, Taurus. 147 páginas

George Soros -exitoso especulador financiero, devenido en filántropo- quiere cumplir un sueño adolescente: ser reconocido como pensador. Para ello escribió libros que han pasado sin pena ni gloria. Constancia no le falta, publica ahora una serie de conferencias que dictó en la Universidad Centroeuropea de Budapest y Praga. ¿Reconocimiento académico? No, ese centro de estudios fue fundado por el propio magnate en 1991.

Estamos pues ante un espécimen rarísimo en la historia del pensamiento: un filósofo con cientos de millones en la cuenta del banco. Su última obra agrupa dos clases de textos: abstractos y prácticos. En la primera parte, desarrolla sus teorías abstrusas de falibilidad y reflexibilidad, que en conjunto determinan el principio de incertidumbre humana. Si bien exponen lo obvio (la subjetividad opera sobre la realidad y viceversa), resultan útiles para desmentir el fundamentalismo de mercado, en general; y la teoría de equilibrio de los mercados, en particular.

El valor del libro pues no radica en la filosofía de Soros -un conjunto de nociones superficiales y arrogantes- sino en su certero diagnóstico del descalabro global e incluso en la descripción de la crisis de representantividad en las democracias (el problema del agente). El financista repite el argumento de que el estallido de una burbuja común y silvestre en el mercado inmobiliario reventó la superburbuja que los Reagan/Thatcher/Greenspan venían empollando desde los setenta. Como consecuencia, el modelo capitalista propugnado por el Consenso de Washington, si no se desmoronó del todo, ha quedado gravemente herido. Ante eso, se alza un sistema alternativo: el capitalismo de Estado, liderado por China, y donde la lógica pol¡tica y estatal se impone a la mano invisible y al afán de lucro del sector privado. Ambos modelos compiten por hegemonizar el siglo XX. La Argentina parece que ya eligió bando.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

domingo, 22 de mayo de 2011

El retorno del señor Ushikawa

Diario de un lector apasionado XX

Existen en la obra varios elementos para medir la calidad de un escritor, pero hoy propongo prestar atención a uno, por lo general obviado por los críticos: el trabajo que se toma el autor con los personajes secundarios. Pienso como Borges que si el novelista es una divinidad (gnóstica) los minor caracters somos nosotros, los hombres. Los mejores demiurgos, entonces, son aquellos que pueblan sus universos y rodean a los protagonistas con creaturas memorables, ricas en detalles.


En verdad, pocas cosas me provocan tanto fastidio durante la lectura que tropezar con un personaje desaprovechado. Esos que pasan rápido y en puntas de pie por una trama y dejan a uno con hambre. Alguien podría decirme: "No sea chambón Belcore, no es del todo malo que el escritor insinúe y deje todo el trabajo en manos del lector". Es probable Sólo puedo atestiguar que me agradan los perfiles nítidos y de tres dimensiones, los que capturan la imaginación. Como el abominable señor Toshiharu Ushikawa.


Una de las sorpresas de 1Q84 -novela sobre la cual aún me restan una o dos ideas para aportar- es que Haruki Murakami decidió revivir al señor Ushikawa, malévola aparición de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. En 1995, era el secretario clandestino de un político sin escrúpulos. En 2011, es el presidente de una fantasmal y corrupta Asociación para el Fomento de las Ciencias y de las Artes en Japón. Tiene tanto de gnomo o de demonio de rango inferior como de humano mal ensamblado. Murakami se equivoca al igualar fealdad con bajeza moral, quizás para darle mayor relieve al personaje, aunque me parece que su intención última es evocar a una especie ubicua, vil y, al parecer, indispensable: el esbirro del Hombre poderoso. La Historia lo ha llamado Beria, Goeebels, López Rega o Montesinos. Es locuaz y resbaloso como la Serpiente y se encarga, no sin placer, de los trabajos sucios; no le asquea mancharse los dedos con sangre o excrementos. Meses atrás, yo vi a un ejemplar de esta categoría universal, (confieso que con una mezcla de fascinación y repulsa) en el aeropuerto de Puerto Iguazú acompañando como sombra eficaz y untuosa a un abogado mediático.


Para describir a sus creaciones, Murakami es minucioso como la lluvia. Primero bosqueja a Ushikawa con una frase rotunda: "la primera impresión que da es la de algo desagradable saliendo a rastras de un sombrío agujero en la tierra". Y luego esculpe con dedicación renacentista:

“Ushikawa era un hombre de baja estatura, que aparentaba unos cuarenta y cinco años. Su torso había perdido todo estrechamiento en la cintura, era gordo y la grasa se le acumulaba alrededor del cuello. Pero en cuanto a la edad, Tengo no estaba completamente seguro, puesto que la singularidad de sus rasgos (o la rareza) dificultaba captar los elementos que permitían deducir su edad. Parecía mayor y parecía más joven. Aunque se nos dijera que entre treinta y dos y cincuenta y seis años, no nos quedaría más remedio que aceptarlo. Tenía la dentadura en mal estado y la columna un tanto combada. Su gran coronilla, chata de un modo poco natural, estaba calva, y alrededor la cabeza parecía deforme. La forma achatada le recordaba a Tengo un helipuerto militar construido en lo alto de una pequeña colina estratégica. Lo había visto en un documental sobre la Guerra de Vietnam. Los gruesos pelos rizados de color negro que le quedaban, aferrados alrededor de la cabeza chata y deforme, se extendían más de lo necesario cubriéndole las orejas sin ton ni son. La forma de aquel cabello probablemente haría pensar, a noventa y ocho de cada cien personas, en un pubis. Qué les evocaría a las otras dos personas no le incumbía a Tengo“ (1Q84).

Años ha, se interesó también en su indumentaria:

“El hombre llevaba un traje marrón, una camisa blanca, una corbata de un rojo apagado y cada una de estas prendas parecía igualmente barata e igualmente deslucida. El marrón del traje me hizo recordar el de un coche viejo repintado con brocha por un aficionado. Con arrugas tan marcadas como la tierra en una fotografía aérea, la tela del saco y de los pantalones ya no tenía menor posibilidad de arreglo. La camisa blanca amarillaba y uno de los botones, a la altura del pecho, pendía de un hilo. Parecía que le fuera una o dos tallas pequeña, llevaba el primer botón desabrochado y el cuello doblado con negligencia. La corbata, con un extraño dibujo estampado que recordaba un ectoplasma borroso, parecía que llevase anudada desde los tiempos de los Osmond Brothers. A los ojos de cualquiera, era obvio que aquel hombre no prestaba la menor atención a su atuendo. Que se vestía porque no le quedaba otro remedio, porque tenía que hacerlo para mostrarse ante los demás. Incluso podría descubrirse en ello cierta mala idea. Tal vez pensara seguir usando esa misma ropa hasta que se desgarrara y quedase reducida a hilachas. Igual que los campesinos de las montañas hacen trabajar demasiado a los burros, de la mañana a la noche, hasta que mueren de fatiga” (Crónica del pájaro que da cuerda al mundo).


En 1Q84 añade que no se trata sólo de que vaya mal vestido “sino que da la impresión de que está profanando a propósito la idea de la moda en sí misma”. Ja.

Es posible que una novela entera no soporte al señor Ushikawa. Sin embargo, como ocasional atormentador de almas buenas el pajarraco resulta fascinante. Nos fuerza a reflexionar sobre una realidad espantosa: hay cientos de miles, quizás millones, de nuestros semejantes que llevan en la frente tatuada esta leyenda: "Hago cualquier clase de trabajo".

Guillermo Belcore

lunes, 16 de mayo de 2011

1Q84

Haruki Murakami
Tusquets. 737 páginas. Novela. Edición 2011.

El mundo es una lucha eterna entre una memoria y otra memoria opuesta.
H. Murakami

Pocos lugares son tan propicios para abandonarse al goce de la lectura como el Coffee Store de Callao y Rivadavia antes del mediodía. Hay poca gente, las sillas son comodísimas y la luz abundante. A pesar de su vecindad con el Congreso, no se ven esos típicos zánganos que viven de la política, una profesión honorable con muy poca gente honorable. Me alcanza Lorena un baguel de salmón ahumado, queso crema y ciboulette, secundado, obviamente, por un café con leche. Delicioso. La cuenta marca cuarenta y seis pesos.

Me acompaña uno de mis novelistas favoritos, parteaguas en la crítica honesta y en los blogs, diestro fabricante de bestsellers. Hoy está de moda entre los fatuos plumíferos de los suplementos repudiar a Haruki Murakami, claro está, casi sin haberlo leído y, acaso, alentados por esa vieja pulsión oculta de la aristocracia de pacotilla que desprecia todo lo que huele a masivo. Me pregunto: ¿puede alguien juzgar seriamente al bardo más popular del Japón sin haber asimilado Crónica del pájaro que da cuerda al mundo? ¿Puede un lector de novelas enamorarse de Murakami si desconoce el Animé o le resulta indiferente el relato fantástico? Como dicen en Brasil, ¿puede opinar quien no distingue el mango del mamón?


Los colgadores de rótulos afirman que Murakami (como Paul Auster o Umberto Eco) se encuentra en algún punto entre la ficción de calidad y la literatura de supermercado. Discrepo. Para mí, tiene indudables valores artísticos, los cuales -una vez más- intentaré defender. Estoy concluyendo 1Q84, novelón de setecientas páginas, que como casi todas las obras murakamianas “se puede leer como una especie de relato mitológico o como una ingeniosa alegoría”. Realismo mágico versión oriental y posmoderna. A propósito, en este libro, el insigne japonés sugiere en más de un párrafo -con el disimulo de rigor- cómo debe ser leído: “aunque la obra es de corte fantástico, los detalles de las descripciones son extremadamente realistas… todas las historias contienen algo que llama la atención… su capacidad de imaginar no es normal…”. Literatura autorreferencial, Aira, Fogwill y los surrealistas también hacen lo mismo.


La trama se va ensamblando como un rompecabezas. Narra dos trayectorias paralelas. Aomame, una instructora de artes marciales, asesina por convicción a maltratadores de mujeres con un pinchazo en la base del cráneo. Tengo, un profesor de matemáticas que escribe novelas día tras día, perpetra un fraude en un concurso literario. Naturalmente, ocurren cosas extrañas y los dos cursos narrativos van convergiendo. La lectura nunca deja de ser entretenida. 1Q84 es quizás el libro más inquietante de Murakami: hay abusos sistemáticos de niños, mujeres apaleadas, estafas, sexo explícito, sectas viles y peligrosas, un estrangulamiento y nihilismo absoluto frente a las autoridades del Estado. Embaucar a la gente es pan comido, es uno de los mensajes sombríos del autor.


Murakami es uno de los más ingeniosos Dickens de nuestra era
(sus obras desbordan de sucesos y tragedias). Exhibe una imaginación única y su copiosa producción sugiere, incluso, un nuevo estilo literario donde el kitsch, el pop, la manufactura industrial y la Alta Cultura se toman de la mano y danzan. Sus defectos -como dijo Quintín de Sábato- están a la vista, lo que los torna encantadores (o al menos soportables). ¿Qué defectos? El tono frecuente de manual de autoayuda (¿por qué razón Haruki siempre quieres enseñarle algo al lector menos avispado?). Esta bien que se tome todo el tiempo del mundo para narrar y describir (los retratos de los personajes secundarios son uno de los puntos fuertes), que sea minucioso, pero a menudo las palabras parece que no tuvieran peso. Dicho esto, puede sostenerse que Murakami ha urdido un cosmos originalísimo que se expande con fluidez, con unas reglas no convencionales que cada lector debe decidir, sin prejuicios y de acuerdo a lo que divierta e interese a su paladar, si las acepta o no. No es para todos. Algo así, como la música dodecafónica. Estos rasgos de demiurgo, por cierto, delatan a un artista de primera categoría.


El título de la novela alude a universos paralelos, a un mundo que no es éste, donde dos lunas flotan en el firmamento (la segunda un tanto deforme y ligeramente verdosa como si estuviera cubierta de musgo) y la Little People es la clave del embrollo. El volumen incluye los Libros I y II. Deja cabos sueltos que, seguramente, serán atados en los Libros III y IV, prometidos para el próximo año. Los espero ansiosamente. Aun quienes exponen sus reparos, reconocen que las obras de Murakami son imposibles de abandonar a la mitad, lo cual nunca es poco en literatura. El vate oriental es un potente Hacedor de fábulas y de parábolas y de mitos. Dicho con palabras de Borges, “un colaborador de las interminables y prodigiosas Mil y una noches’ que, desde el comienzo de los tiempos, el hombre está refiriendo”.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

domingo, 8 de mayo de 2011

Selina o la otra vida

Walter Kappacher
Adriana Hidalgo Editora. Novela, 278 páginas

“Quiero que mi lector, quienquiera que sea, solo piense en una cosa: en mí, no en el casamiento de su hija, no en la noche pasada con su prometida, no en las intrigas de sus enemigos, no en avales y cauciones, no en su casa ni en su campo ni en su dinero, y que al menos mientras me lea, esté conmigo. Si esta condición no le cupiera, que se mantenga lejos de estos inútiles escritos…”
Petrarca

Anhelo de Italia. Una enfermedad nórdica; apetencia del sol, el vino, los sabores mediterráneos, las mujeres macizas, la gente que abre toda su alma. Sobre eso va este libro. Sobre “la otra vida”. Europeos que llegan al Sur desde el frío para experimentar sensaciones auténticas, ansias indefinidas. Un profesor austríaco, en fase de separación conyugal, pasa su año sabático en una finca abandonada de la Toscana. La Mora está a solo cincuenta kilómetros de Florencia, pero es un paraje apartado, sin electricidad, hollado por los jabalíes. Se hacen las necesidades entre los matorrales. Sobre el macizo del Pratomagno, Stefan, absolutamente extasiado, se entrega a la contemplación (la naturaleza tiene buen gusto, ¿no?), a cultivar la amistad con los vecinos y con el lúcido Heinrich, a las faenas domésticas, “porque no hay nada en el mundo más importante que las pequeñas y grandes tareas que hay que en la casa, en los terrenos, cocinar“. Y encuentra a Selina, es decir, al amor incipiente. El libro, por otro lado, es homenaje y reelaboración de una obra romántica: Selina del poeta Jean Paul (1763-1865).

Epicuro sostenía que podemos ver las cosas porque de los objetos constantemente emanan invisibles ‘eídola’, estos es, pequeñas imágenes hechas de átomos que pueden ser captados por nuestros órganos. Walter Kappacher postula que los ’eidola’, aquellas esencias que no pueden definirse con palabras, se perciben lejos de la civilización moderna y la fealdad contemporánea (“¿Alguna vez ha visto un monumento de los tiempos modernos que no sea horrible?”). La novela está colmada de referencias al arte clásico italiano. Nos fuerza a usar constantemente el Google. ¿Tan hermosas son la famosa carta de Petrarca sobre el ascenso al Monte Ventoux y la Madona della Misericordia de Parri di Spinello?

Un ocurrente elaborador de rótulos dijo que Walter Kappacher (Salzburgo 1938) es un cabal representante el “realismo poético”. En efecto, su prosa tiene una cadencia suave, bella y melancólica, murmura como un curso de agua. La novela no progresa en tiempo lineal, sino que trabaja por adición de sensaciones y anécdotas. Es decir, el relato no tiene una verdadera trama. Se trata de una literatura inteligente, culta, seria, con buen sentido, que arriesga incluso una conjetura sobre el origen de la idea de Dios. No es para todos. Un escritor para escritores, dijo Peter Handke del austríaco Kappacher cuando se lo honró con el Premio George Büchner 2009, uno de los más importantes en lengua alemana.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

martes, 3 de mayo de 2011

La Viena de fin de siglo

Carl Schorske
Siglo Veintiuno. Ensayo de arte e historia. 375 páginas

A cada época su arte, al arte su libertad.
Lema del movimiento ‘La secesión’

Este ensayo -publicado por primera vez en 1980- es un clásico. Vale decir, su exquisita erudición no ha sido superada y siempre encontrará nuevos lectores. Articula varios textos con los que Carl Schorske, catedrático de Princeton y eminencia de lo que se conoce como “estudios culturales”, honró la American Historical Review. Se examina uno de esos raros momentos de la humanidad donde la excelencia se concentra en área geográfica limitada, en unas pocas manzanas de una gran ciudad, como en la Atenas de Pericles o la Florencia renacentista. La Viena finisecular no sólo puso hitos en la historia del pensamiento, también funcionó -al decir de uno de sus poetas- “como un mundo de juguete en donde el mundo de verdad hacía sus prácticas” para la desintegración política y social de Europa.

Schorske describe un impresionante trabajo de destrucción creativa. Identifica a los geniales hijos díscolos del liberalismo clásico, a aquéllos que, aun sin quererlo, sentaron las bases de su descomposición. "Moderno" sonaba como un grito de guerra. Los siete capítulos se interesan en la literatura, la planificación urbana, las artes plásticas, la música, el psicoanálisis, el arte de la política. Nos acercan a Sigmund Freud, “el adivinador de acertijos que encontró en la historia de Edipo la llave para abrir el alma humana”. Reivindican a dos escritores emblemáticos, Arthur Schnitzler y Hugo von Hofmannsthal. Siguen las huellas de dos arquitectos importantes y de tres dirigentes que hicieron época (dos antisemitas, uno sionista). Un ensayo está dedicado al pintor Gustav Klimt. El último al expresionismo y a la genialidad de Oskar Kokoschka y Arnold Schoenberg.

En Viena, por cierto, se refinó la noción del artista moderno como un ser “condenado a recrear su propio universo”. Fue uno de los caldos de cultivo más fértiles de “la cultura ahistórica” que caracterizó al siglo XX. La cultura posnietzscheana, sostiene Schorske, se caracteriza por su heterogeneidad y fragmentación que impide la aplicación de cualquier categoría amplia, premisa unificadora o principio de coherencia. Es imposible encontrar características comunes en la cultura pluralizada posnietzscheana, advierte el catedrático a los hacedores de cartografías inútiles.

Si como crítico literario Schorske no resulta muy inspirador, como historiador de las ideas es magnífico, incluso al aplicar categorías psicológicas a una suerte de rebeldía generacional en el arte y la política. El libro se lee con placer y provecho. Esclarece el trascendental legado austríaco.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

PD:
La lectura de esta obra podría acompañarse con tres piezas dodecafónicas.

jueves, 28 de abril de 2011

Tres chiflados bolcheviques

El moscardón imaginario XXXV

Que la naturaleza copia al arte es cosa sabida, al menos desde que Oscar Wilde pronunció su admirable sentencia. El club de los optimistas incorregibles, novela que acabo de comentar, desborda de anécdotas deliciosas. La que aparece en la página 524 ha atrapado mi imaginación y me permitió inferir que la realidad también gusta de copiar a las farsas de la televisión. La transcribo. Díganme si no les parece un episodio de Los tres chiflados.

“Ocurrió a finales de noviembre de 1917. Una época trágica. A principios de mes, los bolcheviques han triunfado en su golpe de mano y han derribado al gobierno de Kerenski. Su poder sólo pende de un hilo. Para llevar bien adelante la revolución, tienen que firmar la paz con los alemanes. Cueste lo que cueste. Trotski va el timón. Pide que se inicien negociaciones. Para los alemanes, es la oportunidad de repatriar las tropas empantanadas en el frente ruso para volver a desplegarlas en el frente occidental y ganar la guerra merced a esos refuerzos decisivos. Las conversaciones van a comenzar en Brest-Litovsk, donde está el Estado Mayor alemán. La delegación rusa, a cuyo frente está Kámenev, se da cuenta de que no hay en ella campesinos, siendo así que éstos constituyen el ochenta por ciento de la población rusa. Como el gobierno bolchevique quiere dar la impresión de que tiene todo el pueblo detrás, se ponen a buscar a un campesino. En Petrogrado, desierta y cubierta de nieve, se topan con un campesino viejo y barbudo, de pelo hirsuto y ropa no muy limpia, que está comiendo con los dedos, mugrientos, un arenque ahumado. Lo meten en la delegación como representante del campesino revolucionario. Román Stashkov, tal es su nombre, llama la atención en los banquetes diplomáticos por sus modales rústicos y su exuberancia y su jovialidad fuera de lugar. No está acostumbrado ni al champán ni a la comida en abundancia. Come con los dedos, se limpia en el mantel, le da palmadas en el hombre al temido general Max von Hoffmann y hace reír al impávido príncipe Ernst von Hohenlohe cuando se lleva los cubiertos debajo del chaquetón. Al principio, los alemanes creen que es un simulador de altos vuelos que se comporta de forma maquiavélica para sacarle sus secretos. Tardan dos meses en caer en la cuenta de que no es sino un aldeano que está allí por casualidad. Lo más gracioso es que le saca dinero a Kamenev amenazando con largarse. Su ignorancia total de lo que estaba en juego no impidió que entrase en los anales de la historia como uno de los negociadores de ese tratado”.

Jean-Michel Guenassia propone que se componga un libro con la historia de Román Stashkov, el buen campesino. Yo sugiero que, usando los prodigios de la animación computada, se recree un capítulo de esa maravillosa saga que me encantaba de niño y me encanta de grande. Aquí, un esbozo del guión:

Primera Parte:

“Un salón enorme en un edificio imperial de San Petersburgo. Deliberan los popes bolcheviques. En unos días deben reunirse con el alto mando de la Alemania del Kaiser para firmar el cese del fuego. Hace mucho, mucho frío. Suena la puerta: toc toco toc toc; toc toc. Entran tres proletarios con aspecto de indigentes. “Venimos a reparar la chimenea, nos manda Stalin”, dice el jefe del grupo, un hombre retacón con flequillo negro. Los otros dos dejan caer sus pesadas bolsas sobre el pie de su compañero, que aúlla y les entrella las cabezas como represalia. Los comunistas están preocupados, necesitan mostrarle a los germanos que ellos representan al pueblo. Necesitan genuinos vicarios del proletariado. A Bujarín se le iluminan los ojos: ¡allí están, a un par de metros de distancia! Lenín aborda a los plomeros. "Caballeros", les dice. El trío mira hacia atrás, no se da por aludido en un primer instante. Cuando caen en cuenta, el hombre de calvicie prominente con dos matas de pelo esponjoso reacciona indignado: "No ha habido un caballero en nuestra familia en diez generaciones", brama. El jefe le da una bofetada y ordena al "cabeza de chorlito" callar. Lenin, secundado por Trotsky, les explica que "El paraíso de los trabajadores" demanda su cooperación. Las razones de clase, incluso las patrióticas, no seducen al grupo, pero se dejan persuadir a cambio de comida abundante y vodka.


Segunda Parte:

Estamos en el deslumbrante Palacio de Wilanow, a diez kilómetros del centro de Varsovia. Alemanes y rusos celebran el tratado de paz de 1917. Kamenev presenta los "diputados populares" Moevich, Larryev y Curlyn a una condesa de Berlin. El más grueso, totalmente pelado, se inclina para besar la mano de la señora y le arranca con los dientes el grueso diamante de la sortija. El de flequillo (Moevich se llama) lo aparta para regañarlo. Quiere ser convincente. Usa una antiquísima tradición del campesinado ruso: el piquete de ojos. Pero cuando golpea a su camarada en el estómago, grita de dólor. El muy pillo de Curlyn, tal es su nombre, escondía debajo de la pechera del esmoquín una bandeja de plata robada. Un oportuno puntapié en el trasero delata que el gordinflón también rapiñó los cubiertos. Lenin y Bujarin observan alarmados. Temen que el pacto se vaya al garete.


Mientras tanto, Larryev hace que comprende una animada conversación entre Trotsky y el general Von Hoffmann sobre las condiciones del cambio histórico. Interrumpe un camarero, un cabo austríaco de bigotito característico. Hola Adolf, lo saluda el proletario de pelambre rala. Lo despoja de un pastel, pero al ver llegar a Moevich, temeroso, lo arroja al techo. La torta de crema queda en precario equilibrio aplastada en el cielorraso, hasta que Trotski mira hacia arriba y le cae en la cara. Irritado, el futuro jefe del Ejército Rojo se limpia con las manos y busca cobrar venganza. Arroja la porquería a Larryev, pero éste se agacha y la crema termina impactando en la cara de Stalin (dicen algunos historiadores que el georgiano jamás se lo perdonó). Se desata entonces una feroz guerra de tortazos donde los alemanes llevan la peor parte. Cuando todos se cansan, buscan responsables. Los saboteadores, acaso agentes de las podridas democracias burguesas, deben ser fusilados. Los tres plomeros atraviesan los cristales de una ventana y huyen a campo traviesa. Fin. Cortina musical (nana, nana, na nana; nanana, nanana, etc.).

Guillermo Belcore

domingo, 24 de abril de 2011

Con la esperanza entre los dientes

John Berger
Alfaguara. Ensayo de política y arte, 159 páginas


"El terrorismo es la guerra de los pobres y la guerra es el terrorismo de los ricos"
Peter Ustinov

John Berger (Londres, 1926) es una voz esencial del siglo XX. Sí, del siglo pasado, pues su mentalidad es un producto típico de la era filosa que concluyó en 1991 con la estrepitosa caída del Muro de Berlín. Concibe al arte como una militancia urgente y cáustica, pero al contrario de tantos nac & pop de la Argentina nunca se le ocurrió sacrificar la belleza en el altar del compromiso político. Lo corrobora este puñado de artículos periodísticos publicados antes de 2005 en el diario La Jornada de México. La expresión de Berger sigue siendo preciosa.


Hay pues en el libro una poética admirable y una prodigiosa energía, que se manifiesta, por ejemplo, en las odas a los desesperados que no se rinden, a quienes los vencedores temen. Véase este párrafo exquisito en brechiano tardío:


“Escribo de noche, pero no sólo veo la tiranía. Si así fuera, probablemente no tendría el valor de continuar escribiendo. Veo a la gente dormir, agitarse, levantarse a beber agua, susurrar sus proyectos o sus miedos, hacer el amor, rezar, cocinar algo mientras el resto de la familia duerme, en Bagdad y en Chicago. (Sí, veo también a los siempre invencibles kurdos, cuatro mil de ellos gaseados por Saddam Hussein con la complacencia de Estados Unidos). Veo a los reposteros que laboran en Teherán y a los pastores durmiendo al lado de sus borregos en Cerdeña -la gente pensaba que eran bandidos-. Veo a un hombre en el barrio Friedrischhain en Berlín que se sienta en pijama con una botella de cerveza a leer a Heidegger -tiene las manos de un proletario-. Veo a una barca de inmigrantes ilegales arribando a la costa española cerca de Alicante. Veo a una madre en Malí, se llama Aya, que significa Nacida en Viernes, arrullando a su bebé para que duerma. Veo las ruinas de Kabul y a un hombre que va camino a casa y sé que, pese al dolor, el ingenio de los sobrevivientes sigue intacto, un ingenio que recoge y acopia energía: en la incesante entereza de ese ingenio hay un valor espiritual (algo parecido al Espíritu Santo), esta noche estoy convencido de ello, aunque no se bien por qué”.


Berger retrata al poeta turco Nazim Hikmet, al escultor madrileño Juan Muñoz y a Pier Paolo Pasolini. Explora el verdadero significado del 11-S y de la guerra al terrorismo. Define la invasión de Bush a Irak como “una guerra emprendida para demostrarle al mundo fragmentado pero global qué son la conmoción y el espanto”. La evocación de su visita a Ramala nos persuade de la justicia de la causa palestina, incluso de la necesidad del martirio. Percibe algo que no había captado antes en la obra de Francis Bacon. Elogia la vida de los pobres y sentencia, no sin un punto de exageración, que atravesamos el caos más tiránico -pues es el más penetrante- que alguna vez haya existido. Ofrece una elocuente reivindicación del erotismo y el orgasmo.


Berger es duro y punzante como una estaca, aunque a veces la sensiblería y la ira opacan su resuelta lucidez. "Sí, entre otras muchas cosas, sigo siendo marxista", se ufana. Pero concibe esa ideología acerada como una “visión interdisciplinaria que une los campos”. Y postula que hoy “las alianzas urgentes en asuntos específicos sustituyen los programas de largo plazo”. Interesante.

Guillermo Belcore

Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

martes, 19 de abril de 2011

El club de los optimistas incorregibles

Jean-Michel Guenassia

RBA. Edición 2010. Novela, 645 páginas.

“Hay en la lectura algo que tiene que ver con lo irracional. Antes de haber leído el libro, intuyes enseguida si te va a gustar o no. Lo husmeas, lo olfateas, te preguntas si merece la pena pasar el tiempo en compañía suya… Un libro es un ser vivo”.

Jean-Michel Guenassia

El autor de este libro nació en Argel en 1950. Abogado de profesión, se ha ganado la vida también como guionista del cine y la televisión, lo que le permitió asimilar esos ínfimos trucos de la dramaturgia que capturan la imaginación del público. Es un hombre ilustrado con ideas claras sobre el pasado: comprendió que el comunismo soviético no fue sólo la perversión de una idea grandiosa, sino también un drama para unas cuantas naciones y, lo que es más grave, la sentencia de muerte para millones de personas. A los sesenta años, la diosa Fortuna besó en los labios al señor Jean-Michel Guenassia. Su primera novela se convirtió en un éxito rutilante en Francia, merced al boca a boca y a los elogios de la crítica. Se la tradujo a decenas de idiomas. Obtuvo el Premio Goncourt des Lycéens, concedido por mil quinientos lectores jóvenes entre los finalistas del Goncourt. La Alta Literatura tiene esas veleidades. A Dios gracias, no es sólo un actividad profesional, está al alcance de cualquier diletante inspirado.

El club de los optimistas incorregibles toma su nombre de una certera definición de Milan Kundera: “el optimismo fue el opio de los pueblos de Europa del Este”. Es una ventana a una época: a la guerra fría, la descolonización del Tercer Mundo, la Francia de De Gaulle y la bonanza económica. Es una novela-fresco balsaciana o victorhuguesca que brotó -explica su autor- sobre una imagen inolvidable de los años mozos: Jean-Paul Sartre y Joseph Kessel jugando al ajedrez entre susurros y carcajadas en un bistró de París. Guenassia arriesga, justamente, una opinión sobre uno de los misterios del siglo XX. ¿Quién fue en realidad el autor de El Ser y la Nada? Un revolucionario de pacotilla, rabioso en forzar al destino con su inteligencia, en avanzar en contra de cualquier lógica, en no renunciar pese a la certidumbre de su derrota, pero muy generoso a nivel personal. La novela arranca con los funerales de Sartre en 1980 y luego salta a los años cincuenta y sesenta.

Son dos los ejes del libro. El primero involucra al adolescente Michel Marini, vástago de una típica familia burguesa, campeón del metegol (futbolín en jerga madrileña), lector voraz y fotógrafo de talento, encandilado por la novia de su hermano Frank, el prófugo. El chico traba relación con El club de los optimistas incorregibles, una pandilla de ilustres emigrados de Europa oriental. Pajarracos de la política, la guerra o el arte que huyeron de sus países en condiciones dramáticas o rocambolescas, y sobrevivieron en la capital francesa gracias a la ayuda que les proporcionaban Sartre y Kessel que ya eran ricos, célebres, dadivosos y discretos. La segunda línea narrativa se nutre con las historias de Igor, Pavel, Vladímir, Leonid, Sacha. Son víctimas de primera clase de la tierra de los trabajadores dichosos. Declaman parlamentos fascinantes como éste:

"Lo escandaloso no es la explotación, sino lo pelotudos que somos. Estas obligaciones que nos imponemos para tener lo superfluo y lo inutil. El problema no son los patrones, es el dinero que nos esclaviza. El día de la gran bifurcación, el que acertó no fue el boludo que bajó del árbol para convertirse en sapiens, sino el mono que siguió agarrando la fruta y rascándose la panza. Los hombres no han entendido nada en esto de la evolución. El rey de los pelotudos es el que trabaja".

Se trata pues de una novela de iniciación (o de desilusión y de desintegración familiar) por el lado de Michel; y de una novela histórica, por el otro. La trama siempre resulta entretenida pues desborda de anécdotas. Vemos el mundo a través de los ojos de un muchacho perspicaz. El estilo documental es depuradísimo; los hitos del período, como la muerte de Camus o la guerra de Argelia, influyen sobre los personajes. Los párrafos son macizos, pero sin florituras, se hace un eficaz uso de la frase corta y rotunda. El libro es inteligente, amable, convencional; cargado de ideas y expresiones elegantes, tal como le encanta a los franceses. Un best seller culto, sin que esto implique un matiz peyorativo, como el que usan los comentaristas domingueros que posan de cínicos. Guenassia ha explicado que se trata del fruto de una vida (quizás sea el único), tardó quince años en darle forma definitiva al libro y sufrió el desaire de algunos editores que hoy se deben querer cortar los huevos. Vendió más de doscientos mil ejemplares en Francia. “Deseaba publicar algo de lo que sentirme orgulloso“, explicó Guenassia. ¡Hombre, felicitaciones!; lo has logrado, sin dudas.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

viernes, 15 de abril de 2011

Némesis

Philip Roth
Mondadori. Novela, 209 páginas. Edición 2011.

¿Por qué, Dios mío, permites esto? Es la pregunta de Job, del hombre o la mujer piadoso de cara a la enfermedad, el sufrimiento o el mal. Así somos los humanos, nuestro grito no puede resonar en el vacío, tenemos que encontrarle una necesidad a lo que sucede. La tiranía de lo contingente; la impotencia frente a la fuerza de las circunstancias. Este enigma teológico o existencial, este problema filosófico, aborda con una impresionante lucidez Philip Roth (New Jersey, 1933) en su último libro, el cual se aproxima a milímetros de lo que podría definirse como ‘la novela perfecta’ (tanto en forma como en contenido) si es que ese platonismo existiese. Nada menos.

El libro nos lleva a la ciudad de Newark, el centro geográfico y espiritual de la caudalosa obra de Roth. Estamos en el infame verano de 1944. Una epidemia de polio se abate -con siniestra eficacia hitleriana- sobre el barrio judío de Weequahic. Mueren o quedan reducidos a guiñapos pibes buenísimos. Una guerra contra los niños. ¿Dónde está la justicia?, se pregunta Eric Cantor, profesor de gimnasia golpeado por la vida, protector, idolatrado por los chicos, heroico pero que se convierte en un traidor y luego en una de esas personas destrozadas por la época en la que le tocó vivir. Porque “nadie es tan difícil de salvar como un buen muchacho moralmente deshecho”. Y, porque como advierten el Antiguo Testamento, incluso el mejor de los hombres puede vivir la peor de las desventuras. Nunca entenderemos del todo por qué.

Nemesis incluye espléndidos diálogos, giros elegantes y pasajes que se leen con un nudo en la garganta. ¡Cuántas barbaridades dice la gente a causa del miedo! ¡Cuántos pensamientos retorcidos las tragedias suscitan! La obra no tiene un gramo de grasa. Ha sido leída como novela de amor, ficción histórica, fábula moral, una profunda sonda psicológica. Es decir, tiene tantos rótulos como lectores creativos existen, una de las señas de identidad de la literatura de primera categoría. Naturalmente, se han trazado parangones con Defoe y Camus.

A los setenta y ocho años, Roth se mantiene intacto en el centro del ring. Digo yo, ¿no es hora de que los mandarines de Estocolmo lo recompensen con el Nobel de Literatura?

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

PD: Pincha aquí si deseas leer el comienzo de la novela.

PS del 1 de mayo de 2011: He escrito algo más sobre este libro en el blog de Eterna Cadencia. Pincha aquí.

sábado, 9 de abril de 2011

Sexo y poder en Roma

Paul Veyne

Paidós. Ensayo de Historia, 171 páginas . Precio aproximado: 100 pesos

Roma es uno de esos hitos a los que el amante de la Historia retorna cautivado una y otra vez. Evoca un ideal de poder y de fuerza, de imperialismo pero también de civilización, donde convivían el refinamiento y el derecho con una crueldad que corta el aliento. ¿Que ha quedado de aquellos siete siglos asombrosos? Bajo la lava de los tópicos, qué era en realidad ser ciudadano, esclavo o gladiador romano. ¿Cuáles eran sus ideas acerca del matrimonio y del sexo? ¿Por qué inventaron el odioso deber político de panem et circenses? Este libro ofrece respuestas precisas, aunque de un modo fragmentario.

Publicada por primera vez en 2005, la obra reúne entrevistas y artículos muy amenos y esclarecedores. Oímos a un erudito francés que consagró su vida al estudio de la Antigua Roma. Paul Veyne (1930) se presenta como un descreído de las ciencias sociales y, como Spinoza, piensa que las ideas generales no son nada, son una cosa hueca. Por lo tanto, nos advierte siempre sobre la tentación de atribuirle a los romanos nuestros propias convicciones, las que seguramente no valen mucho más. Veyne es reconocido como arqueólogo e historiador de mentalidades.

El ensayo alega que el nivel de violencia de la civilización romana era normal para la época. Sorprende la afirmación de que los antiguos carecían por completo de capacidad introspectiva, aunque el suicidio meditado se había popularizado. La gente sencilla consideraba a los dioses una especie viva, como los animales. Su deporte nacional era el derecho privado, seguían los procesos como nosotros las fruslerías de la televisión. También era un goce extendido ver correr sangre, contemplar la muerte de un semejante. Sodomizar al esclavo favorito fue práctica corriente (lo que importaba en Roma era ser el compañero activo, el sexo del partenaire carecía de importancia). El Imperio, que siempre tuvo la estructura de una mafia, no murió por cierto de descomposición interna. Aún floreciente, en el siglo V fue capturado por asalto.

Guillermo Belcore

Una versión más breve fue publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

PD: Cada vez que usted alce ante un agresor su dedo medio (el llamado dedo obsceno) estará remedando a los antiguos litigantes romanos.

PD II: Seneca igualaba el lesbianismo con las “mujeres que cabalgan a los hombres”. Repudiaba con igual fervor ambas prácticas sexuales por "antinaturales".

lunes, 4 de abril de 2011

Soy el número cuatro

Pittacus Lore
Norma. Novela fantástica, 302 páginas

Lo mejor que puede decirse de esta novela es que se trata de un producto diseñado especialmente para adolescentes. Como si se preparase un sandwich para oficinistas hambrientos, se apilaron ingredientes convencionales: fantasía simplona y maniquea, romance y bullying en un colegio, poderes sobrenaturales, hechizos y amuletos, una mascota sensacional, bestias horripilantes, alienígenas, persecuciones y rescate por los pelos ante las fauces de la muerte. En dos palabras, nada especial. La prosa, obviamente, es facilísima, hasta el tonto del barrio puede entenderla. Los diálogos, por cierto, son malísimos.

Pittacus Lore es un anciano sabio que escapó del planeta Lorien antes de que lo arrasarán los mogadorianos. Es también el seudónimo de los estadounidenses Jobie Hughes y James Fray, dos chicos listos que decidieron tentar a la fortuna explotando fórmulas probadas. Soy el número cuatro es el primer volumen de seis. El merchandising incluye también una película dirigida por D.J. Caruso que acaba de pasar por los cines argentinos sin pena ni gloria.

Se narra una historia de extraterrestres. Hace diez años nueve chicos lorianos se refugiaron en la Tierra. Sus tutores los ayudan a desarrollar atributos extraordinarios con los que algún día podrán volver a recuperar su planeta. Pero los codiciosos megadorianos andan tras sus pasos. Ya mataron a tres. John es el cuarto. Tiene un cuerpo inmune al fuego y al calor, puede correr más rápido que un guepardo, abrir cerraduras con la mente y levantar una camión con sus manos. Vaga de pueblito en pueblito por Estados Unidos, para no ser detectado. Pero en Paraíso, Ohio, se enamora y es alcanzado por sus enemigos. Una gran batalla se libra en la escuela.

Prueba de lo descuidado de la manufactura (me cuesta un Perú llamarla ’libro’) es que se imagina un devastador terremoto en la costa de la Argentina, es decir en una zona antisísmica. Nos confundieron con Chile.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Malo

viernes, 1 de abril de 2011

El sueño del celta

Mario Vargas Llosa
Novela. Edición 2010. Alfaguara. 454 páginas.

“La maldad la llevamos en el alma. No nos libraremos de ella tan facilmente. En los países europeos y en Estados Unidos está más disimulada, sólo se manifiesta a plena luz cuando hay una guerra, una revolución, un motín. Necesita pretextos para hacerse pública y colectiva. En la Amazonía, en cambio, puede mostrarse a cara descubierta y perpetrar las peores monstruosidades sin la justificaciones del patriotismo o la religión. Sólo la codicia pura y dura. La maldad que nos emponzoña está en todas partes donde hay seres humanos, con las raíces bien hundidas en nuestros corazones”.

“La historia es una rama de la fabulación que pretende ser ciencia”
Mario Vargas Llosa



No es ésta la mejor novela de uno de los mejores novelistas de nuestra era. Es un libro tedioso por momentos, infestado de moralismo y con una cadencia descriptiva absolutamente insulsa, más apropiada para el ensayo o para los excelentes artículos que Mario Vargas Llosa suele publicar en los periódicos. Nada puede objetarse a la sólida estructura, a la ambiciosa temática o la impecable reconstrucción histórica, pero le falta esa luz de originalidad y belleza que consagra a la obra maestra.

Sin rodeos ni ambigüedades, Vargas Llosa, el demonio para el populismo pseudoprogresista, se ha esforzado en enjuiciar abusos y crímenes coloniales y el exterminio de comunidades indígenas del Africa y Sudamérica por culpa de esa aberración llamada lucro. Como se ve, volvió a interpretar un repertorio de izquierda, aunque siempre matizado por una aguda inteligencia. El Varguitas escritor nunca ha ofrecido, por cierto, las respuestas fáciles de la ideología. No faltará el imbécil que lo acuse de haber plagiado El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, tal como lo siguen chicaneando por La guerra del fin del mundo. Ser influenciado no es copiar. Plagio es lo que hacieron un par de escribidores argentinos al copiar textualmente páginas enteras para obtener un dudoso premio o vender más libros. Qué sinvergüenzas.

Se narra la vida y la muerte del Bartolomé de las Casas del Imperio Britanico. Sir Roger Casament es el nombre del protagonista. Un diplomático ennoblecido y condecorado por la Corona, que fue juzgado por traición a la patria durante la Primera Guerra Mundial. Con el fervor de un profeta, había documentado y denunciado los espantosos crímenes de los belgas en el Congo y de los peruanos en el Putumayo. Se convirtió en un especialista en atrocidades y arruinó su salud, pero luego degeneró en algo peor que un revolucionario, se transformó en un nacionalista. Y así concluyó que la única manera de que su Irlanda natal obtuviera la independencia era conseguir fusiles de la Alemania del Kaiser para una insurreción violenta. Es decir, por repudiar un imperialismo se metió en la cama con otro. Fue ahorcado el 3 de agosto de 1916. La novela incluye fascinantes figuras históricas como el malvado explorador Henry Morton Stanley, el genial Bernard Shaw y Julio César Arana, el rey del caucho.

La novela maneja con solvencia los relatos paralelos y el vaivén en el tiempo. Va alternando las peripecias en la jungla del diplomático idealista -realmente creía que Europa tenía una misión providencial en Africa- con los últimos días del reo en la lobrega celda de Petonville Prison, donde esperó, desesperado, que le conmutaran la sentencia a la horca. Se abusa de un recurso: la descripción de los sueños del personaje principal, lo que siempre delata un déficit de invención. La acción, el estilo e incluso el argumento se subordinan -para mi gusto demasiado- a la discusión de ideas. Porque ésta es fundamentalmente una novela de ideas.

Mediante la prolija enumeración de horrores, Vargas Llosa reabre el debate sobre uno de sus temas favoritos. Quiere llegar a la raíz de la maldad humana. ¿Por qué diablos la civilización es una película tan delgada?, nos obliga a preguntarnos. ¿Qué es lo que torna a un hombre en una máquina (me niego a usar la palabra “bestia”, nada hay más humano que la crueldad) capaz de las peores fechorías? Cedo la palabra al artista: “El Congo, la Amazonía. ¿No hay pues límites para el sufrimiento de los seres humanos. El mundo está plagado de esos enclaves de salvajismo. ¿Cuántos? ¿Cientos, miles, millones? ¿Se puede derrotar a esa hidra? Se le corta la cabeza en un lado y reaparece en otro, más sanguinaria y horropilante”. ¿Por qué?, sigue siendo la pregunta, añado yo. El libro deja un nudo en la garganta.

Guillermo Belcore

Calificación: Regular

PD: Quisiera ser claro. No es éste un libro malo, en absoluto, pero a un autor como Vargas Llosa -un escritor de verdad- podemos exigirle algo más que un novelón aburrido. Una vez, conversando sobre la última y fallida novela policial de Piglia, P. me preguntaba si yo coloco el listón más alto cuando se trata de consagrados. Sí, lo hago. Y también creo que no hay que asustarse con los nombres eminentes, hasta los genios tienen sus días malos.