lunes, 14 de junio de 2021

El placer de la transgresión


Por Renata Salecl

Ediciones Godot. 290 páginas. Ensayo de filosofía.

Hay un método de entrecasa para calibrar la rigurosidad del intelectual o la inteligencia de una persona interesada en los asuntos públicos. Comprobar cuántas veces emplea el término "neoliberalismo" en su discurso. El uso frecuente delata una mente superficial, proclive al cliché y a la peor militancia política. Mejor tomar distancia.

Como todo en la vida, hay excepciones. La ensayista Renata Salecl podría ser una de ellas a tenor de una selección de sus columnas publicadas en el diario Delo de Ljubljana que Ediciones Godot acaba de traer a la Argentina. 'El placer de la transgresión' tiene momentos de gran lucidez, aunque se alternan con fruslerías como ésta: "...bajo el predominio de la ideología capitalista de la elección racional, el amor es un problema..."

La señora Salecl es conocida en nuestro país por su ensayo 'Angustia' -el primero en llegar al español- en el que desarrollaba la tesis (¡oh no!, aquí vamos otra vez) de que la ideología neoliberal ha exacerbado las angustias contemporáneas. La pensadora, quien estuvo casada con Slavoj Zizek, visitó Buenos Aires en 2018.

En un punto se declara discípula de Freud. Sostiene que "la enfermedad de la civilización y la enfermedad del sujeto van de la mano", de modo que "las ideas dominantes influyen de una manera decisiva en los tipos de padecimientos psicológicos que aparecen en las personas". De ahí, su interés por descubrir nuevos síntomas generados por las ideologías del capitalismo tardío y la sociedad postindustrial.

Los molinos de viento contra los que carga Doña Renata de la Baja Estiria son el individualismo, los grandes capitales, la obsesión por la productividad, la ideología de la eficiencia, la ideología capitalista de la elección racional, la moral del éxito, la sociedad de consumo. Como se ve, una agenda idéntica a la del Papa, pero mientras Francisco habla en nombre de una fe milenaria y una confianza metafísica, la profesora Salecl basa sus embestidas en qué, ¿el agnosticismo humanista?

Se trata, pues, de un libro basculante. Oscila entre la sensatez y la sutileza, por un lado; y el lugar común y lo insustancial, por el otro. Pero también, entre el comentario que mantiene su actualidad y lo caduco (los artículos se detienen en 2016, con la llegada de Donald Trump al poder, cuando la autora se preguntaba si es menester comparar ese hecho trascendente con la marcha sobre Roma de 1922).

En el primer campo (el fértil), puede ubicarse el repudio al narcisismo postmoderno, una pulsión destructiva allí donde brota, sea un país, una empresa o una familia. "Lo importante para el sujeto es la capacidad de autocontrol y es eso justamente lo que se ha vuelto un problema en la sociedad contemporánea", establece Salecl en la página 71. Más adelante insiste: "La adultez consiste en la capacidad de limitarnos a nosotros mismos".

Ese vaivén de la perspicacia se percibe, por ciento, en un punto crucial. Esta muy bien que Salecl denuncie defectos puntuales de nuestra era como la irrupción del dinero en campos que en el pasado estaban ausentes del intercambio monetario, la deshumanización de la medicina, o las trapisondas de la industria farmacéutica. Es decir, la ensayista aristotélica es justa y necesaria.

Pero la Salecl platónica es muy cuestionable, comparte la ceguera de buena parte de la izquierda occidental. Descalificar en bloque al único sistema político y económico que ha proporcionado libertad y prosperidad a un puñado de pueblos afortunados es una pose infantil, indigna de una pensadora que proviene de un país que ha sufrido en carne propia hasta 1991 las miserias del socialismo real.

En "Hijos del comunismo, súbditos del capitalismo" la filósofa eslovena concluye, con pesar, que "la normalización comunista tiene éxito en el capitalismo"". Basada en una encuesta realizada en Alemania (!!!), denuncia "el borramiento del pensamiento independiente y crítico", muy parecido al que existía en Moscú o en Ljubljana en tiempos de Brezhnev y de Tito. Invitamos a la señora Salecl a pasar una semana -con eso basta- en La Habana o Pyongyang para descubrir lo que realmente es una sistema totalitario, pero viviendo entre la gente común, no como invitada de esos regímenes criminales.

Guillermo Belcore

Calificación: Regular

domingo, 23 de mayo de 2021

El asesino en su salsa


 

El asesino en su salsa

Por Pino Imperatore
Novela policial. Edhasa. 310 páginas

Es comprensible. El signore Pino Imperatore (Milán, 1941) ha querido subirse al carro de la victoria que conducía (suenen las trompetas) don Andrea Camilleri, creador de la saga del comisario Montalbano y el escritor italiano más leído de este siglo (murió en 2019). Pero las diferencias de calidad son notorias; los literatos no deberían ir en la misma cuadriga. Lo que en el novelista siciliano y comunista era gravedad, principios morales y racionalismo; en el texto de Imperatore es ligereza, didactismo muy elemental y una veta cómica similar a la de Darío Vittori.

El asesino en su salsa es la primera novela policial de Imperatore, quien hasta 2018 se había destacado como periodista, dramaturgo y humorista en Nápoles, la ciudad de sus padres y la que adoptó en su corazón. Su salto al género policial es muy reciente, pues. En una de las solapas se dice que "la consagración le llegó por las novelas protagonizadas por el inspector Gianni Scapece", pero hay que tomar con pinzas la información que suministra el sello editorial.

