lunes, 27 de febrero de 2012

Provocaciones

Mario Bunge
Edhasa. Ensayo de filosofía, 167 páginas. Edición 2011.

El superhombre que Nietzsche propuso no es la bestia rubia disfrazada de negro y calaveras plateadas, sino algo más pedestre: el individuo con convicciones filosóficas, ajeno a las modas y al oportunismo, que no siente miedo para expresarse y respeta a los más débiles. Alguien como el Mario Bunge que redondean estas páginas.

Un sello editorial reunió artículos que el filósofo argentino ha publicado en dos diarios. El conjunto resulta estimulante pues fuerza al lector a meditar sobre asuntos políticos (¿es el presidencialismo el cáncer de la democracia?), sociales (el inmigrante nos enriquece) y culturales (¿a qué se debe la creencia tan difundida de que la oscuridad indica inteligencia, originalidad o profundidad?). El libro atrapa porque -como notaba Borges- la mera sensatez también tiene capacidad de resplandecer, aunque Bunge, de tanto en tanto, guste provocar con caprichosas generalizaciones. No es del todo descabellado postular que Heidegger fue uno de los mayores macaneadores de la historia moderna, pero repudiar en bloque a toda la filosofía existencialista suena a injusticia, cuando menos. Implica ignorar rotundamente el espíritu de una época.  En segundo lugar, la pretención de Bunge de igualar todo el psicoanálisis al bla-bla-bla parece indigno de un pensador de fuste, si bien la psicolabia porteña -que me perdonen nuestros cincuenta mil graduados universitarios- merece ser azotada en público, entre otras cosas, por su absoluto desdén hacia la investigación.

Bunge se considera un cientificista cuyo modelo de país y sociedad es su patria adoptiva, la pacífica y civilizada Canadá. Hace revisionismo histórico en serio (¿por qué no hay en Buenos Aires una avenida Bernardo Houssey?), no como el que cunde en la Argentina de estos años, puesto de rodillas al servicio del gobierno de turno. En síntesis, los ensayos a vuelo de pájaro están muy bien, porque quien los ha escrito tiene vista de águila. Los recuerdos del autor tampoco carecen de interés. En cambio, los escritos que aspiran a ser literarios pueden tarcharse de pueriles.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

sábado, 25 de febrero de 2012

La luz es más antigua que el amor

Ricardo Ménendez Salmón
Seix Barral. Novela, 175 páginas

"Todo este esfuerzo, toda esta lucha de vanidades, toda esta ingente escenificación, ¿para qué? De los demonios que acechan al creador a lo largo y ancho de su tarea, ninguno tan angustioso como la carencia de sentido".
R.M.S.

El asturiano Ricardo Menéndez Salmón -crítico, licenciado en filosofía, autor de no pocos libros- propone que esta novela sea leída como "una obra que se pretende inteligente". Para ella, la carga de sesudas reflexiones no siempre magníficas. Aparece, de tanto en tanto, la fastidiosa primera persona bloguera. No escatima sentencias como la siguiente: "la historia es un auténtico río caudaloso en el que la desmesura y el talento compiten con el azar y el ridículo". Entremezcla géneros y amplía el vocabulario (acaso para demostrar el dictum de Wittgenstein de que la inteligencia puede medirse según la cantidad de palabras que maneje una persona), incluso con jerga de claustros como "ontológico", "anagnórisis" o "aporético". Se asume, por lo demás, como remedo de Thomas Bernhard en cuanto a "exegesis del trabajo ajeno". La apuesta es muy respetable, aunque no ha podido evitar un desagradable vaivén entre genialidad y tedio.

El libro une vida y obra de tres pintores, dos de ellos productos de la imaginación: Adriano de Robertis (1300-1400), Mark Rotkho (1903-1970) y Vsévolod Semiasin (1925-2005). El castillo de San Sepolcro es el factor común, donde "un pintor blasfemo transformó el sufrimiento ante la pérdida de su hijo en un acto de dignidad". Le añade las vivencias del narrador Bocanegra, quien escribe justamente La luz es más antigua que el amor (una metanovela). Los personajes sirven como excusa para meditar -no sin talento- sobre cuestiones trascendentes, caso la naturaleza del arte, la rebeldía ante los poderes establecidos, el amor, la muerte, y la locura.

Atento a las tendencias en boga de la literatura hispanoargentina, o acaso por la urgencia de publicar, o quizás porque sólo le dio ganas de hacerlo así, Menéndez Salmón es otro escribidor que apuesta a la brevedad, la concisión, el capitulito, a dejar con hambre al lector. Idea un personaje fascinante, Pierre Roger de Beaufort -veinte años, cardenal diácono, futuro Gregorio XI- pero lo despacha en pocas páginas. ¡­Qué desperdicio, caray! También podría haberse extendido un poco más en la recreación de Stalin. Esa notoria falta de ambición, se compensa, en parte, por la excelencia de la expresión. Hay frases bellísimas y delicadamente sonoras, párrafos forjados con esmero y luego -suponemos- corregidos hasta que refulgen. El estilo es el hombre afirman, con razón, los ingleses.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

PD: El autor de este libro cae en la tentación de describir fotografías, "filosóficamente", uno de los caminos más trillados entre los intelectuales. Es un remedo superfluo de Barthes, se ha establecido. A mí, este lugar común, me aburre soberanamente. Como se señala en la página ciento veintinueve, "detesto a cierto romano llamado statu quo".

lunes, 20 de febrero de 2012

Crímenes

Ferdinand Von Schirach
Salamandra. Edición 2011, 189 páginas

“Nos pasamos la vida danzando sobre una fina capa de hielo; debajo hace frío y nos espera una muerte rápida. El hielo no soporta el peso de algunas personas, que se hunden. Ese es el momento que me interesa. Si tenemos suerte, no ocurre nada y seguimos danzando. Si tenemos suerte”.
F.V.Sch.

Básicamente, la industria editorial adora esta clase de libros por dos motivos. El best seller de calidad es un espléndido negocio que permite, al mismo tiempo, librarse de la fastidiosa sensación de estar vendiendo basura escrita para complacer a los perezosos. La fraternidad crítica, en cambio, los aborrece (o simula hacerlo) por mero esnobismo: los tiquismiquis piensan que nada que se venda como pan caliente puede ser bueno. Por eso repudian a Eco o a Murakami.
 
Crímenes se ha convertido en un fenómeno de ventas, primero en Alemania y luego en el resto de Europa. El cine ya se le puso el ojo encima a un libro que tiene algo de la formidable saga Law & Order. Ferdinand Von Schirach es un prestigioso abogado penalista de Berlin, hijo de un jerarca nazi, que ha decidido, supuestamente, narrar sus casos extraordinarios. Emplea una prosa elegante, sobria, de una belleza clásica. Como cualquier manufactura germana, como un Mercedes Benz. Su propósito declamado es mostrar que la culpabilidad es un asunto peliagudo; hay que mirar al asesino con ojos misericordiosos. La clave en la vida es tener suerte.

Las historias son fascinantes; se han urdido como cuentos que suelen tener un final que deja pasmado. Hay un muchacho con ganas de devorar a la novia, y otro al que aterra el número dieciocho. Hay un hombrecillo insignificante que se despacha a dos vándalos neonazi sin siquiera despeinarse. Hay una prostituta reventada a golpes; hay un respetabilísimo medico de provincias que un buen día estalla con un hacha en la mano. El robo a un cuenco de te del Japón del siglo XVI desemboca en la espantosa muerte de dos maleantes. Hay más fábulas terribles. Los relatos tienen un núcleo estrictamente literario que generan dudas sobre su autenticidad, ¿pero qué importa? ¿No dijo Oscar Wilde que la vida termina copiando al arte?
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

PD: Como buen argentino que soy, siempre me resulta interesante la descripción de cómo se procesa y castiga un delito en un país civilizado. Leo que en el distrito de Nordeck, al norte de Berlín, no se había producido un delito de sangre en ¡veintidós años! A pesar de su clima espantoso (parece que llueve siempre), he ahí un lugar donde me encantaría vivir. 

PD II: Se ha publicado un excelente reportaje al autor en El País de Madrid. Pinche aquí.

sábado, 18 de febrero de 2012

La novela del año (2011)

Diario de un lector apasionado XXIII

No sin tristeza, hace dos meses afirmaba en Eterna Cadencia que si bien en 2011 anegó las librerías, como siempre, una abundante y sabrosa oferta editorial no hubo -hasta donde yo sabía- una obra maestra que mereciera la dignidad de Novela del año, tipo Contraluz de Thomas Pynchon que en 2010 se había alzado indiscutida y rutilante sobre todas sus congéneres como el lucero de la tarde. Bien, vengo a admitir que estaba equivocado.

En este febrero porteño en que el estío -como escribió Borges en There are more things- no sólo hace sentir al hombre maltratado y ultrajado sino hasta envilecido, ha caído en mis manos un libro grande y suntuoso, de esos que deseamos de corazón que nunca se termine. Data de 1954, pero creo que recién ahora llega al español. En tren de buscar parecidos, lo primero que me viene a la memoria es El gatopardo, pues también retrata, con prosa admirable, un trascendente momento histórico y fue compuesto por un aristócrata en decadencia, esa entrañable condición social (dado que se han perdido los privilegios históricos, por qué no sobresalir de la masa mediante un refinado trabajo artístico). Me refiero a Edipo en Stalingrado de Gregor Von Rezzori (Chernovitz, 1914-1988), hijo de un conocido funcionario del Imperio Austrohúngaro de Bucovina, que pasó (el hijo, no el padre) los años de la Segunda Guerra Mundial en Berlín aferrado a la barra de un bar decrépito.

Debo preparar la reseña para el diario La Prensa, por lo que no me extenderé demasiado, pero aquí les anticipo que Edipo en Stalingrado satisface, largamente, las cinco condiciones estéticas que Harold Bloom señala como imprescindibles para forjar una obra perdurable, es decir, propia del canon. Tiene originalidad, sabiduría, poder cognitivo, exuberancia en la dicción y dominio de la metáfora.

Digo que es original porque narra al nazismo de manera oblicua, desde el punto de vista de una casta pasada de moda, que frecuenta el bar de Charly, uno de los últimos sobrevivientes de los cabaret y cafés berlineses de los locos años veinte. Véase el estilo magnífico de Von Rezzori; disfrútese la excelencia de sus tropos:

“Así podrá entender, por fin, la fineza que entraña haber escogido el bar de Charley justo en aquel momento. ¿Acaso aquel sitio no era lo que era: un local nocturno apolillado y cargado de fama, que vegetaba gracias a su clientela diurna, establecimiento de lujo a precios de descuento, una especie de Gran Dama entre varias damiselas? De una manera orgánica, allí se reunían ciertas camarillas de la ’jeunesse doreé’, las cuales con su ‘haut gout’, daban su toque picante a la parte alta del Kurfürstendamm: toda la verdura fresca con las raíces hundidas en la madre tierra de las banderas rojiblancas y blanquiazules, bien sazonadas con las aceitunas y los dientes de ajo salidos de las embajadas del sudeste europeo; y luego estaban los musculitos de las carreras de automóviles en el Avus y de los campos de tenis; la crema de la bohemia elegante, se entiende, los jefes y subjefes de redacción y lo mejor de los estudios de Babelsberg, que sabían apreciar que la mejor moda de todos los tiempos era lo pasado de moda… Querido amigo, todo aquello, en sus correctas dosis y mezclado en forma de farsa, era cosa para gourmets, créame, el adecuado relleno para el viejo pollo capón, y como pistachos destacaba allí dentro, ocasionalmente, un puñado de hermosos efebos que había conseguido colarse, como algo dicho al oído, a través de los engranajes de cierto párrafo de la ley aplicado con tolerancia”.

Y así todo el libro. Establecido con este párrafo el dominio de la metáfora y la exuberancia del autor (y acaso la sabiduría por aquello de que “la mejor moda de todos los tiempos es lo pasado de moda”), hagamos hincapié en la delicadeza del uso de la segunda persona (ligeramente ebria) en la narración de la historia del junker Traugott von Yassilkovski, alter ego del autor, vinculado amorosamente con una “alazana de cabellos dorados”, cuya descripción me la reservo para otra entrada, pues es una de las mujeres rubias "de raza" más fascinantes que he conocido.

Estoy contento en poder decir pues que Edipo en Stalingrado es la mejor novela publicada en 2011. Tiene, como señale, el irresistible atractivo de lo decadente, entre muchas otras virtudes. La exhumó el sello Sexto Piso, del que nada sabía -¡ay!- hasta ahora. El trabajo de traducción es impecable. El libro fue impreso en España; pienso que el gobierno argentino lo debe haber dejado dormir en la Aduana durante meses como parte de su discutible orgía de proteccionismo comercial. Establece el dandy de Von Rezzori que “lo único distinguido en esta época sudorosa es lo absolutamente inútil”. Como la Alta Literatura, añado yo. Pero sin novelas extraordinarias como ésta, amigos, la realidad me haría pedazos.

Guillermo Belcore

domingo, 12 de febrero de 2012

Una vida de lujo

Jens Lapidus
Suma. Novela policial, edición 2011, 640 páginas.

La novela de fuste contiene también valiosos fragmentos de información. El lector curioso agradece siempre el intento de trazar un mapa lo más aproximado posible a la realidad, máxime cuando se trata del género policial. Esas pepitas de realidad son, en términos literarios, lo más relevante del último tomo de la Trilogía Negra de Estocolmo, ambiciosa construcción de más de dos mil páginas del abogado Jens Lapidus, que cuenta con material de primera mano sobre los bajos fondos y las zonas grises en uno de los países más civilizados del planeta. Pero los paraísos, como se sabe, no existen. El Estado socialista también está acechado por enemigos: mafiosos que provienen de Europa oriental; inmigrantes de primera o segunda generación, cargados de resentimiento; vinkingos de pura sangre obsesionados con acumular una fortuna de la noche a la mañana o con evadir impuestos; corruptos, viciosos, patoteros o inadaptados con el gen bandido (“terroristas del cash”) de todas las procedencias.

No hace falta haber leído las dos entregas anteriores de Lapidus para asimilar la trama. Tres líneas narrativas la componen. La primera narra una guerra en el imperio criminal del Padrino serbio, Radovan Kranjic; la segunda involucra al policía Hägerström, un aristócrata gay devenido en agente secreto para desenmascarar a un lavador de dinero; la tercera la protagoniza una banda de asaltantes, encabezada por el chileno Jorge, que perpetra “el robo del año”. Obviamente, las paralelas terminan convergiendo.

Se ha comparado a Lapidus con el gran James Ellroy. La influencia se percibe con claridad en la decisión artística de construir un artefacto hiperrealista, a contrapelo del mainstream teatral y pretencioso, que encarna Mankell y sus émulos nórdicos. Pero en cuanto al estilo y la ejecución, Lapidus es una versión degradada del escritor norteamericano. Nada bueno puede decirse de la prosa salvo que es muy legible: las metáforas son deleznables (“colgado como el Golden Gate”, “callado como un celular estrellado“), las referencias muy pobres (aluden siempre a la cultura masiva estadounidense), las escenas de acción y de sexo son telegráficas, parecen obra de un chico del colegio secundario. Por fortuna, la traducción es al gusto argentino, rica en lunfardo y palabrotas de nuestras gente: sánguche, cheto, cafisho, concha, jeta, mina, boliche, cana, guita, pancho. Pero volvamos al principio: lo más importante de todo es que los fragmentos de realidad y las historias tienen la capacidad de mantener a un lector exigente aferrado de las solapas hasta la última página, sin aburrirse nunca. No es poco.

Guillermo Belcore
Una versión más breve se publico hoy en el suplemento de Cultura de La Prensa y sus diarios asociados.

Calificación: Bueno

PD: Lapidus da algunos consejos prácticos a aquellos lectores que deseen incurrir en actividades delictivas. ¿Teme que la policía interfiera sus teléfonos móviles? Use Skype, hombre. ¿Quiere lavar dinero? Compre un departamento a un precio oficial subvaluado y véndalo al valor real. Es decir, si sale un millón de dólares: paga la mitad en blanco y el resto en negro. Podrá blanquear así medio millón. Quiere algo más fácil: ronde los casinos y los hipódromos, compré los tickets premiados al 120%. ¡Qué mundo de sinvergüenzas!

PD II: Leí y comenté el primer tomo de la Trilogía. Este me pareció mejor construido. Concluyo que Lapidus está mejorando.

martes, 7 de febrero de 2012

Los diez favoritos de Stephen King

Leo en The Christian Science Monitor, otro diario excelente que también renunció al papel, los diez libros favoritos de Stephen King. El autor del artículo periodístico concluye que al gran escritor le interesa más que las criaturas monstruosas "lo mostruoso que existe en la naturaleza humana". Reproduzco la lista y ofrezco una alternativa con mis preferencias personales.

1 - The Golden Argosy. Compilación de las mejores breves historias de la literatura occidental.
1' - Cualquier compilación de los cuentos de Jorge Luis Borges.

2 - The Adventures de Huckleberry Finn. Mark Twain.
2' - Esta bien, pero prefiero los Cuentos completos de Twain que publicó Editorial Claridad en vario tomos hace unos años. O El cazador oculto de Salinger.

3 - The Satanic Verses. Salman Rushdie.
3' - No es lo mejor que he leído de mi admirado Rushdie. Propongo La encantadora de Florencia, esa joyita que cubrí de elogios en 2009.

4 - McTeague. Frank Norris.
4'- Dice el CSM que es un gran retrato de la avaricia humana. No lo conozco, me temo. El gatopardo del príncipe Giusseppe Tomasi de Lampedusa es mi elegido.

5 - Lord of the Flies. William Golding.
5' - No lo leí. Asumo que es una asignatura pendiente. King elogia la construcción de un microcosmos que contiene todo lo bueno y lo malo de la sociedad. Ajá. Yo elijo La montaña mágica de Thomas Mann.

6 - Bleak House. Charles Dickens
6' - En el estante de las novelas decimonónicas, coloco en primer lugar La Piedra Lunar de Wilkie Collins. En otro lado escribí un ditirambo.

7 - 1984. George Orwell.
7' - Entre las distopías, prefiero alguna mi amado Philip Dicks. Podría ser Ubik.

8 - The Raj Quartet. Paul Scott.
8' - En el magnífico subgénero de la novela histórica, escojo Las benévolas, de Johnattan Littell.

9 - Luz de agosto de William Faulkner.
9 - Sí, claro, algo de (suenen las trompetas) Faulkner tiene que quedar. Santuario, pienso, es más ambiciosa. Los cuentos completos que Alfaguara publicó hace dos años también es un libro extraordinario.

10 - Blood Meridian. Cormac McCarthy.
10' - Qué demonios, tampoco lo he leído. Pero McCarthy me encanta. Voto por No hay lugar para los débiles. El libro y el film, parejos en calidad.

sábado, 4 de febrero de 2012

El novelista ingenuo y sentimental

Orhan Pamuk
Mondadori. Ensayo de literatura. Edición 2011, 161 páginas

  Invitar a una gran novelista a que medite sobre el arte de la novela es como pedirle a Diego Maradona que explique con sus palabras cómo hizo para hacerles morder el polvo a los ingleses en el Mundial de 1986 con el mejor gol de todos los tiempos. Se nos dirá, que hay una gran diferencia: la materia prima del escritor son las palabras, pero en ultima instancia el resultado es igual de decepcionante; cuando el creador sublime se explica por lo general no alcanza la altura de sus creaciones. La Universidad de Harvard, no obstante, creyó oportuno convertir en libro una serie de conferencias que el valeroso turco Orhan Pamuk dictó en 2009. El t¡tulo refiere a esa famosa distinción que Schiller estableció entre el artista (y el lector) automático o naturalista y el reflexivo o absorto por la técnica empleada. El volumen puede que sea útil para los profesionales de la escritura (sobre todo para el cr¡tico o para el novelista en ciernes), siempre que se tenga en cuenta que no es más que un guiso recalentado. El conferencista se concentró, básicamente, en repetir sentencias ingeniosas de otros autores eminentes y clásicos.

En lo que al contenido se refiere, el Premio Nobel de Literatura 2006 reflexiona sobre la importancia y la belleza de encontrar el centro secreto de una obra de arte, sobre la cualidad muse¡stica de la ficción, sobre las operaciones de la mente durante el actor de leer, entre otros temas interesantes. Traza parangones entre el escritor y el artista plástico. Sentencia que el objetivo esencial de la novela es "ofrecer una descripción precisa de la vida''. Ofrece algunas pistas sobre sus creaciones. En la página ciento ocho, desliza que Borges fue un extraordinario novelista. ¡Qué bárbaro! En el último cap¡tulo, añade una certera definición que desbarata todo el libro: "la mejor forma de estudiar la novela consiste en leer (lápiz en mano, agrega este blog) a las grandes obras maestras".
Guillermo Belcore
Publicado con ligeras correcciones en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular (prescindible, bah).

sábado, 28 de enero de 2012

Libertad

Jonathan Frazen
Salamandra. Novela, 667 páginas. Edición 2011.

Harold Bloom sostiene que el malestar de la cultura estadounidense es tan descomunal que ningún escritor contemporáneo puede abarcarlo por sí solo. En realidad, lo que el insigne crítico quiere decir es que no existe ningún literato al que le dé la talla para semejante faena (sí, hay uno, se llama Thomas Pynchon). Pero está bueno que los más diestros narradores lo intenten. Como Jonathan Franzen (Illinois, 1959). Por segunda vez en diez años, compone un fresco balzaquiano de una familia típica del Medio Oeste con el propósito de denunciar la podredumbre de una civilización que se basa en consumir en exceso, y que se cree que tiene el derecho universal a más y más.
 
Libertad es algo así como Las correcciones (la obra maestra de Franzen) recargado. El retrato es más minucioso, pero la expresión no ha mejorado ni un ápice. La prosa, dicho de otro modo, no es nada del otro mundo. En lugar de sondear los abismos de una conciencia, se demora en examinar durante décadas las enfermedades mentales y las desdichas en carne viva de los Berglund (papá y mamá, dos hijos) y sus conexiones cercanas. Es una narración, por así decirlo, en plan psicólogo. El problema es que ha absorbido, vaya paradoja, el gigantismo estadounidense que tan bien logra desollar.

¿Eso significa que la novela es mala? No, todo lo contrario. La ambición le otorga alas de gigante. El sinsentido de la existencia moderna, el imperioso llamado del sexo, la apremiante cuestión ambiental, la deliciosa renuncia a la responsabilidad social, la guerras del nefasto George Bush, la epidemia de resentimiento y neurosis son algunos de los cien núcleos temáticos que Franzen, un moralista implacable, aborda con eficacia e inteligencia. Ha creado, además, un héroe para nuestra época: Walter Berglund, el hombre íntegro. El final, dulce y conmovedor, nos permite sacar la conclusión que, en el fondo, se trata de una historia de amor en forma de novelón decimonónico, que nunca carece de tensión dramática y aprendizaje existencial. Aun hoy, en la era del Twitter estupidizante (¿puede redondearse algo que requiera meditación en ciento cuarenta caracteres?) la sombra de Dickens o de Tolstoi resultan una influencia enaltecedora. Sin duda, el amante de la novela oceánica, esa maravilla del universo, agradecerá a Franzen.
Guillermo Belcore
Una versión un poquitito más corta se publicó en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

PD: En la página 460 se afirma que “todo el mundo dice que Buenos Aires es una ciudad fantástica“. Luego Joey Berglund y la despampanante hija de un neocom judío a lo Feith, Perle o Wolfowitz vienen a una estancia de Bariloche a practicar equitación.

PD II: Se estableció que es ésta la gran novela de 2011. De hecho, Franzen ha ganado la tapa de la revista Time. Me temo que no puedo convalidar la sentencia. Yo opino que es muy inferior a Las correcciones, aunque se trata de una obra lúcida, interesante, amena en sus tres cuartas partes (¿qué libro de seiscientos páginas no contiene algún momento aburrido?). Una experiencia de lectura casi siempre agradable, en suma, pero me cuesta compartir el entusiasmo de la gran Michiko Kakutani.

lunes, 23 de enero de 2012

Anatomía de la influencia

Harold Bloom
Taurus. Ensayo sobre arte, 444 páginas. Edición 2011

Harold Bloom, ese polemista formidable, tiene ochenta años y la salud quebrantada. Ha enseñado durante más de medio siglo literatura de la imaginación en Yale. Se considera a sí mismo un gnóstico empedernido y un "formulador crítico de lo sublime''. Predica la shakespearología como la más benigna de las religiones. Es un entusiasta maestro de lecturas. Es un valiente, porque hoy cualquiera que se anime a emitir un juicio sobre el valor estético de un texto -"mejor, peor, igual a"- corre el riesgo de ser tachado sumariamente de aficionado total por la Academia. Antes de que anochezca, Bloom ha querido publicar una reflexión final sobre lo que llama proceso de la influencia. Comenta con pasión y sensualidad (la clave en su procedimiento es "pensar las sensaciones") unos treinta autores extraordinarios del canon occidental.

  Entiende Bloom que en literatura la influencia (como la jerarquía) existe. Consiste en la transmisión de un escritor anterior a uno posterior. Lo único que importa a la hora de interpretar -sostiene- es como un poema revisa aotro, tal como lo manifiestan sus metáforas, sus imágenes, su dicción, su sintaxis, su gramática, su métrica, su postura poética. El quid es "la lectura creativa errónea". Eso sí, la influencia actúa de manera laberíntica, nunca lineal. El agón resulta el rasgo central de las relaciones literarias. El crítico debe comprender la imitación, debe preguntarse de dónde extrae un gran escritor la idea de... y cómo la perfecciona. Que hay de Faulkner en Onetti, por ejemplo.

  El ensayo, pues, es el canto de cisne de Bloom. A pesar de su prosa nerviosa y confusa (por momentos) que propende al aforismo, siempre resulta interesante para el lector que busca la profundidad y la calidad literaria. El texto trabaja con materiales excelsos, como Shakespeare, Whitman, Joyce y Leopardi.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa el domingo pasado

Calificación: Bueno

PD: Harold Bloom -por eso lo considero mi héroe y mi mentor- tiene una fe inquebrantable en la estética. Sigue a Kant en la creencia de que el juicio estético exige una subjetividad profunda que esté más allá de cualquier ideología.

jueves, 19 de enero de 2012

¿Por qué tanto odio?

Elisabeth Roudinesco
Libros del Zorzal. Ensayo de filosofía, 125 páginas. Edición 2011.

"Nuestra época de crisis aguda se traduce en un profundo deseo de historia. Sacando provecho de esa desorientación, los alborotadores menos escrupulosos pueden erigirse en visionarios y servirse de cualquier recurso gracias a la complicidad interesada de los medios. (…) Autores confortablemente ubicados en las cabeceras de las góndolas, pero que representan un verdadero peligro desde el punto de vista de la transmisión del saber".
Guillaume Mazeau
Los medios de comunicación -sobre todo los diarios; en especial, los suplementos de cultura- suelen entronizar a grandes nulidades. Pensadores de moda, escandalosos, irreverentes, refutadores paripatéticos de los saberes oficiales, a quienes no les da la talla más que para danzar sobre la superficie de las cosas (la metáfora es de Nietzsche). El francés Michel Onfray, paladín del ateísmo posmo, pertenece a esta casta superflua y populista asegura el ensayito que Elisabeth Roudinesco, en colaboración con otros cuatro catedráticos, lanzó al ruedo para descalificar un libro de Onfray: El crepúsculo de un ídolo. La fabulación freudiana. ¿Libro dije? Para Roudinesco se trata más bien de "un líbelo delirante y maniqueo", una tentativa de "hacer daño".


Para quien no lo conozca, Onfray es retratado como un pensador extravagante que pretende formar parte de izquierda francesa, quien en su Tratado de Ateología opone a los tres grandes monoteísmos, "centros del odio y la destrucción", una "humanidad atea preocupada por el advenimiento de un mundo higienista, paradisíaco, hedonista: la cual estaría dirigida por un dios solar y pagano, completamente investido por la pulsión de vida y cuyo representante sería el propio Onfray, quien tendría por misión inculcar a sus discípulos la mejor manera de gozar de sus cuerpos y del cuerpo de sus vecinos: a través de la masturbación". 

Pero no es éste el disparate que a Roudinesco y sus colegas le interesa descalabrar, sino las mediáticas y festejadas ocurrencias de Onfray de que Freud es una fuente de pulsión de muerte, y de odio al padre y adoración de la madre (para seducirla mejor sexualmente), y de que la esencia del psicoanálisis nos es más un puro y simple relato autobiográfico de un fundador depravado.

El contraensayo no sólo destaca la falta de rigor científico, la ausencia de fuentes, la arbitrariedad, y los aberraciones metodológicas del pensamiento de Onfray como el llamado principio de la prefiguración que sostiene que "todo ya está en todo incluso antes de ocurra un acontecimiento" (Kant es un precursor de Eichmann, por ejemplo). ¡También somete al apóstol del placer solar a un análisis psicológico! (parece que de niño fue víctima de "malvados sacerdotes salesianos").

Como bonus track, el libro trae un capítulo de Roudinesco que desbarata un rumor famoso: "la relación de Freud con su cuñada", la que la hiel de Onfray (no fue el primero) presenta como una monstruosidad familiar. Me ha resultado muy interesante también, acaso por el peculiar momento que atraviesa la cultura argentina, la denuncia del profesor Guillaume Mazeau sobre "la ruptura del contrato de verdad". Por lo demás, provoca un gran placer estético (y una gran envidia) la forma en que los franceses eminentes procesan sus polémicas intelectuales: la falta de elegancia en la expresión se considera un pecado imperdonable.

Volvamos al título. ¿Por qué tanto odio? En efecto, las enseñanzas, tropos, diagnósticos y terapias que Freud enseñó al mundo son detestados parejamente por nazis, marxistas puros y duros, católicos de misa diaria, antisemitas de toda laya, positivistas a lo Mario Bunge y charlatanes mediáticos como Onfray. Cito a Roudinesco, insigne historiadora: "La historia del odio a Freud es tan antigua como el odio al psicoanálisis. No se toca impunemente el sexo, el secreto de la intimidad, los asuntos de familia, la pulsión de muerte y la barbarie de los regímenes que esclavizan a las mujeres, los homosexuales, los marginados, los anormales, sin tener que pagar un costo".
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

PD: Desde mi punto de vista, Roudinesco es una pensadora esencial, en cuanto que reivindica y encarna la tradición ilustrada contra los ataques premodernos y posmodernos contra la Modernidad sólida.

lunes, 16 de enero de 2012

En busca de April

Benjamin Black
Alfaguara. Novela policial, 327 páginas. Edición 2011

John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) considera a Benjamin Black, su otra identidad, como un hermano menor, un pariente pobre, una mitad vergonzosa. Seguramente, se trata de una coquetería o una falsa modestia. Las tres novelas policiales de Banville son tan Alta Literatura como El intocable, por citar una de sus mejores obras. El tercer volumen de la saga Quirke, en verdad, redondea otra prodigiosa exhibición de estilo: la construcción de escenas es brillante; el acabado de los personajes, incluso el de los de menor importancia, sublime (quizás sólo Dios preste tanta atención a sus criaturas). La evocación de la mezquina Dublín de los cincuenta, el vivificante trasfondo de catolicismo puro y duro, el misterio a resolver (es una historia terrible de oír), las complejidades de un puñado de almas dañadas, en fin, todo nos mantiene aferrados de las solapas hasta la última página. Incluso, relumbran las minuciosas descripciones de un invierno de los mil demonios. O de un automóvil, en este caso un Alvis TC 108 Super Graber Coupé, uno de los mejores que ha fabricado la Gran Bretaña. Banville, por lo demás, es un exquisito elaborador de tropos.


Garret Quirke se llama el protagonista. Patólogo de profesión, es un hombre difícil y turbulento, que no sabe escapar de un ayer que contiene demasiado veneno. Cuando está en espacios cerrados, tiene pinta de toro. A las mujeres les encanta pero el alcohol es su perdición, más precisamente la luz que emana una botella de whisky. Recién salido de la Casa de San Juan de la Cruz, un refugio temporal para adictos de toda clase, el doctor investiga la desaparición de April Latimer, hija de un siniestro héroe de la independencia de Irlanda (“un monstruo de orgullo, determinación y temeridad“, como son casi todos los héroes de la Patria). Lo involucró en el entuerto su hija Phoebe, otra alma descarriada. Cómo decirle que no, después de lo que Quirke le hizo en el pasado. Por cierto, los libros de Banville nos espetan sin rodeos que el pasado nunca suelta a su presa.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente

PD: Como he intentado explicar, este libro eleva el género policial hasta las cimas de la mejor ficción, pero me da la impresión (no puedo asegurarlo, claro está) de que la traducción no está a la altura de las circunstancias. Me figuro que no trasmite la riqueza de vocabulario con que Banville, ese enorme estilista, suele componer. Debería ver el original y consultar a un experto. Quizás Gabrielaa pueda ayudarme.

viernes, 13 de enero de 2012

Sherlock

La segunda temporada de una miniserie británica que sigo con deleite en la Web me impulsó a alargar una entrada del año pasado. El diario La Prensa juzgó que era interesante para sus lectores y lo publicó en la edición de hoy.


Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes -estableció Borges- es una de las pocas buenas costumbres que nos van quedando. Ese caballero, flaco como una excusa pero con una mente filosa como navaja, sigue atrapando la imaginación de las generaciones. La industria del entretenimiento, obviamente, nunca dejar  de explotar el filón, con más o menos suerte. Como antídoto a la mirada hollywoodense de Guy Ritchie -versión degradada por el abuso de explosiones y otros efectos especiales- la BBC de Gales ha revivido a la eterna creatura de sir Arthur Conan Doyle (y a su imprescindible compañero) con una fidelidad asombrosa a los detalles y un enorme ingenio para traer el método deductivo al siglo XXI.

La miniserie Sherlock puede verse en Internet, pero como en España ya ha sido exhibida hasta en televisión abierta, nada cuesta suponer que en poco tiempo más estará disponible para los argentinos, que se encontrarán con un producto de exquisita factura, incluso en la elección de la música de fondo. En 2010, se elaboraron tres episodios de noventa minutos cada uno (Estudio en rosa, El banquero ciego y El gran juego), con gran éxito de público y crítica. Más de nueve millones de aparatos siguieron en el Reino Unido las aventuras (cinco millones de televidentes es la línea del éxito en las islas). El Bafta (mejor serie, mejor actor secundario) y la Royal Televisión Society (mejor drama televisivo) convalidaron su excelencia. Este año, se proyectarán otros tres capítulos. El primero (Escándalo en Belgravia) ya puede encontrarse en la web.

Interpreta a Holmes, Benedict Cumberbatch (Londres, 1976), un respetado actor de teatro que ha comenzado a incursionar con éxito en el cine. Igual que Hugh Laurie en House (que tanto le debe a Conan Doyle), el personaje parece un traje hecho a su medida, factor que siempre delata al actor de fuste. Martin Freeman (Aldershot, 1971) es Watson. Son dos estrellas en ascenso, que han logrado forjar una pareja impecable.

NUEVAS TECNOLOGIAS

El Holmes posmoderno es consultor ad honorem de la policía de Londres y adora las nuevas tecnologías (¡­tiene un blog y una blackberry!). Se confiesa asexuado, aunque en la segunda temporada deja entrever su fascinación por Irene Adler, una chica que se dedica a la prostitución bisexual de altura (incluso en Buckingham Palace), lucrando con el inveterado gusto de los ingleses por el sadomasoquismo, consecuencia, quizás, de los castigos corporales en la infancia. El detective se aplica parches de nicotina (hoy no resulta fácil fumar en público) y consume drogas recreativas. Guarda restos humanos en la heladera de la señora Hudson, en el 221 B de Baker Street. Es gélido como el señor Spock, padece de falta de empatía; quizás sufra de alguna forma de autismo. Toca el violín para aclarar sus ideas y tiene un hermano -Mycroft- que le encarga trabajitos, desde un conspicuo cargo en el servicio de inteligencia británico.

Sherlock es brillante. Puede capaz de deducir toda la historia familiar de su partenaire a partir de unos raspones en el teléfono celular. Lo secunda, en efecto, un médico desempleado, que el British Army se quitó de encima después de ser herido en Afganistán. En la versión BBC, el doctor Watson no es un chambón, es un hueso duro de roer que, como cualquier militar que se precie, tiene un desaforado sentido del honor y es capaz de meterle una bala entre ceja y ceja a un enemigo cuando la ocasión lo demande. Conspira entre las sombras, el temible Doctor Moriarty (Andrew Scott), que aquí se presenta como un yuppie elegante, un psicópata total con una inteligencia terrorífica capaz de rivalizar con la de Holmes.

Los factotum de Sherlock son Mark Gattiss y Steven Moffat, creadores también de la serie Doctor Who. Han logrado la proeza de respetar en lo importante el texto original, añadiéndole los guiños que la sensibilidad contemporánea exige. Las tramas suelen ser deliciosamente retorcidas. Hay muchísimas escenas memorables. Hay humor. Como el lector puede comprobar, la saga ha creado fans por todo el mundo. Steven Spielberg es otro de ellos. Ha definido a Cumberbatch (a quien dirigió en Caballo de guerra como el ``mejor Sherlock Holmes que ha aparecido sobre la pantalla''.
Guillermo Belcore
Publicado en la sección Espectáculos del diario La Prensa.

PD: Insisto, esta serie es extraordinaria. No pueden perdérsela.

viernes, 6 de enero de 2012

Los cuentos siniestros

Kobo Abe
Eterna Cadencia. Cuentos, 156 páginas. Edición 2011

Es difícil imaginar a un hombre sin un perro a su lado. Pero los amantes de los animales deberían asomarse al segundo cuento de este volumen. Uno queda casi persuadido de que los perros reflejan nuestra vulgaridad como ninguna otra criatura; y de que esas personas pretenciosas que los tienen sólo para amarrarlos en el patio de su casa no son sino un síntoma de degeneración humana. Claro, el que narra la historia es nada menos que el amigo del pintor S. que resultó devorado por su propia mascota. Siniestro, ¿verdad? Siniestro es el nombre del juego que anima esta extraordinaria recopilación de relatos breves.
Tres hurras para la decisión de un sello nacional de ampliar la cartografía literaria de los argentinos. Eterna Cadencia, con el apoyo de la Universidad Ferris de Yokohama, nos presenta a un japonés raro, oscuro y fascinante como el mejor producto del Manga. Kobo Abe (1924-1993) escribe sin ningún artificio encantador, no hace concesión alguna al Oriente pintoresco y plantea que la vida es, en el mejor de los casos, una farsa irritante. Somete a los personajes a situaciones desesperadas. Despliega un sugestivo desdén hacia la autoridad y hacia lo que alguna vez se llamó clases ociosas.
Entre los siete relatos, hay un señor que, al regresar del trabajo, encuentra un cadáver de identidad desconocida en su departamento. ¿Usted cómo saldría del trance? Hay un viaje a ochocientos mil años en el futuro donde viven los hombres plantas, los cuales, a pesar de sus exasperantes costumbres, arribaron a la salubérrima conclusión de que un ciudadano sólo puede ser diputado o mandamás por un par de días. Todo es desolador, como el desempleado que cae en garras de una empresa dedicada formalmente al latrocinio, o el boxeador maduro en decadencia, o el fantasma que bebe raticida con una sonrisa en los labios. Pero quizás la situación más escalofriante sea la que se suscita cuando un representante del pueblo suplica a tres señores de "la casta comedora" que pongan fin al canibalismo.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del Diario La Prensa

Calificación: Bueno

jueves, 5 de enero de 2012

La lotería en Babilonia

Proyecto Diez mil Cuentos

Argumento número veinticinco

Jorge Luis Borges
Ficciones. Bruguera. Edición 1985

Todos los hombres en Babilonia fueron procónsul, esclavo, presidiario, sumo sacerdote. Todos sufrieron alguna mutilación o los declararon invisibles. Todos fueron cazadores o fueron cazados. Deben esa variedad casi atroz a una institución que otros pueblos ignoran o que obran en ellos de manera imperfecta: la lotería. En un principio, era un juego plebeyo (similar a nuestro Quini 6) pero fracasó porque se dirigía a una sola de las facultades humanas: la esperanza. Ante la indiferencia popular, la Compañía fue agregando valores eclesiásticos, metafísicos. Elevó la lotería al rango de secreta, gratuita y general. Una nueva era había empezado. Fue lógico que la Compañía obtuviera finalmente la suma del poder público, aunque algunos heresiarcas sostienen que ya no existe, o peor aun: que nunca existió. Pero lo cierto es que los sorteos hoy son infinitos, rigen cada avatar de cada uno de los hombres o mujeres de Babilonia. La lotería es una intensificación del azar, una periódica infusión del caos en el cosmos. La vida no es otra cosa que un eterno juego de dados.

PD: Releo este magnífico cuento mientras devoro en San Pedro Telmo (Defensa y Pasaje San Lorenzo) un rotundo sándwich de pollo, jamón y queso. Adiós al régimen, estoy harto de rendirle pleitesía a mi estómago maltrecho. Como los lectores saben, soy un Borgéslatra confeso, tengo la necesidad, diría física, de releerlo todos los días. El relato data de mil novecientos cuarenta y cuatro. El sociólogo Zygmunt Bauman, un cartógrafo esencial del presente, sostiene que ningún texto describe mejor el desorden actual (la modernidad líquida) que La Lotería en Babilonia. Las Escritores de Primera, nunca me canso de repetirlo, son las antenas de nuestra especie. John Milton en El Paraíso Perdido también pudo haber anticipado nuestro globalización impiadosa. Véase este fragmento:

”… de juez actúa el Caos,
y con sus decisiones se complica
más la contienda por la cual impera;
junto a él y como arbitro supremo
el Acaso gobierna sobre todo”.

Es deprimente para el ego y es un acicate para nuestros temores, pero el poeta tiene razón, el "Acaso gobierna sobre todo…"

viernes, 30 de diciembre de 2011

Luka y el Fuego de la Vida

Salman Rushdie
Mondadori. Novela. Edición 2011, 206 páginas.

 ¡­Ah, amigos, el placer de una gran aventura! Rashid Khalifa, doce años de edad, viajó hasta el otro lado para robar el Fuego de la Vida y así salvar de un conjuro fatal a su padre, el Sha del Blablablá. Fue una ultrahazaña. Con un crédito de casi mil vidas, el chico recorrió a lomo de alfombra voladora el Mundo de la Magia, de donde proviene todo lo que resulta interesante. Abundaron las proezas: remontó el R¡o de la Vida, escaló la Cumbre de la Sabiduría, escapó de las nauseabundas Respeto-Ratas, derrotó al Titán de la Ira, respondió sin error alguno los acertijos de un malévolo demonio. También logró ganarse para la causa a todos los dioses que ha adorado (y temido) la humanidad. ­¡Y triunfó en una carrera contra el Tiempo!

  El enorme Salman Rushdie (1947) entiende que el escritor es, por encima de todo, un fabulador profesional, como el padre de Luka. Tiene el deber de narrar historias en extremo interesantes, pues el hombre y la mujer "arden de deseos de leer''. En las fábulas reside la identidad, el sentido y la esencia vital de lo humano, sentencia en esta espléndida imaginería que compuso como tributo para su hijo menor.

  Criado en Bombay, de familia islámica, condenado a muerte por Jomeini, Rushdie echó raíces en Occidente. Podría hablarse de un escritor puente entre culturas si la expresión no estuviese tan trillada. Rusdhie se licenció en Historia en Cambridge. Acumuló una formidable erudición mestiza que despliega de manera caudalosa en Luka y el Fuego de la Vida. El libro es un caldero donde burbujean mitologías de cinco continentes, la novela de caballería, el cuento moralizante, la astronomía, los videojuegos. Por momentos, recuerda al Libro de los seres imaginarios de Borges. La prosa es magnífica.

  Permite confirmar la novela una intuición que deriva del hecho probado de que la Alta Literatura es una fuente inagotable de placeres: aún en la narrativa juvenil (es decir, aquélla que puede ser entendida hasta por un niño) puede hallarse la excelencia.
Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

PD: Un buen regalo de Navidad para los lectores jóvenes. Tengo una imaginación limitada, por eso propongo como banda de sonido esta canción de los gloriosos ochenta que nada tiene que ver con la temática del libro: http://www.youtube.com/watch?v=VZt7J0iaUD0 

lunes, 26 de diciembre de 2011

Con el agua al cuello

Petros Márkaris
Tusquets. Novela policial, 322 páginas. Edición 2011.

"Si un orangután nos pedía un crédito, se lo dábamos''.
Richard Fuld, último CEO de Lehman Brothers

  Durante una década, los griegos vivieron muy por encima de sus posibilidades. Todos se endeudaron, la plata dulce (los créditos baratos y abundantes) obró como el doping que corrompe la sangre de los atletas olímpicos. Hoy, la fiesta ha terminado y la resaca es terrible. La pequeña Hélade se ha convertido en el epicentro de la crisis planetaria. Se asemeja a una piedra que cae en el agua: mientras se hunde genera ondas. La primera onda afectó a las economías mediterráneas; la segunda, a la Unión Europea; de ahí en más, al planeta entero. Esta novela policial ofrece información de primerísima mano sobre las causas y consecuencias del desplome de Grecia, un país estructuralmente pobre donde algunos empleados públicos perciben hasta dieciséis sueldos por año.

  Petros Márkaris (1937) subordina todo el libro a la urgencia del mensaje. Su última novela, bastante inverosímil, no sólo está infestada de discursitos sino que procura satisfacer los sueños ocultos de millones de europeos: aparecen decapitados un banquero, el director de un hedge found, el analista de una calificadora de riesgo, el dueño de una empresa de cobranzas. Afiches y calcomanías ubicuos llaman a la gente a no pagar las deudas.

 Con el telón de fondo de furiosas manifestaciones, suicidas por desesperación económica y recortes de beneficios sociales, investiga los homicidios el bueno del comisario Kostas Jaritos (su vida privada es otro subtema interesante). Da la impresión de ser estúpido y no enterarse de nada, pero bajo esa apariencia su mente funciona como un reloj. Es un hacha, además, para sortear sin un rasguño presiones de políticos y banqueros, la incompetencia de sus jefes y la inquina de algunos camaradas. Junto al lector, que casi nunca pierde el interés, arriba finalmente a la verdad, en esa Atenas degradada "donde la lógica ya no ofrece buenos resultados''.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

PD: Es extraño que Márkaris no mencione entre las causas del colapso de su país a la terca adopción del euro como moneda nacional. El mismo error fatal cometió la Argentina durante la convertibilidad al atar el peso al dólar durante tantos años. Si hoy Grecia pudiese devaluar, si no tuviese ese sucedáneo del marco como divisa, la salida de la crisis, salida que aun no está a la vista, sería menos brutal, me parece.

viernes, 23 de diciembre de 2011

El Grupo de Petición Anticanibalista y los Tres Caballeros

Proyecto Diez Mil Cuentos

Argumento número veinticuatro

El Grupo de Petición Anticanibalista y los Tres Caballeros (1956)

Kobo Abe
Los cuentos siniestros. Eterna Cadencia. Edición 2011.

Tres caballeros -un ciego, otro sin una pierna, el tercero manco- reciben a un representante del pueblo. El hombre, de cuerpo magro, viene a exponer una extraña petición: que se ponga fin al canibalismo. Francamente, no entienden sus argumentos. Si el pueblo come vacas y puercos, ¿por qué la clase dominante no va a comer hombres? El representante termina suplicando de rodillas, a su hija de trece años le tocó el sorteo y hoy debe presentarse en el matadero. Los caballeros, endurecidos de cólera, ordenan que se lo lleven de allí. Luego razonan: “la hija del delegado debe ser realmente muy apetitosa, al punto de que quiere conservarla para él”. Llaman de inmediato para reservar una porción jugosa, pero se encuentra con la novedad de que los empleados del matadero entraron en huelga. Deben buscar la palabra en el diccionario, ninguno recordaba el significado de “huelga”.

PD: ¿No es maravilloso que un sello editorial ensanche nuestro mapa literario? Este cuento escalofriante me obligó a anotar a Kobo Abe en la Guía de Maestros. Otro nombre para tener en cuenta.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Daños colaterales

Zygmunt Bauman
Fondo de Cultura Económica. Ensayo de sociología. 233 páginas. Edición 2011


Borges lo razonó primero. Sus finas antenas imaginaron un mundo gobernado exclusivamente por el azar. El cuento La lotería de Babilonia (Ficciones, 1944) es, para el pensador Zygmunt Bauman, la más certera descripción de la vida en la modernidad líquida, es decir en el azaroso mundo en que hoy nos toca existir. Nuestra Babilonia es también "un infinito juego de azares''. Todo es provisorio, frágil, movedizo y sólo resulta sólida la adherencia a la fluidez. Con el ideal de certeza más allá del alcance individual o colectivo, hay una multitud de razones, muchas más que cincuenta años atrás, para sentir o padecer inseguridad. Rige una pánica incertidumbre.

  Sociólogo de profesión y analista de excepcional perspicacia, Bauman (Poznan 1925) rastrea la caótica trayectoria del individuo en el mundo pos guerra fría. Ha concebido una idea genial: la licuefacción de la modernidad. Esa metáfora proporciona una explicación convincente tanto a nuestra angustia existencial como a los cambios tumultuosos que se suceden ante los ojos.

El Fondo de Cultura Económica acaba de publicar una colección de ensayos del erudito nacido en Polonia, pero afincado en Gran Bretaña. Se titula Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global. El libro resulta esclarecedor más allá de alguna exageración (el nazismo no es comparable con ninguna de las tropelías de la administración Bush), del eurocentrismo, o de algún capricho aislado (denuncia la inseguridad que provocan los mercados pero minimiza la de las calles degradadas). Como el volumen se articula en torno a distintas conferencias dictadas entre 2010 y 2011 menudean las repeticiones: se usa tres veces, por ejemplo, una espléndida sentencia de Ulrich Beck: 

"Hoy se espera de los ciudadanos que busquen soluciones individuales a las contradicciones del sistema''.

Los diagnósticos de Bauman son impecables, y mezclan filosofía, una visión amplia de la Historia y psicologismo. Denuncia, básicamente, que "la globalización de la desigualdad'', inspirada sólo en el lucro, no sólo condena a millones de personas al destino de baja colateral sino que también destruye magníficas conquistas de la Humanidad, como el Estado de Bienestar (la expresión daño colateral proviene del ámbito militar: son las víctimas no deseadas, por ejemplo durante un bombardeo). Estado social vs. orden del egoísmo es el combate primordial del presente.

CONSUMO, LUEGO SOY
El capítulo Consumismo y moral es provechoso. Bauman desmenuza las cualidades terapéuticas que le hemos adjudicado a la mercancía, como mecanismo de compensación. Las cosas se han convertido en una suerte de analgésicos morales. Regalamos cosas para compensar nuestras ausencias (una característica de la escenario líquido es que se nos exige estar todo el tiempo al servicio incondicional de las relaciones laborales); o compramos cosas para definir y afianzar una identidad, otra cuestión apremiante de la modernidad líquida. La mercancía suple, en otras palabras, la responsabilidad por el otro o la responsabilidad con uno mismo.

La economía ferozmente consumista -se nos advierte- tiene el cielo como límite. No sólo es insustentable (si todos gastáramos como estadounidenses se necesitarían cinco planetas Tierra) sino que genera fuertes tensiones sociales, al aumentar el número de jóvenes que entran en conflicto con la ley (no se roba para comer, sino para conseguir la carísima zapatilla de moda). "La fuerza principal de la conducta es hoy la aspiración a vivir como los ídolos públicos'', dispara Bauman. El aumento de la desigualdad social -flagelo que debería encabezar la agenda de todos los gobiernos- agrega más leña al fuego.

¿Cuál es la alternativa a todo esto? El profesor emérito de la Universidad de Leeds y la de Varsovia aboga por una suerte de despertar de la conciencia. Con un inconfundible tufillo religioso habla de "autolimitación voluntaria y disposición al sacrificio personal". Propone convertir al vecino en prójimo y pensar en un planeta social. Esto, a nivel político, implica "desempolvar el nucleo esencial de la utopía activa socialista para elevar la integración humana al nivel de una Humanidad que incluya la población total del planeta''.

ME EXHIBO, LUEGO EXISTO
Otra característica fundamental de la modernidad líquida es la desaparición de los límites entre vida pública y vida privada. Citando un trabajo de Alan Ehrenberg, quien intentó establecer con exactitud el natalicio de la licuefacción cultural moderna, el profesor Bauman recuerda que todo comenzó el anochecer de un miércoles otoñal en la década del ochenta cuando una tal Vivienne, una francesa "común y corriente" declaró en televisión, es decir ante varios millones de personas, que nunca había experimentado un orgasmo en toda su vida matrimonial porque su Michael sufría de eyaculación precoz.

El pronunciamiento, al parecer, fue tan revolucionario como el de Lenin o el de Robespierre. Dos décadas más tarde la arena pública se ha transformado en una suerte de entretenido y frívolo teatro de variedades, mientras nos zarandean a todos corrientes subterráneas de origen y destino incierto (el hombre placton). Bauman destaca la paradoja que en la era de Facebook los vínculos interhumanos siguen debilitándose, se pregunta a continuación si el disfrute cabal del sexo no demanda reserva, y sentencia que juguetitos en boga como el Twitter son "completamente inadecuados para transmitir ideas profundas que exijan reflexión y contemplación''.

En la modernidad líquida -insiste el juicioso profesor- vamos tras nuestros objetivos personales en condiciones de aguda e irredimible incertidumbre. Millones de personas pueden convertirse, de la noche a la mañana, en desechos, víctimas del colapso de un banco o el derrumbe del precio de la soja o el cobre; de las balas de un terrorista, un mafioso o un pibe chorro; de la implacable racionalidad de una organización transnacional. El Estado tal como lo conocemos es casi una reliquia, a duras penas puede proteger a unos pocos y de manera ineficaz. El mundo es una suerte de campo minado, donde todos sabemos que tarde o temprano se producir  una explosión, pero nadie sabe dónde o cuándo. El viejo sueño de la modernidad sólida de organizar, controlar y diseñar la realidad (sueño de derecha como de izquierda) ha fracasado rotundamente. El miedo y el caos que la democracia y su retoño, el Estado de Bienestar, habían prometido erradicar volvieron para vengarse.
Guillermo Belcore
Este artículo abre el Suplemento de Cultura del diario La Prensa de este fin de semana.

Calificación: Bueno

sábado, 10 de diciembre de 2011

El verano sin hombres

Siri Hunstvedt
Alfaguara, Novela, 218 páginas, Edición 2011

Después de treinta años de feliz matrimonio, un neurocientífico de renombre mundial, un poco barrigón y con gafas, abandona a su mujer, una poetisa de cincuenta y cinco años y pelo alborotado, por una colega francesa de pechos voluptuosos. La esposa despreciada pierde y vuelve a encontrar sus cabales. Regresa a su Bonden natal (Minnesota) con la intención de sanarse. Allí, en la vasta pradera, cultiva la relación con su madre y con amigas nonagenarias, da clases de poesía a siete adolescentes que se las traen, y se involucra en las desaveniencias conyugales de una joven vecina. Ocurren tempestades en un tubo de ensayo, que la voz de la autora se empeña justificar ("¿Quién puede medir el sufrimiento real de una persona?''). Hay un happy end que implica aceptar con madurez lo inevitable. Como en las series ligeras e inteligentes de la televisión, el equilibrio se restaura.

Siri Hustvedt narra este argumento con impecable destreza profesional. Decora el texto con opiniones juiciosas, exquisitas citas literarias, tibia nostalgia. La novela siempre resulta agradable pero, en sus virtudes y defectos, hace pensar a cada momento en la obra de Paul Auster, el marido, justamente, de la autora. Y no sólo por el estilo pulcro o las obsesiones de burgueses ilustrados de Nueva York (la adoración al terapeuta, por ejemplo), sino también por detalles puntuales como éste: en la página sesenta y nueve se establece que las bibliotecas son fábricas de fantasías sexuales. Lo mismo planteaba Auster en Invisible un año atras.

El abordaje del sexo es, por cierto, uno de los puntos altos del libro (incluso hay una delicada pornografía). Los derroteros de la relación hombre-mujer (desde el punto de vista de la esposa-víctima) y el problema de la constancia son otros temas bien tratados, aunque también hay párrafos que parecen injertados desde un manual de auyoayuda. En síntesis, es una novela simple, amena, bien escrita, ubicada en algún punto entre el arte y la literatura de supermercado, que permite pasar un buen rato pero apenas mueve la aguja del sismógrafo.

Guillermo Belcore

Calificación: Regular

sábado, 3 de diciembre de 2011

Narrativas de la diáspora irlandesa bajo la Cruz del Sur

Laura Patricia Zunini de Izarra
Corregidor. Ensayo de historia, 238 páginas

“Para mí Irlanda es un país de gente esencialmente buena, naturalmente cristiana, arrebatados por la pasión de ser incesantemente irlandeses”
J. L. Borges

El aporte de la heroica Irlanda a la Argentina ha sido esencial pero nunca debidamente reconocido. Desde el padre Thomas Fehily (o Field), adalid de la utopía jesuítica, hasta la obra de María Elena y Rodolfo Walsh y de Juan José Delaney, la diáspora fecundó nuestra historia y nuestra cultura. Baste recordar al almirante William Brown, a Domingo French (al general O’Higgins del otro lado de la cordillera), a Dalmacio Vélez Sarsfield, el Irish-porteño, los mártires palotinos, los personajes de tres o cuatro sublimes relatos de Borges. Que un libro reinvidique y desmenuce la herencia del trébol y del arpa no puede sino merecer elogios.

Una destacada catedrática de la Universidad de San Pablo ha tomado pues como estudio de caso a los irlandeses de Argentina y Brasil. Le añadió una fascinante evocación de la heroína-antiheroica Eliza Lynch, la amante del dictador Francisco Solano López, la “Lady Macbeth del Paraguay”. La profesora Izarra examina textos periodísticos, poesías, cuentos y novelas. Exhuma hitos y nombres. Esta parte del libro es muy instructiva; contrasta con la tediosa reflexión sobre la identidad, el sujeto diaspórico, la etnicidad y otros enmarañados conceptos que, acaso, sólo el especialista en ciencias sociales podrá disfrutar. Recién en la página sesenta el ensayo se pone bueno.

Todo hay que decirlo. El volumen es una de esas monografías universitarias convertidas en libro que exige a gritos el cedazo de un buen editor. En este caso, para aclarar la acumulación caótica de citas, eliminar la jerga de claustro y corregir una traducción que denomina “partido democrático” al Partido Demócrata de Estados Unidos o que inventa palabrejas como “conflictante” o “cosmopolitano”.

En la página treinta y ocho, se recuerda al pasar una idea de Eric Hobsbawn, el prestigioso historiador: la novela es un subproducto del nacionalismo europeo. ¿Será por ello que Irlanda, nación oprimida por los ingleses durante setecientos años, es la isla de los grandes narradores? La construcción de la nación, la desesperada afirmación de un pueblo, genera y requiere copiosa literatura. ¿Será por ello que a la Argentina, donde la idea de Patria es tan lábil (aquí es más importante ser peronista o hincha de Chacarita que argentino), le cuesta tanto producir ambiciosos novelistas?
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno