jueves, 20 de octubre de 2022

Los prisioneros del cielo

 


A mediados del siglo XVIII, el Imperio Británico orquestó una brutal limpieza étnica en la porción oriental de lo que hoy es Canadá. Se la conoce como La Gran Expulsión.   Se calcula que más de 12 mil súbditos franceses -denominados los acadianos- fueron obligados a partir al exilio. Algunos volvieron a Europa y un puñadito llegó a las Islas Malvinas; pero la gran mayoría se asentó en la desembocadura del río Misisipi, por entonces parte de la Louisiana francesa. Allí, se desarrolló una vibrante cultura católica y latina que ha llegado hasta nuestros días. Estados Unidos la reconoció como grupo étnico en 1980; Isabel II se disculpó con los descendientes de Acadia en 2003. El llamado país cajúnno sólo tiene su música identitaria, su dialecto galo y sus riquezas gastronómicas, sino también su propio detective atribulado. El Philip Marlowe de Nueva Orleans y los pantanos sureños se llama Dave Robicheaux, fruto de la imaginación del escritor James Lee Burke . Si le gusta la novela policiaca no puede dejar de conocerlo.

En Buenos Aires, usted podrá encontrar un precio de saldo una de las joyas de la saga: Los prisioneros del cielo (RBA, 330 páginas), que Burke entregó a la imprenta en 1988. El libro nos lleva al condado de Nueva Iberia, a mediados de los ochenta. Después de una década y media en el Departamento de Homicidios de Nueva Orleans, Robicheaux volvió -con el estómago asqueado- a su aldea natal. Lleva la culpa como una red de pesca sobre la cabeza (es católico practicante). Mantiene una heroica pero devastadora lucha por permanecer sobrio: un súcubo alcohólico vive dentro de él con las garras hundidas en su alma. Montó un negocio de alquiler de barcos, venta de carnadas y souvenirs, y parrilla al paso. Vive con su esposa menonita de Kansas, rubia, bella e ingenua.

Hasta que un día, Dave y Anne ven caer una avióneta al mar desde su barco de pesca. Nuestro héroe se arroja al agua y logra rescatar a una niña salvadoreña. Se ahogaron la madre de la pequeña, un sacerdote y un traficante de drogas. La pareja decide adoptar a la nena, pero tendrá dificultades con la DEA y el Servicio de Inmigración por un lado (la guerra sucia en Centroamérica es el telón de fondo); y con hampones forjados en la fragua de un demonio, porque Robicheaux es de esos justicieros capaces de comerse un bol de arañas antes de dejar las cosas como están. Así, más temprano que tarde se cruza en el camino de un amigote de la infancia: Bubba Rocque, que ascendió de niño conflictivo a mafioso local, disfrazado de empresario próspero, con intereses en el tráfico de drogas y la prostitución.

Se sabe que en una buena novela policial pasan cosas. Y aquí ocurren cosas espeluznantes. La trama magnetiza los dedos. El viejo Burke ha logrado redondear el tono justo del subgénero noir : los personajes son rotundos, los diálogos filosos, la musa del comentario irónico muestra su hermoso rostro.   Hay reflexiones sobre los misterios del mal y la violencia, datos sobre el inframundo del delito (¿a quién no le gusta otear detrás de esos negros cortinados?) y, como bonus track,párrafos que capturan el fulgor de la naturaleza en el sur de Louisiana. La denuncia social se canaliza hacia las más altas esferas: ``Estamos al servicio de una vasta, vulgar y prostituida empresa (NR: el gobierno de Estados Unidos)'', concluye un agente antinarcóticos.

Vea usted los meandros sorprendentes de la Historia. Al fin y al cabo, le debemos el arroz cajún y la espléndida saga Robicheaux a la Pérfida Albión . Agreguemos que Los prisioneros del cielo  dio lugar en 1992 a un largometraje, bastante malo, que puede verso hoy por YouTube, siempre y cuando uno tenga paciencia de acero al tungsteno para soportar el calé madrileño de la traducción. Además, al joven Alec Baldwin no la daba la talla para representar aa ese sombrío sabueso, con el alma desgarrada por dos fuerzas antagónicas: Robicheaux tratar de ser un hombre moral en un negocio amoral, al tiempo que deseaba hacer picadillo -como cualquier hijo de vecino- a quienes lo hacían sufrir .

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno

PD: Propongo esta banda sonora:  https://www.youtube.com/watch?v=Jh9CXnoDua4 

martes, 18 de octubre de 2022

Valle Abraham

 


La ignorancia de cualquier lector, incluso el más avezado, puede compararse con una galaxia. Frecuentamos planetas hospitalarios, nos iluminan algunas estrellas ilustres, y de tanto en tanto seguimos esos cuerpos menores que sólo a nosotros interesan; pero en general nuestros mapas son rudimentarios, la bitácora es dolorosamente incompleta.¡Hay tanto para leer! Y una vida no alcanza. Por eso, el placer del descubrimiento. La llegada de un astro deslumbrante que no teníamos cartografiado. Como la señora Agustina Bessa-Luís (Amarante, 1922-2019), poco traducida al español a pesar de que publicó medio centenar de libros y es considerada como una de las glorias de la literatura portuguesa (recibió el Premio Camoes en 2004).


Con apoyo de la República del Portugal, el sello Edhasa ha traído a la Argentina una novela extraordinaria de Agustina B-L. Valle Abraham (355 páginas) tiene la densidad de una enana blanca y la belleza del lucero de la tarde. En una curva fértil del Duero, dedicada a la producción de vinos finos, se recrea la pasión de Madame Bovary. Viajamos a las últimas décadas del siglo XX. La obra fue entregada a la imprenta en 1991 e inspiró un largometraje del director Manoel de Oliveira, también muy elogiado por la crítica.


­La protagonista se llama Ema Cardeano. Su padre, un labrador que no es rico aunque tiene criados (“coloso de la persistencia”), la entregó en matrimonio a Carlos Paiva, un médico viudo y mediocre, excepto para ganar dinero, “que se aburre sin poder sentir curiosidad o desprecio por el mundo que lo rodea”. El grandulón ama a su esposa “con esa obstinación que las personas del campo ponen en las cosas de su propiedad”, pero Ema se asfixia en esa cárcel, se siente aislada y disminuida. Carlos es el cornudo más famoso de Valle Abraham.


La belleza de Ema “constituye una exorbitancia y, como tal, un peligro” entre la nueva burguesía del interior. La han llamado La Bovarita, pero es un malentendido; no la mueve la concupiscencia sino la provocación, el hambre de aventuras, “la oposición al vacío, a la castración con que la amenaza la vida conyugal y la sociedad en su conjunto”. Tiene a su disposición unos pocos amantes, un filósofo y un paje que le abre puertas en la nobleza europea. Ema “sería capaz de dar la vida por los aplausos”. Parió tres hijos.