En la reseña de la contratapa se afirma que "Nápoles se ve sacudida por el siniestro asesinato de un niño" (parece que se limitaron a copiar y pegar el artículo de la Wikipedia). Ojo, este crimen nunca ocurre en el libro. En realidad, Scapece investiga el homicidio de un hombre joven descarriado, que vivía de rentas, malgastando el dinero a diestra y siniestra para correr detrás del alcohol, las mujeres y las drogas. Se llamaba Amadeo Caruso, hijo de un magnate inmobiliario. Lo encontró la policía desnudo en su departamento, cuchillo en la espalda, genitales inmersos en ajo y aceite, ají picante en el culo.

La trama se desarrolla en dos direcciones: el misterio policial y un costumbrismo que pretende ser jocoso pero sólo lo consigue en contadas excepciones. Como en el caso de Camilleri, también se deja constancia de la pasión gastronómica y sexual de la Italia meridional.

Para sacar a la araña de su agujero, el detective Scapece cuenta con la ayuda de la buena gente de la trattoria Parthenope, que se van robando la escena. Se engarzan tópicos y personajes estrafalarios que disipan el módico suspenso policial. Como en Dragón Rojo de Thomas Harris, el criminal es un chiflado cuyas maldades se inspiran en un cuadro: Il diavolo di Mergellina, compuesto en 1542 por Leonardo Grazia, mejor conocido por Leonardo da Pistoia, a pedido de un obispo que deseaba deshacer con la pintura un hechizo de amor.

Puede decirse que el autor no demuestra talento para el retrato y la descripción. Escribe como si viviera en el siglo XIX. Todo es concreto y realista, a lo sumo pintoresco. No hay densidades estilísticas. La prosa es sencillísima, lo cual no siempre es un defecto. ("Las cosas más entradoras, son las que el pueblo compriende", estableció el poeta Larralde). El encanto de Imperatori, cuando aparece, es plebeyo: 

"...el inspector clavó la mirada en Fabozzi como una mujer mira al marido al haberlo sorprendido haciendo pis fuera del inodoro..."

El espléndido final ocurre durante las últimas horas de la Nochebuena. Hace olvidar, de alguna manera, el tedio de las páginas anteriores. Scapece confronta al asesino, a esa altura serial, en la bodega de Parthenope, mientras escaleras arriba el restaurante bulle de felicidad.

Añade Imperatore un postfacio en el que agradece, entre otros, al equipo de edición y al coach de la Editorial Planeta, explica lo mucho que se concentra para escribir, y declara su amor por los lectores. ¡Ah, los italianos!

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

viernes, 14 de mayo de 2021

Ampliación del campo de batalla


 

No debe ser tarea sencilla componer en Francia, la mas literaria de las naciones según estableció Jorge Luis Borges. Hay una tradición, ubérrima, que debe ser respetada, honrada y enriquecida. Ese peso puede aplastar a los mediocres, pero los escritores de fuste la aprovecharán en nombre de la bloomiana Teoría de las Influencias. Es el caso de Michael Houellebecq, acaso el último de los malditos de Europa.

Hoy venimos a recomendar su primera novela Ampliación del campo de batalla (Anagrama, 126 páginas) ,entregada la imprenta en 1994 pero que no ha perdido un gramo de frescura como ariete contra la posmodernidad.

En su début, Houellebecq unía tres elementos formidables de la tradición literaria francesa: el misántropo, la náusea existencial y el literato como pensador de la evolución social. Y lo hace muy bien, sin apelar al pesado andamiaje narrativo o a los oscuros juegos retóricos a los que son afectos algunos de sus compatriotas. La prosa es concreta y clara.

El narrador es un ingeniero informático de 32 años, célibe desde hace un tiempo, qué tiene dificultades para vivir en lo que denomina el campo de la norma. Puede que sea el resultado de un desengaño amoroso. Fumar se ha convertido "en la única parte de verdadera libertad'' en su existencia. Con Alta Filosofía (el principal agrado del libro) manifiesta su hastío ante "el agotamiento vital de nuestra civilización''.

El hombre viaja a ciudades de provincias para adiestrar a funcionarios del Ministerio de Agricultura en el manejo de computadoras, intenta provocar un asesinato, cae en manos de psiquiatras, lo internan en un loquero y, finalmente, encuentra algo de paz en la naturaleza agreste.

Sus puntos de vista -siempre interesantes- son los del jacobino decrépito Houllebecq: detesta a los musulmanes, a los gordos y a los feos; se pronuncia a favor de la prohibición de los despidos y del adulterio; clama contra el consumismo; reivindica a Robespierre. De pronto le resulta indiferente no ser moderno (la frase es de Barthes), o mejor dicho no ser posmoderno.

Las ideas de Houellebecq merecen ser discutidas. Plantea que "ninguna civilización, ninguna época, han sido capaces de desarrollar en los hombres tanta cantidad de amargura como la que circula en el presente''. La actual es una generación sacrificada, porque ha sacrificado el amor como inocencia y como capacidad de ilusión en los altares de la libertad sexual.

He aquí lo más discutible: M.H. parangona el liberalismo económico con la libertad absoluta de costumbres. Sostiene que la ley de mercado (económica o sexual) produce "empobrecimiento absoluto''. Dispara una boutade que explica el titulo: "El liberalismo económico es la aplicación del campo de batalla su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases sociales''.­

Vaya tipo, este Houellebecq. Moralista a su manera, provocador nato, llega a escribir lo siguiente: "...los psicoanalistas se comportan como verdaderos enemigos de la humanidad... una mujer que cae en manos de un psicoanalista se vuelve inadecuada para cualquier uso...''.­

Esa jocosa e inspiradora mezcla de disparates y denuncias certeras (respecto a las relaciones humanas suele tener la puntería de Guillermo Tell) hacen del francés un narrador indispensable de nuestro tiempo. Es un soplo de aire fresco -por decirlo con una metáfora gastada- entra tanta aburrida corrección política.

Este blog se ha propuesto, pues, agotar la obra de Houellebecq. Aplaudimos la colección Compendium de Anagrama que este año ha llegado a la Argentina. Ampliación del campo de batalla integra un volumen qué también contiene su segunda y tercera novela. Es lo que viene en este laborioso rincón de crítica literaria.­

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

Publicado en la edición de hoy del diario La Prensa.

domingo, 9 de mayo de 2021

Luna azul

 


Jack Reacher es el Quijote de nuestro tiempo, pero lúcido e implacable. Viaja en ómnibus de un punto a otro a Estados Unidos en busca de aventuras, "sin ningún lugar particular al que ir y con todo el tiempo del mundo para llegar allí". Va ligero de equipaje, sólo lleva la ropa puesta, la tarjeta de débito y un cepillo de dientes (¿qué clase de hombre prescinde del desodorante y de una muda de medias y calzoncillos?). El héroe solitario -1,95 metro de hueso y músculos, 115 kilogramos de masa bien entrenada- se las arregla para atrapar nuestra imaginación; quién no ha fantaseado, antes de la maldita pandemia, con la idea de vagar sin ataduras para conocer el mundo (Reacher cuenta con una ventaja decisiva: una pensión puntual del gobierno de Estados Unidos por haber trabajado durante once años como policía militar).

En el libro número veinticuatro de Lee Child (Conventry, 1954), Reacher llega a una ciudad calurosa de 500 mil habitantes (¿Raleigh?, ¿Cincinatti?) controlada por el crimen organizado. Evita que un ratero le robe un abultado sobre con dinero a un anciano que viajaba en el mismo ómnibus que él; Jack tiene un instinto de supervivencia extraordinario y fue entrenado para percibir las amenazas que nos circundan. 

Por ayudar a don Aaron Shevick y su esposa María, el hombretón termina envuelto en una guerra territorial entre la mafia ucraniana y el hampa albanesa, dos tribus sanguinarias con las que se topan, tarde o temprano, todos los ciudadanos que desean hacer negocios en esta urbe corrompida. Parece Ciudad Gótica antes de la llegada del comisionado Gordón y Batman.

Luna azul (Black & Ríos) es una novela intensísima, repleta de situaciones límite. Corren ríos de sangre. Una vez adentro, al lector le resultará imposible salir hasta la última página (he aquí la verdadera burbuja para aislarse del covid). Reacher debe sobrevivir en una jungla desconocida; lo buscan decenas de matones. Su misión inicial (probono) era conseguir las gruesas sumas de dinero que el hospital le exige a los Shevick para tratar a su hija con cáncer y defenderlos de los usureros (la salud privada de Estados Unidos es como la mafia: si no consigues la plata a tiempo, te ocurren cosas feas). Concluye -junto a un grupete de ex militares- cazando al señor Trulenko, un magnate de la informática que declaró la bancarrota y se hizo humo, el ex jefe de Meg Shevick. 

PUGILATO

El libro ofrece información fidedigna sobre asuntos tan interesantes como el tráfico de mujeres ucranianas para la prostitución en Estados Unidos. Otro agrado que debe mencionarse es la fría y minuciosa descripción de las muchas escenas de pugilato (..."el Ejército de Estados Unidos enseña el combate más sucio del mundo, aunque nunca lo va a admitir en público..."). Child detalla las fuerzas de la física que intervienen, por ejemplo, en un codazo que destroza una nariz o en una patada en la ingle. Veamos el choque de trenes de la página 242:

"...El tipo se lanzó desde lo alto de la escalera, impulsado por piernas potentes, hombros hacia arriba, cabeza hacia abajo, apuntando a cargar, apuntando a plantar un hombro en el pecho de Reacher, apuntando a desbalancearlo y volcarlo hacia atrás. Pero Reacher estaba por lo menos cincuenta por ciento listo, y se sacudió hacia adelante en dirección al tipo, lanzó un violento uppercut de derecha, salvo que no vertical, más a un ángulo de cuarenta y cinco grados, por lo que la cara del tipo cargando y agachándose lo recibió exactamente de lleno, y sus propios cien kilos avanzando se encontraron con los ciento quince de Reacher moviéndose en la dirección opuesta en una ruptura colosal de energía cinética, cara contra puño, suficiente para levantarle los talones y hacerlo caer sobre el trasero, salvo que el piso no estaba ahí, por lo que el tipo cayó escaleras abajo con un salto mortal hacia atrás, una convulsa rotación completa, amplia y alta, y después se estrelló contra la pared de atrás en una salpicadura de extremidades...".

No sólo se trata de fuerza bruta. El investigador, agente del cambio, vengador de los débiles, aplica el método deductivo. Deduce con una precisión asombrosa cómo piensan sus rivales y tiene una increíble buena suerte (el único déficit de invención del libro). Después de sus improbables victorias, se va tranquilo, cabalgando hacia el poniente, como lo exige la tradición del cowboy solitario que signa hasta el día de hoy la cultura popular estadounidense.

La filosofía de vida de Reacher, por otro lado, es la que preconiza la experimentación absoluta. Cada día debe traer una sorpresa; dilapidar el tiempo resulta imperdonable. Pero puede que el grandote desaliñado y mirada desquiciada esté cansado. Le propone que lo acompañe en su vagabundeo continental a una chica, menuda y algo andrógina, que conoció en un bar y se convirtió en su amante. Jack es rechazado; la saga debe continuar. Child y Reacher están en la plenitud de sus condiciones. Sería una pena que, tal como se rumorea, el primero se retire y el segundo quede en manos menos hábiles para narrarlo.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

PD: En este blog se recomiendan otras otra novela de la saga Reacher:

lunes, 26 de abril de 2021

Ultimo viaje


 Por Antonio Requeni

Vinciguerra. 83 páginas. Poesía.

La neumonía de Wuhan, maldición de dimensiones bíblicas, no sólo ha traído a la Humanidad muerte, confusión y miseria. También permitió que brotaran algunas flores en las antípodas de China. El enclaustramiento en Buenos Aires hizo que Antonio Requeni, a los noventa años, volviera a tomar la pluma, "después de un largo período de sequía creativa", según la propia confesión de uno de los poetas más finos de la Argentina. En efecto, entre agosto y octubre de 2020 redactó dieciseis poemas delicados que aquí venimos a recomendar.

El volumen que reúne las dieciséis gemas se titula Ultimo viaje. "Tratar de ser felices a pesar/ de los días nublados, las pandemias/ los políticos y sindicalistas/...", nos sugiere el vate en Felicidad. "...flotar con los violines de Vivaldi/ o en los mágicos versos de un poema./ Tratar de ser felices pese a todo/ para siempre o sólo un rato." Es justamente lo que transmite su última colección de versos (¿última?, ya volveremos sobre el asunto), un instante de felicidad.

"...Siempre nos salva la literatura", canta Requeni en Pandemia 2020: "Hoy es lunes, mañana será martes,/ vendrán luego los miércoles y jueves, /después los viernes, sábados, domingos;/ días iguales a los otros días, / pero con miedo y olor a muerte...", describe la cruel cuarentena. "...¿Quién podrá venir a liberarnos/ de ese lento y tedioso cautiverio?...", se pregunta un literato que además fue periodista y compuso algunas de los mejores textos que han publicado La Prensa y La Nación. Requeni propone los ejemplos de Cervantes en Argel y de Bocaccio urdiendo cuentos lejos de la peste. Nos salvan escribir y leer libros.

A unas pocas cuadras del lugar donde quiere que esparzan sus cenizas (Parque Rivadavia), Requeni asegura -café de por medio- que no tiene ánimos para seguir escribiendo. El cuerpo está fatigado. Ha recibido un premio en España pero no piensa ir a buscarlo cuando termine la pesadilla. Le duele el alma por los que partieron a la Casa del Señor. "...Conmigo ahora el eco de sus nombres. /Fueron poetas, fueron mis amigos" (Amigos). Otras líneas (Cuando un hermano se va) lloran la "cera de tus párpados dormidos" del querido Julio.

Pero quién sabe. La cabeza privilegiada de Requeni está intacta. Caminamos por la Avenida Rivadavia y tras doblar en la calle República de Indonesia surge a mitad de cuadra un imponente edificio que es copia de un palacio florentino. El poeta cuenta su historia y la de los empedrados de madera que ennoblecían estos lindes de Caballito. Sugiere al autor de esta nota un libro: Buenos Aires, museo al aire libre de León Tenembaum, otra gloria de La Prensa. Si el neopobrismo vuelve a encerrarnos un año más, quizás la indignación del poeta estalle en otros versos afortunados.

Escribimos al principio que Requeni había vuelto a tomar la pluma. En Computadora deja en claro que prefiere las antiguas herramientas de redacción, como la Lexicon 80: "Adios pianito de escribir, amigo/ de tantas horas, dócil a mis dedos,/ obediente, capaz de escribir frases / burocráticas, simples o pedestres / ("Le hago saber que el 5 del corriente...")/ o unos versos perfectos e inmortales ("Con el número dos nace la pena"/".

La inspiración lo asalta a cualquier hora. Así lo revela en Insomnio, quizás el mejor de todos los poemas, decisión difícil pues hay muchos excelentes: "La cabeza en la almohada, como un pájaro muerto/ en el oscuro centro de la noche. De pronto/ todavía imprecisa, una palabra irrumpe/ se desprende del sueño, hace señas, insiste, /se desliza en los labios del duermiente poeta/".

Dos escritores reciben un justo homenaje en este librito sublime: Juan Filloy y Julio Verne. Del cordobés (cien años de vida y pico), Requeni recoge consejos existenciales: "Comer la mitad, masticar el doble,/ caminar el triple y reírse más/". Y los desestima no sin dolor: "¿Y de qué reírme cuando el mundo llora?/ ¿Y de qué reirme si todo va mal?". Del inventor del Nautilus, explica: "Me descubrió el placer de la lectura...". Concluye acongojado el poema: "Hoy siento que me invade la nostalgia/ el recuerdo feliz de aquellos días/ de viajero curioso por museos,/ ruinas, mercados, plazas, catedrales./ Ahora, inmóvil en mi cuarto espero/ la aventura del último viaje". 

Ultimo viaje fue entregado a la imprenta setenta años después de que Requeni publicara su primer libro. Lo cierra un romance tristón (Después) que conversa con la nada. "Como antes de haber nacido".

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

domingo, 18 de abril de 2021

Escribano, 60 años de periodismo y poder en La Nación

 


Entre mil estropicios, la irrupción de Internet en la vida social y económica ha demolido una institución venerable: la figura señera del Secretario General de Redacción. Esos colosos -cultos por vocación y tiranos por necesidad- ocupaban un lugar central en la Galaxia Gutemberg. Nadie importante rehusaba besarles la mano. Eran un peñasco en medio de pobladas redacciones, que encarnaban, mejor que nadie, el estilo y el espíritu de un gran diario. Entre ellos, uno de los mejores -sino el mejor- es el señor José Claudio Escribano (83 años). Un libro ha venido a rendir homenaje y discutir las acciones más controvertidas del factotum de La Nación durante buena parte de nuestro tiempo.

Los autores de Escribano. 60 años de periodismo y poder en La Nación (Planeta, 471 páginas) son dos ex colaboradores del majestuoso periodista. Hugo Caligaris y Encarnación Ezcurra han hecho los deberes con el viejo maestro. Mantuvieron con él 45 largas entrevistas; consultaron a familiares, colegas y competidores; y exploraron sus archivos personales, unas 40 carpetas.

El tono general del texto bascula entre la hagiografía pudorosa y la pregunta incómoda. Caligaris & Escurra no renunciaron a la pincelada de sensiblería, ese procedimiento tan desagradable en cualquier escrito. Y le infligen al lector dos o tres errores en relación a fechas (páginas 98 y 369), demostrando que los correctores son otra categoría laboral en franco retroceso. Pero son detalles. La obra tiene interés periodístico y valor histórico.

RECUERDOS DE PODEROSOS

Nacido en la clase media pero hombre del establishment al  fin (con casa en Punta del Este y propiedad rural como marca la tradición), Escribano va desgranando recuerdos de otros poderosos. De Frondizi le  impresionaba su frialdad; de Illia, su astucia zorruna. A Juan Domingo Perón le mandó a preguntar por qué había confiscado La Prensa y no La Nación: "Intervine La Prensa porque siempre fue un diario de la plutocracia internacional"
le respondió el "tirano prófugo" a través de Juan Daniel Paladino.

El entrevistado afirma ser un boina blanca, aunque preferiría una Unión Cívica Radical mucho más a la derecha de donde siempre ha estado ubicada (el novelista favorito de Escribano se llama Ernest Jünger, lo que demuestra dos cosas: es un buen lector y tiene talante conservador). Alfonsín le pidió que exculpe a Carlos Menem del escándalo de ventas de armas a Croacia; De la Rúa dependía de los  ansiolíticos, el whisky y los sedantes, revela. Mauricio Macri no le simpatiza; mientras que Marcos Peña es retratado como un petulante que, bajo el influjo duranbarbista, desprecia el periodismo tradicional.

El capítulo 3 está dedicado a la famosa entrevista privada que Escribano mantuvo en 2003 con Néstor Kirchner y Alberto Fernández. Fruto envenenado de la misma fue un artículo de opinión que generó, acaso, la mayor cantidad de repudios en la historia del diario fundado por Bartolomé Mitre. Es especial, porque pronosticaba que el nuevo gobierno peronista no iba durar más que un año. "No hay nada peor que escribir visceralmente", reconoce un caballero que dejó de comprarse mocasines en Guido porque los usaba el ex presidente santacruceño. 

A pesar de esto, Escribano ha mantenido una excelente relación con Julio De Vido y Aníbal Fernández (nos enteramos que el político de Quilmes es en la intimidad mucho más educado y amable). 

Al actual presidente de la Nación lo desprecia al punto de tacharlo de "pastelero'' o "muchachito de los mandados'' de los Kirchner. La venganza florentina de  Alberto Fernández ocurrió el año pasado y le pegó al periodista donde más le duele. Estupendo final del libro.

LINEA POR LINEA

Evoca Escribano con nostalgia la competencia línea por línea con La Prensa durante la edad de oro de los diarios de papel. Y reconoce que Máximo Gainza tenía razón al criticar con vehemencia la alianza promiscua entre Clarín, La Nación y el gobierno militar en Papel Prensa, ejemplo cabal de capitalismo oligopólico para debilitar la competencia y de venta del alma al diablo de un pilar republicano (la prensa libre) que debería mantenerse lo más lejos posible del Estado para cumplir con su razón de ser. Hoy la empresa fabricante de papel pierde mucho dinero y se ha convertido en una carga que La Nación no puede soportar, se lamenta el Gran Mariscal.

Tampoco le hace gracia el hecho insólito de que su diario se imprima hoy en los talleres de Clarín. En efecto, La Nación es el primer gran diario de la región que se ha desprendido de su planta gráfica y no se trataba de un simple rotativa sino de una instalación modelo. Levantar ese Behemot acerado a fines de los noventa dejó a la empresa con una deuda de 150 millones de dólares, que explotó en el default del 28 de diciembre de 2001. El propio Escribano debió pedir auxilio en Nueva York aWilliam Rhodes, banquero con ínfulas de filántropo, para que el Citibank no ejecutara la deuda.

Internet puso todo patas para arriba y aquella magnífica inversión en maquinarias de última generación concluyó en el fracaso de liquidar la planta gráfica y en la debilidad de que tu principal competidor de hoy en día conozcoa tu tapa y tus contenidos muchas horas antes de llegar a los kioscos. Insólito, ¿no?

Escribano abandonó la Secretaría General de redacción a los 69 años. Fue ascendido a Subdirector. Dice que desde 2006 no pisa la redacción de La Nación pero es obvio que nunca perdio su influencia. No le agradan algunas innovaciones que vinieron con la toma de control por parte de otra rama de la familia Mitre, los Saguier. El libro desmenuza, con espíritu crítico, la subordinación absoluta al marketing, la moda de los consultores y de los coaching (hay algunas prácticas francamente siniestras), el ingreso en tropel de los Opus Dei, la pérdida de prestigio del Suplemento Cultural, el rediseño "mamarrachesco'' de la revista dominical y la irrupción de redactores llanos cuyas creencias se encuentran en las antípodas de los valores y las ideas que el diario siempre ha defendido. Hasta el punto de que la redacción se retobó hace poco por un editorial impecable sobre la tergiversación izquierdista de la lucha contra la guerrilla en los setenta. "Si eso me hubiera pasado a mí, cuando era secretario general, habría renunciado'', asevera un viejo lobo de mar que ve espantado la falta de espíritu de cuerpo en su querida nave.

Ezcurra & Caligaris hablan al pasar de "ocaso'' y "decadencia irreversible'' de los medios de papel. Escribano apunta que el 70 por ciento de los periódicos en la Argentina se hacen con menos de veinte personas; son minipymes que sobreviven contra todos los vientos en contra. Con lucidez, entiende que una sociedad que renuncie a los diarios, lo que perderá será ``un mundo organizado por profesionales''.

El autor de este artículo cree que los diarios sobrevivirán quizás mediante algún artilugio tecnológico como los micropagos (se paga un valor ínfimo por nota leída). La lectura en papel de esa "primera versión de la Historia'' será -como siempre ha ocurrido con los libros- para los happy few. Más allá del soporte técnico, necesitarán los medios del siglo XXI de titanes como Escribano (una marca en sí mismos) que combinen erudición, enorme contracción al trabajo e identificación a pie juntillas con la línea editorial.

En todo caso, no es el diario tradicional el que entró en crisis sino la Modernidad entera. Todas sus instituticiones paradigmáticas se están licuado ante nuestros ojos azorados, como explica Zygmund Bauman en sus libros. La posmodernidad mediática es efímera, irresponsable, amateur, vocinglera y comunica, visceralmente, desde una trinchera. Definitivamente, no es mejor.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

jueves, 1 de abril de 2021

El factor humano


 “Esta es la más inglesa de las convicciones: Toda emoción abiertamente expresada tiene que ser falsa“.
Graham Greene



Resulta difícil de comprender por qué una persona de la inteligencia y sensibilidad de Graham Greene (1904-1991) fue tan indulgente con el comunismo. ¿Era uno de esos esnobs que, contra todas las evidencias, cree que las democracias liberales son iguales a los despotismos marxistoides? ¿Fue un doble agente? ¿Fue un espía fiel a la Corona que hasta último momento quiso despertar la confianza de sus enemigos ideológicos? ¿Sus creencias católicas lo indujeron a respetar y anhelar esa otra Iglesia sin Dios pero con su propio catecismo, sacerdotes y obispos? Lo que está fuera de toda duda es que Greene fue un novelista de primera categoría.

Las preguntas y la aseveración que cierra el primer párrafo se suscitan tras la lectura, gozosa, de El factor humano (Emecé, 302 páginas, edición 1982). Es el fruto de un talento maduro (Graham cumplía 74 años cuando la terminó). Estoy tentado de afirmar que es la mejor de sus novelas, pero no puedo hacerlo porque no he agotado aún -¡ay!- toda la producción greeneana y además temo que la memoria, esa infiel, me juegue una mala pasada. No obstante ello, creo que es una novela perfecta.

 La erótica de la obra deviene de su profundidad psicológico, los juegos de ideas, el manejo de la escena, la elegancia de la prosa y el encanto de la historia. El tallado de los personajes es magistral. Dos villanos atrapan nuestra imaginación: Cornellius Müller, untuoso agente del BOSS (Bureau for State Security de Sudáfrica) y el doctor Emmanuel Percival, sicario amateur del MI6 (la agencia de espionaje externo de Gran Bretaña).

El libro nos lleva a una insignificante oficina del MI6, el Departamento para Africa Occidental y del Sur. La figura central es el analista Maurice Castle, la quintaesencia del burócrata encadenado a su escritorio. Ya está en edad de jubilarse. Vive con su joven esposa bantú y el hijo de ella en un típico suburbio de Londres. Se enamoró de Sarah en Sudáfrica, violando las leyes raciales de entonces. Como la mayoría de los grandes personajes de Greene, es un hombre maduro, atormentado, con la lealtad dividida. Su pueblo, su Patria, son Sarah y el pequeño Sam, un tópico de la literatura británica moderna.

Las autoridades descubren una filtración en la oficina de Castle; alguien está pasando secretos a los rusos. El coronel Daintry, un hombre íntegro, debe encontrar al traidor (¡ah, el extraño apetito por la legalidad del inglés, Borges decía!). ¿Pero qué hacer con el infiel?
Entre trago y trago con otro carcamán del MI6, el doctor Percival, latoso aficionado a la pesca, propone liquidarlo con maní mohoso (aflatoxina). He aquí, pues, otra espléndida trama de espionaje.

El factor humano es también una novela de propósito. Greene, ese moralista, quería denunciar la infamia del apartheid y mostrarle al mundo la podredumbre de los servicios secretos de su país. En el proceso, absuelve a la Unión Soviética de sus peores crímenes (Stalin, Budapest, Praga), pecados “accidentales” que en todo caso “están en el pasado“. Pero no oculta la miseria de la vida moscovita y los turbios manejos del espionaje soviético.

Quién lee con un lápiz en la mano, quedará saciado. En el último capítulo, hallarán dos sentencias memorables que copio para delectación de los amigos:
 

* "La felicidad es siempre una cuestión de personas, no de lugares"...
 

* "Siempre quedará el whisky, el remedio contra la desesperación"...


 

Este blog, discrepa con el maestro británico. Prefiere el vino tinto al whisky para aliviar la desesperación.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente  


domingo, 28 de marzo de 2021

Civilizaciones

 


Se ha afianzado en la Europa continental cierta corriente literaria que bien podría definirse como estilo pueril. No significa que sea un demérito per se una prosa tan simple y plana que hasta un niño podría entenderla, pero el lector adulto que goza con las densidades temáticas y estilísticas es probable que sienta que está dilapidando su tiempo (¡oh, funesto pecado!) con las obras de Michael Tournier o Milena Angus, por citar dos casos.

En esta categoría descafeínada debe incluirse la tercera obra de ficción del profesor Laurent Binet (París 1972), novela de aventuras y delicada intriga que la crítica y público de su país ha consagrado. Civilizaciones (Seix Barral, 442 páginas) recibió el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, lo que delata el estado general de las bellas letras en "la más literaria de las naciones" (Borges dixit).

La trama no carece de encanto ni inteligencia. Binet imagina que allá por el año 1.000 una guerrera vikinga (no es este un libro que carezca de perspectiva de género) conduce a las civilizaciones precolombinas a la Edad de Hierro y les otorga los otros dos elementos que -según los historiadores- les hubiese permitido resistir la conquista europea: el caballo y los anticuerpos. El efecto cascada de ese mestizaje hace que Colón y los suyos sean aplastados por los indios taínos; la corona española renuncia, como consecuencia, a los viajes trasatlánticos.

En 1531 de nuestra era, el emperador Atahualpa, con ayuda de los cubanos y huyendo de su hermano Huáscar, llega a Lisboa con casi 200 súbditos quiteños, guacamayos y un puma. Con un coup de main en Salamanca captura a su colega Carlos V. Con matanzas, guerras, asesinatos selectivos, pactos con potencias extranjeras, alianzas matrimoniales y alivio de los oprimidos logra apoderarse del "imperio donde nunca se ponía el sol", y lo convierte en el Quinto Cuarto.

El Hijo de Sol, inspirado por Maquiavelo, se convierte en rey de España, príncipe de los belgas y de los Países Bajos, rey de Túnez y Argelia, Rey de Nápoles y de Sicilia, emperador del Sacro Imperio Germano (le ciñen la corona de Carlomagno). Francia es su principal aliado. Los Habsburgo se atrincheran en el trono de Viena. Enrique VII se convierte a la religión incaica atraído por la poligamia. Sevilla es el centro del mundo. Desde el Viejo Mundo llegan colonizadores (collas, chimúes, chachapoyas, etc.) y un río interminable de oro y plata; a cambio el Tahuantinsuyo recibe vino, trigo y obras de arte. Ingenioso, ¿no?

NOVELA DE PROPOSITO

Como dijimos, Civilizaciones entretiene como novela de aventuras, pero merece también un análisis como libro de propósito. La ucronía incaica es el vehículo ideal para que Laurent Binet, apostol del izquierdista radical Jean Luc-Melenchon, exprese su ideario progre, al precio de incurrir una y otra vez en anacronismos.

En primer lugar, al autor le interesa persuadirnos del caracter criminal y reaccionario de la civilización cristiana; los representantes del ""dios clavado"" son, en efecto, las villanos de la película, desde el Papa y los inquisidores hasta un Lutero con rasgos de orate. El imperio ecuménico de Atahualpa, en cambio, respeta la libertad de culto, siempre y cuando se honre al Sol, dos veces al año.

También hay un mensaje social y político. El Quinto Cuarto establece el Welfare State, la reforma agraria y el ecologismo con trescientos años de adelanto. Se trata de una civilización benigna que cuida de los débiles y exige a los súbditos, en lugar de impuestos agobiantes, dos o tres meses de trabajo para que el Estado pueda hacer obras públicas y surtir sus almacenes comunales. El monarca sería una suerte de tolerante y sabio líder populista, protector de los pobres. En cambio, la República del naciente capitalismo se define, al pasar, como ""esa forma de gobierno en la que un grupo de nobles se reparte el poder y elige a sus soberanos"".

Binet no ahorra ninguno de los clichés de Francia: los ingleses son pérfidos, los españoles fanáticos y atrasados, los alemanes crueles y desmedidos, los italianos volubles e intrigantes.

CULTO AL PASTICHE

El procedimiento esencial de la novela es el pastiche, el recurso de los holgazanes. No hay aquí un estilo en juego, excepto por el tono irónico muy de vez en cuando. Binet amontona sagas vikingas, el diario fragmentado de Cristóbal Colón, las crónicas de Atahualpa, cartas entre Thomas Moro y Erasmo de Rotterdam, poemas de la Incada (muy malos), el relato de las aventuras de Cervantes (muy divertido).

Usted encontrará en el libro pura narratividad, un suspenso tenue, habilidad para resolver situaciones encastrando los ladrillos del siglo XVI a partir de un hecho que nunca ha sucedido pero con personajes reales como Miguel Angel o Copérnico. Eso está muy bien. No obstante, las buenas descripciones, la poética y la filosofía, y la profundidad psicológica brillan por su ausencia.

En manos más virtuosas para la forma, la original y ambiciosa propuesta de la conquista incaica de Europa (a pesar de sus portentos inverosímiles) hubiera plasmado una de esas novelas oceánicas que mantienen viva la llama de la Alta Literatura. He aquí un libro ideal para adolescentes que gusten de la Historia.

Guillermo Belcore

 Calificación: Regular

domingo, 21 de marzo de 2021

El día del Chacal

 


Los libros son como las personas; algunos envejecen muy bien.
Es el caso de El día del Chacal (Emecé editores, 400 páginas). La opera prima de Frederick Forsyth -y acaso su mejor creación- cumple cincuenta años en 2021 y aún hoy es una cautivante novela policial, que induce a meditar sobre esa magnífica entidad platónica conocida como Francia.

La trama, en efecto, nos lleva a "una de las guerra más sádicas y crueles de la historia moderna" que se libró durante los primeros años de la década del sesenta a partir de la convicción de un grupo de militares extremistas de que el Presidente Charles De Gaulle había mancillado la patria y había prostituido su honor por negociar la retirada de Argelia. Ambos bandos cometieron atrocidades y la novela que lanzó a la fama a Forsyth las documenta.

Viajamos a 1962. Un putsch militar (1) y dos intentos de magnicidio han fracasado. La Organisation del'Armée Secrete (OAS) ha sido infiltrada, diezmada, aislada de sus mecenas. El coronel Marc Rodin, enjuto y fanático, asume el mando de las operaciones encaminadas a asesinar al Judas del Palacio del Elíseo; de inmediato llega a una conclusión: deberá contratar para la faena a un pistolero extranjero, un experto que no figure en los colosales archivos de la seguridad francesa (el punto débil de los Estados cuasi omnipotentes es que son vastas burocracias y lo que no está en sus archivos no existe).

El Carnicero de la Casbah elige a un inglés que, entre otros trabajos, ha liquidado a dos ingenieros alemanes que desarrollaban misiles para el rais de Egipto, por encargo de un magnate sionista de Nueva York. Se sospecha que también mató a Rafael Trujillo. 

La reunión de negocios se celebra en Viena. El profesional llegado de Londres es contratado por 500.000 dólares de entonces, una fortuna que le permitirá retirarse definitivamente del sicariato. La OAS conseguirá el dinero con robos a bancos y joyerías, lo que enciende todas las alarmas en París. El inglés elige como nombre en clave El Chacal, parece ser el hombre ideal, con "un plan que posee en su estructura un solo factor, único, lo bastante insólito para atravesar el muro de seguridad levantado en anillos concéntricos en torno a la persona del Presidente". En la primavera boreal de 1963, Charles De Gaulle era el mandatario mejor protegido del mundo occidental, infinitamente mejor que JFK, por ejemplo. 

A partir de aquí, el lector curioso no podrá dejar el libro. Magnetiza los dedos. Asistimos a los minuciosos trabajos del Chacal -nada dejará librado al azar- para preparar el atentado. (No hay en el mundo un solo hombre a salvo de la bala de un asesino, aseguró a sus mandantes).
 

En Londres roba dos pasaportes y encarga otro a las autoridades (una de las cosas más fáciles del mundo en 1963 -nos dice el novelista- es adquirir un pasaporte británico falso). En Lieja, se hace fabricar un extraño fusil de francotirador y en la capital de Bélgica consigue otros tres documentos apócrifos para ingresar al Hexágono.

"Bruselas tiene una larga tradición como centro de la industria de falsificación de documentos de identidad y muchos extranjeros aprecian vivamente la falta de formalidades con que se puede lograr ayuda en este campo de acción", nos explican en la página ochenta y siete (Obsérvese, por cierto, la elegancia de la prosa de Forsyth).

Sin embargo, el secreto es perforado. El Estado francés descubre la conjura en marcha. La segunda parte del libro ("Anatomía de una cacería") y la tercera ("Anatomía de un asesinato") narran una formidable lucha entre dos voluntades de acero. La administración De Gaulle ha decidido que el desafío de dar un rostro, un nombre y un número de pasaporte al asesino solitario es una labor puramente detectivesca. Por ello, otorga facultades temporales de dictador al mejor investigador policial de Francia: Claude Lebel. 

SABROSA CLARIDAD

La prosa temprana de Forsyth se destacaba no sólo por la delicada ironía y la fineza de algunas expresiones, también relumbra por su estilo periodístico, es decir combina claridad en el decir con toneladas de información. El escritor se había fogueado en Reuters y BBC antes de componer The Day of the Jackal. Ya había sido reclutado por los servicios de inteligencia británicos. Sí, Forsyth pertenece al mismo club afortunado (los escritores-espías) que honraron Graham Greene y John Le Carré, entre otros.

La atención al detalle y la precisión del dato son dos cualidades que merecen elogios. Forsyth corre los cortinados y nos permite atisbar escenarios fascinantes. Desde el espléndido despacho de De Gaulle hasta un tugurio de levante homosexual en París son retratados con esmero. Del primero nos dice: 

"Nada había en la habitación que no fuese sencillo, nada que no fuese digno, nada que no fuese del mejor gusto, y sobre todo nada que no constituyera un ejemplo de la grandeza de Francia".

NOSTALGIA

Un suave tono de nostalgia recorre las páginas. Los hechos ocurrieron en los Treinta Gloriosos, aquella época donde a nadie faltaba un trabajo digno y no estábamos todos colgados de las baratijas tecnológicas. En la meticulosa preparación del asesinato de De Gaulle, el Chacal pasó tardes enteras en bibliotecas leyendo la Encyclopaedia Britannica y colecciones de diarios franceses. También compró varios libros sobre el General. Era 1963, no existía Internet. Era un tiempo tecnológicamente más amable que el nuestro; uno -que está poniéndose viejo- se siente tentado de afirmar.

El filósofo Jean-Franois Revel sostenía que la Francia de posguerra "fue una URSS exitosa". El poder del Estado policial -comprobamos en la novela- era aplastante. Los burócratas se reían del respeto de los policías ingleses a las libertades individuales. Aun antes de la llegada de las computadoras, todos los ciudadanos y legiones de extranjeros tenían un legajo en los sótanos de las fuerzas de seguridad.

Uno no puede dejar de meditar, no obstante, sobre qué hubiera pasado en Francia, en Europa, en el mundo si los militares extremistas lograban asesinar a De Gaulle a principios de los años sesenta. ¿La admirable Nación gala se hubiera despeñado a una guerra civil? ¿Kennedy se hubiera salvado por vía indirecta?

"Los gaullistas habían tenido que luchar para sobrevivir a la enemistad americana, la indiferencia británica, la ambición giraudista y la ferocidad comunista", escribió Fortsyth en la página ciento ochenta. ¡Necesitamos una centroderecha así en la Argentina...!

(1) De Gaulle abortó el putch en abril de 1961, según Fortsyth, con un discurso radial extraordinario, dirigido a los militares: "Os encontráis ante un conflicto de lealtades. Yo soy Francia, el instrumento de su destino. Seguidme. Obedecedme".

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno