domingo, 14 de octubre de 2012

El diván victoriano

Marghanita Laski

Fiordo. 115 páginas. Novela. Edición 2012.

Usted llegó hasta aquí y parece dispuesto a gastar su tiempo en escucharme. Eso significa que ama la literatura. Entonces entenderá (y compartirá) el entusiasmo ante el hallazgo de la excelencia editorial. Un nuevo sello acaba de nacer en la Argentina y su primer lanzamiento es magnífico en todo sentido. Esta vez, el goce por el contenido (ya hablaré más adelante) es parejo al que proporciona el objeto libro. La cubierta sobria y hermosa, el papel marfileño Bockel de 80 gramos del interior, y el detalle de las hojas en blanco al final para las notas conforman un dignísimo rival ante el tsunami e-book. ¿Hay acaso algo más valioso para atesorar que un libro finamente confeccionado?

La gente de Fiordo, por otra parte, se ha propuesto ensanchar la cartografía artística de sus hipotéticos lectores. Trajo al idioma español una gema rara. Yo imagino a mi ignorancia como un vastísimo océano frío salpicado, de tanto en tanto, por islotes hospitalarios, que tienen el nombre de cada autor memorable que he descubierto y voy explorando. Son lugares placenteros donde evadirse de ese engorro conocido como “realidad”. ¡Qué alegría entonces tropezar con Marghanita Laski (Manchester, 1915-1988)!

No creo exagerar si sostengo que la trama de esta novela publicada por primera vez en 1953 es perfecta. Dicen en Hollywood que toda gran historia puede resumirse en un frase. Bien, aquí tenemos esto: ¿Qué ocurriría si una mujer tuberculosa pero de vida afortunada, con un marido que la adora y un bebé, mimada por todo el mundo, al despertar de una siesta (“el delicioso caos del sueño“) se encuentra en el cuerpo de otra persona, cien años atrás en el tiempo, en el mismo diván que había comprado en una tienda de antigüedades? Melanie Langdon, horrorizada, descubre que su mente (la autora nunca usa la palabra alma) es prisionera del cuerpo de Milly Baines, también tísica. Ha viajado al año 1864. Con todas sus fuerzas trata de volver al presente pero la tos aterradora y las igualmente destructivas convenciones decimonónicas se interponen en su camino.
 

El diván victoriano es lo que Borges llamaba, no sin admiración, “una obra de imaginación razonada”, como La invención de Morel. Yo percibo influencias en la novela de Virginia Woolf y de H.G. Wells. La señora Laski ha concebido una de las más fascinantes maneras de viajar en el tiempo, pero me parece que los elementos fantásticos no son lo más relevante de un libro que seduce de la primera a la última página. Hay aquí una densidad óptima de personajes y situaciones, un afinado sentido de lo teatral y una intención de denuncia social filosa como los dientes de un tiburón blanco. “El pecado cambia como la moda”, advierte la autora a los moralistas de todas las épocas.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: Dios está en los detalles, dicen los hebreos. Los pormenores siempre resultan importantes en la novela y su atención amorosa caracteriza al narrador sublime. Marghanita Laski plantea que si viajamos al pasado no podremos pronunciar aquellas palabras que aún no existen. Melanie desesperaba porque no podía expresar “aeroplano” a un encantador pastor victoriano.

PD II: Aquellos izquierdistas de café que consideran a la competencia y a los incentivos del capitalismo como una peste per se deberían prestar atención lo que ocurre en el mercado editorial argentino. Decenas de pequeños sellos editoriales se esfuerzan por ganar un lugar bajo el sol buscando y rebuscando joyas literarias de todo el mundo, algunas injustamente olvidadas, y dando espacio a los nuevos talentos. Aquí opera la mano invisible de Adam Smith. El interés propio redunda en el beneficio de todos; los lectores tenemos cientos de títulos estupendos por año a nuestra disposición.

sábado, 13 de octubre de 2012

Nací

George Perec

Eterna Cadencia, 105 páginas. Autobiografía.


Se ufanaba George Perec (1936-1982) de jamás haber escrito dos obras similares, de nunca repetir “una fórmula, un sistema o una manera elaboradas en un libro precedente”. Uno podría descartarlo, casi, por aquella confesión. Ya se sabe a que chatos e inanes estanques conduce el berretín de los franceses por la ultraoriginalidad. Pero muchísima gente culta atestigua que estamos ante un polígrafo excepcionalmente ingenioso. Lo curioso es que Perec, cuyo padre murió combatiendo al nazismo y su madre fue asesinada en Auschwitz, se haya obsesionado con rebajar la literatura a una suma de jueguitos verbales (escribir una novela policial sin usar la letra ’e’, por ejemplo). “Artificios posmodernos“, podríamos titular. O "Zonceras parisinas".

El afán de la industria editorial por revolver hasta el último de los cajones de los difuntos ha permitido publicar dieciochos libros de Perec desde su muerte prematura (maldito sea el cáncer). En esta ocasión, se nos ofrece una variopinta recopilación de textos vinculados con lo autobiográfico, escritos entre 1959 y 1981. Desde la simpática evocación de una huida del hogar a los once años hasta la enumeración boba de las cosas que debería hacer antes de morir. Muy interesante resulta una carta enviada a Maurice Nadeau, detallando sus proyectos literarios, o la entrevista con Frank Venaille. La traducción, el prólogo y las notas del volumen son de Jorge Fondebrider; un trabajo impecable.

Que algo valioso hay en la producción del escritor francés de origen polaco lo demuestra una brillante aproximación al misterio por excelencia en la historia de la humanidad que aparece en la página dieciocho. Transcribimos: 


“Nací el 25 de diciembre del año ooo. Mi padre, dicen, era obrero carpintero. Poco después de mi nacimiento, los gentiles dejaron de serlo y tuvimos que refugiarnos en Egipto. De eso modo me enteré de que era judío y son esas dramáticas condiciones las que determinan el origen de mi firme decisión de no seguir siéndolo. Ya saben lo que sigue…”

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular.


PD: Sólo para la legión de admiradores de Perec.

jueves, 11 de octubre de 2012

Ida

Damián Huergo

Parque Moebius. Cuentos. 85 páginas


Suele afirmarse en Estados Unidos que desde Moby Dick en adelante nadie fue capaz de componer la Gran Novela Americana (yo tengo mis dudas al respecto, Subsuelo de Don DeLillo y Contraluz de Thomas Pynchon son serias aspirantes al cetro). De la misma forma, podría establecerse que en la Argentina ningún escribidor de fuste ha logrado engendrar la Gran Novela del Conurbano Bonaerense.

A los amigos y amigas de otros países (este blog se lee hasta en Rusia) diré que los veinte municipios que rodean y asedian a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires -con sus ocho millones de habitantes, su miseria aluvional, su desindustrialización pavorosa y su violencia sin cuento- son algo así como el hígado argentino: allí se procesa lo peor. Hasta donde sé, nadie ha logrado captar en más de trescientas páginas la desmesura histórica y social de esa peculiar geografía. Estoy pensando en un novelón oceánico -de ejecución clásica o vanguardista, me da igual- que narre, por ejemplo, la depravación moral y material de las últimas cuatro décadas. Que, a la usanza centroeuropea, combine destino individual y devenir colectivo. Que capte los estertores, las subculturas, los sueños rotos y realizados, las tremendas injusticias, los paisajes apocalípticos o de esperanza; algo así como hizo con el DF Carlos Fuentes en 
Todas las familias felices.

Hasta que llegue pues la GNdCB me entretengo con lo mejorcito del rock barrial (y de La Bersuit) y con los cuentos de delicada factura costumbrista. Como los que incluye este volumen. Es el caso de El amor breve, una hermosa joyita. Se trata una aproximación romántica que se trunca; un intenso cruce de miradas sobre el vagón de un tren. Hay vendedores de mantecol y el vaho de las salchichas que emanan las ollas del anden. Hay una definición encantadora: “en el Ferrocarril Roca las chicas prefieren acostarse con Hemingway”.

El tren degradado que une el sur del conurbano con la gran ciudad es, justamente, uno de los dos escenarios favoritos de Damián Huergo (Longchamps, 1983). El otro son las librerías. Se nota una enorme dosis de contenido autobiográfico en estos relatos que van de menos a más. Leemos con agrado las peripecias de dos amigos entrañables llevando a Barracas el sofá de la abuela. O ese singular pacto entre compinches: cincuenta euros a cambios de manosearle las nalgas a una turista italiana (Roca Tour). En Plaza Constitución irrumpe en escena el infame egoísmo colectivo, rasgo típico de aquella abstracción que llamamos “pueblo”. Este buen cuento, acaso, no merecerá elogios por su desenlace. Todo hay que decirlo: uno de los puntos flojos del libro son los remates, parece que el señor Huergo aún no ha desarrollado el ingenio del último párrafo, tan relevante en el texto breve cuando no hay una prodigiosa exhibición de estilo o una temática escalofriante. En El olor de los tilos, por ejemplo, el quía que espera durante hora y media a Carmela no debería haber ido a paso lento hasta el portero eléctrico a abrirle la puerta de abajo. Si se quedaba de brazos cruzados, el personaje hubiese sido más rico en inferencias, creo yo. En fin, cuestión de gustos.

La recopilación, a ratos, cae en el error de hacer un drama en base a lo insustancial. La tempestad en un vaso de agua también delata un déficit de invención. Se constata en Ida a Constitución. Que un joven universitario se salte un desayuno por perezoso y después sufra terribles punzadas en la panza mientras viaja en tren es un argumento de pacotilla. El estómago vacío es un asunto serio. La misma superficialidad inane se desprende de aquella épica de los fatuos que es la compulsión de los chicos y chicas burgueses de robarse libros para después tratar de disfrazar como principio lo que en realidad es otra manifestación de la perversa y atrabiliaria viveza criolla. Hay varios cuentos aquí con ladrones de libros, absueltos.

En la página veinte se cita a Flaubert: “si miras cualquier cosa más de diez minutos resulta interesante”.  Es lo que ocurre con esta obra. Uno termina encariñándose con las historias del tren (al fin y al cabo yo padezco las tribulaciones del maldito Ferrocarril Sarmiento) y con la destreza del autor para transmitir su amor por la lectura (hay un excelente homenaje a Juan Gelman). El trabajo además es rico en ideas, si no fuera así no podría haber escrito tanto sobre sus más y sobre sus menos. Tengo el pálpito que Huergo me sorprenderá en el futuro con una buena novela del conurbano.

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

sábado, 6 de octubre de 2012

Enemigos

Tim Wainer

Debate. Ensayo de historia. Edición 2012



¿Qué sabemos del FBI? La información nos llega filtrada por Hollywood. Tenemos en la mente a ‘Los intocables’, a Mulder y Scully, a Clarice Starling, todos buena gente. Para rebajar nuestra ignorancia, se escriben libros como éste, rebosante de datos. Un periodista del diario The New York Times indagó en unas setenta mil páginas de documentos recientemente desclasificados y realizó más de doscientas entrevistas con el propósito de narrar la monumental historia de la arista más desagradable y peligrosa del Buró Federal de Investigaciones, su carácter de servicio de inteligencia.

La tensión entre libertad y seguridad, o entre interés nacional y libertad de opinión, o entre imperio de la ley y combate del delito es la constante en casi cien años de recorrido. El libro va desde las redadas a escala nacional de anarquistas rojos a principios del siglo XX hasta las redadas, también en los cincuenta estados, de islamistas, ayer nomás. La visión de Tim Weiner es emersoniana. Sostiene que “las instituciones son la sombra alargada de las personalidades”. Hablar del FBI obliga a concentrarse pues en J. Edgar Hoover, esa fascinante estatua salpicada de mugre. Estuvo cuarenta y cuatro años en el cargo, mas que Mao o Stalin. Fue un digno rival de ellos. Un Maquiavelo estadounidense, artífice del Estado democrático vigilante. Estuvo por encima de los poderes presidenciales y creyó que libraba una guerra que estaba en juego el mundo entero. Su mente estrecha (parangonaba homosexualidad con comunismo, es decir con traición a la patria) arruino miles de reputaciones y carreras profesionales, y cientos de vidas. Fue el paladín de la contrarrevolución. Pero también prestó algunos servicios a la causa progresista: entendió cabalmente la naturaleza perversa de la Alemania nazi y de la Rusia soviética y destruyó, a regañadientes, al Klu Klux Klan.

Mentir al FBI se paga con hasta cinco años de prisión. El Buró dejó de ser omnipotente recién en los setenta. Sus rencorosas guerras contra la CIA, el Departamento de Justicia y otras instancias de poder causaron más daños a Estados Unidos que la KGB y Bin Laden juntos. Sufrió devastadoras derrotas con el radicalismo universitario, el espionaje ruso y el extremismo islámico. Es un bastión de los católicos beatos, a pesar de lo cual agentes traidores cambiaron dinero o sexo por secretos de Estado. En cierta forma gobernó la Republica Dominicana durante veintidós años y tumbó a Richard Nixon. No puede compararse, de ninguna manera, con la Gestapo, pero querido lector recuerde siempre que es un error garrafal convertirse en enemigo del FBI.
Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Economía del diario La Prensa de este fin de semana, bajó el título: "¿Y qué si es ilegal?

Calificación: Muy bueno


PD: Especialmente perversa fue la guerra que el FBI libró contra Martin Luther King, si bien nada tuvo que ver con su asesinato. Hoover siempre consideró al movimiento en defensa de los derechos civiles de los afroamericanos como parte de la gran conspiración mundial comunista. Así de necio era. Por eso espiaba permanentemente al reverendo King, un héroe de nuestro tiempo aunque aficionado a la promiscuidad sexual (no tiene nada de malo). El FBI llegó a enviarle a la esposa de King grabaciones con las proezas íntimas de su marido con otras mujeres. ¡Cretinos, eso no se hace!

martes, 2 de octubre de 2012

Eric Hobsbawm (1917-2012)

El lunes pasado me han encargado preparar en el diario donde trabajo la necrológica de Eric Hobsbawm, el más ameno, influyente y celebrado de los historiadores marxistas. Usé material de agencia, de archivo y de mi memoria personal. Transcribí tambien algunas opiniones que se vertieron en la prensa extranjera, inglesa sobre todo, acaso la mejor del mundo. Me gustaría someter a discusión con los amigos de este blog dos conclusiones a las que he arribado sobre un pensador fundamental aunque polémico y desagradable en su pertinaz reinvindicación de la Unión Soviética (ninguno de sus libros, vaya paradoja, fue publicado allí). A saber:

* La tetralogía La era de... es su obra cumbre. Todo lo demás que le he leído, aunque también hermosamente escrito, no está a la altura de los cuatro tomitos de la editorial Crítica que atesoro con especial devoción aunque las páginas ya están ajadas por el uso, e incluso se desprendieron algunas. Coincido con el dictum de Neill Ferguson, otro gran historiador: ``la tetralogía de Hobsbawm es un gran punto de partida para cualquier persona que desee estudiar la historia moderna''.

Pero aquí la idea clave es punto de partida (como puede ser Eduardo Galeano para un adolescente curioso, salvando las descomunal distancia entre el inglés por adopción y el uruguayo). Me parece un error, para el lector realmente interesado en la Historia con mayúsculas, tomar como única referencia una perspectiva acerada que considera al mundo moderno como un continuo tiempo-espacio de las luchas obreras contra el capitalismo y nada más que eso. Eso es política no ciencias sociales. La fe indestructible en el materialismo dialéctico de Karl Marx me parece que ha limitado al ilustre Hobsbawm. Nietzsche decía, con justísima razón, que una convicción profunda es una tenaza que te agarra del cuello y no te permite pensar. Leí en alguna parte que nuestro héroe flaco, desgarbado y de enormes gafas ridiculizaba la interpretación de los grandes acontecimientos como episodios únicos y fascinantes por derecho propio. La tachó de "enfoque de anticuarios y archivistas''. Lo siento, yo me considero en todo sentido más aristotélico que platónico. Y en todo caso estoy convencido de que ciertas tendencias profundas, como la demografía, son tanto o más importantes que la lucha de clases.

* Hobsbawm fue venerado, con justa razón, por su capacidad para captar los detalles, su extraordinario poder de síntesis y por la profundidad de su conocimiento, pero no puede dejar de señalarse que persistió en la defensa del comunismo totalitario ``mucho después de que dejara de estar de moda o, de hecho, de ser defendible''.

El The Daily Telegraph recordaba que Hobsbawm llegó a otorgarle a Stalin el mérito del milagro económico de posguerra en Occidente. El comunismo soviético -escribió- "había proporcionado a su antagonista el incentivo (el temor) para reformarse''. Más aun. Al haber aplicado rabiosamente la planificación económica estatal "inspiró algunos de los procedimientos para la evolución del capitalismo''. En una entrevista por televisión, Hobsbawm llegó a preguntarse si por esos logros "la pérdida de quince o veinte millones de vidas no podría justificarse''. ­¡Qué canallada! Stalin (o Hitler) no puede justificarse de ninguna manera. ¿Es deseable la erudición sin valores?
Guillermo Belcore

lunes, 1 de octubre de 2012

Un día de éstos

Proyecto Diez Mil Cuentos


Argumento número veintinueve


Un día de éstos (1962)
Gabriel García Márquez
En Todos lo cuentos. Mondadori.

Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete pobre a las seis. Después de las ocho, la voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de una abstracción. El alcalde quiere que la saque una muela. Don Aurelio manda a decir que no está. La autoridad (militar) responde que si no le saca la muela le pega un tiro. El odontólogo le advierte al visitante, que trae ojos marchitos de noches de desesperación, que tiene que ser sin anestesia. Hay un absceso. Al alcalde se le llenaron los ojos de lágrimas y se aferró a las barras de la silla descargando toda la fuerza en los pies, pero no soltó ni un suspiro. “Aquí nos paga veinte muertes, teniente”, dijo Don Aurelio al concluir, con amarga ternura. Recomienda reposo y buches de agua de sal. “¿A quien le paso la cuenta, a usted o al municipio?”, pregunta. “Es la misma vaina”, contesta el alcalde.

PD: Este relato de tres páginas, altamente sugeridor, demuestra que El Gabo no es sólo realismo mágico. Me encantó el procedimiento oblicuo para denunciar la barbarie militar.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Todos los cuentos

Gabriel García Márquez

Mondadori. Cuentos, 509 páginas Edición 2012.


Qué insaciable y abrasivo es el vicio de escribir
G.G.M.

A mediados de la década del cincuenta, Don Gabriel García Márquez encontró esa voz suntuosa y cantarina que hace feliz a miles de lectores y que hoy, con un airecillo de moda, niegan algunos escribidores snobs, ignorantes o resentidos incapaces de urdir una página trascendente. Pero no importa. Jamás una hormiga pudo derribar a un coloso. Y El Gabo es uno de los más grandes. Va a quedar.

El volumen de Mondadori incluye cuatro libros: Ojos de perro azul, Los funerales de Mamá Grande, La increíble y triste historia de la Cándida Eréndida y de su abuela desalmada, Doce cuentos peregrinos. Hay que admitirlo, la composición es muy despareja. Uno puede comenzar la lectura en la página ciento veinticinco (digamos en Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo) y no se habrá perdido nada del otro mundo. Parece que El Gabo anduvo ocho años con tanteos de sonámbulo hasta encontrar esa voz tibia y fabulosa que inventó a Macondo y al coronel Aureliano Buendía. Ha esculpido desde entonces al menos diez de los relatos más encantadores que provienen del trópico. Cómo El ahogado más hermoso del mundo, poema en prosa que rehace el arte de la parábola.

Unas líneas sobre el hoy denostado realismo mágico. Es un procedimiento como cualquier otro; no más que una retórica o un estilo; acaso otra variante del surrealismo. Lo importante es que García Márquez procesa de manera magistral, y con un aire de perplejidad, las fuerzas elementales de la naturaleza: el calor y las lluvias desmedidas, la guerra, la pasión que proviene del sexo o del odio. Tiene un oído finísimo para el ingenio popular y las supersticiones ancestrales. Sus reflexiones oblicuas sobre el destino irrevocable o la naturaleza voluble de la comunidad no carecen de rigor. La prosa, que fue puliendo poco a poco como demuestra el tomo, ostenta en su mejor momento una densidad excitante, con los tonos, regustos, aromas, injusticias y mitos descomunales (las blacabunderías) del Caribe colombiano. Se le ha imputado (César Aira, entre otros) “latinoamericanismo programático”, pero es una acusación necia. Con el mismo criterio deberíamos descartar a Rulfo o Atahualpa Yupanqui, por caso.

Guillermo Belcore




Calificación: Bueno


PD: ¡Ah!, y además están los nombres, ¡qué nombres! Aureliano Buendía, sí, pero también Prudencia Linero, Margarito Duarte, Laura Farina y Lázara Davis.

martes, 18 de septiembre de 2012

El viaje de Mina

Michael Ondaatje

Alfaguara. Novela, 283 páginas. Edición 2012


Entre la infinidad de mapas que pueden trazarse de la literatura universal éste es uno de los más rudimentarios: existen básicamente tres categorías de escritores, los que tienden a revelar el universo como es; los que lo representan degradado (Faulkner, Onetti, Celine); y aquellos que lo embellecen. Michael Ondaatje (1943, Sri Lanka) pertenece a la última condición. Después de saborear sus espléndidas y delicadas ficciones, el lector concluye que el mundo bulle de personajes fascinantes, aguardándonos a la vuelta de la esquina. Vale la pena vivir, aunque sea para oír sus historias maravillosas. Así se explica Ondaatje, no sin un punto de demagogia:

 “Lo que de verdad es interesante e importante sucede casi siempre en secreto, en lugares donde no existe el poder. Casi nada de valor duradero ocurre nunca en la mesa principal, que se mantiene unida por una retórica por todos conocida. Quienes disfrutan del poder continúan deslizándose por el surco trillado que han ido preparándose”.

En esta ocasión, el autor de El paciente ingles relata de manera retrospectiva y con empaque autobiográfico las peripecias en un buque de pasajeros, desde Colombo hasta Londres, de un pillo asilvestrado de once años que vive metiéndose en líos con sus dos amiguetes y termina presenciando un homicidio. Es un viaje de descubrimientos, un rito de paso, que desborda de anécdotas divertidas, narradas en primera persona y esmaltadas con hermosos pensamientos sobre el drama de vivir. Cierta crítica apresurada o propensa a los superlativos ha encontrado parangones con las vidas en alta mar de Conrad e incluso con las aventuras de Tom Sawyer. Los sucesos asombrosos del libro tienen ecos, para mí, de Salman Rushdie (¡Ah el mágico Oriente!). También hay una pequeña dosis de suspenso.

Algo hay que decir de la prosa. Ondaatje práctica la sutileza de la palabra justa. Escribe de tal manera que los párrafos dan la impresión de ser una cosa tridimensional a la que se talló de manera amorosa y se pulió hasta refulgir. Dicho de otra manera, el estilo es un gozo para el lector, incluso cuando la trama se abisma en insoportables sensiblerías.

Guillermo Belcore
Publicado en el suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Es  la segunda vez que me pasa. Comienzo una obra de Ondaatje con la impresión de que se trata de uno de los libros del año, con el vislumbre de que tengo en las manos una obra excelente, pero luego mis expectativas no se cumplen del todo. No es que el libro sea malo, las historias son interesantes y están muy bien escritas como digo más arriba, pero hay algo que -como dicen los chicos- no me cierra sobre este autor multicultural, que no carece de inteligencia, por cierto. Acaso sea cierta propensión al melodrama culto, o al optimismo fácil. Debo meditar un poco más sobre ello.


viernes, 14 de septiembre de 2012

Sueños del hombre elefante

Juan José Burzi

Gárgola. Cuentos, 125 páginas. Edición 2012.


El primer paso es casi obvio. El arte debe suscitar un impacto. Afuera hay un lector que está solo y espera. Espera que alguien lo seduzca, lo interpele, lo conmueva, lo fuerce a pensar y a sentir. Provocar indiferencia o tedio implica haber fracasado rotundamente como escritor. Bien, Juan José Burzi (Lanus, 1976) cumple sobradamente la condición primordial. Uno no puede permanecer impasible ante esta singular colección de cuentos. Obliga a volver a mirar con atención.

La segunda cualidad que debe ser evaluada es la naturaleza del impacto. ¿Dónde golpea el texto? ¿En el intelecto, en el corazón, en el hígado? Sueños del hombre elefante es un puñetazo en el estómago, esta infestado de personas que provocan lástima o repulsión. Es muy probable que el señor Burzi haya querido definirse a sí mismo en la página setenta y siete, bajo la máscara de Meyer, el pintor que descubre la dulzura de las llamas al acabar un retrato de la modelo Misako, a quien un incendio le había quemado la mitad del cuerpo:

"... había retratado a personas deformes y singulares. Sentía atracción por lo erróneo, por las equivocaciones de la naturaleza. Todo lo que no era aceptado por el gusto de los demás, era material de trabajo. Por eso, cuando dos meses después el sueño ya era obsesión comprendió que no iba a tener más remedio que hacer algo..."

Naturalmente, resulta imposible discernir si el afán audaz de denunciar "lo frágil y lo erróneo de años de concepción estética" y reivindicar lo horripilante se trata de una certidumbre, un recurso narrativo, una pose para llamar la atención, o todo eso mezclado. Lo descubriré, supongo, en el resto de la obra de Burzi (se me hace que es un nombre que llegó para quedarse). Lo cierto es que el lector encontrará aquí una galería de truculencias: las siamesas Benn, unidas por el hígado y por el páncreas; una empleada con el rostro cubierto de malformaciones, tumores producidos por las exposición de sus padres a la radiación; una niñita sin brazos ni piernas.

Lo discutible de la propuesta, me parece, es que Burzi ha elegido el método de la exposición directa. Las descripciones de lo monstruoso son minuciosas. Por temperamento y convicción estética, este blog considerará siempre más eficaces a los procedimientos oblicuos. Decirlo todo es otra torpeza. Planteado de una forma más pedestre, diré que tengo el estómago delicado. Prefiero el erotismo suave, evocador que la pornografía pura y dura, en cualquiera de sus variantes temáticas (Además, claro, está el hecho de que las degradaciones morales siempre resultan más interesantes que las físicas).

Una lástima. Que Burzi no carece de la bendita facultad de sugerir lo prueba el cuento Intruso, a mi juicio el mejor del volumen. Recuerda a Casa tomada de Cortazar, pero aquí es un cieguito el que sufre (¿o no?) la pérfida invasión de su morada. También merece elogios Mitos y huidas, una delicada y fresca remembranza del vecindario de la infancia. Y Pripiat, una colección de postales de los tierras más contaminadas del planeta, aquellas que recibieron el vendaval deletéreo de Chernobyl. Las imágenes son contundentes. Otro de los agrados del libro es la invención del pintor Henri Faye (Ciclos de vida y muerte).

El balance, al fin y al cabo, es positivo. La saludable tendencia a la orginalidad formal y temática, la prosa correcta y sin estridencias, la invitación a meditar sobre lo grotesco y lo extraordinario se han combinado en este producto nacional para generar una intensa experiencia de lectura
.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

sábado, 8 de septiembre de 2012

Un libro de Bech

John Updike

Tusquets. Novela. 235 páginas


Entre los miles de personajes que John Updike (1932-2009), el gran bardo del neorrealismo estadounidense, ha creado hay uno especialmente adorable. Lo bautizó Henry Bech, lo imaginó escritor judío de Brooklyn, con esas neurosis típicas, esas obsesiones sexuales, esa concentración de agudeza y chispa (siempre una frase mordaz en los labios, siempre una fobia a flor de piel) que a Woody Allen le encanta representar. Updike le dedicó tres libros. He aqu¡ el primero. ­¡Tres hurras a Tusquets por haberlo rescatado!

Sorprendemos a Bech en un momento delicado de su carrera. Con sus rizos rabínicos y su nariz prominente parece "un congresista de Queens sobornado por la mafia que espera que lo tomen por un senador del Sur''. Es autor de un libro bueno y otros cuatro más, pero ha perdido la inspiración. Su bloqueo creativo "es una versión indigna de la renuncia, más o menos noble, de Salinger''. No sabe decir no (excepto ante las propuestas de matrimonio): viaja detrás de la Cortina de Hierro, experimenta con las drogas, se acuesta con la hermana de su novia, permite que lo suban a un pedestal en la Londres a go-go de los sesenta, da conferencias en una universidad racista de Virginia, se suma al establishment artístico de Nueva York. Los episodios son profundos y divertidos a la vez; la novela articula con destreza relatos independientes.

Es maravilloso como Updike-Bech tiene siempre a mano una observación inteligente sobre cualquier tema. Desmenuza sin anestesia al mundo comunista y a esos "burdeles de la entelequia'' que son ciertos núcleos intelectualoides de Occidente. Los caracteres son fascinantes; es la vida la que desfila por las páginas. Todo viene servido con una asombrosa riqueza verbal que relumbra, por ejemplo, en sus deliciosas enumeraciones.
Guillermo Belcore 
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno


PD: ­Ah las reimpresiones! Que sería de nosotros, los lectores apasionados, sin ellas. Quedaríamos a merced del rústico presente, del fast book argentino (la expresión se la leía al escritor Juan José Becerra). Gracias Palas Atenea por el pasado.

PD II: Aquí hay otra reseña de un libro de Updike que disfrute mucho.

martes, 4 de septiembre de 2012

Novelas breves

Juan Carlos Onetti

Eterna Cadencia. 347 páginas. Edición 2012. Prólogo de Juan José Saer


Las jerarquías literarias existen y son importantes. Por eso no es descabellado sostener que Juan Carlos Onetti (Montevideo 1909-1994) fue el mejor novelista que ha generado el Río de la Plata y sus afluentes. Puede que algún texto de Saer, de Di Benedetto, de Wernicke, de Sara Gallardo haya pisado esas cumbres de excelencia que sólo él, en este rincón del mundo, ha logrado escalar. Pero el gran demiurgo Onetti ostenta el mérito de haber creado un cosmos singularísimo, cuyas criaturas desahuciadas corroboran que existen mil maneras distintas de fracasar y que la desesperanza es infinita. Fue nuestro Faulkner. Y ojala, así se lo recuerde.

Por tanto, siempre es una noticia formidable la reimpresión. Un sello nacional acerca ahora sus novelas breves, aunque llamar novela a algunos de los excelentes relatos que encierra el volumen obliga a un considerable esfuerzo conceptual. Obviamente, el rótulo importa un comino en este caso. Cuando uno se halla ante una escritura de primera no queda otra actitud que abandonarse al goce de la lectura.

El libro incluye siete textos desde el primerizo El pozo (1937) hasta el setentista La muerte y la niña. La calidad es pareja (otro de los atributos del uruguayo). Hay combinaciones de palabras perfectas (me encanto ésta: “toques de gracia marchita“). El conjunto, usando las propias palabras del escritor, es “como un universo saliendo del fondo negro de un sombrero de copa”. Para no abusar del tiempo del lector, describiré las dos primeras gemas:

1) El pozo

Eladio Linancero, periodista divorciado, a quien ya nada le importa la miseria, ni la comodidad, ni la belleza de las cosas, siente la compulsión de escribir sus desgracias. Es un pobre hombre que por las noches se vuelve hacia la sombras de la pared para pensar cosas disparatadas y fantásticas. Vive en una pensión de mala muerte; comparte pieza con el cretino militante Lázaro. Es posible que no se haya escrito una refutación más certera del Partido Comunista que la que esboza Eladio. No ha perdido un gramo de vigencia. Se nos recuerda que “los pensamientos de la gente que medita poco -y sobre todo que no divaga- tienen mayor fuerza de realidad”.

2) Los adioses

¿Es ésta la versión criolla de La Montaña Mágica, tan encantadora como sórdida? Hasta un hotel-sanatorio de las sierras llega un ex jugador de basquetbol, una estrella del deporte al que la tuberculosis está liquidando. El bolichero, el narrador, adivina con solo verlo que el hombre no tiene voluntad de curarse. Llegan dos mujeres para atenderlo. La gente idiota murmura. El final da un giro inesperado. No puedo sino compartir la aversión del escritor hacia la locura estúpida (pero tolerable) de las fiestas de fin de año. No puedo sino encontrar algo de consuelo en este pensamiento filoso que absuelve al Destino: “las desgracias no importan, sólo sirven para marcar fechas, para separar y hacer inteligibles los principios y los finales de las numerosas vivas que atravesamos y existimos”. 

Estos dos textos justifican el atesoramiento del libro. Piénsese que hay cinco más de similar hondura.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

PD:  ¿La reimpresión del año?

domingo, 2 de septiembre de 2012

Salvajes


Don Winslow

Planeta. Novela policial. 347 páginas. Edición 2012


Las números producen escalofríos. Días atrás, se informó oficialmente que veintisiete mil ciento noventa y nueve mexicanos fueron asesinados en 2011, ¡algo así como ­setenta y cinco personas por día! Los expertos lo atribuyen al ajuste de cuentas entre las mafias. ¿Qué demonios está pasando en el México lindo y querido? Este apresurado policial ofrece una explicación razonable: donde antes prosperaban tres carteles de las drogas en armoniosa convivencia y tolerancia gubernamental priista, ahora existen por lo menos siete y todos se pelean por el territorio. El Estado panista -acicateado por Washington- les ha declarado la guerra. Corren ríos de sangre.

Las pepitas de información sobre el origen, la estrategia y el modus operandi de los barones de las drogas y sus diabólicos sicarios (y la corrupta respuesta de Estados Unidos) conforman el nucleo incadescente del último thriller de Don Winslow, autor, por cierto, de una de las mejores narconovelas de todos los tiempos (El poder del perro, Mondadori). La función esclarecedora de texto endulza, por así decirlo, la píldora: permite que el lector se trague la fantástica idea de que dos chicos de California (uno muy listo, el otro muy rudo) son capaces de hacerle morder el polvo al infernal cartel de Baja California. Ben y Chon producen la mejor marihuana de cultivo hidropónico del hemisferio norte. Los mexicanos malos y salvajes quieren robarle el negocio y para doblegarlos secuestran a la flaquita rubia que comparten: Ofelia, famosa por sus orgasmos muy escandalosos. La venganza será terrible.

El libro, que Oliver Stone ya llevó al cine, es atrapante hasta la última página. Tiene pornografía, humor y violencia a raudales. La prosa es coloquial, rápida, proteica, al gusto del lector perezoso que se atiborra de redes sociales. A mí me pone nervioso. Hay capitulitos, incluso, de menos de ciento cuarenta caracteres. Era inevitable. Alguien tenía que hacerlo.
Guillermo Belcore

Calificación: regular

jueves, 30 de agosto de 2012

El DJ se llama Stephen King

Si hoy concluyera 2012, afirmaría sin titubear que la Novela del Año ha sido 22/11/63. Antes de que algún amigo o amiga me salte a la garganta, admitiré que el mamotreto que había elogiado el mes pasado (pinche aquí) no es un alarde de ingenio fantástico o una pasmosa exhibición de estilo, claro que no. Empero, se trata de un libro poderoso que suscita intensas emociones.  Y “provocar una respuesta emocional es lo que debe hacer un escritor sobresaliente, independientemente de su calidad técnica'', como bien establece el mismo el autor.

Stephen King inocula a los lectores maduros -como el administrador de este blog- el virus de la nostalgia. Su magnífica reconstrucción de la vida cotidiana a fines de los cincuenta y principios de los sesenta me ha provocado dolorosas saudades, en mi caso de los años ochenta (pido dejar por un momento lo político de lado). Extraño las costumbres, los lugares, los sabores, las marcas, los programas de televisión, los automóviles, las personas que ya no están en Morón y que si bien nunca formaron parte del círculo íntimo de afectos de alguna manera me enriquecían, como Raúl, el levantador de quiniela apostado en la puerta de la bicicletería de Reinaldo, por citar un recuerdo hermoso.

Los hábitos de una vida común y corriente -sin desgracias ni tragedias- forman parte de una armonía universal, que si son alterados por un intruso -esa es la tesis panglosiana de King- causan calamidades. Todo cambio en el continuo espacio-tiempo es para peor, proporcional a su magnitud histórica. Salvar a JFK de morir en Dallas significa que el racista George Wallace arrojará una bomba nuclear en Hanoi en 1970. Es decir, vivimos en el mejor de los mundos posibles. Los viajes en el tiempo dejan residuos que fastidian a la máquina. Cada viaje al pasado -a través de las burbujas temporales que subsisten como otra extravagancia de la naturaleza- crea su propia cuerda que se termina enmarañando con las demás. El profesor Jake Epping terminó convirtiéndose así en el Candido de Voltaire.

Pero no es la teoría científica al voleo ni la débil ucronía de Stephen King lo que en realidad deseo compartir en esta oportunidad, sino la evocación de la música escuchada con fruición medio siglo atrás. Picado de curiosidad seguí las migas de pan que el escritor fue arrojando por el camino de la trama. Y me encontré con ocho maravillas de la era del rock en pañales o incluso antes.

1) ‘In the Mood‘. 1946. Glenn Miller. Es anterior, pero aún tenía vigencia. Pinche aquí.

2) ‘At the Hop‘. 1957. Danny & The Juniors. Pinche aquí. (¡Impresionante, mi favorito!)

3) 'Since I Don´t Have You'. 1959. Skyliners. Llamé a su chica. Es para escuchar en pareja. Ahora pinche aquí.

4) ‘Whispering Bells‘. Del Vikings. Pinche aquí o mejor aquí. Vaya movimiento el de los veteranos.

5)  ‘Whole Lotta Shakin' Going On’. 1957. Jerry Lee Lewis. Pinche aquí o, si prefiere la versión madura, hágalo aquí.

6) ‘Wings of a Dove’. Ferlin Husky. Pinche aquí. Nunca verá un coro tan cool, se lo garantizo.

7) ‘This Time´. 1961. Troy Shondell. Pinche aquí.

8) ‘Ooh My Head‘. Ritchie Valens. Puede verlo en acción a Ritchie (pinche aquí) o la version remasterizada que suena mejor (pinche aquí).

domingo, 26 de agosto de 2012

Clemencia

Raúl Waleis

Adriana Hidalgo. Novela policial, 304 páginas. Edición 2012

"­¡Bendita sea la ciencia que todo lo ilumina!''
R.W.

La feliz sociedad entre el investigador Román Setton y el sello Adriana Hidalgo ha permitido enriquecer nuestro acervo cultural. Recuperaron nada menos que al primer detective de la literatura argentina: el comisario Andrés L'Archiduc, El Lince de la policía de París. En esta ocasión deberá investigar el asesinato de una joven esposa que en las postrimerías del siglo XIX osaba postular que "el matrimonio es la tumba del amor''. Pero la intriga es lo de menos. He aquí un producto típico de la espléndida y atareada Generación de Ochenta. Al jurista Luis V. Varela (1845-1911) le urgía transmitir un mensaje: "el deber aleja a los seres creados del amor infinito''. Y de paso sugiere a sus conciudadanos reformas humanistas para el ejercicio de las ciencias penales.

Raúl Waleis, por cierto, es un anagrama de Luis V. Varela. Clemencia se publicó en 1877 y es la continuación de La huella del crimen (Adriana Hidalgo, 2009), elogiada en su momento por este blog (pinche aquí). La novela se compone de dos partes: en la primera, el emigrado Rafael Meris rescata una perla del fango, quiere redimir a una prostituta de veintidós años, Clemencia justamente. La segunda es una retrospectiva biográfica: la adorable muchachita narra su origen, es el fruto de una tragedia incestuosa. Aquí vemos a L'Archiduc en acción.

Habiendo quedado establecido el enorme valor cultural e histórico del volumen, debe advertirse al lector que Clemencia tiene largos y tediosos pasajes, más propios del bodrio melodramático que de la novela policial bien lograda. ­¡Pero qué importa! Continuador de Poe, discípulo declarado de Emile Gaboriau, imitador del folletín francés, pedagogo y sociólogo al voleo, Luis Varela seduce con su fatiguez al fatigado lector del siglo XXI.
Guillermo Belcore

Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

viernes, 24 de agosto de 2012

El ruido y la furia

William Faulkner

Alfaguara. Novela, 325 páginas. Edición 2012.


Fue el mejor de su especie. William Faulkner no sólo ha protenciado la evolución de la orfebrería novelesca y ha retratado con filosa destreza una civilización decadente, sino que conformó una influencia artística insoslayable y perdurable. La mitad de la literatura latinoamericana del siglo XX, de alguna u otra manera, tiene una deuda con él. A cincuenta años de su muerte, al demiurgo del mítico condado de Yoknapatawpha lo siguen publicando. Es probable que El ruido y la furia sea su obra maestra.

La novela, concluida en 1928, relata la degradación económica y moral de los Compson. En el siglo XIX dieron un gobernador y dos generales al Estado de Mississippi pero en la actualidad todos los miembros de la familia son incapaces de evitar el fracaso excepto en longevidad y suicidio. “La victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles”, se establece. En efecto, Quintin III se arroja a un río en Harvard (Padre había liquidado la mayor parte de la propiedad familiar para enviarlo a la universidad) después de cometer incesto, “con olor a madreselvas”, con su hermana Candace. Tiene otros dos hermanos: Jason es un sádico y malvado, el perfecto racista resentido del profundo Sur; Benjamin es retrasado mental. El clan tiene seis sirvientes negros. La áspera relación entre blancos y negros -relación de sometimiento, paternalismo o crueldad- es otra de las claves del texto.

Pero no es el qué, el quién, el dónde o el cuándo el asunto crucial del libro. Es el cómo. Mario Vargas Llosa, que consideraba a Faulkner el “más persuasivo creador de ficciones de nuestro tiempo”, destacó que “la forma es algo tan visible en su narración que ella hace las veces de protagonista y actúa como un personaje de carne y hueso o figura como un hecho”. Y no es una lectura cómoda la de los primeros capítulos pues los datos se nos escamotean, vemos el mundo a través de los ojos de un idiota de nacimiento, y hay yuxtaposición temporal y alternancia de los puntos de vista incluso dentro de un mismo párrafo. Pero entre momentos de intensa poética y tremendas vicisitudes vamos armando el sentido como si de un rompecabezas se tratara. Uno se va de la novela con la certeza de que ha gozado de una experiencia de lectura única, sublime, imposible de olvidar.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: Bien, aquí estoy saldando otra deuda. Me prometí leer (o releer, como en este caso) algunos clásicos por año y transmitir mis pareceres en unos dos mil quinientos caracteres, no más que eso ya que -como dice Aira- soy muy respetuoso del tiempo del lector. Veinte años atrás, más o menos, había abierto por primera vez esta magnífica novela, en una edición de tapas granates y duras de Hyspamérica (¡22.000 ejemplares de tirada!). Si la memoria no me engaña, creo que lo disfrute más intensamente en el segundo abordaje. Me pregunto entonces: ¿Es ‘El ruido y la furia’ una de esas obras que exigen un lector experimentado, paciente, acaso mayor de cuarenta años de edad? ¿No?

sábado, 18 de agosto de 2012

El congreso de literatura

César Aira

Mondadori. Novela. 116 páginas. Edición 2012


  Como el saltimbanqui que realiza la misma acrobacia una y otra vez para complacer a un público benevolente; o, peor aun, como el cantante melódico o progresista que viene interpretando desde hace tres décadas la única canción que lo encumbró, las nouvelles de César Aira se empecinan en usar una sola fórmula tan gastada como exitosa y emulada. El método puede resumirse así: el disparate rige con mano de hierro todo el conjunto. Es curioso que una de las mejores plumas del castellano (acaso la más atildada) haya renunciado tan olímpicamente a sorprender, una de las posibilidades más felices de la Alta Literatura.

En esta oportunidad, la prodigiosa imaginación recrea a un literato que, por supuesto, es él (Aira, como los surrealistas, tiene la compulsión de explicar sus trucos) y que ejerce como segundo oficio el de científico loco de comic: tiene el propósito de dominar el mundo mediante la clonación. Para ello, César aprovecha un congreso de literatura en Venezuela para clonar a Carlos Fuentes y así crear un ejército de intelectuales célebres. Pero hay un error en el proceso y gusanos gigantes de bello color azul casi destruyen la ciudad de Mérida.

Lo mejor y lo peor que puede decirse del libro, publicado por primera vez en 1999, es que se trata de una manufactura típica de Aira (y nada más). Contiene esa fascinación tan suya por las cosas diminutas y por las cosas monumentales. Hay filosofía al voleo y el trabajo de la escena es, como siempre, minucioso. Todo es una metáfora. La historia pega tremendos bandazos, lo que vincula el autor a "su vieja y querida hiperactividad cerebral". Se abusa de recurrir a lo inesperado como un deus ex machina. Se establece como principio estético que "sólo en el minimalismo se puede lograr la asimetría que es la flor del arte". Materia opinable. Uno se va de la obra con regusto a fruslería y con la fea sensación de que el procedimiento aireano ha dado lo mejor de sí en el pasado. El congreso de literatura se encuentra a años luz de La liebre.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular

PD: Hacer siempre lo mismo, repetir un procedimiento hasta el hartazgo -como un poseso o un alucinado- no me parece, honestamente, un síntoma de genialidad. Cansa. Después está el contenido, que es más o menos ingenioso, más o menos interesante. Me temo que el atractivo que me suscita Aira es fluctuante.

PD II: He leído alguna vez que Carlos Fuentes vaticinó que Aira será el primer argentino en ganar el premio Nobel. ¿Es esta novela una devolución de gentilezas?

miércoles, 15 de agosto de 2012

El hombre de la barba tupida

Proyecto Diez Mil Cuentos

Argumento número veintiocho


Alejandra Zina
Publicado en la revista Ñ número 463.

Decenas de teorías, cientos de libros y millones de papanatas tenían razón. Lee Harvey Oswald nunca asesinó a John Fitzgerald Kennedy. Después de un largo encierro, el ex presidente volvió a la superficie. Era una cálida noche de primavera. La feria de diversiones desbordaba de gente. Tras un corta vacilación, JFK se detuvo en el tiro al blanco. A pesar de los nervios, de la furia contenida, acertó a cinco patos con cinco tiros de fusil. Cedió el premio al chico que tenía más cerca.

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Este magnífico argumento engalanó la página once de la última revista cultural del diario Clarín. Hasta aquí, nada había leído de la señorita Alejandra Zina. Mejor dicho, sólo le había leído nueve respuestas en el blog de Eterna Cadencia (pinche aquí). Pero ante tan magnífica ucronía, ante la delicadeza narativa incluso para introducir una palabrota, me he propuesto comprar la novela Barajas de Zina. ¿Alguien la ha leído?

sábado, 11 de agosto de 2012

Juego de damas


Jane Bowles

Eterna Cadencia. Cuentos y una obra de teatro en 247 páginas. Edición 2012.


Existen personas que peinan el fondo del océano en busca de tesoros. Otras profanan tumbas u horadan los suelos en pos del oro de tiempos decrépitos. La humanidad, en verdad, no necesita de su codicia. Valiosa, en cambio, es la gente que se dedica a rescatar esas joyas raras de la literatura universal que no merecían hundirse en el olvido. He aquí un caso. Un sello nacional trajo una serie de relatos, tan desparejos como cautivantes, y una triste obra de teatro de Jane Auer Bowles (1917/1973).

El volumen demuestra que la esposa de Paul Bowles tenía un don, una especial destreza para retratar a mujeres tortuosas, infelices, obsesivas, con un deficiente sistema nervioso, al borde del abismo (como ella misma solía estar). Pocas veces se ha visto semejante catálogo de neuróticas; pero en todos los casos el clima de farsa alivia la opresión que provocan los dramas, que por otro lado -bien mirados- no son otra cosa que una tempestad en un tubo de ensayo.

Hay mujeres que quieren seducir a otras mujeres o a un hombre para que le financie la apertura de una tienda de ropa en París. Hay extrañas relaciones entre hermanos, entre esposos, entre compañeros en la milicia. Es magnífico el diario de un alcohólica. La tensión sexual siempre se manifiesta, y es uno de los atractivos de los textos. Otra lindeza es que nunca llegamos a entender del todo a los personajes.

Los cuentos de la señora Bowles son muy teatrales; los diálogos cumplen una función decisiva. La prosa es simple pero elegante. Se plantean aquí y allá preguntas trascendentales. Verbigracia:

 "Debe considerarse la angustia un matiz propio de la vida, aquello que da profundidad y gravedad al sentido de vivir hora tras hora y que debe aceptarse y sobrellevarse simplemente, o es por contrario el signo de una despedida, la señal de una decisión''.
Guillermo Belcore
Publicado este fin de semana en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

domingo, 5 de agosto de 2012

¡Acabemos ya con esta crisis!

­Paul Krugman

Crítica. 266 páginas. Ensayo de Economía. Edición 2012. Precio aproximado: 80 pesos

 

  El diagnóstico es sombrío. Una depresión aflige hoy a Estados Unidos y Europa, provocando desempleo de larga duración un fenómeno desconocido en el Occidente próspero. Se trata del mismo tipo de calamidad que John Maynard Keynes describió en la década del treinta, por lo que se necesita de típicas recetas keynesianas para superar lo que el autor define como un problema técnico, una mera falla de software fácilmente corregible. El problema es que hay una legión de personas influyentes que bloquean la salida, están sumidos política, emocional y profesionalmente en doctrinas basura, herencia de la revolución neoconservadora de 1980 (en la Argentina aconteció en los noventa). Son pistoleros a sueldo; en el fondo, muchos puristas del laissez-faire y de la austeridad fiscal no hacen otra cosa que defender los intereses de los ricos, del 0,05 por ciento de la sociedad.

  Paul Krugman pega un puñetazo sobre la mesa. Con sabrosa claridad, identifica culpables y avisa que Estados Unidos no superará la crisis hasta que salga de la trampa de liquidez en la que se ha metido. La virtud es este momento un vicio y la prudencia una locura, grita el Premio Nobel de Economía 2008. Obama debe incrementar el gasto público a niveles sin precedentes para compensar el hundimiento de la demanda privada. Debería también aliviar la carga de la deuda si es necesario violando contratos. Un poco más de inflación no vendría mal (unos puntos, dice, no la guarangada del modelo argentino). Pensando en el mediano plazo, tendría que restablecer las sabias y estrictas regulaciones que maniataban a los banqueros codiciosos hasta que Thatcher y Reagan aparecieron en escena.

 Estos son, básicamente, los juicios de un ensayo ameno y accesible a cualquier lector perspicaz que se interese en el tema más relevante de la agenda global. El razonamiento de Krugman, hay que admitirlo, resulta muy convincente. El desempleo, grábeselo en su cabeza, es el principal enemigo de la humanidad.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno


martes, 31 de julio de 2012

Mi madre


George Bataille

Tusquets. Novela inconclusa. 144 páginas. Edición 2010


De George Bataille (1897-1912) se ha dicho lo mismo que de Arthur Miller: usó la obscenidad como técnica para horadar el lenguaje y la cultura burguesa. Referencia insoslayable cuando se teoriza sobre el erotismo, el metafísico del mal ha dejado huella en pensadores de la talla de Lacan, Derrida y Foucault; Sartre, no obstante, lo despreciaba por "su tendencia al misticismo". Bataille, quien afirmaba que los burdeles de París eran sus iglesias, produjo novelas, además de festejados ensayos. El manuscrito de Mi madre fue encontrado, ¡­ay!, sin acabar y sus pulir entre los papeles del literato a la muerte de éste. Ahonda lo que llamaba "el tema decisivo de lo prohibido y la transgresión''.

Básicamente, se trata de una novela de ideas con fuerte erotismo (siempre de buen gusto), infestada de declaraciones altisonantes y esculpida en estilo tardorromántico. Pierre relata la desintegración de su carácter, desde la beatería hasta el incesto, a través del sendero de las orgías. Es la aniquilación del individuo racional, el grito de placer en un mundo ateo. Bataille ofrece una de las interpretaciones posibles de Nietzsche, donde lo dionisíaco es la santificación del goce carnal y lo apolíneo, la aburrida "paciencia de los que esperan que la muerte los ilumine''. Vale decir, juergas vs. el mundo del trabajo. Al final del camino de las terribles voluptuosidades está, ­¡cómo no!, la parca.

La figura del libertino es viejísima en las letras galas. Hoy, que tenemos la sensación de que todo se ha pasado de rosca, no asusta a nadie. Es un fantasma inofensivo, bello y anacrónico. La novela, esa cosita rara, no carece de interés; ofrece, incluso, una delicada poética. La prosa corrobora que Bataille podía escribir con claridad. Concluimos entonces que presentar ideas de manera confusa es la peor perversión de los pensadores franceses.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

sábado, 28 de julio de 2012

22/11/63

Stephen King

Plaza & Janes. Novela. Edición 2012. 858 páginas.


Hace cincuenta años, la gente era más confiada, amable y honesta con el prójimo, siempre y cuando perteneciera al mismo grupo étnico o religioso, dado que el racismo y el antisemitismo campeaban a sus anchas. Hace cincuenta años, había más árboles, nadie se preocupaba por el colesterol, los chicos respetaban a sus padres y a sus profesores. Funcionaban más fábricas, circulaban más trenes, el aire olía peor por culpa del maldito cigarrillo y de los hedores industriales pero los alimentos eran más sabrosos. Los bancos efectuaban casi todas las transacciones con lápiz y papel, y los automóviles eran realmente de metal. Las chicas no sabían casi nada de sexo. Todo era más ingenuo. ¿Ese mundo era mejor?  ¿Está seguro? Lo cierto es que el movimiento de la humanidad hacia quién sabe donde -esa pulsión confusa que el enorme Stephen King denomina sin rodeos "la puta marcha del progreso''- ha liquidado en el último medio siglo bienes sociales, ecológicos y culturales relevantes, como las relaciones de cercanía.

Reflexiones de este tipo suscita la magnífica reconstrucción histórica que el gran King plasmó en 22/11/63. Su última novela es monumental, ambiciosa, fascinante. Parte del supuesto pueril de que en la despensa de la hamburguesería de Al Templeton existe una fisura temporal. El agujero de gusano, una extravagancia de la naturaleza, comunica con las 11.58 del 9 de septiembre de 1958. Uno puede modificar el pasado (ya volveremos sobre el tema) pero cada viaje es un reinicio (casi) en la misma línea temporal que habitamos.

Heroico profesor

Jake Epping es el nombre del héroe. Debe cumplir una colosal operación encubierta: cambiar el curso de la historia. En efecto, el íntegro profesor de lengua en un secundario de Lisbon Fall (Maine, por supuesto) es reclutado por su moribundo amigo Al, el propietario del secreto, para concluir la tarea de Hércules que su cáncer ha frustrado: prevenir una monstruosidad de los sesenta que condujo directo -como una vaca en una rampa del matadero- a más de un millón de muertos en Vietnam, a un universo degradado. Debe impedir que John Fitzgerald Kennedy sea asesinado en Dallas por un oscuro mequetrefe de 24 años, un tipo anodino desesperado por notoriedad, un marxista maltratador que arrastraba un severo trauma materno. ¿Pero fue realmente Lee Harvey Oswald el responsable del magnicidio? ¿O se trataba de un chivo expiatorio hábilmente manipulado por oscuros poderes como el de la CIA? Bueno, Jake tiene cinco años para averiguarlo antes de descerrajarle un balazo de su 38 Smith & Wesson al repelente sabelotodo.

Como en su momento lo hicieron Norman Mailer y Don DeLillo, Stephen King se asoma con cautela e inteligencia al enigma por excelencia de la historia contemporánea de Estados Unidos. Y su hipótesis se encuentra bien lejos de la histérica palabrería de los obsesionados con la Gran Conjura Americana (al parecer, la aburrida Comisión Warren tenía razón). No obstante, el literato expone su interpretación de los hechos paso a paso, manteniendo la intriga hasta el último capítulo. La tensión proporciona al lector botas de siete leguas; he aquí una de esas novelas que se devoran de cincuenta a cien páginas por sentada, sin pestañear casi.

 

Reivindicado

La crítica erudita -con Harold Bloom, ¡­ay!, a la cabeza del desfile- ha sido injusta con el rey de la novela de terror. Se lo ha desdeñado con fórmulas calumniosas (alguien lo definió como "casi bueno") a causa de los defectos notorios del estilo y por cierta propensión a estropear la trama en algún punto avanzado con un insensato tour de force. Pero no es el caso de 22/11/63. La fantástica arquitectura del libro, con su minuciosa atención a los detalles, es sólida; y la prosa, esmaltada con sabrosos coloquialismos, no merece sino elogios. Hay buenas escenas de sexo y violencia, un apropiado empleo de la redundancia y el tallado de los personajes (de una arpía, por caso, la madre de LHO) es excelente. Alta Literatura, sin dudas, salpimentada con viejo el ardid kingniano de infestar las páginas con esas cosas que a los humanos nos causan mucho, mucho miedo: enfermedades letales, asesinos de niños, lugares oscuros o lugares perversos (sí, hay sitios que apestan), tipos simpáticos que ocultan una vena malvada. ``Después de cincuenta y cinco libros publicados, vean de lo que soy capaz'', parece enrostrar el artesano al hatajo de tiquismiquis que aun lo cuestionan. Uno sólo podría objetarle que, al parecer, las ucronías no son su punto fuerte.

"Provocar una respuesta emocional (o intelectual, agrega el que esto escribe) es lo que debe hacer un escritor sobresaliente, independientemente de su calidad técnica'', se defiende King en un pasaje del libro. Y vaya si lo logra. Como se dijo, la extraordinaria investigación sobre fin de los años cincuenta y principios de los sesenta en Estados Unidos (sus sabores, sus aromas, su música sublime, con el rocanrol en pañales), nos fuerza a cavilar sobre lo que hemos perdido como individuos o como pueblo.

Y además de todo esto, hay un trama desbordante de sucesos, apenas coloreada con elementos sobrenaturales, que nos agarra de las solapas hasta la última página. En una suerte de combate preliminar antes de lo de Dallas, el bueno de Jack descubre en la dickensiana y siniestra Derry (claro, ¡la ciudad ficticia de It!) que el pasado no quiere ser cambiado, es obstinado y ladino con sus efectos mariposa y sus armonías que pueden resultar fatales. Puede hacerse pero requiere de todo nuestro empeño. El tiempo -escribió Henri Bergson- es el supremo misterio de la metafísica, una vez resuelto todo lo demás se nos aclarará por añadidura. Stephen King arriesga una aproximación inteligente al arcano en una obra de lectura adictiva que muy probablemente resistirá el implacable paso del tiempo.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

Este artículo abrió el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

lunes, 23 de julio de 2012

Personas

Carlos Fuentes

Alfaguara. Relatos autobiográficos, 260 páginas

El mejor Carlos Fuentes (1928-2012) deambula por estas páginas. El lúcido integrante de la elite progresista global, la que veranea en la exclusiva isla de Martha’s Vineyard; el aristócrata cosmopolita que siente que la única manera de ser nacional consiste en ser generosamente universal, “pues nunca la parte se entendió sin el todo”. El polígrafo, que ha demostrado en su vasta y despareja obra que la creación es más importante que el acierto. Del autor de Terra nostra, en efecto, puede decirse lo mismo que Fuentes estableció de Pablo Neruda: “asumió los riesgos de la impureza, de la imperfección y de la banalidad”.

El libro póstumo del antepenúltimo coloso del boom latinoamericano (nos quedan Vargas Llosa y el Gabo) atesora una seductora constelación de retratos. Es una obra riquísima en anécdotas, Fuentes fue también diplomático, oficial u oficioso, del querido México. Cultivo la amistad de grandes hombres de su era como John Kenneth Galbraith (siete pies de alto, o siete pies según su legión de admiradoras), Arthur Schlesinger y Pablo Neruda. Trabó ligazón con Malraux y Alfonso Reyes. Fue uno de los invitados especiales en la asunción, tan tumultuosa como emocionante, de Francois Mitterrand en 1981. Es posible que nunca se haya escrito una semblanza tan esclarecedora de Luis Buñuel como la que incluye este volumen. La reivindicación fuentista del general Lázaro Cárdenas resulta inobjetable.

Fuentes declaró que sus textos son como los hijos que da la vida: algunos son buenos y uno se envanece de ellos; y otros… bueno, todo lo contrario, pero no por eso uno deja de quererlos. Ese vaivén, desde lo sublime a lo pueril o a lo cursi, al retruécano zonzo o la grandilocuencia andaluza se percibe con toda claridad en su faceta de crítico literario. Resulta inconcebible que un artista de la talla de CF haya escrito un análisis tan pobre de Rayuela; aunque, pensándole bien, acaso no se trate de otra cosa que la enésima critica literaria estragada por el amiguismo.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Economía del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: El retruécano, en general, como recurso retórico siempre me parece tonto. Un jueguito de palabras sin gracia ni talento.