sábado, 23 de junio de 2012

Papeles de trabajo. Borradores inéditos

Juan José Saer

Seix Barral. 388 páginas. Edición 2012

En el prólogo, el estudioso Julio Premat hace esfuerzos titánicos para persuadirnos de que publicar los cuadernos que Juan José Saer (1937-2005) prefirió ocultar en vida es un acto de estricta justicia. Como coartada, rechaza incluso la idea de texto definitivo: ``inscribiéndose en la corriente de la crítica genética que piensa la literatura a partir de las variaciones, lo inacabado, lo incompleto''. Pamplinas. Suena a esos argumentos a posteriori que todos solemos esgrimir cuando defendemos nuestros vicios. ¿Todo lo que escribe un artista de primera debe ser publicado? Uno se ve obligado a recordar la moral de lo esencial que postula Milan Kundera como resistencia a la moral del archivo que impulsa la industria editorial (y que Kundera parangona con una fosa común, allí tampoco se hacen algún tipo de distingos). No obstante, existe un descargo válido para justificar la indiscreción de hurgar en los cajones de un muerto: el lector podrá hallar aquí algunos textos magníficos.

Incluye el primer tomo de los borradores de Saer un puñadito de cuentos excelentes (Febrero, El paso hacia el fin, A medio borrar, La habitación de la luz), epifanías semánticas, un delicioso manifiesto celinesco, giros poéticos deslumbrantes, la mejor defenestración de David Viñas que se ha escrito (¡lo compara con un pollo deshuesado!), meditaciones inteligentes, entre bastante hojarasca. Estamos ante el típico cajón de sastre. Pero el efecto estético viene garantizado. Los escritos provienen de uno de las sensibilidades artísticas más imponentes que ha generado la Argentina.

Establecen los cuadernos, con toda claridad, tres puntos: a) que Saer ya era un creador formidable antes de los treinta años; b) que el poeta Saer era muy inferior al narrador; c) que su marxismo era zonzo, pero  algunas de sus ideas generales alcanzaban la categoría de soberbias. Ciertas críticas al capitalismo o las admoniciones a sus pares (explica por qué nunca deben recibir dinero del Estado) no han perdido un gramo de frescura. "Para un intelectual serio la única táctica posible consiste en decir la verdad'', amonesta a nuestra Patria degradada esa sombra poderosa del pasado.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: ¿Es este un libro necesario? No estoy convencido, en todo caso me parece recomendable para aquel que ya ha frecuentado a Saer, uno de  los autores imprescindibles de la Argentina. A los demás le diría: concéntrese en lo esencial, en lo acabado.

sábado, 16 de junio de 2012

Mentiras de verano


Bernhard Schlink

Anagrama. 258 páginas. Cuentos. Edición 2012.


“Todo lo que puede ser descripto puede suceder”
Wittgenstein

¿Puede uno hacerse amigo de un millonario? De alguien que tenga más dinero que el conveniente, que no conozca el precio del pan o el apremio de llegar a fin de mes. ¿Es posible enamorarse de una mujer rica, al punto de abandonar la antigua vida, las delicias de una existencia en un barrio de gente trabajadora? ¿Puede el amor superar el choque de culturas? Este es el núcleo incandescente del primer relato de un volumen que seduce por su elegancia, sensatez y buen gusto.

Berhard Schlink es otro escritor de moda. Juez de profesión (es un handicap, está acostumbrado a sopesar a las personas), su novela multipremiada El lector fue ovacionada por el público y la crítica en muchos países y se llevó al cine. También incursionó en el género policial y compuso una elogiada pieza de cámara sobre el terrorismo rojo. En esta ocasión, ensaya una disección del fenómeno del amor, tanto amor de pareja como hacia los hijos. El resultado es más que satisfactorio.

El libro nos permite oír las tribulaciones de un amante mentiroso, del marido enloquecido de una escritora famosa, del novio prófugo de una chica secuestrada por un jeque de Kuwait, de un catedrático de filosofía analítica que ha decidido suicidarse, sin decirle una palabra a su esposa, cuando el cáncer en los huesos se torne insoportable. Seguimos a un periodista que intenta descubrir quién es realmente su padre.

Los personajes son intelectuales (escritores, diplomáticos, músicos, científicos, profesores) que se enfrentan a situaciones límite, derivadas de los sentimientos. Son gente civilizada, reflexiva, que prácticamente nunca pierde la contención y los buenos modales (al menos en público). Su comportamiento es un bálsamo para los lectores de países colmados de guarangos, como la Argentina. La misma exquisita sobriedad caracteriza la prosa, lo cual, si bien eleva la legibilidad a un nivel óptimo, limita la belleza del texto. Un toque de exuberancia nunca viene mal. El señor Schlink dosifica bien el suspenso y prefiere los finales abiertos, para que el lector pueda quedarse dándole vueltas al asunto.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Propongo una gema de Queen como banda de sonido del libro. Pinche aquí.


martes, 12 de junio de 2012

La guarida

Norman Manea

Tusquets. Novela, 337 páginas.


"Si uno encuentra libros y sueños, el mundo no merece ser despreciado y abandonado".

"Cualquier desvío es mejor que la ortodoxia"

N.M.

En la buhardilla de los sospechosos de Bucarest se leía -como resistencia al comunismo bizantino- una sospechosa fábula del Gran Ciego de Buenos Aires. Una frase robada a La muerte y la brújula es usada décadas después en Estados Unidos por una encantadora estudiante bosnia para amenazar a sus mayores. ¿Farsa, azar o conjura sangrienta? De hecho, un erudito rumano en el exilio es rematado a balazos mientras meditaba en el trono del baño.

Sí, gente amiga, Jorge Luis Borges honra las páginas de la última novela de Norman Manea (Bucovina 1936), acaso el más interesante narrador de Rumania, quien, dicho sea de paso, acaba de pasar por nuestra Feria del Libro. Fiel a la tradición centroeuropea, el peso de la Historia se percibe en la escritura de Manea. La prosa nerviosa, recargada de conceptos y recovecos, con cierto fulgor poético, recuerda el expresionismo de Don De Lillo. Ofrece material de primera mano sobre la represión del maligno régimen de Ceaucescu, la vida universitaria, el status del enfermo cardíaco. La trama narra, con meandros (¡­ojo!, uno puede perderse) la vida de un par de catadráticos judíos y rumanos, refugiados en Estados Unidos, el frenesí de un par de mentes atormentadas. Compiten por una mujer. La verdad se bebe a sorbitos.

Manea se las arregla para rendir homenaje a los popes de la cultura rumana. Mircea Eliade, con otro nombre, es un personaje secundario; el absurdo teatral de Ionesco aparece en los sueños de los protagonistas; Cioran, en la notable capacidad del autor para amonedar aforismos como éste: "amor: gemido del alma infantilizada''. O este otro: "El escepticismo es la única decencia''. Pero la sensación primordial que Manea desea transmitirnos es el azoramiento (y la admiración con reservas) del intelectual europeo ante la civilización estadounidense, esa Nueva Babilonia, idealista y pragmática, cínica y religiosa al mismo tiempo.

Guillermo Belcore

Publicado el domingo pasado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa bajo el título `Todo viene de la biblioteca'.

Calificación: Bueno

miércoles, 6 de junio de 2012

Raymond Bradbury (1920-2012)


"No creo en las universidades, sino en las bibliotecas"
Ray Bradbury

En 1950, el señor Raymond Douglas Bradbury vivía en California. Su esposa estaba embarazada y tenía sólo sesenta dólares en el banco. Un amigo le sugirió probar suerte en Nueva York. Cruzó un continente entero en ómnibus con una pila de cuentos sobre el regazo. “¿No escribe usted novelas?, le preguntaban, desdeñosos, los editores. Soy un velocista, no un corredor de fondo, respondía. Finalmente, el mandamás de Doubleday le propuso engarzar en una suerte de novela desvencijada todos esos relatos sobre Marte que Bradbury había publicado en revistas de mala muerte. “Redácteme un resumen, amigo, y si veo que es lo suficientemente bueno le daré unos setecientos cincuenta dólares como adelanto“, le propusieron. Ray trabajó toda la noche en el albergue de la Asociación Cristiana de Jóvenes. Así, nació Crónicas marcianas, uno de los mejores libros de todos los tiempos. Hasta Borges se enamoró de esa obra legendaria.

En el prólogo de las Crónicas Marcianas, Borges se preguntaba lo mismo que millones de lectores en más treinta idiomas: "como pueden tocarnos esas fantasías y de una manera tan íntima". También notó que los espléndidos relatos cortos de Bradbury suelen generar una vaga sensación de melancolía. Acaso porque van -con palabras y planteos sencillos- al hueso de la oscura condición humana. En cambio, los ensayos del enorme moralista desbordan de optimismo, transmiten alegría entre ramalazos de nostalgia. 

Como en el caso de Faulkner o Thomas Mann, la producción de RB puede considerarse como una literatura en si misma. No fue un gran estilista, pero su prosa, repleta de giros coloquiales, tiene una frescura cautivante. Su imaginación fue olímpica, bullía de ocurrencias. Imaginó que un hombre viaja al pasado y pisa sin querer una mariposa: cuando retorna al presente descubre que toda la organización política y social de su tiempo se ha envilecido. Recreó la clonación de Laurel y Hardy para curar una epidemia de tristeza en los planetas. Ideó una casa donde conviven distintas edades de una misma persona. Pensó que el Universo es imposible y que nosotros somos su prolongación. Nos enseñó que el Estado es el peor enemigo de la creación artística."Yo no escribi Fahrenheit 451 para predecir el futuro", explicó RB una vez. "Lo escribí para prevenir el futuro".

Obviamente, la mayoría de las cosas que predijo Bradbury nunca ocurrieron (a todos los escritores de sci-fi le pasó lo mismo). Pero hoy la prensa estadounidense recuerda que uno de sus cuentos, por lo menos, anticipó el mundo siniestro post 11-S. En El peatón de 1951 a un ciudadano le agradaba más que nada en el mundo salir a caminar sin rumbo fijo de noche por su vecindario. La policía lo detiene y el no puede explicar adecuadamente por qué estaba fuera de su casa en una fria noche de otoño. El pobre Leonard Mead es recluido sin miramientos en un Centro de Investigación Psiquiátrico de Tendencias Regresivas.

Los mejores libros de RB datan de los años cincuenta, pero engendró argumentos imperecederos hasta el fin de su vida. Fue un autor de culto en todo el planeta y en 2006 deslumbró a los argentinos en la Feria del Libro. Aquí dijo que uno de los secretos de su longevidad era escribir todos los días. Como Onetti, prefirió pasar buena parte de su existencia en la cama. Se ha escrito que Bradbury torno respetable a la ciencia ficción y que sus trabajos reflejaron como pocos la paranoia y la ansiedad estadounidense del siglo XX. Influyó en cientos de personalidades desde Stephen King hasta Mijail Gorbachev. Alguna mente afiebrada sostendrá, no obstante, que Bradbury hizo sólo literatura para niños. Nada que ver. Su escritura fue tan legible y sus verdades y emociones tan directas que hasta un niño podría entenderlas. Los adultos ya lo echamos de menos.
Guillermo Belcore
Publicado  en el diario La Prensa bajo el título 'La conciencia de la tecnomodernidad'

sábado, 2 de junio de 2012

Civilizacion


Niall Ferguson

Debate. 509 páginas. Edición 2012. Ensayo de Historia.


“Hoy, como en 1938, la mayor amenaza a la civilización occidental no proviene de otras civilizaciones sino de nuestra pusilanimidad y de la ignorancia histórica que la alimenta”.
N.F.

Entre todos los asuntos internacionales que hoy discuten los estrategas y la comunidad de eruditos, es muy probable que el más acuciante sea éste: ¿Estamos viviendo el final de quinientos años de supremacía occidental? El presente libro, tan ameno como riguroso, ofrece una respuesta. Y como bonus track trae una teoría sobre el ciclo de las civilizaciones (como todos los sistemas adaptativos complejos, las civilizaciones funcionan en aparente equilibrio durante un período impredecible; y luego, de manera abrupta, se desmoronan. Los cambios son repentinos).


Niall Ferguson, joven catedrático mediático de Harvard y de Oxford, escudriña al pasado para comprender el presente. “Me he formado la firme opinión de que la gente que vive actualmente presta una insuficiente atención a los muertos”, sostiene. Su aporte intelectual es la definición de seis ‘aplicaciones demoledoras’ que permiten comprender por qué un puñado de belicosas, malolientes e innovadoras naciones del extremo occidental de Eurasia dominaron el planeta a partir del año 1.500 DC. A saber: competencia, ciencia, imperio de la ley, medicina, sociedad del consumo, ética del trabajo. La descripción del impacto de estas killers aps responden los interrogantes fundamentales de los últimos cinco siglos. Por ejemplo, ¿por qué China se había retrasado?; o ¿por qué el Imperio Otomano se desplomó?; o ¿por qué la democracia y el capitalismo no echaron raíces en América latina?; o ¿qué tiene la ropa occidental que resulta universalmente irresistible?


Atento a la circunstancia de que el pueblo perdona cualquier cosa excepto que no se lo entretenga, Ferguson hilvanó un relato (palabreja de moda en la Argentina). El ensayo puede ser leído, también, como una refutación a los tomos de Eric Hobsbawn o de cualquier otro historiador “esclavizado por Marx”. El autor odia cualquier clase de determinismo histórico, pone el acento en la importancia de las ideas en el cambio. El suyo es una suerte de conservadurismo convincente que explica la decadencia occidental, entre otras razones, como el producto de la declinación moral que ha traído aparejada el ocaso de la religión y de la ética del esfuerzo laboral. Al fin y al cabo, casi nadie en esta mitad del mundo trabaja, estudia o investiga como un chino.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del Diario La Prensa, bajo el título 'El crepúsculo de una era'.

Calificación: Muy bueno

sábado, 26 de mayo de 2012

Delirio


David Grossman

Lumen. Novela, 230 páginas. Edición 2011


El narrador de fuste es capaz de cualquier proeza. Diría el lugar común que puede sacar aceite de las piedras; pero en rigor el artista verdadero logra extraer hectolitros de néctar del peñón de Gibraltar. El israelí David Grossman (Jerusalén 1954) ha forjado una novela delicada, intensa y lujuriosa sólo con los celos delirantes de un intelectual, un físico para ser exactos. Después de veinticinco años de matrimonio, Shaul Krauss está absolutamente convencido de que su adorada Elisheva le es infiel. Un asunto tan misterioso como idiota.

Que el erotismo -no la pornografía- es básicamente una cuestión de palabras lo demuestra este libro, de estupenda composición. Los párrafos son macizos, impresionistas, a lo José Saramago. La trama fue urdida con tres filamentos de colores: el azul pálido narra la noche en que el despechado Shaul, con una pierna rota y la lengua floja, es llevado en auto por su cuñada Ester hasta el presunto nidito de amor de su esposa. El viaje dura horas. La hilacha carmesí es, justamente, el relato erótico, las supuestas maravillas carnales que Elisheva consuma con Paul, el amor de la vida, con quien -como cree el imbécil de Shaul- comparte todos los días, llueve o truene, unos cincuenta minutos. La hebra turquesa es una fantasía on¡rica que secreta el alma del cornudo: se narra, en letra bastardilla, una batida de machos concuspicentes en busca de la traicionera hembra.

Las reflexiones atormentadas, retorcidas, de Shaul y Ester obran como una sonda que explora las profundidades del ser. Grossman, además, introduce el Israel eterno (el valor de la tribu, las referencias bíblicas) con procedimientos oblicuos, los más eficaces. Como si fuera poco, evidencia un buen dominio de la metáfora (¿por qué las metáforas con animales suelen ser tan encantadoras como precisas?). Una novela excelente, en síntesis, que invita a perseguir el resto de la obra de una gran voz, añosa aspirante al Nobel
.
Guillermo Belcore
 
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente

PD: El País de Madrid ofrece las primeras páginas de este libro muy recomendable. Pinche aquí.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Grossman en Nucha Palermo

Diario de un lector apasionado XXV

Ciudad de Buenos Aires, Armenia 1540 Sábado. 11.00


A mi querido amigo Alejandro no le agrada innovar. Con buen tino sostiene que sólo las cosas importantes deben perturbarnos el corazón, uno no debe resignarse a quedar a merced de un mozo descuidado, una mesera incompetente o un comerciante miserable. Lo mejor es apostar a lo seguro. Por eso, el café lo ingiere siempre en Las Violetas o el Florida Garden, la pizza la demanda en Tuñín y el asado de tira en Los Mirasoles. Por desgracia, yo carezco de tan útil sentido común. Me hace feliz experimentar con bares y restaurantes, incluso con aquel piringundín de mala comida y buena bebida que parece dejado de la mano de Dios. Pata de perro, diría mi madre. En esta luminosa mañana de sábado, el vagabundeo me trajo a Palermo Viejo, barrio careta si los hay. Estoy desayunando en Nucha.

Se me había antojado degustar algunos de esos dulces despampanantes que se exhiben, lúbricos, en el centro del salón. Como Oscar Wilde, puedo resistir cualquier cosa menos una tentación. La última vez que estuve aquí fue un domingo a la tarde, ¡y había que hacer cola hasta que se desocupara una mesa! Me fui irritado. Si de algo estoy seguro es que los lugares atestado de gente (ruidosos como un avispero enloquecido) son los menos propicios para abandonarse al goce de la lectura. Hoy, loados sean los dioses, los parroquianos son pocos: parejas, casi todas con su diario La Nación y algunas pibes con pinta de extranjeros aporreando una notebook.

Encargo un café con leche con una tarta Filadelfia. Recubre el queso una espectacular mermelada de frambuesas, con pepitas y todo. Está muy bien, aunque no parece del día. El café, me temo, es demasiado chirle para mi paladar, le falta cuerpo. Viene con un vasito de jugo y un bombón. Cuarenta y un pesos marca la cuenta (¡18 pesos un café con leche!). No sé si es caro. En un país de inflación galopante, cuyo gobierno hace esfuerzos titánicos no para combartirla sino para ocultar la existencia de la maldita segunda fábrica de pobres que se conoce (la primera es la desocupación), uno nunca puede estar seguro de lo que le cobran es razonable.

Estoy sentado en una suerte de banco de plaza que si bien permite descansar a placer la espalda, más pronto que tarde descubro que a mi bunda no le cae muy simpático que digamos. Después de leer unas cuarenta páginas ya no sé como acomodarme. ¡Qué demonios! La lectura es, no obstante, un placer intenso. Leo, por primera vez y absolutamente cautivado, al israelí David Grossman (foto). En mi carácter de experimentado catador, puedo decir con certeza, incluso con apenas tres cuartas partes de un libro de Grossman en el garguero, que se trata de un escritor de primera. Con poquita cosa (los celos alocados de un físico en la mediana edad) ha construido una novela fascinante que contiene fino erotismo, profundidad psicológica y ricas inferencias culturales y nacionales. Las Sagradas Escrituras tampoco están ausentes en una trama que puede describirse como el mero escrutinio neurótico de una sospecha infundada.

Pocas cosas, lo juro, me provocan más satisfacción intelectual que tropezar con un autor magnífico. Esta clase de descubrimiento es una promesa de lecturas deleitosas, de un futuro feliz. Grossman, por ende, es otro nombre que este blog habrá de perseguir. Seguiremos sus huellas en el marasmo de la industria editorial. En rigor ya me lo habían mentado; incluso, ahora que lo recuerdo, he leído que estuvo en la última Feria del Libro. El tipo tiene su reputación. Dice la solapa: “Hombre de gran talla intelectual y moral, figura destacada en la lista de candidatos al Premio Nobel, Grossman forma parte del comité que debate la posibilidad de entendimiento entre el pueblo israelí y el palestino, y ni siquiera la muerte de su hijo en combate le ha hecho desistir de su misión”. Permítaseme añadir que la calidad estética del libro es pareja a la grandeza moral del autor.
 

Delirio (Lumen, edición 2012) es, sin duda, una de las mejores interpretaciones que he leído sobre el fenómeno de los celos, esa “ulcera del alma”, como la llama Grossman. En unos días subiré la reseña. Mientras tanto, quiero compartir unas líneas, lígeramente modificadas, con aquellas personas que disfrutan de los consejillos existenciales. Fueron extraídas de una novela que me alegró la mañana sabatina:


“…que nada te importe lo que piensen ni lo que digan de ti. Que en eso estribe tu fuerza… en eso consiste la sana paz interior, la plenitud bien formada…”   

Guillermo Belcore

sábado, 19 de mayo de 2012

El viaje de Kokoshkin


Hans Joachim Schädlich

Adriana Hidalgo. 188 páginas. Edición 2012. Novela. Precio aproximado: 82 pesos


Que la Alta Literatura es cuestión de profundidad no de extensión lo corroboran novelas como ésta que, en avaras páginas, se las ingenia para desollar algunas plagas contemporáneas. El alemán oriental Hans Joachim Schädlich (1935) iguala al nazismo y al bolchevismo como exterminadores de cualquier atisbo de democracia, allí donde logran prosperar. Es conveniente que los intelectuales latinoamericanos -por lo general intoxicados con castrismo- lean de tanto en tanto a los grandes escritores centroeuropeos. Les quedaría en claro al infierno que conducen los regímenes de partido único.

El libro fluye en varios planos temporales. La arquitectura es perfecta. Conocemos a Fiódor Kokoshkin, botánico eminente, exiliado en Estados Unidos, hijo de un ministro de Kerensky acribillado a sangre fría por los rojos. A su edad no le falta espíritu emprendedor. A los noventa y cinco años, Fiódor quiere dar un vistazo a los lugares del triste pasado. Lo acompaña en San Petersburgo y Berlín un amigo checo que conoció en la Praga mártir de 1968. Finalmente, retorna a Boston en un trasatlántico de lujo, donde incluso intenta seducir a una dama alemana, qué divertido. La decisión de narrar cinco días en un crucero en alta mar fue una decisión sagaz del autor. Acaso, no exista un muestrario más revelador de la estupidez contemporánea; basta con dejar que las gentes prósperas -tan obsesionadas con matar el tiempo- se expresen libremente para que el ridículo campee a sus anchas. Lo mismo ocurre en Facebook.

El estilo de Schädlich es parco, pero minucioso y riquísimo en ideas. En verdad, es un placer que Adriana Hidalgo -sello inteligente si los hay- lo haya traído al castellano. Literatura de primera que nos deja con una vaga sensación de amargura.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

miércoles, 16 de mayo de 2012

Carlos Fuentes (1928-2012)

De mortuis nil nisi bonum, advertían los romanos. Es decir, "de los muertos no digas nada a menos que sea algo bueno". Pero no edito un blog, con todo el esfuerzo que implica, para ser complaciente o hipócrita. Sólo un necio podría  negar que Carlos Fuentes fue uno de los grandes de la literatura universal. Nos dejó un novela esencial, extraordinaria, im-pres-cin-di-ble, lo que nunca es poco: La muerte de Artemio Cruz. Y por eso el lector de fuste le estará siempre agradecido. 

De su vastísima producción, rescato otras otras dos ficciones: Terra nostra (aunque aquí no estoy del todo seguro que sea recomendable para el común de los mortales) y la más reciente Todas las familias felices. Pero el resto de su producción novelística -al menos de lo que he leído- me pareció que, en lo que al boom latinoamericano se refiere, está en un nivel muy inferior a la cima en la que refulgen un Onetti o un Guimaraes Rosa, a bastante distancia de Vargas Llosa o Carpentier, y dos o tres escalones más abajo que García Márquez o Roa Bastos (yo creo en las jerarquías literarias, porque el tiempo apremia, se nos va volando y nunca alcanza para leer todo lo que uno desea; es lo que en economía se llama costo de oportunidad). Como ensayista, Fuentes me ha resultado aburrido y previsible. 

Ayer se me pidió una opinión en el diario La Prensa y con retazos de comentarios anteriores, material de archivo y mi experiencia como lector urdí estás líneas apresuradas:


 El último de los grandes muralistas

 En algo se parecía a nuestro Borges. Carlos Fuentes fue el primer mexicano en querer abarcar el universo, según la opinión autorizada de Elena Poniatowska. Esa pantagruélica "avidez cultural", ese "afán totalizador" del último de los grandes muralistas dio frutos excelentes como Todas las familias felices (2006), acaso su última gran novela, un fresco estremecedor de la deriva en que se encuentra la sociedad mexicana. Una obra coral que confirma que en el Distrito Federal están pasando hoy cosas no sólo desagradables sino también malditas.

Entre los novelistas del boom latinoamericano, Fuentes fue el más prolífico de todos, pero también el más desparejo. Por lo general, se consideran a La muerte de Artemio Cruz (1962) y Terra nostra (1975) no sólo sus obras más logradas, sino dos de las mejores novelas en lengua española de todos los tiempos. Empezó a hacer literatura en la d‚cada de los cincuenta y, como destacó Tomas Eloy Martínez su amigo y admirador sin tapujos, cada volumen de Fuentes ha sido siempre "una sorprendente aventura verbal, en la que todo se pone a prueba: desde la estructura del relato hasta el incesante hacerse y deshacerse de los personajes; esa búsqueda sin tregua lo ha llevado a defender otros osados experimentos narrativos como si en ello le fuera la vida''.

Leer a Fuentes es, sobre todas las cosas, bañarse en deliciosa mexicanidad. José Donoso notaba que practicó la deliberada impurificación del castellano, su voz estuvo colmada de tlanes y tepecs. La reflexión sobre el amor o la paternidad, la nostalgia romántica o sexual, el maniqueísmo a veces tan obvio tuvieron en sus páginas regusto a melodrama, jitomates, supeficialidad de bolero, ajonjolí, cursilería y chile picante. Tuvo un gran pericia para tallar malvados pero los personajes positivos nunca se le dieron bien, acaso por ese plaga de la corrección política. El grueso de su producción novelística se asemejó a una corriente caudalosa: como un río crecido arrastró muchísimas cosas pero no todos eran materiales nobles. Borges, quien sino, estableció que cuando un autor se plantea metas muy ambiciosas por lo general estropea las operaciones estéticas. Pero esa ambición colosal, no obstante, lo convirtió a Fuentes en un escritor imprescindible de los últimos cincuenta años.

Si como narrador siempre tuvo como norte a Balzac, como figura pública encarnó el personaje del pensador comprometido a lo Sartre, consejero de reyes y presidentes, y gran conferencista. En los ensayos nunca se privó de homenajear a amigotes y de ajustar cuentas con sus enemigos (Octavio Paz) y con el catolicismo. Sus ideas nunca fueron más allá de los tópicos del progresismo. En una novelita de Cesar Aira (de quien el mexicano pronosticó que sería el primer argentino en ganar el Premio Nobel) un fulano intenta hacer clones de Carlos Fuentes para dominar el mundo con un ejército de intelectuales poderosos.
Guillermo Belcore

sábado, 12 de mayo de 2012

La novela, el novelista y su editor

Thomas McCormack


Fondo de Cultura Económica. Ensayo de literatura, 149 páginas. Edición 2011


Básicamente, la narración literaria se ofrece en dos calidades. La sublime, producto de un genio a lo Borges, que corrobora que el arte es una entidad sin reglas; y la convencional, cuyas partes pueden ser fácilmente identificadas y corregidas para optimizar el argumento o bien incrementar el coeficiente estético. El autor o lector de la segunda categoría (el noventa y nueve por ciento de todo lo que se publica, por cierto) encontrará útil este ensayito que atesora treinta años de experiencia de un editor exitoso en sellos como Doubleday, Harper & Lamp; Row y St. Martin's Press.

El señor Thomas McCormack sostiene una idea pragmática de lo que son los libros; postula que la literatura es un trabajo en equipo, y que el oficio de escribir, opinar o editar puede ser enseñado y aprendido, al menos dentro de esa porción del género humano que no ha nacido con el don pero cuenta con la cualidad esencial de ser sensible. Y, mire usted, no existe una sola clase de sensibilidad. No todo es para todos.

Con espléndida dicción (tiene talento para la metáfora), McCormack hilvana consejos útiles para las personas que se dedican a crear o perfeccionar un manuscrito. Ofrece sugerencias de esta caletre: "emplear accidentes para exponer a los personajes a ciertas situaciones de prueba está bien, pero usarlos para librarlos de ellas es lo que se no se acepta". Además, define con precisión conceptos resbalosos como detonador, prelibación o efecto principal deseado.

El misterio de la alta literatura, obviamente, sigue sin ser develado. McCormack reconoce que es posible sucumbir al embrujo de un texto magnífico sin ser capaz, incluso el lector espabilado, de identificar la causa de dicha respuesta. Ahora bien, si se trata de una respuesta negativa es posible diseñar técnicas sistemáticas para diagnosticar algunas de las dolencias que ofenden nuestra sensibilidad. ­Plumíferos mediocres, ¡absténgase!
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Util

jueves, 10 de mayo de 2012

La muerte y la brújula

Proyecto Diez Mil Cuentos 

Argumento número veintisiete

Jorge Luis Borges
Artificios (1944). Bruguera. Edición 1985


Red Sarlarch, el más ilustre de los pistoleros del Sur, juro vengarse del hombre que había encarcelado a su hermano. Al dios de todas las fiebres, le prometió sumir en un laberinto fatal al detective Erick Lönnrot. El plan era atraerlo a una quinta remota. Un heresiarca judío asesinado en ocasión de robo, le permitió montar el engaño. La temeraria perspicacia de Lönnrot fue tentada con un acertijo que involucra el nombre terrible del Altísimo (de cuatro letras), una brujula, una secta del siglo XVIII, un puñal, los rombos de una pinturería. Hubo otra muerte y un falso secuestro. El policía mordió el anzuelo; la venganza fue consumada.


PD: Esta joya fue evocada en una novela del rumano Norman Manea, que en unos días -Dios mediante- aquí recomendaré. La relectura era pues obligada. Me reencontré con esos espléndidos objetos verbales que sólo Borges era y es capaz de esculpir. Verbigracia: hay en el cuento "un caballo plateado que bebe el agua crapulosa de un charco". "Agua crapulosa", qué sublime combinación, imposible para cualquier otro autor. Hay un "ciego riachuelo de aguas barrosas, infamado de curtiembre y de basuras". Hay una "calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y el vendedor de biblias". Hay un suburbio donde "crece el firmamento y ya importan poco las casas y mucho un horno de ladrillos o un álamo". Hay "una puesta de sol desaforada".

Estoy convencido (he comprobado) que sólo Borges le hizo decir cosas tan bellas al castellano. No sé para ustedes, pero para mí el placer es físico. Releer a Borges es casi una necesidad del cuerpo.

domingo, 6 de mayo de 2012

La soledad del lector

David Markson

La bestia equilátera. Novela (¿Novela?), 254 páginas.



Los Joyce escriben, los lectores leen.

¿Qué es una novela en todo caso? ¿O tal vez no es una novela? ¿Una novela de referencias y alusiones intelectuales, por así decir, pero sin casi nada de novela? Collage, texto discontinuo, assemblage. ¿O de un género indescriptible? ¿Cubismo? ¿Inspirado en qué? Tiene un relato pero hay que esforzarse para encontrarlo.

Como los surrealistas, como César Aira, como los pusilánimes en busca de respetabilidad, el autor de este libro ha querido explicar lo que había encerrado entre las tapas. No es fácil clasificarlo, de acuerdo. Fue urdido con un goteo de frases, pero el ritmo es agradable (“todo arte aspira constantemente a la condición de música”). Hay una historia, la del Protagonista (y un Lector que lo imagina, ¿o son la misma persona?) que vive en la pobreza con libros y soledad, junto al mar y frente a un cementerio. Hay una mujer a la que le falta una pierna. Entre los fragmentos se intercalan citas, aforismos, curiosidades, nombres eminentes o luminosos, bits de información, denuncias de antisemitas famosos, mandobles a los críticos (son la lepra de las letras, decía Flaubert; son los piojos de los rulos de la literatura, afirmaba Tennyson). Retazos de púrpura que a Borges hubiesen encantando. El efecto intelectual es soberbio; la lectura, placentera. Tiene el sabor de la originalidad posmoderna y el encanto de armar rompecabezas. Puede que David Markson (Nueva York 1927-2010) haya tenido dos intenciones primordiales: causar pasmo y resaltar el sino trágico del artista, tanto por la ceguera de sus coetáneos como por la malévola fatalidad.
 

La soledad del lector (Reader’s Block) fue publicado por primera vez en 1996 y se considera el brillante comienzo de una serie experimental. Algo bueno hay que decir del sello La bestia equilátera. Especializarse en gemas raras y apostar a la excelencia -en una época de mediocridad generalizada- no merece sino el aplauso de su majestad el Lector, que siempre está solo y espera.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura de La Prensa y otros diarios asociados.

Calificación: Muy bueno


jueves, 3 de mayo de 2012

sábado, 28 de abril de 2012

Un lento aprendizaje

Thomas Pynchon

Tusquets. Cuentos, 208 páginas. Edición 2012.


El enigmático, talentoso y enciclopédico Thomas Pynchon (Nueva York 1937) escribió cinco cuentos entre 1958 y 1964. En el prólogo, que justifica por sí mismo la compra del libro, los tacha de ejercicios de principiante y se empeña en resaltar sus defectos, además de detallar, con la perspicacia que lo caracteriza, las influencias culturales de su producción. Tal ejercicio de sinceridad no debería desanimar al interesado; hay páginas de ficción brillantes, páginas de un Pynchon auténtico (no se me ocurre un elogio mejor), con su ambicioso material teórico, sus personajes vívidos y disparatados, su cautivante sentido del humor, el encanto marginal del detalle, la denuncia social.

‘La integración racial’ es un relato extenso y memorable, que quizás le deba algo a Huckleberry Finn. Coloca a unos niños cara a cara con la odiosa discriminación racial. Una pandilla infantil de prodigios y bromistas demuestra mayor humanidad e inteligencia que sus padres. El final nos deja azorados y sumidos en hondos pensamientos. También merece elogios ‘Bajo la rosa’, una sátira de las novelas de espionaje y, al mismo tiempo, una farsa con tintes de los Hermanos Marx. Se ambienta en El Cairo, en los días caniculares de 1898.

Los tres cuentos restantes no son tan buenos, sobre todo porque el oído de Pynchon para el habla popular aún no estaba lo suficientemente afinado. Además parecen fragmentos de una entidad mayor. Pero el mejor escritor estadounidense vivo ya mostraba a fines de los años cincuenta esa increíble destreza para unir dos aspectos de la erudición que, por lo general, no vienen en el mismo envase: la erudición artística y la científica. ’Entropía’ combina una meditación sobre la muerte del universo por pérdida del calor con una festichola beat en lo de El Albóndiga Mullen. Las obras de Pynchon, por cierto, nos llevan a la espantosa conclusión de que un analfabeto cultural es tanto la persona que jamás ha leído a Borges como los que desconocemos las leyes de la termodinámica.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno


PD: La misma sensación de ineptitud científica es la que me embarga cuando platico con mi queridísimo amigo Harry, el ingeniero. Pynchon también es ingeniero, como Juan Benet (de caminos), Primo Levi (químico), Robert Musil, Alain Robbe-Grillet (agrónomo) y Norman Manea. Y el más famoso de todos: Fiedor Dostoievski, ingeniero militar. ¡Ah! y hay en la ficción un adorable ingeniero naval, Hans Castorp, el de La Montaña Mágica.

PD II: Es ésta, queridos y queridas interlectores, la entrada número 700 del blog. ¡Vaya, cuánto camino recorrido!

viernes, 27 de abril de 2012

Las marismas

Arnaldur Indridason

RBA. Novela policial, 287 páginas. Edición 2009


 Islandia. Remota isla en el extremo norte de Europa, gobernada por el mismísimo Dios de las Tormentas. Allí, sostenía Borges, los vikings inventaron la novela. Quién sabe. La CIA, en su esclarecedor The World Factbook, calcula que en julio de 2012 tendrá estimativamente 313.183 habitantes (ocupa el lugar 179 en el globo). Es decir, más que un país se trata una ciudad ampliada, donde toda la población -de homogénea composición racial, paraíso de los necios mixofóbicos- de alguna u otra manera se relaciona. El asesinato es, obviamente, una tragedia muy rara, pero las letras islandesas se las han apañado para brindar al mundo un muy competente autor de novelas policiales. Arnaldur Indridason (1951), se llama.

Historiador, periodista y crítico de arte, Arnaldur creó al detective Erlendur Sveinsson, sin que ello implique un esfuerzo de imaginación portentoso. El policía tiene todos los tics del género. Fuma como un condenado, postergó a su familia, lleva el alma en carne viva por hurgar en la inmundicia -metafórica y real- de la sociedad en que vive. Es un solitario que vive para su trabajo aunque en este libro lo sorprendemos tratando de rehacer la relación con su hija drogona. Investiga el homicidio de un anciano malnacido, aficionado a la pornografía más asquerosa (adultos con niños y animales). En su momento, fue un violador que se salió con la suya. Le reventaron la cabeza con un cenicero. Era portador de una temible enfermedad hereditaria.

El acto de lectura es sencillísimo
; la novela renuncia a las densidad formales y temáticas; los capítulos son diminutos del tipo una-sola-cosa-a-la-vez. Pero contiene escenas de fuerte contenido dramático (sobre todo el final) sin incurrir nunca en melodramas, lo que delata la influencia inglesa sobre Arnaldur. Incluye, además, la suficiente dosis de exotismo como para atraer a un lector de sangre latina. Islandia, o Iceland, ese nombre atrapa la imaginación.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno


PD I: Leer una novela policial (o de ciencia ficción) entre dos obras densas y profundas de Alta Literatura es una buena costumbre que he adquirido. Me permite relajarme. Me limpia las papilas gustativas, como un vaso de agua helada o un sorbete entre dos platillos de sabor contundente. Pruébenlo.

PD II: En este blog se publico la reseña de otra obra de Indridason. Me temo que en algunos conceptos me he repetido. Pinche aquí.

lunes, 23 de abril de 2012

1Q84 Tercer libro

Haruki Murakami

Tusquets. 414 páginas, Novela. Edición 2011


Concebir un universo alternativo con sus propias leyes, su lógica interna, sus creaturas tocadas por la originalidad es una evidencia tanto de imaginación poderosa como de ambición artística que es la primera virtud que debe ostentar aquel fulano que desee ser llamado escritor (destreza que hoy brilla por su ausencia en la Argentina, aunque ése es otro tema). 

Obviamente, no todo el mundo tiene la sensibilidad apropiada (no es un reproche, entiéndase bien) para disfrutar la literatura fantástica, pero los demiurgos a mí siempre me han inspirado respeto, tratase de El Señor de los Anillos, La liebre o Las Crónicas del Ángel Gris. Haruki Murakami -el rey del pop literario- imaginó un cosmos apenas diferente (como los mundos alternativos de Blanqui o de Bioy Casares), con dos lunas de diferente tamaño en el firmamento, conciencias que abandonan al cuerpo para hacer de las suyas, y la influencia decisiva de la Little People, engendros del mal que favorecen la pederastía y son adorados por una secta deleznable. Es como si estuviéramos en el mundo de los sueños, allí puede ocurrir cualquier cosa: una mujer puede quedar embarazada sin que nadie le toque un pelo.

Entonces, 1Q84 es como decir 1984’ (prima). El tercer volumen relata otros tres meses en aquel mundo ilusorio. No se añaden nuevos personajes con la excepción del hijo no nacido de la asesina-serial-por-buenas-razones Aomame (una debilidad del libro, me temo) pero se ahonda en la historia y la psicología de uno de los caracteres murakianos más fascinantes: el señor Ushikawa, a quien este blog dedicó una meditación (pinche aquí), enriquecida por decena de comentarios, y comparó con López Rega o Beria, por su naturaleza de hombre mediocre que nunca cae bien a nadie y está dispuesto siempre a hacer cualquier trabajito sucio para un mandante. Si fuese un animal sería una comadreja (¿Tengo sería un oso?, ¿Fukaeri una gata?). En el pasaje más escalofriante del libro, el desagradable Ushikawa es brutalmente torturado, lo que confirma que la saga 1Q84 es la creación más siniestra del amable Murakami.

Debe advertirse que para el goce profundo de la novela es necesario haber leído la primera y segunda parte. El autor, acaso por exigencia de sus editores, apela a la redundancia para que nadie se quede afuera de la trama, pero esto no es más que un ripio del texto y, a mi entender, resulta insuficiente. La mitología nunca deja de ser interesante, si bien el volumen es una transición algo morosa entre el asesinato del líder de la secta y el desenlace. Los delicados tropos de Murakami hacen de la lectura, como siempre, una acto placentero.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

PD: El bueno de Murakami induce a sus lectores a descubrir la Sinfonietta de Janácek. Pinche aquí y aquí.

sábado, 21 de abril de 2012

China

Henry Kissinger

Debate. Ensayo de historia, 621 páginas. Edición 2012


"China tiene un rasgo característico: no parece tener principio".
H.K.

Hay algo siniestro en la admiración que el señor Henry Kissinger profesa por los grandes estrategas, esos hombres de Estado que han demostrado una eficacia extraordinaria (y pocos escrúpulos) para ampliar el poder nacional. Como Mao Zedong. Desde cualquier perspectiva moral, fue un monstruo; sus decisiones causaron la muerte de millones de personas. Pero el apóstol de la revolución permanente sentó las bases para el resurgimiento de China, lo cual es motivo para que el ex secretario de Estado de Richard Nixon justifique, incluso, la infame Revolución Cultural.

El relativismo moral y la condescendencia son, justamente, las únicas lacras que se perciben en este monumental ensayo que narra el auge, la decadencia y el resurgimiento de una Nación-continente que en dieciocho de los últimos veinte siglos fue la más rica del globo. Es muy posible que la obra se convierta en un clásico. Se forjó con una impresionante bibliografía, documentos hasta ayer secretos y la experiencia personal de un estadista que, como jefe de la diplomacia de Estados Unidos, piloteó algunos de los acontecimientos más trascendentes de los últimos cuarenta años, en particular la sorprendente reconciliación (y alianza flexible y duradera) entre el paraíso del capitalismo y el país con el comunismo más virulento. El colosal caudal de información sobre China es tamizado por una visión ideológica que -guste o no- da el conjunto una sólida coherencia. Presenta Kissinger como verdad manifiesta que para el Príncipe no debe existir nada más importante que el interés nacional. La geopolítica manda sobre cualquier otra consideración, es suel sombrío mensaje.


Confucio hha vuelto, es la segunda tesis del libro. Pekín es de nuevo el centro del universo y la civilización china despierta, una vez más, respeto y admiración. Hoy, gran parte de la salud económica del mundo depende de los resultados del milenario Reino Medio, un lugar donde el tiempo tiene un significado distinto al de Occidente. Libros como éste, sin duda, ayudan a esclarecer el presente. Dicho a la manera china, el volumen tiene shi, el arte de comprender la materia en estado de cambio.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa
Calificación: Muy bueno

sábado, 14 de abril de 2012

Andrade

Alejandro García Schnetzer

Entropía. Nouvelle, 76 páginas.


Establece Juan Gelman en la contratapa que el verdadero protagonista de Andrade no es Lucio Andrade, el viudo de luto conchabado por el librero Villegas para el oficio trashumante de comprador de viejo, sino el lenguaje. Tiene razón el poeta. Este librito es una brillante exhibición de estilo. ¿Y qué es el estilo? Para Thomas De Quincey es la “encarnación del espíritu”. Más pedestre, Norman Mailer decía que es “el conjunto de decisiones sobre qué palabra es valiosa y cuál no en cada frase que escribes”. Y entonces las decisiones que ha tomado aquí Alejandro García Schnetzer (Buenos Aires, 1974) han sido siempre acertadas. Las virtudes de su prosa son clásicas: elegancia, humor, delicadeza, ingenio. El buen gusto campea a sus anchas.

La editorial nos asegura en la tapa que se trata de una novela, ¿pero qué novela es aquella que se puede leer en un santiamén? ¿Un cuento alargado, una nouvelle, el penúltimo producto de la holgazanería argentina, defecto injustificable en un escritor? El autor eligió narrar un día, con un final tremendo, en la vida de un hombre sumido en la desesperanza por la ausencia de una mujer. Seguimos su peregrinar bibliófilo por las barriadas; diálogos magníficos (por sustracción) nos salen al paso. Hay guiños literarios, relámpagos de comicidad genial y un manejo habilísimo del tiempo que hace convivir, el 29 de febrero de 1940, a un lechero que pasa con su vaca por la calle Defensa con una madre de pañuelo blanco en Plaza Mayo. 
La inteligencia, ésta es la clave, rige el conjunto. Acaso todo ocurre en el Mas Allá: Andrade ha muerto de esplín. 

Sin embargo, (en este blog siempre hay un pero) el lector voraz se queda con hambre, el libro concluye demasiado pronto. Alguien que escribe tan pero tan bien como el señor García Schnetzer pudo haber forjado, en la línea de Andrade, una suerte de ambicioso Ulises aporteñado y aquí nos quedaríamos aplaudiendo hasta que nos despellejáramos las palmas. Otra vez será.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

PD: Silvina Friera entrevistó al autor en Página 12. Pincha aquí: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-24517-2012-03-05.html

lunes, 9 de abril de 2012

Diez consejos de Pynchon

Diario de un lector apasionado XXIV

Quinta feira, 19.00. Estado de Paraná, Brasil. A bordo de un ómnibus.


Tengo la sospecha de que los mandarines de Estocolmo no han entregado aún el Nobel de Literatura a Thomas Pynchon por una sola razón: temen que el mejor narrador norteamericano vivo envíe a recibirlo a un cómico tal como hizo, en su oportunidad, con el National Book Award. ¡Por Dios, qué bien escribe Pynchon!, me digo una vez más, ahora a bordo de un ómnibus de la Catarinense. Estoy atravesando el estado de Paraná, en viaje desde Foz de Iguazu hasta Camboriú, y me acompaña un librito de cuentos que Tusquets acaba de publicar para gozo de mi hermandad, el club de admiradores del eremita más famoso (ahora que Salinger murió).

Me limitaré a comentar el sublime prólogo. Provoca, como cualquier manifestación de Alta Literatura, el efecto suspensión del tiempo. Comencé a leer el texto en Medianera y -¡oh sorpresa!- cuando levante la vista ya estaba en la Rodoviaria de Cascavel. Una hora pasó volando. Siempre he sostenido que la virtud primordial que debe ostentar un escrito que se pretende literario es la de mantener absorto al lector, ajeno por completo a ese engorro llamado realidad. Es el primer paso. Después de establecida la amenidad, opinaremos sobre la eficacia estética del texto, materia de discusión inacabable pues depende de algo tan lábil como el gusto.

Por lo que veo desde mi cómoda poltrona, Cascavel es, sin lugar a dudas, una ciudad próspera. La Rodoviaria es enorme. Me recuerda a Río Cuarto, en Córdoba. Estoy en el corazón del Brasil gringo, agrícola y de piel blanca, aquí -sospecho- el Partido de los Trabajadores de Lula debe tener hartas dificultades para hacer pie. Volviendo al prólogo, Pynchon admite que estos relatos escritos hace unos cincuenta años son ejercicios de aficionado y detalla, con humor cautivante, sus defectos. Estoy seguro que ningún escritor argentino -siempre tan inseguros de sus destrezas- se animaría a tanto. El prefacio establece también una serie de principios que pueden aplicarse para el análisis estructural de una obra literaria o bien usarse en los talleres literarios (esas fabricas de nulidades) como sugerencias para novatos. A eso, quería llegar, quiero compartir los diez consejos de Pynchon para el escritor principiante. A saber:

1) ¿Qué puede decirse de la seriedad de la ficción? ¿Cómo trata el tema de la muerte? ¿Cómo aborda las clases sociales? ¿Resuelve algún problema trascendente?

2) ¿Cuál es el material teórico?

3) ¿Qué denuncia? ¿Qué informa? ¿Qué refleja de la vida real?

4) ¿Qué tal es la voz narrativa?

5) ¿Qué puede decirse del estilo?

6) ¿Tiene el autor buen oído para el habla? ¿Cómo son los diálogos?

7) ¿Tienen vida los personajes? ¿Se mueven, evolucionan?

8) ¿Qué piensa de los detalles? ¿Descubre algún error?

9) ¿Cuál es la calidad de ensamblaje de los elementos estructurales?

10) ¿Qué influencias se perciben?

Bien, ya hablaré en otra entrada de los cinco cuentos. Me felicito, en tanto, por haber traído a Pynchon de vacaciones.
Guillermo Belcore

sábado, 7 de abril de 2012

La confesión

John Grisham

Plaza & Janes. Novela, 502 páginas.


“El sistema de justicia para menores es sólo un caldo de cultivo para delincuentes profesionales. La sociedad quiere encerrarnos para siempre, pero es demasiado estúpida para darse cuenta que algún día acabaremos saliendo; y cuando salimos no es nada bonito”.

“Si matas bastante, te convences de que matar es bueno”.
J.G.

Está bien, de acuerdo. John Grisham, ese hábil fabricante de best sellers, no es literatura de primera categoría como un Thomas Pychon o un Don Delillo, dos de sus compatriotas más insignes. Pero tenemos aquí un vibrante alegato contra la pena de muerte, que nunca aburre, tallado en formato de docunovela, que no debería ser soslayado por el interesado en el tema o por el lector al que le basta una historia atractiva, sin muchas pretensiones formales y que puede digerir, sin atragantarse, el melodrama, el maniqueísmo, el vicio de explicarlo todo, los parlamentos inverosímiles, los finales redonditos, entre otros defectos notorios del thriller de supermercado.

Estamos en Texas, un estado-nación obsesionado por demostrarle al mundo los duros que son sus veinticinco millones de habitantes. Han montado -y mantienen muy bien engrasada- una maquinaria implacable para aplicar la Ley de Talión sin contemplaciones, incluso al precio de matar algún inocente. Esa es la tesis de la novela. En la pequeña localidad de Slone, una joven promesa del fútbol americano -afroamericano, para más datos- ha sido condenado a muerte por el supuesto rapto-violación-muerte de la chica blanca más bonita de su curso. Nunca apareció el cadáver. La policía le había arrancado una confesión, de la que se retractó al día siguiente. El juicio fue una farsa, a pesar de los denodados esfuerzos de un picapleitos legendario. Días antes de ser ejecutado el reo, aparece en una Iglesia luterana de Kansas un ex convicto -un mal bicho, un psicópata- que jura ser el verdadero asesino, incluso tiene evidencia que refirma su confesión. Comienza entonces una trepidante carrera contra la muerte, pero hasta Hércules, el de los doce trabajos colosales, se vería en dificultades si quisiese frenar la cadena de montaje de Texas. Hay escenas conmovedoras.

Grisham opina todo el tiempo, y no lo hace mal. Sus argumentos contra la potestad del Estado a asesinar a los ciudadanos que han asesinado resultan no sólo inobjetables, sino también convincentes. Entre toneladas de información, expone la brutalidad del sistema carcelario, la vileza de políticos, funcionarios y periodistas, la estupidez de gobernar basado sólo en el miedo o las bajas pasiones de la chusma, sobre todo de la chusma con dinero en la cuenta de banco. Un libro interesante, en síntesis.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Es un best seller, queda claro, ¿no? Y es evaluado como tal, no como Alta Literatura. Incluso la más menospreciada rama de la industria editorial puede engendrar buenos artefactos como ‘La confesión‘.

PD II: Entre una cosa y otra, ejecutar legalmente a una persona en Texas cuesta unos dos millones de dólares. La espera promedio en el corredor de la muerte es de diez años, la más corta de todo Estados Unidos.

viernes, 6 de abril de 2012

El silbador

Ondjaki

Letranómada. Novela, 111 páginas


Una y otra vez, la humanidad ha imaginado la existencia de un ser prodigioso que con su voz, su canto o su música es capaz de alterar el orden de las cosas. Desde Orfeo hasta el último ídolo del rock o del pop pertenecen a esa estirpe mágica. Este libro espumoso retoma el mito y lo ubica en una aldea recóndita del África que adora a los burros y transpira mansedumbre y pereza. Un buen día, aparece allí El Silbador. Sus melodías no sólo atraen a los pájaros, sino que “alcanzan, de modo incisivo, la profundidad de las almas, el rincón donde cada uno esconde sus secretos, esa asombrosa gruta a la que muchos llaman la esencia del ser”. El murmullo de Dios no tarda en provocar un maremoto de ansiedad en el sacerdote y la comunidad toda. “No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa”, escribió San Pablo.

El señor Ondjaki nació en Angola en 1977 y hoy reside en el Brasil. La solapa nos avisa que es un escritor premiado. Es lógico que Africa, un continente que preserva animales fantásticos como la jirafa o el elefante, sea también el último reservorio del realismo mágico. Un intenso lirismo colorea las páginas de esta novela encantadora, aunque diminuta, que celebra la vida sin lujos pero digna, la ceremonia de la siesta, el poder de los sueños, la murmuración vecinal, la naturaleza exuberante; y que contiene qué nombres: KoTimablo, el sepulturero; doña Mamán; KeMunuMunu el viajante; Dissoxi, un misterio en forma de mujer. La prosa es suave y colorida, con una cierta solemnidad que ya no se utiliza en Occidente.

Puede compararse el libro con un diamante: un objeto raro, valioso, bello, que aviva la imaginación de las gentes. Una buena idea fue traerlo al castellano. “Al final -dice Ondjaki- la música es el único sonido humano parecido al silencio”.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa

Calificación: Bueno