viernes, 27 de abril de 2012

Las marismas

Arnaldur Indridason

RBA. Novela policial, 287 páginas. Edición 2009


 Islandia. Remota isla en el extremo norte de Europa, gobernada por el mismísimo Dios de las Tormentas. Allí, sostenía Borges, los vikings inventaron la novela. Quién sabe. La CIA, en su esclarecedor The World Factbook, calcula que en julio de 2012 tendrá estimativamente 313.183 habitantes (ocupa el lugar 179 en el globo). Es decir, más que un país se trata una ciudad ampliada, donde toda la población -de homogénea composición racial, paraíso de los necios mixofóbicos- de alguna u otra manera se relaciona. El asesinato es, obviamente, una tragedia muy rara, pero las letras islandesas se las han apañado para brindar al mundo un muy competente autor de novelas policiales. Arnaldur Indridason (1951), se llama.

Historiador, periodista y crítico de arte, Arnaldur creó al detective Erlendur Sveinsson, sin que ello implique un esfuerzo de imaginación portentoso. El policía tiene todos los tics del género. Fuma como un condenado, postergó a su familia, lleva el alma en carne viva por hurgar en la inmundicia -metafórica y real- de la sociedad en que vive. Es un solitario que vive para su trabajo aunque en este libro lo sorprendemos tratando de rehacer la relación con su hija drogona. Investiga el homicidio de un anciano malnacido, aficionado a la pornografía más asquerosa (adultos con niños y animales). En su momento, fue un violador que se salió con la suya. Le reventaron la cabeza con un cenicero. Era portador de una temible enfermedad hereditaria.

El acto de lectura es sencillísimo
; la novela renuncia a las densidad formales y temáticas; los capítulos son diminutos del tipo una-sola-cosa-a-la-vez. Pero contiene escenas de fuerte contenido dramático (sobre todo el final) sin incurrir nunca en melodramas, lo que delata la influencia inglesa sobre Arnaldur. Incluye, además, la suficiente dosis de exotismo como para atraer a un lector de sangre latina. Islandia, o Iceland, ese nombre atrapa la imaginación.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno


PD I: Leer una novela policial (o de ciencia ficción) entre dos obras densas y profundas de Alta Literatura es una buena costumbre que he adquirido. Me permite relajarme. Me limpia las papilas gustativas, como un vaso de agua helada o un sorbete entre dos platillos de sabor contundente. Pruébenlo.

PD II: En este blog se publico la reseña de otra obra de Indridason. Me temo que en algunos conceptos me he repetido. Pinche aquí.

lunes, 23 de abril de 2012

1Q84 Tercer libro

Haruki Murakami

Tusquets. 414 páginas, Novela. Edición 2011


Concebir un universo alternativo con sus propias leyes, su lógica interna, sus creaturas tocadas por la originalidad es una evidencia tanto de imaginación poderosa como de ambición artística que es la primera virtud que debe ostentar aquel fulano que desee ser llamado escritor (destreza que hoy brilla por su ausencia en la Argentina, aunque ése es otro tema). 

Obviamente, no todo el mundo tiene la sensibilidad apropiada (no es un reproche, entiéndase bien) para disfrutar la literatura fantástica, pero los demiurgos a mí siempre me han inspirado respeto, tratase de El Señor de los Anillos, La liebre o Las Crónicas del Ángel Gris. Haruki Murakami -el rey del pop literario- imaginó un cosmos apenas diferente (como los mundos alternativos de Blanqui o de Bioy Casares), con dos lunas de diferente tamaño en el firmamento, conciencias que abandonan al cuerpo para hacer de las suyas, y la influencia decisiva de la Little People, engendros del mal que favorecen la pederastía y son adorados por una secta deleznable. Es como si estuviéramos en el mundo de los sueños, allí puede ocurrir cualquier cosa: una mujer puede quedar embarazada sin que nadie le toque un pelo.

Entonces, 1Q84 es como decir 1984’ (prima). El tercer volumen relata otros tres meses en aquel mundo ilusorio. No se añaden nuevos personajes con la excepción del hijo no nacido de la asesina-serial-por-buenas-razones Aomame (una debilidad del libro, me temo) pero se ahonda en la historia y la psicología de uno de los caracteres murakianos más fascinantes: el señor Ushikawa, a quien este blog dedicó una meditación (pinche aquí), enriquecida por decena de comentarios, y comparó con López Rega o Beria, por su naturaleza de hombre mediocre que nunca cae bien a nadie y está dispuesto siempre a hacer cualquier trabajito sucio para un mandante. Si fuese un animal sería una comadreja (¿Tengo sería un oso?, ¿Fukaeri una gata?). En el pasaje más escalofriante del libro, el desagradable Ushikawa es brutalmente torturado, lo que confirma que la saga 1Q84 es la creación más siniestra del amable Murakami.

Debe advertirse que para el goce profundo de la novela es necesario haber leído la primera y segunda parte. El autor, acaso por exigencia de sus editores, apela a la redundancia para que nadie se quede afuera de la trama, pero esto no es más que un ripio del texto y, a mi entender, resulta insuficiente. La mitología nunca deja de ser interesante, si bien el volumen es una transición algo morosa entre el asesinato del líder de la secta y el desenlace. Los delicados tropos de Murakami hacen de la lectura, como siempre, una acto placentero.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

PD: El bueno de Murakami induce a sus lectores a descubrir la Sinfonietta de Janácek. Pinche aquí y aquí.

sábado, 21 de abril de 2012

China

Henry Kissinger

Debate. Ensayo de historia, 621 páginas. Edición 2012


"China tiene un rasgo característico: no parece tener principio".
H.K.

Hay algo siniestro en la admiración que el señor Henry Kissinger profesa por los grandes estrategas, esos hombres de Estado que han demostrado una eficacia extraordinaria (y pocos escrúpulos) para ampliar el poder nacional. Como Mao Zedong. Desde cualquier perspectiva moral, fue un monstruo; sus decisiones causaron la muerte de millones de personas. Pero el apóstol de la revolución permanente sentó las bases para el resurgimiento de China, lo cual es motivo para que el ex secretario de Estado de Richard Nixon justifique, incluso, la infame Revolución Cultural.

El relativismo moral y la condescendencia son, justamente, las únicas lacras que se perciben en este monumental ensayo que narra el auge, la decadencia y el resurgimiento de una Nación-continente que en dieciocho de los últimos veinte siglos fue la más rica del globo. Es muy posible que la obra se convierta en un clásico. Se forjó con una impresionante bibliografía, documentos hasta ayer secretos y la experiencia personal de un estadista que, como jefe de la diplomacia de Estados Unidos, piloteó algunos de los acontecimientos más trascendentes de los últimos cuarenta años, en particular la sorprendente reconciliación (y alianza flexible y duradera) entre el paraíso del capitalismo y el país con el comunismo más virulento. El colosal caudal de información sobre China es tamizado por una visión ideológica que -guste o no- da el conjunto una sólida coherencia. Presenta Kissinger como verdad manifiesta que para el Príncipe no debe existir nada más importante que el interés nacional. La geopolítica manda sobre cualquier otra consideración, es suel sombrío mensaje.


Confucio hha vuelto, es la segunda tesis del libro. Pekín es de nuevo el centro del universo y la civilización china despierta, una vez más, respeto y admiración. Hoy, gran parte de la salud económica del mundo depende de los resultados del milenario Reino Medio, un lugar donde el tiempo tiene un significado distinto al de Occidente. Libros como éste, sin duda, ayudan a esclarecer el presente. Dicho a la manera china, el volumen tiene shi, el arte de comprender la materia en estado de cambio.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa
Calificación: Muy bueno

sábado, 14 de abril de 2012

Andrade

Alejandro García Schnetzer

Entropía. Nouvelle, 76 páginas.


Establece Juan Gelman en la contratapa que el verdadero protagonista de Andrade no es Lucio Andrade, el viudo de luto conchabado por el librero Villegas para el oficio trashumante de comprador de viejo, sino el lenguaje. Tiene razón el poeta. Este librito es una brillante exhibición de estilo. ¿Y qué es el estilo? Para Thomas De Quincey es la “encarnación del espíritu”. Más pedestre, Norman Mailer decía que es “el conjunto de decisiones sobre qué palabra es valiosa y cuál no en cada frase que escribes”. Y entonces las decisiones que ha tomado aquí Alejandro García Schnetzer (Buenos Aires, 1974) han sido siempre acertadas. Las virtudes de su prosa son clásicas: elegancia, humor, delicadeza, ingenio. El buen gusto campea a sus anchas.

La editorial nos asegura en la tapa que se trata de una novela, ¿pero qué novela es aquella que se puede leer en un santiamén? ¿Un cuento alargado, una nouvelle, el penúltimo producto de la holgazanería argentina, defecto injustificable en un escritor? El autor eligió narrar un día, con un final tremendo, en la vida de un hombre sumido en la desesperanza por la ausencia de una mujer. Seguimos su peregrinar bibliófilo por las barriadas; diálogos magníficos (por sustracción) nos salen al paso. Hay guiños literarios, relámpagos de comicidad genial y un manejo habilísimo del tiempo que hace convivir, el 29 de febrero de 1940, a un lechero que pasa con su vaca por la calle Defensa con una madre de pañuelo blanco en Plaza Mayo. 
La inteligencia, ésta es la clave, rige el conjunto. Acaso todo ocurre en el Mas Allá: Andrade ha muerto de esplín. 

Sin embargo, (en este blog siempre hay un pero) el lector voraz se queda con hambre, el libro concluye demasiado pronto. Alguien que escribe tan pero tan bien como el señor García Schnetzer pudo haber forjado, en la línea de Andrade, una suerte de ambicioso Ulises aporteñado y aquí nos quedaríamos aplaudiendo hasta que nos despellejáramos las palmas. Otra vez será.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

PD: Silvina Friera entrevistó al autor en Página 12. Pincha aquí: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-24517-2012-03-05.html

lunes, 9 de abril de 2012

Diez consejos de Pynchon

Diario de un lector apasionado XXIV

Quinta feira, 19.00. Estado de Paraná, Brasil. A bordo de un ómnibus.


Tengo la sospecha de que los mandarines de Estocolmo no han entregado aún el Nobel de Literatura a Thomas Pynchon por una sola razón: temen que el mejor narrador norteamericano vivo envíe a recibirlo a un cómico tal como hizo, en su oportunidad, con el National Book Award. ¡Por Dios, qué bien escribe Pynchon!, me digo una vez más, ahora a bordo de un ómnibus de la Catarinense. Estoy atravesando el estado de Paraná, en viaje desde Foz de Iguazu hasta Camboriú, y me acompaña un librito de cuentos que Tusquets acaba de publicar para gozo de mi hermandad, el club de admiradores del eremita más famoso (ahora que Salinger murió).

Me limitaré a comentar el sublime prólogo. Provoca, como cualquier manifestación de Alta Literatura, el efecto suspensión del tiempo. Comencé a leer el texto en Medianera y -¡oh sorpresa!- cuando levante la vista ya estaba en la Rodoviaria de Cascavel. Una hora pasó volando. Siempre he sostenido que la virtud primordial que debe ostentar un escrito que se pretende literario es la de mantener absorto al lector, ajeno por completo a ese engorro llamado realidad. Es el primer paso. Después de establecida la amenidad, opinaremos sobre la eficacia estética del texto, materia de discusión inacabable pues depende de algo tan lábil como el gusto.

Por lo que veo desde mi cómoda poltrona, Cascavel es, sin lugar a dudas, una ciudad próspera. La Rodoviaria es enorme. Me recuerda a Río Cuarto, en Córdoba. Estoy en el corazón del Brasil gringo, agrícola y de piel blanca, aquí -sospecho- el Partido de los Trabajadores de Lula debe tener hartas dificultades para hacer pie. Volviendo al prólogo, Pynchon admite que estos relatos escritos hace unos cincuenta años son ejercicios de aficionado y detalla, con humor cautivante, sus defectos. Estoy seguro que ningún escritor argentino -siempre tan inseguros de sus destrezas- se animaría a tanto. El prefacio establece también una serie de principios que pueden aplicarse para el análisis estructural de una obra literaria o bien usarse en los talleres literarios (esas fabricas de nulidades) como sugerencias para novatos. A eso, quería llegar, quiero compartir los diez consejos de Pynchon para el escritor principiante. A saber:

1) ¿Qué puede decirse de la seriedad de la ficción? ¿Cómo trata el tema de la muerte? ¿Cómo aborda las clases sociales? ¿Resuelve algún problema trascendente?

2) ¿Cuál es el material teórico?

3) ¿Qué denuncia? ¿Qué informa? ¿Qué refleja de la vida real?

4) ¿Qué tal es la voz narrativa?

5) ¿Qué puede decirse del estilo?

6) ¿Tiene el autor buen oído para el habla? ¿Cómo son los diálogos?

7) ¿Tienen vida los personajes? ¿Se mueven, evolucionan?

8) ¿Qué piensa de los detalles? ¿Descubre algún error?

9) ¿Cuál es la calidad de ensamblaje de los elementos estructurales?

10) ¿Qué influencias se perciben?

Bien, ya hablaré en otra entrada de los cinco cuentos. Me felicito, en tanto, por haber traído a Pynchon de vacaciones.
Guillermo Belcore

sábado, 7 de abril de 2012

La confesión

John Grisham

Plaza & Janes. Novela, 502 páginas.


“El sistema de justicia para menores es sólo un caldo de cultivo para delincuentes profesionales. La sociedad quiere encerrarnos para siempre, pero es demasiado estúpida para darse cuenta que algún día acabaremos saliendo; y cuando salimos no es nada bonito”.

“Si matas bastante, te convences de que matar es bueno”.
J.G.

Está bien, de acuerdo. John Grisham, ese hábil fabricante de best sellers, no es literatura de primera categoría como un Thomas Pychon o un Don Delillo, dos de sus compatriotas más insignes. Pero tenemos aquí un vibrante alegato contra la pena de muerte, que nunca aburre, tallado en formato de docunovela, que no debería ser soslayado por el interesado en el tema o por el lector al que le basta una historia atractiva, sin muchas pretensiones formales y que puede digerir, sin atragantarse, el melodrama, el maniqueísmo, el vicio de explicarlo todo, los parlamentos inverosímiles, los finales redonditos, entre otros defectos notorios del thriller de supermercado.

Estamos en Texas, un estado-nación obsesionado por demostrarle al mundo los duros que son sus veinticinco millones de habitantes. Han montado -y mantienen muy bien engrasada- una maquinaria implacable para aplicar la Ley de Talión sin contemplaciones, incluso al precio de matar algún inocente. Esa es la tesis de la novela. En la pequeña localidad de Slone, una joven promesa del fútbol americano -afroamericano, para más datos- ha sido condenado a muerte por el supuesto rapto-violación-muerte de la chica blanca más bonita de su curso. Nunca apareció el cadáver. La policía le había arrancado una confesión, de la que se retractó al día siguiente. El juicio fue una farsa, a pesar de los denodados esfuerzos de un picapleitos legendario. Días antes de ser ejecutado el reo, aparece en una Iglesia luterana de Kansas un ex convicto -un mal bicho, un psicópata- que jura ser el verdadero asesino, incluso tiene evidencia que refirma su confesión. Comienza entonces una trepidante carrera contra la muerte, pero hasta Hércules, el de los doce trabajos colosales, se vería en dificultades si quisiese frenar la cadena de montaje de Texas. Hay escenas conmovedoras.

Grisham opina todo el tiempo, y no lo hace mal. Sus argumentos contra la potestad del Estado a asesinar a los ciudadanos que han asesinado resultan no sólo inobjetables, sino también convincentes. Entre toneladas de información, expone la brutalidad del sistema carcelario, la vileza de políticos, funcionarios y periodistas, la estupidez de gobernar basado sólo en el miedo o las bajas pasiones de la chusma, sobre todo de la chusma con dinero en la cuenta de banco. Un libro interesante, en síntesis.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Es un best seller, queda claro, ¿no? Y es evaluado como tal, no como Alta Literatura. Incluso la más menospreciada rama de la industria editorial puede engendrar buenos artefactos como ‘La confesión‘.

PD II: Entre una cosa y otra, ejecutar legalmente a una persona en Texas cuesta unos dos millones de dólares. La espera promedio en el corredor de la muerte es de diez años, la más corta de todo Estados Unidos.

viernes, 6 de abril de 2012

El silbador

Ondjaki

Letranómada. Novela, 111 páginas


Una y otra vez, la humanidad ha imaginado la existencia de un ser prodigioso que con su voz, su canto o su música es capaz de alterar el orden de las cosas. Desde Orfeo hasta el último ídolo del rock o del pop pertenecen a esa estirpe mágica. Este libro espumoso retoma el mito y lo ubica en una aldea recóndita del África que adora a los burros y transpira mansedumbre y pereza. Un buen día, aparece allí El Silbador. Sus melodías no sólo atraen a los pájaros, sino que “alcanzan, de modo incisivo, la profundidad de las almas, el rincón donde cada uno esconde sus secretos, esa asombrosa gruta a la que muchos llaman la esencia del ser”. El murmullo de Dios no tarda en provocar un maremoto de ansiedad en el sacerdote y la comunidad toda. “No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa”, escribió San Pablo.

El señor Ondjaki nació en Angola en 1977 y hoy reside en el Brasil. La solapa nos avisa que es un escritor premiado. Es lógico que Africa, un continente que preserva animales fantásticos como la jirafa o el elefante, sea también el último reservorio del realismo mágico. Un intenso lirismo colorea las páginas de esta novela encantadora, aunque diminuta, que celebra la vida sin lujos pero digna, la ceremonia de la siesta, el poder de los sueños, la murmuración vecinal, la naturaleza exuberante; y que contiene qué nombres: KoTimablo, el sepulturero; doña Mamán; KeMunuMunu el viajante; Dissoxi, un misterio en forma de mujer. La prosa es suave y colorida, con una cierta solemnidad que ya no se utiliza en Occidente.

Puede compararse el libro con un diamante: un objeto raro, valioso, bello, que aviva la imaginación de las gentes. Una buena idea fue traerlo al castellano. “Al final -dice Ondjaki- la música es el único sonido humano parecido al silencio”.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa

Calificación: Bueno

jueves, 22 de marzo de 2012

Una meditación

Juan Benet
Alfaguara. Edición 2004. Novela. 430 páginas.

Una feliz coincidencia. La firme decisión que me impuse en 2012 de leer (o releer) y comentar aquí al menos diez textos clásicos por año; la excelente saga sobre el autor que Quintín publicó hace unos meses en su blog (tan suculenta que me despertó el apetito); y la aparición de esta novela en una mesa de saldos de la calle Corrientes (¡3,50 dólares el ejemplar!) me han permitido empezar a saldar una vieja deuda, que es la que compartimos todos los lectores apasionados: por mucho que hayamos asimilado, siempre habrá una infinita cantidad de maravillas aguardándonos en la biblioteca universal. Bien, después de varias décadas de formación heteróclita, he arribado a Juan Benet (Madrid, 1927-1993). Una sola novela -para muchos, su obra maestra- me basta para afirmar, con absoluta certeza, que se trata de una de las cimas de la narrativa en español del siglo XX. Trataré de justificarlo.

El quid de la novela es la muerte trágica del poeta Jorge Ruan en una pequeña sociedad semirrural, “momificada, envuelta en podredumbre, hastío y soledad”. Estamos en Región, una comarca española que sólo existe en la caudalosa imaginación de Benet. Es el Yoknapatawpha County de Faulkner, la Santa María de Onetti o el Macondo de García Márquez. El demiurgo español ha creado un universo alternativo -incluso detalla su topografía y le inventa una flora- que entronca con la historia de España del siglo XX, en especial con la Guerra Civil. Por cierto, Benet repudia al franquismo pero de manera suave y oblicua (el más eficaz de los procedimientos). Me he preguntado si no es un ardid para eludir la censura; el libro fue publicado en 1969, e incluso obtuvo el Premio Biblioteca Breve de Alfaguara (quién dijo que todas las obras premiadas son corruptas o deleznables). Si la conjetura fuera cierta, demostraría que un punto de dificultad suele ser beneficioso para la literatura, contribuye a avivar el ingenio. Sin la Inquisición, Góngora no hubiera inventado el retorcido culteranismo.

Volvamos a Benet. Recién en la página trescientos dieciséis nos anoticiamos de cuál es la clave del libro. Antes de eso, navegamos en un mar de los sargazos que incluye saltos temporales, magníficas digresiones, personajes que salen y entran imprevistamente como en una obra de teatro, audacias sintácticas (ya volveré sobre el tema) y violentos bandazos del sentido como si la trama fuese un camión destartalado que transita por esas avenidas destruidas del conurbano bonaerense (digamos Gaona a la altura de Ciudadela). Debo advertir que Una meditación exige una concentración absoluta y un esfuerzo de atención casi sobrehumano. No es para el lector con prisas. El fluir de las palabras resulta hipnótico pero no viene mal ir tomando notas para poder armar el más exigente de los rompecabezas. El sólo hecho de retomar la lectura en cualquier sitió donde la hayamos dejado es complejo. La urdimbre no ayuda: ¡no hay un solo punto y aparte en toda la novela!

Sin embargo, se trata de una maravillosa experiencia de lectura, una de las más intensas y gozosas que he tenido, similar a la que debí enfrentar cuando estuve cara a cara con Santuario de William Faulkner, a la sazón uno de las influencias primordiales en Benet. Cuatro virtudes de la prosa, combinadas, dan una sensación de poderosa fuerza estética y originalidad. A saber:

a) Sabiduría. Podría confeccionarse un diccionario con las definiciones que amoneda Benet. Ejemplo: Sexo: ilusoria y efímera emancipación de lo social. Hay un tiempo erótico en el que la sociedad nada cuenta.

b) Poder cognitivo. La novela llega al hueso de la condición humana. En las primeras cien páginas, verbigracia, se interpolan fascinantes reflexiones sobre la genealogía de la moral, las situaciones de punto muerto, los extravíos de la memoria, el aprendizaje del niño, el derecho a gobernar, el amor propio, la terrible naturaleza del conocimiento, las relaciones entre idea, palabra e imagen emotiva, la emulación social, etc.   

c) Exuberancia verbal. Se calcula que Shakespeare usó más de 20.000 palabras, más de un cuarto de reciente creación. No las he contado, pero el vocabulario de Benet es admirable y riquísimo. Palabras raras o inventadas, fragantes o musicales nos salen una y otra vez al paso: barbelé, mandarla, terne, propincuar, claustrofilia, tobáceo, nártex, negligir, miscible, castillazo, frustratriz.

d) Dominio de la metáfora. Benet era ingeniero de Caminos, Canales y Puertos y dicen que ejerció esta profesión hasta el fin de sus días. Su familiaridad con las ciencias duras le ha permitido enriquecer la narración con la yuxtaposición de elementos provenientes de ámbitos ajenos a lo literario, como la geología, la anatomía o la física. Pynchon, que también es ingeniero, goza de la misma capacidad. Por otro lado, la adjetivación siempre es singular.

También deben destacarse las espléndidas descripciones, la potencia dramática de los personajes, el papel del narrador (un fracasado que hace trabajar a la memoria), la experimentación con los signos de puntuación (paréntesis dentro de otro paréntesis), el estilo insólito, la musicalidad del texto, la ambigüedad, las referencias cultas. Una gran obra, en suma, para lectores pacientes y creativos. En la página doscientos, puede que Benet haya dado una pista de cómo deberíamos leerlo:

“…es preciso buscar en las oraciones -tan largas como entrecortadas- la palabra maestra religada a la anterior que le da sentido gracias a un orden algebraico distinto e independiente al sintáctico… ”.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

martes, 20 de marzo de 2012

La sugestión

Sebastián Díaz
Malas Palabras Buks. Novela, edición 2011, 282 páginas. Precio aproximado: 80 pesos.

Hay algo c
urioso en la producción de novelas en Argentina. La patética falta de ambición y la urgencia por publicar, más el celo en fatigar los caminos trillados de la mayoría lleva al lector exigente a concluir que el conjunto se encuentra en un punto más allá de la cura y la esperanza; sin embargo, cada tanto aparece una obra que rompe el molde y nos reconcilia con la literatura nacional. He aquí un caso. La sugestión es un libro extraordinario que admite más de una interpretación e, incluso, puede ser leído como alegoría.

Santiago Díaz (Nueve de Julio, 1974) narra las peripecias de un joven fracasado que asciende a una realidad superior (aquí se nota la influencia de Marechal en el autor). Como el Dante en el Averno, cuenta con la ayuda de un cicerone, Mano Cruel, el peluquero mugriento que le ayuda a descubrir los secretos del ser y a superar las trampas del Yo. Entramos en La Sugestión, un palacio de maravillas oníricas y conceptuales. Personajes fantásticos nos salen al paso. La trama utiliza dos procedimientos excelentes. Hay, en primer lugar, un loable esfuerzo por atrapar el chamuyo de los argentinos. Hay, además, un bien logrado vaivén entre la alta filosofía y el psicoanálisis, por un lado; y los placebos orientales y las fruslerías de los manuales de autoayuda, por el otro. Es decir, entre Berkeley y Jung; y de ahí el péndulo oscila hasta Carlos María Domínguez y el budismo light.

Algo bueno hay que decir del objeto libro. El sello Malas Palabras Buks parece querer especializarse en gemas raras y las presenta en un hermoso y original envase, con imágenes del autor en distintos momentos de su vida. De esta primera edición, se imprimieron doscientos ejemplares. Que se hagan más; a la novela no le costará encontrar sus muchos lectores.

Guillermo Belcore

Publicado el domingo pasado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

sábado, 17 de marzo de 2012

Diario de invierno

Paul Auster
Anagrama. Autobiografía. 243 páginas. Edición 2012

“Todos somos extraños para nosotros mismos”
Paul Auster

“Algunos de los sitios más hermosos del mundo están en el cuerpo de tu mujer”.
George Oppen

Conviene contemplar al gran escritor como a un demiurgo gnóstico, una potencia omnisciente, creadora de un universo alternativo que se rige por sus propias leyes. En cuanto se rebaja a razonar -escribió Borges, quién si no- lo sabemos falible, el encanto se rompe. ¡Crea, artista, no hables!, clamaba Goethe. En este libro, un gran escritor de Estados Unidos se degrada a exhibirse y confesar, dos de las pasiones de nuestro tiempo. Uno se entera de que Paul Auster fue campeón norteamericano de masturbación, que sufrió un ataque de pánico, que su madre acaso engañó a su padre, que casi se agarra a piñas con un taxista parisino. Con una mano en el corazón: ¿qué interés literario pueden suscitar los trastornos menores de un tipo común y silvestre?

A los sesenta y cuatro años, Auster ha retornado pues al género memorialístico. Usa la segunda persona, vocativa. Engarzó, como si cuentas de un collar se tratase, impresiones placenteras o dolorosas, listas, anécdotas, la descripción de sus veintiún domicilios permanentes (desde que nació hasta ahora), la evocación de la madre, un homenaje a Siri la compañera de treinta años, el argumento de una película. Como en todo el repertorio austeriano, hay momentos de intensa emoción y delicada poesía. Pero las memorias no incluyen nada del otro mundo, nada que manche siquiera ligeramente la reputación del narrador. El lujo de haber llevado una vida normal no merece ser contado.
 
En cuanto al estilo, puede afirmarse que Auster conoce los trucos del oficio como nadie de su generación (también explota descaradamente los mecanismos de promoción editorial, pero ese es otro asunto). Los párrafos son redonditos, lisos, perfectos se diría. La lectura es placentera, facilísima. A menudo se tiene la impresión de que Auster se ha convertido en un autor para lectores aficionados.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del Diario La Prensa

Calificación: Regular

PD: Como era de esperar, Diario de invierno ha recibido encendidos elogios en la prensa y en la blogsfera en general. El señor Javier Maydeu en El País de Madrid, por ejemplo, habla de "impudor, ironía e introspección a la enésima potencia". A mí, francamente, el libro me aburrió, pero es sólo una opinión. Sugiero, como siempre, al interesado en la obra consultar otros puntos de vista.



sábado, 10 de marzo de 2012

Edipo en Stalingrado

Gregor Von Rezzori
Sexto Piso - Novela, 391 páginas. Edición 2011

“¿Acaso no somos infinitos como el universo, siempre en un estado de perenne explosión? ¿No somos, en el mejor de los casos, frecuencias de ondas, es decir, ecos, sonidos, tonos? Lo sigo y lo repito: somos seres advenidos a presencia, pero de una tercera cualidad, seres del manar y del sufrir, amorfos como medusas, dudosos, y cuestionables bajo cualquier figura, efímeros, inabarcables, que tienen a Proteo como única y verdadera deidad: ¿qué tendríamos pues que temer?”
G.V.R.

Que esta obra maestra de la literatura alemana del siglo XX, escrita en la década del cincuenta, haya llegado ahora al castellano es casi imperdonable. Sí, claro, es mejor tarde que nunca pero por qué la demora (¡se traducen tantas porquerías!) para traer una sátira exquisita, colmada de ideas y filosofía de alto vuelo, prosa suntuosa y gran sentido de lo teatral, que ofrece una explicación convincente de la barbarie nazi (siempre con procedimientos oblicuos, los más eficaces), entendido Hitler como la rencorosa revancha de la masa pequeñoburguesa, apuntalada por la supremacía de la civilización tecnológica.

Todo gira en torno de una figura patética y frívola: el barón Trugautt, edípico representante de la podrida aristocracia rural prusiana (los junkers), habitué del espléndido y apolillado bar de Charly, uno de los últimos sobrevivientes de los locos años veinte. Estamos en Berlín en 1938. El ruido de fondo es el repiqueteo de las botas marciales sobre el pavimento y el ulular de las camisas pardas. Hay un cambio de época en el aire. El noble se empareja con una rubia voluptuosa y promiscua (“de raza”), hija de un próspero industrial. La novela es de aprendizaje: Trugautt descubre cuál es la perversión que le permite funcionar bien en la cama.

El uso delicado de la segunda personal verbal es otro de los agrados del libro: un aristócrata en decadencia (como el autor del libro, por cierto) le cuenta a un camarada la historia de Trugautt, vaso de whisky en mano (se trata del sublime monólogo de un achispado). Hay magníficas digresiones, metáforas eruditas que resplandecen como si se les hubiese dado un baño de purpurina y oro, escenas desopilantes (recuérdese que se trata de una sátira). En el epílogo de 2004, el cineasta Volker Scholondörff rinde homenaje a la dicción y la destreza intelectual de Gregor Von Rezzori (1914-1998) resaltando que cada capítulo es “un cuadro cinematográfico perfecto“. Un libro extraordinario, sin duda y muy bien traducido, por cierto.

Guillermo Belcore
Una versión más corta se publica en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Excelente

PD: En una entrada anterior, establecí que esta obra maestra merece el título de Novela del año 2011.

lunes, 5 de marzo de 2012

El puente sobre el río del Búho

Proyecto diez mil cuentos

Argumento Número veintiséis

El puente sobre el río del Búho

Ambrose Bierce
Cuentos inolvidables según Julio Cortázar. Alfaguara, 2006. Traducción: José Bianco

Advertencia: Si usted desea ser sorprendido por el espléndido giro fantástico del final no siga leyendo.

Desde un puente de ferrocarril, Peyton Farquhar, plantador de fortuna de una vieja y respetable familia del sur, mira correr el agua veinte pies más abajo. Está a punto de ser colgado. El liberal código del Ejército del Norte prevé la pena de horca para toda clase de personas, sin excluir a la gente decente. El señor Farquhar cierra los ojos para concentrar sus últimos pensamientos en su mujer y sus hijos. Cuando cae al agua, pierde la conciencia como si estuviera muerto, pero fueron sólo segundos que parecieron siglos. La cuerda del verdugo se había roto. El hacendado logra desatarse las manos y salir a la superficie. El pelotón yanqui abre fuego -primero con los fusiles, finalmente con el cañón- desde el puente y la orilla. El señor Farquhar nada a favor de la corriente, deja atrás a sus enemigos, sale del río y se interna en el bosque. Famélico, agotado, confundido camina toda la noche. Encuentra un sendero en la buena dirección. Llega la mañana siguiente a su casa. Su mujer, con el rostro fresco y dulce, corre a recibirlo. El se lanza en su dirección con los brazos abiertos. En el instante mismo que va estrecharla contra su pecho, siente en la nuca un golpazo que lo aturde, una luz blanca lo deja ciego. Luego, todo es tinieblas y silencio. El cadáver de Peyton Farquhar, con el cuello roto, se  balancea suavemente sobre el puente del Búho.

PD: Desayuno en Las Violetas. Mientras espero que abra el banco, releo este magnífico relato del siglo XIX. Ambrose Bierce, una vida de leyenda, una muerte sin aclarar, me sigue maravillando.  ¡Que nadie desconozca este cuento!   

sábado, 3 de marzo de 2012

Los ojos de la mente

Oliver Sacks
Anagrama. Ensayo de ciencias, 287 páginas. Edición 2011

“Leer nos parece un acto interrumpido e indivisible, y a medida que leemos prestamos atención al significado y quizá a la belleza del lenguaje escrito, sin darnos cuenta de los muchos procesos que hacen que esto sea posible… la lectura, de hecho, se basa en toda una jerarquía o cascada de operaciones que puede detenerse en algún punto”.
Oliver Sacks

El cerebro es algo parecido a una orquesta, pero no cualquiera. Es una orquesta extraordinaria que se dirige a sí misma, muy complicada, con miles de instrumentos, cuya partitura y repertorio cambian permanentemente. Una lesión, una infección, un tumor, una enfermedad degenerativa -cualquiera de esas siniestras eventualidades que nos acechan desde la maleza- puede provocar la desaparición de algunos de los mejores interpretes. Se puede perder, por ejemplo, la capacidad de leer (¡manteniendo al mismo tiempo la de escribir!), o de reconocer caras, o de percibir los colores sin que la personalidad se desintegre. Es que no sólo una discapacidad causa siempre que un talento se potencie, sino que el cerebro posee un potencial de recuperación mayor de lo que antaño se creía. La adaptabilidad no se termina en la juventud. Este es el mensaje de un hombre que se ha pasado la vida estudiando el más complejo elemento del cuerpo humano.

Oliver Sacks, neurólogo e investigador famoso, ha escrito varios libros sobre su especialidad. El más conocido tiene un título delicioso: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. La contratapa nos asegura que el buen doctor es también un excelente escritor, incluso un poeta elogiado por W. H. Auden. Lo que este blog puede atestiguar sin duda alguna es que, al filo de los ochenta años, Sacks ha escrito un libro ameno, culto e interesante, basado en sus casos clínicos y su experiencia personal como médico y paciente.

El libro describe extrañas dolencia neurológicas: alexia pura, prosopagnosia, carencia de visión estereoscópica, síndrome de Capgras, afasia, agnosia topográfica. Los pacientes -como los personajes de los buenos cuentos- evolucionan. Sacks, que reconoce haber experimentado con grandes dosis de anfetaminas, cita a Borges, a Wittgenstein, a los clásicos de la medicina del cerebro, a los nuevos teóricos. Muy sabrosa es la explicación de lo que ocurre en la cabeza cuando leemos, una habilidad relativamente nueva en la especie que demuestra que la experiencia es un agente de cambio tan poderoso en el ser humano como la selección natural. Más allá de su erudición, el ensayo intenta básicamente ofrecer un canto de esperanza, demostrar que incluso con un daño cerebral grave o con la perdida de la vista existen otras modalidades de ser humano, tan dignas de ser vividas como la convencional.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa
Calificación: Bueno

lunes, 27 de febrero de 2012

Provocaciones

Mario Bunge
Edhasa. Ensayo de filosofía, 167 páginas. Edición 2011.

El superhombre que Nietzsche propuso no es la bestia rubia disfrazada de negro y calaveras plateadas, sino algo más pedestre: el individuo con convicciones filosóficas, ajeno a las modas y al oportunismo, que no siente miedo para expresarse y respeta a los más débiles. Alguien como el Mario Bunge que redondean estas páginas.

Un sello editorial reunió artículos que el filósofo argentino ha publicado en dos diarios. El conjunto resulta estimulante pues fuerza al lector a meditar sobre asuntos políticos (¿es el presidencialismo el cáncer de la democracia?), sociales (el inmigrante nos enriquece) y culturales (¿a qué se debe la creencia tan difundida de que la oscuridad indica inteligencia, originalidad o profundidad?). El libro atrapa porque -como notaba Borges- la mera sensatez también tiene capacidad de resplandecer, aunque Bunge, de tanto en tanto, guste provocar con caprichosas generalizaciones. No es del todo descabellado postular que Heidegger fue uno de los mayores macaneadores de la historia moderna, pero repudiar en bloque a toda la filosofía existencialista suena a injusticia, cuando menos. Implica ignorar rotundamente el espíritu de una época.  En segundo lugar, la pretención de Bunge de igualar todo el psicoanálisis al bla-bla-bla parece indigno de un pensador de fuste, si bien la psicolabia porteña -que me perdonen nuestros cincuenta mil graduados universitarios- merece ser azotada en público, entre otras cosas, por su absoluto desdén hacia la investigación.

Bunge se considera un cientificista cuyo modelo de país y sociedad es su patria adoptiva, la pacífica y civilizada Canadá. Hace revisionismo histórico en serio (¿por qué no hay en Buenos Aires una avenida Bernardo Houssey?), no como el que cunde en la Argentina de estos años, puesto de rodillas al servicio del gobierno de turno. En síntesis, los ensayos a vuelo de pájaro están muy bien, porque quien los ha escrito tiene vista de águila. Los recuerdos del autor tampoco carecen de interés. En cambio, los escritos que aspiran a ser literarios pueden tarcharse de pueriles.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

sábado, 25 de febrero de 2012

La luz es más antigua que el amor

Ricardo Ménendez Salmón
Seix Barral. Novela, 175 páginas

"Todo este esfuerzo, toda esta lucha de vanidades, toda esta ingente escenificación, ¿para qué? De los demonios que acechan al creador a lo largo y ancho de su tarea, ninguno tan angustioso como la carencia de sentido".
R.M.S.

El asturiano Ricardo Menéndez Salmón -crítico, licenciado en filosofía, autor de no pocos libros- propone que esta novela sea leída como "una obra que se pretende inteligente". Para ella, la carga de sesudas reflexiones no siempre magníficas. Aparece, de tanto en tanto, la fastidiosa primera persona bloguera. No escatima sentencias como la siguiente: "la historia es un auténtico río caudaloso en el que la desmesura y el talento compiten con el azar y el ridículo". Entremezcla géneros y amplía el vocabulario (acaso para demostrar el dictum de Wittgenstein de que la inteligencia puede medirse según la cantidad de palabras que maneje una persona), incluso con jerga de claustros como "ontológico", "anagnórisis" o "aporético". Se asume, por lo demás, como remedo de Thomas Bernhard en cuanto a "exegesis del trabajo ajeno". La apuesta es muy respetable, aunque no ha podido evitar un desagradable vaivén entre genialidad y tedio.

El libro une vida y obra de tres pintores, dos de ellos productos de la imaginación: Adriano de Robertis (1300-1400), Mark Rotkho (1903-1970) y Vsévolod Semiasin (1925-2005). El castillo de San Sepolcro es el factor común, donde "un pintor blasfemo transformó el sufrimiento ante la pérdida de su hijo en un acto de dignidad". Le añade las vivencias del narrador Bocanegra, quien escribe justamente La luz es más antigua que el amor (una metanovela). Los personajes sirven como excusa para meditar -no sin talento- sobre cuestiones trascendentes, caso la naturaleza del arte, la rebeldía ante los poderes establecidos, el amor, la muerte, y la locura.

Atento a las tendencias en boga de la literatura hispanoargentina, o acaso por la urgencia de publicar, o quizás porque sólo le dio ganas de hacerlo así, Menéndez Salmón es otro escribidor que apuesta a la brevedad, la concisión, el capitulito, a dejar con hambre al lector. Idea un personaje fascinante, Pierre Roger de Beaufort -veinte años, cardenal diácono, futuro Gregorio XI- pero lo despacha en pocas páginas. ¡­Qué desperdicio, caray! También podría haberse extendido un poco más en la recreación de Stalin. Esa notoria falta de ambición, se compensa, en parte, por la excelencia de la expresión. Hay frases bellísimas y delicadamente sonoras, párrafos forjados con esmero y luego -suponemos- corregidos hasta que refulgen. El estilo es el hombre afirman, con razón, los ingleses.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

PD: El autor de este libro cae en la tentación de describir fotografías, "filosóficamente", uno de los caminos más trillados entre los intelectuales. Es un remedo superfluo de Barthes, se ha establecido. A mí, este lugar común, me aburre soberanamente. Como se señala en la página ciento veintinueve, "detesto a cierto romano llamado statu quo".

lunes, 20 de febrero de 2012

Crímenes

Ferdinand Von Schirach
Salamandra. Edición 2011, 189 páginas

“Nos pasamos la vida danzando sobre una fina capa de hielo; debajo hace frío y nos espera una muerte rápida. El hielo no soporta el peso de algunas personas, que se hunden. Ese es el momento que me interesa. Si tenemos suerte, no ocurre nada y seguimos danzando. Si tenemos suerte”.
F.V.Sch.

Básicamente, la industria editorial adora esta clase de libros por dos motivos. El best seller de calidad es un espléndido negocio que permite, al mismo tiempo, librarse de la fastidiosa sensación de estar vendiendo basura escrita para complacer a los perezosos. La fraternidad crítica, en cambio, los aborrece (o simula hacerlo) por mero esnobismo: los tiquismiquis piensan que nada que se venda como pan caliente puede ser bueno. Por eso repudian a Eco o a Murakami.
 
Crímenes se ha convertido en un fenómeno de ventas, primero en Alemania y luego en el resto de Europa. El cine ya se le puso el ojo encima a un libro que tiene algo de la formidable saga Law & Order. Ferdinand Von Schirach es un prestigioso abogado penalista de Berlin, hijo de un jerarca nazi, que ha decidido, supuestamente, narrar sus casos extraordinarios. Emplea una prosa elegante, sobria, de una belleza clásica. Como cualquier manufactura germana, como un Mercedes Benz. Su propósito declamado es mostrar que la culpabilidad es un asunto peliagudo; hay que mirar al asesino con ojos misericordiosos. La clave en la vida es tener suerte.

Las historias son fascinantes; se han urdido como cuentos que suelen tener un final que deja pasmado. Hay un muchacho con ganas de devorar a la novia, y otro al que aterra el número dieciocho. Hay un hombrecillo insignificante que se despacha a dos vándalos neonazi sin siquiera despeinarse. Hay una prostituta reventada a golpes; hay un respetabilísimo medico de provincias que un buen día estalla con un hacha en la mano. El robo a un cuenco de te del Japón del siglo XVI desemboca en la espantosa muerte de dos maleantes. Hay más fábulas terribles. Los relatos tienen un núcleo estrictamente literario que generan dudas sobre su autenticidad, ¿pero qué importa? ¿No dijo Oscar Wilde que la vida termina copiando al arte?
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

PD: Como buen argentino que soy, siempre me resulta interesante la descripción de cómo se procesa y castiga un delito en un país civilizado. Leo que en el distrito de Nordeck, al norte de Berlín, no se había producido un delito de sangre en ¡veintidós años! A pesar de su clima espantoso (parece que llueve siempre), he ahí un lugar donde me encantaría vivir. 

PD II: Se ha publicado un excelente reportaje al autor en El País de Madrid. Pinche aquí.

sábado, 18 de febrero de 2012

La novela del año (2011)

Diario de un lector apasionado XXIII

No sin tristeza, hace dos meses afirmaba en Eterna Cadencia que si bien en 2011 anegó las librerías, como siempre, una abundante y sabrosa oferta editorial no hubo -hasta donde yo sabía- una obra maestra que mereciera la dignidad de Novela del año, tipo Contraluz de Thomas Pynchon que en 2010 se había alzado indiscutida y rutilante sobre todas sus congéneres como el lucero de la tarde. Bien, vengo a admitir que estaba equivocado.

En este febrero porteño en que el estío -como escribió Borges en There are more things- no sólo hace sentir al hombre maltratado y ultrajado sino hasta envilecido, ha caído en mis manos un libro grande y suntuoso, de esos que deseamos de corazón que nunca se termine. Data de 1954, pero creo que recién ahora llega al español. En tren de buscar parecidos, lo primero que me viene a la memoria es El gatopardo, pues también retrata, con prosa admirable, un trascendente momento histórico y fue compuesto por un aristócrata en decadencia, esa entrañable condición social (dado que se han perdido los privilegios históricos, por qué no sobresalir de la masa mediante un refinado trabajo artístico). Me refiero a Edipo en Stalingrado de Gregor Von Rezzori (Chernovitz, 1914-1988), hijo de un conocido funcionario del Imperio Austrohúngaro de Bucovina, que pasó (el hijo, no el padre) los años de la Segunda Guerra Mundial en Berlín aferrado a la barra de un bar decrépito.

Debo preparar la reseña para el diario La Prensa, por lo que no me extenderé demasiado, pero aquí les anticipo que Edipo en Stalingrado satisface, largamente, las cinco condiciones estéticas que Harold Bloom señala como imprescindibles para forjar una obra perdurable, es decir, propia del canon. Tiene originalidad, sabiduría, poder cognitivo, exuberancia en la dicción y dominio de la metáfora.

Digo que es original porque narra al nazismo de manera oblicua, desde el punto de vista de una casta pasada de moda, que frecuenta el bar de Charly, uno de los últimos sobrevivientes de los cabaret y cafés berlineses de los locos años veinte. Véase el estilo magnífico de Von Rezzori; disfrútese la excelencia de sus tropos:

“Así podrá entender, por fin, la fineza que entraña haber escogido el bar de Charley justo en aquel momento. ¿Acaso aquel sitio no era lo que era: un local nocturno apolillado y cargado de fama, que vegetaba gracias a su clientela diurna, establecimiento de lujo a precios de descuento, una especie de Gran Dama entre varias damiselas? De una manera orgánica, allí se reunían ciertas camarillas de la ’jeunesse doreé’, las cuales con su ‘haut gout’, daban su toque picante a la parte alta del Kurfürstendamm: toda la verdura fresca con las raíces hundidas en la madre tierra de las banderas rojiblancas y blanquiazules, bien sazonadas con las aceitunas y los dientes de ajo salidos de las embajadas del sudeste europeo; y luego estaban los musculitos de las carreras de automóviles en el Avus y de los campos de tenis; la crema de la bohemia elegante, se entiende, los jefes y subjefes de redacción y lo mejor de los estudios de Babelsberg, que sabían apreciar que la mejor moda de todos los tiempos era lo pasado de moda… Querido amigo, todo aquello, en sus correctas dosis y mezclado en forma de farsa, era cosa para gourmets, créame, el adecuado relleno para el viejo pollo capón, y como pistachos destacaba allí dentro, ocasionalmente, un puñado de hermosos efebos que había conseguido colarse, como algo dicho al oído, a través de los engranajes de cierto párrafo de la ley aplicado con tolerancia”.

Y así todo el libro. Establecido con este párrafo el dominio de la metáfora y la exuberancia del autor (y acaso la sabiduría por aquello de que “la mejor moda de todos los tiempos es lo pasado de moda”), hagamos hincapié en la delicadeza del uso de la segunda persona (ligeramente ebria) en la narración de la historia del junker Traugott von Yassilkovski, alter ego del autor, vinculado amorosamente con una “alazana de cabellos dorados”, cuya descripción me la reservo para otra entrada, pues es una de las mujeres rubias "de raza" más fascinantes que he conocido.

Estoy contento en poder decir pues que Edipo en Stalingrado es la mejor novela publicada en 2011. Tiene, como señale, el irresistible atractivo de lo decadente, entre muchas otras virtudes. La exhumó el sello Sexto Piso, del que nada sabía -¡ay!- hasta ahora. El trabajo de traducción es impecable. El libro fue impreso en España; pienso que el gobierno argentino lo debe haber dejado dormir en la Aduana durante meses como parte de su discutible orgía de proteccionismo comercial. Establece el dandy de Von Rezzori que “lo único distinguido en esta época sudorosa es lo absolutamente inútil”. Como la Alta Literatura, añado yo. Pero sin novelas extraordinarias como ésta, amigos, la realidad me haría pedazos.

Guillermo Belcore

domingo, 12 de febrero de 2012

Una vida de lujo

Jens Lapidus
Suma. Novela policial, edición 2011, 640 páginas.

La novela de fuste contiene también valiosos fragmentos de información. El lector curioso agradece siempre el intento de trazar un mapa lo más aproximado posible a la realidad, máxime cuando se trata del género policial. Esas pepitas de realidad son, en términos literarios, lo más relevante del último tomo de la Trilogía Negra de Estocolmo, ambiciosa construcción de más de dos mil páginas del abogado Jens Lapidus, que cuenta con material de primera mano sobre los bajos fondos y las zonas grises en uno de los países más civilizados del planeta. Pero los paraísos, como se sabe, no existen. El Estado socialista también está acechado por enemigos: mafiosos que provienen de Europa oriental; inmigrantes de primera o segunda generación, cargados de resentimiento; vinkingos de pura sangre obsesionados con acumular una fortuna de la noche a la mañana o con evadir impuestos; corruptos, viciosos, patoteros o inadaptados con el gen bandido (“terroristas del cash”) de todas las procedencias.

No hace falta haber leído las dos entregas anteriores de Lapidus para asimilar la trama. Tres líneas narrativas la componen. La primera narra una guerra en el imperio criminal del Padrino serbio, Radovan Kranjic; la segunda involucra al policía Hägerström, un aristócrata gay devenido en agente secreto para desenmascarar a un lavador de dinero; la tercera la protagoniza una banda de asaltantes, encabezada por el chileno Jorge, que perpetra “el robo del año”. Obviamente, las paralelas terminan convergiendo.

Se ha comparado a Lapidus con el gran James Ellroy. La influencia se percibe con claridad en la decisión artística de construir un artefacto hiperrealista, a contrapelo del mainstream teatral y pretencioso, que encarna Mankell y sus émulos nórdicos. Pero en cuanto al estilo y la ejecución, Lapidus es una versión degradada del escritor norteamericano. Nada bueno puede decirse de la prosa salvo que es muy legible: las metáforas son deleznables (“colgado como el Golden Gate”, “callado como un celular estrellado“), las referencias muy pobres (aluden siempre a la cultura masiva estadounidense), las escenas de acción y de sexo son telegráficas, parecen obra de un chico del colegio secundario. Por fortuna, la traducción es al gusto argentino, rica en lunfardo y palabrotas de nuestras gente: sánguche, cheto, cafisho, concha, jeta, mina, boliche, cana, guita, pancho. Pero volvamos al principio: lo más importante de todo es que los fragmentos de realidad y las historias tienen la capacidad de mantener a un lector exigente aferrado de las solapas hasta la última página, sin aburrirse nunca. No es poco.

Guillermo Belcore
Una versión más breve se publico hoy en el suplemento de Cultura de La Prensa y sus diarios asociados.

Calificación: Bueno

PD: Lapidus da algunos consejos prácticos a aquellos lectores que deseen incurrir en actividades delictivas. ¿Teme que la policía interfiera sus teléfonos móviles? Use Skype, hombre. ¿Quiere lavar dinero? Compre un departamento a un precio oficial subvaluado y véndalo al valor real. Es decir, si sale un millón de dólares: paga la mitad en blanco y el resto en negro. Podrá blanquear así medio millón. Quiere algo más fácil: ronde los casinos y los hipódromos, compré los tickets premiados al 120%. ¡Qué mundo de sinvergüenzas!

PD II: Leí y comenté el primer tomo de la Trilogía. Este me pareció mejor construido. Concluyo que Lapidus está mejorando.

martes, 7 de febrero de 2012

Los diez favoritos de Stephen King

Leo en The Christian Science Monitor, otro diario excelente que también renunció al papel, los diez libros favoritos de Stephen King. El autor del artículo periodístico concluye que al gran escritor le interesa más que las criaturas monstruosas "lo mostruoso que existe en la naturaleza humana". Reproduzco la lista y ofrezco una alternativa con mis preferencias personales.

1 - The Golden Argosy. Compilación de las mejores breves historias de la literatura occidental.
1' - Cualquier compilación de los cuentos de Jorge Luis Borges.

2 - The Adventures de Huckleberry Finn. Mark Twain.
2' - Esta bien, pero prefiero los Cuentos completos de Twain que publicó Editorial Claridad en vario tomos hace unos años. O El cazador oculto de Salinger.

3 - The Satanic Verses. Salman Rushdie.
3' - No es lo mejor que he leído de mi admirado Rushdie. Propongo La encantadora de Florencia, esa joyita que cubrí de elogios en 2009.

4 - McTeague. Frank Norris.
4'- Dice el CSM que es un gran retrato de la avaricia humana. No lo conozco, me temo. El gatopardo del príncipe Giusseppe Tomasi de Lampedusa es mi elegido.

5 - Lord of the Flies. William Golding.
5' - No lo leí. Asumo que es una asignatura pendiente. King elogia la construcción de un microcosmos que contiene todo lo bueno y lo malo de la sociedad. Ajá. Yo elijo La montaña mágica de Thomas Mann.

6 - Bleak House. Charles Dickens
6' - En el estante de las novelas decimonónicas, coloco en primer lugar La Piedra Lunar de Wilkie Collins. En otro lado escribí un ditirambo.

7 - 1984. George Orwell.
7' - Entre las distopías, prefiero alguna mi amado Philip Dicks. Podría ser Ubik.

8 - The Raj Quartet. Paul Scott.
8' - En el magnífico subgénero de la novela histórica, escojo Las benévolas, de Johnattan Littell.

9 - Luz de agosto de William Faulkner.
9 - Sí, claro, algo de (suenen las trompetas) Faulkner tiene que quedar. Santuario, pienso, es más ambiciosa. Los cuentos completos que Alfaguara publicó hace dos años también es un libro extraordinario.

10 - Blood Meridian. Cormac McCarthy.
10' - Qué demonios, tampoco lo he leído. Pero McCarthy me encanta. Voto por No hay lugar para los débiles. El libro y el film, parejos en calidad.

sábado, 4 de febrero de 2012

El novelista ingenuo y sentimental

Orhan Pamuk
Mondadori. Ensayo de literatura. Edición 2011, 161 páginas

  Invitar a una gran novelista a que medite sobre el arte de la novela es como pedirle a Diego Maradona que explique con sus palabras cómo hizo para hacerles morder el polvo a los ingleses en el Mundial de 1986 con el mejor gol de todos los tiempos. Se nos dirá, que hay una gran diferencia: la materia prima del escritor son las palabras, pero en ultima instancia el resultado es igual de decepcionante; cuando el creador sublime se explica por lo general no alcanza la altura de sus creaciones. La Universidad de Harvard, no obstante, creyó oportuno convertir en libro una serie de conferencias que el valeroso turco Orhan Pamuk dictó en 2009. El t¡tulo refiere a esa famosa distinción que Schiller estableció entre el artista (y el lector) automático o naturalista y el reflexivo o absorto por la técnica empleada. El volumen puede que sea útil para los profesionales de la escritura (sobre todo para el cr¡tico o para el novelista en ciernes), siempre que se tenga en cuenta que no es más que un guiso recalentado. El conferencista se concentró, básicamente, en repetir sentencias ingeniosas de otros autores eminentes y clásicos.

En lo que al contenido se refiere, el Premio Nobel de Literatura 2006 reflexiona sobre la importancia y la belleza de encontrar el centro secreto de una obra de arte, sobre la cualidad muse¡stica de la ficción, sobre las operaciones de la mente durante el actor de leer, entre otros temas interesantes. Traza parangones entre el escritor y el artista plástico. Sentencia que el objetivo esencial de la novela es "ofrecer una descripción precisa de la vida''. Ofrece algunas pistas sobre sus creaciones. En la página ciento ocho, desliza que Borges fue un extraordinario novelista. ¡Qué bárbaro! En el último cap¡tulo, añade una certera definición que desbarata todo el libro: "la mejor forma de estudiar la novela consiste en leer (lápiz en mano, agrega este blog) a las grandes obras maestras".
Guillermo Belcore
Publicado con ligeras correcciones en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular (prescindible, bah).