La novela no sólo reconstruye en un escenario diferente la historia trágica que imaginó Flaubert. También es un minucioso cuadro de costumbres del Portugal profundo. Hay una galería fascinante de esnobs provincianos: Pedro Lumiares, María Semblano, Pedro Dossem, Fernando Osorio, la servidumbre... Deleitan, asimismo, las digresiones filosóficas que, aunque breves, exigen toda nuestra atención. Son como relámpagos sobre el texto. Agustina Bessa-Luís tenía una maravillosa predisposición a acuñar sentencias. He aquí una: 

“La discreción es el emblema de los auténticos”.­


La degradación posmoderna también es retratada y reprobada como se merece. Se hilvana una suerte de metafísica del desgarramiento. Sin embargo, podríamos decir que lo mejor del libro es la sonda que escruta las profundidades de cada alma. La Gran Dama de Portugal era ampliamente reconocida por el detallado análisis psicológico al que sometía a sus personajes.


Hay que advertir que ésta no es una obra para los lectores con prisas, superficiales. La escritura, con sus saltos temporales y sus digresiones incluso teológicas, es difícil porque es excelente. Acumula puntos de vista y hace alarde del dominio de la metáfora -a lo Onetti- con combinaciones sorprendentes, que a priori parecen imposibles. Agustina Bessa-Luís escribía con la cultura clásica y moderna europea en su regazo. Una mujer tiene “el carácter bravo como Medea”. Un hombre, “la altivez de Ossian en cautiverio”.­


­LOS DOS MILAGROS­


­En 2019, la autora de Valle Abraham partió hacia la casa del Señor. La nación lusitana la lloró. El obituario de El País de Madrid recordó un comentario de José Saramago: “Si hay en Portugal un escritor que participe de la naturaleza del genio, es Agustina Bessa-Luís”. Otros críticos y escritores han comparado su excelencia a la de Fernando Pessoa,”los dos milagros del siglo XX portugués”, como dijo Antonio José Saraiva.


La edición argentina trae otro regalo. Un prefacio de António Lobo Antunes, nada menos. Recuerda que Agustina “vino a caer de súbito, como una piedra inmensa y extraña en pleno charco neorrealista”. Nada tuvo que ver con las capillas literarias promocionadas por el Partido Comunista, por un lado; o por la dictadura salazarista, por el otro. Su prosa es “completamente diferente, completamente nueva, rica, casi barroca, enteramente innovadora, aguda, inteligente, irónica, riquísima, surgida de la nada, de un talento desmedido”, añade el prologuista. Digamos que todas estas virtudes están presentes en las páginas siguientes.­


Uno no puede dejar de preguntarse: ¿No merecía el extraordinario talento de Agustina B-L. el Nobel de Literatura? Por supuesto que no, ya que no se trataba de una intelectual progresista, al gusto de los mandarines de Estocolmo. Se cortarían el cogote antes de reconocer a una mujer creyente que escribía esto: “Sólo las personas seguras de sí mismas pueden creer en Dios”. O esto otro: 

“...las cosas siempre fueron moderamente conducidas por el espíritu clerical, que no era riguroso sino indulgente. Gran parte de la dulzura de las costumbres en Portugal es debido al cura de familia...”.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno­

domingo, 25 de septiembre de 2022

Parezca y desaparezca


Obsesionados con el penúltimo rizoma francés o con la nueva variante del realismo sórdido narrada con acento de Kansas, los argentinos hemos crecido ignorando que existe una gran literatura del otro lado del puente Tancredo Neves. ¿Cuántos saben que el Quijote latinoamericano lo escribió un médico y diplomático de Minas Gerais? ¿Cuántos conocen al distinguido polígrafo Paulo Leminski, gloria de las letras paranaenses, al que la Parca llevó -como Rimbaud- demasiado pronto?


Para curar la ignorancia que plantea la última pregunta, el sello Añosluz acaba de publicar una antología poética de Leminski, que no debería ser pasada por alto por todas aquellas almas interesadas en el género lírico, es decir por la élite de la élite en el arte de la buena lectura. Es una edición bilingüe, muy bien cuidada en su forma, francamente extraordinaria.


Leminski nació en Curitiba el 24 de agosto de 1944 y falleció en esa misma ciudad el 7 de junio de 1989. Fue poeta, novelista, crítico literario, letrista de canciones, publicitario, traductor, ensayista y biógrafo de Jesús de Nazaret y León Trotski. Aprendió en el Monasterio de Sao Bento latín, teología, filosofía y literatura clásica. Fue influido por Mallarmé, por Rimbaud y por los adalides del movimiento Poesía Concreta como los hermanos Augusto y Haroldo de Campos. Practicó yudo, estudió la cultura japonesa y escribió haikus. Se lo definió como ``un prisma de saberes''. Lo suyo era el juego de palabras, apunta en el prólogo excelente Alejandro Güerri, quien también hizo un magnífico trabajo de traducción. Como señala su hija Aurea en el posfacio, si bien Leminski perteneció a la generación precomputadora ``su obra es absolutamente actual''.


El volumen atesora creaturas de seis libros de Leminski, la mitad póstumos: Cuarenta clics en Curitiba (1976), Caprichos y relajos (1983), distraídos venceremos (1987), la vie en close (1991), el ex-extraño (1996), winterverno (2001). Hay poemas que -tal como ocurre con Borges- nada cuesta calificar como perfectos. Transcribimos la llamarada amorosa de la página treinta y seis como ejemplo de virtuosismo:


objeto

de mi más desesperado deseo

no sea aquello

por quien ardo y no veo


sea la estrella que me besa

oriente que me rija

azul amor belleza


haga cualquier cosa

pero por el amor de dios

o de nosotros dos

sea.


Como en el piso de la página se reproduce en portugués, el lector siempre puede paladear la delicada música de la rima. Son, en efecto, versos para paladear, como el buen vino. También, por sus epifanías semánticas. Leminski no sólo gustaba de hacer danzar a las palabras, de crear con la fusión nuevos vocablos, de cruzar lo oral y lo escrito, la cultura libresca y la popular, también descolló como poeta de ideas. Era sentencioso.


Escribió el vate: 


nada tan común 
que no pueda llamarlo 
mío

 

nada tan mío
que no pueda decirle
nuestro

 

nada tan blando
que no pueda decirle 
hueso

 

nada tan duro
que no pueda decir 
puedo.


Uno se queda masticando la última estrofa, de eso se trata la vida, ¿no?


El prólogo de Güerri abre con una hermosa cita del literato: 

La poesía es un inutensilio. La única razón de ser de la poesía es que forma parte de aquellas cosas inútiles de la vida que no precisan de un justificativo, porque son la propia razón de ser de la vida... la poesía es una de esas cosas que no necesitan un por qué.


Leer a Paulo Leminski es una excepcional experiencia estética e intelectual. Quién no necesita semejante regalo. Tal vez, el brasileño esté equivocado y la poesía no sea tan inútil, acaso sea una linterna en lo oscuro.

Guillermo Belcore


Calificación: Excelente

sábado, 17 de septiembre de 2022

Flashman y el ángel del señor

Harry Flashman  nació en 1822 y participó en algunos de los acontecimientos más importantes del siglo XIX. Sirvió en el Ejército británico a lo largo y ancho del planeta, y recibió la Cruz Victoria, la más importante de su país; la Reina Victoria lo convirtió en un niño mimado. No fue la única condecoración de su distinguida y deplorable carrera. También consiguió la Medalla de Honor del Congreso de Estados Unidos, a pesar de que participó en ambos bandos de la Guerra Civil. En 1913 -dos años antes de su muerte- escribió sus memorias.Trece tomos fueron hallados en un salón de ventas de las Midlands en 1966. Su descubridor anotó: "...constituyen un escandaloso catálogo en los cuales pocos indicios podemos hallar de sentimientos decentes, y no digamos ya de altruismo...". En efecto, aunque Flashy se jactaba de haber sido intimidado por Bismarck, estafado por Disraeli, engatusado por Lincoln, sugerido por Palmerston y batallado con Sherlock Holmes... la verdad es que fue un cobarde, un bribón y un libertino (en el Volumen IX se ufana de acostarse con 480 mujeres), un oportunista con todas las letras cuya maniobra favorita -después de la seducción de toda clase de damas- era atribuirse el mérito de triunfos en campos de batalla de los que había huido.


Estoy seguro, amigo lector, que ya se ha percatado de que Harry Flashman nunca ha existido. Es un espléndido personaje literario. Fue creado por el ex soldado y periodista inglés George MacDonald Fraser (1925-2008) que revivió la noble especie de la novela de aventuras , confirmando lo que siempre decimos aquí: no existen géneros menores; existen buenos o malos escritores.


Para superar sus dificultades económicas, Fraser presentó el primer libro de la saga en 1969 (son doce en inglés y trece en castellano). Y la fortuna lo besó en los labios. Consiguió legiones de fans en la anglósfera, pero algunos cómicamente engañados. Escribió hace cincuenta años, Alden Whitman en The New York Times :

 ``Hasta el momento, Flashman ha tenido 34 reseñas en Estados Unidos. Diez de ellos encontraron que el libro era una autobiografía genuina''.


EN LIQUIDACION


El propósito de esta nota es advertir a los lectores de este blog que en las librerías de saldo de Buenos Aires están liquidando las existencias de Las aventuras de Harry Flashman que el sello Edhasa había impreso en español hace veinte años. Vale la pena. Quien esto escribe está dispuesto a agotar la serie, pues combina el humor, el escepticismo político y el rigor histórico, en un delicioso formato de impostura al cuadrado : es decir, son las falsas memorias de un falso héroe del Imperio Británico. Tiene, además, el encanto de lo políticamente incorrecto.


Reseñamos aquí el décimo volumen de las memorias apócrifas: Flashman y el ángel del señor (Edhasa, 571 páginas). Nuestro antihéroe de imponente torso, gruesas patillas y cuidado mostacho se ve involucrado en un ataque terrorista en el estado de Virginia. Viajamos a 1859. John Brown, un fanático líder abolicionista que había ensangrentado Kansas, irrumpe en los arsenales de Harper Ferry, con el propósito de robar armas y dar un golpe de efecto para soliviantar a los esclavos negros. Dixieland quedó aterrada. Hoy se considera el ataque como uno de los detonantes de la guerra civil de Estados Unidos.


¿Cómo llegó Flashman hasta allí se preguntará usted? Bueno, es una larga historia, pero trataremos de resumirla en un párrafo. El coronel, después del motín en la India, debió huir de la noche a la mañana de Calcuta tras ser sorprendido por un juez con las manos en su esposa. Recala en Ciudad del Cabo por casualidad (debió subir al primer barco de pasajeros que partía), donde un antiguo enemigo le tiende una celada (usa a su hija como carnada) y lo envía secuestrado a Baltimore. Allí debería rendir cuentas a las autoridades estadounidenses por pecados del pasado, pero Harry se escapa y termina convirtiéndose en agente triple (temible operario del recontraespionaje) al servicio de una sociedad secreta abolicionista, de una masonería sureña predecesora del Ku Klux Klan y del servicio de inteligencia de Estados Unidos. Unos lo contratan para que favorezca los planes del violento Brown, el gobierno para que los frustre, en su carácter de asesor militar.


El libro no sólo es muy divertido, también es escrupuloso en cuanto a la reconstrucción histórica y el retrato de los personajes reales. Hay escenas libidinosas y otras de acción, muy bien urdidas. Encontramos, entre otros, al gobernador de Sudáfrica Sir George Gray; a Allan Pinkerton, el detective privado más famoso de la Unión; al senador y estadista neoyorquino, William Henry Seward; al general Robert Lee, a la postre comandante en jefe de las fuerzas confederadas.


El señor Fraser, que en 1999 recibió la Orden del Imperio Británico, hizo un trabajo formidable, hasta tuvo la delicadeza de añadir un generoso cuerpo de notas para ubicarnos en el contexto histórico. Se plantea una ucronía: ¿Era la guerra de secesión inevitable o Estados Unidos habría podido abolir la siniestra esclavitud sin pagar el precio de 750 mil muertos, como hizo Brasil?


Por su parte, el bueno de Harry Flashman deja una sugerencia a su legión de admiradores: 

``Dedica todos tus esfuerzos mentales a la única cosa que verdaderamente vale la pena: sobrevivir''.

Guillermo Belcore

Calificación: bueno

PD: Hace catorce años, aplaudíamos la primera aventura de Flashy:  https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2008/03/harry-flashman.htm l

domingo, 4 de septiembre de 2022

La libertad política y su historia

Foto: Diego Botana

Una nación declina -escribió Domingo Faustino Sarmiento- cuando no puede plasmar cuatro promesas: las promesas del crecimiento, del bienestar, del conocimiento (educación y ciencia para desarrollar una ilustración práctica) y de la madurez republicana. La decadencia sobreviene cuando estas promesas dejan de actuar en consuno: decadencia de la economía, de la educación y de la ciudadanía. ¿Cabe alguna duda de que el genial sanjuanino prefiguró a la Argentina decadente de 2022?­


Buena parte de las respuestas a las desdichas actuales podemos encontrarlas en los buenos libros de historia. Como éste, del que transcribimos la cita sarmientina: La libertad política y su historia (302 páginas), de Natalio R. Botana (Buenos Aires, 1937), que acaba de lanzar el sello Edhasa.


Se trata, en realidad, de una nueva versión -corregida y alargada- de la obra que Botana entregó por primera vez a la imprenta en 1991. Son trece capítulos más una introducción sobresaliente que se leen con placer y provecho. El volumen se urdió con retazos de excelencias; une conferencias, trabajos y textos incluidos en otras obras, pero transmite idea de unidad y concatenación. Vale la pena, queremos decir. Trae enseñanzas para el presente.­


Con prosa erudita, Botana sigue un hilo dorado: la historia del siglo XIX es, políticamente, el ascenso de la libertad en el mundo. En el terreno intelectual, aquellos prohombres se habían concentrado en el examen y la digestión de tres revoluciones: la del 1688, la de 1776 y la de 1789. No eran historiadores contemplativos; estaban al servicio de la acción.­


Después de desmenuzar con lucidez la revolución estadounidense y la francesa, Botana desarrolla en la primera parte la polémica intelectual entre dos colosos: Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López. Los temas que se revisan son fascinantes: la revolución de Mayo, las ilusiones abnegadas de Belgrano, el Congreso de Tucumán, la desobediencia de San Martín al Directorio, la anarquía del año XX, las constituciones fallidas de clérigos esclarecidos como el deán Funes, el caudillismo, los liberalismos posibles. El libro en sí mismo es un brillante estudio historiográfico, en el sentido estricto del término, es decir revisa los escritos sobre historia y sus fuentes, y de los autores que han contribuido a desarrollar una conciencia nacional.­


­TOCQUEVILLE, INMORTAL­


­En la segunda parte, encontramos un comentario sobre las Memorias del general José María Paz; una reivindicación de Sarmiento; una visita a la obra del colega José Luis Romero; un detalle de la transformación decimonónica del credo constitucional en Iberoamérica. También el jugoso análisis del pensamiento de Alexis de Tocqueville, “el primer teórico político en tratar la democracia como una materia en sí mismo”.­


¿Son las ideas de Tocqueville, el liberal desencantado, la influencia primordial de Botana? Da esa impresión. “Las instituciones de la democracia, sin costumbres que las respalden, son letra muerta”, es una de las advertencias del lúcido pensador francés, una de las muchas que no han perdido vigencia.­


Se nos dice que Tocqueville, por otra parte, fue el referente cercano de Mitre, Alberdi y Sarmiento. Impresiona una de sus ideas desarrollada en la página ciento ochenta y seis. Si la democracia se asienta en determinadas costumbres, el sustento ético de estos “hábitos del corazón y de la moral” debe provenir de la religión. “En el mundo aristocrático, la religión educaba a la sociedad desde el poder político y configuraba, de esta suerte, un orden clerical. En la democracia, la religión educa al poder político desde la sociedad y por eso conforma un poder moral”. Vale incluso para el agnóstico siglo XXI, creemos.­


El historiador formado en Lovaina, por otra parte, nos muestra algunas contradicciones fundamentales de la Patria que, de alguna manera, se las han arreglado para llegar hasta el presente. Podrían reducirse a una antinomia básica: ilustrados vs. caudillos; hoy liberalismo vs. populismo, en sus distintas versiones, moderadas y radicales.­


El impulso hacia “el despotismo popular” -expresión criolla de “esa fuerza de la igualdad de condiciones” que describía Tocqueville y que puede conducir a la servidumbre o a la libertad, a la civilización o a la barbarie- no ha desaparecido en la Argentina, vemos apesadumbrados en la tercera década del siglo XXI. Por desgracia, ese sentimiento subjetivo que “inspira a los hombres y a los pueblos en pos del ascenso social” suele reivindicar los “personalismos prepotentes que destruyen la delicada relación entre opiniones e instituciones representativas propias de la sociedades libres” (tipo Uruguay y Juncal). Hace 150 años así lo denunciaba Vicente Fidel López.­


Como se ve, la colección de ensayos breves de Botana no sólo expresa el humanismo cívico y aquilata teorías políticas del siglo XXI y el carácter de nuestros próceres. También permite que el pasado interpele al presente. Estableció Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu: 

“La libertad depende de la tranquilidad del espíritu que nace de la opinión que tiene cada uno de su seguridad y para que exista esa libertad es necesario que el Gobierno sea tal que ningún ciudadano pueda temer nada del otro”.

Hoy, los argentinos no somos libres, según la lúcida visión del autor de El espíritu de las leyes. ¿Quién puede desmentirlo? Somo un fracaso digno del mundo antiguo.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura del diario La Prensa


Calificación: Muy bueno­

martes, 16 de agosto de 2022

La perdida de El Dorado


A once kilómetros de la costa de Venezuela se encuentra Trinidad, una isla un poco más extensa que la Gran Malvina. Es la llave del Orinoco, ese río caudaloso que emana del Jardín del Edén, al decir de Cristóbal Colón. Por casi trescientos años, formó parte de una fantasmal provincia del Imperio Español, hasta que en 1797 fue arrebatada por los ingleses, un pueblo aficionado a quedarse con islas ajenas. Hoy forma parte de una nación independiente: Trinidad y Tobago, que tiene el tercer Producto Bruto per cápita más alto del continente, gracias al petróleo y al turismo, pero cuyo mayor aporte a la humanidad puede haber sido el nacimiento de
Vidiadhar Surajprasad Naipaul (1932-2018), uno de los mejores escritores de nuestro tiempo.

El premio Nobel de Literatura 2001 escribió una de esas novelas que nadie que quiera ser considerado buen lector debe ignorar: Una casa para el señor Biswas (1), pero aquí venimos a comentar otra de sus creaciones que, si bien está a años luz de su obra maestra, tal vez interese al amante de la Historia y de los textos muy bien escritos. Después de dos años de minuciosa investigación y composición con admirable soltura, Naipaul entregó a la imprenta en noviembre de 1968 La pérdida de El Dorado (Monte Avila, 430 páginas), una reconstrucción del pasado de su patria, desde 1503 hasta principios de siglo XIX. Se trata de una novela histórica híbrida, de no ficción.

Como las musas han dotado a Naipaul del don literario de la descripción de caracteres, recorre las páginas una fascinante galería de personajes de la vida real. El primero, don Antonio de Berrío, el fundador de Puerto España -actual capital de Trinidad & Tobago- y tenaz perseguir de El Dorado, esa ciudad mítica enclavada en algún lugar de la selva sudamericana que avivó hasta la locura la sed de riquezas de los europeos, y también sus fantasías sexuales (las orgías en la tribu del cacique rubio, con polvo de oro y ungüentos pegajosos, eran extraordinarias, se afirmaba). Por cierto, sir Vidia sostiene en la página 88 que la sífilis ``fue la única venganza que el Nuevo Mundo se cobró con el Viejo''.

Aquí, asimismo, tropezamos con sir Walter Raleigh, prototipo del corsario anglosajón, versado en cultura clásica pero cuyo propósito -además de conseguir metales preciosos- era el exterminio de la raza española en el Caribe. Luego, con sir Tomás Picton, primer gobernador de Londres, que -con mano de acero en guante de hierro- convirtió a Trinidad en una colonia infame, similar a las islas azucareras de las Indias Occidentales con sus plantaciones de esclavos.

Aquellos frívolos que sostienen que a la Argentina le hubiera convenido el triunfo de las Invasiones Inglesas y cambiar un amo por otro, deberían mirar de cerca los planes de Londres para convertir a Sudamérica en una nueva Asia, como ocurrió con Trinidad y Tobago, donde llevaron más de 150.000 hindúes de las atribuladas planicies del Ganges para reemplazar a los negros de las fincas, entre ellos a los abuelos de Naipaul.

Las copiosas fuentes documentales de este libro son otros libros -como las narraciones de Raleigh, o de Fray Antonio Caulin, o del historiador Fray Pedro Simón, o del periodista Mc Calllum-, el Archivo General de Indias de Sevilla, cartas y diarios personales, el Courant, periódico trinidense. Realidad y fantasías de la mente se amalgaman como en las mejores obras del género novelístico, aunque La pérdida de El Dorado también tiene sus momentos aburridos.

Francisco Miranda, el revolucionario, es otro de los personajes encantadores que evoca Naipaul. Un inglés amigo suyo fue quien quiso apoderarse de Buenos Aires en 1806, cuando en realidad debía haber capturado Ciudad del Cabo. Miranda fue traicionado por un petiso misterioso -admirador de Napoleón Bonaparte y con un matiz de sangre africana o indígena- que negoció con Gran Bretaña el reconocimiento de la Venezuela independiente. Se llamaba Simón Bolivar.

Aristotélico cabal, las personalidades, las voluntades en pugna, los defectos y las virtudes de cada individuo son más importantes para Naipaul que los movimientos sociales (el rugido de la ola debajo de los pies de cada hombre, como decía Bismark). No obstante, el peripatos, se nos obsequia una perspicaz descripción de los caracteres nacionales. En la entidad colectiva Reino Unido, el novelista encuentra ``esa característica tensión inglesa, que en apariencia era reticencia, y que involucraba jovialidad, ambición, buena reputación y alevosía...''

En el alma de España, la búsqueda de honores va pareja a la de riquezas, y se constata ``la consagración a librar una guerra santa, aferrados a un código caballeresco anacrónico...''. La exploración y conquista de América fue para los hijos de la Madre Patria ``la última aventura medieval''; para los franceses e ingleses, una empresa capitalista. En la página 76, se deja establecido que ``los españoles, ni aun en los casos de extrema necesidad, jamás sembraban, dependían de los nativos para su sustento''.

Es inevitable pensar que muchísimos argentinos han heredado esa tara mental; miles de hidalgos de pacotilla -incluso muy influyentes- desprecian el trabajo agrícola y abominan del comercio internacional. Así le va a la Patria.
Guillermo Belcore

Publicado hoy en el diario La Prensa.

Calificación: Bueno

lunes, 15 de agosto de 2022

Madres, padres y demás


Por Siri Hustvedt

Seix Barral. 410 páginas


Un sello editorial ha creído oportuno publicar un cajón de sastre de Siri Hustvedt (Minnesota, 1955). Madres, padres y demás, en efecto, reúne apuntes de las más variadas procedencias, con una calidad muy despareja. Es el precio que suele pagarse cuando se imprime como libro lo que nació para ser otra cosa.


El volumen incluye, básicamente, dos temáticas: recuerdos familiares y comentarios literarios. Los primeros son insulsos (efecto tempestad en tubo de ensayo) y apenas atrapan la inmensidad de las planicies de Minnesota (¡Oh, Fargo!). Los segundos basculan entre lo mediocre y lo interesante. Uno tropieza con sentencias francamente ridículas como ésta: ""El arte es como el sexo. Si no te relajas, no lo disfrutarás" (El futuro de la literatura, conferencia en Oslo, 2017).


Sin embargo, como decían los antiguos, no hay libro tan malo que no incluya algo bueno. El lector podrá disfrutar de dos sagaces críticas. La señora Hustvedt desmenuza Persuasión de Jane Austen (es el prólogo de otro libro) y Cumbres Borrascosas de Emily Brontë. Aunque la deconstrucción es lo suyo, la ensayista hace un valeroso esfuerzo para escapar de una moda estadounidense: la indignación moral ante los clásicos. Dispara (y da en el blanco) en la página 227: 

"Limpiar la literatura de las manchas de la misoginia, el racismo y la xenofobia, por no hablar de otros innumerables delitos horribles contra la especie humana, reduciría en un abrir y cerrar de ojos nuestras bibliotecas a un tamaño alarmante de unos pocos volúmenes bendecidos por aquéllos que han asumido la ardua tarea de la depuración literaria".


Hay que destacar que el volumen será de utilidad para aquéllas personas interesadas en la llamada perspectiva de género. Siri Hustvedt es una de las campeonas del movimiento feminista (en el modo suave), lo que podría haber generado cierta sobrestimación, en ciertos círculos, de su talento literario. No estamos ante una Doris Lessing o una Alice Munro. Estamos uno o dos escalones más abajo y se percibe en los textos. En la página 161, se culpa a Platón por la discriminación hacia los libros escritos por mujeres; supuestamente es el filósofo que ha moldeado el pensamiento de Occidente.


En el último capítulo leímos un brillante artículo periodístico. Hustvedt evoca a Sylvia Marie Lickens, una niña torturada y asesinada por una mujer diabólica y sus hijos, en Indiana, década del sesenta. Para explicar la barbarie, la autora llama al estrado al erudito francés Gustave Le Bon, quien propuso la teoría de la mente grupal: 

"...una fuerza inconsciente creada por contagio de un sentimiento que vibra a través sus múltiples partes individuales hasta convertirse en una realidad mental única. La multitud es crédula y fácilmente influenciable por medio de la sugestión...".


¿No es eso lo que nos ha ocurrido en la maltratada Argentina? Una nación vejada -y acaso asesinada- por la mente grupal populista.

Guillermo Belcore

Calificación: regular

domingo, 7 de agosto de 2022

En los más profundo del sur

 


En los más profundo del sur de Estados Unidos hay un lago maldito. Siempre está frío, como el algor mortis; siempre es negro, como el alquitrán. Un explorador, con algunos conocimientos de educación clásica, lo bautizó Karagol, en alusión al espejo de agua de Esmirna donde Tántalo -el antropófago, el filicida, el ladrón- fue atormentado por los dioses.


Algunos hombres no muy listos han erigido un pueblo en las cercanías de ese lago tóxico. La población se llama Cargill y está ubicada en el centro de Burdon County, el más pequeño y deprimente de los municipios del estado de Arkansas. Es un pozo de maldad. Su vida política, social y económica ha sido controlada por el clan de los Cade -una verdadera manada de lobos- desde que se tenga memoria, incluso desde antes.


A Cargill llegó a fines de la década de los noventa el atribulado Charlie Parker en busca de pistas sobre el demonio que asesinó a su mujer y a su hija, y lo destrozó a él. Es que en el Bosque Nacional de Oauchita han aparecido los cadáveres de tres chicas negras, con ramas clavadas en la boca y en el ano. Crímenes espantosos y exhibicionistas. Quién sabe, puede que sea el mismo demente. Los Cade decidieron, no obstante, que la investigación se estanque hasta tanto el condado consiga firmar la radicación de una industria armamentista que sacará de la miseria secular a sus habitantes y en el proceso volverá más ricos y poderosos a los cuatro miembros del clan. Gobierna en la Casa Blanca un hijo de Arkansas: William Jefferson Clinton -el “Taimado Billie”, para los lugareños- se ha convertido en el cuadragésimo segundo presidente de Estados Unidos y llueven los incentivos para la inversión en su estado natal.


Bienvenidos, lectores, a la novela número diecinueve de la magnífica saga Detective Charlie Parker. El irlandés John Connolly (Dublin, 1968) la había entregado a la imprenta en enero de 2020. En lo más profundo del sur (Tusquets) es un thriller atrapante, que incluye sólo un par de elementos fantásticos, la especialidad de la casa.­


­LA CORTINA DE MAGNOLIA­


­El libro se despliega en dos tiempos: el ahora y el entonces. El primero ocupa poquitas páginas, al inicio y al final. Un llamado telefónico desata la evocación. Como dijimos, Parker cruzó hace veinticinco años la Cortina de Magnolia para seguir una pista que le había proporcionado su amigo, Woolrich, agente especial del FBI. Pero el monstruo de Cargill no es el mismo que le ha roto el alma en Nueva York. Uno de los pocos hombres justos del condado le pide ayuda a Parker para poner fin a la matanza de las inocentes. El ex policía (no era aún detective privado, ni si había afincado en Maine) se encoge de hombros, no es su problema. Una visión, empero, lo hace recapacitar (“¿quién puede distinguir la realidad de la fantasía?”) y el sabueso de treinta y pocos años -pero que habla como Phillips Marlowe y obra como un veterano de guerra- se suma a la cacería humana en una región empobrecida, donde muchísimas personas cultivan el resentimiento y el odio como si se tratase de plantas de interior.


Hay muchas razones para recomendar esta novela policial. La pequeña filosofía, por ejemplo. Como todo literato de la católica Irlanda, Connolly suele reflexionar sobre el problema del mal y de la perversión moral. La antinomia fundamental de la trama es entre hombres rectos y hombres torcidos. El jefe de la Policía Evander Griffin vs. el investigador principal del sheriff, Jurel Cade.


Una vez más, muestra Connolly una destreza inusual para el retrato. Los personajes secundarios son formidables, sobre todos los pecadores. Atrapan nuestro interés los matones Pruit Dix y Leonard Cresil, hombres abominables con una veta de crueldad de dos kilómetros de ancho. ¿Qué son estas entidades malignas? Acaso, aberrantes anomalías de la evolución que se sienten atraídas por una fuerza del universo anterior a la humanidad: el mal. Pero sería injusto calificar a la literatura de Connolly de maniquea: sus criaturas son complejas, sumidas en contradicciones. Parker sobre todo.­


La carpintería de la obra también merece elogios. El ritmo, el manejo de los tiempos narrativos, es excelente. Parker entra en acción en la página ciento veinte; el asesino aparece en la doscientos cuarenta. Nunca el tedio asoma su fea cara; el cuadro costumbrista entretiene. Se nota el trabajo de campo. Connolly ha querido denunciar “una cultura particular y un conjunto distintivo de resonancias históricas”. En Burdon County nada está limpio: “Trace usted una línea con la regla y le saldrá torcida”.­


Debe destacarse también el tono justo de la prosa que ha conseguido el experimentado autor. Se ha dicho que la buena novela policial es, además del tema, una técnica narrativa, perfeccionada en Estados Unidos. Es un retintín, un feliz exceso de la ironía y la hipérbole con un ping pong de ingenio en los diálogos. El forastero John Connolly ejecuta con sublime habilidad el procedimiento.­


Para sintetizar, En lo más profundo del sur podría definirse como el escape ideal para cualquier argentino que desee leer algo diferente a su penosa realidad. A todos, amigo lector, nos duele la Patria en el cuerpo.­

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa


Calificación: Muy bueno


PD: En este blog laborioso elogiamos otros libros de Mr. Connolly:


https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2018/04/el-invierno-del-lobo.html.

http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2008/11/los-atormentados.html.

http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2015/03/cuervos.html.

http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2013/12/nocturnos.html.


domingo, 17 de julio de 2022

El agua electrizada

 


Como una estrella fugaz, Carlos Eduardo Feiling (Rosario, 1961-1997) cruzó el universo literario argentino. La metáfora no es antojadiza. Bien puede ser comparado el literato con un meteoroide, esos pedacitos de roca del espacio que arden en cuestión de segundos cuando ingresan a la atmósfera. La escueta obra de Feiling, en efecto, tuvo un brillo singular; deslumbró a los entendidos. Una maldita leucemia se llevó al hombre demasiado pronto. Pero nos quedan sus artículos periodísticos y sus pocos libros. Hace treinta años publicaba la mejor novela policial de su generación y una de las más exquisitas de toda la literatura en español.


Aquí, pues, el rescate del El agua electrizada (169 páginas). Puede conseguirse; no hace mucho fue reimpresa por un sello local. Es una obra extraordinaria. Plantea Feiling un misterio policial que involucra a la represión ilegal de los setenta. Crea un antihéroe fascinante, pura intelectualidad que va por la vida pensando en latín e inglés pero honra tradiciones porteñas como el culto a la amistad. Cada frase refulge; la influencia de Borges es poderosa y decisiva en el estilo minucioso de Feiling.­


El protagonista-narrador se llama Anthony Edward Hope, guardiamarina de la reserva que se gana la vida enseñando lenguas muertas a adolescentes renuentes. Un alfeñique de cuarenta y cuatro kilogramos con bigote militar, color de rata con tiña; canas incongruentes con su edad y dientes podridos. El alcohol y las citas clásicas son su refugio.


Tony se lanza a investigar el improbable suicidio de un viejo compañero del Liceo Naval: Juan Carlos Lousteau, el Indio. No lo mueve sólo la curiosidad (el deseo de saber) y el afecto, sueña con seducir a Irene, la hermana del amigo muerto. El Indio dejó una nota intrigante, alude a la muerte de dos mujeres en la bañera ("el agua electrizada''), una era hija de un capitán de corbeta que dirigía la pesada del Servicio de Inteligencia Naval; la otra, una de esas montoneras quebradas por la tortura.


Aparecen personajes fascinantes. Horacio Acosta, el poeta "pulastrón''. Nahum, periodista escriba de asuntos policiales. Los amigos de Tony. El siniestro Doctor Lagormasino de la Policía Federal que ordena moler a golpes al detective aficionado (¡Qué buen capítulo, por Dios!). La resolución del caso es perfecta. Nunca hay que subestimar al azar.


La novela deja testimonio de algo que hoy no podría desmentir ni el más obtuso de los ciudadanos: la pauperización de Buenos Aires. Está repleta de ideas ingeniosas; sólo las declamaciones contra la clase media son un cliché. De todos modos, lo que hace a El agua electrizada una gema rarísima es la prosa de Feiling, esmaltada con "pedantescas menciones'', en palabras del propio autor. No obstante, la elegante erudición nunca es ostentosa. Copiamos un párrafo magnífico de la página setenta:­


"Desde la atmósfera diáfana y rumorosa del bar, cobraba vigor la idea de una armonía preestablecida. Good old Gottfried Wilhem. El mundo real era el mejor de los mundos posibles, y no había mal que no contuviese. Tony terminó su medialuna, tragó el café oleoso mientras examinaba de nuevo a los ocupantes de las mesas, quizá ajenos -quizás no- a cualquier intento de Teodicea. Ninguno parecía ser Nahum: la impuntualidad hubiera merecido el último círculo, ya que después de todo era una forma de traición''.­


¿Se escribe como se vive? Uno mira la foto de C.E. Feiling en la solapa de tapa de la añosa edición de Sudamericana y descubre que la barba bien cuidada, la corbata, el pantalón de vestir, los zapatos impecables se corresponden a un escritura atildada; siempre la palabra justa, el vocablo raro y escogido como exorno. Piénsese en su opuesto, un Horacio González digamos.


Dicen que Feiling, el formidable crítico que abominaba de Jauretche y Osvaldo Soriano (le costó el trabajo en un diario), quiso demostrar a sus amigos que era capaz de fabricar novelas de género, como el que más. Lo logró con creces. Pero tenía una mirada melancólica con respecto al oficio de literato. Página ciento sesenta y seis: 


"...lo verdaderamente patético es ser escritor, perder la vida por completo en la transmutación dolorosa en unas pocas sensaciones  y sentimientos. Que en el mejor de los casos, el hipotético caso de estar bien realizada, sólo proporciona placer a los otros''.­

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

domingo, 26 de junio de 2022

El mentalista


Con un éxito rotundo, la industria editorial ha desarrollado una manufactura ligera que comúnmente se denomina best-seller, pues son los libros que más se venden. Apunta a satisfacer las demandas de esa gran porción del público que abomina de las densidades temáticas y estilísticas, cuyo gusto se ve saciado, por lo general, con una intriga más o menos bien narrada, y si se adereza con melodramas, mejor. El crítico Sergio Crivelli la llama "literatura de supermercado", pues se trataba de su principal canal de venta en el Primer Mundo hasta la llegada del comercio electrónico. Esta columna propone el símil del cinematógrafo: literatura pochoclera.


Desde 2003, cuando entregó a la imprenta La princesa del hielo, la economista Camilla Läckberg (Fjällbacka,, Suecia, 1974) ha prosperado en las estériles mesetas de la literatura pochoclera. Algún ingenioso del marketing, amante de las hiérboles, la ha bautizado como "la reina del policial nórdico", esa cuerda que se ha estirado demasiado desde que Henning Mankell parió al inspector Wallander. 


La señora Läckberg, no obstante, merece respeto. Vendió más de treinta millones de copias en setenta países, y hasta tiene su propia marca de vino. Ahora se ha asociado con el mentalista Henrik Fexeus (Orebro, 1971) para forjar una nueva saga de novela negra: Vincent y Mina. Literatura en colaboración; que Jorge Luis Borges y Bioy Casares los absuelvan en el Parnaso. La primera entrega ha llegado a la Argentina: El mentalista (Planeta, 715 páginas). ¡Cien mil ejemplares la primera edición para la hispanósfera!


EL ESCUADRON SUECO


Mina Dabiri integra en Estocolmo un grupo de elite que se dedica a lidiar con los peores criminales, dirigido por la hija del jefe de Policía. En el escuadrón, por desgracia, no se encuentra el detective Robert Goren sino el erotómano Ruben, el amargado Christer, y el pobre Peder que se muere de sueño porque su esposa tuvo trillizas. Trasmiten, por lo general, la idea de mediocridad.


La unidad se encuentra sumida en el desconcierto. En una caja de madera abandonada en un parque público apareció el cadáver de una joven mujer atravesada por espadas. No hay pistas. La oficial Dabiri -germanófoba a lo Adrian Monk- sugiere contratar, en calidad de asesor externo, al famoso mentalista Vincent Walder para indagar en el mundillo del ilusionismo. Pronto descubrirán que se trata de un asesino en serie con un solo modus operandi: las víctimas mueren -con gran sufrimiento- como consecuencia de trucos de ilusionista fallidos.


La investigación del caso policial -obstaculizada por los estrictos protocolos suecos- es lo mejor del libro. Hay algunos giros interesantes y uno avanza hasta el final ansioso por saber quién (y por qué) perpetra tan espantosos homicidios. Todo lo demás es relleno insulso: la vida privada de Vincent; los defectos y los secretos de los policías; un flashback a Kivibille, 1982. Abundan las sensiblerías, las redundancias y la corrección política (los malos son un grupúsculo ultranacionalista y los periodistas). La sonda psicológica que lanzan Läckberg y Fexeus entre sus caracteres explora tan solo en las profundidades de un dedal.


Ambición no le falta a la obra, pero ojo. La literatura pochoclera tiene sus reglas de acero. La trama debe trozarse en capitulitos, no sea que algún otario se pierda. Otro mandamiento industrial: a cada paso el autor deberá enseñarle algo al lector. Si la Wikipedia hablara, lo haría como los personajes de este libro. En la página 164, por ejemplo, nos enteramos que los seres humanos tienen más dificultad para asimilar la información externa cuando se cruzan de brazos. "Los gestos están tan indisolublemente ligados al pensamiento que de forma automática el cerebro se encierra en sí mismo si tenemos los brazos cruzados", escribió probablemente Fexeus, que se presenta como experto en comportamiento gestual.


En la pagina 513, uno de los investigadores, fastidiado por el embrollo increíble del caso, masculla: "Vivimos en el mundo real y no en una novela policíaca barata, en el mundo real las cosas no son tan complicadas".  Los autores aplican aquí el viejo truco de los anillos de Al Koran (Página 590). Censuran el mismo truco que ofrecen. 


Hasta donde sabemos, nadie ha destruido con más inteligencia está apuesta zonza por la inverosimilitud criminal que Raymond Chandler en El simple acto de matar. Recomendamos con toda convicción la lectura de aquel miniensayo de 1950 que postula la necesidad impostergable del realismo en el género policial.

Guillermo Belcore

Publicada hoy en el Suplemento Cultura de La Prensa.


Calificación: Regular

jueves, 16 de junio de 2022

Piquito en las sombras



 

 De cara al milagro estamos todos, inmóviles en la espera.

Leonardo


­Muchos elogios de la crítica especializada ha recibido durante las últimas tres décadas la producción literaria del señor Gustavo Ferreyra, sociólogo y profesor universitario, nacido en 1963. Alguien podrá decir: ¡Eso no significa nada en la Argentina!, teniendo en cuenta el estado zombi del comentario literario regido -salvo honrosas excepciones- por la cobardía, el amiguismo y la falta de erudición e imaginación del conjunto. Pero cuando el río suena, a veces agua lleva, aunque sea un hilito. Ferreyra compuso doce novelas y un libro de relatos, entre los que se destaca la saga de Piquito de oro.


Acaba de publicarse la cuarta entrega de la serie: Piquito en las sombras (Alfaguara, 619 páginas). El antihéroe es un sociólogo chiflado, condenado a prisión por haber hundido un pico en el cráneo del doctor Cianquaglini. Tiene delirios mesiánicos, quiere encarnar a Simón el Mago; tiene dos fieles amigos de tela, los muñecos Cachimbo y Maloy. Lo visitan dos mujeres incondicionales: Josefina, su pareja, veinte años más grande; su discípula, Bruna Yapolsky, veinte años más joven. El charlatán está obsesionado con los excrementos y con el pueblo calmuco.


La cuidada arquitectura narrativa se divide en dos partes. En la primera (``Que lo que sea, continúe'') se alternan las cartas que Piquito le envía a su amigo Daniel (mejor dicho su ex amigo pues lo ha traicionado) con la propia vida de Daniel Guterman, un hombre neurótico y holgazán, que vive de rentas, muestra veleidades de poeta y tiene un hijo (no reconocido) con su mucama. Desliza Ferreyra que su perfil es ideal para convertirse en dirigente fanático de izquierda, del Partido Obrero digamos. La segunda parte (``Sin espalda'') transcurre tres años más tarde: encontramos a Piquito (se llama Leonardo) confinado en un manicomio tras escaparse de la cárcel; sus peripecias con médicos y mujeres se ensamblan con tediosos ditirambos del `huroncito' Yaposlky. La trama da siempre impresión de tempestad en un tubo de ensayo, excepto cuando aparece la muerte.


Podría decirse que la antinomia primordial que plantea la duodécima novela de Ferreyra está algo gastada: intelectualidad vs. vida auténtica, ``el brillo fugaz de las verdades de la gente que viene de los suburbios''. Hipocresía discursiva vs. pragmatismo del cuerpo. Es el añoso mito del buen salvaje: nos fuimos de Africa demasiado pronto y en las tundras gélidas de Eurasia nos pudrimos por la cabeza, establece el asesino epistolero. El texto se mofa pues de los cultores del ``marco teórico'', de los que tributan a un sistema de ideas; el lector encontrará críticas tan inteligentes como cordiales al mundillo progre en que suponemos se mueve el propio Ferreyra, aquél en que se emanan ``los efluvios marxistas que borbotean como un reflujo ácido''.


Una par de curiosidades. En la página doscientos nueve se lisonjea a Horacio González (``ese hombre fluye como un manantial'') y aparece Néstor Kirchner en una asamblea de Carta Abierta. Naturalmente, tiene la talla del hombre providencial (estamos en 2008). Daniel lo ama ``porque todo lo que detesta de la sociedad se enfrenta a cara de perro con ese hombre''. Es decir, kirchnerismo por odio al antikirchnerismo.


En este punto, debemos aclarar que quien esto escribe no ha leído las tres entregas anteriores de Piquito, por lo tanto de seguro se nos escapan algunos juegos, si bien el autor es un literato amable que permite ser comprendido sin conocimientos previos. Habíamos elogiado hace once años otra novela de Ferreyra, Doberman (1), basada también en los delirios de un psicótico, procedimiento siempre riesgoso.


He aquí el problema de la duodécima novela de Ferreyra: los monólogos de Piquito abruman, degeneran en cacofonía insoportable. Pura verborrea, que no debe confundirse con exuberancia verbal, el barroquismo que relumbra por su poética o su filosofía. Es indudable que Ferreyra es un escritor de fuste que se toma su trabajo en serio y le encanta lo que hace. Compuso aquí capítulos de dimensiones similares: los del profeta Leonardo, diez páginas; los de Daniel, trece. Ese afán por darnos un latido, una especie de musicalidad, se malogra por la catarata de bobadas que escupe el personaje principal. Aburre Piquito. Quizás porque solamente nos resultan interesantes los locos que a su vez son geniales. Relámpagos de lucidez hay; pero no son tantos. Una obra recomendable, por lo tanto, para la grey ferreyreana.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Regular


(1) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2010/11/doberman.html

lunes, 6 de junio de 2022

El inglés en el paraíso


Entre todos los sinvergüenzas que han honrado la literatura europea durante el siglo XX, uno de los más interesantes y fecundos ha sido Curzio Malaparte (1898-1957).
Periodista, intelectual en el sentido amplio del término, Narciso de la política y las artes ha dejado algunos textos notables: agudos y elegantes retratos de época y sátiras. Se lo conoció como El camaleón, por su plasticidad ideológica: militó en el fascismo, en el antifascismo, en el  el comunismo de cuño soviético, en el maoísmo y finalmente abrazó la fe de Cristo. Curzio se consideraba como "un mártir de la libertad'', pues Mussolini -ese loco- lo envió a la cárcel durante cinco años.


  En 1962, apareció en Italia una recopilación de artículos que en la década del treinta Malaparte había publicado en el Corriere della Sera, algunos desde su confinamiento en la isla de Lípari. El libro se tituló El inglés en el paraíso. Tuve la fortuna de encontrar en la feria de libros usados de la Parroquia Nuestra Señora de Loreto -organizada por Caritas- el tomo que Plaza & Janes publicó en 1967, que incluye otras dos obras de Malaparte: Evasiones en la cárcel y Sangre. Oro en letras. El primero de los ensayos reúne, acaso, las más exquisitas injurias que un latino ha escrito sobre el hijos de Albión. Establece Curzio que un hombre y un inglés definitivamente no están hechos para entenderse.


Tal como hizo con los italianos y con los rusos en El Volga nace en Europa (1), el cachafaz de Curzio reflexiona sobre la esencia platónica de una nación. Sus conclusiones son seductoras por extravagantes. La verdadera naturaleza de los ingleses es angelical -afirma-; son seres alados que realizan el bien o el mal con un candor maravilloso y que miran, con un incorruptible desdén, al resto de la humanidad desde lo alto de una montaña... Como de Quincey, son morbosamente virtuosos... no tienen ideas; tienen solamente opiniones... Creen los ingleses que sólo existen dos especies civilizadas sobre la Tierra: los ingleses y los perros...


  Página 203: 

"Quien observe todos aquellos retratos de gentilhombres, de grandes damas, de almirantes, de generales, de altos prelados, de ricos mercaderes, de jóvenes señores, de muchachos y de chicas, se quedará sorprendido de encontrar en todos ellos, las mismas características físicas y morales que la pintura sacra de todos los tiempos y de cada país, especialmente la italiana, ha enseñado a considerar como propias de los ángeles del Paraíso. Idéntico rostro terso y rosado, igual frente clara y pura y la misma expresión notablemente estúpida que en ingleses y ángeles revela la común ausencia de pensamiento, de sentimientos y de escrúpulos humanos''.


  Malaparte, pues, juega a ser André Maurois, para responder esta pregunta: ¿Cuál es el secreto de Albion? Ensaya paradojas y humoradas (a lo Chesterton) y le salen muy bien. Demuestra dotes de fino crítico literario cuando se mofa de la pretensión de Lawrence de regenerar al ciudadano moderno mediante el retorno al instinto sexual. El libro incluye además recuerdos de viajes por Londres, Cambridge, Oxford y la áspera Escocia. Aquí reivindica al salvaje caledonio en contraste con el pérfido inglés, aunque denuncia la pobreza atroz de Edimburgo y Glasgow. Otra rareza: se incluye el cuento Jesús no conoce al arzobispo de Caterbury en el que se reescribe el Misterio esencial de todos los tiempos. José era un carpintero judío de Istria que se casó con una joven mística llamada María y emigró a Palestina para salvar su pellejo tras el derrumbe del Imperio Austrohúngaro. El 25 de diciembre de 1921 nació el niño Jesús que fue adorado por campesinos hebreos y árabes, bajo la creencia de que arrojará algún día a los odiados ingleses al mar. Un cometa detuvo entonces su marcha sobre Belén. El prodigio se discutió en la Cámara de los Comunes.


  Finalmente, digamos que Malaparte aporta en esta obra singular una idea política digna de ser comentada: "La libertad de un pueblo no depende de su forma de gobierno. Más bien es el sistema de Gobierno el que depende del grado de libertad del pueblo''. Si la Argentina fuese una naranja, Perón sería su jugo, ha escrito en su obra capital el historiador Joseph Page.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

(1) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2016/01/don-camaleon-va-la-guerra.html