lunes, 12 de noviembre de 2012

La habitación

Andreas Maier

Adriana Hidalgo, Novela, 178 páginas. Edición 2012. Valor aproximado: 75 pesos


La bondad de un hombre puede medirse según el trato que dispense a sus inferiores, a quienes están por debajo de su nivel de poder. Dime qué tipo de dominancia ejerces y te diré que hay realmente en tu corazón. Torturar a un animal o propinar palizas a un débil mental en el patio del colegio cuando se es un chico significa practicar en miniatura lo que más tarde se realizará a lo grande, si los circunstancias así lo permiten, por ejemplo durante una guerra. Auschtwitz, Srebrenica o la ESMA están implícitos en la naturaleza humana. Poquísimas son las personas que no tienden de manera espontánea hacia el sadismo.

Esta lucida reflexión se desprende de una novela breve pero sustanciosa que añade al pueblo de Dios un personaje encantador y memorable: el tío J, idiota de nacimiento, un niño durante toda su existencia, desesperado por pertenecer, que fue perdiendo el hábito diario de bañarse (olía como un establo). Andreas Maier, a quien este blog hace cuatro años había elogiado su anterior obra Kirilov, reconstruye un día en la vida de J, con magníficos saltos en el tiempo hacia atrás y hacia adelante. El destino individual, naturalmente, se superpone al devenir colectivo de la Alemania próspera (por fortuna, la literatura centroeuropea nunca puede prescindir de esta cualidad). La mirada del autor no carece de suave e inteligente nostalgia por el mundo de fines de los sesenta y comienzos de los setenta. Vemos los daños, irreparables quizás, que la civilización del hipermercado y de un-automóvil-para-cada-persona, ha infligido a los alrededores de Fráncfort. Compartimos con Maier, un licenciado en filosofía, una intuición de hombres y mujeres maduros: el progreso (de otra manera hay que llamarlo) implica en gran medida giros en círculos descendentes.

¿Dónde están todos esos objetos adorables de nuestra infancia?, se pregunta el autor desde la habitación que ocupaba cuatro décadas atrás el tío J. Vamos, amigos y amigas, quién no se hizo, alguna vez, la misma pregunta.

Guillermo Belcore
Publicado con variaciones en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa del domingo pasado.

Calificación: Bueno



PD: El señor Maier evoca los autitos Matchbox. Yo también los amé de niños. Me parece increíble, él en Wetterau, yo en Morón, con la misma pasión por un juguete. Somos todos, al fin y al cabo, cosmócratas, ciudadanos del mismo planeta. Recuérdalo cuando intente surgir de ti la despreciable pulsión racista o xenófoba.

PD II: Me encantó esta definición de orgasmo: “la gran nada que despunta en el paraíso por un instante”. 

martes, 6 de noviembre de 2012

La luz de otros días

Dos personas queridas han perdido una a su madre, el otro al papá. Tengo para mí que la literatura, a pesar de todo, no tiene remedio para ciertas angustias del corazón pero quizás este hermoso poema del irlandés Thomas Moore (1779-1852) pueda servir de bálsamo.

A mi me reconfortó el último Día de la Madre, celebración que desde 2007 se ha me hace difícil de soportar. Tropecé con la ’Luz de otros días’, al comienzo de la cuarta parte de la magnífica novela Ultima resaca, ya elogiada en este blog (pinche aquí).

Si alguien conoce una mejor traducción, mucho le agradeceré que la acerque al blog. Transcribo también el primer párrafo de la versión original de Moore, un poeta, ensayista satírico y compositor folclórico muy popular, a quien también se lo recuerda por haber sido amigo fiel de Lord Byron.    

La luz de otros días


Muchas veces en la noche quieta,
antes de que me hayan sujetado las cadenas del sueño,
la querida memoria convoca junto a mí
la luz de otros días:
las sonrisas, las lágrimas
de los años de niñez,
las palabras entonces dichas;
los ojos que brillaban,
apagados ahora, idos,
¡el corazón alegre roto ahora!
Así, en la noche quieta,
antes de que me hayan sujetado las cadenas del sueño,
la querida memoria convoca junto a mí
la luz de otros días.


……………………


The Light of Other Days


OFT, in the stilly night,
         Ere slumber's chain has bound me,
Fond Memory brings the light
         Of other days around me:
         The smiles, the tears
         Of boyhood's years,
         The words of love then spoken;
         The eyes that shone,
         Now dimm'd and gone,
         The cheerful hearts now broken!
Thus, in the stilly night,
         Ere slumber's chain has bound me,
Sad Memory brings the light
         Of other days around me.

sábado, 3 de noviembre de 2012

El mal menor

C. E. Feiling

Fondo de Cultura Económica. Novela de terror, 182 páginas. Edición 2012


Para gozo del lector severo y exigente, el Fondo de Cultura Económica se ha lanzado a recuperar libros preciosos y frescos de la Argentina. La atinada dirección de Ricardo Piglia permitió pues lanzar otra vez al ruedo una de las mejores novelas de terror -si no la mejor- que ha dado el castellano. Decía Stevenson que "todos los hombres mueren jóvenes''. Añadimos desde esta trinchera que hay casos especialmente dolorosos. El mal menor prueba que la desaparición de C.E. Feiling (Rosario 1961-1997) a los treinta y seis años de edad nos ha privado de un talento exquisito, acaso el más borgeano de su generación.

He aquí una obra que el maestro Borges denominaba "de imaginación razonada'', rarísimas en nuestro idioma. Feiling ha concebido que la humanidad se divide en "soñadores'' y "arcontes'', los doce justos de la leyenda judía que sostienen al mundo. Su misión es evitar que los "prófugos'' irrumpan desde el más allá en La Vigilia (donde estamos todos nosotros). "El Cerco'' es perforado en Buenos Aires, entre los barrios de San Telmo y San Cristóbal para ser exactos. Un puñado de valientes y patéticos arcontes intenta restaurar el equilibrio, pero cosas espeluznantes ocurren, atrocidades que parecen provenir de las peores pesadillas o del cine de George Romero.

Anota Piglia en el prólogo que el libro es extraordinario por la calidad de su prosa y por la intensidad del suspenso. Tiene toda la razón. Debe agregarse además la agradable sensación de que en el timón hay siempre una persona de enorme inteligencia y con una gran curiosidad intelectual. La fascinante trama está salpicada con observaciones lúcidas sobre cualquier tema, desde la obsesión de los varones por la fellatio (su hipótesis causaría ampollas a mis amigos) hasta la Revolución Cubana. Es también magnífica la construcción de personajes. Me recuerda a Fogwill, cuando obraba como el impiadoso entomólogo de los argentinos. El mal menor, para concluir, corrobora cabalmente una hipótesis que defiende este blog desde hace muchos años: no existen géneros menores sino buena o mala literatura.

Guillermo Belcore
Publicado con ligeras variaciones en el Suplemento de Cultura de La Prensa.

Calificación: Excelente


PD: ¿Cómo es posible que haya pasado por alto esta joya, escrita en los viscosos años del menemismo? Soy un chambón, lo admito. Pero tengo la sospecha de que las reseñas que se escriben en los diarios también tienen su cuota de responsabilidad. Al elogiarlo todo de una manera desaforada, al no hacer distinciones ni aceptar las jerarquías, rebajan o tornan invisible el texto sublime. Hay una idea que me anda rondando sobre la cual quizás escriba algo en el blog: ¿tiene algún valor la sinceridad en la crítica literaria?

martes, 23 de octubre de 2012

Ultima resaca

Patrick Hamilton

Manantial. Novela, 317 páginas. Traducción: Pedro Rey. Edición 2012.


Bienaventurados los puros de corazón porque ellos verán a Dios, dice el sublime Sermón de la Montaña. Pero la mansedumbre es un verdadero problema para enfrentar a un mundo cruel, confuso y falto de sentido. Imagínense, amigos, un hombretón de treinta y cuatro años, triste, desgarbado, los ojos inyectados en cerveza, sin una mota de malicia, un don nadie gastándose sus últimos ahorros en caprichos ajenos, el blanco bobo de comentarios antipáticos, desesperado por ser bueno en algo. Imagínese que se llama George Bone. Lleva su soledad a cuestas como alguien marcado a fuego. Imagínese que tiene la desdicha de enamorarse de una chica del londinense Earl’s Court, que es como si dijéramos en Buenos Aires “del barrio de Palermo Hollywood”. Imagínese que está chiflado por una tal Netta Longdon, una esnob fenomenal, una morena tan hermosa como arisca, bestial y tiránica. Qué desgracia, ¿no? Bueno, aquí tiene el núcleo incandescente de una comedia negra que el Independent on Sunday calificó como “uno de los grandes libros del siglo XX”, sentencia que estoy dispuesto a defender con toda convicción.

Como insinuó Quintin en su columna del domingo en Perfil, la literatura inglesa del siglo XX es una suerte de Jardín de las Hespérides, es decir una fuente de maravillas, al parecer, inagotable. Cada dos por tres aparece otra manzana dorada e inmortal que nos deja sumidos en el gozo más intenso (y de la que ayer nada sabíamos, ¡ay!, como en los casos de Muriel Spark, Marghanita Larsky, Joe Ackerley o Julian McLaren-Ross). ¿Cómo es posible que Ultima resaca llegue recién ahora al español? ¡Qué picardía! Se trata de una novela perfecta en su composición, con una gran profundidad psicológica y de extraordinaria lucidez en sus alusiones. Ha engendrado además un personaje inolvidable en su patetismo, el citado George Bone. ¡Pobre tipo! Arrastrándose de pub en pub, en manos de una pandilla de lo más ruin, loco por una tilinga desalmada y malhumorada, una actriz fracasada, que piensa como una ameba. Sus soliloquios son fascinantes. Su cabeza sufre “estados muertos” atroces (hace click) que lo convierten en otra persona, incluso en un asesino…

Esta novela fue escrita en 1941, cuando las jaurías pardas de Hitler parecían estar a punto de conquistar Europa. Aquella absoluta malignidad política se va filtrando en la trama como si tratase de una luz corrupta que deja pasar una cortina apolillada, la luz de un sol decadente o el neón de un puticlub apestoso, se me ocurre imagen. La historia de George y Netta transcurre en los meses previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial. El autor infiere que hay cierta correlación entre las preferencias políticas y la catadura moral de una persona. Los tipos inmundos -incluso en esa época- simpatizan con el fascismo. Y se reivindica a una especie muy peculiar de ser humano, acaso los únicos que merecen el Reino de los Cielos: la gente que no discrimina a nadie. Página  sesenta:

”pertenecía al grupo de pocas personas afectuosas, despreocupadas, que no disciernen, que son naturalmente inconcientes de la superioridad o inferioridad entre individuos, o que, incluso si están al tanto de ese tipo de cosas, no las impresionan o no les interesan. Había conocido a gente de este tipo… ¡pero eran tan pocos!…”

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: ¡Ya! Urgente, hay que traer a la Argentina todo lo que escribió Patrick Hamilton (1904-1962). Con razón, Doris Lessing lo consideraba uno de los más talentosos de su generación. Traduzcánlo ya, ¿qué diablos están esperando? Si es Pedro Rey, mejor, que aquí ha hecho un trabajo excelente y muy hospitalario para el lector argentino. 


PD II: A la izquierda, la primera tapa de esta magnífica novela. Propongo como banda de sonido Esperando el milagro, temazo de Las pelotas (¡qué banda!).

sábado, 20 de octubre de 2012

El veneno de la desigualdad

La distribución del ingreso en Estados Unidos es hoy comparable a la de Filipinas o Uganda, según Joseph Stiglitz. Por eso la economía norteamericana es tan vulnerable y no puede salir del pozo. El Premio Nobel 2001 predica en favor de un amplio estatismo.


Por Guillermo Belcore

Hubo un momento en la Historia, un breve suspiro, digamos entre la caída del Muro de Berlín y el colapso de Lehman Brothers en que Estados Unidos dominaba prácticamente en todos los ámbitos. Ya no. Algo huele a podrido al norte del Río Bravo. La distribución del ingreso se ha degradado a los niveles (perversos) de Irán, Uganda, Filipinas o Jamaica advierte el Premio Nobel de Economía 2001. El costo de esa involución -clama Joseph Stiglitz en su último libro- es descomunal, al punto que el aparato productivo estadounidense es hoy más ineficiente e inestable, el crecimiento ha mermado, la cohesión social se desintegra y hasta correría peligro una democracia ejemplar de doscientos años.

Con un toque apocalíptico, el economista favorito de Cristina avisa que la enorme transferencia de recursos desde la base hasta la cima de la pirámide social tambien ha erosionado el sentido de identidad nacional, la imagen de Estados Unidos en el mundo, la igualdad de oportunidades y hasta el sentido del juego limpio. De ahí, que empiecen a prosperar movimientos antisistémicos como Ocuppity Wall Street, cuya consigna "somos el noventa y nueve por ciento'' (en relación a que el uno por ciento restante es el responsable de las desdichas del momento) si bien hasta el momento no caló en las masas ha galvanizado al economista de Gary, Indiana. De ahí su intento de darle una voz erudita y sólidamente argumentada al descontento, en las casi quinientas páginas de El precio de la desigualdad (Editorial Taurus, edición 2012).

"Hay momentos en que por todo el mundo la gente se rebela, dice que algo va mal y exige cambios. Eso es lo que ocurrió en 1848 y 1968'', recuerda Stiglitz. Y se pregunta si 2011 (cuando la Primavera árabe barrió a dictaduras que parecían formar parte de la naturaleza de las cosas) no habrá sido un año de similar importancia revolucionaria.

Lo que pasó


El ensayo de Stiglitz se centra en el exceso de desigualdad que caracteriza a hoy Estados Unidos. Uno de cada seis ciudadanos es pobre; la nación más poderosa del planeta se ha tercermundizado (vaya paradoja, mientras China, India y Brasil rescatan a millones de personas de la miseria y las reclutan para la clase media). Semejante nivel de desigualdad sólo se vio en América durante los años previos a la Gran Depresión. No es fruto del azar, entonces, la crisis actual. Keynesiano hasta la médula, Stigliz considera que su país sufre una aguda escasez de demanda porque el noventa y nueve por ciento de la población es relativamente más pobre que cuatro décadas atrás. El boom de las acciones y el de la vivienda enmascararon durante unos años esa fragilidad estructural. Pero finalmente vino la Gran Explosión de 2008 cuyas esquirlas, ardientes, siguen causando estragos hasta el día de hoy.

Lo que torna instructivo y movilizador al libro es que Stiglitz considera al fenómeno económico que describe como un subproducto de la política, es decir de la acción deliberada de los hombres. Puede que intervengan fuerzas globales abstractas y subyacentes en todo esto (como la fuga al extranjero de los empleos industriales) pero las decisiones gubernamentales, de Ronald Reagan en adelante, han condicionado a la economía de tal manera de favorecer a la clase adinerada. "Los integrantes del 1% se llevan a casa cada vez más riqueza pero al hacerlo no le han aportado nada m s que angustia e inseguridad al 99% restante'', dispara.

Vale decir, según su interpretación, la economía de mercado estadounidense -tan admirada por doquier- ha venido funcionando en beneficio de los de arriba y nadie más, incluso durante los años dorados de Bill Clinton, a quien Stiglitz le tocó asesorar. Los noventa fueron años de una prosperidad aparente, dice (¿en la Argentina también?).

Después de la gestión nefasta de George Bush, con masiva rebajas de impuestos a los ricos, Obama no ha hecho casi nada para revertir ese deletéreo exceso de desigualdad. Su estatismo se ha quedado corto pues está cautivo de los intereses de Wall Street, de acuerdo al autor del libro que señala a los banqueros como los malos de la película ("la búsqueda de su propio interés por parte de los banqueros resultó desastrosa para el resto de la sociedad"). Se necesita una acción gubernamental más decidida. Los ganadores deben compensar a los perdedores.

El pensador está convencido de que en el mundo real -tan distinto a las elucubraciones de la escuela de Chicago, su gran adversario- el mercado no es eficiente, entre otras razones por las asimetrías en la información. Por tanto, es necesario domesticar y moderar sus apetitos para garantizar que funcione en beneficio de la mayoría de los ciudadanos.

Ese monstruo grande


Para Stiglitz, la globalización no es mala o injusta en sí misma, lo que ocurre es que los gobiernos la están gestionando de manera muy deficiente, en beneficio de los intereses especiales (del 1% de la población). "Los derechos del capital -opina- se colocaron por encima de los derechos de los trabajadores e incluso por encima de los derechos políticos''. Así se ha desatado una alocada carrera hacia los mínimos. Para ser bendecido por las agencias de calificación yel establishmen financiero internacional, debe haber la menor cantidad posible de restricciones al dinero caliente y los impuestos deben ser lo más exiguos posibles. Pero sin restricciones -advierte- los fallos de mercado son el pan de cada día. El libro cita al colega Dani Rodrick: "es imposible tener al mismo tiempo democracia, autodeterminación nacional y una globalización plena y sin trabas''.

Stiglitz defiende el proteccionismo industrial ("pasar de tener un empleo de baja productividad en un sector protegido a estar desempleado reduce la producción nacional'') y advierte que centrar la política monetaria en la inflación conduce a una mayor desigualdad. Olvídese, lector argentino, del costo de vida o del acceso a la moneda extranjera. Sentencia que sólo hay una mala gestión económica cuando existe alto desempleo persistente. Recalca que una sociedad más equitativa puede crear una economía más dinámica. Música para los oídos de la Casa Rosada o del Palacio del Planalto. Pero parece que Obama -y mucho menos Romney- no la están escuchando.

Publicado en el Suplemento de Economía del diario La Prensa.

domingo, 14 de octubre de 2012

El diván victoriano

Marghanita Laski

Fiordo. 115 páginas. Novela. Edición 2012.

Usted llegó hasta aquí y parece dispuesto a gastar su tiempo en escucharme. Eso significa que ama la literatura. Entonces entenderá (y compartirá) el entusiasmo ante el hallazgo de la excelencia editorial. Un nuevo sello acaba de nacer en la Argentina y su primer lanzamiento es magnífico en todo sentido. Esta vez, el goce por el contenido (ya hablaré más adelante) es parejo al que proporciona el objeto libro. La cubierta sobria y hermosa, el papel marfileño Bockel de 80 gramos del interior, y el detalle de las hojas en blanco al final para las notas conforman un dignísimo rival ante el tsunami e-book. ¿Hay acaso algo más valioso para atesorar que un libro finamente confeccionado?

La gente de Fiordo, por otra parte, se ha propuesto ensanchar la cartografía artística de sus hipotéticos lectores. Trajo al idioma español una gema rara. Yo imagino a mi ignorancia como un vastísimo océano frío salpicado, de tanto en tanto, por islotes hospitalarios, que tienen el nombre de cada autor memorable que he descubierto y voy explorando. Son lugares placenteros donde evadirse de ese engorro conocido como “realidad”. ¡Qué alegría entonces tropezar con Marghanita Laski (Manchester, 1915-1988)!

No creo exagerar si sostengo que la trama de esta novela publicada por primera vez en 1953 es perfecta. Dicen en Hollywood que toda gran historia puede resumirse en un frase. Bien, aquí tenemos esto: ¿Qué ocurriría si una mujer tuberculosa pero de vida afortunada, con un marido que la adora y un bebé, mimada por todo el mundo, al despertar de una siesta (“el delicioso caos del sueño“) se encuentra en el cuerpo de otra persona, cien años atrás en el tiempo, en el mismo diván que había comprado en una tienda de antigüedades? Melanie Langdon, horrorizada, descubre que su mente (la autora nunca usa la palabra alma) es prisionera del cuerpo de Milly Baines, también tísica. Ha viajado al año 1864. Con todas sus fuerzas trata de volver al presente pero la tos aterradora y las igualmente destructivas convenciones decimonónicas se interponen en su camino.
 

El diván victoriano es lo que Borges llamaba, no sin admiración, “una obra de imaginación razonada”, como La invención de Morel. Yo percibo influencias en la novela de Virginia Woolf y de H.G. Wells. La señora Laski ha concebido una de las más fascinantes maneras de viajar en el tiempo, pero me parece que los elementos fantásticos no son lo más relevante de un libro que seduce de la primera a la última página. Hay aquí una densidad óptima de personajes y situaciones, un afinado sentido de lo teatral y una intención de denuncia social filosa como los dientes de un tiburón blanco. “El pecado cambia como la moda”, advierte la autora a los moralistas de todas las épocas.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: Dios está en los detalles, dicen los hebreos. Los pormenores siempre resultan importantes en la novela y su atención amorosa caracteriza al narrador sublime. Marghanita Laski plantea que si viajamos al pasado no podremos pronunciar aquellas palabras que aún no existen. Melanie desesperaba porque no podía expresar “aeroplano” a un encantador pastor victoriano.

PD II: Aquellos izquierdistas de café que consideran a la competencia y a los incentivos del capitalismo como una peste per se deberían prestar atención lo que ocurre en el mercado editorial argentino. Decenas de pequeños sellos editoriales se esfuerzan por ganar un lugar bajo el sol buscando y rebuscando joyas literarias de todo el mundo, algunas injustamente olvidadas, y dando espacio a los nuevos talentos. Aquí opera la mano invisible de Adam Smith. El interés propio redunda en el beneficio de todos; los lectores tenemos cientos de títulos estupendos por año a nuestra disposición.

sábado, 13 de octubre de 2012

Nací

George Perec

Eterna Cadencia, 105 páginas. Autobiografía.


Se ufanaba George Perec (1936-1982) de jamás haber escrito dos obras similares, de nunca repetir “una fórmula, un sistema o una manera elaboradas en un libro precedente”. Uno podría descartarlo, casi, por aquella confesión. Ya se sabe a que chatos e inanes estanques conduce el berretín de los franceses por la ultraoriginalidad. Pero muchísima gente culta atestigua que estamos ante un polígrafo excepcionalmente ingenioso. Lo curioso es que Perec, cuyo padre murió combatiendo al nazismo y su madre fue asesinada en Auschwitz, se haya obsesionado con rebajar la literatura a una suma de jueguitos verbales (escribir una novela policial sin usar la letra ’e’, por ejemplo). “Artificios posmodernos“, podríamos titular. O "Zonceras parisinas".

El afán de la industria editorial por revolver hasta el último de los cajones de los difuntos ha permitido publicar dieciochos libros de Perec desde su muerte prematura (maldito sea el cáncer). En esta ocasión, se nos ofrece una variopinta recopilación de textos vinculados con lo autobiográfico, escritos entre 1959 y 1981. Desde la simpática evocación de una huida del hogar a los once años hasta la enumeración boba de las cosas que debería hacer antes de morir. Muy interesante resulta una carta enviada a Maurice Nadeau, detallando sus proyectos literarios, o la entrevista con Frank Venaille. La traducción, el prólogo y las notas del volumen son de Jorge Fondebrider; un trabajo impecable.

Que algo valioso hay en la producción del escritor francés de origen polaco lo demuestra una brillante aproximación al misterio por excelencia en la historia de la humanidad que aparece en la página dieciocho. Transcribimos: 


“Nací el 25 de diciembre del año ooo. Mi padre, dicen, era obrero carpintero. Poco después de mi nacimiento, los gentiles dejaron de serlo y tuvimos que refugiarnos en Egipto. De eso modo me enteré de que era judío y son esas dramáticas condiciones las que determinan el origen de mi firme decisión de no seguir siéndolo. Ya saben lo que sigue…”

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular.


PD: Sólo para la legión de admiradores de Perec.

jueves, 11 de octubre de 2012

Ida

Damián Huergo

Parque Moebius. Cuentos. 85 páginas


Suele afirmarse en Estados Unidos que desde Moby Dick en adelante nadie fue capaz de componer la Gran Novela Americana (yo tengo mis dudas al respecto, Subsuelo de Don DeLillo y Contraluz de Thomas Pynchon son serias aspirantes al cetro). De la misma forma, podría establecerse que en la Argentina ningún escribidor de fuste ha logrado engendrar la Gran Novela del Conurbano Bonaerense.

A los amigos y amigas de otros países (este blog se lee hasta en Rusia) diré que los veinte municipios que rodean y asedian a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires -con sus ocho millones de habitantes, su miseria aluvional, su desindustrialización pavorosa y su violencia sin cuento- son algo así como el hígado argentino: allí se procesa lo peor. Hasta donde sé, nadie ha logrado captar en más de trescientas páginas la desmesura histórica y social de esa peculiar geografía. Estoy pensando en un novelón oceánico -de ejecución clásica o vanguardista, me da igual- que narre, por ejemplo, la depravación moral y material de las últimas cuatro décadas. Que, a la usanza centroeuropea, combine destino individual y devenir colectivo. Que capte los estertores, las subculturas, los sueños rotos y realizados, las tremendas injusticias, los paisajes apocalípticos o de esperanza; algo así como hizo con el DF Carlos Fuentes en 
Todas las familias felices.

Hasta que llegue pues la GNdCB me entretengo con lo mejorcito del rock barrial (y de La Bersuit) y con los cuentos de delicada factura costumbrista. Como los que incluye este volumen. Es el caso de El amor breve, una hermosa joyita. Se trata una aproximación romántica que se trunca; un intenso cruce de miradas sobre el vagón de un tren. Hay vendedores de mantecol y el vaho de las salchichas que emanan las ollas del anden. Hay una definición encantadora: “en el Ferrocarril Roca las chicas prefieren acostarse con Hemingway”.

El tren degradado que une el sur del conurbano con la gran ciudad es, justamente, uno de los dos escenarios favoritos de Damián Huergo (Longchamps, 1983). El otro son las librerías. Se nota una enorme dosis de contenido autobiográfico en estos relatos que van de menos a más. Leemos con agrado las peripecias de dos amigos entrañables llevando a Barracas el sofá de la abuela. O ese singular pacto entre compinches: cincuenta euros a cambios de manosearle las nalgas a una turista italiana (Roca Tour). En Plaza Constitución irrumpe en escena el infame egoísmo colectivo, rasgo típico de aquella abstracción que llamamos “pueblo”. Este buen cuento, acaso, no merecerá elogios por su desenlace. Todo hay que decirlo: uno de los puntos flojos del libro son los remates, parece que el señor Huergo aún no ha desarrollado el ingenio del último párrafo, tan relevante en el texto breve cuando no hay una prodigiosa exhibición de estilo o una temática escalofriante. En El olor de los tilos, por ejemplo, el quía que espera durante hora y media a Carmela no debería haber ido a paso lento hasta el portero eléctrico a abrirle la puerta de abajo. Si se quedaba de brazos cruzados, el personaje hubiese sido más rico en inferencias, creo yo. En fin, cuestión de gustos.

La recopilación, a ratos, cae en el error de hacer un drama en base a lo insustancial. La tempestad en un vaso de agua también delata un déficit de invención. Se constata en Ida a Constitución. Que un joven universitario se salte un desayuno por perezoso y después sufra terribles punzadas en la panza mientras viaja en tren es un argumento de pacotilla. El estómago vacío es un asunto serio. La misma superficialidad inane se desprende de aquella épica de los fatuos que es la compulsión de los chicos y chicas burgueses de robarse libros para después tratar de disfrazar como principio lo que en realidad es otra manifestación de la perversa y atrabiliaria viveza criolla. Hay varios cuentos aquí con ladrones de libros, absueltos.

En la página veinte se cita a Flaubert: “si miras cualquier cosa más de diez minutos resulta interesante”.  Es lo que ocurre con esta obra. Uno termina encariñándose con las historias del tren (al fin y al cabo yo padezco las tribulaciones del maldito Ferrocarril Sarmiento) y con la destreza del autor para transmitir su amor por la lectura (hay un excelente homenaje a Juan Gelman). El trabajo además es rico en ideas, si no fuera así no podría haber escrito tanto sobre sus más y sobre sus menos. Tengo el pálpito que Huergo me sorprenderá en el futuro con una buena novela del conurbano.

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

sábado, 6 de octubre de 2012

Enemigos

Tim Wainer

Debate. Ensayo de historia. Edición 2012



¿Qué sabemos del FBI? La información nos llega filtrada por Hollywood. Tenemos en la mente a ‘Los intocables’, a Mulder y Scully, a Clarice Starling, todos buena gente. Para rebajar nuestra ignorancia, se escriben libros como éste, rebosante de datos. Un periodista del diario The New York Times indagó en unas setenta mil páginas de documentos recientemente desclasificados y realizó más de doscientas entrevistas con el propósito de narrar la monumental historia de la arista más desagradable y peligrosa del Buró Federal de Investigaciones, su carácter de servicio de inteligencia.

La tensión entre libertad y seguridad, o entre interés nacional y libertad de opinión, o entre imperio de la ley y combate del delito es la constante en casi cien años de recorrido. El libro va desde las redadas a escala nacional de anarquistas rojos a principios del siglo XX hasta las redadas, también en los cincuenta estados, de islamistas, ayer nomás. La visión de Tim Weiner es emersoniana. Sostiene que “las instituciones son la sombra alargada de las personalidades”. Hablar del FBI obliga a concentrarse pues en J. Edgar Hoover, esa fascinante estatua salpicada de mugre. Estuvo cuarenta y cuatro años en el cargo, mas que Mao o Stalin. Fue un digno rival de ellos. Un Maquiavelo estadounidense, artífice del Estado democrático vigilante. Estuvo por encima de los poderes presidenciales y creyó que libraba una guerra que estaba en juego el mundo entero. Su mente estrecha (parangonaba homosexualidad con comunismo, es decir con traición a la patria) arruino miles de reputaciones y carreras profesionales, y cientos de vidas. Fue el paladín de la contrarrevolución. Pero también prestó algunos servicios a la causa progresista: entendió cabalmente la naturaleza perversa de la Alemania nazi y de la Rusia soviética y destruyó, a regañadientes, al Klu Klux Klan.

Mentir al FBI se paga con hasta cinco años de prisión. El Buró dejó de ser omnipotente recién en los setenta. Sus rencorosas guerras contra la CIA, el Departamento de Justicia y otras instancias de poder causaron más daños a Estados Unidos que la KGB y Bin Laden juntos. Sufrió devastadoras derrotas con el radicalismo universitario, el espionaje ruso y el extremismo islámico. Es un bastión de los católicos beatos, a pesar de lo cual agentes traidores cambiaron dinero o sexo por secretos de Estado. En cierta forma gobernó la Republica Dominicana durante veintidós años y tumbó a Richard Nixon. No puede compararse, de ninguna manera, con la Gestapo, pero querido lector recuerde siempre que es un error garrafal convertirse en enemigo del FBI.
Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Economía del diario La Prensa de este fin de semana, bajó el título: "¿Y qué si es ilegal?

Calificación: Muy bueno


PD: Especialmente perversa fue la guerra que el FBI libró contra Martin Luther King, si bien nada tuvo que ver con su asesinato. Hoover siempre consideró al movimiento en defensa de los derechos civiles de los afroamericanos como parte de la gran conspiración mundial comunista. Así de necio era. Por eso espiaba permanentemente al reverendo King, un héroe de nuestro tiempo aunque aficionado a la promiscuidad sexual (no tiene nada de malo). El FBI llegó a enviarle a la esposa de King grabaciones con las proezas íntimas de su marido con otras mujeres. ¡Cretinos, eso no se hace!

martes, 2 de octubre de 2012

Eric Hobsbawm (1917-2012)

El lunes pasado me han encargado preparar en el diario donde trabajo la necrológica de Eric Hobsbawm, el más ameno, influyente y celebrado de los historiadores marxistas. Usé material de agencia, de archivo y de mi memoria personal. Transcribí tambien algunas opiniones que se vertieron en la prensa extranjera, inglesa sobre todo, acaso la mejor del mundo. Me gustaría someter a discusión con los amigos de este blog dos conclusiones a las que he arribado sobre un pensador fundamental aunque polémico y desagradable en su pertinaz reinvindicación de la Unión Soviética (ninguno de sus libros, vaya paradoja, fue publicado allí). A saber:

* La tetralogía La era de... es su obra cumbre. Todo lo demás que le he leído, aunque también hermosamente escrito, no está a la altura de los cuatro tomitos de la editorial Crítica que atesoro con especial devoción aunque las páginas ya están ajadas por el uso, e incluso se desprendieron algunas. Coincido con el dictum de Neill Ferguson, otro gran historiador: ``la tetralogía de Hobsbawm es un gran punto de partida para cualquier persona que desee estudiar la historia moderna''.

Pero aquí la idea clave es punto de partida (como puede ser Eduardo Galeano para un adolescente curioso, salvando las descomunal distancia entre el inglés por adopción y el uruguayo). Me parece un error, para el lector realmente interesado en la Historia con mayúsculas, tomar como única referencia una perspectiva acerada que considera al mundo moderno como un continuo tiempo-espacio de las luchas obreras contra el capitalismo y nada más que eso. Eso es política no ciencias sociales. La fe indestructible en el materialismo dialéctico de Karl Marx me parece que ha limitado al ilustre Hobsbawm. Nietzsche decía, con justísima razón, que una convicción profunda es una tenaza que te agarra del cuello y no te permite pensar. Leí en alguna parte que nuestro héroe flaco, desgarbado y de enormes gafas ridiculizaba la interpretación de los grandes acontecimientos como episodios únicos y fascinantes por derecho propio. La tachó de "enfoque de anticuarios y archivistas''. Lo siento, yo me considero en todo sentido más aristotélico que platónico. Y en todo caso estoy convencido de que ciertas tendencias profundas, como la demografía, son tanto o más importantes que la lucha de clases.

* Hobsbawm fue venerado, con justa razón, por su capacidad para captar los detalles, su extraordinario poder de síntesis y por la profundidad de su conocimiento, pero no puede dejar de señalarse que persistió en la defensa del comunismo totalitario ``mucho después de que dejara de estar de moda o, de hecho, de ser defendible''.

El The Daily Telegraph recordaba que Hobsbawm llegó a otorgarle a Stalin el mérito del milagro económico de posguerra en Occidente. El comunismo soviético -escribió- "había proporcionado a su antagonista el incentivo (el temor) para reformarse''. Más aun. Al haber aplicado rabiosamente la planificación económica estatal "inspiró algunos de los procedimientos para la evolución del capitalismo''. En una entrevista por televisión, Hobsbawm llegó a preguntarse si por esos logros "la pérdida de quince o veinte millones de vidas no podría justificarse''. ­¡Qué canallada! Stalin (o Hitler) no puede justificarse de ninguna manera. ¿Es deseable la erudición sin valores?
Guillermo Belcore

lunes, 1 de octubre de 2012

Un día de éstos

Proyecto Diez Mil Cuentos


Argumento número veintinueve


Un día de éstos (1962)
Gabriel García Márquez
En Todos lo cuentos. Mondadori.

Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete pobre a las seis. Después de las ocho, la voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de una abstracción. El alcalde quiere que la saque una muela. Don Aurelio manda a decir que no está. La autoridad (militar) responde que si no le saca la muela le pega un tiro. El odontólogo le advierte al visitante, que trae ojos marchitos de noches de desesperación, que tiene que ser sin anestesia. Hay un absceso. Al alcalde se le llenaron los ojos de lágrimas y se aferró a las barras de la silla descargando toda la fuerza en los pies, pero no soltó ni un suspiro. “Aquí nos paga veinte muertes, teniente”, dijo Don Aurelio al concluir, con amarga ternura. Recomienda reposo y buches de agua de sal. “¿A quien le paso la cuenta, a usted o al municipio?”, pregunta. “Es la misma vaina”, contesta el alcalde.

PD: Este relato de tres páginas, altamente sugeridor, demuestra que El Gabo no es sólo realismo mágico. Me encantó el procedimiento oblicuo para denunciar la barbarie militar.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Todos los cuentos

Gabriel García Márquez

Mondadori. Cuentos, 509 páginas Edición 2012.


Qué insaciable y abrasivo es el vicio de escribir
G.G.M.

A mediados de la década del cincuenta, Don Gabriel García Márquez encontró esa voz suntuosa y cantarina que hace feliz a miles de lectores y que hoy, con un airecillo de moda, niegan algunos escribidores snobs, ignorantes o resentidos incapaces de urdir una página trascendente. Pero no importa. Jamás una hormiga pudo derribar a un coloso. Y El Gabo es uno de los más grandes. Va a quedar.

El volumen de Mondadori incluye cuatro libros: Ojos de perro azul, Los funerales de Mamá Grande, La increíble y triste historia de la Cándida Eréndida y de su abuela desalmada, Doce cuentos peregrinos. Hay que admitirlo, la composición es muy despareja. Uno puede comenzar la lectura en la página ciento veinticinco (digamos en Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo) y no se habrá perdido nada del otro mundo. Parece que El Gabo anduvo ocho años con tanteos de sonámbulo hasta encontrar esa voz tibia y fabulosa que inventó a Macondo y al coronel Aureliano Buendía. Ha esculpido desde entonces al menos diez de los relatos más encantadores que provienen del trópico. Cómo El ahogado más hermoso del mundo, poema en prosa que rehace el arte de la parábola.

Unas líneas sobre el hoy denostado realismo mágico. Es un procedimiento como cualquier otro; no más que una retórica o un estilo; acaso otra variante del surrealismo. Lo importante es que García Márquez procesa de manera magistral, y con un aire de perplejidad, las fuerzas elementales de la naturaleza: el calor y las lluvias desmedidas, la guerra, la pasión que proviene del sexo o del odio. Tiene un oído finísimo para el ingenio popular y las supersticiones ancestrales. Sus reflexiones oblicuas sobre el destino irrevocable o la naturaleza voluble de la comunidad no carecen de rigor. La prosa, que fue puliendo poco a poco como demuestra el tomo, ostenta en su mejor momento una densidad excitante, con los tonos, regustos, aromas, injusticias y mitos descomunales (las blacabunderías) del Caribe colombiano. Se le ha imputado (César Aira, entre otros) “latinoamericanismo programático”, pero es una acusación necia. Con el mismo criterio deberíamos descartar a Rulfo o Atahualpa Yupanqui, por caso.

Guillermo Belcore




Calificación: Bueno


PD: ¡Ah!, y además están los nombres, ¡qué nombres! Aureliano Buendía, sí, pero también Prudencia Linero, Margarito Duarte, Laura Farina y Lázara Davis.

martes, 18 de septiembre de 2012

El viaje de Mina

Michael Ondaatje

Alfaguara. Novela, 283 páginas. Edición 2012


Entre la infinidad de mapas que pueden trazarse de la literatura universal éste es uno de los más rudimentarios: existen básicamente tres categorías de escritores, los que tienden a revelar el universo como es; los que lo representan degradado (Faulkner, Onetti, Celine); y aquellos que lo embellecen. Michael Ondaatje (1943, Sri Lanka) pertenece a la última condición. Después de saborear sus espléndidas y delicadas ficciones, el lector concluye que el mundo bulle de personajes fascinantes, aguardándonos a la vuelta de la esquina. Vale la pena vivir, aunque sea para oír sus historias maravillosas. Así se explica Ondaatje, no sin un punto de demagogia:

 “Lo que de verdad es interesante e importante sucede casi siempre en secreto, en lugares donde no existe el poder. Casi nada de valor duradero ocurre nunca en la mesa principal, que se mantiene unida por una retórica por todos conocida. Quienes disfrutan del poder continúan deslizándose por el surco trillado que han ido preparándose”.

En esta ocasión, el autor de El paciente ingles relata de manera retrospectiva y con empaque autobiográfico las peripecias en un buque de pasajeros, desde Colombo hasta Londres, de un pillo asilvestrado de once años que vive metiéndose en líos con sus dos amiguetes y termina presenciando un homicidio. Es un viaje de descubrimientos, un rito de paso, que desborda de anécdotas divertidas, narradas en primera persona y esmaltadas con hermosos pensamientos sobre el drama de vivir. Cierta crítica apresurada o propensa a los superlativos ha encontrado parangones con las vidas en alta mar de Conrad e incluso con las aventuras de Tom Sawyer. Los sucesos asombrosos del libro tienen ecos, para mí, de Salman Rushdie (¡Ah el mágico Oriente!). También hay una pequeña dosis de suspenso.

Algo hay que decir de la prosa. Ondaatje práctica la sutileza de la palabra justa. Escribe de tal manera que los párrafos dan la impresión de ser una cosa tridimensional a la que se talló de manera amorosa y se pulió hasta refulgir. Dicho de otra manera, el estilo es un gozo para el lector, incluso cuando la trama se abisma en insoportables sensiblerías.

Guillermo Belcore
Publicado en el suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Es  la segunda vez que me pasa. Comienzo una obra de Ondaatje con la impresión de que se trata de uno de los libros del año, con el vislumbre de que tengo en las manos una obra excelente, pero luego mis expectativas no se cumplen del todo. No es que el libro sea malo, las historias son interesantes y están muy bien escritas como digo más arriba, pero hay algo que -como dicen los chicos- no me cierra sobre este autor multicultural, que no carece de inteligencia, por cierto. Acaso sea cierta propensión al melodrama culto, o al optimismo fácil. Debo meditar un poco más sobre ello.


viernes, 14 de septiembre de 2012

Sueños del hombre elefante

Juan José Burzi

Gárgola. Cuentos, 125 páginas. Edición 2012.


El primer paso es casi obvio. El arte debe suscitar un impacto. Afuera hay un lector que está solo y espera. Espera que alguien lo seduzca, lo interpele, lo conmueva, lo fuerce a pensar y a sentir. Provocar indiferencia o tedio implica haber fracasado rotundamente como escritor. Bien, Juan José Burzi (Lanus, 1976) cumple sobradamente la condición primordial. Uno no puede permanecer impasible ante esta singular colección de cuentos. Obliga a volver a mirar con atención.

La segunda cualidad que debe ser evaluada es la naturaleza del impacto. ¿Dónde golpea el texto? ¿En el intelecto, en el corazón, en el hígado? Sueños del hombre elefante es un puñetazo en el estómago, esta infestado de personas que provocan lástima o repulsión. Es muy probable que el señor Burzi haya querido definirse a sí mismo en la página setenta y siete, bajo la máscara de Meyer, el pintor que descubre la dulzura de las llamas al acabar un retrato de la modelo Misako, a quien un incendio le había quemado la mitad del cuerpo:

"... había retratado a personas deformes y singulares. Sentía atracción por lo erróneo, por las equivocaciones de la naturaleza. Todo lo que no era aceptado por el gusto de los demás, era material de trabajo. Por eso, cuando dos meses después el sueño ya era obsesión comprendió que no iba a tener más remedio que hacer algo..."

Naturalmente, resulta imposible discernir si el afán audaz de denunciar "lo frágil y lo erróneo de años de concepción estética" y reivindicar lo horripilante se trata de una certidumbre, un recurso narrativo, una pose para llamar la atención, o todo eso mezclado. Lo descubriré, supongo, en el resto de la obra de Burzi (se me hace que es un nombre que llegó para quedarse). Lo cierto es que el lector encontrará aquí una galería de truculencias: las siamesas Benn, unidas por el hígado y por el páncreas; una empleada con el rostro cubierto de malformaciones, tumores producidos por las exposición de sus padres a la radiación; una niñita sin brazos ni piernas.

Lo discutible de la propuesta, me parece, es que Burzi ha elegido el método de la exposición directa. Las descripciones de lo monstruoso son minuciosas. Por temperamento y convicción estética, este blog considerará siempre más eficaces a los procedimientos oblicuos. Decirlo todo es otra torpeza. Planteado de una forma más pedestre, diré que tengo el estómago delicado. Prefiero el erotismo suave, evocador que la pornografía pura y dura, en cualquiera de sus variantes temáticas (Además, claro, está el hecho de que las degradaciones morales siempre resultan más interesantes que las físicas).

Una lástima. Que Burzi no carece de la bendita facultad de sugerir lo prueba el cuento Intruso, a mi juicio el mejor del volumen. Recuerda a Casa tomada de Cortazar, pero aquí es un cieguito el que sufre (¿o no?) la pérfida invasión de su morada. También merece elogios Mitos y huidas, una delicada y fresca remembranza del vecindario de la infancia. Y Pripiat, una colección de postales de los tierras más contaminadas del planeta, aquellas que recibieron el vendaval deletéreo de Chernobyl. Las imágenes son contundentes. Otro de los agrados del libro es la invención del pintor Henri Faye (Ciclos de vida y muerte).

El balance, al fin y al cabo, es positivo. La saludable tendencia a la orginalidad formal y temática, la prosa correcta y sin estridencias, la invitación a meditar sobre lo grotesco y lo extraordinario se han combinado en este producto nacional para generar una intensa experiencia de lectura
.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

sábado, 8 de septiembre de 2012

Un libro de Bech

John Updike

Tusquets. Novela. 235 páginas


Entre los miles de personajes que John Updike (1932-2009), el gran bardo del neorrealismo estadounidense, ha creado hay uno especialmente adorable. Lo bautizó Henry Bech, lo imaginó escritor judío de Brooklyn, con esas neurosis típicas, esas obsesiones sexuales, esa concentración de agudeza y chispa (siempre una frase mordaz en los labios, siempre una fobia a flor de piel) que a Woody Allen le encanta representar. Updike le dedicó tres libros. He aqu¡ el primero. ­¡Tres hurras a Tusquets por haberlo rescatado!

Sorprendemos a Bech en un momento delicado de su carrera. Con sus rizos rabínicos y su nariz prominente parece "un congresista de Queens sobornado por la mafia que espera que lo tomen por un senador del Sur''. Es autor de un libro bueno y otros cuatro más, pero ha perdido la inspiración. Su bloqueo creativo "es una versión indigna de la renuncia, más o menos noble, de Salinger''. No sabe decir no (excepto ante las propuestas de matrimonio): viaja detrás de la Cortina de Hierro, experimenta con las drogas, se acuesta con la hermana de su novia, permite que lo suban a un pedestal en la Londres a go-go de los sesenta, da conferencias en una universidad racista de Virginia, se suma al establishment artístico de Nueva York. Los episodios son profundos y divertidos a la vez; la novela articula con destreza relatos independientes.

Es maravilloso como Updike-Bech tiene siempre a mano una observación inteligente sobre cualquier tema. Desmenuza sin anestesia al mundo comunista y a esos "burdeles de la entelequia'' que son ciertos núcleos intelectualoides de Occidente. Los caracteres son fascinantes; es la vida la que desfila por las páginas. Todo viene servido con una asombrosa riqueza verbal que relumbra, por ejemplo, en sus deliciosas enumeraciones.
Guillermo Belcore 
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno


PD: ­Ah las reimpresiones! Que sería de nosotros, los lectores apasionados, sin ellas. Quedaríamos a merced del rústico presente, del fast book argentino (la expresión se la leía al escritor Juan José Becerra). Gracias Palas Atenea por el pasado.

PD II: Aquí hay otra reseña de un libro de Updike que disfrute mucho.

martes, 4 de septiembre de 2012

Novelas breves

Juan Carlos Onetti

Eterna Cadencia. 347 páginas. Edición 2012. Prólogo de Juan José Saer


Las jerarquías literarias existen y son importantes. Por eso no es descabellado sostener que Juan Carlos Onetti (Montevideo 1909-1994) fue el mejor novelista que ha generado el Río de la Plata y sus afluentes. Puede que algún texto de Saer, de Di Benedetto, de Wernicke, de Sara Gallardo haya pisado esas cumbres de excelencia que sólo él, en este rincón del mundo, ha logrado escalar. Pero el gran demiurgo Onetti ostenta el mérito de haber creado un cosmos singularísimo, cuyas criaturas desahuciadas corroboran que existen mil maneras distintas de fracasar y que la desesperanza es infinita. Fue nuestro Faulkner. Y ojala, así se lo recuerde.

Por tanto, siempre es una noticia formidable la reimpresión. Un sello nacional acerca ahora sus novelas breves, aunque llamar novela a algunos de los excelentes relatos que encierra el volumen obliga a un considerable esfuerzo conceptual. Obviamente, el rótulo importa un comino en este caso. Cuando uno se halla ante una escritura de primera no queda otra actitud que abandonarse al goce de la lectura.

El libro incluye siete textos desde el primerizo El pozo (1937) hasta el setentista La muerte y la niña. La calidad es pareja (otro de los atributos del uruguayo). Hay combinaciones de palabras perfectas (me encanto ésta: “toques de gracia marchita“). El conjunto, usando las propias palabras del escritor, es “como un universo saliendo del fondo negro de un sombrero de copa”. Para no abusar del tiempo del lector, describiré las dos primeras gemas:

1) El pozo

Eladio Linancero, periodista divorciado, a quien ya nada le importa la miseria, ni la comodidad, ni la belleza de las cosas, siente la compulsión de escribir sus desgracias. Es un pobre hombre que por las noches se vuelve hacia la sombras de la pared para pensar cosas disparatadas y fantásticas. Vive en una pensión de mala muerte; comparte pieza con el cretino militante Lázaro. Es posible que no se haya escrito una refutación más certera del Partido Comunista que la que esboza Eladio. No ha perdido un gramo de vigencia. Se nos recuerda que “los pensamientos de la gente que medita poco -y sobre todo que no divaga- tienen mayor fuerza de realidad”.

2) Los adioses

¿Es ésta la versión criolla de La Montaña Mágica, tan encantadora como sórdida? Hasta un hotel-sanatorio de las sierras llega un ex jugador de basquetbol, una estrella del deporte al que la tuberculosis está liquidando. El bolichero, el narrador, adivina con solo verlo que el hombre no tiene voluntad de curarse. Llegan dos mujeres para atenderlo. La gente idiota murmura. El final da un giro inesperado. No puedo sino compartir la aversión del escritor hacia la locura estúpida (pero tolerable) de las fiestas de fin de año. No puedo sino encontrar algo de consuelo en este pensamiento filoso que absuelve al Destino: “las desgracias no importan, sólo sirven para marcar fechas, para separar y hacer inteligibles los principios y los finales de las numerosas vivas que atravesamos y existimos”. 

Estos dos textos justifican el atesoramiento del libro. Piénsese que hay cinco más de similar hondura.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

PD:  ¿La reimpresión del año?

domingo, 2 de septiembre de 2012

Salvajes


Don Winslow

Planeta. Novela policial. 347 páginas. Edición 2012


Las números producen escalofríos. Días atrás, se informó oficialmente que veintisiete mil ciento noventa y nueve mexicanos fueron asesinados en 2011, ¡algo así como ­setenta y cinco personas por día! Los expertos lo atribuyen al ajuste de cuentas entre las mafias. ¿Qué demonios está pasando en el México lindo y querido? Este apresurado policial ofrece una explicación razonable: donde antes prosperaban tres carteles de las drogas en armoniosa convivencia y tolerancia gubernamental priista, ahora existen por lo menos siete y todos se pelean por el territorio. El Estado panista -acicateado por Washington- les ha declarado la guerra. Corren ríos de sangre.

Las pepitas de información sobre el origen, la estrategia y el modus operandi de los barones de las drogas y sus diabólicos sicarios (y la corrupta respuesta de Estados Unidos) conforman el nucleo incadescente del último thriller de Don Winslow, autor, por cierto, de una de las mejores narconovelas de todos los tiempos (El poder del perro, Mondadori). La función esclarecedora de texto endulza, por así decirlo, la píldora: permite que el lector se trague la fantástica idea de que dos chicos de California (uno muy listo, el otro muy rudo) son capaces de hacerle morder el polvo al infernal cartel de Baja California. Ben y Chon producen la mejor marihuana de cultivo hidropónico del hemisferio norte. Los mexicanos malos y salvajes quieren robarle el negocio y para doblegarlos secuestran a la flaquita rubia que comparten: Ofelia, famosa por sus orgasmos muy escandalosos. La venganza será terrible.

El libro, que Oliver Stone ya llevó al cine, es atrapante hasta la última página. Tiene pornografía, humor y violencia a raudales. La prosa es coloquial, rápida, proteica, al gusto del lector perezoso que se atiborra de redes sociales. A mí me pone nervioso. Hay capitulitos, incluso, de menos de ciento cuarenta caracteres. Era inevitable. Alguien tenía que hacerlo.
Guillermo Belcore

Calificación: regular

jueves, 30 de agosto de 2012

El DJ se llama Stephen King

Si hoy concluyera 2012, afirmaría sin titubear que la Novela del Año ha sido 22/11/63. Antes de que algún amigo o amiga me salte a la garganta, admitiré que el mamotreto que había elogiado el mes pasado (pinche aquí) no es un alarde de ingenio fantástico o una pasmosa exhibición de estilo, claro que no. Empero, se trata de un libro poderoso que suscita intensas emociones.  Y “provocar una respuesta emocional es lo que debe hacer un escritor sobresaliente, independientemente de su calidad técnica'', como bien establece el mismo el autor.

Stephen King inocula a los lectores maduros -como el administrador de este blog- el virus de la nostalgia. Su magnífica reconstrucción de la vida cotidiana a fines de los cincuenta y principios de los sesenta me ha provocado dolorosas saudades, en mi caso de los años ochenta (pido dejar por un momento lo político de lado). Extraño las costumbres, los lugares, los sabores, las marcas, los programas de televisión, los automóviles, las personas que ya no están en Morón y que si bien nunca formaron parte del círculo íntimo de afectos de alguna manera me enriquecían, como Raúl, el levantador de quiniela apostado en la puerta de la bicicletería de Reinaldo, por citar un recuerdo hermoso.

Los hábitos de una vida común y corriente -sin desgracias ni tragedias- forman parte de una armonía universal, que si son alterados por un intruso -esa es la tesis panglosiana de King- causan calamidades. Todo cambio en el continuo espacio-tiempo es para peor, proporcional a su magnitud histórica. Salvar a JFK de morir en Dallas significa que el racista George Wallace arrojará una bomba nuclear en Hanoi en 1970. Es decir, vivimos en el mejor de los mundos posibles. Los viajes en el tiempo dejan residuos que fastidian a la máquina. Cada viaje al pasado -a través de las burbujas temporales que subsisten como otra extravagancia de la naturaleza- crea su propia cuerda que se termina enmarañando con las demás. El profesor Jake Epping terminó convirtiéndose así en el Candido de Voltaire.

Pero no es la teoría científica al voleo ni la débil ucronía de Stephen King lo que en realidad deseo compartir en esta oportunidad, sino la evocación de la música escuchada con fruición medio siglo atrás. Picado de curiosidad seguí las migas de pan que el escritor fue arrojando por el camino de la trama. Y me encontré con ocho maravillas de la era del rock en pañales o incluso antes.

1) ‘In the Mood‘. 1946. Glenn Miller. Es anterior, pero aún tenía vigencia. Pinche aquí.

2) ‘At the Hop‘. 1957. Danny & The Juniors. Pinche aquí. (¡Impresionante, mi favorito!)

3) 'Since I Don´t Have You'. 1959. Skyliners. Llamé a su chica. Es para escuchar en pareja. Ahora pinche aquí.

4) ‘Whispering Bells‘. Del Vikings. Pinche aquí o mejor aquí. Vaya movimiento el de los veteranos.

5)  ‘Whole Lotta Shakin' Going On’. 1957. Jerry Lee Lewis. Pinche aquí o, si prefiere la versión madura, hágalo aquí.

6) ‘Wings of a Dove’. Ferlin Husky. Pinche aquí. Nunca verá un coro tan cool, se lo garantizo.

7) ‘This Time´. 1961. Troy Shondell. Pinche aquí.

8) ‘Ooh My Head‘. Ritchie Valens. Puede verlo en acción a Ritchie (pinche aquí) o la version remasterizada que suena mejor (pinche aquí).

domingo, 26 de agosto de 2012

Clemencia

Raúl Waleis

Adriana Hidalgo. Novela policial, 304 páginas. Edición 2012

"­¡Bendita sea la ciencia que todo lo ilumina!''
R.W.

La feliz sociedad entre el investigador Román Setton y el sello Adriana Hidalgo ha permitido enriquecer nuestro acervo cultural. Recuperaron nada menos que al primer detective de la literatura argentina: el comisario Andrés L'Archiduc, El Lince de la policía de París. En esta ocasión deberá investigar el asesinato de una joven esposa que en las postrimerías del siglo XIX osaba postular que "el matrimonio es la tumba del amor''. Pero la intriga es lo de menos. He aquí un producto típico de la espléndida y atareada Generación de Ochenta. Al jurista Luis V. Varela (1845-1911) le urgía transmitir un mensaje: "el deber aleja a los seres creados del amor infinito''. Y de paso sugiere a sus conciudadanos reformas humanistas para el ejercicio de las ciencias penales.

Raúl Waleis, por cierto, es un anagrama de Luis V. Varela. Clemencia se publicó en 1877 y es la continuación de La huella del crimen (Adriana Hidalgo, 2009), elogiada en su momento por este blog (pinche aquí). La novela se compone de dos partes: en la primera, el emigrado Rafael Meris rescata una perla del fango, quiere redimir a una prostituta de veintidós años, Clemencia justamente. La segunda es una retrospectiva biográfica: la adorable muchachita narra su origen, es el fruto de una tragedia incestuosa. Aquí vemos a L'Archiduc en acción.

Habiendo quedado establecido el enorme valor cultural e histórico del volumen, debe advertirse al lector que Clemencia tiene largos y tediosos pasajes, más propios del bodrio melodramático que de la novela policial bien lograda. ­¡Pero qué importa! Continuador de Poe, discípulo declarado de Emile Gaboriau, imitador del folletín francés, pedagogo y sociólogo al voleo, Luis Varela seduce con su fatiguez al fatigado lector del siglo XXI.
Guillermo Belcore

Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno